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jueves, 5 de febrero de 2026

Adam Smith y el terremoto chino

 

Adam Smith nos revela un hecho de la psicología ética que todos hemos constatado y que nos produce desazón al sabernos tan indiferentes para con el destino de los otros:

 

Supongamos que el enorme imperio de la China, con sus miríadas de habitantes, súbitamente es devorado por un terremoto, y analicemos cómo sería afectado por la noticia de esta terrible catástrofe un hombre humanitario de Europa, sin vínculo alguno con esa parte del mundo. Creo que ante todo expresaría una honda pena por la tragedia de ese pueblo infeliz, haría numerosas reflexiones melancólicas sobre la precariedad de la vida humana y la vanidad de todas las labores del hombre, cuando puede ser así aniquilado en un instante. Si fuera una persona analítica, quizá también entraría en muchas disquisiciones acerca de los efectos que el desastre podría provocar en el comercio europeo y en la actividad económica del mundo en general. Una vez concluida esta hermosa filosofía, una vez manifestados honestamente esos filantrópicos sentimientos, continuaría con su trabajo o su recreo, su reposo o su diversión, con el mismo sosiego y tranquilidad como si ningún accidente hubiese ocurrido. El contratiempo más frívolo que pudiese sobrevenirle daría lugar a una perturbación mucho más auténtica (La teoría de los sentimientos morales, p. 259). [Madrid: Alianza, 1997]

 

Esto puede mover nuestra indignación hacia nosotros mismos, pero ni esta indignación le quita a este hecho su realidad. Recuerdo que cuando tiraron las Torres Gemelas en Nueva York y me enteré de que habían muerto alrededor de tres mil personas, sentí un frío en el corazón, pero a los pocos minutos seguía como si nada, conversando con mi padre de temas intrascendentes y haciendo lo mismo que hacía todos los días, sin interrumpir en absoluto mi rutina. La muerte de aquellas personas no me había hecho caer ni una sola lágrima. Todo esto habla muy mal del ser humano en sentido ético; pero atención, que no está todo perdido, porque Smith le agrega a este hecho indubitable de nuestra psicología un dilema ético, una hipótesis de trabajo, de la cual salimos muy bien parados. Supongamos ahora que podemos evitar esas muertes chinas — Smith le pone un número: cien millones de almas, niños, ancianos, todos sepultados bajo los escombros— con solo permitir que nos cortasen el dedo meñique. Está en nuestras manos decidir: o nos quedamos sin meñique, o mueren cien millones de personas. El padre del liberalismo moderno no tiene dudas de que nadie, en su sano juicio, optaría por permanecer con sus diez dedos intactos a ese precio.

 

¿Sería capaz un hombre benévolo de sacrificar las vidas de cien millones de sus hermanos, siempre que no los hubiese visto nunca? La naturaleza humana siente un escalofrío de terror ante la idea, y el mundo, en su mayor depravación y corrupción, jamás albergó a un villano tal que fuera capaz de sostenerla.

 

Smith es demasiado optimista; yo estoy convencido de que hay varios villanos en este mundo que preferirían la muerte de los chinos con tal de no perder un dedo. Pero lo cierto es que sí, que la gran mayoría de nosotros, me parece, optaríamos por cortarnos el meñique. Y entonces aparece la pregunta: ¿Por qué nos resultaba tan indiferente la muerte de los chinos cuando no podíamos hacer nada para evitarla, pero nos resulta tan importante ahora que hasta estamos dispuestos a mutilarnos para que nadie perezca? Smith cree que nuestros “sentimientos pasivos”, como sería el que nos embarga al enterarnos del terremoto en China, son casi siempre sórdidos y egoístas, sin tener el poder de desviar nuestro camino ni nuestros estados de ánimo. En cambio, disponemos de “principios activos” que con frecuencia resultan ser nobles y desinteresados. Son estos principios activos los que mueven la conducta ética en sentido positivo, en contra de los sentimientos pasivos a los que nada que no sea el propio bienestar les incumbe. “¿Qué es lo que impele a los generosos siempre y a los mezquinos muchas veces a sacrificar sus propios intereses a los intereses más importantes de otros?”, se pregunta, y responde que no nos sacrificamos por una idea abstracta como el humanitarismo, ni tampoco sucede que “el tenue destello de la benevolencia que la naturaleza ha encendido en el corazón humano” pueda ser capaz de contrarrestar los impulsos más poderosos del amor propio. Lo que se manifiesta en tales ocasiones, asegura, “es un poder más fuerte, una motivación más enérgica. Es la razón, el principio, la conciencia, el habitante del pecho, el hombre interior, el ilustre juez y árbitro de nuestra conducta”. En consonancia con la ética kantiana —en realidad, Smith se adelantó a Kant unos cuantos años—, se pone aquí el acento en el poder de la razón a la hora del comportamiento altruista. Y yo vuelvo a decir, ya por quincuagésima vez, que es justamente la razón la que no interviene aquí, porque si interviniera, el principal y único beneficiario sería el amor propio, el propio bienestar. Cuando actuamos racionalmente, actuamos egoístamente; esta regla no se quiebra nunca. En los casos en que relegamos nuestros propios intereses a expensas de los intereses más importantes de otras personas, lo que nos mueve a comportarnos de ese modo no es la razón, sino los valores que moran en nuestro interior, que pueden, sí, plasmarse mediante decisiones que implican cierta racionalidad, pero no es la racionalidad la que ordena el fin de la acción. Si no poseemos valores, difícilmente tengamos el “valor” de amputarnos un dedo, por mucho que la razón nos lo aconseje. Sin “el tenue destello de la benevolencia”, nos quedaríamos de brazos cruzados ante la catástrofe, no sin antes hacerles el gesto de fuck you a los chinos, pero con el dedo cambiado.