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sábado, 26 de febrero de 2022

Para una correcta asimilación de la vitamina D

 

Siempre se dice que lo mejor que se puede hacer para elevar nuestros niveles de vitamina D es tomar sol, lo que es una inconcusa verdad, pero se omite un siguiente paso fundamental: después de tomar sol, no bañarse:

 

El Dr. Joseph Mercola ilustra técnicamente la cuestión de la síntesis de esta vitamina. “Es importante entender que la vitamina D3 es una hormona esteroide soluble en aceite. Se forma cuando su piel es expuesta a la radiación ultravioleta B (UVB) proveniente del sol [...]. Cuando los rayos UVB tocan la superficie de su piel, esta convierte un derivado de colesterol en vitamina D3. Sin embargo, la vitamina D3 que se forma sobre la superficie de su piel no penetra inmediatamente por su torrente sanguíneo. De hecho, necesita ser absorbida de la superficie de su piel hacia su torrente sanguíneo. Entonces, la pregunta clave es: ¿Cuánto tiempo le toma a la vitamina D3 penetrar su piel y llegar hasta su torrente sanguíneo? Si está pensando en una o dos horas, está muy equivocado. Porque nueva evidencia demuestra que toma más de 48 horas absorber la mayor parte de la vitamina D que fue producida por la exposición solar. Por lo tanto, si usted se baña con jabón, simplemente limpiará la mayor parte de la vitamina D3 que produjo su piel y disminuirá los beneficios de la exposición al sol. Así que para optimizar su nivel de vitamina D, usted necesita evitar bañarse con jabón por dos días completos después de la exposición al sol” (Néstor Palmetti, Cuerpo saludable, p. 381). 

 

Instintivamente, siempre me disgustó esa costumbre moderna de bañarse demasiado seguido, y ahora entiendo mejor por qué me disgustaba. Después de tomar sol, nada de zambullirse en la piscina o tomar una ducha; a lo sumo lavarse la ingle, las axilas y los pies, que son las áreas que producen los olores más desagradables, pero el resto de la epidermis tiene que quedar, por dos días, virgen de enjabonadas si es que queremos en lo futuro evitar la chochez (algunos estudios asocian el Alzheimer con la deficiencia de esta vitamina).

domingo, 1 de diciembre de 2019

Sobre cómo una opinión se generaliza y se transforma en dogma


Lo digo yo, lo dices tú, y, al fin, lo dice también el otro: después de tanto repetirlo, nadie ve más que lo que se ha dicho.
Pierre Bayle, Pensamientos diversos sobre el cometa

Pero ¿cómo es posible que tantas personas en el mundo (los vacunófilos y los amantes de los medicamentos farmacológicos) estén equivocadas y unas pocas (los naturistas) estén en lo cierto? Y puesto que estas mayorías no solo incluyen a la masa del pueblo sino también a los doctores, a los investigadores y a los pensadores de renombre, ¿no sería necio ir en contra de tales opiniones?, ¿no sería una muestra de terquedad intelectual? No me lo parece. Las opiniones universalmente aceptadas tienen, al igual que ciertas enfermedades, una capacidad de contagio infinita, y esta capacidad es muchas veces independiente de los razonamientos y de las evidencias empíricas que pudiesen apoyarlas.
Dice Schopenhauer:

No existe ninguna opinión, por absurda que sea, que los hombres no se lancen a hacerla propia apenas se ha llegado a convencerlos de que tal opinión es universalmente aceptada. El ejemplo vale tanto para sus opiniones como para su conducta. Son ovejas que van detrás del carnero guía adondequiera que las lleve. Les resulta más fácil morir que pensar (Dialéctica erística, o el arte de tener razón, estratagema 30).

Más adelante describe Schopenhauer el mecanismo a través del cual las opiniones de pocos mutan en dogma. El razonamiento es largo pero merece leerse con atención:

Lo que se llama opinión general se reduce, si lo examinamos bien, a la opinión de dos o tres personas; y quedaremos convencidos de ello si pudiéramos ver la manera como nace tal opinión universalmente válida. Entonces descubriríamos que, en un primer momento, fueron dos o tres personas quienes por vez primera asumieron y presentaron o afirmaron, y que se fue tan benévolo con ellos que se creyó que las habían examinado a fondo; prejuzgando la competencia de estos, otros aceptaron igualmente esta opinión y a estos creyeron a su vez muchos otros de golpe antes que tomarse la molestia de examinar las cosas con rigor. Así creció de día en día el número de tales seguidores perezosos y crédulos.
Así pues, una vez que la opinión tenía un buen número de voces que la aceptaban, los que vinieron después supusieron que tan solo podía tener tantos seguidores por el peso concluyente de sus argumentos. Los demás, para no pasar por espíritus inquietos que se rebelan contra opiniones universalmente aceptadas o por sabidillos que quieren ser más listos que el mundo entero, fueron obligados a admitir lo que ya todo el mundo aceptaba. En este punto, la aprobación se convierte en un deber. En adelante, los pocos que son capaces de sentido crítico estarán obligados a callar y solo pueden hablar aquellos que, del todo incapaces de tener una opinión y juicio propios, no son más que el eco de las opiniones ajenas. Y además son los defensores más apasionados e intransigentes de esas opiniones.
De hecho, en aquel que piensa de modo diferente, ellos odian no tanto una opinión diversa que él sostiene cuanto la audacia de querer juzgar por sí mismo, cosa que ellos no pueden hacer y en su interior lo saben pero sin confesarlo.
En suma, son muy pocos los que piensan, pero todos quieren tener opiniones. ¿Y qué otra cosa les queda más que tomarlas de otros en lugar de formárselas por su propia cuenta? Y dado que esto es lo que sucede, ¿qué puede valer la voz de cientos de millones de personas? Tanto, por ejemplo, como un hecho histórico que se encuentra en cien historiadores, cuando se constata que todos se han copiado unos a otros, con lo que, finalmente, todo se reduce a un solo testimonio.

¡Ah, pensar, pensar…! Verbo tan cacareado pero tan poco practicado por nuestros profesionales de la salud, investigadores incluidos, que prefieren hacer como que razonan para luego comerse la papilla predigerida que otros han rumiado y degustado. Pero así como las verdades científicas “duras” han sabido escapar de esa crisálida primitiva con cierta rapidez (la revolución copernicana y la teoría de la relatividad son dos ejemplos contundentes), así también las verdades médicas y sanitarias surgirán en algún momento de estas tinieblas que hoy día nos envuelven por causa de estas opiniones universalmente aceptadas por el aparato médico y por los propios enfermos. Y todo por pereza. Por la pereza de no querer pensar. Por ser, la mayoría de los hombres y las mujeres, cultos y no cultos, nada más que rumiantes de pasto ajeno. Pienso ajeno: con esto se alimentan las grandes mayorías, y en consecuencia terminan pensando con un cerebro ajeno, con un cerebro de carnero. Pero llegará el día —yo no lo veré— en que los médicos se alimentarán con pienso propio, con pienso casero. Ese día las agujas entrarán en huelga, y las nalgas y los brazos y los sistemas inmunitarios respirarán aliviados.

sábado, 30 de noviembre de 2019

Los efectos de los medicamentos farmacológicos


Los medicamentos farmacológicos, ¿curan o no curan? Podría decirse que la respuesta a este interrogante no es tan sencilla, no es tan cuestión de blanco o negro, y saldríamos así del atolladero, pero no quedaría yo conforme con una tal retirada[1]. Por fortuna existen profesionales que no le escapan al bulto y que responden a esta pregunta —tal vez la más importante cuando la salud está en juego— de manera categórica y exenta de diplomacia. Como la señora Teresa Morera, exfarmacéutica devenida en impulsora del naturismo, que se despachó de la siguiente manera cuando su entrevistadora le realizó esta misma pregunta que yo, hasta hoy, no podía responderme con claridad:

Los medicamentos no curan: violentan. Porque todos son “anti”, es decir, lo que hacen es interferir en una serie de mecanismos… A ver… Por supuesto los medicamentos le pueden salvar la vida a alguien en un caso extremo. Como alguien vaya a urgencias, por ejemplo, con un yoc anafiláctico, con un ataque de alergia, pues habrá que darle adrenalina, cortisona, y eso violenta su cuerpo, pero salva la vida porque permite que las vías respiratorias no colapsen. O sea: hay intervenciones que son necesarias, pero curar curar, lo que se dice curar, lo único que cura es el propio cuerpo, y lo único que se puede hacer es ayudar a que el propio cuerpo sea el que se cure, dándole lo que le hace falta o quitándole lo que lo está fastidiando. Y siempre, tomando más conciencia. Eso es lo único que se puede decir que cura. Ciertamente, a veces, los medicamentos salvan, como los bomberos en una emergencia. Hay momentos en que hay que dar un antibiótico, hay que dar cortisona, hay que dar algo fuerte, porque si no, el paciente se nos va. Y ese medicamento lo ha salvado. Salvan sí, curan no.

Cuando me aconteció aquel episodio en el que mi ritmo cardiaco se destartaló por completo (véase la entrada del 14/7/10), acudí a la guardia del Hospital Argerich y allí me metieron nitroglicerina en las venas para solucionar la emergencia. Ahora estoy convencido de que aquel episodio no fue otra cosa más que un ataque de pánico (ese mismo día, por la mañana, había recibido un diagnóstico presuntivo —que luego resultaría falso— que hablaba de una “cirrosis biliar primaria”); pero si hubiese sido realmente un preinfarto o algo parecido lo que tenía, la nitroglicerina posiblemente me habría salvado la vida. Y aquí entra lo que dice la señora Morera: los medicamentos farmacológicos, en determinadas circunstancias, pueden salvar, pero lo que jamás pueden hacer es curar. Y con estas palabras queda también salvado y a resguardo el naturismo sanitario bien entendido, que no implica dogmatismos y cerrazones y sí eclecticismos, excepciones y amplitud de criterios.


[1] Tal vez una pregunta más interesante que esa sería si los medicamentos curan más de lo que matan o matan más de lo que curan. Un estudio realizado por investigadores del hospital Johns Hopkins y publicado en la revista médica British Medical Journal el 3/5/16, revela que el error médico es la tercera causa de muerte en los Estados Unidos, solo superada por las enfermedades cardíacas y el cáncer. Los expertos del centro concluyeron que alrededor de 250 mil personas mueren al año en ese país debido a fallas médicas, entre las cuales la de mayor incidencia es el abuso o el yerro farmacológico (https://www.bmj.com/content/353/bmj.i2139).

viernes, 29 de noviembre de 2019

La enfermedad como desequilibrio


Y para comenzar a implementar este nuevo paradigma sanitario, lo más importante —como dice Jesús García Blanca— es tomar la decisión de dejar de ser “pacientes” en manos de otros y comprender que la salud y la enfermedad son dos aspectos complementarios de lo vivo, que la vida es un continuo fluir de procesos de equilibrio, desequilibrio y reequilibrio, que eso que la medicina farmacológica llama “enfermedad” no es producto de la mala suerte o de microbios que nos invaden, sino un reflejo de nuestra forma de vida y del entorno en el que vivimos, y en última instancia la expresión biológica de la pérdida del equilibrio y del proceso necesario para recuperarlo. No se trata por tanto de implementar medios artificiales para no padecer una enfermedad o para tapar sus síntomas, sino de acercarnos a la naturaleza lo más posible —respirar aire limpio en las montañas, caminar descalzos por la arena, respetar los biorritmos, ionizarnos en las playas, alimentarnos de modo natural y ecológico— de modo que no necesitemos la enfermedad; pero si a pesar de todo se produce, entender la función que cumple y colaborar con ella.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Los auténticos enemigos de la salud


La concepción militarista que, de Pasteur en adelante, ha tomado la medicina, nos ha llevado a considerar al sistema inmunitario como una especie de ejército que nos defiende de las bacterias y los virus patógenos que pretenden sitiarnos y asesinarnos. La concepción naturista de la higiene física y espiritual lo considera de otra manera: es un ejército… de basureros. El cuerpo se intoxica una y otra vez con lo que le metemos durante el día —no con los virus y con las bacterias, que están ahí dentro desde siempre— y a la noche pasan los recolectores de residuos llevándose toda la porquería para que las calles de nuestra ciudad luzcan limpias y lozanas al día siguiente.
Respecto del papel que juegan los virus y las bacterias en relación a nuestra salud, la alegoría se vuelve más zoológica. Supongamos que voy caminando tranquilamente por la sabana africana, silbando bajito y gozando el paisaje, y me topo con una jauría de hienas, o de perros salvajes, o peor aún, de leones. Por más que los animales se percaten de mi presencia, seguramente no me atacarán, porque no me consideran su presa natural. Ahora supongamos que entro en pánico ante la vista de aquellos mamíferos y no tengo mejor idea que tomar unas piedras y arrojárselas, a modo de defensa, porque supongo que están prestos a devorarme. En este contexto, lo más probable es que los animales, si realmente les acierto con un piedrazo, tomen revancha y se me abalancen (el instinto de venganza no es exclusivo del hombre), y quede yo completamente desahuciado. Los animales africanos representan los virus y las bacterias, yo, caminando por la sabana, represento a mi simbiosis interna, en donde conviven virus, bacterias, células, tejidos y todo lo demás, de manera armoniosa y cooperativa, y los piedrazos representan a las vacunas, los antibióticos y todo lo que nos metemos dentro con el objetivo de eliminar tantos virus y bacterias como nos sea posible. Podría suceder también —las vacunas y los antibióticos suelen ser “efectivos”— que los piedrazos espanten a los leones y a las hienas y estos emprendan una cobarde retirada; ¿diríamos aquí que las piedras me han resultado de gran ayuda? No, porque los animales, antes de la agresión, no querían atacarme, y ahora, pese a que escaparon, no desearán en otra cosa cada vez que me vean, y tendré que dormir para siempre con un ojo abierto y otro cerrado y un puñado de piedras en mis manos, porque al menor descuido, las hienas, que ahora sí me consideran su presa natural, querrán desmembrarme. ¿No sería mejor vivir en paz y en armonía junto con nuestros compañeros de hábitat, que cooperaban con nosotros, y hasta nos auxiliaban en diversas tareas, hasta que tuvimos la poco inteligente idea de alejarnos de una vida natural, de una alimentación natural, de una inmunidad natural, para situarnos en el rol de cazadores y depredadores de microbios? Es mejor tenerlos de amigos y no de enemigos, porque a piedrazos —y eso son los antibióticos para ellos, apenas unos piedrazos— jamás ganaremos la guerra.
Basta de militarismo sanitario: de ahora en adelante, el paradigma médico tiene que apuntar a la cooperación y a la interacción y redescubrir a los verdaderos enemigos: los agentes estresantes y las toxinas, y en especial los toxicoalimentos[1].


[1] Toxicoalimento: alimento que, como su nombre lo indica, alimenta, pero también, generalmente a la larga, intoxica.

martes, 11 de febrero de 2014

Los compuestos inorgánicos y su efecto en la salud

Hay en el libro del profesor Ehret Sistema curativo por dieta amucosa un par de ideas interesantes por lo chocantes que resultan para la ortodoxia biológica. Por ejemplo, lo que se pregunta desde las pp. 71-2:

¿Son los glóbulos blancos células vivientes de tal importancia para la protección y mantenimiento de la vida, para destruir gérmenes y para inmunizar al organismo contra la fiebre, infección, etc., como lo aseguran las doctrinas clásicas de la fisiología de la patología? ¿O son justamente lo opuesto, escoria, sustancias putrefactas e indigestas, mucus o elementos patógenos, [...] indigeribles por el cuerpo humano, antinaturales y por lo tanto completamente inasimilables? ¿Son ellos, en efecto, la escoria proveniente de las proteínas superiores y alimentos amiláceos, que con la dieta occidental son arrojados tres veces por día en el estómago? ¿Es lo que yo llamo mucus, la causa fundamental de toda enfermedad?

Y se responde en la p. 72:

Puesto que todo el mundo los tiene, la «ciencia médica» juzga la presencia de glóbulos blancos como una condición normal de la salud. No hay un hombre en la civilización occidental cuyo cuerpo no hay sido continuamente emporcado desde la niñez con leche de vaca, huevos, carne, papas y cereales. ¡No hay hoy en día, un hombre sin mucus! En el primer artículo que publiqué expuse la gigantesca idea de que la raza blanca es antinatural y enferma. Primeramente, le falta el pigmento colorante, por la ausencia de sales y minerales coloreadas; en segundo lugar, está continuamente sobresaturada de glóbulos blancos (mucus, escorias, de color blanco), a eso se debe el color blanco de todo el cuerpo.

Puesto que lo anterior fue publicado hace unos ochenta años, supongo que la ciencia médica ya se habrá encargado de refutar bien refutada esta heterodoxa teoría; pero hay otra teoría ehretiana tan o más heterodoxa que no es posible refutar con tanta facilidad. Me refiero al concepto de que tal vez, en ciertas condiciones, el ser humano sea capaz de asimilar minerales no sólo a través del alimento que ingiere, sino también del aire que respira:

Si la parte esencial de la proteína, el nitrógeno, es un factor importante para mantener la máquina humana; si de él depende enteramente la vitalidad, me parece entonces que bajo esas condiciones ideales [alimentándose sólo de frutas], el nitrógeno es asimilable del aire (p. 68).

Sin embargo, esta nutrición gaseosa parece contradecirse con otro postulado al que el autor suscribe once páginas adelante:

Hoy en día cada sustancia del cuerpo humano es analizada químicamente, y los médicos sueñan con los alimentos perfectos del futuro, químicamente concentrados, haciéndole posible llevar sus comidas en el bolsillo del chaleco. Eso no ocurrirá nunca, porque el cuerpo humano no asimila un átomo de ninguna sustancia alimenticia que no derive del reino vegetal.

(El subrayado es mío. Ver también, del mismo autor, el libro Ayuno racional, p. 35: "El organismo no asimila ni un solo átomo de sustancia mineral que no proceda de una planta, es decir, que no haya pasado por el estado orgánico"). Yo también creía dogmáticamente en este aserto, pero algo me dice que no es así como funcionan las cosas. Empecé a sospechar que los minerales podían nutrir sin necesidad de moléculas orgánicas intermediarias al ver en varios documentales de vida animal aciertos herbívoros comiendo tierras arcillosas. Hay una posible explicación no alimentaria para ese comportamiento: estos animales suelen comer plantas venenosas, y algunos componentes de la arcilla neutralizarían la ponzoña, facilitando la digestión. Esta contrarrefutación me conformó, pero ya la duda estaba instalada en mi cerebro; cualquier mínimo argumento la desataría nuevamente. Y el argumento apareció de la mano de un viejo libro: La finalidad de las actividades orgánicas, escrito por el doctor Edward Stuart Russell. Russell afirma en las pp. 121-2 que está demostrado

que las ratas suprarrenalectomizadas sienten que su necesidad de compensar la escasez de sal aumenta extraordinariamente, la cual se acompaña por un gran deseo de cloruro de sodio; por otra parte, ingieren alrededor de seis veces más que las ratas normales, cuyo menor consumo de sal responde estrictamente a sus necesidades. También demuestran un mayor deseo por el lactato de sodio y el fosfato de sodio; las ratas a las que se les permite elegir libremente entre un conjunto de soluciones minerales, seleccionan estas substancias (conjuntamente con el cloruro de calcio) y sobreviven a los resultados, comúnmente fatales, de la suprarrenalectomía.

Si las ratas son capaces de compensar deficiencias anatómicas o fisiológicas valiéndose de la ingestión de productos inorgánicos, ¿no equivale esto a decir que dicho productos inorgánicos tienen la propiedad de reparar deficiencias en los organismos? Sí. Y reparar deficiencias orgánicas, o evitar que estas deficiencias aparezcan, ¿no es la característica básica del alimento que comemos? No puedo dar una respuesta contundente a esta última pregunta. Si me respondo que sí, entonces los compuestos inorgánicos tienen la propiedad de alimentarlos; si me respondo que no, lo inorgánico tal vez no alimente, aunque queda claro que si no alimenta, por lo menos cura, lo que ya es decir mucho.
Si estos experimentos con ratas no han sido falseados o mal interpretados por el señor C. P. Richter que los ejecutara, entonces tengo que admitir mi error y afirmar, en concordancia con la farmacología moderna, que algunos compuestos inorgánicos son asimilables y beneficiosos para los seres vivos animales aunque no estén insertos en molécula orgánica ninguna. Que pueden ser asimilables para mal era cosa por todos conocida (como lo atestiguan las diferentes contaminaciones ambientales); lo nuevo, al menos para mí, estriba en su poder sanador, que yo creía exclusivo de los alimentos vegetales, de las radiaciones solares, del aire puro, del ayuno y de un estado de ánimo jovial y optimista.
Los frasquitos con píldoras y las pociones de trabalengüescos nombres me han ganado, al parecer, una gran batalla, pero lejos están de ganarme la guerra. No es en la superficie de razonamientos como el anterior, de razonamientos superficiales, en donde me conviene que se desarrollan los enfrentamientos. Yo soy como los guerrilleros vietnamitas: vivo en lo profundo, debajo del suelo firme del sentido común. Y si quieren ganarme los señores farmacéuticos esta guerra de guerrillas deberán descubrir mis catacumbas, abismarse por ellas y en ellas ametrallarme. Pero nunca lo harán. En mi guarida reina la oscuridad. No se puede avanzar siguiendo el dictado de los sentidos. Hay que mirar con otros órganos. Con esos órganos que los boticarios, igual que los cientificistas en general, tienen atrofiados desde mucho antes de la invención de la vacuna

viernes, 2 de marzo de 2012

¿Y si el mensaje se diluye?

"Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí".
Marcos, 3. 21

Nadie es profeta en su casa. Mírenlo si no al doctor Carlos Casanova Lenti, emblema viviente del naturismo hipocrático en América Latina. Su padre murió, diabético e hipertenso, de un paro cardíaco. “Sufrió por 15 años de presión elevada y era muy amigo de tomar drogas a pesar de mis continuas prevenciones” (Casanova Lenti, El alimento integral y crudo como medicina, p. 591). Y su madre, muerta de un linfosarcoma faríngeo con metástasis cerebral, tampoco creyó nunca en la sapiencia de su hijo: “No aceptó tratamiento natural. Fue tratada por otro médico. […] La muerte fue muy triste” (Ibíd., p. 587). ¡Vaya si debe de haber sido triste para él el ver a sus progenitores morir y sufrir por causas que podía perfectamente erradicar! Pero no todo es desilusión en la vida familiar del gran médico peruano: sus hijos, hoy día, continúan su camino, y ya doctorados, trabajan junto a él en su clínica.


La lección que pretendo hacer entender, y entender yo mismo sobre todo, es la siguiente: No desesperes si tu mensaje se diluye y no es tomado en cuenta ni siquiera por tus seres más queridos. Sólo será una señal de que la cosa está muy fría aún, de que no es llegado el tiempo todavía. Tus padres no creyeron en ti, tus hermanos no creen, pero creerán tus hijos. Ellos cosecharán la semilla que tú sembraste, y sembrarán a su vez la suya, y entonces no parecerá tan fútil tu labranza.

Claro está que yo no tengo hijos como el doctor Casanova, de carne y hueso, pero los tengo de papel y se cuentan ya por legión: son mis cuadernos de anotaciones. Y cada persona de carne y hueso que los lea se convertirá un poco en hijo mío, y cosechará lo que yo he sembrado. Y si resultase que sembré sólo malayerba, desbrozará para sembrar de nuevo. Sería entonces que el terreno, diezmado por tanto monocultivo, necesitaba un descanso.

jueves, 21 de julio de 2011

Contra la vacunación (parte II)

Pienso que el famoso microbio, explicativo de todos los males, y al cual la medicina contemporánea da tanta importancia, debe ser y no puede ser otra cosa que la más sutil mentira del viejo Enemigo. ¿De qué se trata, en efecto, sino de "probar" que todas las causas mórbidas son naturales y no ESPIRITUALES, como siempre lo creyeron los hombres en quienes habitaba el Dios viviente? Los filósofos "han visto" al microbio, lo han visto con ojos de asombro. Pero esos buenos señores, después de tanto esfuerzo, no han llegado a comprender que esa es la forma que tomó para ellos el mismo Príncipe del mal, el viejo Demonio, que fue un Espíritu celeste. No han llegado a comprender que su microbio es el último disfraz de la Desobediencia.
León Bloy, El mendigo ingrato, 29/5/1892

Alguien se preguntará si, llevando al extremo mi espíritu de consecuencia, soy capaz de apologizar, junto con la hepatitis, al virus del sida. Ciertamente sí, sí soy capaz --aunque dudo de que mi apología convenza a la mayoría de los sidosos.

Todo aquel que presentare conductas de riesgo relacionadas históricamente con el contagio del virus VIH, tiene para consigo mismo y para con su prójimo la obligación moral de realizarse periódicamente un análisis de sangre que le indique si está o no infectado. Si no lo está, se sentirá aliviado y continuará con su licenciosa vidurria matizada de promiscuidades venéreas, excesos digestivos, tabaquismo, alcoholismo y/o drogadicción, vida que más tarde o más temprano lo sumirá en una degradante decadencia y posterior fallecimiento. Que podrá ser corporal o sólo espiritual, pero que no dejará nunca de ser una defunción. No sucederá lo mismo con quien reciba un "reactivo" como respuesta de sus temores. Esta persona, si es consciente de su potencial de vida, sabrá que aún el virus, por haberse detectado a tiempo, es perfectamente controlable y erradicable siempre y cuando adopte de ahí en adelante las medidas higiénicas más estrictas, sobre todo las relacionadas con la nutrición, el ejercicio y el aire puro. Así será que gracias al VIH, el individuo habrá modificado sustancialmente su estilo de vida; habrá pasado de ser un hombre devorado por los apetitos de la carne a ser alguien con dominio de sí mismo... y con salud. Sí, con más salud que la que tenía cuando no tenía VIH.

Esto en cuanto a los que se contagiaron por causa de sus pervertidos procederes, pero ¿qué hay de los hemofílicos, o de quienes se afeitaron con una navaja extranjera, o de los recién nacidos contagiados de sus madres? Pues hay lo mismo, con la única diferencia, con la única ventaja, de que no tendrán que batallar contra una carnalidad en desboque; pasando de una vida medianamente higiénica como la que llevaban a una vida de higiene impoluta, los trastornos que puede conllevar la portación del VIH les pasarán por completo inadvertidos, y hasta conjeturo que si efectuasen un ayuno extremo, de esos que nos dejan a las puertas mismas de la muerte por inanición, terminarían de plano y en pocos días con un problema que otros, los que desdeñan la higiene y se refugian en la medicación farmacológica, cargan durante años, si es que siguen vivos como para cargarlo. Es un procedimiento, este del ayuno extremo, delicadísimo y harto riesgoso, pero quien no arriesga no gana. La cobardía, la pusilanimidad, el poco aguante --junto con la ignorancia, claro está--, llevan de la mano al virus, lo pasean por toda nuestra anatomía y lo prohíjan.

Por último están los infectados que, por carecer de recursos o por no saber emplearlos, no pueden adoptar las medidas higiénicas de rigor para temperar los síntomas; en este cuadro entraría la gran mayoría de los sidosos del mundo subdesarrollado. ¿Es también para ellos una bendición el hecho de que se hayan contagiado? Pues no, no es una bendición sino todo lo contrario. Que sirva esto de advertencia para todos aquellos que se aferran a una hipótesis deontológica creyendo así librarse del sopesamiento necesario de cada uno de los casos en que cabe aplicarla. "Las enfermedades infecciosas son preferibles a las enfermedades crónicas": esta sí me parece una verdad metafísica que, como tal, se aplica en todo momento y en toda circunstancia. Pero la proposición "las enfermedades infecciosas son deseables en sí mismas" no es más que una hipótesis sanitaria que no siempre se verifica. Es una hipótesis cordial y heterodoxa --y es más cordial precisamente por su heterodoxia--, pero guárdenos el Señor de pretender elevarla al rango de normativa ética. Sopesar, sopesar y sopesar: he ahí el trabajo inagotable del deontologista benthamiano.

¿Se desprende del anterior párrafo la conclusión de que si llegase a descubrirse una vacuna contra el sida, sería éticamente deseable administrarla? ¡No, no y mil veces no! Si los laboratorios farmacéuticos desean hacer algo ético, que donen la totalidad de sus ganancias para la construcción de redes de agua potable allí donde más se necesitan, para la forestación con árboles y arbustos frutales donde hoy no crecen sino cardos incomestibles, o bien para la educación de aquellos pueblos que nada saben de medicina higiénica y que mañana podrán, merced a esta educación, controlarse a sí mismos y así evitar para siempre los fantasmas de la pandemia.

La vacunación masiva sería una solución de compromiso, meramente temporal, nunca definitiva, y de todo punto improcedente si nos atenemos a sus consecuencias en el largo plazo. No descarto que pudiera eliminar de raíz, de toda la faz de la tierra, al virus que ha sido motivo de todas estas modestas reflexiones; pero ¿y los demás? ¿Y los que vendrán detrás? Porque no tengan dudas de que vendrán si es que se les sigue apuntando con vacunas y no con inteligencia, compasión y caridad. El único antígeno capaz de rescatar al mundo de las garras de toda enfermedad está compuesto de amor razonado y activado. Si no entendemos esto, cualquier terapéutica o cualquier medida higiénica estarán destinadas al fracaso[1].

[1] Pero ¿es en verdad el VIH la causa detonante del sida o es meramente una causa concomitante a la causa detonante? Prestemos atención a este largo e instructivo pasaje redactado por alguien que ha estudiado a fondo la etiología de las enfermedades que afectan al sistema inmunológico: "La aparición del cuadro agudo viral, en algunas personas, luego de la infección por VIH y su correspondiente tiempo de incubación, es un proceso natural, lógico, donde se establece una relación ecológica entre parásito y huésped. Lo que ocurre después puede tener dos salidas: o bien el huésped no acepta el virus y lo erradica definitivamente, o lo acepta, estableciendo con él un equilibrio, donde ninguna de las partes se perjudique. Pero, pudiera ocurrir, que el sistema defensivo del huésped posea alguna falla especial, adquirida o heredada, que se manifiesta por algún otro factor, y la cual hace incapaz al huésped, no sólo de desembarazarse del invasor, sino de llegar a controlar su crecimiento. Es esta falla del sistema inmunológico del huésped, la verdadera causa que provoca la progresión crónica de la infección, hacia la inmunodeficiencia grave. Esta no es una situación rara ni extraordinaria con los virus [...]; en la infección por poliovirus, algunos pacientes continúan progresando hacia la forma paralítica de la enfermedad, mientras que la gran mayoría sólo sufren de un cuadro viral agudo de poca intensidad. En el sarampión, algunos individuos son incapaces de erradicar los virus, y éstos se alojan en su cerebro, donde quedan latentes, hasta que aproximadamente a los seis años luego de la infección, aparece una grave enfermedad [...], la cual culmina, la mayoría de las veces, con la muerte, cuando no deja lisiado al paciente. [...] ¿Estaríamos actuando lógicamente, si dijésemos que estos casos especiales, atípicos y azarosos, son causados por los virus involucrados, de la misma manera como causan las enfermedades corrientes y típicas? Evidentemente que no. Tenemos que buscar otras causas, unos «cofactores», que nos permitan explicar estos casos excepcionales. Ya sabemos que, la gran mayoría de las veces, la razón está en la anormalidad por falla o exceso, del propio sistema inmunológico del paciente" (Álvaro Martínez Arcaya, La conjura del sida, pp. 409-10).
Mucha gente piensa --médicos incluidos-- que es el VIH quien socava el sistema inmunológico, pero las estadísticas indican que sólo unos pocos infectados contraen el sida. Si el VIH fuese él mismo el socavador, no se explicaría por qué la mayoría de la gente infectada con este virus no desarrolla ninguna inmunodeficiencia que ponga en peligro su vida. Es verdad que al acercarse a la vejez, los individuos seropositivos aumentan sus probabilidades de desarrollar el sida, pero esto es así porque la vejez misma, con todo su desgaste fisiológico a cuestas, es uno de los más efectivos inmunosupresores que se conocen. Son, pues, los agentes inmunosupresores los auténticos arietes utilizados por el VIH para tomar por asalto nuestro cuerpo y doblegarlo, de suerte que de no existir este ariete, el VIH no puede ingresar a nuestras células fagocitarias por más que su concentración en nuestra sangre sea elevadísima. Y así como los gerontes seropositivos son proclives a contraer el sida porque la vejez misma es un agente inmunosupresor (y es por eso que los viejos, más aún que los jóvenes, deben evitar por todos los medios "jugar con fuego" para no exponerse a la infección, y es también por eso que los jóvenes que ya están infectados deben intentar por todos los medios la erradicación del virus antes de que les llegue la vejez y con ella la debilidad inmunológica), así también los africanos pobres tienen grandes probabilidades de padecer este trastorno: el agente inmunosupresor es para ellos la malnutrición o la desnutrición crónica. Son éstos --la malnutrición y la vejez-- los agentes inmunosupresores naturales más extendidos, pero también existen los inmunosupresores artificiales, entre los cuales sobresalen las drogas sintéticas recreativas (especialmente los poppers), el alcohol, el tabaco, la promiscuidad, las ondas electromagnéticas, el estrés, la melancolía y la contaminación del aire, del agua y de los alimentos. Tanto los naturales como los artificiales (quizá sea más correcto decir los no-artificiales y los artificiales) encuadran dentro de la rama de los agentes inmunosupresores adquiridos, la que se complementa con los inmunosupresores genéticamente determinados y con los congénitos (adquiridos durante la gestación), que no enumeraré por no estar bien al tanto de cuáles sean los de mayor extensión o "eficacia".
En el desierto no germinan ni las mejores semillas. Lo mismo, inversamente, sucede con nuestro cuerpo: si lo cuidamos como lo que es, como el instrumento más excelso de la creación, ni la más ponzoñosa epidemia lo pondrá en peligro. El sida está entre nosotros por causa de la vida moderna y sus aberraciones, de sus excesos y de sus carencias, no por causa de un virus oportunista.

martes, 19 de julio de 2011

Contra la vacunación (parte I)


El virus que ocasiona la hepatitis B podría revelarse como uno de los más peligrosos para el hombre, puesto que, bajo ciertas condiciones que todavía estamos lejos de comprender de forma precisa, el material genético del virus puede penetrar en el interior de los cromosomas. Al adoptar el estado de un «provirus», puede activar unas zonas particulares del cromosoma infectado, llamadas «secuencias oncogénicas», y desencadenar así cánceres primitivos del hígado, generalmente incurables. Los trabajos de investigadores [...] han establecido que existe una relación de causalidad evidente entre la presencia en los cromosomas de un provirus y la prevalencia de este tipo de cánceres. Vacunar contra la hepatitis B equivale, pues, a prevenir también uno de los cánceres humanos más perniciosos.

François Gros, La ingeniería de la vida, cap. IV



Le contesto a mesié Gros. Le contesto con una pregunta: ¿Qué le sucede al borracho inveterado que no acusa síntomas de haber ingresado a su torrente sanguíneo el virus de la hepatitis B? Pues le sucede que sigue bebiendo como si nada, con total impunidad, hasta que por fin la cirrosis lo encajona. Si, en cambio, el virus aparece, el beodo sufrirá las consecuencias y, si algo de cerebro le queda, dejará de beber, posibilitando así la recuperación de su hígado antes de que el cáncer se presente. Puede que el virus de la hepatitis B, si no es rechazado por nuestros anticuerpos en forma rápida y terminante, acabe dentro de nuestros cromosomas y produzca el cáncer, pero al menos este virus avisa: "¡Guarda el hilo! --Parece decirnos--. Si no me elimináis presto, os eliminaré a vosotros". Distinto es el caso de los virus oncogénicos no infecciosos. Éstos nunca se sabe cuándo entran; entran silenciosos, sin hacer escándalo ni molestar siquiera un poco a nuestra conciencia sensitiva. Luego, al carecer de síntomas, no nos preocupamos por adoptar las medidas higiénicas necesarias --y suficientes-- para erradicarlo antes de que forme manadas, y sucumbimos a la invasión, que sólo es advertida cuando el tumor ya se ha desarrollado en demasía.

Quien se vacuna contra la hepatitis B se libera de padecer un cáncer de hígado producido por este virus. ¡Bien por él! Sólo le resta vacunarse contra los mil quichicientos otros virus que producen el mismo tipo de cáncer y que, de yapa, lo producen sin pedir permiso. ¡Déjenme con mi hepatitis, señores vacunofílicos infilosóficos! ¡Déjenme con esta bendición que me ha caído del cielo y que me ha hecho ver lo hermosa que es la vida, dándome tiempo para enmendar mis errores y prepararme a disfrutarla! [...] ¡¿Y quieren que no hable pestes de la vacuna que la inhibe?!

El camino al infierno --dice aquel sabio aforismo-- está empedrado de buenas intenciones. Y en ese camino hay millones de adoquines que se hacen llamar médicos vacunadores[1].



[1] (Nota posterior.) En África y en Asia está muriendo muchísima gente víctima de cánceres hepáticos generados por el virus HBV (las estadísticas sanitarias dicen que el 80% de los cánceres de hígado se originan a partir de una infección masiva de este virus). Esta es gente casi siempre inculta y de bajísimos recursos económicos, de la cual es utópico esperar que regenere su vida y abandone sus vicios por el solo hecho de haber contraído una hepatitis. Tal vez no sea, visto y considerando estas circunstancias, necesariamente inética la vacunación masiva contra la hepatitis B en estas zonas; y si alguno me tilda de vacilante o de contradictorio por afirmar esto, remítolo sin más a la segunda parte de este informe.