Adam Smith nos revela
un hecho de la psicología ética que todos hemos constatado y que nos produce desazón
al sabernos tan indiferentes para con el destino de los otros:
Supongamos que el enorme imperio de la
China, con sus miríadas de habitantes, súbitamente es devorado por un
terremoto, y analicemos cómo sería afectado por la noticia de esta terrible
catástrofe un hombre humanitario de Europa, sin vínculo alguno con esa parte
del mundo. Creo que ante todo expresaría una honda pena por la tragedia de ese
pueblo infeliz, haría numerosas reflexiones melancólicas sobre la precariedad
de la vida humana y la vanidad de todas las labores del hombre, cuando puede
ser así aniquilado en un instante. Si fuera una persona analítica, quizá
también entraría en muchas disquisiciones acerca de los efectos que el desastre
podría provocar en el comercio europeo y en la actividad económica del mundo en
general. Una vez concluida esta hermosa filosofía, una vez manifestados
honestamente esos filantrópicos sentimientos, continuaría con su trabajo o su
recreo, su reposo o su diversión, con el mismo sosiego y tranquilidad como si
ningún accidente hubiese ocurrido. El contratiempo más frívolo que pudiese sobrevenirle daría lugar a una
perturbación mucho más auténtica (La
teoría de los sentimientos morales, p. 259). [Madrid: Alianza, 1997]
Esto puede mover nuestra indignación hacia nosotros mismos, pero ni
esta indignación le quita a este hecho su realidad. Recuerdo que cuando tiraron
las Torres Gemelas en Nueva York y me enteré de que habían muerto alrededor de
tres mil personas, sentí un frío en el corazón, pero a los pocos minutos seguía
como si nada, conversando con mi padre de temas intrascendentes y haciendo lo
mismo que hacía todos los días, sin interrumpir en absoluto mi rutina. La
muerte de aquellas personas no me había hecho caer ni una sola lágrima. Todo
esto habla muy mal del ser humano en sentido ético; pero atención, que no está
todo perdido, porque Smith le agrega a este hecho indubitable de nuestra
psicología un dilema ético, una hipótesis de trabajo, de la cual salimos muy
bien parados. Supongamos ahora que podemos evitar esas muertes chinas — Smith le
pone un número: cien millones de almas, niños, ancianos, todos sepultados bajo
los escombros— con solo permitir que nos cortasen el dedo meñique. Está en
nuestras manos decidir: o nos quedamos sin meñique, o mueren cien millones de
personas. El padre del liberalismo moderno no tiene dudas de que nadie, en su
sano juicio, optaría por permanecer con sus diez dedos intactos a ese precio.
¿Sería capaz un hombre benévolo de sacrificar las vidas de cien
millones de sus hermanos, siempre que no los hubiese visto nunca? La naturaleza
humana siente un escalofrío de terror ante la idea, y el mundo, en su mayor depravación
y corrupción, jamás albergó a un villano tal que fuera capaz de sostenerla.
Smith es demasiado optimista; yo estoy convencido de que hay varios
villanos en este mundo que preferirían la muerte de los chinos con tal de no
perder un dedo. Pero lo cierto es que sí, que la gran mayoría de nosotros, me
parece, optaríamos por cortarnos el meñique. Y entonces aparece la pregunta: ¿Por
qué nos resultaba tan indiferente la muerte de los chinos cuando no podíamos
hacer nada para evitarla, pero nos resulta tan importante ahora que hasta
estamos dispuestos a mutilarnos para que nadie perezca? Smith cree que nuestros
“sentimientos pasivos”, como sería el que nos embarga al enterarnos del
terremoto en China, son casi siempre sórdidos y egoístas, sin tener el poder de
desviar nuestro camino ni nuestros estados de ánimo. En cambio, disponemos de “principios
activos” que con frecuencia resultan ser nobles y desinteresados. Son estos
principios activos los que mueven la conducta ética en sentido positivo, en
contra de los sentimientos pasivos a los que nada que no sea el propio
bienestar les incumbe. “¿Qué es lo que impele a los generosos siempre y a los
mezquinos muchas veces a sacrificar sus propios intereses a los intereses más
importantes de otros?”, se pregunta, y responde que no nos sacrificamos por una
idea abstracta como el humanitarismo, ni tampoco sucede que “el tenue destello
de la benevolencia que la naturaleza ha encendido en el corazón humano” pueda
ser capaz de contrarrestar los impulsos más poderosos del amor propio. Lo que
se manifiesta en tales ocasiones, asegura, “es un poder más fuerte, una
motivación más enérgica. Es la razón, el principio, la conciencia, el habitante
del pecho, el hombre interior, el ilustre juez y árbitro de nuestra conducta”.
En consonancia con la ética kantiana —en realidad, Smith se adelantó a Kant unos
cuantos años—, se pone aquí el acento en el poder de la razón a la hora del
comportamiento altruista. Y yo vuelvo a decir, ya por quincuagésima vez, que es
justamente la razón la que no interviene aquí, porque si interviniera, el
principal y único beneficiario sería el amor propio, el propio bienestar. Cuando actuamos racionalmente, actuamos
egoístamente; esta regla no se quiebra nunca. En los casos en que relegamos
nuestros propios intereses a expensas de los intereses más importantes de otras
personas, lo que nos mueve a comportarnos de ese modo no es la razón, sino los
valores que moran en nuestro interior, que pueden, sí, plasmarse mediante
decisiones que implican cierta racionalidad, pero no es la racionalidad la que
ordena el fin de la acción. Si no poseemos valores, difícilmente tengamos el “valor”
de amputarnos un dedo, por mucho que la razón nos lo aconseje. Sin “el tenue
destello de la benevolencia”, nos quedaríamos de brazos cruzados ante la
catástrofe, no sin antes hacerles el gesto de fuck you a los chinos, pero con el dedo cambiado.