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domingo, 13 de octubre de 2019

PHP (pensadores homosexuales y promiscuos)


Voy a sincerarme. Lo que me movió a escribir sobre Wittgenstein y a interesarme por sus ideas no fue mi curiosidad intelectual, mi hambre de saberes filosóficos, sino el dato de su supuesta promiscuidad. Siendo yo un pensador homosexual y promiscuo, deseaba estudiar a otro que también lo fuera. Pero hay dudas. No estamos seguros de que haya sido Wittgenstein tal como lo pinta Bartley. Tendré entonces, mal que me pese, que estudiar en algún momento a Foucault, porque nadie podría dudar razonablemente de que el francés haya sido, entre los pensadores famosos, el homosexual más promiscuo de la historia.
Foucault murió de sida en 1984. Según uno de sus más íntimos allegados, el propio Foucault estaba convencido

de haber contraído el sida durante una fellatio en un sauna de San Francisco, pues aprovechaba las invitaciones a los Estados Unidos para frecuentar allí estos establecimientos, manteniendo un anonimato que los volvía más agradables que en Francia, donde su fama hacía fácil que se lo identificara (Mathieu Lindon, Lo que significa amar, pp. 214-5).

Intentaré corregir a Lindon. Lo que posiblemente haya contraído Foucault en un sauna de San Francisco no fue el sida, sino el virus HIV. Tener HIV en la sangre no es lo mismo que tener sida. Y es probable que Foucault haya muerto de sida no por ser portador de HIV, sino por su adicción a la heroína, al ácido lisérgico y a váyase a saber a qué otra droga recreativa. Los malos hábitos son más deletéreos que los malos virus.

sábado, 12 de octubre de 2019

Wittgenstein y la vida de ultratumba


Deja a otros que se dediquen a estudiar cosas del derecho, a la poesía o a hacer silogismos, tú dedícate a aprender a morir.
Epicteto, Diálogos, II, 1, 36

Si como suponía Unamuno, y como sostuvieron Cicerón y los estoicos, la filosofía es fundamentalmente una reflexión sobre la muerte, Wittgenstein no se enteró.

Unos días antes de su muerte, Drury visitó a Wittgenstein en Cambridge, y este le comentó: «Es curioso que, aunque sé que ya no voy a vivir mucho más, nunca se me ocurre pensar en una “vida futura”. Todo mi interés está todavía en esta vida y en lo que todavía soy capaz de escribir.» (RM, p. 522).

Hasta el día anterior a perder la conciencia, el 27 de abril de 1951, siguió Wittgenstein escribiendo parágrafos de su ensayo Sobre la certeza. La muerte, se podría decir, lo sorprendió con un bolígrafo entre sus manos. No fue un escritor “de pura cepa”, como Pessoa o como Kafka, que no concebían la vida sin la escritura, pero creo que al final de sus días comprendió lo que tendría que haber comprendido mucho antes, que la filosofía se enseña mejor a través de la palabra escrita que no a través de las cátedras, de las cofradías o de las mudas acciones.
Im Anfang war die Tat, dice Goethe en el Fausto: en el principio fue la acción. Wittgenstein solía citar con aprobación este verso, pero la realidad que nunca vio, o que no quiso ver, afirmaba con estruendo que no era Goethe sino San Juan quien llevaba la razón: en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
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viernes, 11 de octubre de 2019

Los deseos mortuorios del último Wittgenstein


La actitud que adoptó Wittgenstein al enterarse de que sus días estaban contados fue bastante curiosa. En diciembre de 1949 le escribió a Norman Malcolm:

Tengo un cáncer en la próstata. Pero, en cierto modo, esto suena mucho peor de lo que es, ya que existe una droga (de hecho, algunas hormonas) que pueden, según me han dicho, aliviar los síntomas de la enfermedad, de modo que puedo vivir aún varios años. [...] No me alteré ni poco ni mucho al saber que tenía cáncer, pero sí cuando me enteré que se podía hacer algo para remediarlo, pues no tenía ningún deseo de seguir viviendo” (carta citada en Recuerdo de Ludwig Wittgenstein, ensayo de Malcolm incluido en una compilación a cargo de Ricardo Jordana titulada Las filosofías de Ludwig Wittgenstein, p. 92).

¿Es lógico que un lógico se comporte así frente a una enfermedad terminal? No lo creo. Si no tiene deseos de seguir viviendo, lo racional es el suicidio, solución adoptada por tres de sus hermanos y por su admirado Weininger; y si quiere vivir, como creo que era el caso, hay que luchar con denuedo para salir adelante y vencer la enfermedad, o por lo menos ganar un poco de tiempo extra.

jueves, 10 de octubre de 2019

El embotamiento intelectual del último Wittgenstein


«Ahora voy a trabajar como nunca lo he hecho en mi vida», le dijo a la señora Bevan al saber que el cáncer había ganado definitivamente la batalla a los rayos X y al estrógeno, dos meses antes de morir.
Isidoro Reguera, Ludwig Wittgenstein

1950 sorprendió a Wittgenstein con escaso dinero en los bolsillos y el deseo de seguir escribiendo sin ser importunado con trabajos asalariados. A tal efecto, su amigo Norman Malcolm se dirigió a la Fundación Rockefeller con el objetivo de tramitarle una beca de investigación, pero Wittgenstein sentía que, si se la otorgaban, estaba siendo partícipe de una estafa. Le escribió al director de la Fundación una especie de confesión sobre su estado actual, físico y mental, para que evaluara si era pertinente, aun así, otorgarle la beca:

No he podido hacer ningún trabajo bueno y sistemático desde principios de marzo de 1949. [...] Con la edad, mis pensamientos pierden fuerza notablemente, cristalizan más raramente y me canso con mucha más facilidad. Mi salud es algo débil debido a una ligera y persistente anemia que me hace propenso a las infecciones. Esto, a su vez, disminuye las posibilidades de hacer un trabajo realmente bueno. Aunque me es imposible hacer predicciones definitivas, me parece probable que mi mente nunca vuelva a funcionar tan vigorosamente como, pongamos, hace catorce meses. No puedo prometer publicar nada durante lo que me resta de vida (citado en RM, p 510).

Atribuía Wittgenstein su cansancio y su abulia, su “embotamiento intelectual”, en parte a los estrógenos que le estaban suministrando para detener el cáncer de próstata, que ya estaba muy avanzado. Mientras los tomaba —comenta Monk— “le parecía muy difícil alcanzar la intensa concentración necesaria para escribir filosofía. «Trabajo algo», le dijo a Malcolm el 17 de abril, «pero me quedo atascado en cosas simples y casi todo lo que escribo es flojo»”. Al año siguiente murió, de manera que los estrógenos que le impedían pensar con prontitud y claridad poco hicieron para evitar el curso corriente de la enfermedad.
Pero hay más. Pocos días antes de su fallecimiento, los doctores llegaron a la conclusión de que ya no tenía sentido el suministro de hormonas y se las quitaron, y a partir de ahí recuperó Wittgenstein su lucidez intelectual:

Durante los dos meses que le quedaban de vida Wittgenstein escribió más de la mitad (los párrafos numerados del 300 al 676) de las observaciones que ahora constituyen Sobre la certeza, y al hacerlo produjo lo que muchas personas consideran el texto más lúcido de toda su obra (RM, p. 520).

Tomo nota: si estoy camino a la tumba y me recetan algún medicamento que embota mis entendederas con el fin de retrasar mi muerte, mejor lo dejo de lado y sigo forzando mi cabeza hasta las últimas consecuencias.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Wittgenstein y el elitismo cultural


Uno de los escritores favoritos de Wittgenstein era Charles Dickens. En Dickens, “Wittgenstein hallaba a un escritor inglés al que podía respetar por su «buen arte universal», en el sentido tolstoiano de que su arte es inteligible para cualquiera, y que se adhiere a las virtudes cristianas” (RM, p. 513). Tolstoi había recomendado, en su ensayo ¿Qué es el arte?, la simplicidad máxima como regla fundamental de expresión con el objetivo de que el arte se masifique y pueda conmover tanto a los cultos como a los escasamente letrados. Wittgenstein estaba de acuerdo con su admirado Tolstoi en lo referente a las producciones literarias, pero en el terreno filosófico sus opiniones se le oponían antitéticamente. Sus escritos, y en especial su Tractatus, resultan incomprensibles para la gran mayoría de la gente y solo pueden disfrutarlos aquellos que poseen extensos y profundos conocimientos de lógica y lógica matemática (incluso muchos avezados lógicos no los entendían plenamente, como era el caso de Russell y Frege, según ya hemos visto).
La lucha de Tolstoi contra el elitismo cultural es lucha sagrada, y yo soy su soldado incondicional. Wittgenstein, tal como le sucedió al estallar la Segunda Guerra Mundial, tenía sus simpatías divididas.

martes, 8 de octubre de 2019

Wittgenstein, a un paso del suicidio


Cuando Wittgenstein regresó de la Primera Guerra,

se enteró de la muerte de su amigo David Pinsent y pensó en suicidarse. Su tío lo encontró en la estación de tren en un estado muy alterado y con una versión muy cercana a lo que sería el Tractatus entre sus manos. Finalmente no se suicidó; quizá le salvó la vida su deseo de publicarlo, y sin duda no fue la última vez que su trabajo filosófico dio sentido a su vida. Porque si su trabajo filosófico [...] adquiere la capacidad de dar sentido a su vida es porque está envuelto en religiosidad, y es en este sentido —me parece— que habría que entender aquello que dijo a Drury: “No soy un hombre religioso, pero no puedo evitar ver cualquier problema desde un punto de vista religioso” (Isabel Cabrera, “La religiosidad de Wittgenstein” artículo disponible en internet).

La filosofía rescata. No sé si recata a quien la lee, pero sí a quien la piensa y la practica. Y si esa filosofía está envuelta en religiosidad, su poder rescatista es más efectivo.

lunes, 7 de octubre de 2019

Wittgenstein y el Cristo resucitado


¿Creía Wittgenstein en la resurrección de Jesús? No, si entendemos por Wittgenstein a su cabeza; sí, si entendemos por Wittgenstein a su corazón:

¿Qué me inclina también a mí hacia la fe en la resurrección de Cristo? Juego, por así decir, con el pensamiento. Si no resucitó, se pudrió en el sepulcro como cualquier hombre. Está muerto y podrido. Es, pues, un maestro como cualquier otro y ya no puede. ayudar; estamos de nuevo desterrados y solos. Y debemos conformamos con la sabiduría y la especulación. Estamos como en un infierno, donde solo podemos soñar, separados del cielo por una cubierta. Pero si realmente debo ser redimido, necesito certeza —y no sabiduría, sueños, especulación— y esta certeza es la fe. Y la fe es fe en aquello que necesita mi corazón, mi alma, no mi entendimiento especulativo. Pues mi alma, con sus pasiones, por así decirlo, con su carne y su sangre, debe ser redimida, no mi espíritu abstracto. Quizá pueda decirse: solo el amor puede creer en la resurrección (Aforismos, § 171).

Yo creo que Cristo resucitó, del mismo modo que creo que resucitó mi abuelo. Si mi abuelo no resucitó, entonces Cristo tampoco. Y no me preocupa demasiado que esté muerto y podrido, porque desde mi madre hasta Sócrates, hay un sinnúmero de seres bien muertos y bien podridos que me siguen auxiliando.

domingo, 6 de octubre de 2019

La doble moral religiosa de Wittgenstein


Tenía Wittgenstein dos facetas religiosas: la que esbozaba en sus escritos dados a publicidad y la que se puede entrever en sus anotaciones más personales:

En sus textos públicos [...] su lenguaje para referirse a cuestiones ético-religiosas es impersonal, usa “lo místico” o Dios como equivalente al sentido del mundo o al destino, mientras que en sus diarios personales su lenguaje religioso es más personal y similar al del creyente que reza, y muchas veces no habla de Dios sino con Dios: constante y explícitamente lo invoca para pedir fuerza frente al miedo a la muerte en su etapa de soldado y, décadas más tarde, lo interpela más escasa y tímidamente, pidiendo fuerza para vencer su vanidad, sus resistencias a la entrega. Además, en sus textos públicos parece aludir a una religiosidad laica, por así decirlo, una religiosidad que no está comprometida con ninguna religión en particular, ni engarzada con símbolos religiosos tradicionales, mientras que sus textos personales muestran una constante referencia al cristianismo y a algunos de sus símbolos. No cabe duda, pues, de que Wittgenstein reflexiona sobre la religión desde el cristianismo (Isabel Cabrera, “La religiosidad de Wittgenstein” artículo disponible en internet).

Esta “doble moral” religiosa raya la hipocresía, aunque no me atrevo a decir que la incluye. Y el hecho de no interesarse por otras religiones más allá de la cristiana y la judía no creo que sea un buen síntoma. La religión cristiana, contrapesada por las religiones orientales, se torna mucho más compasiva y por ende auténtica.

sábado, 5 de octubre de 2019

Wittgenstein y Montaigne


La vida puede educar para la fe en Dios. Y son también las experiencias las que lo hacen; pero lo que nos muestra la «existencia de este ser» no son visiones u otras experiencias sensibles, sino, por ejemplo, penas de distinta índole, Y no nos muestran a Dios como nos muestra una impresión sensible un objeto, ni permiten conjeturarlo.
Ludwig Wittgenstein, Aforismos, § 485

Existe un autor[1] que relaciona la filosofía de Wittgenstein con la de Montaigne, en el sentido de que ambos pensadores no creen que la religión pueda estar apoyada en la razón. Esto es claro, pero yo no le critico a Wittgenstein (ni a Montaigne, por supuesto) esta disociación entre religión y razón, porque yo también soy fideísta; lo que le critico es que diga que el discurso religioso en cualquier caso carece de sentido. No es lo mismo afirmar que la creencia en Dios no es racional, que afirmar que todo lo que decimos acerca de Dios, o de lo bueno, carece de sentido. Tampoco Montaigne estaría de acuerdo con esto último[2].


[1] Vicente Raga Rosaleny, “Montaigne, Wittgenstein y el escepticismo”, artículo disponible en internet.
[2] Las proposiciones básicas de la metafísica, sus axiomas, se descubren o se adoptan intuitivamente (dicho esto no en sentido kantiano sino en sentido bergsoniano; no intuición sensible sino intuición intelectual). Por eso digo que no son racionales; pero después, una vez que tenemos armado el conglomerado axiomático, comenzamos a entremezclar las proposiciones y a relacionarlas entre sí, y a verificar si, lógicamente, no se contradicen unas con otras. Este segundo paso del procedimiento metafísico es completamente racional; de ahí que no pueda decirse que la metafísica en general, o que las especulaciones acerca de Dios, del libre albedrío, etcétera, sean completamente irracionales.

viernes, 4 de octubre de 2019

Wittgenstein y la predestinación


El hombre, dice Wittgenstein, depende de Dios, pero esto no significa que su destino esté prefijado por Dios: “La doctrina de la predestinación en Pablo es, en mi grado, irreligiosidad, un horrible absurdo” (Observaciones, p. 65). Según el austríaco, no estamos predestinados al cielo o al infierno, sino que nos ganamos estos destinos de acuerdo a nuestras acciones en la tierra. ¿Es esta idea compatible con la idea que cité ayer? A mí me parece que no, que la compatibilidad es muy forzada.

jueves, 3 de octubre de 2019

La religión como dependencia; la irreligión como autonomía


Para Wittgenstein,

la religion reside en el sentido de dependencia del hombre [...], aunque ello sea un “sinsentido”, se puede ver cómo alguien podría llegar a decir algo así: pues en ocasiones la religión consiste únicamente en tal cosa y, en la mayoría de los casos, consiste (al menos en parte) en tal cosa (Últimas conversaciones, p. 75).

El individuo religioso es aquel que se siente dependiente, heterónomo; el irreligioso se siente independiente, autónomo. Perfecto.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Wittgenstein y el apokatástasis


Cierta vez, mientras conversaba con Drury, este le dijo a Wittgenstein que admiraba el punto de vista de Orígenes en relación al día del juicio final: el apokatástasis, doctrina que afirma que todos los pecadores, incluido el mismo Satán, serán perdonados y volverán al seno de Dios. Es una pena, le dijo Drury, que Orígenes haya sido considerado un hereje, pero Wittgenstein no estuvo de acuerdo: “Naturalmente que fue rechazado. De lo contrario todo sería absurdo. Si lo que hacemos ahora no va a contar para nada al final, entonces toda la seriedad de la vida queda eliminada” (citado en RM, p. 488). Es decir que según Wittgenstein, los que hacen el bien con el objetivo de ganarse el cielo son personas de lo más esclarecidas. Yo creo que a los hombres que así se comportan no tenemos que llamarlos esclarecidos sino egoístas: hacen el bien no porque su corazón se los pida, sino porque se los pide su cabeza, que calcula cómo evitar el infierno. El verdadero santo hace el bien porque sus valores, internamente, lo incitan a ello, sin interesarle en ese momento ni el cielo ni el infierno. Lo que propone Wittgenstein es fariseísmo puro, y no creo que con ello la vida gane seriedad sino más bien economía y tasación, y el amor desinteresado pierda.

martes, 1 de octubre de 2019

Wittgenstein y el miedo al pecado


La idea de Dios, dijo, era ante todo para él la del juez temible.
Georg Henrik von Wright , “Esquema biográfico”

Sus conversaciones con Drury en 1949, durante una estancia en Dublín, “se centraban cada vez más en temas religiosos. Contrastaba las ideas religiosas «griegas» de Drury con sus propios pensamientos, que eran, dijo, «ciento por ciento hebraicos»” (RM, p. 488). De ahí que le otorgara tanta importancia a la idea del infierno y al justo castigo por los pecados cometidos en esta vida.

La concepción «hebraica» de la religión que tenía Wittgenstein se basaba, sugirió Drury, en el temor reverencial que se experimenta al leer la Biblia. Para ilustrarlo citaba a Malaquías: «¿Quién podrá soportar el Día de su venida?» (Malaquías 3:2). Esto hizo que Wittgenstein se detuviera: «Creo que lo que acabas de decir es algo muy importante. Mucho más importante de lo que crees.» (ibíd., p. 488).

Este terror al pecado, o mejor dicho a las consecuencias del pecado (“muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”), marcó a fondo su existencia y la tiñó de gris. “He tenido una vida maravillosa” dijo al morir, pero pocos le creen. Para la mayoría, la vida de Wittgenstein ha tenido muchos más tormentos que maravillas, y esto se debió en gran parte a la concepción hebraica de su ética.

lunes, 30 de septiembre de 2019

El poder de la palabra escrita


Wittgenstein no creía en el poder de la palabra cuando el objetivo es mejorar el carácter de las personas, y este escepticismo no aminoraba si hablaba de sus propios escritos:

Su pesimismo referente a la efectividad de su obra se relaciona con la convicción de que la manera como vemos las cosas está determinada no por nuestras creencias filosóficas, sino por nuestra cultura, por la manera como fuimos educados. Y ante esto, como le dijo una vez a Karl Britton: «¿Qué puede hacer un hombre solo?» (RM, p. 482).

A mí no me parece que nuestro entorno cultural sea tan determinante a la hora de moldear nuestro carácter. Yo, por ejemplo, soy vegetariano y provengo de una familia que comía carne prácticamente todos los días y de un país en el que el asado de los domingos es una liturgia. La cultura que me rodeaba quería que yo fuese carnívoro, pero los libros que he leído, la palabra escrita, me convencieron de lo contrario. No hay que menospreciar el poder de la palabra y de las convicciones filosóficas a la hora de alterar nuestro comportamiento y de mejorar (o empeorar) nuestro carácter.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Wittgenstein y la comida enlatada


Estoy ansioso por exprimirme los sesos mientras aún haya jugo.
Carta de Wittgenstein a Norman Malcolm, 6/11/1948

En Irlanda, adonde se dirigió para escribir luego de renunciar a Cambridge, vivió en una casa que le prestó Maurice Drury, bastante alejada de todo, ideal para quien desea escribir sin ser molestado.

La casa [...] tenía dos habitaciones, un dormitorio y una cocina, y era en este último aposento donde Wittgenstein pasaba casi todo el tiempo. Sin embargo, no la utilizaba para preparar las comidas. [...] vivió casi completamente a base de comida enlatada que encargaba en una tienda de Galway. Tommy [el casero] estaba preocupado por su dieta. «La comida enlatada será su muerte», le dijo una vez. «De todos modos, la gente vive demasiado», fue la macabra réplica (RM, p. 476).

Esto fue en 1948. Tres años después, moriría por causa de un cáncer de próstata. ¿Fue la comida enlatada lo que lo mató, como le advirtió Tommy? Nunca lo sabremos, pero seguramente habría vivido más de haber llevado Wittgenstein durante su vida una dieta saludable[1].


[1] Otra costumbre que ponía en riesgo su salud era su desprecio por el aseo de los utensilios de cocina. Durante su permanencia en Trattenbach solía utilizar, para preparar su cena, “una especie de cocina a presión para calentar el cacao con la avena y otros elementos sin especificar. Nunca lavaba la olla, de modo que el resto quedaba dentro pegado, haciéndose cada vez más duro y creciendo más y más hasta disminuir el volumen de la olla. Al final el volumen de la olla había quedado tan reducido que solo podía preparar el cacao para una persona” (WB, p. 113).

sábado, 28 de septiembre de 2019

Por qué criticar a Wittgenstein


¿Me estoy aventurando demasiado al criticar con tanto ardor a quien, a los ojos de muchos pensadores, es la figura más importante que dio la filosofía del siglo XX?[1] Es posible. Cito a William Bartley: “Antes de criticar responsablemente a un filósofo, hay que determinar con mucha precisión cuáles son sus problemas y qué es lo que hay que decir sobre ellos. Con Wittgenstein esto no es nada fácil” (WB, p. 187). Admito que mis determinaciones no son precisas y que mi conocimiento del pensamiento de Wittgenstein no es completo, pero prefiero pecar de temerario y cometer algún error con mis críticas, error que yo no veo y que otros descubrirán, prefiero eso a una superabundancia de escrúpulos que impida la crítica por la vergüenza que implicaría el estar equivocado y tener que rectificarse. La razón humana, llevada al terreno de la teoría del conocimiento, tiene dos funciones primordiales: la crítica y la fundamentación. Yo critico a Wittgenstein, y si resultase que mi critica no está bien fundamentada, aceptaré con gusto la recrítica, me retractaré y pediré disculpas. Yo saldré intelectualmente perjudicado, pero quien se tomó el trabajo de descubrir mi error habrá subido un peldaño en la escalera, peldaño que seguramente no habría existido sin la existencia de mi temeraria critica. Por eso el descubridor de mi error quedará en deuda conmigo, así como yo quedo en deuda con Wittgenstein por la posibilidad que me ha otorgado de poder criticarlo y, a partir de esa crítica, fundamentar una que otra idea paralela[2].


[1] Cf., por ejemplo, George Pitcher, The Philosophy of Wittgenstein, prefacio, en donde afirma que "Wittgenstein es uno de los filósofos más grandes del siglo xx, quizás el más grande". Otro pensador, ya muy exagerado, entiende que el Tractatus “se asemeja” al Tao te King de Lao-Tsé (cf. K. T. Fann, El concepto de filosofía en Wittgenstein, primera nota al pie).
[2] Los servicios que presta Wittgenstein a los interesados en filosofía son enormes, pero no tanto porque haya contribuido a crear nuevos rumbos en esta disciplina sino porque nos da la oportunidad de negar que esos rumbos tengan relevancia. Wittgenstein me obligó a pensar para poder refutarlo, y eso tiene mérito, quizá un mérito superlativo. Como dijo James Colbert Jr. en el final de su “Aproximación a Wittgenstein”: “Si por un maestro en filosofía se entiende alguien que hace pensar, Wittgenstein es maestro, a pesar de nosotros y, quizás, a pesar de él mismo”.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Wittgenstein como escritor


Wittgenstein evitaba el trabar relaciones, pero necesitaba y buscaba las amistades. Era un amigo incomparable, pero exigente. Creo que la mayoría de los que le quisieron y tuvieron su amistad, también le temían.
Georg Henrik von Wright, “Esquema biográfico”

James G. Colbert Jr. afirma que Wittgenstein era “un deplorable escritor” (ver la anteúltima nota al pie). Yo no lo calificaría de deplorable sino de desabrido. Y teniendo en consideración que una de las definiciones de desabrido es “áspero y desapacible en el trato”, creo que la palabra le cuadra también para describirlo socialmente[1].


[1] Georg Henrik von Wright opina lo contrario respecto del estilo literario wittgensteiniano. Gracias al Tractatus y a las Investigaciones filosóficas, dice, “sería extraño que algún día no se le coloque entre los escritores clásicos de la prosa alemana” (“Esquema biográfico”, ensayo incluido en una compilación a cargo de Ricardo Jordana titulada Las filosofías de Ludwig Wittgenstein, p. 38). Según Anthony Kenny, el estilo de Wittgenstein “es austeramente bello” (Wittgenstein, p. 17).

jueves, 26 de septiembre de 2019

La renguera del perro


“¿Por qué no puede un perro simular dolor? —pregunta Wittgenstein—. ¿Es demasiado honrado?” (Investigaciones filosóficas, § 250). La simulación es hija de la astucia, y la astucia es hija de la razón. ¿La racionalidad de los perros no es lo suficientemente profunda como para urdir una simulación? Yo creo que en algunos perros lo es cuando, por ejemplo, renguean más de la cuenta ante un pisotón que ya no les causa dolor, granjeándose así los favores que el perro enfermo suele recibir y que no recibiría si lo creyeran sano. Hasta el mismísimo José Hernández se había percatado de que algunos perros tienen esta potestad y en honor a ella escribió estos versos en su inmortal Martín Fierro:

Y menudiando los tragos
aquel viejo como cerro
--No olvidés, decía, Fierro
que el hombre no debe creer
en lágrimas de mujer
ni en la renguera del perro.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

El pensador-escritor y pensador-catedrático


…En aquella época todavía creíamos inocentemente que quien tenga en una universidad el cargo y la dignidad de filósofo debe ser también un filósofo: precisamente carecíamos de experiencia y estábamos mal informados.
Friedrich Nietzsche, Sobre el porvenir de nuestras instituciones educativas


En 1947, Wittgenstein abandonó su cátedra en el Trinity College para dedicarse a finalizar y tornear su último libro, el que hoy conocemos como Investigaciones filosóficas[1]. Buscando la tranquilidad necesaria para escribir, marchó a Irlanda, porque no se sentía a gusto en “la desintegradora y putrefacta civilización inglesa”. Y a él, a quien siempre le había costado demasiado el acto de la escritura, y que se consideraba demasiado viejo como para que su mente pudiese volar como en la época del Tractatus, se le dibuja en la cara una expresión de sorpresa cuando pone manos a la obra:

A veces las ideas me llegan tan rápidamente que siento como si mi pluma fuera guiada por alguien. Ahora me doy cuenta de que lo más adecuado para mí era abandonar la enseñanza. Nunca habría podido escribir esta obra estando en Cambridge (citado en RM, p. 471).

Ya frisando los sesenta, y a pocos años de su muerte, comprende que lo peor que existe para un pensador-escritor es la convivencia en el mismo cuerpo con un pensador-catedrático. La cátedra le robaba el precioso tiempo que habría debido dedicar a plasmar por escrito sus pensamientos —o no pensamientos, puesto que, si hacemos caso a Russell, Wittgenstein no era un filósofo sino un místico que veía la filosofía como una evasión de lo racional—. El problema era que, al haber regalado su fortuna, debía ganarse el sustento con alguna actividad, pero habría sido más sano para su faceta de escritor, teniendo en cuenta que era excesivamente puntilloso y nunca le parecían sus textos lo suficientemente acabados[2], que se dedicase a una labor profesional que no le insumiera tanto tiempo como la de profesor. Fernando Pessoa resolvió este problema dedicándose a traducir cartas comerciales durante dos o tres días a la semana, y el resto de la semana escribía; Wittgenstein, si odiaba tanto a la civilización inglesa y a Cambridge en particular[3], con más razón podría haber resuelto su situación financiera de parecida manera. Pero no, porque él necesitaba su coro de aduladores y sus reuniones en el Club de Ciencias Morales para levantar su autoestima, y por eso tardó tanto en tomar la decisión de jubilarse.
Bien dice el refrán que quien no es filósofo enseña filosofía. Pero en este caso no podemos aplicarlo, porque Wittgenstein no enseñaba en Cambridge filosofía, sino gramática.


[1] Dicho sea de paso, en opinión de Bertrand Russell, este libro no tiene nada que lo haga filosóficamente valioso: “Yo admiraba el Tractatus de Wittgenstein pero no su obra posterior, la cual me parecía que entrañaba una renuncia a su mejor talento [...]. Sus doctrinas positivas me parecen triviales y sus doctrinas negativas infundadas. No he encontrado en las Investigaciones filosóficas nada que me pareciera interesante y no acabo de entender por qué toda una escuela encuentra en sus páginas importante sabiduría” (La evolución de mi pensamiento filosófico, p. 140). Lo contrario opinaba del Tractatus: a pesar de que considerara ininteligibles alguno de sus pasajes y contradictorios otros, este libro le hizo revisar radicalmente su propia doctrina esbozada en los Principia Mathematica, y vaticinaba, en aquel entonces, que el próximo gran paso adelante de la filosofía vendría de la mano de su exalumno.
[2] Demoraba tanto en finalizar un escrito, lo retocaba tanto, que terminaba por perder vivacidad: "Hay que insistir en que Wittgenstein era [...] un deplorable escritor, de modo que sus anotaciones y los cuadernos que dictó a sus amigos tienen un frescor y una claridad que por desgracia las obras cuidadosamente pulidas por él mismo han perdido" (James G. Colbert Jr., “Aproximación a Wittgenstein”, artículo disponible en internet, p. 17).
[3] “La vida académica era [para Wittgenstein] detestable. Le dijo a Britton que cada vez que volvía de Londres y oía a un estudiante exclamar, «¡Oh, desde luego!» (Oh, really!), no le cabía la menor duda de que estaba de nuevo en Cambridge. El chismorreo de la persona que le hacía la cama en sus habitaciones de Cambridge era preferible a la engañosa inteligencia de profesores y catedráticos” (RM, p. 302). A Georg von Wright, un amigo que el mismo Wittgenstein había recomendado como su sucesor en Cambridge, y cuya solicitud fue aceptada, le dijo: “Cambridge es un lugar peligroso. ¿Te volverás superficial? ¿Zalamero? Si no lo haces sufrirás terriblemente” (citado en RM, p. 472).

martes, 24 de septiembre de 2019

Lógica, ajedrez e inteligencia


Ser un especialista en lógica, o estar machacando constantemente sobre cuestiones lógicas y matemáticas, no nos hace más inteligentes. ¿Existen personas más lógicas que los eximios ajedrecistas? El ajedrez de alta competencia

requiere una atención excepcional [...] requiere un poder de combinación tan grande, que quizá nada lo exija igual [...]. Y se podría así seguir enumerando las facultades que el ajedrez requiere: disciplina, dominio sobre sí mismo, serenidad, iniciativa, osadía (para el ataque), prudencia (para la defensa), etc., etc.…


Y sin embargo,

un excelente jugador de ajedrez no tiene, por serlo, una sola probabilidad más de ser un hombre inteligente —en general— que quien carezca de las aptitudes ajedrecistas. [...] La facultad de jugar bien el ajedrez (y a otros juegos), es una facultad muy aparte, muy separada, que no tiene que ver con la mayor parte de las actividades intelectuales. No garantiza ni hace presumir nada sobre la mentalidad en general (Carlos Vaz Ferreira, “Valor educativo de las matemáticas”, ensayo incluido en el tomo XXI (suplemento) de sus Inéditos, pp. 231-2)[1].

Así como el ajedrecista, si juega compulsivamente al ajedrez, será mejor ajedrecista cada vez, pero no por ello será más inteligente, lo mismo un pensador que se interna en cuestiones puramente lógicas y no sale de allí, será cada vez un mejor lógico, pero no un mejor filósofo. Wittgenstein era un especialista en lógica, pero de filosofía sabía muy poco. Si la capacidad de raciocinio fuera equiparable a la digestión, Wittgenstein sería un tratado sobre fisiología digestiva, mientras que un verdadero filósofo sería un caballo (no de ajedrez sino auténtico): este último no sabe nada mientras que el primero lo sabe todo; pero el caballo, pese a su ignorancia, digiere, mientras que el tratado sobre el aparato digestivo es impotente para eso.


[1] Algo parecido pensaba Miguel de Unamuno. El ajedrez, decía, “desarrolla la atención... para el ajedrez. […] He conocido muchos jugadores de ajedrez y he jugado a su juego con muchos de ellos. Y debo declarar que la mayor pericia en el juego no coincidía necesariamente con la mayor inteligencia. Junto a hombres muy inteligentes y grandes jugadores de ajedrez he conocido ajedrecistas distinguidísimos que eran hombres de una mentalidad menos que ordinaria […]. El ser un coloso en el ajedrez […] no prueba sino que se es un coloso en ajedrez. En lo demás puede ser coloso, hombre ordinario o pigmeo” (“Sobre el ajedrez”, artículo incluido en el compendio titulado Contra esto y aquello).