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jueves, 5 de febrero de 2026

Adam Smith y el terremoto chino

 

Adam Smith nos revela un hecho de la psicología ética que todos hemos constatado y que nos produce desazón al sabernos tan indiferentes para con el destino de los otros:

 

Supongamos que el enorme imperio de la China, con sus miríadas de habitantes, súbitamente es devorado por un terremoto, y analicemos cómo sería afectado por la noticia de esta terrible catástrofe un hombre humanitario de Europa, sin vínculo alguno con esa parte del mundo. Creo que ante todo expresaría una honda pena por la tragedia de ese pueblo infeliz, haría numerosas reflexiones melancólicas sobre la precariedad de la vida humana y la vanidad de todas las labores del hombre, cuando puede ser así aniquilado en un instante. Si fuera una persona analítica, quizá también entraría en muchas disquisiciones acerca de los efectos que el desastre podría provocar en el comercio europeo y en la actividad económica del mundo en general. Una vez concluida esta hermosa filosofía, una vez manifestados honestamente esos filantrópicos sentimientos, continuaría con su trabajo o su recreo, su reposo o su diversión, con el mismo sosiego y tranquilidad como si ningún accidente hubiese ocurrido. El contratiempo más frívolo que pudiese sobrevenirle daría lugar a una perturbación mucho más auténtica (La teoría de los sentimientos morales, p. 259). [Madrid: Alianza, 1997]

 

Esto puede mover nuestra indignación hacia nosotros mismos, pero ni esta indignación le quita a este hecho su realidad. Recuerdo que cuando tiraron las Torres Gemelas en Nueva York y me enteré de que habían muerto alrededor de tres mil personas, sentí un frío en el corazón, pero a los pocos minutos seguía como si nada, conversando con mi padre de temas intrascendentes y haciendo lo mismo que hacía todos los días, sin interrumpir en absoluto mi rutina. La muerte de aquellas personas no me había hecho caer ni una sola lágrima. Todo esto habla muy mal del ser humano en sentido ético; pero atención, que no está todo perdido, porque Smith le agrega a este hecho indubitable de nuestra psicología un dilema ético, una hipótesis de trabajo, de la cual salimos muy bien parados. Supongamos ahora que podemos evitar esas muertes chinas — Smith le pone un número: cien millones de almas, niños, ancianos, todos sepultados bajo los escombros— con solo permitir que nos cortasen el dedo meñique. Está en nuestras manos decidir: o nos quedamos sin meñique, o mueren cien millones de personas. El padre del liberalismo moderno no tiene dudas de que nadie, en su sano juicio, optaría por permanecer con sus diez dedos intactos a ese precio.

 

¿Sería capaz un hombre benévolo de sacrificar las vidas de cien millones de sus hermanos, siempre que no los hubiese visto nunca? La naturaleza humana siente un escalofrío de terror ante la idea, y el mundo, en su mayor depravación y corrupción, jamás albergó a un villano tal que fuera capaz de sostenerla.

 

Smith es demasiado optimista; yo estoy convencido de que hay varios villanos en este mundo que preferirían la muerte de los chinos con tal de no perder un dedo. Pero lo cierto es que sí, que la gran mayoría de nosotros, me parece, optaríamos por cortarnos el meñique. Y entonces aparece la pregunta: ¿Por qué nos resultaba tan indiferente la muerte de los chinos cuando no podíamos hacer nada para evitarla, pero nos resulta tan importante ahora que hasta estamos dispuestos a mutilarnos para que nadie perezca? Smith cree que nuestros “sentimientos pasivos”, como sería el que nos embarga al enterarnos del terremoto en China, son casi siempre sórdidos y egoístas, sin tener el poder de desviar nuestro camino ni nuestros estados de ánimo. En cambio, disponemos de “principios activos” que con frecuencia resultan ser nobles y desinteresados. Son estos principios activos los que mueven la conducta ética en sentido positivo, en contra de los sentimientos pasivos a los que nada que no sea el propio bienestar les incumbe. “¿Qué es lo que impele a los generosos siempre y a los mezquinos muchas veces a sacrificar sus propios intereses a los intereses más importantes de otros?”, se pregunta, y responde que no nos sacrificamos por una idea abstracta como el humanitarismo, ni tampoco sucede que “el tenue destello de la benevolencia que la naturaleza ha encendido en el corazón humano” pueda ser capaz de contrarrestar los impulsos más poderosos del amor propio. Lo que se manifiesta en tales ocasiones, asegura, “es un poder más fuerte, una motivación más enérgica. Es la razón, el principio, la conciencia, el habitante del pecho, el hombre interior, el ilustre juez y árbitro de nuestra conducta”. En consonancia con la ética kantiana —en realidad, Smith se adelantó a Kant unos cuantos años—, se pone aquí el acento en el poder de la razón a la hora del comportamiento altruista. Y yo vuelvo a decir, ya por quincuagésima vez, que es justamente la razón la que no interviene aquí, porque si interviniera, el principal y único beneficiario sería el amor propio, el propio bienestar. Cuando actuamos racionalmente, actuamos egoístamente; esta regla no se quiebra nunca. En los casos en que relegamos nuestros propios intereses a expensas de los intereses más importantes de otras personas, lo que nos mueve a comportarnos de ese modo no es la razón, sino los valores que moran en nuestro interior, que pueden, sí, plasmarse mediante decisiones que implican cierta racionalidad, pero no es la racionalidad la que ordena el fin de la acción. Si no poseemos valores, difícilmente tengamos el “valor” de amputarnos un dedo, por mucho que la razón nos lo aconseje. Sin “el tenue destello de la benevolencia”, nos quedaríamos de brazos cruzados ante la catástrofe, no sin antes hacerles el gesto de fuck you a los chinos, pero con el dedo cambiado.

domingo, 23 de febrero de 2020

Una incursión de Albert Einstein en la teoría ética


La postura determinista es pesada, en el sentido de que quien la defiende tiene que defender con ella ideas no muy simpáticas al grueso de la gente. Por eso muchos comienzan enarbolando decididamente esta bandera y luego reculan cuando caen en la cuenta de que no pueden justificar con ella el castigo a los criminales. Hemos visto ayer el caso de Schopenhauer, veamos ahora lo que dijo Alberto Einstein a este respecto:

No creo en absoluto en la libertad del hombre en un sentido filosófico. Actuamos bajo presiones externas y por necesidades internas. (Mi visión del mundo, p. 15).

El determinismo genético se une al congénito y al cultural y se fabrica una telaraña causal que no tiene fisuras. Este punto de vista determina también su postura frente a la religión:

Un Dios que premia y castiga es inconcebible [...] por la simple razón de que las acciones de los hombres están determinadas por la necesidad, externa o interna, de tal modo que a los ojos de Dios no puede ser responsable, al igual que un objeto inanimado no puede ser responsable por el movimiento que lleva a cabo (Mis ideas y opiniones, p. 50).

También es indispensable el determinismo para la ciencia: “El científico está imbuido del sentimiento de la causalidad universal. Para él, el futuro es algo tan inevitable y determinado como el pasado” (ibíd., p. 51). Y cuando se puso de moda la hipótesis del indeterminismo cuántico, Einstein destacó que si tuviese que abandonar su convicción acerca de la estricta causalidad que rige todos los sucesos, "preferiría ser zapatero, incluso ser empleado en un garito, antes que ser físico" (carta de Einstein al matrimonio Born, 29 abril de 1924, citado en Albert Einstein, Max y Hedwig Born, Correspondencia, p. 108). En un mundo así, los elogios y los vituperios carecen de sentido: “Es una ironía del destino el que yo mismo haya sido objeto de excesiva admiración y reverencia por parte de mis semejantes, sin culpa ni mérito míos” (Mis ideas y opiniones, p. 21). Pero llegó el turno de enjuiciar a los nazis por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial, lo que los presuponía responsables de aquellos crímenes, y aquí la cosa se le puso difícil al estricto determinista: “La presión externa puede, en cierta medida, reducir la responsabilidad del individuo, pero eliminarla, nunca. En los Juicios de Núremberg se dio por supuesto este principio” (ibíd., p. 36). ¿Cómo? “Actuamos bajo presiones externas y por necesidades internas”, había dicho, pero ahora resulta que la presión externa no puede eliminar totalmente la responsabilidad. Una torpe retirada. Nadie es responsable a los ojos de Dios, había dicho, pero resulta que a los ojos de los hombres, responsables somos todos. Si pretendía coherencia, Einstein debería haber dicho que los jerarcas nazis no son responsables de sus acciones y no merecen ningún castigo, aunque tal vez convendría mantenerlos aislados por una mera cuestión de seguridad, para que no provoquen otros holocaustos. Pero no: los consideró responsables, y todo su determinismo, el científico y el no científico, se le fue a la lona.
Y hay más. Luego de esta inconsecuencia, el gran físico alemán intenta establecer una metaética y levanta unas extrañas banderas que preanuncian los principios de Apel y Habermas: “Todo lo moralmente importante de nuestras instituciones, leyes y costumbres, puede deducirse de la interpretación del sentido de la justicia de innumerables individuos” (ibíd., p. 37). Según Einstein, las leyes y costumbres morales lo son por un acuerdo de la mayoría, y como las instituciones que vigilan el cumplimiento del acuerdo no pueden funcionar si los miembros de la sociedad no se hacen responsables de cumplirlo, entonces somos responsables en cuanto nos comprometemos a obrar de acuerdo con lo acordado por la mayoría. De este modo, si los que creían en la ideología nazi hubiesen sido la mayoría, no habría ninguna base para considerar inético su comportamiento. “Sé que es empresa inútil discutir sobre juicios de valor fundamentales. Si alguien aprueba, por ejemplo, como objetivo, la erradicación del género humano de la Tierra, nadie puede refutar tal punto de vista sobre bases racionales” (ibíd., p. 41). Abandona ya completamente el tema de la responsabilidad moral e ingresa en otro terreno, más peligroso aún, y asegura que la razón no tiene voz ni voto en la ética. Dejo la crítica de este punto de vista a quien me abrió los ojos al respecto:

Para Einstein no hay base racional para sostener que es malo exterminar, no ya a una comunidad como la judía de los países dominados por los nazis, sino incluso toda la raza humana del planeta. Todo es un acuerdo y, una vez hecho, la razón muestra cuáles son los mejores medios para realizarlo. Para los nazis, el acuerdo era exterminar a los judíos. Y no hay base racional para discutirlo, según Einstein. La racionalidad entra a continuación y permite saber cuál es la manera más efectiva de hacerlo. Los juicios de Núremberg, según esa lógica, solo se justifican porque la mayoría no está de acuerdo con la ideología nazi (Jairo Roldán, “Einstein: Determinismo o libre albedrío”, artículo disponible en Internet).

No debe intervenir, en las normativas morales que dicta cada sociedad, la razón, la prudencia, el sopesamiento de los pro y los contra de las consecuencias de las acciones, sino la democracia, el voto de las mayorías. Así les fue a los alemanes, dejando de lado la racionalidad y apostando todo a la demagogia y al aluvión de las masas cautivadas por un psicópata que sabía manejarlas. No quiero que las normas morales de mi sociedad sean dictadas por una muchedumbre así.
Zapatero a tus zapatos: Einstein, ¡a tu física!, o como mucho a tu epistemología o a tu cosmología, pero a la ética no te le acerques.

martes, 4 de febrero de 2020

Ética natural y ética metafísica


La investigación de Frans de Waal relacionada con los primates en general y con el bonobo en particular lo lleva a emitir la siguiente conclusión:

El código moral no viene impuesto desde arriba ni se deriva de principios bien razonados, sino que surge de valores implantados que han estado ahí desde la noche de los tiempos. El más fundamental tiene que ver con el valor de supervivencia de la vida en grupo. El deseo de pertenencia, de buena convivencia, de amar y ser amado, nos lleva a hacer todo lo que está en nuestra mano para llevarnos bien con aquellos de los que dependemos (El bonobo y los diez mandamientos, p. 238).

Todos los valores de que constan los determinados códigos morales han sido implantados en el espíritu de cada uno de los integrantes de una determinada comunidad, y esos implantes pueden ser instintivos, como es el caso del que menciona de Waal, pero también existen reglas morales implantadas culturalmente, y finalmente otras, las mejores, que se nos implantan intuitivamente, metafísicamente. Este investigador quiere desmitificar la idea de que Dios ha bajado a la tierra para entregarnos la tabla de los diez mandamientos, y que nuestra obediencia a ellos depende de ese Dios descendido. En esto lo apoyo, pero no apoyo la idea de que la ética es total y absolutamente instintiva, ni tampoco instintivo-cultural. Lo mejor del comportamiento humano, las más altas y santas aventuras de aquellos que han venido al mundo para favorecer al prójimo, no pueden explicarse echando mano simplemente de los resortes instintivos o culturales. El bonobo tiene su ética, la cual me cae muy en gracia, pero jamás uno de estos primates realizaría una labor altruista de aquellas que cada tanto se dan en la historia de la humanidad, y no lo haría ciertamente porque no tendría los instrumentos que solo la razón y la cultura humanas son capaces de suministrar, pero aunque de algún modo los adquiriese, igualmente le faltaría la intuición del bien, el impulso bondadoso que no surge del instinto ni de la cultura sino de Dios, o si De Waal se asusta con esta palabra, del Universo, del Cosmos, de algún agujero que no existe ni en el espacio ni en el tiempo; una fuerza no mensurable, porque no es física, que nos impele a favorecer a nuestros amigos y a nuestros enemigos, aun a costa de nuestro propio bienestar. El instinto animalesco también es capaz de realizar proezas de este tipo, pero siempre a una escala menor, rudimentaria. Si habremos de depender solo del instinto y de los valores que nuestro entorno, culturalmente, nos impone, llegaremos, a lo más, a esa ética familiar descrita en la otra entrada, que es el ideal al que apunta De Waal, pero nunca podremos aspirar, con esas únicas herramientas, a crear un mundo en el que el amor supere al conflicto por goleada. Por muy colaboradores y compasivos que resulten estos monos, si nuestra ética es un reflejo potenciado de su ética y nada más que eso, el amor seguirá, como hasta el presente, siendo derrotado por el conflicto, o como mucho arañando un empate.

miércoles, 29 de enero de 2020

La ética familiar


Frans de Waal es partidario de la ética “familiar”: es nuestro deber anteponer los intereses de los parientes más cercanos a los intereses del resto de los ciudadanos. Esta ética, que es la ética que casi todos priorizamos, fue impugnada cierta vez en un debate por Peter Singer, pensador utilitario australiano famoso por su libro Liberación animal, que causó revuelo en el catolicismo y demás instituciones que ven a los animales como una simple rueda insensible del mecanismo que los humanos utilizamos para gratificarnos. Pues bien; según De Waal, Singer

lleva su utilitarismo al extremo de pensar que nuestra especie no merece un compromiso especial por encima de las otras. Así, el sufrimiento y la felicidad de personas y animales entran en una ecuación única que abarca diversos grados de sensibilidad, dignidad y capacidad de sufrir. Las matemáticas que se derivan son mareantes. ¿Equivale una persona a un millar de ratones? ¿Merece más un antropoide que un niño con síndrome de Down? (El bonobo y los diez mandamientos, p. 197).

Incluir a los animales dentro del espectro ético es algo tan viejo como el hinduismo, pero Singer, me parece, fue el primero que intentó sistematizar este compromiso. Lo del cálculo matemático me parece confuso; lo interesante es convencerse de que los animales tienen derechos, lo mismo que las personas en general, y que la Ética con mayúscula nos pide que no pisoteemos los derechos de los unos para favorecer los derechos de los otros. Pero de Waal no está de acuerdo, dice que hay que anteponer, siempre, el bienestar de nuestra familia al bienestar de los animales y al de nuestros conciudadanos, y el bienestar de nuestros conciudadanos al bienestar de los animales y al de nuestros no conciudadanos. Es una ética familiar y una ética patriótica, bien al uso de la tierra que lo cobija. Y cuando Singer, en aquel debate, intentó poner en un mismo escalón los derechos de nuestra familia y los de la gente corriente, sacó su contrincante un as de la manga:

Singer tuvo que admitir los inconvenientes de su propio enfoque cuando los medios publicaron que estaba pagando asistencia privada para cuidar a su madre, que se encontraba en un estado avanzado de la enfermedad de Alzheimer. Su réplica a la pregunta de por qué no canalizaba su dinero hacia gente más necesitada, lo que sería más coherente con sus propias ideas, fue la siguiente: “Puede que sea más difícil de lo que pensaba antes, porque es diferente cuando se trata de tu madre” (op. cit., p. 197).

La confusión del investigador holandés, al menos para mí, es evidente, porque aquí no estamos investigando la conducta personal de Singer sino una regla ética, si conviene o no conviene adoptarla. Singer la pregona pero no la adopta, ¿y qué? El juego no es criticar a Singer sino criticar su ética, y haciéndole pisar el palito con el tema de su madre no aclaramos nada en este sentido. La pregunta que hay que hacerse no es si metemos a nuestra madre con Alzheimer dentro de un programa de recuperación o contención costosísimo en lugar de destinar nuestro dinero hacia quienes más lo necesitan, porque evidentemente, llegados a esta encrucijada, la mayoría de nosotros priorizaremos a nuestra madre; la pregunta que hay que hacerse es la de por qué disponemos del dinero suficiente como para internar a nuestra madre en esa clínica, cuando la Ética universal nos ha recomendado desprendernos de todo nuestro capital y solo permanecer con los mínimos objetos indispensables. Singer rompió este compromiso, no se sacó de encima todos sus billetes, y entonces tuvo que transigir. Si hubiese donado todo su dinero desde un principio, la disyuntiva sobre qué hacer con su madre no se le habría presentado. Singer falló desde luego (¡es humano!), no estuvo a la altura de su ética, pero esto nada dice contra su ética misma, antes al contrario: es tan alta, tan encumbrada, tan divina, que nos resulta dificilísimo alcanzarla[1]. La ética de De Waal, en cambio, es de una implementación sencillísima, lo que ya de por sí la torna sospechosa; pero la piedra de toque para evaluarla son sus consecuencias: por causa de esa ética los holandeses y los norteamericanos están como están, y por causa de esa ética están como están los niños africanos.


[1] "Es muy extraño —dice Schopenhauer— exigir a un moralista que no exhorte a mas virtudes que las que él posee". Su tarea no es la de enseñar con el ejemplo, sino la de "reproducir de forma abstracta, general y clara toda la esencia del mundo, y depositarla como imagen reflejada en conceptos de la razón permanentes y siempre dispuestos: eso y no otra cosa es la filosofía" (El mundo como voluntad y representación, tomo I, § 68). De Waal le exigía a Singer que se comportara como un santo cuando solo tenía derecho a exigirle que se comportara como un teórico de la ética.

jueves, 20 de junio de 2019

¿La ética no se puede expresar?



Ludwig Wittgenstein, Conferencia sobre ética

“Es claro que la ética no se puede expresar”, dice Wittgenstein en su Tractatus (§ 6.421), y por eso no puede haber proposiciones éticas, porque “las proposiciones no pueden expresar nada más alto” (a las proposiciones mismas) (§ 6.42). Pero yo no creo que se refiera a todos los tipos de proposiciones éticas, sino solo a las que incluyen la palabra deber. Digo esto porque seguidamente aclara:

Cuando se asienta una ley ética de la forma «tú debes...», el primer pensamiento es: ¿y qué, si no lo hago? Pero está claro que la ética nada tiene que ver con el premio y el castigo en sentido ordinario. Esta pregunta por las consecuencias de una acción tiene que ser, pues, irrelevante (§ 6.422).

De modo que las proposiciones que no pueden existir en la ética son las del tipo “tú debes hacer tal cosa”, “tú no debes hacer tal cosa”. Otro tipo de proposiciones, como por ejemplo “tal señor es bueno”, estarían permitidas y tendrían sentido. Tal vez no resulte lingüísticamente expresable lo que significa la palabra bueno en una proposición así, pero por más que el predicado de la oración no esté claramente definido, la oración en su conjunto sí tiene sentido y puede ser verdadera o falsa. De lo que no se puede hablar es de la acción ética, la cual, cuando es realmente ética, es irracional (solo cabe mostrarla, y con solo percibirla, sin analizarla, descubrimos su eticidad). Pero de los motivos de esa acción, es decir, de los valores que la persona posee y que la obligaron a realizar la acción, de eso sí puede hablarse. De hecho, todo el tiempo estamos hablando de valores, y eso es hablar de ética.

domingo, 30 de septiembre de 2018

No mates ni destroces nada


Afirmaba Pessoa pertenecer a la Orden Templaria de Portugal, que parece que ya se había disuelto en los tiempos en que él vivió, pero eso poco le interesaba[1]. Enumeró incluso algunos mandamientos que la Orden les solicitaba sus discípulos, entre los que destaco el siguiente: “No mates ni destroces nada, porque como no sabes lo que es la vida, excepto que es un misterio, no sabes lo que haces matando o destrozando, ni qué fuerzas desencadenas sobre ti mismo si matas o destrozas” (AP 189). Yo trato de no matar ni destrozar ni siquiera a los insectos no porque tema que alguna fuerza terrible se desencadene sobre mí como consecuencia de estas matanzas, sino porque siento, previamente a cualquier razonamiento sobre conveniencias, que matar insectos inofensivos es una iniquidad; porque me repugna la acción de asesinarlos. Claro que mi posición en este sentido es ambigua, ahora que vivo rodeado de naturaleza y que muchas veces debo elegir entre matar a las hormigas o permitir que se devoren mis plantas. Y a veces las mato, no voy a negarlo.
Existe la ética perfecta, pero es infinita; para practicarla al pie de la letra deberíamos ser también nosotros infinitos.

11:56 a.m.
Tres modos de sentir la vida y la grandeza que la vida contiene, tres temperamentos sublimados y una característica que los une:

El héroe, el santo y el genio tienen una cosa en común, aparte de muchos otros aspectos que comparten: que no son importantes para sí mismos, porque cada uno, en cuanto héroe, santo o genio, se encuentra por encima de sí mismo en cuanto hombre. Cuanto más grande es el héroe, mayor es el desdén por la vida o el placer de lo que siente que no es sino el ser casual que le fue impuesto al nacer. Cuanto más noble es el santo, mayor es el desprecio por la sustancia sombría de ese doloroso ser carnal que recibe desde el nacimiento. Cuanto más alto el genio, mayor la indiferencia hacia los accidentes de expresión, el aplauso, etcétera, esto es, hacia todo lo que, siendo visible, no es sino una enfermedad o una debilidad del alma (Fernando Pessoa, EGL, pp. 69-70).


[1] Se consideraba un “iniciado, por comunicación directa de Maestro a Discípulo, en los tres grados menores de la (aparentemente extinta) Orden Templaria de Portugal” (“Nota biográfica”, 30 de marzo de 1935, incluida en EEAA, p. 113). Sin embargo en otro artículo, muy cercano en tiempo al anterior, parece contradecirse: “No soy masón, ni pertenezco a ninguna otra Orden semejante o diferente” (“La masonería”, publicado originalmente el 4 de febrero de 1935 en el Diario de Lisboa, citado en Escritos sobre ocultismo y masonería, p. 26). Lo mismo en una carta a Casais Monteiro del 13/1/35: “No pertenezco a ninguna Orden Iniciática” (AP 3007).


jueves, 21 de junio de 2018

Marco Aurelio y la concupiscencia


Otra de Marco Aurelio:

Las faltas cometidas por concupiscencia son más graves que las cometidas por ira. Porque el hombre que monta en cólera parece desviarse de la razón con cierta pena y congoja interior; mientras que la persona que yerra por concupiscencia, derrotado por el placer, se muestra más flojo y afeminado en sus faltas. [...] El que peca con placer merece mayor reprobación que el que peca con tristeza (Meditaciones, II, 10).

De modo que según Aurelio, un lujurioso que va de cabaret en cabaret acostándose con prostitutas merece mayor reprobación que un femicida que le clava catorce puñaladas a su novia porque la sospecha infiel. Me parece que tiene aquí el estoico los disvalores invertidos.

lunes, 9 de octubre de 2017

Darwinismo social

La práctica de lo que es éticamente mejor —lo que llamamos bondad o virtud— consiste en una línea de conducta que, en todos los aspectos, se opone a lo que conduce al éxito en la lucha cósmica por la existencia.
Thomas Huxley, Evolución y ética

Muchas sociedades animales, al caer enfermo alguno de sus integrantes, lo abandonan a su suerte. No se ocupan de sus necesidades y lo marginan para que no estorbe al resto. A esto algunos llaman evolución, porque descartando a los débiles, la especie, la raza o lo que sea se purifica y fortalece. Es esta la idea central de lo que se ha llamado darwinismo social, a la cabeza del cual se encontraba el pensador inglés Herbert Spencer, quien en 1884 escribía cosas como esta:

El mandamiento: comerás el pan con el sudor de tu frente es sencillamente una enunciación cristiana de una ley universal de la Naturaleza, y a la que debe la vida su progreso. Por esta ley, una criatura incapaz de bastarse a sí misma debe perecer (El hombre contra el Estado, capítulo intitulado “La esclavitud futura”).

Thomas Huxley --apodado el bulldog de Darwin-- decía que esta táctica puede funcionar en el reino puramente animal, pero en el reino humano es contraproducente. Nuestra ética no solo no se rige por este patrón, sino que debe funcionar exactamente al revés: darwinismo social invertido. Y para quienes descrean de la conveniencia de adoptar esta estrategia evolutiva, tenemos el ejemplo de los hermanos James, William y Henry. Henry quedó prematuramente incapacitado por una lesión en la espalda, y debido a esa incapacidad no se alistó como combatiente en la guerra civil norteamericana. William tampoco se alistó, pero su incapacidad era de orden psicológico: padecía recurrentes crisis nerviosas. El uno, semiinválido; el otro, semiloco. En una sociedad en donde imperara el darwinismo social, estos dos hermanos habrían sido descartados o suprimidos. No ocurrió eso, sin embargo. Fueron aceptados entre los suyos con amor y solidaridad, y sus dolencias fueron en parte reparadas. Si Norteamérica los hubiese desechado como enfermos e inservibles, se habría privado ese país de uno de sus mejores novelistas y de su más insigne pensador. Adelantaron Henry y William la evolución de su sociedad de manera notable. Thomas Huxley tenía razón: no conviene desechar a los enfermos y a los tullidos.
Como corolario agrego el dato de que los otros dos hermanos James, Garth Wilkinson y Robertson, que sí se alistaron del lado de la Unión en la guerra civil norteamericana, “volvieron gravemente afectados” de su experiencia bélica, y “el resto de sus días fueron hombres tristes e incapaces” (Jacques Barzun, Un paseo con William James, p. 18), con lo que podemos colegir que si Henry y William no hubiesen padecido estos trastornos y hubiesen combatido, habrían regresado —si es que regresaban— posiblemente en un estado tal que les habría impedido concretar sus potencialidades literarias tal como en efecto lo hicieron. Las moralejas, pues, son dos: por el bien de nuestra cultura debemos ser compasivos con los enfermos y los lisiados, y también debemos evitar que los jóvenes potencialmente valiosos tomen la iniciativa de alistarse en el ejército[1].



[1] Otro de los pensadores que, junto con Thomas Huxley, se percató rápidamente de la inconveniencia de propagar el darwinismo social como norma para el progreso de la especie humana, fue el ruso Kropotkin. Su hipótesis, avalada con innumerables ejemplos tomados de la zoología, es la siguiente:  “Aun reconociendo enteramente que la fuerza, la velocidad, la coloración protectora, la astucia y la resistencia al frío y hambre, mencionadas por Darwin y Wallace, realmente constituyen cualidades que hacen al individuo o a las especies más aptos en algunas circunstancias, nosotros, junto con esto, afirmamos que la sociabilidad es la ventaja más grande en la lucha por la existencia en todas las circunstancias naturales, sean cuales fueran. […] Aquellas comunidades que encierran la mayor cantidad de miembros que simpatizan entre sí, florecerán mejor y dejarán mayor cantidad de descendientes” (El apoyo mutuo, cap. II).

domingo, 25 de junio de 2017

Una ética sin obligación ni sanción

El amor es superior al respeto, y en este sentido, la moral cristiana es superior a la kantiana. El punto flaco del cristianismo, según Guyau, es la idea de que Dios nos castigará si no cumplimos con sus mandatos. El amor a Dios, en el cristianismo,

está siempre mezclado de un sentimiento que lo falsea, el temor [...] “El temor de Dios” desempeña un papel importante en la idea de sanción o de justicia celeste que es esencial en el cristianismo, y que se llega a oponer bruscamente al sentimiento del amor, y a veces lo paraliza (Jean-Marie Guyau, La irreligión del porvenir, p. 159).

La moral cristiana, que por un lado es amor, por el otro es temor de que Dios nos castigue, nos sancione por las faltas cometidas, y cuando el amor muta en miedo o se esconde tras él, todo se echa a perder. La sanción, afirma Guyau,

es una forma particular de la idea de providencia [...]. La idea de providencia, conforme se desarrolla, se convierte por esto en la de una justicia distributiva, y esta no puede ser activa sin la idea de sanción. Esta última idea ha parecido hasta aquí una de las más esenciales de la moral. Parece, en primer término, que en ella coinciden la religión y la moral (ibíd., p. 159-60).

Parece que coinciden, y en efecto coinciden en ello todas las doctrinas morales religiosas y seculares que no han sabido captar la total independencia que la ética presenta respecto de la idea de justicia, idea que la complementa en la mayoría de los sistemas morales que se han implementado hasta el presente, pero que no es un complemento necesario e inherente a la ética misma, que puede muy bien persistir y desarrollarse sin él.

Nosotros hemos demostrado en un trabajo precedente que las ideas de sanción propiamente dicha y de penalidad, no tienen nada de verdaderamente moral; que, lejos de esto, tienen más bien un carácter inmoral e irracional (p. 160).

Yo he leído hace ya muchos años este “trabajo precedente”, el Esbozo de una moral sin obligación ni sanción, y he quedado maravillado con su idea central, que es esta de la no injerencia de la sanción dentro de la ética. Con esta idea caen por tierra tanto las morales religiosas que incitan a ser buenos a sus fieles para que Dios los recompense y no los castigue, como las morales seculares que provocan idénticas sensaciones en quienes las adoptan, solo que la recompensa, en lugar del cielo, es el buen pasar aquí en la tierra, la cobardía del que no molesta para que no lo molesten (Nietzsche), y el castigo, en lugar del infierno, es la condena social o el presidio. Si los móviles de la ética son estos y no los valores, con la bondad (el amor) a la cabeza, si no dejamos de actuar por miedo a la sanción o por ansias de tranquilidad y de placeres futuros, el mundo seguirá chorreando sangre y amargura como hasta el presente. La obligación y la sanción deben desaparecer de la ética, y la idea de Justicia, divina o humana, debe ser sepultada —o mejor cremada, para evitar lo más posible su resurrección— si el anhelo es evolucionar espiritualmente como seres individuales y como sociedad.


La única sanción para el que cree haber violado la ley moral [...] debe ser la de volverla a ver siempre delante de él, como Hércules veía sin cesar levantarse de entre sus brazos al gigante que creía haber aniquilado para siempre. Ser eterno es, para aquellos que lo violan, la única venganza posible del Bien (ibíd., p. 160).

sábado, 24 de junio de 2017

El respeto y el amor en la ética de Guyau

Los dos elementos principales y estables de la moral religiosa —dice Guyau— son el respeto y el amor. Y estos dos elementos también están presentes en las morales seculares. Kant, por ejemplo, los incluye en su sistema, aunque para él lo principal es el respeto. La ley moral, dice Kant, es una ley de respeto y no de amor. “Si dicha ley fuera de amor, no se podría imponer a todos los seres razonables. Yo puedo exigir que me respetéis, pero no que me améis” (La irreligión del porvenir, p. 158). Pero es justamente por eso, porque no se puede exigir, porque no es obligatorio, justamente por eso el amor es el fruto primero y mejor de toda moral saludable, sea secular o religiosa. “Ama, y haz lo que quieras” (San Agustín), porque amando, todo lo que hagas será bueno. Si dijésemos, en cambio, “respeta, y haz lo que quieras”, no estamos tan convencidos de que quien se guíe por este precepto actúe siempre buenamente.


El respeto no es más que el comienzo de la moral ideal. En el respeto, el alma se siente restringida, comprimida, incómoda. [...] Hay otro sentimiento [...] más puro todavía que el respeto, y es el amor [...]. El amor es superior al respeto, no porque lo suprima, sino porque lo completa. El amor verdadero no puede dejar de darse a sí mismo la forma de respeto [...] El respeto es una especie de represión, el amor es un arrebato. [...] No reprocharemos, pues, al cristianismo el haber visto en el amor el principio mismo de toda relación entre los seres razonables (Guyau, ibíd., p. 158-9).

sábado, 10 de junio de 2017

Guyau vs Schweitzer

Nos cuenta Guyau una divertida anécdota que pretende dejarnos una enseñanza:

Es conocida la historia de aquel brahmán que hablaba de su religión delante de un europeo, y, entre otros dogmas, del respeto escrupuloso que se debe a los animales: la fe, decía, no solo prohíbe hacer daño voluntariamente al más insignificante de ellos, sino que nos ordena andar mirando a nuestros pies, hasta desviarnos, si es necesario, para no aplastar a una inocente hormiga. El europeo, sin preocuparse de refutar su fe ingenua, puso en sus manos un microscopio; el sacerdote miró a través del instrumento. En todos los objetos que le rodeaban, [...] vio agitarse y pulular multitud de animalillos cuya existencia ignoraba [...]. Lleno de estupefacción, devolvió el instrumento al europeo, el cual le dijo: “Os lo regalo”. Entonces el sacerdote, con un movimiento de alegría, tomó el microscopio, lo estrelló contra el suelo y se fue satisfecho, como si con el mismo golpe hubiera negado la verdad y salvado la fe (La irreligión del porvenir, p. 119).

La enseñanza vendría a ser la siguiente: todos los dogmas religiosos no son más que patrañas que pueden desenmascararse a través de la ciencia. El problema es que aquí se ha metido Guyau con el dogma central de las religiones orientales, que era también la sentencia preferida de Albert Schweitzer: el respeto —o la reverencia— por la vida. Dice o parece decir Guyau que este dogma es imposible de cumplir y que por lo tanto es falso. No acierta a comprender que los preceptos éticos más encumbrados, si no pueden cumplirse a rajatabla, no es porque sean falsos, sino porque son de aplicación infinita. Son utópicos, en el sentido que le daba a la utopía Eduardo Galeano:

Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar (Usélo y tírelo, última página).


Yo no puedo cumplir el precepto de no dañar nunca a ninguna criatura viviente, pero ese precepto puede llegar a regir mi vida, de modo que anteponiéndolo a cualquier otro, me sirva para dirigir mis pasos hacia donde la ética, y no mi bienestar personal, quiera llevarme. Desde luego que, al caminar, quebrantaré este precepto una y otra vez, pero esa circunstancia no me llevará a negarlo. No destruiré el microscopio como el brahmán, pero le haré saber al científico que hay una diferencia abismal entre un microbio y una rana de laboratorio, y que si yo, porque no tengo otro remedio, voy por la vida asesinando a millones de bacterias diariamente, no por eso voy a causar voluntariamente sufrimientos a un animal mucho más sensible con la excusa del progreso de la ciencia. El precepto ético, el dogma ético si se quiere, me marca el rumbo y yo lo sigo. Al soberbio científico, con su soberbio microscopio entre las manos, vaya a saberse qué lo guía.

viernes, 17 de abril de 2015

La originalidad de la ética evangélica

La ética de Jesús es la que más de cerca toca la perfección. Pero esta ética, ¿es original? ¿No había sido ya expuesta por otros pensadores en otras latitudes? Hubo, ciertamente, precursores; pero ya veremos, de la mano de Papini, que el ingrediente fundamental de la ética cristiana, el amor, nace con ella y con ella se desarrolla como potencia suprema. No es que antes de Jesús la gente no supiera amar, pero el rango, la jerarquía ontológica y el alcance universalista que Jesús le otorga al amor constituyen la originalidad y el auténtico avance de tal doctrina por encima de las anteriores.
La historia comienza en China:

Cuatro siglos antes de Cristo, un sabio de la China, Me-ti, escribió todo un libro, el "Kie-siang-nigai", para decir que los hombres deberían amarse. "El sabio que quiera mejorar el mundo puede mejorarlo sólo conociendo con certeza el origen de los desórdenes [...] ¿Por qué nacen los desórdenes? Nacen porque no se aman los unos a los otros. [...] Si se llegara al recíproco amor universal, los Estados no reñirían, las familias no serían turbadas, los ladrones desaparecerían, los príncipes, los súbditos, los padres y los hijos serían respetuosos, indulgentes y el mundo mejoraría".
Para Me-ti el amor --o, para traducir mejor una benevolencia hecha de respeto y de indulgencia-- es la argamasa que debe tener más unidos a los ciudadanos con el Estado. Es un remedio contra los males de la convivencia: una panacea social.
"Paga las ofensas con la cortesía", sugiere tímidamente el misterioso Lao-Tsé. Pero la cortesía es prudencia o mansedumbre, mas no es amor.

Ni Me-ti ni Lao-Tsé elevaron sus prédicas hacia el sentimiento más puro existente sobre la tierra. Y otro chino renombrado de aquellos tiempos, el señor Confucio, si bien habló del amor, lo mutiló reduciéndolo a un selecto círculo:

El viejo Confucio enseñaba una doctrina que [...] consistía en la rectitud del corazón y el amar al prójimo como a nosotros mismos. Adviértase bien: al prójimo y no al lejano, al extraño, al enemigo. Como a nosotros mismos; y no más que a nosotros mismos. Confucio predicaba el amor filial y la benevolencia general, necesaria para la buena marcha de los reinos, pero no pensaba en condenar el odio. En los propios "Lun-yú", donde se leen las palabras de su discípulo Tseng-tse, encontramos estas otras, tomadas del más antiguo texto confuciano, el "Ta-hio": "Sólo el hombre justo y humano es capaz de amar y odiar a los hombres como conviene".

Si nos quedamos en esa misma época pero saltamos desde la China a la India, nos encontramos con el Buda, que si bien, a diferencia de los chinos, hizo una prédica encendida y omniabarcativa del amor, sólo lo veía como un medio y no como un fin en sí mismo:

Gautama recomendó el amor por los hombres, por todos los hombres, aun por los miserables y despreciados. Pero el mismo amor se debe tener por los animales, por los ínfimos entre los animales, por todos los seres vivientes. En el budismo el amor del hombre al hombre no es más que un ejercicio saludable para desarraigar totalmente el amor de sí mismo, el primero y más fuerte sostén de la existencia. Buda quiere suprimir el dolor; y para suprimir el dolor no encuentra otro medio mejor que sumergir las almas personales en el alma universal, en el nirvana, en la nada. El budista no ama al hermano por amor del hermano sino por amor de sí mismo, es decir, para apartar el dolor, para vencer el egoísmo, para encaminarse al aniquilamiento. Su amor universal es frío, interesado, egoísta: una forma de la indiferencia estoica tanto en presencia del dolor como de la alegría.

¿Y Zaratustra? No, no es referencia:

Zaratustra dejó una Ley a los iraníes. Esta ley manda a los devotos de Ahura Mazda que sean buenos con sus compañeros de fe: darán un vestido a los desnudos y no negarán el pan al trabajador hambriento. Estamos siempre en la caridad material para con aquellos que nos pertenecen y nos sirven y están próximos. De amor no se habla.

Ni tampoco los judíos:

Se ha dicho que Jesús no añadió nada a la Ley mosaica y que solamente ha repetido con mayor énfasis los viejos mandamientos. [...] "Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque vosotros fuisteis también extranjeros en la tierra de Egipto" (Éxodo 22. 21). Es un principio: no hagas mal al extranjero, en recuerdo del tiempo en que tú también lo fuiste. Pero el extranjero que vive entre nosotros no es el enemigo y el no angustiarlo no significa ayudarlo. El Éxodo ordena que no se lo angustie. El Levítico es más generoso: "Si un extranjero habitase en tierra vuestra y fijare su demora entre vosotros, no lo zaheriréis. Como un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo (Levítico 19. 33-34). Siempre el extranjero, el extranjero que vive entre vosotros y se hace vuestro conciudadano y se convierte en uno de vosotros, amigo vuestro.
Leemos en el mismo libro: "No busques la venganza ni te acuerdes de las injurias de tus conciudadanos" (19. 18). Es otro paso adelante no hacer mal a quien te ofende con tal de que sea de tu nación. Hemos llegado si no al perdón, al olvido generoso aunque reservado para los próximos solamente.
"Amarás al amigo como a ti mismo" (Ibíd.). Al amigo, es decir, al prójimo, al conciudadano que es hermano tuyo de raza, el que puede ayudarte. Pero ¿y al enemigo? Hay algo también para el enemigo: "Si encontrares buey o asno perdido de tu enemigo, vuélveselo a llevar" (Éxodo 23. 4). [...] ¡Oh gran bondad de los antiguos judíos! ¡Sería tan dulce hacer huir más lejos al jumento para que el patrón tuviera más trabajo en dar con él! [...]. Pero el corazón del viejo Hebreo no está empedernido hasta el extremo. En aquellos lugares y en aquellos tiempos el asno era un animal harto preciso. No se vivía sin tener al menos una burra en el establo. Y cada uno tenía una burra; el amigo y el enemigo; hoy escapó la tuya, mañana puede escapar la mía. No nos venguemos en las bestias, aun en el caso en que el patrón sea una bestia. [...]
Es demasiado poco. El viejo Hebreo ya ha hecho un tremendo esfuerzo sobre sí mismo cuidando de la bestia de su enemigo. Pero los Salmos, en compensación, resuenan a cada instante de improperios contra los enemigos y de invocaciones violentas al Señor para que los persiga y aniquile. [...] Sólo en los tardíos Proverbios encontramos alguna palabra precursora de las de Jesús: "No digas: Yo me vengaré; espera al Señor, y él te salvará" (Proverbios 20. 22). El enemigo debe recibir su castigo, pero de manos más poderosas que las tuyas. Sin embargo, el anónimo moralista llega hasta la caridad: "Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer pan, si tuviere sed, dale a beber agua" (Proverbios 25. 21). Hay un progreso, la misericordia no termina en el buey, sino que llega también al patrón. Pero de esas tímidas máximas, escondidas en un ángulo de las Escrituras, no podrán por cierto brotar las maravillas de amor del sermón de la montaña.

Sin embargo fue un judío, Hillel el Viejo, el inventor o descubridor de la famosa regla de oro cristiana:

... Este célebre fariseo vivió poco antes de Jesús y enseñaba, dicen, lo mismo que después enseñó Jesús. Era un judío liberal, un fariseo razonable, un rabino inteligente; pero no cristiano. ¿Por qué? Ha dicho, sí, estas palabras: "No hagas a los otros lo que a ti no te gusta: esta es toda la ley, y lo demás son comentarios". Son bellas palabras en boca de un maestro de la antigua ley, pero ¡cuán distantes todavía de las del subversor de la antigua ley! El precepto es negativo: no hagas. No dice: haz bien a quien te hace mal. Pero sí: no hagas a los otros (y estos otros son seguramente los compañeros, los conciudadanos, los familiares, los amigos) lo que tú estimarías como mal. Es una blanda prohibición de dañar --no un precepto absoluto de amar--.

Y a pocos años de la llegada de Jesús, un nuevo judío vio de cerca al amor... pero sólo con el intelecto:

También Filón, hebreo alejandrino, metafísico y platonizante, unos veinte años más viejo que Jesús, ha dejado un tratadito sobre el amor de los hombres. Pero Filón, con todo su talento y con todas sus especulaciones místicas y mesiánicas, es siempre, como Hillel, un teórico, un hombre de pluma, de tintero, de estudio, de libros, de sistemas, de conceptos, de abstracciones, de clasificaciones. [...] Ha hablado del amor más que Jesús, pero no ha sabido decir --y no lo habría sabido comprender-- lo que Cristo dijo a sus ignorantes amigos en la Montaña.

No existió, pues, ni en la China ni en la india ni en Judea ningún profeta del amor universalista que pueda parangonarse con Jesús. ¿Habrá existido en Grecia?

Uno más sabio que Ulises, el hijo de Sofronisco escultor, se planteó, entre otros muchos, también el problema de cómo contenerse en un justo medio con relación a los enemigos. [...] el Sócrates de Platón no acepta la opinión corriente. "No se debe --dice a Critón--, devolver a nadie injusticia por injusticia, mal por mal, cualquiera que sea la injuria que hayas recibido" [Critón, 49]. Y lo mismo afirma en la República, añadiendo en su apoyo que los malos no se hacen mejores por la venganza. Pero lo que domina en la cabeza de Sócrates es el pensamiento de la justicia, no el sentimiento del amor. En ningún caso el hombre justo debe hacer el mal; pero entendámonos; por respeto a sí mismo, no por afecto al enemigo. El malo debe castigarse a sí mismo; de lo contrario, después de muerto, lo castigarán los jueces infernales. El discípulo de Platón, Aristóteles, volverá tranquilamente a la vieja idea. "El no resentirse de las ofensas --dirá en la Ética nicomaquea-- es propio de hombre cobarde y esclavo".

No, no es tampoco Grecia la cuna del cristianismo bien entendido. ¿Será Roma?

Los que refutan a Cristo, para hacer creer que el cristianismo existía antes de Cristo le han encontrado a Jesús un rival también en Roma, en los propios palacios del César: Séneca. Séneca el director de conciencia de los jóvenes señores del mundo elegante en el estoicismo reformado, el aristocrático abstracto que nunca se conmueve en presencia de las penas de los humildes, el propietario que desprecia las riquezas pero las tiene bien agarradas, que afirma la igualdad entre los libres y los esclavos y se sirve de esclavos, el ingenioso anatomista de casos de escrúpulos, de males, de vicios efectivos y virtudes soñadas, [...] habría sido, sin saberlo, cristiano en los mismos años de la vida de Cristo. Porque huroneando en sus demasiadas obras [...] han hallado que "el sabio nunca se venga, sino que olvida las ofensas", y que "para imitar a los dioses es menester hacer bien hasta a los ingratos, porque el sol brilla también por encima de los malos y el mar soporta también a los corsarios"; y hasta que "es necesario socorrer a los enemigos con mano amiga". Pero "el olvido" del filósofo no es el perdón y el "socorro" puede ser beneficencia, pero no es amor. Un soberbio, el estoico, el fariseo, el filósofo orgulloso de su filosofía, el justo satisfecho de su justicia, pueden despreciar las ofensas de los pequeños, las dentelladas de los adversarios, y pueden también dignarse por ostentación de magnanimidad y para granjearse la admiración de los pueblos, brindar un pan al enemigo hambriento para humillarlo más duramente desde la elevación de su perfección. Pero ese pan fue cocido con la levadura de la vanidad y aquella mano amiga no habría sabido enjugar una lágrima ni limpiar una herida.

La conclusión de Papini, límpida y vivificante como muchas de sus conclusiones --mientras se mantiene sobrio de rencores, no así cuando concluye en estado de ebriedad--, la conclusión de Papini es que el Amor, amor con mayúscula, nace con Jesús y por Jesús se disipará por todo el orbe:

El mundo antiguo no conoce el Amor. Conoce la pasión por la mujer, la amistad por el amigo, la justicia para el ciudadano, la hospitalidad para el forastero. Pero no conoce el Amor. Zeus protege a los peregrinos, a los extranjeros; a quien golpee la puerta del griego no le será negado un trozo de carne, un jarro de vino y el lecho. Los pobres serán albergados, los enfermos serán asistidos, los que lloran serán consolados con bellas palabras. Pero los antiguos no conocerán el Amor, el amor que sufre y se abandona, el amor por todos aquellos que sufren y son abandonados, el amor por la gente baja, por la gente pobre, por los desechados, pisoteados, maldecidos, abandonados; el amor por todos que no distingue entre ciudadano y extranjero, entre hermoso y feo, entre delincuente y filósofo, entre hermano y enemigo. [...] en el mundo más noble y heroico de la antigüedad no hay sitio para el amor que destruye al odio y ocupa el lugar del odio; para el amor más fuerte que la fuerza del odio, más ardiente, más implacable, más fiel; para el amor que no es olvido del mal sino amor del mal --porque el mal es una desventura para el que lo hace más que para nosotros--, no hay sitio para el amor a los enemigos.
De este amor nadie habló antes de Jesús: ninguno de aquellos que hablaron del amor. No se conoció este amor hasta que no se hubo oído el sermón de la montaña.

Es la grandeza y la novedad de Jesús: su novedad más grande, su grandeza eternamente nueva, nueva también para nosotros, porque no comprendida, no imitada, no obedecida, inacabablemente eterna como la verdad (Giovanni Papini, Historia de Cristo, cap. 25).

lunes, 19 de agosto de 2013

Más allá del principio de placer individual (primera parte)

Más allá del principio de placer individual























Dios aparejó de tal modo la naturaleza del animal racional, que ninguno de sus peculiares bienes pueda alcanzar como no aporte nada al provecho común. Así, ya no resulta insocial el hacerlo todo en interés propio. Porque, ¿qué esperas? ¿Que uno se aparte de sí y de su peculiar provecho? ¿Y cómo así iba a subsistir como un único e idéntico principio para todos el propio acomodo?
Epicteto, Pláticas, libro I, cap. XIX

Dios y la humanidad no han basado su causa sobre nada, sobre nada más que sobre ellos mismos. Yo basaré, pues, mi causa sobre mí; soy, como Dios, la negación de todo lo demás, soy para mí todo, soy el único.
Max Stirner, El único y su propiedad



CORNELIO CORNEJÍN. --¡A de la casa! ¡Ramphastus! ¿Anda por ahí?
RAMPHASTUS DICOLORUS. --¡Aquí mismo, donde anoche!
CORNELIO.-- ¡Yo sabía que vendría! Estuve a punto de quedarme en el Falcon, pero me dije: "Este sujeto, excéntrico como es, seguro ya está subido a su árbol".
RAMPHASTUS.-- No me diga que lo intimidan las lluviecitas...
CORNELIO.-- Esto no es una lluviecita: ¡caen soretes de punta!
RAMPHASTUS.-- ¿Lluviecitas a mí? ¿A mí lluviecitas y a tales horas?
CORNELIO.-- Déjese de parafrasear al Quijote y vayámonos de aquí que me estoy empapando.
RAMPHASTUS.-- Le sugiero que trepe hasta esta rama; aquí la lluvia casi no llega.
CORNELIO.-- No tengo espíritu simiesco.
RAMPHASTUS.-- Todos lo tenemos. ¡Libérelo!
CORNELIO.-- Está bien, pero si me caigo y me fracturo la columna usted pagará los gastos médicos.
RAMPHASTUS.-- Si se cae se fracturará la cadera, como todo viejo choto que se cae.
CORNELIO.-- ¿Yo viejo choto?
RAMPHASTUS.-- ¿Quién está arriba y quién en el piso?

(Al escuchar estas palabras me decidí a trepar los más de diez metros que me separaban del filósofo, experimentando un pánico terrible al hacerlo, en una oscuridad completa y estando el tronco empapado, pero lográndolo al fin.)

CORNELIO.-- Mire que yo soy como los gatos: me subo los árboles, pero no sé bajar.
RAMPHASTUS.-- Si baja de cabeza como los gatos, no vivirá para contarlo.
CORNELIO.-- ¿Cómo sigue su herida?
RAMPHASTUS.-- ¿La de anoche o la de hace un instante?
CORNELIO.-- ¿Otra vez se lastimó?
RAMPHASTUS. — A golpes se hacen los hombres. Flor de tajo me hice.
CORNELIO.-- ¿Se puso algún antiséptico? En la mochila tengo.
RAMPHASTUS.-- ¡Qué!, ¿quiere privar a mis macrófagos de una suculenta cena? Deje, déjelos comer tranquilos.
CORNELIO.-- ¿No tiene miedo de que se le infecte?
RAMPHASTUS.-- ¿Y usted me dice eso, el señor Telequinesia, el señor que corta la mayonesa con la mirada? Si yo le ordeno a mis fagocitos que se lastren a todo microbio indeseable que ingresare sin autorización, mis humildes servidores lo harán sin ayuda de antisépticos o antibióticos. Es más: hace rato que venían pidiendo algún bocadillo para ir picando.
CORNELIO.-- Yo creo en la telequinesis, pero no me jacto de tener ese don muy desarrollado. ¡Y mire cómo son las cosas!: usted, que no creía, siempre la puso en práctica.
RAMPHASTUS.-- Es que yo siempre supuse que de lo que se ocupaba la telequinesis era de mover con la mente objetos exteriores a uno mismo, pero no había caído en la cuenta de que, puesto que yo soy mente y nada más que mente, mi propio cuerpo y todas sus funciones entran también en la categoría de objetos externos a mí mismo. ¿Qué les dijo a sus amigos que hizo durante la noche de anoche y parte de la mañana?
CORNELIO.-- No les dije nada. A los cinco minutos que llegué recién empezaban a despertarse. Me ahorraron una tortuosa explicación.
RAMPHASTUS.-- ¿No les participó, alborozado, los nuevos ideales epistemológicos que ahora ostenta?
CORNELIO.-- ¿Para qué?, si ni siquiera se interesaban por los viejos.
RAMPHASTUS.-- Ser amigo de un hombre como usted y no interesarse por sus ideas es algo que no puedo concebir. ¿Para qué sería yo amigo suyo?, ¿qué otra cosa me podría ofrecer además de su pensamiento?
CORNELIO.-- Poco y nada, y eso es lo que les ofrezco a ellos y ¡cosa curiosa!: ¡parece bastarles!
RAMPHASTUS.-- Qué dirían sus amigos si llegasen a leer este diálogo, porque supongo que inmortalizará este diálogo pasándolo por escrito, ¿no?
CORNELIO.-- Lo inmortalizaré con la escritura, tal como el buen Platón inmortalizó al genio de Sócrates, pero no se preocupe: ninguno de mis amigos lo leerá.
RAMPHASTUS.-- ¿Les esconde lo que escribe?
CORNELIO.-- No tengo necesidad: su propia inocuidad filosófica se ocupa de la tarea[1]. Y si alguno de ellos se levantase algún día inspirado y con un tibio deseo de alimentar su pensadora, tendría que sobrepasar, para ingresar a mi mundo literario, o sea para ingresar propiamente dentro mío, pues mi verdadero yo no es el que usted ve sino el que ve quien se asoma en mis cuadernos, tendría que sobrepasar un parapeto natural para muchos infranqueable: mi caligrafía. No es que no se entienda; se entiende muy bien, pero es tan grotesca que uno se asquea de mirarla después de tres o cuatro páginas de lectura. Y me gusta que así sea, me gusta que mis escritos asqueen y que mi letra funcione como un disuasivo ante quienes se asoman a ella sin demasiado interés de soportar sus vaivenes antiestéticos. Así me aseguro de que quien me lea este firmemente convencido de que le conviene leerme. Y por eso cuando publique algo, si es que publico algo en vida, cosa que trataré de no hacer para que no me pase lo que a usted, le recomendaré al editor que utilice los caracteres más pequeños que tenga, más o menos como los de las biblias ordinarias, a los efectos de abaratar costos y así masificar el producto pero sobre todo a los efectos de cansarle bien cansada la vista al lector, de suerte que quien no esté realmente interesado en leerme, no me lea. Además mi literatura toda es algo así como un enorme plasma condensado, como un coágulo; se asimila mejor de a trocitos, las jornadas de lectura maratónica no le hacen justicia y empalagan agriamente al lector.
RAMPHASTUS.-- Hágame caso: no publique nada en vida y deje instrucciones a sus hijos y nietos para que lo hagan por usted, recomendándoles por supuesto que no usufructúen su obra y renieguen de todo tipo de cópirrait para que cualquier editorial del mundo pueda editarla sin ningún costo de allí derivado y sin pedirle permiso a nadie. Y si es en papel reciclado, mejor[2].
CORNELIO.-- Al paso que voy, mis hijos y nietos brillarán por su ausencia...
RAMPHASTUS.-- ¿Y sobrinos?
CORNELIO.-- Sobrinos sí: tengo tres y uno en camino.
RAMPHASTUS.-- Adoctrínelos ya desde temprano para que no lucren con lo que nadie debería lucrar, para que no lucren con la cultura.
CORNELIO.-- ¡Viva la cultura, carajo!
RAMPHASTUS.-- La expresión carajo forma parte de nuestra cultura, y bien arraigada que está. Desconfíe del nivel cultural de una persona que nunca intercala un ¡carajo! entre sus frases.
CORNELIO.-- Las personas que se dicen cultas suelen recomendar los eufemismos ante palabras tan chocantes.
RAMPHASTUS.-- Sí, son los que dicen ¡diantres! en vez de decir ¡mierda! Pero digo yo, ¿qué mierda quiere decir diantres?
CORNELIO.-- A mí, "eufemismo" se me antoja una palabra muy chocante; habría que buscarle un eufemismo que la remplace.
RAMPHASTUS.-- ¿Vio a esas personas que dicen "gas" en vez de decir "pedo"? ¡Qué tipos! ¡Me lleno de gases de sólo escucharlos!
CORNELIO.-- A mí me pasa lo mismo. Soy de aquellos seres a los que les gusta nombrar a los objetos por su denominación.
RAMPHASTUS.-- Oiga cómo lloriquea Chamigo. Quiere trepar hacia nosotros.
CORNELIO.-- ¿Por qué sabrán nadar y no trepar árboles los perros?
RAMPHASTUS.-- Para contradecir a los gatos, que trepan y no nadan. ¿Se animaría usted a darse un chapuzón en este oscuro río?
CORNELIO.-- Mmm... No, no me animaría.
RAMPHASTUS.-- Qué, ¿usted no nada nada?
CORNELIO.-- No, es que no traje traje. Además no vinimos aquí a nadar, sino a establecer el significado de la palabra ética.
RAMPHASTUS.-- ¡No me va a decir que le atemoriza nadar en la oscuridad!
CORNELIO.-- No se olvide de los rayos, centellas y soretes de punta que caen. ¡Es una noche de mierda para nadar! No me gustaría morir electrocutado en el río Uruguay.
RAMPHASTUS.-- A mí no sólo en el Uruguay; ningún río se me aparece agradable para la electrocución.
CORNELIO.-- Entonces déjese de niñerías, que usted está muy senil para jugar a Tom Sawyer, y cuénteme de una vez qué entiende por ética.
RAMPHASTUS.-- Alonso Quijano también era un vejete cuando se convirtió en el Quijote, y eso no le impidió llevar a cabo sus aventuras. Digo yo, con toda esta movida ecológica relacionada con la energía eólica, ¿no podrá ser que surgiesen nuevos Quijotes, amparados por tantos nuevos molinos?
CORNELIO.-- Dios le oiga.
RAMPHASTUS.-- ¿Me oiga qué?
CORNELIO.-- A usted.
RAMPHASTUS.-- Entonces se dice "Dios lo oiga".
CORNELIO.-- Veo que la lluvia lo pone muy melindroso. Tal vez no sea una buena idea dialogar sobre cuestiones trascendentes en estas condiciones. Córrase un poco que me está cayendo un chorro en la nuca.
RAMPHASTUS.-- No se haga el ofendido. ¿Qué quiere saber de la ética?
CORNELIO.-- Para empezar, sobre qué se fundamenta.
RAMPHASTUS.-- ¡Por el perro! Se fundamenta en el placer, ¿en qué otra cosa podría fundamentarse?
CORNELIO.-- En el deber, por ejemplo.
RAMPHASTUS.-- Para que la ética pudiese tener fundamento en el deber sería necesario que los seres tuviesen la capacidad de optar entre hacer una cosa o hacer otra, es decir, tendría que ser cierta la hipótesis del libre albedrío. Pero nosotros ya la descartamos, no como falsa, puesto que no estamos seguros de que lo sea (¿vio cómo aprendí?), sino como parte no integrante de nuestro conjunto de hipótesis de trabajo, y al descartar el libre albedrío automáticamente descartamos con él cualquier fundamentación de la ética del tipo del imperativo categórico y similares.
CORNELIO.-- Escuche las frases que voy a leerle: "Sin libre volición no puede haber moralidad, ni verdadera democracia, ni siquiera la ciencia misma como libre investigación". "Todo sistema moral reposa sobre la libertad del individuo, vale decir, sobre el libre albedrío".
RAMPHASTUS.-- ¿Quién dijo semejantes huevadas?
CORNELIO.-- José Rhine, el parasicólogo.
RAMPHASTUS.-- ¿Otra vez con ese? ¿No leyó algún otro libro?
CORNELIO.-- Leí varios, pero no importa de quién sean estas frases. Vale lo mismo que sean de cualquier albedrista, puesto que todos o prácticamente todos piensan así.
RAMPHASTUS.-- Pues todos o prácticamente todos tienen una confusión tan grande dentro de sus cabezas que no distinguen el concepto de moral, o de ética, que es la moral universal, del concepto de sistema penal. Penalizar a alguien por algo que hizo implica reconocer que fue responsable del hecho, pero para establecer un sistema moral de nada sirve reconocer culpas, puesto que lo que hay que hacer es diferenciar lo que es bueno de lo que es malo, sin interesarse a la ética como tal el hecho de que se pueda o no actuar libremente. Una vez diferenciado lo que es bueno de lo que es malo, optaremos por la hipótesis albedrista o por la determinista, y entonces fundamentaremos nuestra ética en el deber o en el placer respectivamente, aunque siempre pasando por el placer aunque seamos albedristas, porque ¿qué es lo bueno si no es lo placentero?
CORNELIO.-- ¿Todo lo que causa placer es bueno?
RAMPHASTUS.-- Todo acto que tendiere a causar en el largo plazo mayor cantidad y calidad de placer que mayor cantidad y calidad de dolor, es un acto bueno, y viceversa el malo.
CORNELIO.-- ¿Qué tendiere a causarle a quién?, ¿al individuo que lo ejecuta?
RAMPHASTUS.-- No, al conjunto de la biomasa universal. Cualquier acto que usted realice, hasta el más insignificante, como tirarse un pedo por ejemplo, y perdón por el eufemismo, cualquier acto que usted realice tendrá una infinidad de consecuencias debido al principio de causación universal. Cuando esas consecuencias parecen encaminarse a brindar más bienestar que malestar al conjunto de seres concientes que a partir de la realización del acto habitará el mundo físico a lo largo y a lo ancho del espacio y del tiempo, ahí se dice que probablemente su accionar ha sido bueno, y viceversa para el malo.
CORNELIO.-- ¿Probablemente?
RAMPHASTUS.-- Sí; la ética es una ciencia netamente probabilística. Nunca podría saberse con certeza si lo que uno está haciendo está realmente bien o está mal según la definición antedicha. Podremos tirarnos a este río y rescatar a un niño que se ahoga suponiendo que no existen dudas sobre la bondad de nuestro proceder, pero ¿quién le asegura que el niño no será un Hitler o un Stalin cuando crezca?
CORNELIO.-- ¿Quiere decir que si yo sé positivamente que el tal niño será un mal hombre cuando crezca..., o vamos a hacerla más sencilla: ¿quiere decir que si Hitler o Stalin se estuviesen ahogando en este río en este momento, sería éticamente incorrecto salvarlos?
RAMPHASTUS.-- Dejando de lado la inevitable incertidumbre probabilística, le digo que no, y paso a explicarle por qué. Yo elegí el ejemplo del niño-Hitler que se ahoga para que usted visualice claramente la incertidumbre que pesa sobre todo juicio ético, pero dicha incertidumbre va desapareciendo conforme abrimos más y más el universo espaciotemporal en donde se desarrollarán los efectos derivados de su acción. Dicho más fácilmente, si nos situamos en el presente, conociendo como conocemos los desastrosos efectos ocasionados por el accionar de Hitler, podríamos afirmar con cierto grado de certeza que el mundo hubiese sido, hasta el presente, más dichoso si el führer hubiese muerto de niño, o sea que si alguien lo salvó de morir ahogado ese alguien habría procedido incorrectamente. Pero esto es verdadero sólo hasta el presente, y siempre y cuando neguemos la posibilidad de que, de morir Hitler de niño, un nuevo dictador, más terrible y belicoso, lo hubiese reemplazado. Pero aunque así no fuera y el siglo XX hubiese carecido de segunda guerra mundial al faltar el ahogado Hitler, ¿qué es una guerra mundial, que significa este acontecimiento si lo enmarcamos en la eternidad del espacio y del tiempo? Miles de millones de guerras mundiales habrá de aquí en más en los miles de millones de planetas colonizados por la vida que existen o existirán fuera de nuestro sistema solar, fuera de la galaxia o fuera de nuestro big bang. La aparición de Hitler en el escenario político causó seguramente más dolores que placeres en este siglo, pero todas las acciones ejecutadas y todas las decisiones tomadas por Hitler durante su vida, todas juntas ellas, no alcanzan ni un ápice de la trascendencia ética que habría tenido el acto de salvarlo[3].
CORNELIO.-- Yo coincido con el gran filósofo moral que fue Jesús al basar mis principios éticos en el dar la otra mejilla cuando nos golpean y en el amar tanto a mis amigos como a los que se supone son mis enemigos (esto en la teoría, por supuesto; plasmarlo en el accionar cotidiano sé que resulta casi utópico, pero hay que proponerse intentarlo), pero si usted quiere darle una jerarquía racional a estos dos preceptos y hacerlos compatibles con una moral basada en el placer, por más que se tratare del placer colectivo y no del individual, chocará con insalvables contradicciones, porque no creo que sea posible que un Hitler vivo sea más beneficioso que uno muerto cuando niño. Por más que los malestares causados por el nazismo hayan sido ínfimos en el marco de la infinita espaciotemporalidad del mundo físico, igual siguen siendo malestares, y seguramente muchos no habrían existido de haber matado alguien a Hitler antes de que llegase a ser Hitler.
RAMPHASTUS.-- Recuerde siempre que tomamos como hipótesis de trabajo el determinismo, por lo que no es lícito decir que "si alguien hubiese matado a Hitler antes de que llegase a ser Hitler" el mundo sería mejor, porque por fuerza debemos aceptar que Hitler nunca podría haber muerto antes ni después del momento exacto en el que murió. Ahora bien, supongamos que tenemos ante nosotros a un criminal empedernido que sabemos positivamente que será criminal hasta el día de su muerte, y que tenemos el poder de matarlo o de encarcelarlo. Según el cristianismo (estoy hablando del cristianismo de Jesús, no del que predican los "cristianos" de hoy día), sería inmoral el hacer cualesquiera de esas dos cosas; lo correcto es dejar en entera libertad al sujeto para que continúe con sus canalladas, procurando desde luego convertirlo, pero no subordinando su libertad a su conversión. El desafío al que me veo yo obligado es el de justificar este procedimiento como algo netamente beneficioso para la biomasa espaciotemporal, desafío que  acepto no sin antes establecer cierto tipo de  excepciones a esta moral puramente anarquista. Las excepciones se basan en la siguiente principio: si se sospecha que el criminal será más dichoso, o menos desdichado, en prisión que suelto, entonces lo correcto es encarcelarlo, y si se tiene la firme sospecha de que el criminal, sea en prisión o en libertad, será siempre un desgraciado agobiado por sus angustias y demás dolores difícilmente soportables, entonces lo correcto es asesinarlo del modo más indoloro y humano posible, aplicando algo así como  una eutanasia espiritual. Esto último es por supuesto relativismo, porque ¿quién puede asegurar que un ser humano angustiado y dolorido no cambiará su estado con el paso del tiempo? La pena de muerte viene a ser entonces algo éticamente injustificable tal como ahora se  la suministra, pero hay que aclarar que, en teoría, no siempre sería incorrecta, y lo tristemente ideal en estos casos que se sospechan irrecuperables sería el persuadir al propio interesado sobre la inconveniencia que para él mismo representa el que siga viviendo e instarlo así al suicidio. Como puede notarse, la cuestión de fondo que plantean estas excepciones es la siguiente: al decidir qué actitud tomar ante un ser desdichado, la ética cristiano-eudemonista considera correcto evaluar no la suerte que correrá el universo exterior al sujeto, sino la suerte que correrá el sujeto mismo, de manera que si el sujeto tendiese a ser más feliz suelto que preso, hay que liberarlo, por más que esto implique asesinatos, violaciones y crímenes de toda índole hacia terceros, y si tendiese a ser más feliz preso que suelto, hay que encarcelarlo (aunque si nos remitimos a la vida carcelaria de cualquier prisión actual, esto parece una cargada). Nótese que parto de la suposición de que hay una estricta relación directa entre criminalidad y dolor, suposición que no es más que estadística, o sea que no se cumple para todo criminal y en todo momento, pero el curso de la evolución genético-cultural afirmará cada vez más esta tendencia, pues la palabra dolor y la palabra pecado significan exactamente lo mismo cuando las proyectamos lo suficientemente lejos.
CORNELIO.-- Sigo sin entender en dónde se sitúa el eudemonismo en este sistema, con excepciones o sin ellas. El criminal liberado porque se sospecha que será más feliz suelto que preso, ¿no causará más dolor que placer al conjunto biomásico universal?
RAMPHASTUS.-- Usted coincide conmigo en la invulnerabilidad de las cadenas causales, ¿verdad?
CORNELIO.-- Verdad, puesto que no cambié de opinión respecto de nuestra charla de anoche.
RAMPHASTUS.-- ¿Coincidirá también conmigo en que el amor es la fuerza subjetiva más poderosa de todas cuantas existen? Confío en que así sea, pues no puedo esperar otra cosa de alguien que acaba de darle a Jesús el rango de filósofo, gran verdad que casi nadie, y mucho menos los católicos y los protestantes, logran entrever.
CORNELIO.-- El amor y el conflicto son las fuerzas principales, pero el amor es el que gobierna.
RAMPHASTUS.-- ¿Y no definimos al amor como la fuerza que nos mueve a procurarles a los seres que nos rodean y a los de más allá también, sin olvidarnos de nosotros mismos desde luego, a procurarles más y mejores placeres y evitarles los mayores y más duraderos dolores, llamando simpatía y compasión respectivamente a estas dos facetas del sentimiento amoroso puesto en práctica?
CORNELIO.-- Sea. Pero ¿adónde quiere llegar?
RAMPHASTUS.-- Llegar quiero a que usted admita que todo lo que se hace por causa del amor tenderá tarde o temprano a provocar más amor, o sea placer en su máxima expresión, sin importar que en un principio las decisiones tomadas por amor causen algunos dolores más o menos importantes en seres circunscritos al área espaciotemporal influenciada directamente por la decisión amorosa.
CORNELIO.-- ¿Significa que si yo actúo motivado por sentimientos de simpatía o compasión necesariamente se desprenderán de esta causación efectos mayormente placenteros que displacenteros para la biomasa espaciotemporal, por más que en un principio parezca lo contrario?
RAMPHASTUS.-- Borre "necesariamente" y coloque "muy probablemente": no se olvide de que la ética es una ciencia estadística[4].
CORNELIO.-- ¿Puede probar esta revolucionaria proposición, que si se aceptase como verdadera cambiaría de plano a prácticamente todos los sistemas éticos imperantes, puede probarla, digo, con algún argumento más concreto que los que hasta el momento dio?
RAMPHASTUS.-- Esta es una de esas proposiciones, como por ejemplo la del determinismo, que nunca puede llegar a probarse satisfactoriamente. Hay que creer en ellas, y luego buscar pruebas que las refuten; pero como las proposiciones que implican algún tipo de infinitud no pueden rigor ni ser refutadas totalmente mi ser totalmente confirmadas por la experiencia, hay que conformarse con creer en ellas, y con eso basta para mí. Además, si se admite, como usted admitió, que el amor es el principal resorte cósmico, es completamente lógico sacar de aquí la conclusión que saqué yo, sin pretender por supuesto que mi proposición se deduce directamente de esta premisa.
CORNELIO.-- San Agustín estaría de acuerdo con usted: "Ama, y haz lo que quieras", decíales a quienes le preguntaban qué preceptos había que seguir para mantener una conducta honrada.
RAMPHASTUS.-- Lo que demuestra que mi proposición no es tan revolucionaria como usted afirma, puesto que se remonta siglo tras siglo hasta el principio de nuestra era, y más también, porque el budismo y el hinduismo y muchos de los cultos desprendidos de ellos también se rigen por este principio, aunque tal vez no expresado de la manera en que yo lo expreso ni mucho menos razonado como argumento eudemonista. El motivo por el cual este principio ético, pese a ser tan antiguo, es desechado por el hombre ordinario, radica en que la gente común siente aversión por las deformidades, tanto físicas como espirituales, y trata en lo posible de mantenerse alejada de ellas. Busque por ese lado si desea saber por qué razón existen los manicomios, los leprosarios y las cárceles.
CORNELIO.-- ¿No será más bien que el hombre ordinario, en especial los jueces, los legisladores coercitivos y los policías, que bien ordinarios son por el solo hecho de pertenecer a uno de estos grupejos, no será que esta gente carece de proyectividad espaciotemporal, de suerte que no tiene la capacidad de observar abanicos causales más allá de cierto tiempo y espacio, y entonces supone que el odio y la venganza son susceptibles de engendrar paz y armonía por la sencilla razón de que al encarcelar o ejecutar a un delincuente se produce, dentro del marco espaciotemporal que solía ocupar el mismo, una especie de paz y armonía tranquilizadora para el resto de los interactuantes, sin que a nadie parezca interesarle si esa pax policiaca derivará en sufrimiento más allá de ese espacio y ese tiempo limitados?
RAMPHASTUS.-- ¿Sabe lo que ocurre, querido amigo? Ocurre que esta gente no cree en la proposición cristiano-eudemonista que acabo de citar, y aunque creyera en ella no la tendría en cuenta en la práctica, porque se deja guiar por su conciencia lógica o por sus instintos en vez de abandonarse a sus intuiciones, y entonces busca su propio placer individual, o a lo sumo el placer del conjunto de seres que integra espaciotemporalmente, pero nunca el placer biomásico universal del que hablábamos antes.
CORNELIO.-- ¿Siempre que un ser actúa motivado por la lógica conciente actúa de modo egoísta?
RAMPHASTUS.-- Siempre. El egoísmo es la base de lo que se llama razonamiento conciente y que nosotros llamamos lógica conciente para no entrar en contradicción con lo acordado ayer respecto de que la razón propiamente dicha sólo actúa por debajo de la conciencia. Y si se mira bien, el egoísmo no sólo es patrimonio de la lógica conciente sino de todo acontecer vital, lo que pasa es que cuando uno actúa movido ya no por la lógica sino por el instinto, el egoísmo que antes era individual se transforma en egoísmo grupal o específico, que apunta hacia el bienestar de un determinado grupo o especie del cual el individuo actuante forma parte, y cuando actúa motivado por una intuición el egoísmo individual y grupal atraviesa toda barrera específica y busca el bienestar de la biomasa espaciotemporal íntegra, pero no deja de ser ésta una forma de egoísmo, un egoísmo sublimado que hace del universo todo un ser único y acabado, como efectivamente lo es.
CORNELIO.-- Si eso no es lo que yo llamo generosidad o altruismo, entonces la generosidad y el altruismo no existen.
RAMPHASTUS.-- El egoísmo, una vez trascendida la frontera del individuo actuante, tiende a confundirse con la generosidad y el altruismo.
CORNELIO.-- ¿Puede trazarme un cuadro más o menos prolijo de los móviles a que aspira cada parte integrante del sistema mental que hace que los diferentes seres actúen conforme a la ética universal o reñidos con ella?
RAMPHASTUS.-- Con todo gusto. El cuadro se compone de tres partes, y lo unifico llamándolo regla eudemonista tripartita, que dice lo siguiente: A) La conciencia lógica de cualquier individuo, animal, vegetal o mineral, en tanto que tal, o sea en su estado puro, sin mezclarse con ningún instinto ni con ninguna intuición, no puede hacer otra cosa más que buscar su mayor bienestar o menor malestar individual, ya sea en el corto, en el mediano o en el largo plazo según el nivel corto, mediano o largo de desarrollo intelectual que posea dicho individuo; B) el inconciente instintivo de cualquier individuo animal, vegetal o mineral, en tanto que tal, o sea en su estado puro, sin mezclarse con ninguna conjetura lógica ni con ninguna intuición, no puede hacer otra cosa más que buscar el mayor bienestar o el menor malestar de la especie o grupo específico que integra, aun a costa del bienestar del individuo mismo. Este bienestar específico se buscará en el corto, mediano o largo plazo según el menor o mayor desarrollo instintivo de la especie en general y del individuo en particular; y C) el inconciente intuitivo de cualquier individuo animal, vegetal o mineral, en tanto que tal, o sea en su estado puro, sin mezclarse con ninguna conjetura lógica ni con ningún instinto, no puede hacer otra cosa más que buscar el mayor bienestar o el menor malestar posible para todos los seres concientes en conjunto y en el largo plazo, aun a costa del bienestar del individuo mismo y de la especie que integra, e inclusive a costa del bienestar del conjunto biomásico en el corto o mediano plazo. Tenga muy en claro que en estos tres principios se habla de buscar y no de encontrar. La conciencia busca su propio bienestar, pero a veces lo busca en el vicio, que suele a la larga traerle más consecuencias dolorosas que placenteras. Asimismo, el instinto no es infalible; hay algunos que, por haberse detenido en el tiempo sin adaptarse a las nuevas condiciones de vida, pueden llevar a una especie incluso a la extinción. Un ejemplo clásico de instinto mal empleado es el que lleva a las polillas hacia el fuego y las calcina. Con la intuición, en cambio, no se puede caer en error alguno: siempre que sea una verdadera intuición y no un presentimiento mal interpretado, ésta nos conducirá necesariamente o bien hacia una verdad en el caso de la intuición científica, o bien hacia una elección correcta de alternativas, correcta en el sentido ético antedicho, es decir, que a la larga la sumatoria de sus consecuencias será favorable al bienestar del conjunto de seres concientes existentes o por existir en el universo.
CORNELIO.-- ¿Los vegetales y los minerales tienen conciencia lógica e intuiciones?
RAMPHASTUS.-- De los vegetales me atrevo a decir que muy probablemente algunos de ellos, entre los que por fuerza estarían los árboles, tienen intuiciones y tal vez cierto tipo de conciencia lógica no del todo similar a la de los animales. Sobre los minerales poco puedo aseverar a este respecto, pero tampoco puedo descartarlo, así que los incluyo en el cuadro.
CORNELIO.-- Cuadro en el que quedamos un poco mal parados nosotros los humanos, los seres lógicos por antonomasia...
RAMPHASTUS.-- Somos lógicos por antonomasia, pero también por antonomasia intuitivos. Además hay que sacarse de la cabeza la idea que nos implantaron de niños referente a la inmoralidad intrínseca de todo accionar egoísta. El egoísmo individual, bien calculado, tiende a la virtud, como mal calculado tiende al vicio.
CORNELIO.-- Pero por mejor que calculemos nuestro egoísmo individual, no creo que se pueda llegar a tender al virtuosismo absoluto pensando siempre en la mejor manera de autogratificarse...
RAMPHASTUS.-- Se podrá, en un futuro no muy cercano.
CORNELIO.-- ¿Quién es más feliz, el que actúa constantemente pensando en su propio bienestar o el que actúa por intuición, motivado por el bienestar biomásico espaciotemporal?
RAMPHASTUS.-- Todavía no existe ni existió nadie lo suficientemente santo y sabio como para ser motivado en la totalidad de su accionar por la intuición. Sin embargo, suponiendo que pudiera existir actualmente un ser así, un ser casi completamente intuitivo, tengo que admitir que no sería tan dichoso como un buen calculador del egoísmo individual.
CORNELIO.-- O sea que para ser fiel al hedonismo individual no es correcto apuntar al virtuosismo absoluto...
RAMPHASTUS.-- Como tampoco al absoluto vicio. Dese cuenta de que tanto la virtud como el vicio son atributos casi exclusivamente humanos. Los demás animales, excepto los ya muy complicados mamíferos, actúan casi exclusivamente por instinto, o sea que actúan inconcientemente, sin meditar los motivos por los cuales realizan determinada tarea, y con la inconciente mirada puesta no es su bienestar individual sino en el de su especie o grupo específico, aunque la mayoría de las veces estos dos bienestares coinciden y por eso nos queda la sensación, al estudiar comportamientos animales como el de la huida o la búsqueda de alimento, de que los mismos están motivados por las apetencias individuales de búsqueda del placer por escape del dolor, pero esto no es así.
CORNELIO.-- Dicho de otro modo, los animales pertenecientes a especies poco evolucionadas no son ni buenos ni malos.
RAMPHASTUS.-- Todo lo que es tiende a perseverar en su ser, decía Spinoza. "Lo que es", en la naturaleza animal primitiva, no es el individuo, sino las unidades de replicación que portan los individuos, los genes. Los genes gozan viviendo dentro de un determinado individuo y por eso lo acicatean para que continúe vivo (o lo enferman y matan cuando sufren para evitar seguir sufriendo), pero sobre todo lo incitan a que se reproduzca, porque saben que si no se reproduce, ellos mueren. La genética particular del individuo morirá de todos modos, pero muchos de sus rasgos sobrevivirán en sus hijos, y eso lo "saben" (inconcientemente, claro) los genes, quienes conforman la unidad basal instintiva, o sea que no se fijan nunca en su propio bienestar sino en el de sus semejantes. Y cuando parecen ocuparse del individuo mismo no lo hacen más que para mantenerlo vivo a la espera de que pueda reproducirse o auxiliar a sus semejantes en el futuro. Esa es la explicación más científica que puede darse del amor maternal o fraternal: nuestro genes ven en nuestros hijos, padres y hermanos, conglomerados repletos de genes similares a ellos, y por eso buscan el bienestar de sus familias antes que el suyo propio. Y de paso explicamos de dónde nos viene aquel "apetito de inmortalidad" que nos subyuga y que mal comprendemos cuando lo asociamos a nuestra mortalidad individual.
CORNELIO.-- Pero el instinto no sólo lleva a los animales a procurar el bienestar de sus familiares directos, también los impele a salvaguardar a otros individuos...
RAMPHASTUS.-- Pero siempre de su misma especie o grupo social, y lo hacen porque también en ellos los genes individuales alcanzan a verse reflejados, también se hacen uno con ellos y así sueñan con la inmortalidad. Más allá de la familia, del grupo social o de la especie, lo genes ya no se reconocen mediante el instinto, sino mediante la intuición. El instinto es el fenómeno básico, siendo el egoísmo individual una especie de atrofia instintiva y la intuición una sublimación, una expansión del poder del instinto. Tanto el egoísta como el instintivo y el intuitivo quieren perseverar en su ser, la diferencia radica en que el primero considera que su ser termina en su individualidad, el segundo en su especie y el tercero en la biomasa íntegra.



[1] “A cada uno de mis amigos le echo en cara que jamás ha considerado que mereciese la pena estudiar alguno de mis escritos: adivino, por signos mínimos, que ni siquiera saben lo que en ellos se encierra” (Friedrich Nietzsche, Ecce Homo, "El caso Wagner", 4).
[2] (Nota añadida el 4/10/2005.) La idea que tengo es la siguiente: A partir del 2043, cederle a cualquier editorial interesada (si es El Ateneo mejor) los derechos exclusivos de mis escritos por un lapso de diez años, luego de los cuales pasarían a pertenecer al dominio público. Claro que si alguien se ofreciese a publicar estas primeras ediciones dejando de lado cualquier fin lucrativo, no sería deseable rechazarlo.
[3] (Nota añadida el 15/8/2007.) La teología cristiana fundamentaría esta decisión de salvar a Hitler de un modo más dogmático y expeditivo: "No nos está permitido cometer un pecado para traer a la existencia un bien, por muy alto que sea su rango. Incluso si pecando pudiésemos obtener la salvación eterna de otra persona, no nos estaría permitido pecar" (Dietrich von Hildebrand, Ética, cap. 19, secc. 5).
[4] (Nota añadida el 26/2/2001.) Me parece que aquí Ramphastus equivocó los tantos. Si yo actúo motivado por verdaderos sentimientos de simpatía o compasión, necesariamente beneficiaré más de lo que perjudicaré a la biomasa espaciotemporal. La incertidumbre se hace presente no intrínsecamente al que postulado ético sino por el hecho de que nadie puede nunca estar completamente seguro de que actuó motivado principalmente por sentimientos simpáticos o compasivos. La ética universal es absoluta, la que es relativa (probabilística) es su capacidad de predicción, tal como sucede con cualquier ley científica ciento por ciento verdadera.