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miércoles, 13 de noviembre de 2019

Vacunación e inmunosupresión


Los primeros eugenistas fueron los espartanos. Buscaban una estirpe de guerreros fuertes y valerosos, debido a lo cual, en determinado momento de su historia, se propusieron desechar a los niños débiles o enfermos para que no pudiesen crecer y reproducirse y generar otra camada de niños débiles o enfermos. Los espartanos sabían lo que buscaban, no les interesaba el resto de las cualidades que el individuo pudiese ostentar; de ahí que su eugenesia, en el sentido en el que ellos la aplicaron, les funcionara.
Ahora pasemos al siglo XX, momento de la historia en el cual, debido a los esfuerzos de Sir Francis Galton, rebrota en occidente la doctrina eugenésica.
En 1904, un pensador alemán que luego sería leído con asentimiento por Adolfo Hitler, escribió:

Condenar a muerte a los recién nacidos débiles, como lo hacían los espartanos con un fin de selección, no sería, racionalmente, cometer un asesinato, aunque así lo quieran nuestras leyes modernas. Por lo contrario, merecía considerarse como una medida bienhechora para la víctima y la sociedad (Ernst Haeckel, Las maravillas de la vida, tomo I, p. 33).

Más allá del contraste entre lo que implica esta afirmación y el título del libro, más allá de la ausencia de compasión que denotan estas palabras y de la mentira que conllevan (porque decir que matar a un niño débil que no padece dolores es algo deseable para el mismo crío es decir una estupidez completa), el problema con este tipo de tácticas eugenésicas es que si se llevan a cabo con rigor, desaparecen, además de la debilidad (hereditaria), otras cualidades que tal vez sean deseables y que son características de la gente débil o enfermiza. Matar a todos los niños débiles nos garantizaría (hasta cierto punto) un futuro carente de hombres débiles, pero no carente de mentecatos, sádicos, soberbios, etcétera, cualidades que también, seguramente, querríamos eliminar. Y ¿qué sucedería, en un mundo que autorizase la matanza de los niños débiles, si alguien con las condiciones intelectuales de un Shakespeare o un Einstein naciera corporalmente disminuido? ¡A la basura con el infante!, diría Haeckel, y así el planeta se privaría de dos personas que habrían contribuido a embellecerlo en grado sumo, tanto más que lo que harían millones y millones de "saludables" bebés. No se puede adoptar un criterio eugenésico, a saber, en este caso, la fortaleza corporal, y desdeñar el resto; eso sería reducir las expectativas espirituales del hombre del futuro a niveles casi simiescos.
Quiso Hitler, apoyado en esos ideólogos de cartulina a lo Haeckel, fundar en Alemania una nueva Esparta, una nación pura y exclusivamente de guerreros. Pero nuestras sociedades ya no son tan sencillas como las griegas de aquel entonces. Los espartanos pretendían mejorar un solo aspecto de la individualidad humana —la fortaleza— y el resto no les importaba, y por eso su ideal eugenésico funcionó. También funciona con la selección artificial que se ha llevado a cabo durante siglos en nuestros animales domésticos, porque buscamos en ellos una única característica, o dos, que nos interesan de cada especie, y el resto de su animalidad no nos importa. Pero que este razonamiento que busca “mejorar” a los animales domésticos pueda aplicarse a las modernas sociedades humanas, eso es algo imposible o temerario. Isaac Asimov (quien se contagió con el virus HIV en 1977 y murió en 1992, pero no de sida sino por insuficiencia renal) explica esta imposibilidad con algún detalle:

En relación con nuestra ignorancia de la genética humana, se señala a veces que el hombre ha logrado "mejorar las razas", controlando el cruzamiento de los animales domésticos, y esto se hizo a pesar de que la genética de los caballos y ganado es casi tan mal conocida como la del hombre. En efecto, la mayor parte de los mejoramientos producidos por estos cruzamientos tuvieron lugar en épocas en que no se tenía ni la más vaga noción de que la ciencia de la genética existiera o pudiera existir.
Si es así, ¿no podríamos mejorar la raza humana trabajando en la misma forma intuitiva?
El argumento parece bueno, y se utilizó 700 años antes de Cristo por los antiguos espartanos, los cuales perdonaban e incluso aprobaban el adulterio cuando "el otro hombre" tenía características deseables, y señalaban en la explicación que a la raza humana se le debería dar por lo menos el mismo cuidado que se otorgaba al cruzamiento del ganado, y que un macho con buenas características debía en ambos casos tener la mayor cantidad de descendencia posible.
Y, sin embargo, semejante argumento carece de validez. Sabemos exactamente qué es lo que buscamos con la "mejoría de la raza" en los animales domésticos. Si queremos una vaca que dé mucha leche, cruzamos toros y vacas que desciendan de buenas lecheras, y tomamos lo mejor de las crías (a este único respecto) para nuevos cruzamientos. Al final, obtenemos especialistas lecheras que son apenas algo más que fábricas vivientes, diseñadas para convertir el pasto en mantequilla.
¡Muy bien!, pero ¿qué más hemos producido en el ganado mientras nos hemos concentrado en obtener más leche? No nos importa mucho: lo único que queremos es leche. Nuestro ganado manso actual es suficientemente plácido y estúpido para no ser capaz de proteger sus carneros, ni siquiera protegerse ellos mismos contra los animales salvajes. Los caballos de pura sangre constituyen magníficas máquinas de carrera, pero son también criaturas increíblemente neuróticas, que necesitan más y mejores cuidados que un niño humano. Los cerdos se han convertido en desgarbados seres productores de grasa que no sirven para nada más que comer y ser comidos. Hemos transformado a los perros en psicópatas agresivos, como los pequineses, o les hemos hecho una nariz tan chata que apenas pueden respirar, como el bulldog inglés, y así sucesivamente.
Todo esto está bien, criamos a los animales domésticos para que desarrollen una sola característica, a expensas de su supervivencia integral, porque nosotros los cuidamos y, en todo caso, lo que queremos satisfacer son nuestras necesidades, no las suyas.
Pero, en el caso del homo sapiens, ¿qué criaríamos? Los antiguos espartanos creían saberlo. Les interesaban las diversas cualidades que forman un buen guerrero: fuerza, resistencia y valor. Esto lo lograron, su conducta en la batalla de las Termópilas todavía nos causa admiración (aunque pocos de nosotros desearíamos ser sus émulos). Sin embargo, el desprecio de todas las demás características produjo una cultura espartana que, en conjunto, es digna de todo menos de admiración y que, en realidad, es el más claro ejemplo de cultura psicótica de larga duración que registra la historia.
En el caso del homo sapiens, ¿qué carácter favoreceremos? ¿La capacidad atlética? ¿Las virtudes marciales? ¿La longevidad, el genio creador, el carácter alegre, la capacidad literaria, la estabilidad mental, el raciocinio frío, el alto sentido moral? En cierto modo, todos son deseables, pero no existe ninguna forma conocida de hacer fecundaciones que favorezcan todos ellos, y la experiencia que hemos adquirido con los animales domésticos, o con los espartanos, no nos da indicaciones sobre la manera de producir numerosas características a la vez.
También existen, por supuesto, características extremadamente negativas, tales como la idiotez o la manía homicida, que quisiéramos eliminar genéticamente, si supiéramos cómo. Sin embargo, no estamos seguros de que siquiera podamos eliminar los genes indeseables, sin eliminar también cierta porción de los deseables. [...]
El resultado es que los geneticistas más reputados tratan con la mayor cautela todo lo relativo a la eugenesia, y los que siente mayor entusiasmo por ella tienden a ser fanáticos henchidos de una confianza basada solo en la ignorancia y con marcada tendencia a derivar de la eugenesia al racismo (Isaac Asimov, Las fuentes de la vida, pp. 88, 89 y 90).

Te preguntarás lector a qué viene todo este razonamiento en contra de cualquier tipo de eugenesia negativa (la eugenesia positiva es harina de otro costal), y te responderé que lo que hacen los médicos vacunófilos cuando intentan erradicar tal o cual enfermedad en particular es algo similar a lo que hacen los biólogos genetistas cuando buscan mejorar alguna característica particular de los pollos o de los tomates. Buscan algo (que el tomate sea más jugoso, que el pollo sea más voluminoso) y se desentienden de las consecuencias generales que harán de esos productos entes muy distintos de lo que eran previamente a la modificación genética. El tomate no se volverá más tonto si le modificamos un par de genes, pero el pollo probablemente sí, o más lento, o más triste, o lo que sea. No lo sabemos. Ni nos importa. Con las personas, sin embargo, no podemos ser tan displicentes. Cuando inoculamos vacunas estamos forzando al sistema inmunitario para que quede alerta frente a una potencial enfermedad, pero al precio de desalertarlo frente a otras. No llegamos al punto de modificar la genética, pero modificar el sistema inmunológico es tal vez peor: prefiero ser un pequinés histérico con buenas defensas que un cristiano no histérico pero inmunosuprimido.
¿Hasta cuándo continuará esta eugenesia solapada? Hasta que la humanidad abra los ojos… o hasta que las vacunas dejen de ser un negocio lucrativo. Pero esto último jamás ocurrirá; no nos queda otra, pues, que abrir los ojos.

sábado, 9 de noviembre de 2019

La vacunación como procedimiento ético


Los vacunófilos aducen que la efectividad de las vacunas es incontestable, que los hechos hablan por sí mismos. Por ejemplo, antes de la aparición de la vacuna contra la viruela morían por esta causa cerca de cuatrocientos mil europeos al año. Cuando la vacuna antivariólica se masificó, la mortalidad se redujo bruscamente. Doy por buenos estos datos, aunque tengo mis dudas, pero supongamos que fue así, que la vacuna antivariólica redujo las muertes sensiblemente[1]. ¿Qué prueba esto? Prueba, nada más y nada menos, que la vacunación tiende a mejorar, en un sentido estadístico, la expectativa de vida de una determinada población que se ha sometido a ella. Antes de la vacuna se moría muchísima gente de viruela, la vacuna aminoró la cifra. ¿Debo conceder más? Concedo: Tomando dos grupos sociales de similar nivel cultural, sanitario, económico, dietético, etc., y sea que en uno de ellos la gente se ha vacunado en masa contra diferentes enfermedades y en el otro no, el grupo de los amantes de la vacuna, con buenas probabilidades, tendrá, en términos estadísticos, una mayor expectativa de vida que el grupo de los invacunados. He concedido ya demasiado y no me retracto de lo que concedí; pero ¿se deduce de esto que la vacunación sea un procedimiento éticamente deseable? En absoluto. Porque la ética, si es ética y no moral de transeúntes, no se fija en el bienestar de un determinado grupo en un determinado tiempo sino en el bienestar de la biomasa toda proyectado en la eternidad, y ahí es donde la santa sotana que se supone viste la jeringa comienza a deshilacharse, porque la sobretensión a la que se ve sometido nuestro sistema inmunológico debido a las modernas vacunas y a la farmacología en general, redundará, si seguimos con este paradigma sanitario, en un aumento exponencial de las enfermedades autoinmunes, que vienen haciendo estragos desde la década del 70 y seguirán recrudeciendo. Y así perecerá la especie humana, víctima de su propio temor a enfermarse.


[1] Existen, sin embargo, investigadores que lo niegan. Fernand Delarue, en Salud e infección: Auge y decadencia de las vacunas, sostiene que el decrecimiento de la viruela en Europa no se debió a la implementación de la vacuna sino a otros factores. Estadísticas, criterios diagnósticos, protocolos y datos epidemiológicos habrían sido modificados, según este autor, para ocultar el fracaso de las vacunas y conseguir su aceptación. Dos ejemplos extraídos de este libro: Valoración, según el Congreso de Colonia celebrado en 1881, de la campaña de vacunación obligatoria de la viruela llevada a cabo entre 1819 y 1873 en Londres: los cinco primeros años se vacunó a un 10% de la población y la mortalidad fue de 292 personas; en los años en que la vacunación ascendió hasta el 95% (de 1869 a 1873) murieron 679 personas. —Leicester: a finales del siglo XIX, el 95% de los bebés habían sido vacunados contra la viruela; en 1871 se produjo una epidemia y la enorme candad de enfermos y fallecidos dejó en evidencia la inutilidad de la vacuna; cuando las autoridades abandonaron la vacunación y tomaron medidas higiénicas, la viruela desapareció más rápidamente que en ninguna otra ciudad industrial vacunada.

viernes, 8 de noviembre de 2019

El padre de la vacuna


Esto es lo que se les enseña a los niños respecto de la invención de la vacuna:

… La posibilidad [que tuvo Jenner] de poner a prueba su idea surgió en 1796 cuando se presentó una terrible epidemia de viruela. Como no encontró ningún voluntario que se prestara para efectuar esta experiencia, utilizó a su hijo, a quien inoculó una pequeña dosis de pus en un brazo. De esta manera, Jenner logró no solo proteger a su hijo de la terrible enfermedad, sino también probar que la inoculación de pus proveniente de vacas infectadas de viruela, proporcionaba defensas contra la viruela humana (Campanita. Texto globalizado para alumnos de cuarto año básico, p. 60).

Eso es lo que se enseña, y esto es lo que sucedió:

En 1789, Jenner decidió (justo después de que había sido elegido miembro de la Royal Society) tratar de inmunizar [...] a su hijo, Edward Jr., nacido ese mismo año, y a dos de los siervos de su vecino, inoculándolos con la viruela porcina. [...] Jenner realizó el experimento haciendo un pequeño rasguño en los brazos del bebé con una lanceta [...]. Ocho días después, el bebé Edward tuvo llagas y enfermedad desarrollada, pero finalmente pudo recuperarse.  Luego, dos años más tarde, Jenner nuevamente desafió a su hijo con la viruela, esta vez con resultados infelices. Hubo una reacción, y una grave. Pero se recuperó rápidamente, y un año más tarde le inoculó la viruela, una vez más.  Desafortunadamente, sin embargo, en los años siguientes a estos experimentos, el joven Edward se convirtió en un niño enfermizo y exhibió signos de retraso mental leve, probablemente debido a un daño neurológico.  Jenner inoculó también a un joven llamado James Phipps. Tanto Phipps como el hijo de Jenner fallecieron, a los 20 y 21 años respectivamente, de tuberculosis [...]. A pesar de estas muertes, Jenner siguió probando la vacuna en muchos otros voluntarios, produciendo resultados diversos (Dave Mihalovic, “Lo que mucha gente no sabe sobre el padre de la vacunación”, artículo disponible en internet[1]).

El destino que siguió la medicina moderna, y que fue luego confirmado por la escuela de Pasteur, lo trazó un inconsciente cuya sed de renombre lo llevó a utilizar como conejillo de indias a su propio hijo y a cercenarle su calidad de vida y su vida misma tempranamente. A este individuo aplaudimos e intimamos a nuestros hijos a que lo aplaudan. Él abrió el camino… a la epidemia de enfermedades crónicas y degenerativas que ahora nos aplasta.

jueves, 7 de noviembre de 2019

El boom de las enfermedades autoinmunes


Esperamos tener una vacuna lista para ser probada en unos dos años.
Margaret Heckler, presentando en 1984 la “probable” causa del sida

Un médico español, el doctor Enrique Costa Vercher, se pregunta, primero, por qué han recrudecido, o se han desarrollado, las enfermedades que producen inmunodeficiencias a partir de la década del 70 y no antes, y segundo, por qué se ensañan estas enfermedades generalmente con los individuos jóvenes, entre 30 y 40 años como rango etario en que atacan con mayor frecuencia, y difícilmente se desarrollan en los viejos, siendo que los viejos, por el solo hecho de serlo, presentan un sistema inmunitario deteriorado por la natural oxidación que producen los años. Si apoyamos la teoría de Duesberg, tanto la primera como la segunda pregunta pueden evacuarse afirmando que las drogas recreativas como la cocaína, mariguana, heroína, LSD, poppers, etc., se masificaron e ingresaron a un sector mucho más vasto de la población de las grandes metrópolis justamente en la década del 70 y principios de los 80, y estas drogas fueron las principales causantes del deterioro del sistema inmunitario, drogas que son consumidas por lo general por jóvenes y no por abuelos y por ello son los jóvenes quienes padecen el sida y no los viejos. Esta explicación es plausible, pero Costa Vercher propone otra teoría complementaria.
Si bien la vacuna se inventó a fines del siglo XVIII, su implementación masiva y obligatoria tardó muchísimos años en promoverse. Podría decirse que en el mundo desarrollado —que es en donde las enfermedades por inmunodeficiencia están haciéndose fuertes (ya he mencionado que el supuesto sida africano no es una enfermedad autoinmune sino muy otra cosa)—, la implementación masiva de la vacunación múltiple y obligatoria comenzó tibiamente después de finalizada la Segunda Guerra Mundial y se hizo fuerte a mediados de la década del 50. Hacia mediados de la década del 80, que es cuando el sida eclosiona, los enfermos, mayormente jóvenes homosexuales o bisexuales de entre treinta y cuarenta años, habían sido todos ellos sometidos a vacunaciones múltiples cuando niños. Los cincuentones y sesentones, en la década del 80, posiblemente también sucumbieran en buena medida a la tentación del consumo de drogas, pero ellos habían nacido antes de la Segunda Guerra, por lo que sus cuerpos, en la gran mayoría de los casos, no habían sido sometidos a la tortura de las jeringas.
Lo que hacen los médicos sanitaristas al obligar a vacunarse a la entera población de sus países, es, sencillamente, manipular el sistema inmunitario del vacunado para que responda a tal o cual amenaza en particular, en desmedro de su respuesta general al conjunto de todas las amenazas a las que el cuerpo se enfrenta. Nos inoculan el virus de la viruela bovina y quedamos fortalecidos para enfrentar a la viruela humana… pero debilitados para enfrentar al resto de las enfermedades oportunistas. Jugar con el sistema inmunitario sin conocerlo a fondo tiene sus consecuencias y ahora, sida mediante, las estamos pagando. Hemos creado una raza de individuos inmunizada contra tales o cuales enfermedades infecciosas y desinmunizada contra el resto de las enfermedades, muchas de ellas, como el cáncer, bastante más terribles, en cuanto a sufrimiento y tasa de mortalidad, que las enfermedades que la vacuna ha erradicado. El cáncer sube, las enfermedades del sistema inmunitario suben en el occidente desarrollado, y las enfermedades infecciosas descienden al ritmo de los pinchazos; ¿estamos haciendo negocio?
Los sanitaristas vacunófilos fanfarronean afirmando que hoy en día la gente vive muchos más años que otrora, que la expectativa de vida ha subido notablemente gracias, entre otras cosas, a las vacunas. Costa Vercher responde: ¿en qué época han nacido aquellos abuelos que hoy en día llegan a los noventa o a los cien años? Nacieron en la década del 20 y en la del 30, es decir, cuando la vacunación obligatoria todavía no se había implementado con suficiente rigidez. Gozaron de los nuevos beneficios de la sanidad bien entendida (mejoras dietéticas, cloacas, recolección de residuos, redes de agua potable, acceso a la información) y no llegaron a sufrir los perjuicios de la sanidad mal aplicada (vacunas y abuso farmacológico): el cóctel perfecto para una vida sana y prolongada. Esperemos unos treinta o cuarenta años y veremos cómo la expectativa de vida de los gerontes, lo mismo que su calidad de vida, descienden significativamente[1].
Más allá de ser esta una teoría difícilmente comprobable, tenemos este dato último, el pronóstico poco alentador del recule de la esperanza de vida en las urbes occidentales. Si se cumple esta profecía, tal vez, y solo tal vez, los médicos vacunadores caigan en la cuenta de su error y comprendan que manipular a sus antojos máquinas complejas y sutiles como el organismo humano con herramientas tan toscas como las vacunas es algo así como pretender reparar los engranajes de un reloj de pulsera con un destornillador de mecánico de autos y sujetándolo con guantes de boxeo.


[1] Lo sigo a Enrique Costa Vercher desde su libro Vacunas: una reflexión crítica, pp. 113 a 134.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

El problema del periodo de latencia


Jay Levy, una de las autoridades más respetadas en la investigación del sida en la década del 90, no podía explicar una de las grandes incongruencias que tiene la hipótesis vírica: el extensísimo período de latencia:

Los mecanismos exactos de la destrucción de las células CD4 y la deficiencia inmune no están todavía claros, ni tampoco cómo la heterogeneidad de las cadenas de VIH es eventualmente expresada. La latencia, así como muchos rasgos de la patogénesis del VIH, permanece misteriosa (El VIH y la patogénesis del sida, p. 617).

Peter Duesberg, socarronamente, le contestó: “No hay retrovirus lentos, sino retrovirólogos lentos”. Si el sida demora tanto en manifestarse no es porque el HIV se esté incubando sino porque el cuerpo se defiende de los agentes estresantes tanto tiempo como le es posible, hasta que al fin colapsa.

martes, 5 de noviembre de 2019

La rectificativa del verdadero descubridor del virus HIV


Mientras el doctor Gallo y sus secuaces continuaban embolsando fortunas gracias a las patentes de los test de HIV, el verdadero descubridor del virus daba en 1990 una vuelta de campana en sus creencias sobre las verdaderas causas del desarrollo del sida:

El sida no lleva inevitablemente a la muerte, especialmente si usted suprime los co-factores que soportan a la enfermedad. Es muy importante decir esto a la gente que está infectada. Creo que actualmente debemos poner el mismo peso en los co-factores que en el VIH. Los factores psicológicos son críticos a la hora de apoyar al sistema inmune. Si usted suprime este apoyo psicológico diciendo a alguien que está condenado a morir, estas mismas palabras ya lo han condenado a morir (Luc Montagnier, citado por Silvia Giménez en Sida, un debate silenciado, p. 42).

No descartó Montagnier que el HIV pueda tener alguna incidencia en la aparición del sida, pero consideró que esta incidencia sería menor en comparación con otros factores más decisivos. Así, el francés quedó a salvo del juicio histórico, cuyo martillo caerá de lleno en las cabezas de los científicos norteamericanos que continúan lucrando con este error diabólico[1].


[1] Años más tarde habló también Montagnier del papel relativo que juega el HIV en el desarrollo del sida: "Si usted y yo tenemos un buen sistema inmunitario podemos exponernos al virus del Sida y no infectarnos. Hay mucha gente expuesta al virus que no se infecta porque tiene una buena respuesta inmunitaria. Y de la misma manera hay personas inmunodeprimidas por diferentes factores, entre ellos los psicológicos, que son más sensibles a la infección y a que el virus se instale definitivamente. También son muy importantes otros factores. Como la nutrición. Hay pues que tomar antioxidantes porque los radicales libres deprimen el sistema inmunitario" (revista DSalud nº 102, febrero 2008; https://www.dsalud.com/reportaje/luc-montagnier-admite-que-el-vih-solo-es-un-problema-grave-si-el-sistema-inmune-esta-deprimido/).

lunes, 4 de noviembre de 2019

El canto de Gallo


Creo que el SIDA es tan falso como el virus del SIDA y el científico que lo parió. Creo que los métodos usados para su diagnóstico no son más que una pantomima científica cuyo objetivo no es otro que el de crear culpables y al mismo tiempo ganar suculentas cantidades de dinero. Creo que la industria farmacéutica produce muchos más enfermos que los que cura. Creo que la mayoría de los gobiernos del mundo conocen estos hechos y no hacen nada para evitarlos porque son subordinados directos de estas grandes multinacionales del horror. Creo que los canales informativos no son más que voceros de un poder establecido con unos intereses subordinados a estos grandes magnates. Y creo que la gente es conformista, cómoda y crédula y es capaz de ir directamente al matadero porque así se lo dice el poder establecido a través de los medios de comunicación.
Antonio Trillo, Descodificando el sida

Según Robert Gallo, “en el caso del HIV, la gran mayoría de las personas progresa al sida”[1]. ¿Es esto cierto? Parece que no. En los Estados Unidos —país de Gallo—, el número de seropositivos ha permanecido constante en un millón desde la aparición de la prueba generalizada de anticuerpos al VIH (1985). Sin embargo, en el 2016, siendo los infectados un total de 1.008.929 individuos, “murieron 15.807 personas con infección por el VIH diagnosticada en los Estados Unidos. Estas muertes pudieron deberse a cualquier causa” (CDC, “El HIV en los Estados Unidos”[2]). Nótese, primero, que las muertes que aparecen en la estadística “pudieron deberse a cualquier causa”, es decir que se incluyen también los accidentes, suicidios, etcétera, que no corresponde anunciar como muerte causada por el sida; y segundo, que el millón de personas a que alude la estadística tenían infección HIV diagnosticada, lo que implica que no se incluyen los casos no diagnosticados, es decir, quienes no se realizaron el test de HIV, con lo que la cifra de un millón de infectados, si incluyésemos a los no diagnosticados, seguramente se duplicaría o triplicaría. Pero supongamos que las 15.807 personas murieron efectivamente por causa del sida y que los infectados por HIV en los Estados Unidos son tan solo un millón: aun así, las muertes en el año 2016 corresponderían al 1,58% de los infectados. No creo que este porcentaje sea compatible con la afirmación de Gallo respecto de que el HIV progresa hacia el sida en la gran mayoría de las personas infectadas. Gallo suele situarse al amparo de intrincadas estadísticas y extensos estudios de campo para que los profanos, los legos, los no especializados no podamos refutarlo. Aquí, sin embargo, las estadísticas son tan claras y tan sencillas que no dan cabida a ninguna interpretación tendenciosa.
“Antes de que el gallo cante, me negarás tres veces”, le dijo Jesús a Pedro. Gallo viene cantando sus mentiras desde hace treinta y cinco años, y yo las seguiré negando, una vez, dos veces, tres veces y tantas veces como sea necesario hasta que Gallo anochezca.

domingo, 3 de noviembre de 2019

La condena por fraude científico a Robert Gallo


El más afamado científico que apoya la teoría del HIV como causante del sida es el estadounidense Robert Gallo. Sin embargo, este “prestigioso” investigador fue condenado en 1992 por fraude de patente y mala conducta por la Oficina de Integridad de Investigación del Departamento de Salud de los Estados Unidos, al querer atribuirse la paternidad del VIH que correspondía al científico francés Luc Montagnier.
El nudo de la controversia, tal como lo cuenta un diario español, ocurrió en 1991:

Hemos asistido a la penúltima batalla de “La Guerra del VIH” que enfrenta a los co-descubridores del virus del SIDA, el francés Luc Montagnier y el estadounidense Robert Gallo [...]. En 1983, Montagnier y su equipo del Instituto Pasteur de Paris aislaron el agente causante del SIDA [...]. Simultáneamente en EE.UU., Robert Gallo [...] trabajaba con los virus causantes de la leucemia, los primeros retrovirus conocidos, llamados globalmente HTLV. En 1984 anunció el descubrimiento de virus del SIDA, al que llamó HIB.
Hasta 1985 ambos equipos aislaron diversos cultivos del virus y demostraron su relación con el SIDA. Este año publicaron secuencias genéticas de los virus respectivos [...]: ambas eran casi idénticas. Esto sorprendió a los especialistas. [...] Esto podría haberse tomado como un capricho de la Ley de las Probabilidades de no haber enviado el Instituto Pasteur cinco muestras de su cultivo a Gallo en 1983. Inmediatamente se levantaron sospechas de que este había usado el cultivo francés en su investigación. El norteamericano lo negó pero en los años siguientes, se sucedieron los reproches y acusaciones veladas. [...]
Finalmente el Instituto Pasteur de Paris llevó a los tribunales al estadounidense, alegando que la prueba se había obtenido a partir de uno de sus cultivos. En 1987, con la intervención de los gobiernos, francés y norteamericano, se llegó a un acuerdo amistoso. Montagnier y Gallo acordaron la co-paternidad del descubrimiento y el reparto al 50% de los beneficios de la patente. Sin embargo, la duda persistía. ¿Había ocurrido una contaminación accidental en el laboratorio de Gallo o este se había apropiado del virus? En junio pasado Gallo se rindió y admitió que HIB provenía del Instituto de París. Montagnier manifestó que esto finaliza la parte científica de la controversia [...]. Aunque la mayoría de los beneficios del pacto van a parar a fundaciones para la investigación del SIDA, Gallo recibe en torno a los 100.000 dólares en concepto de “royalties” (informe aparecido en el diario El Mundo de Madrid el 1 de diciembre de 1991, sección opinión).

Tanto Gallo como el Dr. Mikulas Popovic, su jefe de laboratorio, fueron considerados responsables de fraude científico y obligados a modificar los textos y las fotos que habían enviado a la revista Science cuando se publicaron, en mayo de 1984, los primeros cuatro artículos que relacionaban el sida con el HIV. Ellos dirigieron durante muchísimos años las investigaciones relacionadas con los tratamientos para el sida. En manos de estos piratas falsificadores, multimillonarios vendedores de humo, están los pobres individuos seropositivos[1].


[1] Gallo no solo se apropiaba de virus ajenos, sino también de partenaires casadas. En los 80 tenía como ayudante una bióloga molecular de rasgos chinos llamada Flossie Wong–Staal. Cuando esta dio a luz a su segunda hija, su marido Steve le pidió el divorcio porque “sospechaba que su retoño provenía en realidad de las células no cultivadas del esperma de Gallo [...]. El acta de separación concluía: «El marido cree [...] que la hija Carolina, nacida el 21 de marzo de 1.983, no es suya, sino que es la hija de su mujer y de Robert Charles Gallo». Steve aceptaba dar la custodia de Carolina a su esposa y permitirle visitas de su otra hija de 13 años a cambio de que esta se mantuviera lo más alejada posible del peligroso Gallo —que no usaba condón para prevenir el sida—” (Luis Campos, La macroestafa del sida, pp. 78-9).

sábado, 2 de noviembre de 2019

El consumo de poppers y el sarcoma de Kaposi


Los cuadros graves de sida, cuando ya la enfermedad se ha desarrollado y sus consecuencias aparecen a simple vista, suelen venir acompañados, cuando se trata de homosexuales varones, por el sarcoma de Kaposi. El 95% de los afectados por esta patología son homosexuales o bisexuales, lo mismo que el sida en los tiempos en que hizo su aparición. Sin embargo, este sarcoma

poco tiene que ver con la inmunodeficiencia o el mismo VIH, ya que es un cáncer con muchas variedades que afecta a la piel produciendo unas manchas en el cuerpo [...]. Los cánceres no son consecuencia de la inmunodeficiencia [...], aunque algunos crean linfomas y se desarrollan en el sistema linfático, que forma parte del sistema inmunológico. Así pues, echarle la culpa al sida o al VIH es otro sinsentido más.

Pero si el sarcoma de Kaposi no es causado por el sida, tenemos que redefinir su etiología:

El SK aumentó en los 80, pero actualmente decrece. [...] ha disminuido porque también ha descendido el consumo de poppers, según el Dr. Haverkos. El SK y los poppers están íntimamente unidos. [...] el Kaposi no está producido por el VIH [...]. El Dr. Alvin Friedman–Kien y otros achacaron la inmunodeficiencia de los primeros casos al uso de poppers. (Luis Campos, La macroestafa del sida, pp. 58, 68 y 69).

Hace rato que yo sospechaba una estricta relación de causalidad entre el consumo de poppers y el debilitamiento del sistema inmunológico, y ahora se agrega este dato estremecedor relacionado con el sarcoma de Kaposi. 

viernes, 1 de noviembre de 2019

El sida y los antibióticos de uso cotidiano


Los primeros “casos tipo” detectados de sida a principios de los años 80 correspondieron a cinco treintañeros homosexuales de San Francisco. Estos pacientes (de los que solo murieron dos)

habían sido tratados con una medicina contra la neumonía llamada Septrim o Bactrim, que impide la formación del ADN (código genético de la vida) y produce inmunodeficiencia. [...]
El Septrim–Bactrim ataca a las mitocondrias o “pulmones” de las células. Afecta seriamente a una molécula fundamental llamada ATP. Las mitocondrias sufren mutaciones en su ADN (código genético), lo cual debilita el sistema inmune. [...]
El Bactrim es un antibiótico que tomado todos los días puede causar incluso la muerte. Las advertencias del fabricante así lo avisan en las Referencias del escritorio médico (PDR, Physician´s Desk Reference) (Luis Campos, La macroestafa del sida, p. 68).

Recuerdo que cuando niños, mi madre nos suministraba, a mí y a mis hermanos, este jarabe toda vez que presentábamos un cuadro gripal o un poco de tos. El amor, librado a su suerte, si no se contrapesa con investigación e inteligencia, puede ser inmoral.