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jueves, 23 de abril de 2020

Martin Heidegger, el rey que se pasea desnudo


Estos dos hombres, Hitler y Mussolini, que han, cada uno en maneras esencialmente diferentes, introducido un contramovimiento al nihilismo, han aprendido ambos de Nietzsche.
Martin Heidegger, “Conferencias sobre Schelling” (1936), citado por Otto Pöggeler en “Den Führer führen?” 

De todos los acólitos que ha tenido Nietzsche, el más famoso y prestigioso, sin duda ninguna, ha sido Martin Heidegger. Pero además de ser el más famoso y prestigioso — prácticamente todas las listas de los pensadores más importantes del siglo XX comienzan con su nombre[1]—, ha sido también el que mejor lo ha interpretado. En efecto, de entre todos los pensadores de renombre que quedaron deslumbrados e hipnotizados por la prosa de Nietzsche, solo Heidegger entendió su mensaje (también Baeumler, pero este ya no es un pensador de renombre), el mensaje profundo y certero de su voluntad de poder, y no intentó desviarlo y descafeinarlo tal como lo hicieron los franceses. Tan bien entendió Heidegger a Nietzsche, tan consecuente fue con su idea madre, que no le quedó más remedio que afiliarse al partido nacionalsocialista y militar, primero como rector de la Universidad de Friburgo, luego como simple profesor, en favor de aquel movimiento[2]. La filosofía de Heidegger es (entre otras cosas) un espejo deformado de la filosofía de Nietzsche[3]. Digo deformado por el estilo literario que adoptó Heidegger para exponerla, todo lo contrario del estilo nietzscheano, transparente a más no poder y estéticamente brillante. La jerga de Heidegger confunde, y él mismo se encargó de aclarar que su filosofía era, como todo poema, intraducible, de modo que quien no supiese hablar alemán jamás podría comprenderla. Según él, se puede escribir sobre filosofía en cualquier idioma, pero “pensar”, solo se puede pensar en alemán y en griego. Pero me estoy desviando; decía que a Heidegger jamás se le pasó por la cabeza disfrazar a Nietzsche y edulcorarlo para que los buenos burgueses no se asustasen de las consecuencias que implicaría poner en práctica sus doctrinas. Él también entendió con Nietzsche que la voluntad de poder es voluntad de dominio (en su última etapa la emparentará con el dominio técnico), que el hombre libre es un guerrero que debe apoderarse de lo que considera sus tierras a como dé lugar, pisoteando las cabezas de los débiles y de los cobardes (en el caso de Heidegger, de los judíos) sin prestar oídos a los llamados de la ética o a los decadentes sentimentalismos. Y tuvo la suerte que no tuvo Nietzsche: se encontró, cuando abandonó sus pretensiones sacerdotales y se decidió a filosofar de manera laica, con un movimiento político en auge que se acomodaba casi perfectamente a sus ideas ontológicas fundamentales. Nietzsche, en su delirio final, quiso crear por propia cuenta este movimiento político y liderarlo espiritualmente; Heidegger nació a la filosofía con este movimiento ya creado y con un líder político bien definido, motivo por el cual se le presentó una única preocupación: ganarse la confianza del Führer para que este lo aureolara como el principal filósofo del Tercer Reich. Fracasó en su intento, porque el nacionalsocialismo eligió, en su evolución, un camino distinto al que Heidegger le proponía, pero esta discrepancia en los modos no lo apartó del movimiento en su conjunto y de la idea de que Hitler era el esperado mesías que barrería de un plumazo tanto al comunismo como al capitalismo tecnocráticos que tenían a la Europa espiritual atenazada por los costados[4]. Le fue fiel al nazismo hasta su misma muerte --y no me refiero a la muerte del nazismo--.
Y así como sucede con Nietzsche, que sus discípulos le perdonan todo, o intentan esconder lo que no le perdonan, los discípulos de Heidegger que no simpatizan con los movimientos fascistas tienden a decir que Heidegger cometió un “error” al afiliarse al NSDAP y aceptar el rectorado de la Universidad de Friburgo en 1933, pero que el error fue subsanado al año siguiente al renunciar a dicho rectorado, renegando, con este acto, de la ideología nazi. (Sin embargo, continuó pagando religiosamente su cuota de afiliación hasta el fin de la guerra.) Eso es lo que piensan, o lo que dicen que piensan, los que todavía lo defienden como persona; también están aquellos heideggerianos que afirman que no interesa si Heidegger fue nazi toda su vida o si renegó del nazismo, que lo que importa es su filosofía y no su comportamiento. Según estos últimos, la filosofía de Heidegger es independiente de su pensamiento político y de su militancia, de manera que es posible aborrecer a Heidegger como persona y declarar genial su pensamiento. Sobre estos últimos comentadores no puedo caer con rigurosidad, siendo como soy un pensador que por lo general no se atiene a sus propios presupuestos; pero si se lograse probar que la propia filosofía de Heidegger está imbricada de tal modo con el nazismo que no es posible, desde sus propias concepciones metafísicas, separarla de él, entonces el propio comportamiento de Heidegger quedaría de lado y se desplomaría su filosofía, tal como se desplomaría la filosofía de Nietzsche si es que alguna vez se acierta a demostrar que preanuncia o anticipa al nazismo, por más que Nietzsche no haya militado en ningún partido político y su conducta civil haya sido, por lo que sabemos, irreprochable. Que Heidegger haya sido nazi no es lo interesante: lo interesante es que este dato les ha servido a muchos investigadores para comenzar a sospechar una “contaminación” totalitaria en la estructura interna y principal de su filosofía.
Luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, Martin Heidegger fue destituido de su cátedra y se le prohibió enseñar y participar de cualquier actividad universitaria[5]. En 1951 esta prohibición se revocó, pero mientras tanto sus libros continuaron circulando, ya que su jerga enmarañada —tal vez por propia virtud de ese enmarañamiento— no fue relacionada, por ninguno de los encargados del revisionismo de su legado, con las atrocidades cometidas por el nazismo. Pero sucedió que en 1953 tuvo Heidegger la osadía de publicar su curso de Introducción a la metafísica, dictado en 1935, sin revisarlo y sin comentarlo, y el libro que lo contenía cayó en manos de Karl Otto Apel, quien se lo mostró a su gran amigo y compañero de estudios, Jürgen Habermas, recomendándole que prestase atención a ciertos pasajes. Habermas, que hasta entonces había tenido a Heidegger como su “maestro determinante”, sintió que el piso se le movía:

Estaba yo por entonces tan seducido por Ser y Tiempo que la lectura de ese curso impregnado de fascismo hasta en sus detalles estilísticos constituyó para mí un shock. [...] Lo que más me chocó fue la circunstancia de que en 1953 Heidegger publicara un curso de 1935 sin añadir comentario alguno y sin introducir (así lo suponía yo) ningún cambio. Tampoco el prólogo contenía ninguna palabra sobre lo que mientras tanto había pasado (Identidades nacionales y postnacionales, p. 51).

Era Habermas, ya en aquel entonces, un pensador “de izquierdas”, pero suponía que sus dos grandes pasiones, la política y la filosofía, permanecerían por siempre separadas… hasta que recibió aquella Introducción a la metafísica y le echó un vistazo.

Yo había leído Ser y tiempo con los ojos de Kierkegaard. La ontología fundamental contenía una ética que, como me parecía, apelaba a la conciencia individual, a la veracidad existencial del individuo. Ahora publicaba este mismo Heidegger las lecciones no revisadas y no comentadas pronunciadas en el año 1935. El vocabulario de estas lecciones reflejaba la fetichización del espíritu popular [...] y el colectivismo del festivo decir «nosotros». De manera inopinada la existencia del pueblo (Dasein des Volkes) ocupaba el lugar de la existencia (Dasein) individual (Entre naturalismo y religión, p. 27).

Lo que más le molestaba de aquel escrito de Heidegger

eran sobre todo cuatro cosas: la fatal conexión del llamamiento heroico a la «violencia creadora» con un culto del sacrificio: el «sí más profundo y amplio a la aniquilación». Acto seguido me irritaban los prejuicios platónicos del mandarín alemán, que devaluaba la «inteligencia» frente al «espíritu», el análisis frente al pensar auténtico y que quería reservar la verdad esotérica «a los pocos». Me molestaban también los afectos anticristianos y antioccidentales que se dirigían contra el universalismo igualitarista de la Ilustración. Pero para mí el verdadero escándalo lo provocaba la negación de la responsabilidad político-moral del filósofo nacionalsocialista por las consecuencias de una criminalidad de masas sobre la que por entonces, ocho años después del final de la guerra, apenas aún nadie hablaba. En la controversia seguida se perdió completamente de vista la interpretación con la que Heidegger estilizaba el fascismo como un «destino del Ser» eximente en lo personal. Como es conocido, él despachó su grave error político como mero reflejo de un «desvarío» no imputable personalmente (op. cit, p. 27).

En los años siguientes —continúa Habermas—

identifiqué claramente el afecto que unía a espíritus como Heidegger, Carl Schmitt, Ernst Jünger o Arnold Gehlen. En todos ellos se asociaba el desprecio por las masas y por lo mediocre con la celebración del individuo arrogante, de lo escogido y de lo extraordinario, por un lado, y con el rechazo de las habladurías, la esfera pública y de lo impropio, por otro. El silencio era ponderado frente al diálogo; la regularidad del mandato y la obediencia, frente a la igualdad y la autodeterminación. De este modo se definía el pensamiento neoconservador mediante la oposición rotunda de aquel impulso democrático básico que nos estimulaba desde 1945.

El libro de Heidegger motivó el primer escrito público de Habermas, un pequeño artículo que fue publicado en un periódico de Fráncfort en julio de 1953. En él despacha su amargura por haber descubierto la cara demoniaca del admirado maestro:

Lo genial se mueve siempre entre dos luces, y tal vez tenga razón Hegel cuando dice que a los individuos de importancia histórica universal no se los puede medir con criterios morales. Pero cuando esa ambigüedad del genio proporciona e incluso nutre una interpretación de lo genial que tiene como consecuencia la destrucción política, también entra en su derecho la crítica en su papel de vigilante público (Jürgen Habermas, “Pensar con Heidegger contra Heidegger”, artículo incluido en Perfiles filosófico-políticos, cap. 2).

Acto seguido califica a Ser y tiempo como el acontecimiento filosóficamente más importante desde la Fenomenología Hegel, y justamente por eso no comprende

cómo un pensador de este rango pudo caer en tan manifiesto primitivismo como es el que revela, cuando se lo mira sin prejuicios, el compulsivo nerviosismo de esa llamada a la autoafirmación de la Universidad alemana.

Suponía Habermas que la ontología de Heidegger no se mezclaba con los entes, con las cosas mundanas, pero no resultó así:

Heidegger pone [...] expresamente a la pregunta de todas las preguntas, es decir, la pregunta por el Ser, en conexión con el movimiento histórico de aquellos días. [...] Entendamos bien: en la situación política de 1935, en la que se perfila el doble frente de Alemania contra el Este contra el Oeste, Heidegger ve el reflejo de un momento en la historia del Ser, que se ha venido gestando durante dos milenios y que confía al pueblo alemán una misión histórica universal.

Y en esta historia “metafísica” del Ser, lo que predomina, tal como predominaba en Nietzsche, es la aristocracia de los fuertes:

Es la fuerza la que eleva al individuo aristocrático sobre la vulgaridad de los muchos. El individuo superior elige la gloria, queda ennoblecido por el rango y por la dominación que pertenecen al Ser mismo, mientras que los muchos, que según un fragmento de Heráclito, al que se cita con aplauso, andan ahítos como el ganado, esos muchos son los perros y los asnos. Lo superior es lo fuerte, por eso el Ser se sustrae a todo aquel que está atento al compromiso, a la distensión, a la igualación: “La verdad no es para todo el mundo, sino solamente para los fuertes”. [...] Es el pusilánime el que pone sus miras en el acuerdo, en el compromiso, en la asistencia mutua, y por tanto, solo puede percibir la violencia como una perturbación de su vida. Por eso el violento no conoce la bondad y la indulgencia (en el sentido usual) y no se deja ni apaciguar ni sosegar por el éxito o el prestigio. [...] El violento es el individuo superior, el solitario inquietante, y finalmente el sin salida, que considera la no existencia como la victoria suprema sobre el Ser, que encuentra la plenitud de su existencia en la tragedia.

El papel que quiere protagonizar Heidegger, a través de estas lecciones (que fueron impartidas, recuérdese, en 1935), es el de Juan el Bautista:

No es difícil darse cuenta de que Heidegger, a partir de las vivencias de [...] Nietzsche, [...] pone en liza al fuerte y al elegido contra el burgués; al pensamiento originario contra el common sense y el arrojo hasta la muerte que lo extraordinario puede exigir, contra lo habitual y carente de riesgo, ensalzando lo uno y condenando lo otro. Y ni que decir tiene que un hombre así, en las condiciones del siglo XX, tenía que hacer el efecto de un animador ideológico, y en las exaltadas condiciones de 1935, tenía que aparecer como un profeta.

Extraño Juan Bautista es este, pero más extraño será el mesías que viene anunciando.
Tan ligada está la ontología de Heidegger con los burdos acontecimientos de este mundo que la modifica de acuerdo con los vientos que soplan:

Hoy se nos habla de custodia, de pensante rememoración, de vigilancia, de gracia, de amor, y de escucha, donde en 1935 se nos exigía violencia, mientras que ocho años antes [en Ser y tiempo] Heidegger alababa la decisión cuasirreligiosa por la existencia privada, replegada sobre sí misma, con autonomía finita en medio de la nada en un mundo sin dioses. El llamamiento ha cambiado de coloración por lo menos dos veces de acuerdo con la situación política. [...] El curso de 1935 desenmascara sin piedad la coloración fascista de aquella época. Pero esa coloración no solamente se debe a motivos externos, sino que resulta también del contexto de la cosa misma.

Cuidado con esto último, porque aquí ya se está sospechando que en la totalidad de la filosofía de Heidegger el fascismo juega un rol fundamental, que es inherente a ella. Sería entonces una filosofía mucho más lógica… y mucho más terrible.
A continuación, Habermas le echa en cara a Heidegger el hecho de ocultar la raíz religiosa de su doctrina:

… No parece dispuesto a admitir ya su procedencia teológica, a admitir que la existencia histórica de que habla Ser y tiempo circunscribe un ámbito de experiencias específicamente cristianas que a través de Kierkegaard se remontan a San Agustín.

Por último, finaliza su artículo Habermas reconociendo que ya Heidegger no es su amigo intelectual, sino su enemigo político:

¿No es la principal tarea de los que se dedican al oficio del pensamiento la de arrojar luz sobre los crímenes que se cometieron en el pasado y mantener despierta la conciencia de ellos? En lugar de eso, la gran masa de la población, con los responsables de entonces y de ahora a la cabeza, solo quieren oír hablar de rehabilitación; en lugar de eso, Heidegger publica sus palabras sobre la grandeza e íntima verdad del nacionalsocialismo, unas palabras que han cumplido los dieciocho años, pero que están ya demasiado decrépitas y que seguro que no serán las de aquellos cuyo juicio aún nos aguarda. Parece que ha llegado el momento de pensar con Heidegger contra Heidegger.

Las palabras de Habermas, pese a ser un David que luchaba contra un Goliat, causaron revuelo en Alemania, por lo que el propio Heidegger se vio en la necesidad de responderle con una carta al director del periódico Die Zeit publicada el 24 de setiembre de 1953:

Hubiera sido muy fácil borrar para la imprenta esa frase que usted saca ["la íntima verdad y grandeza del movimiento"] junto con todas las demás que cita. Pero no lo he hecho, ni tampoco lo haré en el futuro. Pues, por un lado, esas frases pertenecen históricamente al curso y, por otro, estoy convencido de que el curso puede soportar muy bien la mencionada frase cuando se trate de un lector que haya aprendido la artesanía del pensamiento (Martin Heidegger, citado por Habermas en Identidades nacionales y postnacionales, p. 54).

La artesanía del pensamiento. Más bien diría yo el retorcimiento del pensamiento. Pues eso es lo que hacen los heideggerianos con el pensamiento de Heidegger: lo retuercen tanto como pueden, lo descoyuntan al máximo y después lo reagrupan, pero a su manera, para borrar con esta maniobra lo que Heidegger realmente pensaba y no quieren que se sepa. Trabajo digno del más delicado artista, que con el dúctil material que la estrafalaria prosa de Heidegger proporciona dibuja cualquier cosa, moldea cualquier vasija, total mucho nunca se entiende, que para entender están los pocos, ellos; y que los muchos —la canalla, los pensadores racionalistas, los tecnófilos, los que oyen pero no escuchan— se queden por siempre sin comprender y malinterpreten la obra genial como un simple llamado al exterminio. El Heidegger esotérico nos estará por siempre vedado a nosotros los ilustrados, a los que inteligimos pero no “pensamos”, porque no somos artesanos del pensamiento…
Pero el universo filosófico, poco a poco, ya se va dando cuenta de que el rey de la fábula va desnudo.


[1] Solo las listas—aclarémoslo— redactadas por publicaciones filosóficas o por universidades latinas. Es curioso que los latinos, y solo los latinos, tengan a Heidegger como el rey de la filosofía, siendo que el propio Heidegger se encargó de desprestigiar una y otra vez a las lenguas latinas (y al latín propiamente) aduciendo que es imposible "pensar" valiéndose de los idiomas derivados de esa raíz.
[2] “Fue Heidegger quien sostuvo, en su curso sobre Schelling de 1936, que el nazismo era el intento más radical de superar el nihilismo siguiendo el ejemplo de Nietzsche” (Donatella di Cesare, Heidegger y los judíos, p. 85). Sin embargo, el propio Heidegger desmiente esta apreciación: "En verdad no se debe asociar a Nietzsche con el nacionalsocialismo; eso lo impide —aparte de lo fundamental— la posición de Nietzsche contra el antisemitismo y su actitud positiva con respecto a Rusia" (Gesamtausgabe (GA) 16, p. 402, citado por Luis Santiesteban en "Heidegger y Vattimo: intérpretes de Nietzsche", en línea). Es importante recalcar que este comentario de Heidegger figura en una carta suya del 4 de noviembre de 1945. Si quería continuar reivindicando a Nietzsche, forzosamente tenía Heidegger que separarlo del nazismo para evitar la sospecha de que aún seguía comulgando ideológicamente con ese movimiento.
[3] (Nota añadida el 2/6/20.) No voy a negar que, como dicen Sergio Véliz y Antonio Micó, "el maridaje de Heidegger con Nietzsche hacia aguas por demasiados puntos" ("Nietzsche desenmascara a Heidegger", en línea) y que la opinión que tenía Heidegger de Nietzsche había variado constantemente con el correr de los años; pero así todo creo entrever que las dos cuestiones fundamentales de la filosofía nietzscheana, la relatividad de los valores y la voluntad de poder utilizada como pretexto para el sojuzgamiento de los que no pertenecen a mi grupo, las asimila Heidegger con bastante apetito y las metaboliza tal cual son, sin criticarlas demasiado y erigiéndolas, siempre que las circunstancias políticas se lo permitieron, en consignas propias.
[4] Cf. Martin Heidegger, Introducción a la metafísica, p. 42.
[5] Se formó una Comisión de depuración para evaluar el grado de colaboración que había tenido cada uno de los profesores de la Universidad de Friburgo con el régimen nazi. Esta comisión, siguiendo las recomendaciones de Karl Jaspers, aconsejó que se lo apartara de la enseñanza durante varios años. "Cuando terminó la guerra —comenta Luis Tamayo— comenzó la revancha de los sometidos. La comunidad de Friburgo no reconocía en Heidegger sino al rector pronazi de 1933 y, por tal razón, se le requisó su casa de Friburgo (9 de julio de 1945). Cuando se intentó hacer lo mismo con su biblioteca, Heidegger estalló y exigió al alcalde, el 16 de julio de 1945, un juicio justo. A consecuencia de tal petición, Heidegger se presentó, a partir del 23 de julio de 1945, ante una Comisión de depuración (responsable de enjuiciar a los criminales nazis). [...] En su dictamen, Jaspers no solo dijo todo lo que sabía sino que afirmó, incluso, lo que apenas presumía. Sostuvo, basándose en documentos poco fiables, que Heidegger, cuando era rector, había utilizado su posición para dañar a miembros de su comunidad académica (E. Baumgarten y H. Staudinger) […]. El fallo no se dejó esperar: el Senado universitario dio el veredicto que luego el gobierno de ocupación francés recrudecería: Heidegger ya no poseía el derecho de enseñar en las Universidades alemanas, asimismo se le redujo la pensión (desde 1946) y luego se le anuló (a partir de 1947), aunque en el mismo mayo de 1947 se le renovó. Parecía que Heidegger había mentido por omisión a la Comisión de depuración, y el peritaje de Jaspers lo obligó a sostener la verdad" ("El colapso de Heidegger, 1945-1946", en línea). La intervención de Jaspers en el entuerto la había propuesto el propio Heidegger suponiendo que su testimonio le sería favorable. He aquí sus palabras textuales: “Heidegger es una potencia significante, no a través del contenido de su visión filosófica del mundo, sino por la manipulación de herramientas especulativas. Posee una aptitud filosófica cuyas percepciones son interesantes; aunque en mi opinión, es extraordi- nariamente acrítico y se mantiene en eliminar la ciencia verdadera [der eigentlichen Wissen- schaftfern steht]. A menudo procede como si combinara la seriedad del nihilismo con la mistagógica de un mago. En la corriente de su lenguaje es en ocasiones capaz, de una manera clandestina y notable, de atacar el núcleo del pensamiento filosófico. En este respecto es, hasta donde yo veo, quizá único entre los filósofos contemporáneos alemanes. Es absolutamente necesario que aquellos que ayudaron a colocar al nacionalsocialismo en su trono deban ser llamados a rendir cuentas. Heidegger se encuentra entre los pocos profesores en haber hecho eso [...]. En nuestra situación [después de la guerra], la educación de la juventud debe ser manejada con inmensa responsabilidad […]. El modo de pensar de Heidegger que en esencia me parece ser sin libertad, dictatorial, e incapaz de comunicación [communikationslos], sería actualmente desastroso por sus efectos pedagógicos [...]. Ciertamente que Heidegger no vio todo el verdadero poder y los objetivos de los líderes nacionalsocialistas [...]. Pero su manera de hablar y sus acciones tienen cierta afinidad con características nacionalsocialistas, lo cual hace su error comprensible” (Karl Jaspers, citado por Hugo Ott en Martín Heidegger: en camino hacia su biografía, pp. 316-7).


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