Vistas de página en total

jueves, 23 de abril de 2020

Martin Heidegger, el rey que se pasea desnudo


Estos dos hombres, Hitler y Mussolini, que han, cada uno en maneras esencialmente diferentes, introducido un contramovimiento al nihilismo, han aprendido ambos de Nietzsche.
Martin Heidegger, “Conferencias sobre Schelling” (1936), citado por Otto Pöggeler en “Den Führer führen?” 

De todos los acólitos que ha tenido Nietzsche, el más famoso y prestigioso, sin duda ninguna, ha sido Martin Heidegger. Pero además de ser el más famoso y prestigioso — prácticamente todas las listas de los pensadores más importantes del siglo XX comienzan con su nombre[1]—, ha sido también el que mejor lo ha interpretado. En efecto, de entre todos los pensadores de renombre que quedaron deslumbrados e hipnotizados por la prosa de Nietzsche, solo Heidegger entendió su mensaje (también Baeumler, pero este ya no es un pensador de renombre), el mensaje profundo y certero de su voluntad de poder, y no intentó desviarlo y descafeinarlo tal como lo hicieron los franceses. Tan bien entendió Heidegger a Nietzsche, tan consecuente fue con su idea madre, que no le quedó más remedio que afiliarse al partido nacionalsocialista y militar, primero como rector de la Universidad de Friburgo, luego como simple profesor, en favor de aquel movimiento[2]. La filosofía de Heidegger es (entre otras cosas) un espejo deformado de la filosofía de Nietzsche[3]. Digo deformado por el estilo literario que adoptó Heidegger para exponerla, todo lo contrario del estilo nietzscheano, transparente a más no poder y estéticamente brillante. La jerga de Heidegger confunde, y él mismo se encargó de aclarar que su filosofía era, como todo poema, intraducible, de modo que quien no supiese hablar alemán jamás podría comprenderla. Según él, se puede escribir sobre filosofía en cualquier idioma, pero “pensar”, solo se puede pensar en alemán y en griego. Pero me estoy desviando; decía que a Heidegger jamás se le pasó por la cabeza disfrazar a Nietzsche y edulcorarlo para que los buenos burgueses no se asustasen de las consecuencias que implicaría poner en práctica sus doctrinas. Él también entendió con Nietzsche que la voluntad de poder es voluntad de dominio (en su última etapa la emparentará con el dominio técnico), que el hombre libre es un guerrero que debe apoderarse de lo que considera sus tierras a como dé lugar, pisoteando las cabezas de los débiles y de los cobardes (en el caso de Heidegger, de los judíos) sin prestar oídos a los llamados de la ética o a los decadentes sentimentalismos. Y tuvo la suerte que no tuvo Nietzsche: se encontró, cuando abandonó sus pretensiones sacerdotales y se decidió a filosofar de manera laica, con un movimiento político en auge que se acomodaba casi perfectamente a sus ideas ontológicas fundamentales. Nietzsche, en su delirio final, quiso crear por propia cuenta este movimiento político y liderarlo espiritualmente; Heidegger nació a la filosofía con este movimiento ya creado y con un líder político bien definido, motivo por el cual se le presentó una única preocupación: ganarse la confianza del Führer para que este lo aureolara como el principal filósofo del Tercer Reich. Fracasó en su intento, porque el nacionalsocialismo eligió, en su evolución, un camino distinto al que Heidegger le proponía, pero esta discrepancia en los modos no lo apartó del movimiento en su conjunto y de la idea de que Hitler era el esperado mesías que barrería de un plumazo tanto al comunismo como al capitalismo tecnocráticos que tenían a la Europa espiritual atenazada por los costados[4]. Le fue fiel al nazismo hasta su misma muerte --y no me refiero a la muerte del nazismo--.
Y así como sucede con Nietzsche, que sus discípulos le perdonan todo, o intentan esconder lo que no le perdonan, los discípulos de Heidegger que no simpatizan con los movimientos fascistas tienden a decir que Heidegger cometió un “error” al afiliarse al NSDAP y aceptar el rectorado de la Universidad de Friburgo en 1933, pero que el error fue subsanado al año siguiente al renunciar a dicho rectorado, renegando, con este acto, de la ideología nazi. (Sin embargo, continuó pagando religiosamente su cuota de afiliación hasta el fin de la guerra.) Eso es lo que piensan, o lo que dicen que piensan, los que todavía lo defienden como persona; también están aquellos heideggerianos que afirman que no interesa si Heidegger fue nazi toda su vida o si renegó del nazismo, que lo que importa es su filosofía y no su comportamiento. Según estos últimos, la filosofía de Heidegger es independiente de su pensamiento político y de su militancia, de manera que es posible aborrecer a Heidegger como persona y declarar genial su pensamiento. Sobre estos últimos comentadores no puedo caer con rigurosidad, siendo como soy un pensador que por lo general no se atiene a sus propios presupuestos; pero si se lograse probar que la propia filosofía de Heidegger está imbricada de tal modo con el nazismo que no es posible, desde sus propias concepciones metafísicas, separarla de él, entonces el propio comportamiento de Heidegger quedaría de lado y se desplomaría su filosofía, tal como se desplomaría la filosofía de Nietzsche si es que alguna vez se acierta a demostrar que preanuncia o anticipa al nazismo, por más que Nietzsche no haya militado en ningún partido político y su conducta civil haya sido, por lo que sabemos, irreprochable. Que Heidegger haya sido nazi no es lo interesante: lo interesante es que este dato les ha servido a muchos investigadores para comenzar a sospechar una “contaminación” totalitaria en la estructura interna y principal de su filosofía.
Luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, Martin Heidegger fue destituido de su cátedra y se le prohibió enseñar y participar de cualquier actividad universitaria[5]. En 1951 esta prohibición se revocó, pero mientras tanto sus libros continuaron circulando, ya que su jerga enmarañada —tal vez por propia virtud de ese enmarañamiento— no fue relacionada, por ninguno de los encargados del revisionismo de su legado, con las atrocidades cometidas por el nazismo. Pero sucedió que en 1953 tuvo Heidegger la osadía de publicar su curso de Introducción a la metafísica, dictado en 1935, sin revisarlo y sin comentarlo, y el libro que lo contenía cayó en manos de Karl Otto Apel, quien se lo mostró a su gran amigo y compañero de estudios, Jürgen Habermas, recomendándole que prestase atención a ciertos pasajes. Habermas, que hasta entonces había tenido a Heidegger como su “maestro determinante”, sintió que el piso se le movía:

Estaba yo por entonces tan seducido por Ser y Tiempo que la lectura de ese curso impregnado de fascismo hasta en sus detalles estilísticos constituyó para mí un shock. [...] Lo que más me chocó fue la circunstancia de que en 1953 Heidegger publicara un curso de 1935 sin añadir comentario alguno y sin introducir (así lo suponía yo) ningún cambio. Tampoco el prólogo contenía ninguna palabra sobre lo que mientras tanto había pasado (Identidades nacionales y postnacionales, p. 51).

Era Habermas, ya en aquel entonces, un pensador “de izquierdas”, pero suponía que sus dos grandes pasiones, la política y la filosofía, permanecerían por siempre separadas… hasta que recibió aquella Introducción a la metafísica y le echó un vistazo.

Yo había leído Ser y tiempo con los ojos de Kierkegaard. La ontología fundamental contenía una ética que, como me parecía, apelaba a la conciencia individual, a la veracidad existencial del individuo. Ahora publicaba este mismo Heidegger las lecciones no revisadas y no comentadas pronunciadas en el año 1935. El vocabulario de estas lecciones reflejaba la fetichización del espíritu popular [...] y el colectivismo del festivo decir «nosotros». De manera inopinada la existencia del pueblo (Dasein des Volkes) ocupaba el lugar de la existencia (Dasein) individual (Entre naturalismo y religión, p. 27).

Lo que más le molestaba de aquel escrito de Heidegger

eran sobre todo cuatro cosas: la fatal conexión del llamamiento heroico a la «violencia creadora» con un culto del sacrificio: el «sí más profundo y amplio a la aniquilación». Acto seguido me irritaban los prejuicios platónicos del mandarín alemán, que devaluaba la «inteligencia» frente al «espíritu», el análisis frente al pensar auténtico y que quería reservar la verdad esotérica «a los pocos». Me molestaban también los afectos anticristianos y antioccidentales que se dirigían contra el universalismo igualitarista de la Ilustración. Pero para mí el verdadero escándalo lo provocaba la negación de la responsabilidad político-moral del filósofo nacionalsocialista por las consecuencias de una criminalidad de masas sobre la que por entonces, ocho años después del final de la guerra, apenas aún nadie hablaba. En la controversia seguida se perdió completamente de vista la interpretación con la que Heidegger estilizaba el fascismo como un «destino del Ser» eximente en lo personal. Como es conocido, él despachó su grave error político como mero reflejo de un «desvarío» no imputable personalmente (op. cit, p. 27).

En los años siguientes —continúa Habermas—

identifiqué claramente el afecto que unía a espíritus como Heidegger, Carl Schmitt, Ernst Jünger o Arnold Gehlen. En todos ellos se asociaba el desprecio por las masas y por lo mediocre con la celebración del individuo arrogante, de lo escogido y de lo extraordinario, por un lado, y con el rechazo de las habladurías, la esfera pública y de lo impropio, por otro. El silencio era ponderado frente al diálogo; la regularidad del mandato y la obediencia, frente a la igualdad y la autodeterminación. De este modo se definía el pensamiento neoconservador mediante la oposición rotunda de aquel impulso democrático básico que nos estimulaba desde 1945.

El libro de Heidegger motivó el primer escrito público de Habermas, un pequeño artículo que fue publicado en un periódico de Fráncfort en julio de 1953. En él despacha su amargura por haber descubierto la cara demoniaca del admirado maestro:

Lo genial se mueve siempre entre dos luces, y tal vez tenga razón Hegel cuando dice que a los individuos de importancia histórica universal no se los puede medir con criterios morales. Pero cuando esa ambigüedad del genio proporciona e incluso nutre una interpretación de lo genial que tiene como consecuencia la destrucción política, también entra en su derecho la crítica en su papel de vigilante público (Jürgen Habermas, “Pensar con Heidegger contra Heidegger”, artículo incluido en Perfiles filosófico-políticos, cap. 2).

Acto seguido califica a Ser y tiempo como el acontecimiento filosóficamente más importante desde la Fenomenología Hegel, y justamente por eso no comprende

cómo un pensador de este rango pudo caer en tan manifiesto primitivismo como es el que revela, cuando se lo mira sin prejuicios, el compulsivo nerviosismo de esa llamada a la autoafirmación de la Universidad alemana.

Suponía Habermas que la ontología de Heidegger no se mezclaba con los entes, con las cosas mundanas, pero no resultó así:

Heidegger pone [...] expresamente a la pregunta de todas las preguntas, es decir, la pregunta por el Ser, en conexión con el movimiento histórico de aquellos días. [...] Entendamos bien: en la situación política de 1935, en la que se perfila el doble frente de Alemania contra el Este contra el Oeste, Heidegger ve el reflejo de un momento en la historia del Ser, que se ha venido gestando durante dos milenios y que confía al pueblo alemán una misión histórica universal.

Y en esta historia “metafísica” del Ser, lo que predomina, tal como predominaba en Nietzsche, es la aristocracia de los fuertes:

Es la fuerza la que eleva al individuo aristocrático sobre la vulgaridad de los muchos. El individuo superior elige la gloria, queda ennoblecido por el rango y por la dominación que pertenecen al Ser mismo, mientras que los muchos, que según un fragmento de Heráclito, al que se cita con aplauso, andan ahítos como el ganado, esos muchos son los perros y los asnos. Lo superior es lo fuerte, por eso el Ser se sustrae a todo aquel que está atento al compromiso, a la distensión, a la igualación: “La verdad no es para todo el mundo, sino solamente para los fuertes”. [...] Es el pusilánime el que pone sus miras en el acuerdo, en el compromiso, en la asistencia mutua, y por tanto, solo puede percibir la violencia como una perturbación de su vida. Por eso el violento no conoce la bondad y la indulgencia (en el sentido usual) y no se deja ni apaciguar ni sosegar por el éxito o el prestigio. [...] El violento es el individuo superior, el solitario inquietante, y finalmente el sin salida, que considera la no existencia como la victoria suprema sobre el Ser, que encuentra la plenitud de su existencia en la tragedia.

El papel que quiere protagonizar Heidegger, a través de estas lecciones (que fueron impartidas, recuérdese, en 1935), es el de Juan el Bautista:

No es difícil darse cuenta de que Heidegger, a partir de las vivencias de [...] Nietzsche, [...] pone en liza al fuerte y al elegido contra el burgués; al pensamiento originario contra el common sense y el arrojo hasta la muerte que lo extraordinario puede exigir, contra lo habitual y carente de riesgo, ensalzando lo uno y condenando lo otro. Y ni que decir tiene que un hombre así, en las condiciones del siglo XX, tenía que hacer el efecto de un animador ideológico, y en las exaltadas condiciones de 1935, tenía que aparecer como un profeta.

Extraño Juan Bautista es este, pero más extraño será el mesías que viene anunciando.
Tan ligada está la ontología de Heidegger con los burdos acontecimientos de este mundo que la modifica de acuerdo con los vientos que soplan:

Hoy se nos habla de custodia, de pensante rememoración, de vigilancia, de gracia, de amor, y de escucha, donde en 1935 se nos exigía violencia, mientras que ocho años antes [en Ser y tiempo] Heidegger alababa la decisión cuasirreligiosa por la existencia privada, replegada sobre sí misma, con autonomía finita en medio de la nada en un mundo sin dioses. El llamamiento ha cambiado de coloración por lo menos dos veces de acuerdo con la situación política. [...] El curso de 1935 desenmascara sin piedad la coloración fascista de aquella época. Pero esa coloración no solamente se debe a motivos externos, sino que resulta también del contexto de la cosa misma.

Cuidado con esto último, porque aquí ya se está sospechando que en la totalidad de la filosofía de Heidegger el fascismo juega un rol fundamental, que es inherente a ella. Sería entonces una filosofía mucho más lógica… y mucho más terrible.
A continuación, Habermas le echa en cara a Heidegger el hecho de ocultar la raíz religiosa de su doctrina:

… No parece dispuesto a admitir ya su procedencia teológica, a admitir que la existencia histórica de que habla Ser y tiempo circunscribe un ámbito de experiencias específicamente cristianas que a través de Kierkegaard se remontan a San Agustín.

Por último, finaliza su artículo Habermas reconociendo que ya Heidegger no es su amigo intelectual, sino su enemigo político:

¿No es la principal tarea de los que se dedican al oficio del pensamiento la de arrojar luz sobre los crímenes que se cometieron en el pasado y mantener despierta la conciencia de ellos? En lugar de eso, la gran masa de la población, con los responsables de entonces y de ahora a la cabeza, solo quieren oír hablar de rehabilitación; en lugar de eso, Heidegger publica sus palabras sobre la grandeza e íntima verdad del nacionalsocialismo, unas palabras que han cumplido los dieciocho años, pero que están ya demasiado decrépitas y que seguro que no serán las de aquellos cuyo juicio aún nos aguarda. Parece que ha llegado el momento de pensar con Heidegger contra Heidegger.

Las palabras de Habermas, pese a ser un David que luchaba contra un Goliat, causaron revuelo en Alemania, por lo que el propio Heidegger se vio en la necesidad de responderle con una carta al director del periódico Die Zeit publicada el 24 de setiembre de 1953:

Hubiera sido muy fácil borrar para la imprenta esa frase que usted saca ["la íntima verdad y grandeza del movimiento"] junto con todas las demás que cita. Pero no lo he hecho, ni tampoco lo haré en el futuro. Pues, por un lado, esas frases pertenecen históricamente al curso y, por otro, estoy convencido de que el curso puede soportar muy bien la mencionada frase cuando se trate de un lector que haya aprendido la artesanía del pensamiento (Martin Heidegger, citado por Habermas en Identidades nacionales y postnacionales, p. 54).

La artesanía del pensamiento. Más bien diría yo el retorcimiento del pensamiento. Pues eso es lo que hacen los heideggerianos con el pensamiento de Heidegger: lo retuercen tanto como pueden, lo descoyuntan al máximo y después lo reagrupan, pero a su manera, para borrar con esta maniobra lo que Heidegger realmente pensaba y no quieren que se sepa. Trabajo digno del más delicado artista, que con el dúctil material que la estrafalaria prosa de Heidegger proporciona dibuja cualquier cosa, moldea cualquier vasija, total mucho nunca se entiende, que para entender están los pocos, ellos; y que los muchos —la canalla, los pensadores racionalistas, los tecnófilos, los que oyen pero no escuchan— se queden por siempre sin comprender y malinterpreten la obra genial como un simple llamado al exterminio. El Heidegger esotérico nos estará por siempre vedado a nosotros los ilustrados, a los que inteligimos pero no “pensamos”, porque no somos artesanos del pensamiento…
Pero el universo filosófico, poco a poco, ya se va dando cuenta de que el rey de la fábula va desnudo.


[1] Solo las listas—aclarémoslo— redactadas por publicaciones filosóficas o por universidades latinas. Es curioso que los latinos, y solo los latinos, tengan a Heidegger como el rey de la filosofía, siendo que el propio Heidegger se encargó de desprestigiar una y otra vez a las lenguas latinas (y al latín propiamente) aduciendo que es imposible "pensar" valiéndose de los idiomas derivados de esa raíz.
[2] “Fue Heidegger quien sostuvo, en su curso sobre Schelling de 1936, que el nazismo era el intento más radical de superar el nihilismo siguiendo el ejemplo de Nietzsche” (Donatella di Cesare, Heidegger y los judíos, p. 85). Sin embargo, el propio Heidegger desmiente esta apreciación: "En verdad no se debe asociar a Nietzsche con el nacionalsocialismo; eso lo impide —aparte de lo fundamental— la posición de Nietzsche contra el antisemitismo y su actitud positiva con respecto a Rusia" (Gesamtausgabe (GA) 16, p. 402, citado por Luis Santiesteban en "Heidegger y Vattimo: intérpretes de Nietzsche", en línea). Es importante recalcar que este comentario de Heidegger figura en una carta suya del 4 de noviembre de 1945. Si quería continuar reivindicando a Nietzsche, forzosamente tenía Heidegger que separarlo del nazismo para evitar la sospecha de que aún seguía comulgando ideológicamente con ese movimiento.
[3] (Nota añadida el 2/6/20.) No voy a negar que, como dicen Sergio Véliz y Antonio Micó, "el maridaje de Heidegger con Nietzsche hacia aguas por demasiados puntos" ("Nietzsche desenmascara a Heidegger", en línea) y que la opinión que tenía Heidegger de Nietzsche había variado constantemente con el correr de los años; pero así todo creo entrever que las dos cuestiones fundamentales de la filosofía nietzscheana, la relatividad de los valores y la voluntad de poder utilizada como pretexto para el sojuzgamiento de los que no pertenecen a mi grupo, las asimila Heidegger con bastante apetito y las metaboliza tal cual son, sin criticarlas demasiado y erigiéndolas, siempre que las circunstancias políticas se lo permitieron, en consignas propias.
[4] Cf. Martin Heidegger, Introducción a la metafísica, p. 42.
[5] Se formó una Comisión de depuración para evaluar el grado de colaboración que había tenido cada uno de los profesores de la Universidad de Friburgo con el régimen nazi. Esta comisión, siguiendo las recomendaciones de Karl Jaspers, aconsejó que se lo apartara de la enseñanza durante varios años. "Cuando terminó la guerra —comenta Luis Tamayo— comenzó la revancha de los sometidos. La comunidad de Friburgo no reconocía en Heidegger sino al rector pronazi de 1933 y, por tal razón, se le requisó su casa de Friburgo (9 de julio de 1945). Cuando se intentó hacer lo mismo con su biblioteca, Heidegger estalló y exigió al alcalde, el 16 de julio de 1945, un juicio justo. A consecuencia de tal petición, Heidegger se presentó, a partir del 23 de julio de 1945, ante una Comisión de depuración (responsable de enjuiciar a los criminales nazis). [...] En su dictamen, Jaspers no solo dijo todo lo que sabía sino que afirmó, incluso, lo que apenas presumía. Sostuvo, basándose en documentos poco fiables, que Heidegger, cuando era rector, había utilizado su posición para dañar a miembros de su comunidad académica (E. Baumgarten y H. Staudinger) […]. El fallo no se dejó esperar: el Senado universitario dio el veredicto que luego el gobierno de ocupación francés recrudecería: Heidegger ya no poseía el derecho de enseñar en las Universidades alemanas, asimismo se le redujo la pensión (desde 1946) y luego se le anuló (a partir de 1947), aunque en el mismo mayo de 1947 se le renovó. Parecía que Heidegger había mentido por omisión a la Comisión de depuración, y el peritaje de Jaspers lo obligó a sostener la verdad" ("El colapso de Heidegger, 1945-1946", en línea). La intervención de Jaspers en el entuerto la había propuesto el propio Heidegger suponiendo que su testimonio le sería favorable. He aquí sus palabras textuales: “Heidegger es una potencia significante, no a través del contenido de su visión filosófica del mundo, sino por la manipulación de herramientas especulativas. Posee una aptitud filosófica cuyas percepciones son interesantes; aunque en mi opinión, es extraordi- nariamente acrítico y se mantiene en eliminar la ciencia verdadera [der eigentlichen Wissen- schaftfern steht]. A menudo procede como si combinara la seriedad del nihilismo con la mistagógica de un mago. En la corriente de su lenguaje es en ocasiones capaz, de una manera clandestina y notable, de atacar el núcleo del pensamiento filosófico. En este respecto es, hasta donde yo veo, quizá único entre los filósofos contemporáneos alemanes. Es absolutamente necesario que aquellos que ayudaron a colocar al nacionalsocialismo en su trono deban ser llamados a rendir cuentas. Heidegger se encuentra entre los pocos profesores en haber hecho eso [...]. En nuestra situación [después de la guerra], la educación de la juventud debe ser manejada con inmensa responsabilidad […]. El modo de pensar de Heidegger que en esencia me parece ser sin libertad, dictatorial, e incapaz de comunicación [communikationslos], sería actualmente desastroso por sus efectos pedagógicos [...]. Ciertamente que Heidegger no vio todo el verdadero poder y los objetivos de los líderes nacionalsocialistas [...]. Pero su manera de hablar y sus acciones tienen cierta afinidad con características nacionalsocialistas, lo cual hace su error comprensible” (Karl Jaspers, citado por Hugo Ott en Martín Heidegger: en camino hacia su biografía, pp. 316-7).


martes, 21 de abril de 2020

La confusión del concepto pensador con el concepto filósofo


Se utiliza el calificativo de “filósofo” de modo abusivo y equivocado. Se dice no solo que Nietzsche fue un filósofo --lo que ya de por sí es un escándalo--, sino que también es un filósofo Sztajnszrajber. La realidad indica otra cosa. Tan lejos está un pensador cualquiera de ser un filósofo como un papa cualquiera, o un obispo cualquiera, de ser un santo.

jueves, 16 de abril de 2020

Jean Améry: la tortura como trauma indeleble


La creadora de una Europa que sea algo más que una colonia romana (occidental) solo puede ser la Alemania nórdica, la Alemania de Hölderlin y Nietzsche.
Alfred Baeumler, Nietzsche, el filósofo y el político

Jean Améry fue un poeta vienés nacido en 1912; su verdadero nombre era Hans Maier. Tenía ascendencia judía, pero nunca practicó ni la cultura ni la religión judía. En 1935, cuando se promulgaron las leyes de Núremberg, Améry tomó conciencia por primera vez de su condición de judío. Entre 1938 y 1939 inició una travesía por Europa para evitar ser capturado por el régimen nazi; después de un tiempo se unió a un grupo de resistencia. Debido a su participación en este grupo, fue torturado durante tres meses por soldados de la Gestapo. Este es su testimonio de una de aquellas sesiones de tortura, un relato tan puntilloso y crudo como pocos he leído:

Del techo abovedado del búnker colgaba una cadena que corría en una polea, de cuya extremidad pendía un pesado gancho de hierro balanceante. Se me condujo hasta el aparato. El gancho estaba sujeto a la cadena, que esposaba mis manos tras mis espaldas. Entonces se elevó la cadena junto con mi cuerpo hasta quedar suspendido aproximadamente a un metro de altura del suelo. En semejante posición, o más bien suspensión, con las manos esposadas tras las espaldas y con la única ayuda de la fuerza muscular, sólo es posible mantenerse durante un periodo muy breve en posición semi-inclinada. Durante esos minutos, cuando ya se han consumido las únicas fuerzas sobrantes, el sudor nos cubre la frente y los labios y comenzamos a resoplar, no se podrá responder a ninguna pregunta. ¿Cómplices? ¿Direcciones? ¿Lugares de encuentro? Estas palabras apenas son audibles. La vida recogida en un único, limitado sector del cuerpo, es decir, en las articulaciones del húmero, no reacciona, pues se encuentra agotada completamente por el esfuerzo físico. [Cuando me rendí al dolor] oí entonces un crujido y una fractura en mis espaldas que mi cuerpo no ha olvidado hasta hoy. Las cabezas de las articulaciones saltaron de sus cavidades. El mismo peso corporal provocó una luxación, caí al vacío me encontré colgado de los brazos dislocados, levantados bruscamente por detrás y desde ese momento cerrados sobre la cabeza en posición torcida. Tortura, del latín torquere, luxar, contorcer, dislocar: ¡Toda una lección práctica de etimología! Además sobre mi cuerpo crujían los golpes con el vergajo, y algunos de ellos desgarraron los pantalones ligeros de verano que vestía ese 23 de julio de 1943.
Sería del todo irrazonable querer describir en este punto los dolores que me infligieron. […] El dolor era el que era (Más allá de la culpa y la expiación, pp. 96-7).

Para Améry, la tortura de la que fue víctima constituyó el episodio más traumático de su vida. Después fue enviado a Auschwitz el 15 de enero de 1944, donde realizó trabajos forzados hasta su liberación, el 15 de abril de 1945.
¿Habría sido a Nietzsche capaz de ejecutar esta tortura, habría tenido la “entereza” de levantar esa cadena? No lo sabemos. Posiblemente no; era un hombre demasiado delicado. Pero la pregunta que interesa no es esta sino la siguiente: ¿Estaba ese soldado nazi afectado, directa o indirectamente, por la vía libre que ofrecía Nietzsche a las conciencias para efectuar este tipo de tareas? Tampoco lo sabemos; pero podemos conjeturar, por la permeabilidad que el mensaje nietzscheano había logrado entre la juventud alemana[1], que muy probablemente, cuando levantaba la cadena, pensaba en Nietzsche toda vez que algún impulso compasivo le sugería terminar con el calvario.
Las palabras pueden matar, las palabras pueden lastimar. En el caso de Nietzsche lo han hecho, y lo seguirán haciendo hasta tanto los alumnos de filosofía comprendan que lo que sus maestros les inculcan acerca de este “filósofo” son simples desvaríos de quienes no están a la altura de su misión educativa.


[1] “Yo, personalmente, no puedo leer a Nietzsche sin recordar el nazismo. Tenía 14 años cuando cayó este régimen. Era suficiente para recordar las frases con las cuales nos trataron como niños. Me suben del inconsciente cuando leo estos textos. Me revientan desde adentro. Por todos lados andaban las citas de Nietzsche sin que haya aparecido explícitamente la fuente. Solamente con la lectura de Nietzsche me di cuenta” (Franz Hinkelammert, Solidaridad o suicidio colectivo, “Niestzche: el tremendum del fascinosum”).

miércoles, 15 de abril de 2020

Nietzsche y el placer de torturar


Hitler apeló a lo inconsciente que había en su público, al insinuar que era capaz de forjar un poder en cuyo nombre cesaría la opresión que pesaba sobre la naturaleza oprimida. La persuasión racional jamás puede ser tan eficaz, puesto que no se adecua a los impulsos primitivos reprimidos de un pueblo superficialmente civilizado.
Max Horkheimer, Crítica de la razón instrumental [p. 129]

El Marqués de Sade hizo escuela y Nietzsche fue su mejor alumno:

La sympathia malevolens [simpatía malévola] es una propiedad normal del hombre: ¡y, por tanto, algo a lo que la conciencia dice sí de todo corazón! [...] Yo he apuntado, con dedo cauteloso, hacia la espiritualización y «divinización» siempre crecientes de la crueldad, que atraviesan la historia entera de la cultura superior (y tomadas en un importante sentido incluso la constituyen). [...] Ver-sufrir produce bienestar; hacer-sufrir, más bienestar todavía. Esta es una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano —demasiado humano—, que, por lo demás, acaso suscribirían ya los monos; pues se cuenta que, en la invención de extrañas crueldades, anuncian ya en gran medida al hombre y, por así decirlo, lo «preludian». Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre (La genealogía de la moral, II, 6).

Jean Améry, un sobreviviente de los campos de exterminio nazis que fue prolijamente torturado en esas bacanales de la crueldad que presagiaba y aguardaba Nietzsche con entusiasmo, con erótico frenesí, le responde a este incitador de infiernos, para que quede claro que la “fiesta” no era completa:

Así habló quien soñaba con la síntesis del bárbaro y del superhombre. Deben darle replica aquellos que fueron testigos de la fusión del monstruo y del subhombre; estaban presentes en forma de víctimas, cuando una cierta humanidad realizó la crueldad en la alegría festiva, como Nietzsche mismo había expresado (Más allá de la culpa y la expiación, p. 147).

Solo puede ser nietzscheano quien no ha leído a Nietzsche o quien comparta con Nietzsche y con el verdugo ese placer que experimenta la gente deforme al torturar a un semejante. No hay manera de racionalizar esto, no hay manera. Hay que estar demente para aprobar la tortura, para hacerle propaganda, y hay que ser un pensador muy mediocre para admirar la filosofía de alguien que reivindica estos procedimientos.

martes, 14 de abril de 2020

Nietzsche y el concepto de fortaleza


Sostiene Nietzsche que los fuertes deben prevalecer para que el vitalismo social no decaiga, pero pocas precisiones nos ofrece respecto de lo que entiende por una persona “fuerte”. Algunas veces parece adivinársele una predilección por la fuerza física, otras por la fuerza “biológica” (la resistencia que podría ofrecer un organismo ante las enfermedades, las hambrunas, etcétera), y cada tanto menciona como una cualidad la fortaleza espiritual. Esta imprecisión empaña sus disquisiciones, y más empañadas quedan al sospechar, como sospecha el común de la gente, que a la fuerza física, o tal vez biológica, que tal o cual persona presenta se le contrapone, en gran cantidad de casos, una fuerza espiritual de inversa intensidad. Para decirlo en criollo: cuanto más fuerza física o resistencia, más estupidez y crasitud. Bestialidad y espiritualidad no suelen ir de la mano. Por eso es menester que Nietzsche se defina entre la una o la otra para saber hacia dónde apuntar, pero la definición no aparece con la rigurosidad necesaria, como ya le achacaba desde muy temprano —en 1897, con Nietzsche todavía vivo— aquel gran pionero de la sociología que fue Ferdinand Tönnies:

Quien una vez llegado aquí pida diferenciación, y acaso espere que el profundo pensamiento de Nietzsche equilibre las consideraciones biológicas y las sociales, se llevará una gran decepción. Nietzsche jugó con todas estas ideas, pero no consiguió llevar a cabo una sola de ellas ni seguirlas de un modo riguroso. La selección de un tipo más elevado es una reclamación vehemente en sus últimos escritos; pero apenas se le ocurre probar en relación a ello los hechos económicos o las instituciones de derecho. Tampoco parece haber preguntado cuál es la fuerza que debería ser elevada, qué cualidades deberían tener campo libre para su puesta en acción y en qué grado la fuerza “física” puede condicionar y fomentar la fuerza “espiritual”, si es que no se excluyen una a la otra. Él se limita a comparar “fuerza” y “debilidad”, “acierto” y “error”; describe el modelo “elevado” de hombre parafraseándolo como “el de más valor, el que más merece vivir, el de más seguro futuro”. Y por mucho que presuma de pensar “libre de moralismo hipócrita”, para él todo el complicado problema del desarrollo social se encuadra en el problema de la moral (El culto a Nietzsche. Una crítica, 6).

La conclusión, tanto para Tönnies como para mí, es la misma: Nietzsche adolece de “la más profunda ignorancia en ciencias sociales”. Es por eso —amén de algún impedimento de orden temperamental— que no pudo desarrollar sistema filosófico alguno, sino que apenas pudo armar “un aquelarre de ideas, exclamaciones y declamaciones, explosiones de ira y afirmaciones contradictorias”, aunque entremezclado con relámpagos de ingenio “brillantes y cegadores”. Nietzsche, filosóficamente hablando, no es más que un hombre de negocios en bancarrota “que construye palacios y ya no puede pagar su alquiler”.
Ferdinand Tönnies, cargado de una fuerza espiritual inigualable pero con ciertas debilidades físicas, o cualquier mozo de cuadra, de gran fortaleza física pero tardo de entendederas: ¿a quién sacrificaremos? A nadie, no hay por qué sacrificar a nadie. En todo caso, sacrifiquemos el pensamiento de Nietzsche, pero teniendo buen cuidado de preservar para la posteridad literaria su poderoso y encandilador estilo[1].


[1] No quisiera despedirme de Tönnies, este manierista de la filosofía, sin citar el comienzo de su ensayo, en donde saluda la llegada, al fin, de un pensador que sacude y entusiasma e invita a la lectura multitudinaria, suceso extrañísimo en la historia de la filosofía. Es un saludo este, pero que implica una preocupación: “Un escritor de filosofía que sea leído por mucha gente ya es de por sí algo extraño. Pero, ni qué decir, si además se le lee con entusiasmo, si sus lectores se reconocen como jóvenes, si sus ideas se reciben y se propagan como liberación y revelación, si uno cree haber ganado, a través de un pensador, un guía para el camino de la vida. Algo así es tan extraordinario que nos remite a unas palabras de Emerson [...]: «¡Poneos en guardia si Dios manda un pensador a nuestro planeta! Es como cuando estalla un incendio en una ciudad sin que nadie sepa qué está a salvo y hasta dónde pueden llegar las llamas. Nada en el mundo de la ciencia estaría a salvo de experimentar un giro de la noche a la mañana [...]. Todas las cosas de valor e importancia para los hombres han de ser supeditadas a las ideas que se les han encumbrado en el horizonte intelectual y que provocan el orden actual de las cosas. Ocurre igual que con el árbol que sujeta sus manzanas. En un momento, un nuevo grado de cultura revolucionaría todo el sistema de los esfuerzos humanos»”. Bienvenido el pensador poeta que revoluciona las cabezas de nuestra desorientada juventud y las atiza para que no se duerman; malvenido el pensador reaccionario que las revolucionó para mal, para dejarlas peor de lo que estaban cuando no pensaban o cuando pensaban trivialidades.

lunes, 13 de abril de 2020

Nietzsche y Tucídides


El historiador favorito de Nietzsche fue Tucídides:

Mi distracción, mi predilección, mi curación de todo platonismo ha sido siempre Tucídides. Tucídides y tal vez el Príncipe de Maquiavelo son muy afines a mí por el propósito incondicional de no dejarse engañar en nada y de ver la razón en la realidad, y no en la «razón», y menos aún en la «moral». Nadie mejor que Tucídides para curarnos radicalmente de ese lamentable barniz coloreado del ideal con que se pinta a los griegos, y que constituye el premio que recibe el joven con «una formación clásica» por el adiestramiento que le proporciona la enseñanza media para la vida. Hay que examinar detalladamente cada línea suya y descifrar sus pensamientos ocultos (El crepúsculo de los ídolos, “Lo que debo los antiguos”, 2).

Los pensamientos ocultos de Tucídides puedan adivinarse, por ejemplo, detrás de este pasaje:

Los griegos de otro tiempo [...] y los bárbaros que vivían en la costa del continente o en las islas, una vez que empezaron a pasar con sus naves de unas tierras a otras con mayor frecuencia, se dedicaron a la piratería [...]. Cayendo sobre poblaciones sin murallas formadas por aldeas dispersas, las saqueaban y obtenían de allí la mayor parte de sus medios de vida, pues esta actividad no comportaba ningún deshonor, sino que más bien proporcionaba una cierta gloria (Historia de la Guerra del Peloponeso, libro I, “La arqueología”).

Pisotear a los débiles, a las aldeas que carecían de todo ejército, era para los primeros griegos algo glorioso, como también lo era para Tucídides, quien acepta de buen grado esta moral “natural” en la que el fuerte se impone al débil sin que por ello pierda un ápice de nobleza. Una quinceañera indefensa, por ejemplo, es para Tucídides un glorioso botín: violarla es para el griego antiguo prácticamente un deber. Si el violador, en un arrebato de compasión, se detiene y se aleja, será tachado de cobarde:

Tucídides considerado como el gran compendio, la última manifestación de la objetividad fuerte, rigurosa y dura, que había en el instinto de los antiguos helenos. Lo que, en último término enfrenta a individuos como Tucídides e individuos como Platón es la valentía ante la realidad. Platón es un cobarde frente a ella, y, en consecuencia, se refugia en el ideal. Tucídides es dueño de sí mismo, y, por consiguiente, domina también a las cosas (Friedrich Nietzsche, op. cit).

El hombre dueño de sí mismo encara la realidad tal como viene: si hay que violar, se viola. El individuo que carga con el peso de la moral platónica sobre sus hombros, no ve la realidad instintiva (una niña sexualmente apetecible) sino una idealidad (el amor, la fragilidad, la pureza), y por tanto se abstiene de hacerle daño. Nietzsche nos dice que el que está equivocado es este idealista, que hay que comportarse “valientemente” y violarla. Pero ¿se puede catalogar de valientes ante la realidad a estos sujetos que se ensañan con estas víctimas tan débiles? ¿No nos enseñan desde chicos que no nos metamos con personas que no tienen nuestra misma o parecida edad, porte y contextura? Si vamos a ser piratas, robémosle los tesoros a la armada inglesa, no le robemos los aretes a la anciana señora que pasa junto a nosotros. Dispenso a los primeros griegos, si es que así se comportaban, y a Tucídides también, porque era de esa época; pero a Nietzsche no, porque un individuo culto del siglo XIX no puede decir semejante disparate y salir airoso y sin cicatrices. Violar niñas, robarles a las ancianas… acciones vistas como nobles y gloriosas… Y lo peor, lo más vergonzoso para la filosofía, es que haya habido generaciones de eruditos que hayan ensalzado la filosofía de Nietzsche y le hayan rendido a su autor una incondicional pleitesía.

domingo, 12 de abril de 2020

Nietzsche y las matemáticas


¿Es Nietzsche, en efecto, un gran pensador? ¿No es, más bien, un poeta frustrado?
Karl Löwith, El hombre en el centro de la historia

Leo a Fernando Savater: “Nietzsche demostró gran capacidad para todas las materias, a excepción de las matemáticas, frente a las que mostraba una torpeza excesiva” (Idea de Nietzsche, p. 68). Otro de sus biógrafos, Curt Janz, considera que la causa de aquellas torpezas no era el escaso discernimiento que en cuestiones de lógica presentaba el estudiante, sino los profesores poco didácticos que le habían tocado en suerte. Pero si todo era cuestión de malos pedagogos, ¿por qué no se capacitó en esa ciencia por sí mismo, como buen autodidacta que era, cuando tuvo la oportunidad? No quiso, porque las matemáticas nunca le interesaron:

En los años posteriores [a su educación secundaria y universitaria] Nietzsche tampoco entró nunca seriamente en las matemáticas. La explicación hay que buscarla en la naturaleza misma de su intelecto, que hundía sus raíces en la intuición viva, plástica, y que a ella volvía siempre, más allá de la conceptualidad pura de la lógica abstracta. La plenitud rica, fluyente, de su sentimiento de la realidad y de la vida le cerraba el acceso a la matemática, hacía imposible que esta se le presentara en su valor específico (Curt Janz, Friedrich Nietzsche, tomo I, p. 67).

Linda manera, muy poética, de decir que Nietzsche no tenía la capacidad suficiente para el razonamiento riguroso que requieren las matemáticas y las ciencias duras en general. Pero ¿se puede aspirar a ser un gran filósofo, o un gran pensador filosófico, sin tener estas capacidades bien desarrolladas? Me temo que no. Sus diatribas contra la razón, contra la Ilustración, contra el argumento lógico, puede que estuvieran ocasionadas por una disfunción de su hemisferio cerebral izquierdo.

sábado, 11 de abril de 2020

El profeta Nietzsche


¿Fue Nietzsche un buen profeta? En cierto sentido sí, porque acertó a pronosticar (y a promover) grandes hecatombes por “el exterminio de millones de débiles y degenerados”. Pero no acertó en que este fuera el camino para llegar a delinear al superhombre. Apenas se delinearon, con esas históricas matanzas, los turcos y los nazis, que de superhombres nada tienen, y de hombres poco.

viernes, 10 de abril de 2020

Nietzsche y el statu quo filosófico


Yo combato en la enseñanza de la filosofía, y en "la red de redes" intoxicada con el virus Nietzsche, a este racista criminal contra la humanidad aún escapado sin su Nuremberg. ¿Dónde están los cazanazis en filosofía?
Bernardo Alonso, “La terrible patraña Nietzsche”

Sucede con Nietzsche lo mismo que sucede con el dogma de la vacuna: como la mayoría de los “grandes” pensadores filosóficos del siglo XX lo ha estudiado y venerado, el aprendiz de filósofo queda perplejo y demora en atreverse a publicar una opinión desfavorable de sus ideas, por muy convencido que esté, en su fuero interno, de que Nietzsche es un pensador secundario.

La primera excusa que aportan los devotos veneradores de Nietzsche [a quienes afirman que Nietzsche no araña la categoría de pensador inteligente, ni hablemos la de filósofo] es que ha sido estudiado por los más eminentes filósofos del siglo, y apoyan sus comentarios ateniéndose a los comentarios de un comentarista que se basa en los comentarios que Deleuze, Derrida, o Gadamer mismo, hacen de los comentarios de Löwitz sobre los comentarios de Heidegger sobre la obra que nunca escribió Nietzsche, Voluntad de poder. [...] Hay honrosas excepciones, pero buena parte de la cultura del siglo XX ha recurrido con dudosa libertad interpretativa, escasa honestidad intelectual y limitado conocimiento inmediato, a los textos de Nietzsche, como pasa con los de Marx o Freud, con quienes Nietzsche forma la troika filosófica llamada por Ricoeur “los maestros de la sospecha", de la sospecha de ser maestros (Bernardo Alonso, “La terrible patria Nietzsche”, artículo disponible en internet).

Uno sospecha que las vacunaciones masivas serán calamitosas, en el largo plazo, para la salud del sistema inmunológico del ser humano —y con esto del coronavirus y la desesperación por encontrar una vacuna que lo eclipse, la sospecha se me hace patente—; pero uno se calla, porque clamar contra el aparato científico casi en soledad resulta una especie de suicidio intelectual. Y de parecida manera, uno sospecha que el pensamiento central de Nietzsche es pedestre por donde se lo mire (su pensamiento periférico es más interesante), pero se encuentra uno con el statu quo filosófico europeo que le dice que no, que Nietzsche fue un genio entre los genios del arte de discurrir. Sin embargo en este trance yo no me callo como tal vez me callo frente a los vacunistas, porque acá no estoy tan solo. Poco a poco, lentamente, aparecen, aquí y allá, pensadores transparentes que leyendo a Nietzsche sin prejuicio alguno y sin pasar por el tamiz de los comentadores, concluyen que no hay ahí nada que sea potable, que todo está contaminado, que son aguas servidas las que discurren a través de sus libros. Aún somos pocos, aún no tenemos la suficiente fuerza como para chocar contra el statu quo y derribarlo, pero ya vendrá el día en que ganaremos suficientes adeptos, y ahí veremos, razonando, quién derriba a quién[1].


[1] Continúa el maestro Bernardo Alonso citando egregios timadores que no le hacen asco a la filosofía de Nietzsche: "Las terribles boutades de Nietzsche según Hippolyte Taine, son solo ecantadora hyperbolic rhetoric para [...] Brian Leiter, y se tragan como ejemplo de sinceridad descarnada (“se atreve a decir lo que nadie osa”), como si las incitaciones a aniquilar millones de personas fueran puro juego lingüístico, meras ficciones literarias [...], o como si fueran solo ganas de llevar la contraria adrede, que bromea cuando dice que hay que exterminar a millones de tarados, y que ¡"es que hay que entenderlo"! (Christian Niemeyer, como Oscar Levy, el psiquiatra Jaspers de 1936, o C. G. Jung). [...] El colmo de la hermenéutica paranoica de nietzschistas es decir que Nietzsche no dice lo que dice, sino que dice lo que no dice. Es la philosophie de la différence, para Deleuze-Derrida, que es filosofia dell'indiferenza para el ínclito mixtificador mitificador Paolo D'iorio. Hay arrobados y arrobadas nietzschistas profesores universitarios y sesudos escritores que subliman la demencia de Nietzsche porque "es que era un genio", como si todos los locos fueran genios y todos los genios locos. Hay locos santos, "locos egregios" [...], y "locos malvados", como hay entre los sanos. Nietzsche es un loco perverso que se cree un genio malvado. Y muchos ratones encandilados o espabilados siguen su flauta" (op. cit.).

lunes, 30 de marzo de 2020

Nietzsche y los judíos


En todo el Nuevo Testamento se encuentra una sola figura que se deba honrar: Pilatos, el gobernador romano. Tomar en serio un asunto entre judíos, es cosa a la que no se resuelve. Un judío de más o menos, ¿qué importancia tiene?...
Friedrich Nietzsche, El Anticristo

Dado que ahora dispongo del tiempo necesario (estamos en cuarentena por el coronavirus y nadie puede salir de su casa) y dispongo también del material de lectura necesario (los cuatro tomos de los Fragmentos póstumos de Nietzsche y los seis tomos de su Correspondencia), me tomaré el trabajo de responder, o de intentar responder, una pregunta que me viene rondando la cabeza desde hace más de diez años: ¿era Nietzsche antisemita?
Según Mazzino Montinari, “el antigermanismo y el no antisemitismo de Nietzsche son tan fáciles de demostrar como el germanismo y el odio rabioso de Wagner hacia los judíos (Lo que dijo Nietzsche, p. 167). En la otra punta tenemos a Nicolás González Varela: “Elisabeth hizo todo lo posible por presentar a Nietzsche como un crítico del germanismo a ultranza ya desde su piadosa biografía, […] y en un intento apologético trata [...] de separarlo de la judeofobia y el teutonismo que emanan de sus escritos” (Conversaciones filosóficas con Nicolás González Varela, edición a cargo de Salvador López Arnal, libro disponible en internet). El tema del germanismo o del antigermanismo de Nietzsche lo dejaré de lado por el momento y me centraré en su postura frente a la cuestión judía. Y para ello, nada mejor que sus cartas, en las que siempre se muestra mucho más auténtico que en sus escritos publicados. En 1866, por ejemplo, le escribe a su madre y hermana una misiva de donde extraigo esta oración: “Por fin Gersdorff y yo hemos encontrado una taberna en donde uno no tiene que soportar la mantequilla rancia y figuras grotescas de judíos y donde somos regularmente los únicos clientes”. Ya se insinúan aquí, a sus veintiún años, algunos prejuicios sobre el aspecto exterior de los judíos. También le escribe a un amigo ese mismo año: “La comida es en todas partes muy mala y también cara [...], y por donde mires encuentras judíos y amigos de judíos”. ¿A qué viene ese comentario de encontrar judíos por todas partes? Da toda la sensación de que no quisiera encontrarse con judíos, de que los judíos le desagradan, sensación que queda prácticamente certificada desde esta carta de 1868 a su madre y hermana: “Hoy es el último día de la feria, y con ello por suerte desaparecen el olor a grasa y la afluencia de judíos”. Es importante tener en cuenta la fecha de estos comentarios, porque algunos historiadores afirman que de haber algún antisemitismo en el primer Nietzsche, este le fue “contagiado” por Richard Wagner, pero a Wagner lo trató por vez primera en 1868 y estos comentarios son anteriores. Continúo con una carta de 1868, dirigida a un amigo: “Me gusta inmensamente la figura de Demócrito, ciertamente me la he reconstruido completamente, puesto que nuestros historiadores de la filosofía no le han hecho justicia ni a él ni a Epicuro, porque son beatos y muy judíos ante el Señor”. Está criticando aquí, de pasada, la supuesta mojigatería del judaísmo y su intolerancia con los no creyentes. En 1869 aparece una mención a Wagner en uno de sus Fragmentos póstumos: “Uno de los enemigos judíos de Richard Wagner le había anunciado la llegada de un nuevo germanismo, el germanismo judío” (1 [51]). Lo dice en tono irónico, o tal vez en tono de preocupación; en cualquier caso, no parece alegrarse por la posibilidad de que esta profecía se concrete.
De 1870 es esta carta enviada a un amigo, en donde la inquina contra los judíos y contra lo que representan puede vislumbrarse desde lejos:

La increíble seriedad y la profundidad alemana que tiene la concepción del mundo y del arte de Wagner, tal como brota de cada una de sus notas, es para la mayoría de los hombres de nuestro «tiempo actual» un horror [...]. Nuestros «judíos» —y tú sabes cuán vasto es este concepto— odian sobre todo el modo de ser idealista de Wagner [...]: esta ardiente y magnánima lucha, para que finalmente advenga el «día de los nobles», es decir, lo caballeresco, es algo completamente aborrecido por nuestro plebeyo ajetreo político cotidiano.

El “día de los nobles” es el día en que los aristócratas del espíritu imperarán por sobre las masas incultas esclavizadas. No hay duda de que Nietzsche no incluye a los judíos entre los caballeros que gobernarán, sino entre los esclavos que serán sometidos.
También de 1870 es este pasaje: “La religión judía tiene un terror indecible ante la muerte, y la meta principal de sus plegarias —conseguir una larga vida” (FFPP, 5 [50]). El individuo que experimenta “un terror indecible ante la muerte” es, a los ojos de quien entiende que la vida buena es la que se vive de manera temeraria (“¡Hombres más expuestos al peligro, más fecundos, más felices! Porque el secreto para cultivar la existencia más fecunda y más gozosa consiste en vivir peligrosamente” (La ciencia jovial, § 283)), decía que los individuos cobardes, entre los cuales destacan según Nietzsche los judíos, son, para este pensador y debido precisamente a su cobardía, unos pobres miserables dignos de la esclavitud.
Afirma Nietzsche que “el bienestar sobre la tierra es la tendencia de la religión judía. La religión cristiana se basa en el sufrimiento. El contraste es enorme” (FFPP, 1870, 5 [97]). Quienes tienen por objetivo prioritario en la vida el bien vivir —los ingleses sobre todo, pero también los judíos, según Nietzsche—, no son merecedores de la vida. Por eso protesta “contra la indigna frase judía del cielo en la tierra” (ibíd., 1870, 5 [103]).
Un año después, finalizada la guerra franco-prusiana, Nietzsche, eufórico por la victoria, da rienda suelta a su germanismo y a su antisemitismo en esta carta dirigida a Carl von Gersdorff:

 …Ahora se anuncian nuevos deberes: y si algo nos quedará, también en la paz, de ese salvaje juego de la guerra, es el espíritu heroico y al mismo tiempo prudente, el cual para mi sorpresa encontré, como un hermoso descubrimiento inesperado, en nuestro ejército fresco y fuerte, en nuestra vieja salud alemana. [...] ¡Nuestra misión alemana aún no ha terminado! Me siento más valiente que nunca: pues no todo se ha ido a pique bajo el aplanamiento y la «elegancia» judío-franceses y bajo el afanoso ajetreo del «tiempo actual». Todavía hay valentía, la valentía alemana, que es algo diferente interiormente que el élan de nuestros lamentables vecinos.

En octubre de 1872 aparecen estos comentarios en una carta a su madre: “… Después como en el hotel, donde encuentro enseguida algunos compañeros para la excursión al Splügen del día siguiente: desgraciadamente entre ellos hay también un judío”. El hecho de tener que compartir su excursión con un judío lo ponía de mal humor. Sin embargo, dos meses después le escribe a Erwin Rohde una misiva en donde un judío, y por extensión el resto, no quedan tan mal parados como en anteriores oportunidades:

En Leipzig mi libro [El nacimiento de la tragedia] está realmente agotado. Lo último es que Jacob Bernays ha declarado que era justamente lo que él pensaba, aunque mucho más exagerado. Me parece divinamente desvergonzado por parte de ese judío culto e inteligente, pero también un indicio divertido de que los «zorros del país» comienzan a oler algo.

“Por primera vez —escribe Curt Janz refiriéndose a este pasaje— encontramos el reconocimiento que Nietzsche profesa por los judíos inteligentes, aquí todavía en un tono irónico, que en sus últimos años [...] habría de convertirse en una admiración sincera” (Friedrich Nietzsche, tomo II, p. 166). A partir de aquí, los judíos comienzan a caerle menos antipáticos. Pero la vuelta de campana de su estimación a los seguidores de Moisés es lenta. Todavía en 1874 pudo escribir que Wagner “ofendió a los judíos, que poseen en la Alemania actual la mayoría del dinero y de la prensa” (FFPP, 32 [39]). Y al año siguiente explota: “¡No una religión de la venganza y la justicia! Los judíos son el peor de los pueblos” (ibíd., 5 [166]). Encuentro también un fragmento póstumo que data de 1876 que confirma este juicio: “Que los judíos sean el peor pueblo de la tierra es algo que concuerda a la perfección con el hecho de que fuera precisamente entre los judíos donde surgió la doctrina cristiana de la total pecaminosidad [...] del ser humano” (17 [20]). Podría decirse que hasta aquí, Nietzsche aborrece por igual a los judíos y a los cristianos; más tarde sus invectivas se centrarán en los últimos y tratará con más respeto a los primeros[1].
Préstese especial atención a este pasaje de una carta de 1877 dirigida a Siegfried Lipiner:

…de ahora en adelante creo que hay un poeta. [...] dígame pues con toda franqueza, si en lo referente a su origen se encuentra de alguna forma relacionado con los judíos. Porque algunas experiencias recientes han hecho que tenga grandes esperanzas depositadas precisamente en los jóvenes de ese origen.

Estos elogios estaban dirigidos al propio Lipiner, quien se reconoció como judío en un agradecido escrito de respuesta. También era de origen judío Paul Rée, pensador filosófico que había conocido en 1873. Nietzsche terminará admirando tanto al uno como al otro, y Rée se convertirá, luego de unas vacaciones que pasaron juntos en Sorrento en 1876, en uno de sus más íntimos amigos, lo que contribuirá enormemente para vencer, o al menos mitigar, su antisemitismo e intentar seducir a la intelectualidad judía para que apoye su cruzada inhumanista y anticristiana. De ser el peor pueblo de la tierra, pasaron los judíos a ser depositarios de las “grandes esperanzas” de este singular retórico[2].
En el año 1878 se agudiza el distanciamiento entre Nietzsche y Wagner. Uno de los motivos de la ruptura es la actitud del compositor respecto de la cuestión judía: “Wagner queda tiranizado por sus ideas. Por ejemplo, por su odio a los judíos. ¿Cómo puede dejarse tiranizar de esa manera un hombre así?” (FFPP, 27 [90]). Ese año salió a la luz Humano, demasiado humano, y Wagner tuvo el desagrado de leer sentencias como esta:

Me gustaría saber cuánto hay que corregir, al hacer un recuento final, a un pueblo que, no sin culpa de todos nosotros, ha tenido la historia más penosa de todos los pueblos y a quien el mundo debe el hombre más noble (Cristo), el sabio más puro (Spinoza), el libro más poderoso y la ley moral más efectiva (§ 475).

 A estas alturas, Nietzsche, sin dejar de ser un antisemita, se va convirtiendo en un furibundo anti-antisemita. ¿Que esto no es posible? Para una persona lógica tal vez no lo sea, pero estamos hablando de Friedrich Nietzsche[3]. “Entre extranjeros —escribe Nietzsche en 1880— se oye decir que los judíos están lejos de ser lo más desagradable que les llega de Alemania” (FFPP, 2 [53]). Hace unos años detestaba la idea de comer o de salir de excursión con ellos; ahora piensa que no son tan desagradables. Hace cuatro años los consideraba “el peor pueblo de la tierra”, ahora afirma que “las razas superiores, como por ejemplo la raza judía, aun en las situaciones más espantosas difícilmente se ven en la necesidad extrema de tener que alquilarse como máquinas corporales” (FFPP, 1880, 2 [62]). Comienza a considerar a los judíos como superiores a los arios: los nazis tendrán que hacer malabares dialécticos para esconder este dato cuando presenten a Nietzsche como su filósofo estrella.
El antisemitismo del pueblo alemán, hacia fines del siglo XIX, era notorio y, para cualquier personalidad sensible, asfixiante. Nietzsche ensaya una explicación de una de las causas que motivaron la aparición y la fermentación del discurso antisemita:

Aprovechar las oportunidades en la relación con las personas es la forma de ser de los judíos, que llegan hasta el mismísimo límite de dichas personas y hacen notar que se saben en el límite. Esto los hace impertinentes: todos queremos ser inaccesibles y parecer ilimitados; los judíos contrarían este fantástico pretender-ser-inaprensibles de individuos y naciones, y por eso se les odia tanto (FFPP, 1880, 3 [56]).

Esta explicación, empero, no justifica ni aplaude, sino todo lo contrario, “las canalladas de la persecución reavivada de los judíos” (FFPP, 1880, 6 [71]). Detesta las persecuciones… a los judíos; las persecuciones a los inválidos, a los tarados, a los cristianos, en fin, a los “decadentes”, las fomentará hasta el paroxismo. La guerra está declarada: de un lado los “señores”, los “caballeros”; del otro, la gentuza, la masa. Y en esta guerra, quizá más por interés que por verdadera convicción, coloca ahora (recordemos lo que pensaba diez años atrás) a los judíos entre los aristócratas: “La lucha contra los judíos ha sido siempre un indicio de la peor naturaleza, la más envidiosa y la más cobarde: y quien ahora participa en ella debe arrastrar una buena porción de espíritu plebeyo” (FFPP, 1880, 6 [214]). Nietzsche quiere dar vuelta la tortilla, quiere que los antisemitas cristianos pasen de ser perseguidores a perseguidos, perseguidos por los aristócratas del espíritu, entre quienes estarán, dando su apoyo logístico (y en especial su apoyo económico), las tribus de Israel. Y los judíos, ¿qué quieren? Quieren, según Nietzsche, lo mismo que quiere él, apoderarse de Europa, aunque no por las armas, sino por la astucia y la paciencia:

[Los judíos] saben mejor que nadie que no pueden pensar en conquistar Europa, ni en actos de violencia de ningún tipo; pero también saben que puede llegar un día en que Europa caerá en sus manos como fruta madura, sin que tengan que hacer otro esfuerzo que el de alargar el brazo. [...] Entonces, cuando los judíos puedan mostrar esas joyas y esos vasos de oro, que serán obra suya, a los pueblos europeos de experiencia más breve y menos profunda, incapaces de producir cosas semejantes; cuando Israel haya cambiado su venganza eterna en bendición eterna para Europa, habrá llegado ese séptimo día en el que el antiguo Dios de los judíos podrá alegrarse a causa de sí mismo, de su creación y de su pueblo elegido, y todos sin excepción podremos alegrarnos con él (Aurora, § 205 —el subrayado es mío—).

Nótese que al afirmar que lo que buscan los judíos es la conquista de Europa, se está comportando como un antisemita: así, a través de imaginarias conspiraciones, justifican estos individuos las persecuciones. Por eso digo que Nietzsche se transformó en anti-antisemita sin dejar de ser por ello antisemita.
En 1881 le escribe a su editor Ernst Schmeitzner: “Yo ya no encajo entre sus Wagner, Schopenhauer, Dühring y demás literatura de partido”. Por “literatura de partido” se refiere a publicaciones antisemitas, no quiere que sus libros sean publicados por una editorial que a su vez edita ese tipo de material. Dos años después encontramos esta curiosa oración: “Quitar a los judíos su dinero y darles otra orientación” (FFPP, 1883, 9 [29]). Probablemente se refiera a que el dinero judío podría financiar la revuelta que está organizando: la de los aristócratas del espíritu en contra de la cristiandad y sus valores.
En 1884 su hermana se compromete con el antisemita Bernard Förster, motivo suficiente como para que Nietzsche monte en cólera: “He roto radicalmente con mi hermana; por amor de Dios, no piense en mediaciones o reconciliaciones de ningún tipo —entre una estúpida rencorosa y antisemita y yo no hay reconciliación posible” (carta a Malwida von Meysenbug desde Venecia). Los antisemitas ya son, para Nietzsche, individuos estúpidos y rencorosos con los que no vale la pena interactuar.
En 1885 vuelve a la idea de llevar a la práctica su “gran política”... de la mano de los judíos:

Los alemanes deberían criar una casta dominadora: yo confieso que a los judíos les son inherentes capacidades que son ineludibles como ingredientes de una raza que debe impulsar la política mundial. El sentido del dinero es algo que debe ser aprendido, heredado y mil veces heredado: hoy por hoy se puede comparar el judío con el americano (FFPP, 34 [111] —el subrayado es mío—).

“El día de los nobles” está llegando, pero los judíos ya no serán esclavos sino aliados de los aristócratas. Sin embargo, aún sigue sosteniendo que “los judíos nunca han sido una raza caballeresca” (FFPP, 1885, 36 [42]). Un caballero no puede ser desagradable, y Nietzsche se ve en la obligación de resaltar “la fealdad horrible y despreciable de los judíos polacos y rusos, húngaros y galicianos que recientemente están inmigrando” (FFPP, 1885, 41 [13]). Tanto le disgustaban estéticamente los judíos del Este que llegó a exigir que no se les permitiese ingresar a territorio alemán:

Que Alemania tiene judíos en abundancia suficiente, que el estómago alemán, la sangre alemana tienen dificultad (y seguirán teniendo dificultad durante largo tiempo) aun solo para digerir y asimilar ese quantum de «judío» —de igual manera que lo han digerido y asimilado el italiano, el francés, el inglés, merced a una digestión más robusta—: eso es lo que dice y expresa claramente un instinto general al cual hay que prestar oídos, de acuerdo con el cual hay que actuar. «¡No dejar entrar nuevos judíos! ¡Y, ante todo, cerrar las puertas por el Este (también por el Imperio del Este)!» (Más allá del bien y del mal, § 251).

Y siguen las críticas:

Los peligros del alma judía son: 1) busca de buena gana establecerse parasitariamente donde sea 2) se sabe «adaptar», como dicen los investigadores de la naturaleza: se han convertido así en actores natos, como el pólipo, que como canta Teognis toma el color de la roca a la que está pegado. Su talento y más todavía la tendencia e inclinación hacia ambos parece ser enorme; el hábito de sacrificar por muy pequeñas ganancias mucho espíritu y perseverancia ha dejado en su carácter un surco fatal: de modo que tampoco los más respetables mayoristas del mercado monetario judío resisten, cuando se dan las circunstancias, <no> estirar los dedos con sangre fría hacia pequeñas, mezquinas, sobreexplotaciones, lo cual haría ruborizarse a un financiero prusiano (FFPP, 1885, 36 [43]).

Pero ¿son críticas o son elogios? El superhombre del mañana será también el superexplotador, de manera que alguien que no se avergüence de su mezquindad tenderá a ser, cuando la inversión de los valores se concrete, un individuo —no un caballero— respetable.
En 1886, en una carta dirigida a su madre, aparece un nuevo reconocimiento de la inteligencia judía, y esta vez las ironías han quedado de lado:

¡Que el cielo se apiade de la inteligencia europea si se le quisiera sustraer la inteligencia judía! Me contaron de un joven matemático de Pontresina que ha perdido completamente el sueño por la excitación y el entusiasmo por mi último libro; al averiguar algo más, resulta que era otra vez un judío (un alemán no se deja perturbar el sueño tan fácilmente).

Misma situación en carta a Kóselitz del 20/7/1886:

Me ha vuelto a llegar un ejemplar modélico de una fémina literata, Miss Helen Zimmern (que ha dado a conocer Schopenhauer a los ingleses) [...]. Por supuesto, judía: —es increíble cómo esta raza tiene ahora en sus manos la «espiritualidad» de Europa.

Los otrora “zorros del país” configuran ahora la punta de lanza espiritual del viejo mundo: la tortilla terminó de voltearse.
En este 1886 Nietzsche publica Más allá del bien y del mal, libro virulento —su virulencia estilística va in crescendo de aquí en adelante[4]— en el que ataca la moral cristiana y acusa a los judíos de haberla engendrado:

El mundo antiguo, «el pueblo elegido entre los pueblos», como dicen y creen ellos mismos — los judíos han llevado a efecto aquel prodigio de inversión de los valores gracias al cual la vida en la tierra ha adquirido, para unos cuantos milenios, un nuevo y peligroso atractivo: — sus profetas han fundido, reduciéndolas a una sola, las palabras «rico», «ateo», «malvado», «violento», «sensual», y han transformado por vez primera la palabra «mundo» en una palabra infamante. En esa inversión de los valores (de la que forma parte el emplear la palabra «pobre» como sinónimo de «santo» y «amigo») reside la importancia del pueblo judío: con él comienza la rebelión de los esclavos en la moral (§ 195).

Es importante destacar que Nietzsche, pese a seguir tratando a los judíos de manera desdeñosa incluso en algunos de sus escritos más tardíos, ha dejado ahora de guardarles resentimiento, y siendo el resentimiento un componente necesario del antisemitismo, podemos deducir que Nietzsche, a estas alturas, ya no es antisemita. Sin embargo, acusa a los judíos de haber dado vuelta el universo de los valores éticos para acomodarlos a su situación y haber trastornado el mundo antiguo, el mundo dionisíaco, para convertirlo en un aguantadero de enfermos y de cobardes. Sin resentimiento no hay antisemitismo, pero si este tipo de ideas cae en la cabeza de un resentido, el caldo antisemita queda listo para ser degustado[5].
Pero Nietzsche incubaba un odio particular hacia los antisemitas de su época (“estoy haciendo que fusilen a todos los antisemitas”, le escribe a Franz Overbeck al comienzo de su locura), de modo que solía olvidar muy fácilmente las desgracias que, según él, el judaísmo había traído a este mundo, para enrostrarles a sus enemigos las potencialidades intelectuales de los que ya eran gente de su club (“¡Qué beneficio es un judío entre alemanes!”, FFPP, 1988, 15 [80]), al tiempo que les clavaba, a su cuñado y a todos los que como él pensaban, una puñalada en ese germanismo rastrero que alguna vez había sabido cultivar pero que ahora despreciaba:

Los judíos, hablando objetivamente, son para mí más interesantes que los alemanes: su historia plantea problemas mucho más fundamentales. En cuestiones tan serias estoy habituado a dejar de lado simpatías o antipatías: tal como corresponde a la decencia y la moralidad del espíritu científico y —finalmente— incluso a su gusto. Por otra parte, confieso que me siento demasiado extraño ante el actual «espíritu alemán» como para poder observar sus particulares idiosincrasias sin mucha impaciencia. Entre éstas incluyo especialmente el antisemitismo. [...] Un deseo: publique una lista de sabios, artistas, poetas, escritores, actores y virtuosos alemanes de descendencia u origen judío. (Sería una valiosa contribución a la historia de la cultura alemana (¡y también a su CRÍTICA!) (Carta a Theodor Fritsch, 23/3/1887).

Con esta carta le pone los puntos a su editor, antisemita consumado y rabioso, y va delineando su plan de acción, que es el de barrer de la faz de la tierra la ética cristiana, y a los cristianos junto con ella, y como los antisemitas eran, por regla general, activistas cristianos (católicos especialmente), caerían con ellos. Ahora bien, el antisemitismo campeaba entre los alemanes nacionalistas, por lo que si Nietzsche había elegido ser anti-antisemita, por fuerza tenía que renegar de ese pangermanismo que había sabido cultivar[6] y convertirse (¡al estilo Marx!) en internacionalista. No le interesaba a Nietzsche Alemania sino la Europa completa, y si para apoderarse de ella hubiese tenido que sacrificar a la mayoría de sus antisemitas compatriotas, no habría dudado en hacerlo[7]. Por eso les advertía: váyanse lo más lejos que puedan, porque la revolución anticristiana está llegando:

Mi deseo es [...] que algo venga en vuestra ayuda del lado alemán, a saber: que se obligue a los antisemitas a abandonar Alemania: en cuyo caso no cabría duda de que preferirían vuestra tierra de «promisión» [Paraguay] a cualquier otro país. A los judíos, por otra parte, les deseo cada vez más que lleguen al poder en Europa, para que pierdan (es decir, ya no tengan necesidad de) las cualidades en virtud de las cuales se han impuesto hasta ahora en su calidad de oprimidos. Por lo demás, es mi sincera convicción que un alemán que, simplemente porque es un alemán, reivindique ser más que un judío, es alguien que tiene su lugar en la comedia; suponiendo, claro, que no lo tenga en el manicomio (borrador de una carta a su hermana, principios de junio de 1887).

Menciona el Paraguay porque ahí estaba Elisabeth Nietzsche con su esposo ensayando un experimento, la fundación de una colonia ario-antisemita que se llamó “Nueva Germania” (y que todavía existe, aunque no con esa ideología), para la cual le solicitaba donaciones a su hermano. Claro está que no soltó ni un centavo y les deseó un fracaso rotundo (y su deseo se hizo realidad). Trató de evitar por todos los medios que su apellido quedase identificado con el círculo antisemita alemán:

… Ese partido me ha echado a perder, uno tras otro, a mi editor, mi prestigio, a mi hermana, a mis amigos —nada es un estorbo mayor para mi influencia que el hecho de que el nombre Nietzsche se haya puesto en relación con antisemitas tales como E. Dühring: no se me ha de tomar a mal que recurra a los medios de la legítima defensa. Pondré de patitas en la calle a todo aquel que me infunda sospechas en este punto (carta a su madre, Franziska Nietzsche, del 29/12/1887).

“Ruego que de ahora mismo en adelante no se me entregue la literatura antisemita”, le escribe a su madre en otra misiva de ese mismo año. A partir de aquí, su distanciamiento de todos los antisemitas, sean publicistas o editores, como Avenarius y Fritzsch, será total, y, para mayor indignación de todo ese grupo, comenzó su reivindicación expresa de judíos como H. Heine y G. Brandes, tan poco valorados por los alemanes de nacionalismo excluyente y autosatisfecha cultura filistea. Pero lo que más le dolió, por lejos, fue la disputa con su propia hermana:

Tú, mi querida Llama, has hecho una gran necedad — ¡para ti y para mí! Tu vínculo con un jefe antisemita manifiesta una extrañeza frente a toda mi forma de ser que me llena una y otra vez de animosidad y de melancolía. Es verdad que tú dices que te has casado con el colonizador Förster y no con el antisemita, y eso es incluso correcto; pero a los ojos del mundo Förster seguirá siendo, hasta el fin de sus días, el jefe de los antisemitas. [...] Toda la prensa alemana guarda un silencio sepulcral sobre mis escritos — ¡desde cuándo!, ¡díselo a Overbeck! Eso despierta sobre todo desconfianza ante mi carácter, como si yo rechazara en público algo que en privado fomentara, —y el hecho de no poder hacer nada contra el uso que se hace del nombre de «Zaratustra» en cada uno de los números de la revista Antisemitische Korrespondezblatt [”Correspondencia antisemita”], eso ya me ha puesto muchas veces prácticamente enfermo. — ¡Perdón! No es correcto decirte a ti esto y es injusto responsabilizar a la pobre Llama de las convicciones de ese partido. Pero yo no hago siempre plena «justicia» en mis simpatías y antipatías (carta a su hermana Elisabeth, 26/12/1887).

Los antisemitas alemanes utilizaron su Zaratustra para propagar sus propias ideas, y eso le puso los pelos de punta. De haber conocido a Hitler, lo habría aborrecido —pero eso no quita el hecho de que Nietzsche, con su filosofía belicista, le haya allanado el camino—.
La paciencia para con su hermana muy pronto se le agota:

Me encuentro ahora contra el partido de tu marido en estado de legítima defensa. ¡¡Esos malditos muñecos-antisemitas no deben tocar mi ideal!! ¡Cuánto he sufrido ya por el hecho de que nuestro nombre esté mezclado con este movimiento por tu matrimonio! En los últimos seis años has perdido toda razón y toda consideración (carta a su hermana Elisabeth, finales de diciembre de 1887).

…Y con esto toco una vez más mi posición con respecto al antisemitismo o a los antisemitas, de los cuales, puesto que entre ellos hay caracteres tan respetables, eficientes y enérgicos, puedo admitir muchas cosas favorables. Sin embargo, esto no impide, sino que más bien condiciona incluso que yo le haga la guerra al antisemitismo, porque dilapida y envenena tantas fuerzas eficientes. Pero nota bien lo siguiente: ¡yo no hago la guerra a lo que desprecio! (carta a su hermana Elisabeth, 3/5/1888).

Y también se le agotan los improperios para con sus enemigos naturales al entrar en el último año de su vida cuerda:

Los antisemitas no perdonan a los judíos que estos tengan «espíritu» — y dinero: el antisemitismo, un nombre para los «malparados» (FFPP, 1888,14 [182]).

Los judíos son, en una Europa insegura, la raza más fuerte: pues, por lo prolongado de su evolución, son superiores al resto. Su organización presupone un devenir más rico, una carrera más peligrosa, un número mayor de etapas que aquéllos que todos los otros pueblos pueden reivindicar. Y esto es prácticamente la fórmula de la superioridad. [...] Los judíos son, en sentido absoluto, inteligentes; encontrarse a un judío puede ser un beneficio. Por lo demás, no se es impunemente inteligente; fácilmente se tiene a los otros en contra. No obstante, los inteligentes disponen de una gran ventaja. — A los judíos su inteligencia les impide volverse locos a nuestra manera: por ejemplo, nacionalistas. Parece que se hubieran vacunado demasiado bien en otro tiempo, incluso de manera un poco sangrienta, y esto, entre todas las naciones: ellos ya no se entregan fácilmente a nuestra rabies, la rabies nationalis. Hoy son incluso un antídoto contra esta última enfermedad de la razón europea (FFPP, 1888, 18 [3]).

¡Ah, qué beneficio es un judío entre ganado alemán con cuernos!... Eso lo minusvaloran los señores antisemitas. Qué diferencia propiamente a un judío de un antisemita: el judío, cuando miente, sabe que miente: el antisemita no sabe que miente siempre (FFPP, 1888, 21 [6]).

Los antisemitas tienen una meta, que es palmaria hasta la indecencia, es el dinero judío. Un antisemita es un judío envidioso, es decir, estúpido en grado sumo (FFPP, 1888, 21 [7]).

A riesgo de asestar a los señores antisemitas una patada «bien dada», confieso yo que el arte de mentir, el «inconsciente» extender dedos largos, demasiado largos, el tragarse la propiedad ajena, me ha parecido hasta ahora más evidente en todo antisemita que en cualquier judío. Un antisemita roba siempre, miente siempre — no puede hacer otra cosa (FFPP, 1888, 23 [9]).

Resulta muy a propósito citar aquí a Christian Niemeyer intentando desenmarañar la relación de Nietzsche con el antisemitismo:

La actitud del último Nietzsche frente al antisemitismo ideológico imperante en su época no es en absoluto ambivalente, sino de una claridad extrema: al contrario que el «joven» Nietzsche, el maduro despreciaba el antisemitismo tanto como apreciaba a los judíos de su tiempo y odiaba a antisemitas como Renan, Dühring, Fritsch, el predicador A. Stoecker o su cuñado Fórster. No obstante, esto no modifica lo más mínimo el hecho de que Nietzsche empleara genuinos estereotipos antisemitas en su crítica del cristianismo (Diccionario Nietzsche, p. 44).

Pero ¿apreciaba Nietzsche a los judíos de su tiempo? Solo a unos pocos, como los ya mencionados Heine y Brandes, o a sus amigos Rée y Lipiner, mientras que a los judíos “poco cultos” continuaba teniéndoles bastante aprensión, y su ojeriza, causada por el desfavorable juicio que se había hecho de su milenaria historia, sin llegar al resentimiento, no había desaparecido:

El «instinto de elegido» judío: reivindican sin más todas las virtudes para sí y consideran el resto del mundo como su opuesto: signo profundo de la vulgaridad del alma (FFPP, 1887,10 [199]).

Los judíos, ese pueblo sacerdotal, que no ha sabido tomar satisfacción de sus enemigos y dominadores más que con una radical transvaloración de los valores propios de éstos, es decir, por un acto de la más espiritual venganza. Esto es lo único que resultaba adecuado precisamente a un pueblo sacerdotal, al pueblo de la más refrenada ansia de venganza sacerdotal. Han sido los judíos los que, con una consecuencia lógica aterradora, se han atrevido a invertir la identificación aristocrática de los valores (bueno = noble = poderoso = bello = feliz = amado de Dios) y han mantenido con los dientes del odio más abismal (el odio de la impotencia) esa inversión, a saber, «¡los miserables son los buenos!» (La genealogía de la moral (1887), I, 7).

Según Niemeyer, el antisemitismo que trasuntan estas palabras corresponde a una “construcción secundaria” dentro del pensamiento de Nietzsche, a diferencia de su anti-antisemitismo y de su filosemitismo, que serían construcciones nietzscheanas primarias (cf. su Diccionario Nietzsche, p. 52). Yo entiendo que todo esto, su antisemitismo, su anti-antisemitismo y su filosemitismo, todo junto es una construcción secundaria si lo englobamos dentro de lo que Nietzsche consideraba importante, y si en sus últimos años como escritor le dio tanta importancia al tema del antisemitismo fue porque presentía, con impecable criterio, que su nombre pasaría a la historia de la filosofía y no quería que quedase vinculado a los círculos antisemitas. Pero el antisemitismo, en tanto que antisemitismo, lo tenía muy sin cuidado en comparación con otros grandes temas que supo tratar en sus escritos. Los judíos le interesaban como precursores de los cristianos, que eran sus verdaderos enemigos, y su antisemitismo pasaba por ahí. Los antisemitas “ortodoxos” odiaban a los judíos por haber matado a Cristo, Nietzsche los odiaba por haber posibilitado que el cristianismo naciera. Pero hasta ahí llegaba su odio, no pasaba de esa raya. Su odio a los antisemitas era un poco más profundo, pero no tenía ni punto de comparación con el odio que profesaba a los cristianos.
El último acto de la tragedia-Nietzsche consistió en preparar la logística previa para lo que —suponía— sería la mayor guerra y la mayor masacre jamás perpetrada: la eliminación del cristianismo:

Desde ahora necesitaré que me ayuden innumerables manos —¡manos inmortales!— , la Transvaloración debe aparecer en dos idiomas. Será conveniente que por todas partes se funden asociaciones que me proporcionen en el tiempo oportuno algunos millones de seguidores. Considero valioso tener a mi favor en primer lugar a los oficiales del ejército y a los banqueros judíos: —ambos grupos representan juntos la voluntad de poder. [...] los banqueros judíos son mis aliados naturales como único poder internacional, tanto por su origen como por su instinto, que cohesiona de nuevo a los pueblos, después de que una abominable política de intereses haya hecho del egoísmo y del autoenvanecimiento de los pueblos un deber (FFPP, diciembre de 1888, 25 [11]).

Esto parece chiste: la voluntad de poder, para Nietzsche, ¡son los judíos! Así las cosas, en una primera lectura podríamos encontrar contradictorio el hecho de que alguien empariente la filosofía de Nietzsche con el nazismo. Y sin embargo no lo es, no es contradictorio, porque si bien en esta entrada estoy haciendo hincapié en la cuestión judía, en la filosofía de Nietzsche este tema es harto secundario en comparación con los tres o cuatro tópicos que realmente lo inquietan, y hasta se puede adivinar una continuidad de su desprecio juvenil hacia los judíos, solo que ahora los necesita, y no tanto los necesita como avanzada de la espiritualidad europea sino más bien como banqueros, tal como queda explicitado en el anterior pasaje o en este otro: “¿Ya sabe usted que para mi movimiento internacional necesito todo el gran capital judío...?” (carta a Heinrich Köselitz, 9/12/1888). Ese capital sería destinado, en lo futuro, para el armamento, para ponerse a tono con la “guerra total” que Nietzsche desataría, pero primeramente lo necesitaba para concretar una multitudinaria propaganda: planeaba editar El anticristo en siete lenguas, ¡con una tirada de un millón de ejemplares para cada una de estas siete traducciones! (carta a Paul Deussen, 26/11/1888).
Hay que decir también que a estas alturas, Nietzsche está viviendo un infierno psicológico, un borderláin de la locura que ya empieza a calentarle el cerebro, y que su pretendida coalición con los judíos para que juntos, y junto con el ejército alemán, tomen el poder, no puede suponerse que haya sido pergeñada por una persona en sus cabales. Pocos días antes de la famosa escena con el caballo, le escribe una misiva a Georges Brandes —crítico literario que había hecho mucho, con su estudio sobre el “radicalismo aristocrático” de Nietzsche, para catapultarlo a la fama internacional[8]—, le escribe una misiva, decía, tan desconcertante que el pobre dinamarqués, de haberla leído, no se habría decidido por compadecerlo o por carcajear:

Apreciado amigo, considero que es necesario comunicarle algunas cosas, todas de primera relevancia: deme su palabra de honor de que esta historia quedará entre nosotros. Hemos entrado en la gran política, incluso en la más grande de todas… Preparo un acontecimiento que con suma probabilidad partirá la historia por la mitad, hasta el punto de que tendremos una nueva cronología: a partir de 1888 como año Uno. Todo lo que hoy está arriba, alegre y confiado, la Triple Alianza, la cuestión social, se convertirá en una formación de antítesis entre individuos: tendremos guerras como no las hay, pero no entre naciones, no entre estamentos: todo habrá saltado en pedazos, —yo soy la dinamita más terrible que existe—. En tres meses quiero encargar los preparativos para la edición de un manuscrito de El Anticristo. Transvaloración de todos los valores. Se mantendrá completamente secreta: me servirá como edición de agitación. Necesito traducciones a todas las principales lenguas europeas: cuando la obra tenga que salir a la luz pública, entonces calculo un millón de ejemplares en cada lengua para la primera edición. He pensado en usted para la edición danesa, en el señor Strindberg para la sueca. —Ya que se trata de un golpe de aniquilación contra el cristianismo, es evidente que el único poder internacional que tiene un interés instintivo en la aniquilación del cristianismo son los judíos —aquí hay una enemistad instintiva, no algo «ficticio» como en cualesquiera «librepensadores» o socialistas— me importan un rábano los librepensadores. Por consiguiente, hemos de tener aseguradas todas las potencias decisivas de esa raza en Europa y América —un tal movimiento necesita sobre todo del gran capital. Aquí se halla el único terreno preparado por naturaleza para la guerra de decisión más grande de la historia: el resto de partidarios solamente podrá tomarse en consideración después del golpe. Este nuevo poder que aquí se formará debería convertirse en un abrir y cerrar de ojos en la primera potencia mundial: admitiendo que al principio los estamentos dominantes tomarán el partido del cristianismo, será como si tuvieran el hacha puesta en las raíces, pues justamente todos los individuos fuertes y vitales se separarán de ellos de manera incondicional.
[...]
Cuando usted lea finalmente la ley contra el cristianismo, firmada por el «Anticristo», con la que concluye el libro, quién sabe, temo que tal vez incluso a usted le flaqueen las piernas…
La ley contra el cristianismo tiene como título: Guerra a muerte contra el vicio: el vicio es el cristianismo.
El primer artículo: viciosa es toda especie de contranaturaleza; la especie más viciosa de ser humano es el sacerdote: él enseña la contra naturaleza. Contra el sacerdote no se tienen razones, se necesita el presidio.
[...]
Si vencemos, tendremos en nuestras manos el gobierno de la tierra —incluida la paz mundial… Hemos superado las absurdas fronteras de la raza, la nación y las clases: solamente persistirá la jerarquía entre los seres humanos, de individuo a individuo, que, por supuesto, es una escala jerárquica enorme y larga.
Así pues, usted posee el primer documento de la historia universal: gran política par excellence.

Entiéndase ahora, después de leer el anterior documento, cómo todo este filosemitismo no es real sino derivado del interés económico representado por el capital internacional judío del que Nietzsche pensaba servirse para llevar a cabo su plan, y todo enmarcado por un delirio en ciernes donde ya no se puede juzgar ni de filosemitismos ni de antisemitismos ni de nada, porque en este diciembre de 1888 Nietzsche no razona ya, le patina el embrague, y lo mismo podríamos decir de la totalidad de este último año de “cordura”, con El anticristo incluido. Por eso es difícil juzgar la importancia que la cuestión judía tuvo en Nietzsche en estos sus últimos escritos: lo encuentro inimputable. Claro que son estos, los de los años 87 y 88, sus escritos más exaltados y “entretenidos”, más llevaderos, y por ende los más leídos, y entonces le queda la sensación al público general que en la filosofía de Nietzsche el anti-antisemitismo constituye una cuestión crucial cuando no lo fue ni por asomo. Las peleas con una hermana o un cuñado poco tienen que ver con la filosofía, y ese es el principal origen de su anti-antisemitismo: las disputas familiares. Y no odiaba a los antisemitas en tanto que antisemitas, sino en tanto que cristianos, y también porque persiguiendo a los judíos, perseguían a los capitalistas que habrían de financiar su cruzada antihumana. Su filosemitismo no forma parte, como quiere Niemeyer, de una construcción primaria de su pensamiento: es una pura pose. Después de todo, “un judío de más o menos, ¿qué importancia tiene?”
Hemos de dejar bien en claro entonces que al Nietzsche razonablemente cuerdo le desagradaban bastante los judíos, y si bien nunca pensó en suprimirlos (excepto que fueran tarados, débiles o tullidos), sí pensó que le convenía mantenerse a distancia de ellos, porque su nariz, lo mismo que la de Schopenhauer, difícilmente toleraba el foetor judaicus[9]. Podría coincidir con Niemeyer y decir que su antisemitismo fue “retórico”, pero entonces habrá que calificar a su anti-antisemitismo con el mismo adjetivo despectivo: fue un anti-antisemitismo vacío de contenido filosófico.
Terminaré de citar a Nietzsche con un borrador de una carta que le escribió al emperador Guillermo II a comienzos de diciembre de 1888:

Hay nuevas esperanzas, hay metas y tareas de una grandeza para la cual hasta ahora no se tenía noción: yo soy un alegre mensajero par excellence, aun cuando tenga que seguir siendo el ser humano de la fatalidad… Pues cuando este volcán entre en actividad, tendremos sobre la tierra convulsiones como aún no las ha habido: el concepto de política se ha disuelto por completo en una guerra entre espíritus, todas las estructuras de poder han saltado por los aires — habrá guerras, como nunca las ha habido—.

La profecía de Nietzsche se cumplió: los horrores de la Segunda Guerra Mundial jamás se habían visto —y creo con esperanza que jamás se volverán a ver—. Solo pifió en un pequeño detalle: los judíos no formaron parte de los atacantes, sino de los atacados. No lo hubiese querido así Nietzsche, pese a que los judíos, salvo algunas excepciones, no le caían bien (el antisemita opera siempre así: “Los judíos son una desgracia, excepto tú, y tú, que siendo judíos, no lo parecen y no se comportan como tales”). “Considero valioso —había escrito— tener a mi favor en primer lugar a los oficiales del ejército y a los banqueros judíos: —ambos grupos representan juntos la voluntad de poder”. No pudo ser: el ejército nazi no se alió, sino que expropió a los banqueros judíos, y al resto de los judíos los masacró: eran débiles, y Nietzsche aconsejó suprimir a todos los débiles, sin importar raza, credo ni condición social. En este sentido, sus consejos no cayeron en saco roto.
Respondo, pues, de manera concreta, a la cuestión que dio comienzo a esta investigación: a Nietzsche le desagradaban los judíos, y le desagradaron hasta el último de sus días, pero su antisemitismo, es decir, su resentimiento hacia los judíos, fue decreciendo a partir de 1876 aproximadamente hasta casi desaparecer hacia 1888. Y nunca fue un antisemita activista: el Ku-Klux-Klan que planeaba no era para ellos. Siempre le desagradaron los judíos, pero esta sensación no fue óbice para que se apoderara de él, sobre todo en sus últimos años de cordura, un exacerbado (aunque también retórico) anti-antisemitismo. Convivió en Nietzsche, durante muchos años, el desagrado por los judíos y por los antisemitas; por ser el primer posmoderno pudo darse este tipo de lujos que ahora son corrientes en el ámbito de la filosofía.


[1] La crítica de Nietzsche al cristianismo, la repugnancia que sentía por todo lo cristiano, tenía que incluir necesariamente al judío: "El cristianismo es el blanco de Nietzsche en la medida en que se conecta directamente al judaísmo. Mientras que Kant o Hegel trazan una línea de demarcación, sustrayendo el cristianismo a las críticas que dirigen al hebraísmo, Nietzsche puede ser considerado el primer filósofo que lanza un ataque sin precedentes contra el judaísmo, pues se amplía hasta implicar al cristianismo. Golpeando al uno golpea también al otro. Puede decirse que el enemigo de Nietzsche es el mesianismo" (Donatella di Cesare, Heidegger y los judíos, p. 64).
[2] "Nietzsche había aprendido en poco tiempo, por su íntima amistad con Paul Rée y ahora por su admiración por el poeta Lipiner, a perder aquella altanera aversión a los judíos que las iglesias cristianas habían mantenido despierta durante siglos por la pretensión de poseer ellas solas la verdad, y que desde la fundación del Imperio comenzó a desarrollarse en un antisemitismo político que fue fomentado activamente por las «Bayreuther Blatter» y por todo el movimiento cultural de Bayreuth, y menos por Wagner mismo. Para Nietzsche ya era tiempo de distanciarse claramente [...] de esto” (Curt Janz, op. cit., p. 409).
[3] Nietzsche propone la irracionalidad como criterio teórico y ético. Burlándose del principio de no contradicción, explica: "¿Existe culpa, injusticia, contradicción y dolor en este mundo? «¡Sí!», exclama Heráclito, pero solo para el hombre de inteligencia limitada que ve únicamente lo separado, y no la unidad; y no para el dios que intuye el todo. Para este, todas las cosas y sus contrastes, los contrarios, no conforman más que una totalidad armónica, invisible para el ojo del hombre común, pero comprensible para quien, como Heráclito, es semejante al dios contemplativo" (La filosofía en la época trágica de los griegos, § 7). ¿Cómo se le puede criticar a un sujeto que "razona" de este modo, simulando ser un dios, con esa lógica ilógica sin principios ni finalidad, sin sujeto ni objeto, sin concepto, sin juicio ni objetivo, sin realidad ni verdad; cómo se le puede criticar a una tal persona el hecho de que sea antisemita y anti-antisemita al mismo tiempo?
[4] En sus últimos años, Nietzsche pasa a ser "un literato remendón, escribidor patológico compulsivo, que carga su pluma con la bilis sanguinolenta de sus vómitos progresivamente más frecuentes y densos. Su texto es su contexto enfermo" (Bernardo Alonso, "La terrible patraña Nietzsche", artículo disponible en internet).

[5] Conor Cruise O’Brien se pregunta por las repercusiones, directas o indirectas, del pensamiento de Nietzsche en el Holocausto, y concluye que dichas repercusiones en verdad existieron. Los valores éticos que Nietzsche pretendía trastocar correspondían tanto al cristianismo como al judaísmo, y si la cruzada nietzscheana hubiese tenido éxito y los valores espartanos hubiesen asomado su nariz en Alemania, "tan pronto como volvieran a restablecerse dichos valores, que los judíos habían subvertido, no habría ya límite alguno, ni tampoco quedaría ya ningún judío" (The Siege: The Saga of Israel and Zionism, p. 59).

[6] Pangermanismo que no la abandonó sino hasta mediados de los setenta. No es correcto, pues, lo que afirma Deleuze, que perdió sus últimos "fardos" nacionalistas y comenzó a despreciar a su país y a sentirse incapaz de vivir entre los alemanes, en 1870 (cf. Gilles Deleuze, Nietzsche, p. 11). El viraje fue mucho más lento.
[7] “Estamos –escribió en 1882-- muy lejos de ser lo bastante alemanes, en el sentido corriente en que se utiliza hoy esta palabra, para convertirnos en voceros del nacionalismo y del odio racial, para regocijarnos con esa infección nacionalista por la que hoy los pueblos de Europa se atrincheran unos contra otros y se acuartelan” (La gaya ciencia, § 377, “Nosotros, los apátridas”). El pensamiento de Nietzsche, comenta Jorge Polo Blanco,terminó siendo (tras superar, al menos hasta cierto punto, su inicial fase teutómana o germanófila) de corte «paneuropeísta». [...] En el aforismo 256 de Más allá del bien y del mal lo encontraremos muy enfadado con la visión miope y la ignorancia recalcitrante de todos aquellos que siguen empeñados en fragmentar y dividir el territorio europeo con la «locura de las nacionalidades», cuando lo cierto es que Europa «quiere» unificarse, generando una nueva y superior síntesis. Soñaba con una Europa unida y empoderada en la que, por fin, quedasen sepultadas las rencillas intestinas; una Europa que dejase atrás los chovinismos patrioteros anclados en la glorificación del terruño local” (Anti-Nietzsche, p. 113). “El espíritu alemán es una indigestión. […] Adonde llega Alemania, corrompe la cultura”, dijo en Ecce Homo. De todos modos, hay que dejar en claro que pese a estas declaraciones, Nietzsche jamás se desprendió por completo de ciertas referencias a la higiene racial, hipótesis que convivió en su mente de manera más o menos forzada con la opción europeísta. Y además, nunca abandonó del todo su querencia por la “caracterología” de los diferentes “espíritus nacionales” (cf. Félix Duque, Los buenos europeos, p. 90). Por último, citaré la opinión de Norbert Elias, para quien “el ocasional odio de Nietzsche hacia los alemanes era en parte un odio hacia sí mismo. Cuando renegaba de ellos por su «profunda cobardía ante la realidad», por su «falsedad hecha instinto» y por su «idealismo», en el fondo estaba renegando de sí mismo. Esencialmente, ocultaba a sí mismo una debilidad deseosa de un vigor guerrero del que no era capaz” (“Nietzsche y el éthos guerrero”, artículo disponible en internet).
[8] Brandes, a diferencia de otros intérpretes posteriores, comprendió desde el principio hacia dónde apunta la filosofía de Nietzsche: "No se puede, de ningún modo, hablar de injusticias cometidas por la casta superior. Porque no existe justicia ni injusticia en sí. Para él, el hecho de matar a alguien, de aplastarlo, de explotarlo, de anularlo, no constituye una injusticia, no puede constituirla, por no ser la vida misma en su esencia, en sus funciones primordiales, más que destrucción, explotación, reducción a la nada. El derecho no podrá constituir jamás otra cosa que un estado de excepción, es decir, una restricción impuesta al instinto esencialmente vital, cuyo fin es el poder. [...] El gozo que inspira a Nietzsche la lucha en tanto que lucha, completamente opuesto a la manera de ver inspirada por el humanitarismo moderno, es muy característico. Para él, la magnitud de un progreso se mide por la importancia de los sacrificios que exige. Una higiene que mantiene vivos a millones de seres débiles e inútiles, que hubieran debido morir, no es un progreso verdadero. Un tranquilo bienestar medio asegurado a un número lo mayor posible de criaturas miserables, que en nuestros días se llaman seres humanos, tampoco representa un progreso grande y verdadero" (Georges Brandes, Nietzsche: un ensayo sobre el radicalismo aristocrático, pp. 48-9). El darwinismo social se infiltra en el mismísimo interior de la ontología nietzscheana.
[9] La expresión fue acuñada por Abraham a Sancta Clara, monje austríaco del siglo XVII, recordado principalmente por su profundo antisemitismo. Fue uno de los principales referentes del pensamiento del Heidegger católico.