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viernes, 19 de julio de 2013

La revancha de Berkeley (tercera parte)

RAMPHASTUS. --Pero usted me había dicho que les temía a ciertas consecuencias lógicas que se desprenden del subjetivismo. ¿A cuáles?
CORNELIO. -- Esteee... No me acuerdo.
RAMPHASTUS. -- ¿Qué clase de temores son esos que ora lo acicatean ora lo abandonan y le niegan hasta un miserable recuerdo?
CORNELIO. -- Infundados, qué duda cabe. Y ya que mencionó a los recuerdos, ¿recuerda que, cuando le pedí que se cerrara los ojos, usted afirmó que yo había dejado de existir porque ya no me percibía?
RAMPHASTUS. -- Lo recuerdo.
CORNELIO. -- Pero si durante esos cinco segundos se hubiese usted acordado de mí de alguna forma, ¿tampoco habría existido?
RAMPHASTUS. -- Si a pesar de no percibirlo sensorialmente, hubiese yo estado pensando en usted, usted no se habría esfumado.
CORNELIO. -- ¿Cómo que no? ¡No se contradiga! Usted dijo que lo que no es percibido por sus sentidos no existe.
RAMPHASTUS. -- "Lo que no es percibido por mis sentidos" no: lo que no es percibido por mi conciencia dije. Lo que yo pienso, imagino o recuerdo forma parte de lo que llamo percepciones, y no dependen de mis sentidos para presentarse ante mi conciencia. Si usted está presente en mi conciencia, sea formando parte de un pensamiento, un recuerdo, una imaginación o incluso un sueño, usted existe, aunque no lo perciba con ninguno de mis sentidos externos.
CORNELIO. -- Ahora sí recuerdo una de las consecuencias lógicas de este subjetivismo que me desagradaba, y era la de tener un objeto cualquiera percibido con mis ojos una existencia segmentaria, pues cada vez que parpadeo dejo de percibirlo y por ende desaparece; pero con lo que usted acaba de decir creo que se soluciona este vaivén, ¿nocierto?
RAMPHASTUS. -- Efectivamente. Yo miro aquel árbol, y gracias a que lo miro, existe; pero cuando parpadeo no deja de existir si es que lo estaba mirando y no simplemente viendo, porque mirar implica poner atención en lo que se ve, y si yo estoy atento al árbol, cuando parpadee la percepción visual desaparecerá pero quedará el recuerdo de dicha percepción, que es lo mismo una percepción (aunque mucho más débil que las sensoriales), y por lo tanto el árbol continuará existiendo.
CORNELIO. -- Escuche lo que le voy a plantear. Escuche, o sea, oiga con atención: en este momento estoy recordando al Mahatma Gandhi. ¿Significa esto que Gandhi existe, que no ha desaparecido para siempre?
RAMPHASTUS. -- Toda vez que usted vea una imagen de Gandhi, u oiga su voz, podrá decir que Gandhi existe en su conciencia sensorial, pero esto no lo habilita para decir que el Gandhi de carne y hueso ha resucitado. Y asimismo, toda vez que usted recuerde a Gandhi tendrá derecho a decir que Gandhi existe en su conciencia recordativa, pero nunca lo despertará de su sueño eterno por más que se esfuerce recordándolo. Recuerde que por más subordinada que la materia esté a nuestra conciencia, ésta es incapaz de violar las eternas leyes de la naturaleza material.
CORNELIO. -- ¿Y si tomo de más y comienzo a ver elefantes rosados que vuelan? Estos elefantes existen para mi conciencia, y violan las leyes de la aerodinámica...
RAMPHASTUS. -- Existen en su conciencia imaginativa, y en el mundo de la imaginación las leyes de la naturaleza material se flexibilizan un poco, lo mismo que en el mundo de los sueños.
CORNELIO. -- Entiendo. Puedo violar las leyes naturales en sueños o en imaginaciones, pero no en recuerdos o en percepciones sensoriales.
RAMPHASTUS. -- También puede violarlas con recuerdos o percepciones. Si usted sumerge la mitad de un palo en el agua verá el palo doblado, y las leyes naturales niegan la posibilidad de que se pueda producir una tal dobladura en esas circunstancias.
CORNELIO. -- Pero el palo, ¿está o no doblado?
RAMPHASTUS. -- Está doblado, puesto que usted lo percibe así.
CORNELIO. -- ¿Y si lo toco y compruebo que, según mi tacto, no se dobló?
RAMPHASTUS. -- Entonces se producirá un conflicto en su conciencia, y finalmente afirmará que está o no doblado según le dé más valor a tal o cual testimonio sensorial.
CORNELIO. -- Pero ¿dónde está la supuesta inviolabilidad de las leyes naturales si podemos violarlas con la imaginación, con los sueños, con los recuerdos y hasta con las percepciones sensoriales?
RAMPHASTUS. -- Está en nuestro intelecto, en nuestra razón.
CORNELIO. -- ¿Nuestra razón no puede violar nunca las leyes naturales?
RAMPHASTUS. -- Nunca.
CORNELIO. -- Pero si yo, al sumergirlo, razono que el palo se dobló por causa de la presión del agua o algún otro disparate similar, ¿no estoy violando estas leyes con mi razonamiento?
RAMPHASTUS. --Ahí usted no está razonando, esta conjeturando. El razonamiento puro está basado en premisas puras (absolutamente verdaderas) y deducciones e inducciones puras (matemáticas), y este razonamiento nunca podría contradecir el curso de la naturaleza, pues este curso es la representación sensible, espaciotemporal del razonamiento. Pero sucede que este razonamiento puro se desarrolla en nuestro subconciente, y cuando sube hacia nuestra conciencia necesariamente se transforma en razonamiento conjetural, con excepción de los razonamientos aritméticos, que no pierden nada de su pureza y certidumbre cuando se hacen concientes debido a que su concienciación no implica ninguna intromisión del mundo fenomenológico en el razonamiento. El razonamiento puro reniega de la inducción física; una vez aparecida ésta, todo se hace conjetura.
CORNELIO. -- ¿Quiere usted decir que nadie, con excepción de los matemáticos, es capaz de razonar puramente?
RAMPHASTUS. -- Podemos razonar puramente, pero subconcientemente. En cuanto un razonamiento no aritmético sube a nuestra conciencia, automáticamente se torna conjetural.
CORNELIO. -- ¿Y qué significa que un razonamiento sea conjetural?
RAMPHASTUS. -- Que no podemos ni podremos nunca estar absolutamente seguros de que las proposiciones que nos sugiere tal razonamiento sean verdaderas o cien por ciento verdaderas en cualquier tiempo y lugar.
CORNELIO. -- ¿Pero entonces no podemos estar ciertos ni de las más elementales ecuaciones utilizadas en la física?
RAMPHASTUS. -- Si la ecuación científica surge como resultado de deducciones e inducciones aritméticas puras, estamos ante una ecuación pura, y no es lógico dudar de su absoluta certeza por más que se la utilice para relacionar entidades no aritméticas, pero debemos cuidarnos de que las premisas en las que se basa la deducción no hayan sido producto de inducciones físicas, pues entonces se perdería el derecho de no dudar nunca de la total veracidad de la ecuación en todos los casos aplicables. Pero no confunda la certeza absoluta de una ecuación con la certeza absoluta de la previsión de un suceso basado en esa ecuación. En astronomía existen ecuaciones puras que predicen, por ejemplo, el momento exacto en que se producirá un eclipse, pero nadie podría estar absolutamente seguro de que tal eclipse se producirá en el instante predicho. Lo mismo que las ecuaciones más sencillas de la dinámica, por ejemplo la que afirma que la velocidad promedio de un vehículo es equivalente a la distancia recorrida dividida por el tiempo que tardó en recorrerla (V =d/t). Esta ecuación deriva de un razonamiento puro, y por lo tanto es absolutamente verdadera en todos los casos, pero esto no amerita predecir que inexorablemente un auto que se moviliza con una velocidad promedio de 50 km/h llegará, dentro de una hora, a un punto distante en 50 km de donde partiera, porque tal auto podría chocar, descomponerse, etc., lo que haría falsa la previsión por más que la misma esté basada en una ecuación pura. Las ecuaciones que predicen sucesos pueden en ciertos casos superponerse unas con otras y mandar así al demonio toda predicción, pero esto no es demostración ninguna de que dichas ecuaciones sean erróneas. No cabe, en definitiva, dudar de los razonamientos puros y de las ecuaciones científicas que de ellos surgen, pero sí cabe y es necesario dudar de toda predicción concreta que estas ecuaciones nos entreguen.
CORNELIO. -- Cuando yo razoné que el palo había sido doblado por causa de la presión del agua, ¿razoné mal porque lo hice inductivamente o porque hice deducciones partiendo de premisas extraídas inductivamente?
RAMPHASTUS. -- Usted razonó mal que no supo extraer su razonamiento aritmético de su subconciente y traducirlo en proposiciones no aritméticas que explicaran el comportamiento del palo. Al no estar usted capacitado para traducir este lenguaje aritmético intrínseco, se vio obligado a razonar deductivamente partiendo de premisas adquiridas inductivamente o directamente a razonar por inducción. Yo no sé cuál de los dos métodos antedichos aplicó usted, sólo sé que en algún momento se valió de la inducción física en su razonamiento y por eso falló, lo que no significa que todos los razonamientos inductivos sean falsos como el suyo. Usted, además de inducir físicamente, indujo desconociendo completamente las leyes de la refracción de la luz. No todas las inducciones llevan a incoherencias como ésta; es más: las que se realizan con lógica y luego de observaciones detalladas y numerosas, son en alto grado verdaderas. Yo no digo, entiéndase bien, que el método inductivo en la ciencia lleve siempre a proposiciones falsas, sólo digo que inexorablemente lleva a proposiciones que no podemos asegurar que sean verdaderas o cien por ciento verdaderas en todos los casos, lo que sí podemos asegurar de las proposiciones derivadas de razonamientos aritméticos puros.
CORNELIO. -- El caso de Aristóteles, que afirmaba que el Sol se mueve alrededor de la tierra, ¿es comparable al del palo sumergido?
RAMPHASTUS. -- Puede ser. Los antiguos percibieron sensitivamente que el Sol se movía y la tierra no, y a partir de esas percepciones conjeturaron que inductivamente.
CORNELIO. -- Pero usted dijo que, creamos lo que creamos, si vemos el palo doblado el palo está doblado.
RAMPHASTUS. -- Así es, lo que no amerita decir que seguirá doblado fuera del agua.
CORNELIO. -- ¿Debo deducir entonces, puesto que yo no percibo sensitivamente ningún movimiento de mi planeta, que la tierra no se mueve?
RAMPHASTUS. -- ¡Dedúzcalo sin miedo, amigo! Pero no deduzca de esta gran verdad lo que dedujeron los antiguos, a saber, que si usted se aleja del globo terráqueo y se mantiene quieto respecto al Sol en determinado sector del sistema solar, no verá moverse a la tierra en derredor del Sol sino al Sol en derredor de la tierra.
CORNELIO. -- Parece paradójico, pero ¡por las barbas de Neptuno que no lo es! Corríjame si me engaño al sacar de todo esto la siguiente moraleja: las percepciones sensitivas nunca nos engañan, excepto si las utilizamos como base de nuestras deducciones.
RAMPHASTUS. -- Muy hermosa y verdadera frase, y a ella hay que atenerse para explicar, entre otras cosas, por qué cuanto más científico es un animal, más tienden a conjeturizarse sus deducciones.
CORNELIO. -- Pero hay algo que no me cierra. Si yo razono falazmente, como en el caso del palo sumergido, significa que no soy conciente del razonamiento verdadero, y si no soy conciente de él, ¿cómo es que existe, si nada existe fuera de mi conciencia?
RAMPHASTUS. -- Usted no es conciente de su subconciente.
CORNELIO. -- Si no soy conciente de él, no existe.
RAMPHASTUS. -- ¡No me venga con eso! Vaya, vaya a despertar a su amiga.
CORNELIO. -- Le dije que no tengo novia...
RAMPHASTUS. -- No me ha comprendido. ¿No me obligó usted hace rato a consentir la existencia de una rara...
Cornejín. -- ¡Objetividad!
RAMPHASTUS. -- También llamada nóumeno, o, más gratamente, la cosa en sí. Y a propósito, ¿es usted creyente o ateo? Es raro que no le haya hecho antes esta pregunta, porque es mi pregunta favorita.
CORNELIO. -- Creyente soy, y a mucha honra.
RAMPHASTUS. -- Eso facilitará las cosas, pues no tendré que convencerlo de que Dios existe, sino tan sólo de que Él es la objetividad.
CORNELIO. -- O sea, la razón pura.
RAMPHASTUS. -- O sea, el inconciente.
CORNELIO. -- ¿Dios es un inconciente?
RAMPHASTUS. -- Dios es el inconciente. Todo ser vivo tiene conciencia, ¿verdad?
CORNELIO. -- Verdad, si llamamos conciencia a la capacidad de percibir el mundo de los fenómenos, por mínima y esfuminada que ésta sea.
RAMPHASTUS. -- Así la llamo. Pero si todo ser vivo tiene conciencia, ¿no tendrá también un subconciente y, finalmente, un inconciente?
CORNELIO. -- Los psicoanalistas afirman esto respecto de los hombres, mas no sé qué opinan del resto de las criaturas.
RAMPHASTUS. -- Pues deberán opinar igual para todos si quieren seguirme adonde pienso llevarlos con esta idea. Aunque sospecho que la mayoría huirá despavorida cuando les diga que no sólo los animales y las plantas tienen inconciente, sino también la materia inorgánica.
CORNELIO. -- Yo sospechaba ya que lo que llamamos materia inanimada tiene una cierta conciencia interna de las fuerzas que la mueven, que siente la atracción y repulsión que se operan en su seno y que éstas le provocan placer y dolor respectivamente, algo parecido al amor y el conflicto de los elementos que sostenía Empédocles. Pero que también tenga un inconciente, eso es nuevo para mí.
RAMPHASTUS. -- Fíjese lo que dice, porque afirmar que la materia toda puede percibir es más delirante que afirmar que posee un inconciente que nada percibe.
CORNELIO. -- ¿Niega usted el hilozoísmo?
RAMPHASTUS. -- No lo niego, pero lo invito a usted a que participe de mi paninconcientismo haciéndole ver que tiene más apoyo lógico que el hilozoísmo mismo.
CORNELIO. -- Acepto el convite: soy paninconcientista. ¿Y ahora qué?
RAMPHASTUS. -- ¿No habíamos deducido que si existe la objetividad, ciertamente no se manifiesta ni en el espacio ni en el tiempo?
CORNELIO. -- Sí.
RAMPHASTUS. -- Y ¿todos los sucesos del espaciotiempo tienen algo de esta objetividad?
CORNELIO. -- Pues sí, y es lo que se llama la cosa en sí de los sucesos.
RAMPHASTUS. -- ¿A dónde habría que apuntar entonces para encontrar estas cosas en sí de los sucesos?
CORNELIO. -- Apuntaremos hacia una dimensión sin espacios y sin tiempos.
RAMPHASTUS. -- O sea que nos alejaremos de lo concreto para penetrar en lo abstracto.
CORNELIO. -- ¿Otra vez la aritmética?
RAMPHASTUS. -- Ciertamente. Aunque en rigor de verdad, la cosa en sí no es la aritmética sino el número.
CORNELIO. -- ¿La aritmética no es la ciencia que se ocupa de los números?
RAMPHASTUS. -- Y precisamente por ser ciencia puede ser pensada concientemente, o sea que no es abstracta.
CORNELIO. -- ¿La aritmética no es abstracta?
RAMPHASTUS. -- No. Lo único abstracto es el número; una vez que se lo agrupa con otros en una ecuación, una vez que se lo somete a una relación, cualquiera que ésta sea, pierde su abstractitud.
CORNELIO. -- ¿Lo esencial de toda ciencia no es llegar a lo abstracto a partir de lo concreto?
RAMPHASTUS. -- No. La misión de la ciencia es llegar a lo general a partir de lo particular, y entre lo general y lo abstracto hay en abismo infinito. La aritmética es la más general de las ciencias, no la más abstracta.
CORNELIO. -- Pero cuando realizamos operaciones aritméticas, ¿no estamos razonando sobre abstracciones?
RAMPHASTUS. -- Estamos razonando sobre abstracciones (sobre números), pero no estamos razonando abstractamente. Razonar abstractamente no es posible para ninguna conciencia, ni siquiera la humana.
CORNELIO. -- Eso contradice la opinión de la gran mayoría de los pensadores de todos los tiempos.
RAMPHASTUS. -- ¡Uyyy! ¡Mire cómo tiemblo!... Mientras mis hipótesis no contradigan a la verdad, pueden contradecir a quien se les cante.
CORNELIO. -- ¿Me quiere decir que yo nunca, ni en mis momentos de mayor concentración, he razonado abstractamente?
RAMPHASTUS. -- Nunca, si es que usted se identifica con su conciencia y sólo con su conciencia, y es que sencillamente las conciencias no pueden operar en el vacío, necesitan de una imagen espaciotemporal mínima para poder asentar allí sus procesos cognitivos. Y cuando su conciencia razona matemáticamente no lo hace relacionando abstracciones puras, sino objetos; usted dice: "dos cantidades + tres cantidades dan cinco cantidades", y es lo mismo que decir: "dos caramelos + tres caramelos dan cinco caramelos". Nunca puede salirse, concientemente, de las imágenes espaciotemporales.
CORNELIO. -- ¿O sea que mi conciencia no puede, por ejemplo, pensar en un triángulo sin imaginarse un triángulo cualquiera en el espacio?
RAMPHASTUS. -- No puede, y el que afirmare lo contrario estará mintiendo o se estará mintiendo. Pensar en algo sin imaginarlo es pensarlo subconcientemente, pero ya nos salimos de la conciencia[1].
CORNELIO. -- Y es por eso que la cosa en sí nunca podrá concienciarse...
RAMPHASTUS. -- Nunca, pero sí podrán concienciarse sus relaciones con otras cosas en sí, y de eso es de lo que se ocupa la aritmética.
CORNELIO. -- Y ¿todas y cada una de las partículas materiales tienen su correlativa cosa en sí?
RAMPHASTUS. -- Todas. Las más pequeñas, las mónadas indivisibles, tienen su correlación en el número uno; de ahí para arriba puede usted imaginar el número que desee, puesto que hay infinitos como infinita es la cantidad de materia.
CORNELIO. -- Pero si la mónada es la representación espaciotemporal del número uno, y ésta no puede dividirse, ¡qué!, ¿no existen las fracciones?
RAMPHASTUS. -- En el mundo metafísico, no. Digamos que los números enteros son cosas en sí, objetivas, que existen independientemente de quien los piensa, mientras que los números fraccionarios son una invención del hombre, una convención que surge cuando lo que se cree unitario se divide. Si un queso no pudiese dividirse, mal podríamos comprar la cuarta parte del mismo, ni un cuarto kilo si el kilogramo no tuviese subdivisiones. Metafísicamente hablando, es más correcto pedirle al fiambrero quinientos gramos de salchichón que no medio kilo.
CORNELIO. -- Pero el gramo también es subdivisible...
RAMPHASTUS. -- Entonces pidámosle quinientos mil miligramos, o bajemos aún más la unidad. Estas unidades son convencionales, se usan por conveniencia para no tener que hablar de cantidades tan enormes. Y estas cantidades convencionales, relacionadas con pesos, distancias o cualquier otra medición, son las madres de los números fraccionarios.
CORNELIO. -- ¿Y los números negativos?
RAMPHASTUS. -- Olvídelos.
CORNELIO. -- ¿Cómo que los olvide?
RAMPHASTUS. -- Es que no tengo respuesta para ellos.
CORNELIO. -- Y usted, cuando encuentra un bache dentro de su razonamiento, ¿lo cubre con una manta para que nadie lo vea en vez de preocuparse por rellenarlo?
RAMPHASTUS. -- No me sermonee, jovencito. Ya se me ocurrirá la solución. O si no que quede el bache. Usted cada vez que encuentra uno en sus razonamientos, ¿deja de avanzar hasta rellenarlo? Y si por más que busca no encuentra con qué taparlo, ¿se detiene para siempre a contemplar ese vacío, o lo salta y sigue su camino, no sin antes colocar un cartel que advierta a los que vienen detrás sobre la falla en el pavimento?
CORNELIO. -- Si pierdo la esperanza de poder o saber rellenarlo yo mismo, admito que lo dejo abandonado y sigo mi camino, pero...
RAMPHASTUS. -- Discúlpeme la interrupción. ¿Sigue usted el camino previamente trazado o lo desvía debido al pozo?
CORNELIO. -- Por lo general sigo el camino planificado de antemano, aunque si el pozo es tan grande que no puedo saltarlo y tan profundo que si cayera en él no podría salir, entonces no dudo en desviar mi camino, tratando de retomar la senda planificada lo antes posible si es que los accidentes geográficos no me lo impiden.
RAMPHASTUS. -- Eso es lo mismo que suelo hacer yo. ¿Qué me iba a decir cuando lo interrumpí?
CORNELIO. -- Le decía que este pozo con el que se topó puede rellenarse muy fácilmente, no hay necesidad de dejarlo al descubierto.
RAMPHASTUS. -- ¿Y con qué relleno?
CORNELIO. -- Con la antimateria.
RAMPHASTUS. -- ¿Se refiere a esas partículas que los físicos producen en sus laboratorios?
CORNELIO. -- Hace mucho tiempo no eran los físicos sino la misma naturaleza la que las producía, y es posible que hoy existan en forma natural en el interior de las estrellas.
RAMPHASTUS. -- ¿Y será lógico relacionar estos corpúsculos con los números negativos?
CORNELIO. -- No veo por qué no. Los positrones y los antiprotones son exactamente iguales a los electrones y protones, sólo que con opuesta carga eléctrica. Póngales un signo + a sus mónadas y un signo - a sus antimónadas y obtendrá el juego completo de números enteros.
RAMPHASTUS. -- El problema es que yo no les había asignado ningún tipo de carga eléctrica a mis mónadas...
CORNELIO. -- Pues cárguelas y se acabó el conflicto.
RAMPHASTUS. -- ¡Como si fuese tan fácil!... La electricidad se transmite por cuantos, y un solo cuanto, o sea la unidad mínima de energía eléctrica, es una colección inmensa de mónadas. ¿Cómo suponer que una mónada no integrante de ningún cuanto pueda poseer carga eléctrica?
CORNELIO. -- Y un cuanto eléctrico, ¿no está constituido por miríadas de electrones?
RAMPHASTUS. -- Eso creo.
CORNELIO. -- Entonces, de la misma forma que la unidad mínima eléctrica se compone de pequeñas unidades cargadas eléctricamente, se puede suponer que un electrón está compuesto de una inmensa cantidad de partículas eléctricamente cargadas. Además, ahora recuerdo que también se descubrió la existencia de antineutrones, y éstos se diferencian de los neutrones no por su carga eléctrica, pues los neutrones son eléctricamente neutros, sino por la inversión del sentido de su movimiento de rotación alrededor de su propio eje, que es lo que los físicos llaman el espín de los corpúsculos, y esta inversión se verifica también en las restantes partículas de antimateria conocidas; podemos suponer entonces que no es el cambio de carga eléctrica sino el cambio del sentido de rotación de las partículas lo que las diferencia en todos los casos de las antipartículas. En definitiva, cualquiera que sea la opción que se adopte no debería interesarnos demasiado por el momento, pues este es un asunto científico, y nosotros nos estábamos ocupando de cuestiones filosóficas.
RAMPHASTUS. -- Tiene razón: voy a tapar mi bache con la antimateria y listo. Que vengan después los científicos a justificar esta taponadura.
CORNELIO. -- Lástima que los científicos no le taparán el gran bache lógico que le veo a su doctrina.



[1] (Nota añadida el 20/5/2004.) El genial Alberto Einstein también entendía, igual que Ramphastus y Berkeley, que las ideas aparecen en nuestra mente siempre auspiciadas por nuestra imaginación: "¿Qué es, en realidad, «pensar»? Cuando, al recibir impresiones sensoriales, emergen imágenes en la memoria, no se trata aún de «pensamiento». Cuando estas imágenes forman secuencias, cada uno de cuyos eslabones evoca otro, sigue sin poderse hablar de «pensamiento». Pero cuando una determinada imagen reaparece en muchas de estas secuencias, se torna, precisamente en virtud de su recurrencia, en elemento ordenador de tales sus sesiones, conectando secuencias que de suyo eran inconexas. Un elemento semejante se convierte en herramienta, en concepto" (citado por Gerald Holton en Einstein, historia y otras pasiones, cap. 9).

jueves, 18 de julio de 2013

La revancha de Berkeley (segunda parte)


CORNELIO CORNEJÍN. -- ¿Es usted Ramphastus Dicolorus?
RAMPHASTUS DICOLORUS. -- Eso dije.
CORNELIO. -- ¿El escritor?
RAMPHASTUS. -- Entre otras cosas.
CORNELIO. -- He leído su libro, Trabajo moral, y me ha fascinado. Soy un gran admirador suyo.
RAMPHASTUS. -- Pues no me hace usted ningún favor diciéndomelo. Tienta mis vanidades y mis soberbias. ¡Lo único que falta es que me pida un autógrafo! La notoriedad, estimado amigo, es como una gran campana fastidiosa que unos bromistas de mal género me hubieran colgado en la espalda, y que, en cuanto me muevo, se pusiera a sonar para hacer aullar a los imbéciles y a los perros.
CORNELIO. -- Bueno... No se ofusque. ¿Para qué publicó su libro en vida si tanto le teme a la fama?
RAMPHASTUS. -- No lo publiqué yo, la idea fue de mi esposa, maldita sea, que me quiso alegrar en una época en la que me hallaba deprimido y se le ocurrió que lo lograría con la sorpresa de que mis pensamientos estuvieran al alcance de cualquiera. La maldigo a ella, al editor, al jefe de Control (ese tal Abel Baker) que lo prologó y a todos los periodistas que me reconocen mientras paseo tranquilamente por la calle y que interrumpen mis meditaciones. Malditos sean de día y malditos sean de noche, malditos sean cuando se acuestan y malditos sean cuando se levantan, malditos sean cuando salen y malditos sean cuando regresan. Que el Señor no los perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra ellos y les arrojen todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. Que el Señor borre sus nombres bajo los cielos y los abandone al Maligno con todas las maldiciones habidas y por haber, y una más también.
CORNELIO. -- Parece ser usted una persona mucho más odiosa y odiante que lo que muestra su libro...
RAMPHASTUS. -- No... No haga caso de mis imprecaciones. Las utilizo para descargarme y porque me agrada como suenan, pero no pienso ni siento realmente así, sobre todo respecto a mi esposa, que en paz descanse. Pero ¿qué es eso de odioso y odiante?, ¿cuál es la diferencia?
CORNELIO. -- La misma que hay entre amoroso y amante. No sabía que su mujer había muerto.
RAMPHASTUS. -- Ya lo sé, pero dígame una cosa: ¿por qué me tuteó, o mejor dicho me voseó cuando me preguntó si estaba lastimado y ahora me trata de usted?
CORNELIO. -- Bueno... Primero porque no lo había visto bien y pensé que sólo era un joven. Nunca me imaginé a un...
RAMPHASTUS. -- ¿Viejo?
CORNELIO. --... a un adulto trepando tan altamente a un árbol. Y segundo porque usted es Ramphastus Dicolorus, el prestigioso licenciado en ciencias escatológicas, y yo no estoy acostumbrado a tutear ni a vocear a personas tan elevadas intelectualmente.
RAMPHASTUS. -- Y siguen los piropos... ¿Qué soy yo, una dama de ocasión a la que quiere usted levantarse?
CORNELIO. -- Disculpe. De ahora en más procuraré no halagarlo tan zalameramente. ¿Y usted por qué me trata de ídem?
RAMPHASTUS. -- Yo no tuteo ni a mis hijos. ¡Ayyy, mi rodilla! Tengo herida la rodilla.
CORNELIO. -- ¿No le dije?
RAMPHASTUS. -- Ahora la tengo herida. Cuando usted me preguntó estaba sana.
CORNELIO. -- ¿Me va a decir que se hirió por ese movimiento que hizo recién y no por la caída?
RAMPHASTUS. -- En absoluto. La causa principal de la herida fue la caída, pero la herida no existió sino hasta recién que me dolió.
CORNELIO. -- ¿Qué, se fue madurando?
RAMPHASTUS. -- A ver si nos entendemos. Mientras yo no la perciba de una u otra manera, la herida no existe.
CORNELIO. -- Para usted.
RAMPHASTUS. -- Para mi conciencia.
CORNELIO. -- Perfecto. Pero existe objetivamente; yo podría haberla percibido antes que usted.
RAMPHASTUS. -- Si usted la hubiese percibido antes que yo, habría existido para usted, subjetivamente. No veo la objetividad en ninguna parte.
CORNELIO. -- ¿Está diciéndome que un suceso puede no existir y existir a la vez?
RAMPHASTUS. -- En absoluto. Eso es imposible.
CORNELIO. -- Pero si yo percibo su herida y usted no, según su razonamiento la herida no existe para usted y sí para mí y en el mismo instante.
RAMPHASTUS. -- Vea, jovencito. Yo no sé lo que opina usted, pero para mí usted no existe más que en mi conciencia, no existe objetivamente. Por lo tanto si usted percibe mi herida sin que yo tome conciencia ni de la herida misma ni de la percepción suya de ella, la herida sigue sin existir.
CORNELIO. -- ¿Y si yo la veo y le digo: "Oiga, don Ramphastus, tiene usted una herida en la rodilla"?
RAMPHASTUS. -- Pues en ese momento comenzaré a sospechar que la herida existe, o mejor dicho que existirá en cuanto dirija mi visión o mis dedos hacia mis rodillas.
CORNELIO. -- O sea que, según usted, yo no existo.
RAMPHASTUS. -- ¡Claro que existe, mi amigo! ¿Qué clase de tonterías son esas? Si no existiera no estaría dialogando conmigo.
CORNELIO. -- Pero ¿no dijo que existo sólo en su conciencia?
RAMPHASTUS. -- Sí.
CORNELIO. -- ¡Entonces no existo en el espacio!
RAMPHASTUS. -- Yo no dije tal cosa.
CORNELIO. -- ¡Qué! ¿Existo a la vez en su conciencia y en el espacio?
RAMPHASTUS. -- Lo que usted llama espacio no es más que una construcción mental que mi conciencia realiza para poder percibir las cosas.
CORNELIO. -- ¿Y el tiempo?
RAMPHASTUS. -- Despejado, aunque un poco fresco para mi gusto.
CORNELIO. -- Me refiero a los minutos, a las horas...
RAMPHASTUS. -- Ahh... También es una construcción mental.
CORNELIO. -- Un momento, Ramphastus. Cierre los ojos por unos cinco segundos. Muy bien; ahora dígame: ¿he dejado de existir en esos cinco segundos?
RAMPHASTUS. -- Para mi conciencia, sí.
CORNELIO. -- ¡Ya lo sé! Pero ¿he dejado de existir en sí?
RAMPHASTUS. -- ¿Qué es eso que llama "en sí"?
CORNELIO. -- No lo sé... Mi objetividad, supongo.
RAMPHASTUS. -- ¿Tiene su objetividad dimensiones en el espacio?
Cornejín. Digamos que sí.
RAMPHASTUS. -- Entonces ha cesado su existencia durante los antedichos segundos. Lo siento.
CORNELIO. -- Bueno; digamos que no tiene dimensiones espaciales.
RAMPHASTUS. -- ¿Y temporales?
CORNELIO. -- ¿Si existe o no en el tiempo? Voy a decir que no, porque me imagino lo que pasará si digo que sí.
RAMPHASTUS. -- La última: ¿su objetividad se mueve?
CORNELIO. -- ¿Cómo podría moverse si no existe ni en el espacio ni en el tiempo?
RAMPHASTUS. -- Buena deducción.
CORNELIO. -- Respóndame por favor si he dejado de existir o no.
RAMPHASTUS. --Si lo que llama usted su objetividad no existe ni en el espacio ni en el tiempo, es decir, si no es material (porque todo lo que existe en el espaciotiempo es material, incluidas las diferentes energías), entonces admito que su objetividad existe.
CORNELIO. -- Quiere decir que seguiría existiendo por más que usted se muriese...
RAMPHASTUS. -- No necesitaba del razonamiento anterior para afirmar eso.
CORNELIO. -- ¡Cómo que no! ¡Si usted insistía en que yo sólo existo en su conciencia!
RAMPHASTUS. -- ¡Para mí! Para mí usted existe sólo en mi conciencia, pero para usted usted existe sólo en su conciencia, de suerte que si todos nos muriésemos menos usted, para su conciencia usted seguiría existiendo.
CORNELIO. -- Pero si para usted yo sólo existo en su conciencia, supongo que para mí usted existe sólo en mi conciencia, ¿no?
RAMPHASTUS. -- Correcto, siempre y cuando nos olvidemos de esa objetividad que me obligó a consentir.
CORNEJÍN. -- Olvidémonos, pues, de esa rara objetividad por el momento, y respóndame, si puede: subjetivamente hablando, ¿es mi conciencia o es la suya la que existe?
RAMPHASTUS. -- ¿No se da cuenta de que su pregunta no tiene sentido?
CORNELIO. -- ¿Cómo así?
RAMPHASTUS. -- Usted mismo lo dijo: estamos en el territorio de la subjetividad, y por lo tanto cada cual responderá su pregunta de la misma siguiente manera: "Es mi conciencia la única existente; las demás conciencias están dentro de la mía junto con todos los sucesos del mundo fenomenológico".
CORNELIO. -- Creo que comienzo a entender esta universal subjetividad que usted postula, pero me asustan algunas de las consecuencias lógicas que se desprenden de ella.
RAMPHASTUS. -- Vea, don Este Hombre...
CORNELIO. -- Me llamo Cornelio Cornejín.
RAMPHASTUS. -- ¿Cornelio Cornequé?
CORNELIO. -- Jín. En realidad es un seudónimo.
RAMPHASTUS. -- Pues qué seudónimo tan feo, tan afeminado...
CORNELIO. -- Lamento no poder decir lo mismo del suyo.
RAMPHASTUS. -- Gracias. Pero no es un seudónimo, es mi nombre real.
 CORNELIO. -- ¿Acaso es usted europeo?
RAMPHASTUS. -- ¿Por qué lo dice? ¿En qué país europeo se habla latín últimamente?
CORNELIO. -- Llega, llega. Volvamos al punto.
RAMPHASTUS. -- Soy ecuatoriano. Mis padres eran pajarólogos...
CORNELIO. -- ¿Se dice así?
RAMPHASTUS. -- No lo creo.
CORNELIO. -- Los que estudian a los insectos se llaman entomólogos.
RAMPHASTUS. -- Si el lenguaje fuese una cosa lógica, los entomólogos serían los zoólogos encargados de estudiar a los entomos.
CORNELIO. -- ¿Qué son los entomos?
RAMPHASTUS. -- No sabría decirle.
CORNELIO. -- ¿Y los zoólogos?
RAMPHASTUS. -- Los que estudian a los animales en general.
CORNELIO. -- Deberían llamarse animalólogos...
RAMPHASTUS. -- Lo mismo que plantólogos o vegetalólogos los botánicos, pues estudian vegetales, no botas. Si yo asumiera el poder político en una nación implantaría la prohibición de utilizar vocablos que no se correspondiesen lógicamente con la palabra raíz de la que se desprende su significado. Pero sería utópico suponer que la gente respetaría mi prohibición en lugar de mandarme al manicomio...
CORNELIO. -- A la gente no le agrada que la saquen de lo ya estructurado. Pero me decía usted que a sus padres les gustaba observar a las aves...
RAMPHASTUS. -- No, yo dije que eran pajarólogos, no que les gustase observar pájaros. Pero adivinó, les gustaba mucho contemplarlos, y había uno en especial que los subyugaba...
CORNELIO. -- ¡El tucán!
RAMPHASTUS. -- ¿Cómo lo supo?
CORNELIO. -- Hace cuatro años viví una semana en el jardín botánico (o vegetálico) de la ciudad de Asunción, en Paraguay, y en ese lugar había un museo con un tucán embalsamado bajo el cual se leía: "Ramphastus dicolorus", haches más, haches menos.
RAMPHASTUS. -- ¿Y usted se acuerda de todas las nomenclaturas científicas de todas las especies que ve nomencladas en los museos?
CORNELIO. -- Ciertamente no, pero sí me acuerdo de esta. Y ¿cuál fue la principal causa eficiente que coadyuvó a que lo bautizaran así?
RAMPHASTUS. -- A mí nadie me bautizó, si entendemos por bautismo una mojadura de marote por parte de algún clérigo con la supuesta intención de hacerme integrante de su cofradía. Pero si usted se refiere a por qué me inscribieron en el registro nacional de las personas con este mi nombre, le comento que nací con un apéndice nasal desproporcionadamente grande, y como entonces en Guayaquil podía uno ponerle cualquier tipo de nombre a sus hijos, sin importar el mal gusto ni nada...
CORNELIO. -- ¡Nació usted en Guayaquil!
RAMPHASTUS. -- En efecto.
CORNELIO. -- ¡Yo sueño con conocer esa ciudad!
RAMPHASTUS. -- ¿Sus sueños son pesadillescos?
CORNELIO. -- ¿Por qué lo dice?
RAMPHASTUS. -- Por nada. Pero si no está dispuesto a soportar una humedad y un calor del infierno, mejor no vaya.
CORNELIO. -- El calor húmedo es mi elemento.
RAMPHASTUS. -- Entonces vaya.
CORNELIO. -- Tal vez usted me acompañe algún día.
RAMPHASTUS. -- Lo dudo.
CORNELIO. -- ¿No vuelve allí regularmente para visitar a sus antiguos amigos, a sus familiares, etc.?
RAMPHASTUS. -- Si el etcétera ése incluye a una ex novia medio atorranta que tuve, y si aparecer cada cinco años es volver regularmente, entonces sí.
CORNELIO. -- ¿Y por qué duda de ir conmigo?
RAMPHASTUS. -- Porque cuando voy a Guayaquil no lo hago en plan de diálogo.
CORNELIO. -- Entiendo, quiere desconectarse un poco del mundo de las ideas. ¿Cuantos años tiene su chica, si es que puede saberse?
RAMPHASTUS. -- En primer lugar, no la considero mía. Y en segundo lugar, sí, sí puede saberse su edad, pero no preguntándomelo a mí. A ella no le gusta que sus parejas delaten su edad ante cualquiera. Sin embargo haré una excepción con usted y le diré que no supera los treinta.
CORNELIO. -- Muy joven para un hombre de...
RAMPHASTUS. -- Cincuenta y seis. La conocí cuando tenía cuarenta.
CORNELIO. -- Y ella tenía...
RAMPHASTUS. -- Muy poca edad.
CORNELIO. -- ¿Le gustan las jovencitas?
RAMPHASTUS. -- La carne me gusta fresca y jugosa.
CORNELIO. -- Tenía entendido que usted era vegetariano.
RAMPHASTUS. -- Lo soy, digestivamente. ¿Su novia cuántos años tiene?
CORNELIO. -- No. Yo... carezco de novia.
RAMPHASTUS. -- ¿Y con quién vino aquí?
CORNELIO. -- Con tres amigos, además del perro.
RAMPHASTUS. -- ¿No será medio raro usted no? Acampa con tres amigos..., se hace llamar Cornejín...
CORNELIO. -- ¡Ni lo sueñe! Aunque mi refrán preferido es: "Nunca digas de esta agua no he de beber".
RAMPHASTUS. -- Y ese sabio refrán, ¿lo aplica también en terrenos epistemológicos?
CORNELIO. -- ¿Que si lo aplico? Yo era lo que se dice un materialista duro, del tipo de Büchner, ¡y acabo de admitir que casi estoy convencido de la subjetividad del mundo! Nunca pensé que bebería del arroyo del ideísmo...
RAMPHASTUS. -- ¿Qué es el ideísmo?
CORNELIO. -- Lo que los pensadores filosóficos llaman idealismo.
RAMPHASTUS. -- Muy acertada su corrección etimológica. Pero ¿cree usted por ventura que no son conciliables el materialismo duro y el duro ideísmo?
CORNELIO. -- Pueden conciliarse hasta cierto punto, pero si alguien se pregunta: "La realidad última, ¿es material o espiritual?", creo que sí o sí debe optar por uno de los dos.
RAMPHASTUS. -- Pregúntele a ese alguien a qué realidad última se refiere.
CORNELIO. -- Seguramente me dirá que a la realidad más evolucionada que pudiera existir.
RAMPHASTUS. -- Esa es material, no lo dude. La evolución se da en el espaciotiempo.
CORNELIO. -- ¿Entonces el materialismo es más verdadero que el ideísmo?
RAMPHASTUS. -- Más verdadero no, más científico. El científico, si quiere hacer bien su labor y carece de inquietudes metafísicas, bien hará en desdeñar todo lo que hablamos respecto del subjetivismo del mundo y tomar a éste como una simple colección de objetos y fuerzas materiales que puede desentrañar casi hasta el fondo mismo de sus mecanismos valiéndose sólo de inducciones y deducciones. Cuando un científico que no tiene pasta de pensador filosófico se pone a filosofar, suele mezclar los tantos y hacer del mundo una ensalada ideica-material completamente incoherente. Mentir nunca es bueno, pero si usted les mienten a los científicos afirmando que la materia existe fuera de sus mentes y que es la única realidad, la ciencia no perderá gran cosa, siempre y cuando no se crean esta patraña los epistemólogos, los filósofos de la ciencia.
CORNELIO. -- Entonces el ideísmo es más verdadero que el materialismo...
RAMPHASTUS. -- Más verdadero no, más metafísico. Todo el que anda estudiando la materia debe cargar consigo el espaciotiempo, y eso le impide ingresar en la metafísica. Si usted me pregunta si la metafísica es superior a la ciencia con la intención de deducir de mi respuesta que el ideísmo es superior al materialismo, debo confesar de que sí, que creo que la metafísica es infinitamente superior, pero eso no debería llevarlo a usted a menospreciar los postulados básicos de la ciencia materialista, a saber, la inexistencia del libre albedrío, la inexistencia de la inmortalidad de las conciencias individuales, la explicabilidad del mundo mediante leyes causales o estadístico-causales, etcétera. Si alguien con poco criterio se persuadiese de que la materia no existe fuera de nuestra conciencia, podría suponer que la materia no se comporta legalmente, que sigue los dictados de nuestra razón o de nuestra voluntad, ya que nosotros la creamos. La metafísica no es para cualquiera.

lunes, 15 de julio de 2013

La revancha de Berkeley (primera parte)


La revancha de Berkeley























 «Mein kopf ist zwar im Raum, aber der Raum, mit alles was er besatzt ist doch nur in meinen kopf»
( Mi cabeza está en el espacio, pero el espacio, con todo lo que contiene, está en mi cabeza.)
Arthur Schopenhauer, Lecciones de filosofía



Pocas fueron las veces que tuve la oportunidad de disfrutar tan a mi gusto de una estrelladísima velada. Aquí en Buenos Aires es imposible, pues las estrellas, por más despejada de nubes que se presente la noche, se muestran a lo sumo en cantidades moderadas por culpa de las infinitas luces artificiales que lo enceguecen a uno toda vez que intenta levantar hacia el cielo la vista, y si uno se sitúa en un raro punto estratégico carente de luminosidad tampoco podrá ver demasiado debido al pútrido esmog que se cierne sobre nuestras cabezas. Fue así que me maravillé sobremanera cuando hace un par de meses, acampando con cuatro amigos en el Parque Nacional El Palmar, en la provincia de Entre Ríos, comenzó a caer la noche del primer día que allí pasamos, tachonándose los cielos azulosos con millones de lucecitas adictivas que me obligaban a mirar hacia la bóveda con una placentera coacción similar a la que experimentan los drogadictos al intoxicarse. Era tal la magnificencia del espectáculo para quienes --como nosotros-- no estaban acostumbrados a presenciarlo, que hasta tres de mis amigos, negados como pocos para la contemplación emotiva de las bellezas de la naturaleza, no pudieron menos que adoptar una mueca de admiración y unas cuantas frases elogiosas referidas al firmamento que se desnudaba ante ellos, a la vez que comenzaban a sospechar que aquel viaje que les había yo propuesto no les sería después de todo tan deficitario en cuanto a sus tabulaciones hedonísticas. El cuarto de mis amigos no se admiró nada porque no quiso mirar hacia las estrellas, y no quiso mirarlas porque era perro y a los perros mayormente no les interesan las visiones cosmológicas.
El marco era casi perfecto: la noche estrellada, una temperatura no cálida pero tampoco desagradable, un fueguito crepitando, el bosque, el rumor del río... Sólo faltaba, como casi siempre que de mí se habla, la buena compañía. Me refiero a una mujer, por supuesto; la mujer amada es siempre la mejor de las compañías. Pero no apuntemos tan alto; conformémonos con un acompañamiento más modesto, con el que nos brinda, por ejemplo, un amigo o un grupo de amigos dispuestos a conversar amenamente sobre temas trascendentales: Dios, la inmortalidad, el infierno y el paraíso, el libre albedrío, la realidad o irrealidad del mundo que percibimos... Si alguien encontrase a una mujer ansiosa de tocar estos puntos junto a un fogón y bajo un cielo estrellado, yo le aconsejaría que se casase con ella; mas si no la encuentra, arrímese a una que lo atraiga por causa de otros considerandos y procúrese varias escapadas anuales junto a unos cuantos observadores de la naturaleza que sepan y quieran, además de observar, emitir opiniones acerca de sus observaciones y razonar pacientemente sobre los porqué y los para qué inmanentes a todo suceso.
Pero este no es el caso de mis amigos. El uno por ser perro, los otros por ser demasiado normales en el sentido aburrido del término, ninguno se siente relajado ni se apasiona cuando, con gran esfuerzo, logro desviar el hilo de nuestras tontas pláticas hacia terrenos resbaladizos en los que nadie que yo conozca sabe caminar sin caer continuamente. ¡Qué divertido es andar por ese hielo quebradizo! ¡Qué diferencia con el monótono transitar por el asfalto! ¿Cómo es que no les interesa caminar por aquí? ¿Les tendrán miedo a los golpes que uno suele sufrir cuando imprevistamente se patina? ¿Tendrán miedo, más que de los golpes, del ridículo que podrían hacer ante quienes, caminando por suelo seguro, los ven derrapar una y otra vez sin poder estabilizarse? No sé, no sé a qué le temen si es que le temen a algo, pero lo cierto es que no he logrado nunca llevarlos a mi terreno favorito a la hora de las conversaciones. Ni a ellos ni a nadie. El suave placer que suele proporcionar el diálogo ameno es para mí una quimera, una utopía inalcanzable... que sin embargo alcancé la segunda noche transcurrida en El Palmar, que se presentó tan o más estrellada que la primera y sin luna ninguna que opacara el brillo de mis amigas. Dios había querido que aquella noche la única luz que me iluminara fuera la luz del discernimiento.
Hacía rato que habíamos terminado de comer. Javier ya se había ido a dormir a su carpa y los restantes integrantes humanos del grupo --Ángel, Guillermo y yo-- jugábamos al truco y entonábamos cánticos religiosos del tipo de

Esta es la luz de Criisto
Yo la haré brillar
Brillará brillará
Sin cesar

al tiempo que sustraíamos de la fogata leños encendidos y los alzábamos en singular procesión alrededor de la mesa de juego. "¡Vamos! ¡Griten, carajo! ¡¿Somos cristianos o no somos cristianos?!", amenazaba furioso Angelito parodiando a los barrabravas de los estadios de fútbol. Hora y pico habremos estado distraídos en esos menesteres hasta que a mis dos amigos les entró el sueño y se retiraron, Ángel hacia su automóvil, pues carecía de carpa, y Guillermo, careciendo también de dicho incremento, hacia la mía, ya que la noche anterior había dormido en el asiento delantero del Falcon y no la había pasado nada bien.[1]
Desprovisto de mi guarida, pues no estábamos dispuestos ni Guillermo ni yo a pernoctar juntos en tan estrecho recipiente, tocábame dormitar en el susodicho asiento delantero, pero resultaba ser que aún no me sentía cansado y además no deseaba matar ese fuego que seguía brillando y me hipnotizaba. De repente, mi demonio interior, que siempre se había limitado a sugerirme que no hiciera determinada cosa, se reveló positivamente y me instó a dar un paseo por las márgenes del río Uruguay, no muy lejanas del sitio de acampe. No me fue posible negarme a su convite pese al temor que tenía de toparme con el Coco, el Pombero, la bruja Cachavacha o cualquier otra criatura semejante. Recordé mi paseo nocturno, de hace ya cuatro años, por sobre las cataratas del Iguazú, y me dije: "Si el Coco no te agarró ahí, si no te empujó hacia la espumosidad ésa, entonces aquí tampoco aparecerá. Vamos, pues, y deja ya de joder con esos tontos temores de niño". Y fui.
No era un paseante solitario, ya que nuestro perro Chamigo Pérez se aprestó a seguirme desde el momento en que amagué comenzar. Lo primero que hice fue retirarme por unos diez minutos hacia una oscuridad total para que mis ojos se habituasen a la penumbra. Una vez practicada esta operación, me dirigí cautelosamente hacia el comienzo del camino que va del camping al río, y transité los doscientos o trescientos metros que me separaban del agua con gran solemnidad y decoro, escuchando aquí y allá voces animalescas pertenecientes seguramente a las vizcachas, que abundaban por ahí, o a los zorros que las persiguen, uno de los cuales, la noche anterior, había estado alimentándose casi de la mano de unos acampantes cercanos a nosotros. Se podía ver lo bastante bien como para no tropezarse ni encarar hacia los matorrales, pero igual no respiré tranquilo hasta que pude ver las estrellas reflejadas en el piso, señal inequívoca de que mi paseo, dinámicamente hablando, había llegado a la meta.
El marco era casi perfecto. Y gracias al acostumbramiento y a la compañía de mi fiel mascota, el miedo había desaparecido. Desprovista de árboles que se interpusiesen entre mis retinas y el cielo, la visión de aquellos mundos distantes no dejaba de maravillarme y embriagarme; y cuando la embriaguez flaqueaba, se presentaba la reflexión, diáfana como la noche, que me insinuaba secretos y relaciones para mí desconocidos hasta entonces, y vuelta la embriaguez. Y así sucesivamente.
Pero un marco, al fin y al cabo, es sólo eso. Hay que ponerle un cuadro adentro para que tenga sentido.
"Muy gratificante, muy sugestiva experiencia" me dije después de media hora de contemplación extática. Mi demonio interior, estrenando su positividad, no se había equivocado. El asunto ya tornaba vulgarizarse, y como las cosas siempre hay que abandonarlas en su mejor sazón o ni bien comienzan a declinar, abandoné mi postura de semiloto (la que marca la ortodoxia hindú me hace ver mis propias estrellas), me saqué al perro de encima y me dispuse a partir en dirección al sueño automovilístico. Grande fue mi sorpresa cuando, al erguirme, escuché un chasquido claramente humano proveniente de lo más alto de la copa de uno de los árboles que se situaban detrás del camino. La curiosidad pudo más que el temor, y resistí el primer impulso que se me presentó, o sea el de salir disparado hacia la civilización, para favorecer al otro, más lejano pero más científico, que abogaba por una espera cautelosa que propiciara un nuevo chistido, o, mejor, alguna palabra bien articulada que pudiera satisfacer la inquietud que el chistido me provocara. Fue así que me quedé quieto, en la oscuridad y el silencio, durante un par de minutos, y como nada sucediera, empecé a caminar lentamente hacia el camping, jurando y perjurando que lo escuchado debía provenir de humana garganta. Seis o siete pasos pude dar al momento en que un nuevo chistido, más claro aún que primero, bajó de la misma copa. Y no sólo bajó el chistido: alguien quería bajar con él, el ruido del ramaje lo delataba. Quise gritar algo del estilo de ¿quién anda por ahí?, o ¿quién vive?, pero nada me salió y permanecí en silencio viendo, o mejor, escuchando cómo aquel sujeto descendía más de veinte metros por el follaje con la supuesta intención de conocerme.
Faltaba poco para que llegase a tierra cuando se oyó un incremento en la sucesión de sonidos. Evidentemente la oscuridad y el apuro por descender lo llevaron a dar un paso --o un manotazo-- en falso, precipitándose unos pocos metros en caída libre, caída que se detuvo --llegué a verlo-- en la primera rama gruesa que nacía del tronco, a un par de metros del piso. Habiendo entonces desechado mis últimos temores metafísicos gracias a ese desliz (el Coco o el Pombero no se habrían bajado así de un árbol), me acerqué al sujeto, que se había situado a caballo de la gorda rama, y le pregunté si se había lastimado. Me dijo que no sentía dolor alguno, de lo que colegía que no estaba herido. "Podés estar herido sin que la herida te duela", le dije, a lo que respondió que "una herida es herida si y sólo si te duele", con lo que dio por terminado el asunto. Le pregunté quién era y qué hacía encaramado en ese árbol a esas horas y en ese paraje. Me dijo que se llamaba Ramphastus Dicolorus, y que no hacía otra cosa más que mirar las estrellas. Voy a reproducir tan fielmente como me sea posible lo más sustancial de la prolongada conversación que se suscitó de inmediato entre aquel trepador y quien esto escribe:



[1] De aquí en adelante, la narración puede diferir en algún punto de los hechos reales.

miércoles, 10 de julio de 2013

Una explicación razonable respecto de la gordura de los curas

Presiento que mi abstinencia sexual, así como el no consumo de tabaco, alcohol, drogas y el alejamiento en general de todos los vicios de la carne, ha empezado a fructificar en cuanto a conclusiones derivadas de mi propia experiencia. Por ejemplo, estoy ya en condiciones de dar una explicación razonable del porqué de la gordura de un gran porcentaje de los representantes de la Iglesia Católica.
La gula es un vicio asaz pernicioso, pero es a la vez, para mucha gente --entre la que se incluyen estos curas--, un vicio un tanto menor o escondido. Menor porque se supone que no altera la conducta humana en forma inmediata como sí lo hacen el alcohol o las drogas, los que resultan potencialmente nocivos no sólo para quien los consume sino también para quienes lo rodean. Y escondido porque se oculta bajo una necesidad indispensable del ser humano: su alimentación. Estas dos características hacen de la gula un vicio no del todo condenable por la sociedad. Podría decirse que, en cuanto al juicio social, la gula está en un escalafón cercano al del tabaquismo. Los dos son considerados anomalías artificiales que repercuten negativamente en el organismo humano, pero distan de ser expresamente condenados por la sociedad o por la justicia organizada. Nadie es encarcelado por vender cigarrillos o dulce de leche como sí lo sería por tráfico de drogas. Del mismo modo, un gordo[1] y un fumador son mejor aceptados socialmente que un mujeriego[2], un jugador, un alcohólico o un drogadicto.
Pero los límites de la gula son inciertos; eso es lo que la diferencia de la mayoría de los vicios y lo que hace que los eclesiásticos no la tomen tan en serio en cuanto a su propia conducta. Un cura fumador es un cura vicioso; un cura mujeriego es un cura vicioso; un cura jugador es un cura vicioso; un cura borracho es un cura vicioso. Un cura que come, ¿es un cura vicioso?
Los curas son humanos, y por lo tanto, imperfectos. Les es muy difícil --como a todos los que lo intentamos-- apegarse a la moral cristiana tal como Cristo lo hizo. Necesitan de vez en cuando un escape, una salida, que libere todos sus vicios reprimidos[3]. Resulta obvio pensar que la salida más razonable, la que los dejaría mejor parados ante la sociedad, ante Dios y ante su propia conciencia, está por el lado de la gula. Lo digo basado en mi propia experiencia. De un tiempo a esta parte vengo intentando "reprimir" todo lo que se me antoja como un vicio a extirpar del género humano, y de todos ellos, la gula --junto con el odio-- es la mayor responsable de mis escapes de imperfección cristiana.
Hasta aquí, la explicación. De aquí en adelante, divagues varios.
Yo no pretendo que los curas, así como cualquier creyente, practiquen un cristianismo perfecto; lo que sí me gustaría es que tiendan a acercarse a la perfección cristiana tanto como les sea posible. Para ello, es indispensable que tengan en claro cuáles son las conductas que los atraen al cristianismo y cuáles las que los alejan. Si no se toma real conciencia de lo que es bueno y lo que es malo, así como de los diferentes grados de bondad y maldad que hay en ciertas actitudes, será difícil que uno aspire a perfeccionarse, que uno aspire a parecerse a Jesucristo.
Comer mal y demasiado es malo tanto para la salud física de un hombre como para su salud espiritual; eso es algo que creo que la mayoría de los cristianos acepta. Sin embargo, no son muchos los que tienen una cabal idea de lo perverso del acto de desperdiciar la comida --sea ésta desperdiciada fuera o dentro de un estómago--, o del enorme grado de indisciplina moral que implica el malgastar recursos, que serían vitales para otros, en la compra de productos que no hacen otra cosa que satisfacer un descontrolado apetito.

Existe un barco que, por estar sus ocupantes enfermos y ser esta enfermedad contagiosa, deberá permanecer un año a la deriva. Sus bodegas están repletas de comida, por lo cual los navegantes no deberían sufrir problemas de inanición. Sin embargo, a los pocos meses de haber partido, la mayoría ya se ha muerto de hambre o padece un complicado cuadro de desnutrición. ¿Cómo se explica esto? Sencillo: los tripulantes de la nave, junto con algunos pasajeros acomodados, se dedicaron desde que comenzara el viaje a devorar todo el alimento que sus estómagos fuesen capaces de albergar. Asimismo, no conformes con ese proceder, y sabiendo que la duración del viaje no superaría el año, acapararon en sus camarotes tanta comida como para pasar un lustro sin problemas alimenticios. Cuando llegaron por fin a tocar tierra, quien se había encargado de aprovisionarlos les preguntó a los sobrevivientes por qué había ocurrido semejante atrocidad con el resto de los pasajeros. Pero ellos no tuvieron suficiente sinceridad como para responderles. Habían permanecido siempre de un mismo lado del barco, sin mezclarse con los de la parte de atrás, con los moribundos. Ni siquiera sabían que se estaban muriendo. Un par de veces les vinieron con esa noticia, pero nadie la tomó en serio. Recién se dieron cuenta del desastre que habían causado cuando llegaron al puerto y bajaron los cadáveres. Habían estado comiendo y guardando de más, es cierto. Habían estado comiendo y guardando un alimento que no les correspondía, el alimento de los otros. Pero nunca se enteraron, nunca supieron, nunca sintieron, que por culpa de su egoísta proceder los del otro lado del barco se estaban muriendo. Luego, al darse cuenta de la magnitud de su asesinato, los acomodados se apesadumbraron. Y más tarde, cuando se los juzgó por su conducta, exclamaron una verdad tan cierta como la vida, pero que ya no serviría para rescatar a "los otros" de la muerte: "No nos comportamos bien al actuar de ese modo", dijeron. "Pero si hubiésemos sabido que los demás se estaban muriendo, al menos habríamos intentado detener nuestra gula y nuestro egoísmo para darles a los hambrientos la ración que siempre les correspondió y que, sin saberlo, les usurpamos".
Nuestro barco está repleto de comida, pero también está lleno de hambrientos y acomodados. Lo que hace falta son noticias, alguien que les haga saber a los glotones que atrás la gente se muere, que atrás LOS NIÑOS SE MUEREN, por no comer los restos que los de adelante vienen tirando por la borda desde que se inició el viaje[4].




[1] No todos los gordos comen mal y demasiado, ni todos los que come mal y demasiado son gordos. Pero, hablando en general, el gordo es un producto creado por la gula.
[2]  El caso de los mujeriegos es singular: en algunos órdenes sociales se los deplora, mientras que en otros se los alaba.
[3] Los llamados "vicios carnales" pueden ser considerados naturales o artificiales. Esto depende mucho de las creencias de cada uno. En mi caso, creo que al hombre lo creó Dios, y Dios le dio vida. Por lo tanto, considero los vicios --los carnales y también los espirituales-- como cánceres no pertenecientes a la esencia humana que fueron luego anexados a ella por alguna otra fuerza.
[4]  La escritora Francine Prose, advirtiendo lo que yo advertí, a saber, que los curas son, en proporción, más gruesos que la mayoría de cualesquier otros grupos de ciudadanos, utiliza esta certera observación como punta de lanza de la hipótesis que defiende: “Sin duda –dice--, esos hombres de Dios nos muestran, con sus actos y con sus mismos cuerpos, que comer bien no es realmente un pecado” (Gula, cap. 2). Yo modificaría un poco este aserto: Sin duda, esos hombres nos muestran, con sus actos y con sus mismos cuerpos, que no son hombres de Dios.