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martes, 22 de abril de 2014

La ventaja de los diarios íntimos por sobre los artículos y los tratados

"Pensé en lo dañino que es escribir artículos, estructurar los artículos en vez de exponer las ideas y los sentimientos tal como van llegando", dice Tolstoi desde sus anotaciones del día 7/6/1907. De ahí que algunos prefiramos, para desarrollar nuestros pensamientos, la escritura en forma de diario, sin elección de temas preconcebida, tomando las ideas de volea, como pelotas de fútbol que quedan picando frente a nosotros y nos tientan el zapatazo. Después se comprobará si el derechazo o el zurdazo se clavó en un ángulo, fue atajado por el guardameta o salió desviado; pero el espíritu del juego es ese: disparar desde cualquier distancia con la intención de marcar un gol. Los pensadores filosóficos de hoy, por evitar el silbido si es que pifian y el balón termina en la tribuna, se abstienen prolijamente de patear al arco incluso cuando la pelota queda boyando a pocos metros del área y no hay rivales que obstaculicen la trayectoria. En vez de eso, en vez de rematar la jugada, se distraen con gambetas y pasecitos y el peligro de gol se diluye --es decir, escriben artículos formales y emocionalmente asépticos para alguna revista de filosofía.

domingo, 6 de abril de 2014

¿Para qué (o para quién) se escriben los diarios íntimos?

Tolstoi contesta:

Llevo un diario no para mí, sino para la gente, sobre todo para quienes vivirán cuando yo, físicamente, ya no exista [...]. No sé si estos diarios le serán necesarios a los otros, pero para mí son necesarios, ellos son yo mismo. A mí me hacen feliz (Diario íntimo, 19/3/1906).

Primero dice que no escribe el diario para él sino para la gente, pero a lo último termina admitiendo que es él mismo quien lo necesita, independientemente del valor que pudiese tener para el resto de las personas. Lo correcto, me parece, es admitir las dos cosas, admitir que llevamos un diario por nosotros mismos, porque lo necesitamos por una cuestión psicológica interna, pero también porque tenemos la esperanza de que otros muchos lo leerán con fruición y con provecho. Muy pobre, muy falto de sustancia se alzaría el diario íntimo de un escritor que diese órdenes estrictas de quemarlo tras su muerte o de ser enterrado con él; la enjundia de nuestras frases va en proporción directa con el grado de masificación que, al escribirlas, suponemos que alcanzarán en tal o cual momento de la historia.
Lo que no comparto en absoluto es el último aserto: dice Tolstoi que sus diarios lo hacen feliz. A mí no me producen (ni la escritura de mis diarios ni la lectura de los suyos) tan magnífico efecto, ni creo, basándome en los propios diarios de Tolstoi, que se lo produjeran a él. La escritura de un diario podrá producir contento, serenidad de ánimo, exaltación quizá, pero difícilmente felicidad o beatitud. Solo a un santo la escritura de su diario íntimo le produciría felicidad, pero ha de saberse que a los santos, por definición, les está vedado hablar de sí mismos, de modo que no existen ni existirán los diarios íntimos escritos por santos, ni los escritores de diarios íntimos que hayan rozado la santidad y, consecuencia de la santidad, la beatitud y la felicidad. Tolstoi no ha sido feliz, ni yo lo seré --al menos en esta vida.

¡Cuánta razón tenía el otro gran León, León Bloy, cuando decía: "Hay una sola tristeza: la de no ser santos"!

jueves, 3 de abril de 2014

A LOS CULTORES DE DIARIOS ÍNTIMOS (cultores porque les fascina leerlos o porque les fascina escribirlos)

Siendo consciente de la crudeza de algunos pasajes de sus diarios, y en especial los de su vida previa al abrazo al cristianismo, Tolstoi se acobarda y redacta una solicitud a los futuros editores: "Pido que los diarios de mi antigua vida de soltero sean destruidos una vez que se haya seleccionado de ellos lo que vale la pena" (Diarios, 27/3/1895). Es decir, publiquen los pasajes decorosos y supriman los indecorosos. Inmediatamente después continúa la solicitud de censura, esta vez para los pasajes que perjudican a su esposa: "Lo mismo pido que se haga con los diarios de mi vida conyugal: que se destruya todo lo que, en caso de ser publicados, pudiera resultar desagradable para alguien". ¡Pero no, mi querido León, así no, así no funcionan las cosas! Lo escrito escrito está, y por más que algún pasaje se haya escrito en un estado de emoción violenta, así debe quedar. Suprimir equivale a mentir. En este caso, equivale a decir: "Yo soy un escritor que siempre se mantiene calmado cuando toma la pluma, que nunca escribe arrebatado, encolerizado y rabioso". No, esos furibundos pasajes deben quedar inalterados; el buen lector sabrá que han sido escritos bajo presión emocional y no les dará tanta importancia como a esos otros pasajes que han sido escritos calmadamente, con la cabeza fría.

Pero León comprende rápidamente que tales peticiones no son propias de un escritor de diarios íntimos y, a párrafo seguido, se rectifica: "Aunque no, que mis diarios se queden como están". Y un coro formado por San Agustín, Montaigne, Rousseau, Amiel, Bloy, Renard y quien esto escribe, exclama: ¡Aleluya!