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miércoles, 1 de mayo de 2013

Socialismo, individualismo y derecho de herencia según Vaz Ferreira


Dentro del campo ético-social existen dos tendencias antagónicas: el individualismo y el socialismo. El individualismo considera el esfuerzo individual de cada persona para la consecución de sus objetivos como el factor fundamental del progreso de las sociedades, mientras que el socialismo se recuesta, para esto mismo, en el esfuerzo en conjunto. ¿Y cuál será, entre estas dos, la tendencia que la ética recomienda? Ninguna, o un poco de ambas. Esto lo explica Carlos Vaz Ferreira con su acostumbrada claridad:

Saben ustedes que existen dos grandes tendencias que esquemáticamente se denominan el socialismo y el individualismo. El individualismo es la doctrina que preconiza una repartición de beneficios «natural», proporcionada a los méritos del individuo, de modo que el que vale más, recibe más; el que tiene más actividad, más energía, más inteligencia, el que está dotado de una superioridad cualquiera, recibe las consecuencias naturales de sus actos.
Tal es, justamente, la «fórmula de la justicia» de Spencer: que cada uno reciba «las consecuencias naturales de sus actos»: proporción entre las aptitudes y los beneficios.
Tiende, por ejemplo, el individualismo, a dejar a los hombres la mayor libertad, y a suprimir o a atenuar en lo posible todo lo que sea restricción ó intervención artificial en los fenómenos sociales; entre esta intervención artificial, el individualismo coloca en primera línea la intervención del Estado.
La teoría opuesta, el socialismo, considera en primera línea no al individuo sino a la sociedad; en la práctica, tiende sobre todo a recurrir al Estado para intervenir más ó menos artificialmente en el arreglo natural (ó tenido por natural) de las cosas: a dictar, por ejemplo, leyes, disposiciones que tiendan a producir una repartición de los beneficios diferente, y, según los socialistas, mejor que la que tiende a producirse dejando los fenómenos librados a si mismos.
De estas dos grandes tendencias, cada una tiene una faz que es notablemente simpática y una faz que es notablemente antipática.
La tendencia individualista tiene de profundamente simpático su respeto por la libertad; es tendencia enemiga de restricciones, de intervenciones de todo género. Y tiene de antipático cierta dureza, cierta falta de piedad para los que, en esa lucha por la existencia, sea por falta de méritos ó sea por otras circunstancias cualesquiera, son vencidos. Adolece de una especie de optimismo que no siempre se mantiene en un grado justo ó defendible; y [...] tiende sin duda a presentar atenuados los males sociales y a exagerar la eficacia de los remedios naturales. El socialismo, al contrario, tiene de simpático, para cualquier alma bien hecha, el ser profundamente humano, el satisfacer ó el procurar satisfacer (bien ó mal prácticamente, poco importa) los sentimientos de solidaridad, los sentimientos de humanidad, la compasión, y en cambio tiene de profundamente antipática esa intervención continua de la autoridad, recurso que aparece como necesario para obtener una repartición diferente de la que naturalmente tiende a producirse. En la práctica, el socialismo parece tender fatalmente a la tiranía del Estado que impone, prohíbe, ordena, dicta leyes, llena de restricciones la vida de los hombres, distribuye los beneficios, por ejemplo, apoderándose de ellos y repartiéndolos después con un criterio diferente...
Ahora bien: un alma sincera siente [...] lo que hay de bueno y de elevado en las dos tendencias,  cree [...] que tal vez los hombres no han logrado todavía sacar todo el partido posible de las dos ideas: que posiblemente es realizable una síntesis de ellas, aun cuando todavía no se haya encontrado la manera de hacerla de un modo satisfactorio; y, para el caso de que esa síntesis no fuera realizable, por lo menos esa alma se mantiene en un estado de sinceridad consigo misma y admite lo que hay de bueno en las dos tendencias opuestas (Moral para intelectuales, pp. 175-7).

 Una acotación: si bien es cierto que en la teoría individualista se tiende a suprimir o atenuar la intervención del Estado, se ensalza la intervención de éste en lo que respecta a su tarea de policía o seguridad, de suerte que se viola, según mi criterio, con esta postura el ideal intrínseco del individualismo, el no intervencionismo estatal. Un individualismo consecuente, pues, debería librar al individuo a sus propias fuerzas defensivas, sin esperar nada del Estado en este sentido --y en ningún sentido.
Ahora bien; dentro del individualismo así concebido aparece la doctrina político-económica de los merecimientos individuales, la cual se basa en el siguiente axioma: "A cada quien según sus merecimientos". Según esta corriente, es perfectamente lícito, para el hombre que ha sabido amasarse una cuantiosa fortuna debido a sus propios merecimientos, disfrutarla como se le antoje, y si se le antoja disfrutarla solo y sin repartirla con nadie, estaría en su perfecto derecho, por mucho que a su alrededor se esté la gente muriendo de hambre. Pero existe aquí también otro problema, y es el que se relaciona con el derecho de herencia. En efecto, las teorías individualistas tienden a apoyarse en el derecho de herencia, pero entonces ¿cómo se justifica el traspaso de las fortunas de un padre hacia sus hijos valiéndose del axioma de los merecimientos, siendo que los hijos aún no han hecho nada por merecer estos dineros? Parecería este axioma incompatible con el derecho de herencia; pero por otro lado, el que amasó la fortuna, el padre, ¿no tiene derecho a emplear esta fortuna como se le antoje? Según esta teoría sí, y entonces tendría derecho a legársela a sus descendientes. Todo esto es pura teoría, sin nada de sentimiento. Agreguémosle un poco de sentimentalismo y ya nos daremos cuenta cuál es la solución correcta, esa que la teoría fría y racionalizada no sabe descubrir, o aparenta que no sabe. Y aquí doy paso nuevamente a Vaz Ferreira:

No sería extraño que lo que se llama individualismo, lo que hasta ahora se defiende con el nombre de individualismo, no fuera tal individualismo; dentro del «individualismo», ha sido englobada, por ejemplo, la institución de la herencia; como caso de la herencia, la de la propiedad territorial. Pues bien: cuando dos hombres nacen iguales, y uno de ellos recibe la fortuna de su padre, ¿recibe ese hombre «las consecuencias naturales de sus propios actos»? Un espíritu que esté en estado sencillo y sincero, responde: «No: no recibe las consecuencias naturales de sus propios actos: recibe las consecuencias de los actos de otros». Y es que podría ser que hubiera una tercera doctrina, que podríamos llamar familismo: que cada familia reciba las consecuencias naturales de los actos de sus miembros; y que este sistema, y no el verdaderamente individualista, fuera el representado por nuestras instituciones actuales. Y ello no tendría nada de extraño, si se tiene en cuenta que nuestras instituciones actuales --propiedad territorial, herencia, etc.-- que es lo que el individualismo tiende a defender, nos vienen del derecho romano, que era esencialmente familista. Estas cosas puede tal vez pensarlas ó sentirlas un espíritu libre, pero no las piensa, no las siente un espíritu academizado. Y aquí vienen mis dos ejemplos: Recuerdo que un día, en una mesa examinadora de Derecho, y habiéndome expuesto un estudiante la teoría de Spencer, llegó a justificar muy fácilmente la herencia con la fórmula de la justicia individualista. Efectivamente, si se empieza a razonar por los padres, la herencia queda claramente justificada: cada persona recibe las consecuencias naturales de sus actos, y, una vez que ha acumulado esas consecuencias, en la forma de dinero, por ejemplo, es perfectamente dueña de disponer de esa fortuna, destruyéndola, dándola, ó como sea su voluntad… Pero si, en vez de empezar a razonar por los padres, empezamos por los hijos, ¡entonces resulta algo formidable! Empiecen ustedes a razonar por los hijos: nacen dos hombres, y, al nacer, el que vale más, quizá, recibe las consecuencias naturales de los actos de su padre, que fue, por ejemplo, malo ó inepto, y que lo privó de todo; otro, el que vale menos tal vez, recibe las consecuencias naturales de los actos de otro ú otros individuos (no hay «individualismo», por consiguiente): de los actos de su padre ú otros ascendientes; y queda toda esa generación, diremos, desarreglada: cada uno ha recibido consecuencias que no son las naturales de sus propios actos. Después se produce la lucha, y tiende a producirse la adaptación de las consecuencias a los actos; una vez que ya está a punto de producirse, los individuos son viejos: mueren, y entonces la nueva generación empieza otra vez, nuevamente desarreglada, la repartición desde el punto de vista verdaderamente individualista... Hago, pues, esa objeción al estudiante, que, naturalmente, no me puede contestar: --eso no se contesta; y entonces un distinguido examinador, que estaba a mi lado, me dice: «No hay nada más fácil que responder a su objeción: fíjese usted en que quien ejerce el derecho no es el que recibe el legado, sino el que lega». Y se acabó: ¡queda contestado! Traten ustedes de ir a fondo en este momento; se trata, no de teorías, ni de palabras, ni de sistemas: se trata de hechos, brutales; se trata de algo que será evitable ó inevitable, no sé, pero que es espantoso. El hecho de que un ser nazca igual a todos los demás seres, y no pueda ni habitar en su planeta, es un hecho que debe hacernos sentir; y, lo que debe hacernos sentir, es horror (ibíd., pp. 177-9).

Conclusión provisoria: La teoría individualista --que aun siendo imperfecta, me cae mucho más simpática que la teoría del socialismo coercitivo--, la teoría individualista, si ha de ser consecuente con sus propios principios, debe renegar de la protección policiaca y del derecho de herencia.

lunes, 6 de agosto de 2012

Hitler, previo a la guerra, como benefactor de su pueblo

Leamos a Pío Baroja, "el precursor del fascismo español", tal como lo bautizó Giménez caballero, desde un ensayo que data de 1938:

Yo he estado un momento en Alemania, únicamente en pueblos próximos a Suiza. Suiza produce una impresión de orden, de confort y de arreglo, llegando de Francia. La Alemania actual la produce mayor.
Todo está hecho allí para el pueblo y, naturalmente, el pueblo está entusiasmado con un régimen de esa clase, que le va sacando del pantano en donde estaba hundido por la guerra mundial. La aristocracia de allí va desapareciendo, y la burguesía también: todo se hace en beneficio del que trabaja: del ingeniero, del mecánico, del labrador, del obrero, del pequeño empleado, de la criada de servir. Las grandes propiedades se acabaron, y los municipios han tomado de ellas para parques, para jardines escolares o para caminos lo que ha necesitado, sin indemnización alguna.
Los obreros gozan de vacaciones pagadas y viajan por todo el país; las criadas de servir tienen libre todo el domingo y no tienen que hacer la comida, ni nada, en los días de fiesta, disfrutan de la tarde del jueves, y todos los días, al acabar su trabajo, a las ocho u ocho y media de la noche, se retiran a su cuarto a leer o a coser. He oído hablar de disposiciones sorprendentes. Los solteros no pueden tener criados, los matrimonios tampoco, por ricos que sean, si no tienen hijos. Cierto que no hay allí mítines, ni manifestaciones, ni se canta la Internacional, ni hay banderas rojas; pero la vida está más colectivizada que en parte alguna. Aquello es la República de Platón, con la absorción del individuo por el Estado. Es Esparta idealizada. A un español, acostumbrado al desorden, le tiene que producir un poco de espanto un régimen así; pero hay que reconocer que es ultra-popular (Comunistas, judíos y demás ralea, VIII).

¿Era tan así, como la pinta Baroja, la realidad política y económica de la Alemania nazi anterior a la segunda guerra? Sería importante averiguarlo, porque entonces podríamos decir de Hitler que, antes de que se le deschavetara el moño completamente con sus persecusiones, asesinatos y ansias expansionistas, había sido un estadista que había entendido --he implementado-- el socialismo de un modo aceptable, mucho más aceptable que otros socialismos más explícitos que habían aparecido o que luego aparecieron. Pero recalco que Baroja no me merece gran confianza, de modo que intentaré recabar mayor información al respecto.

viernes, 8 de junio de 2012

El socialismo de Oscar Wilde

"Con la abolición de la propiedad privada tendremos un verdadero, hermoso, sano  Individualismo. Nadie perderá su vida en acumular cosas y los símbolos para las cosas. Se vivirá. Vivir es la cosa menos frecuente en el mundo. La mayoría de la gente existe, eso es todo.
Será maravilloso ver la verdadera personalidad del hombre. Se desarrollará natural y simplemente, como crece una flor o un árbol. No estará en discordia. Nunca argumentará ni disputará. No tendrá que demostrar cosas. Lo sabrá todo. Y sin embargo, no se preocupará por el conocimiento. Tendrá sabiduría. Su valor no se medirá con cosas materiales. No tendrá nada. Y sin embargo, tendrá todo y aunque se le saque, siempre le quedará, tan rico será. No estará siempre entrometiéndose con los demás, o pidiéndoles que sean como él. Los amará por ser diferentes. Y si bien no se entrometerá en la vida de los demás, los ayudará a todos, de la misma forma que una cosa hermosa nos ayuda, por ser lo que es. La personalidad del hombre será verdaderamente maravillosa. Será tan maravillosa como la personalidad de un niño.
[...] Lo que Jesús quiso decir al hombre era esto: «Tienes una magnífica personalidad. Desarróllala. Sé tú mismo. No imagines que tu perfección resida en acumular o poseer cosas externas. Tu afecto está dentro tuyo. Si solamente te dieras cuenta de esto, no querrías ser rico. Las riquezas ordinarias le pueden ser robadas a un hombre. Las verdaderas riquezas, no. En el tesoro de tu alma hay cosas infinitamente preciosas, que no te pueden quitar. Trata entonces de modelar tu vida en forma tal que las cosas externas no te dañen. Y trata también de librarte de la propiedad privada. Implica sórdida preocupación, infinito trabajo, continuo mal. La propiedad personal obstaculiza a cada paso al Individualismo»" (Oscar Wilde, El alma del hombre bajo el socialismo., pp. 21 a 24).

Este hombre, a quien ningún "filósofo" ha catalogado como filósofo, ha escrito una de las verdades más trascendentes de todas cuantas que he leído, seguramente sospechada por los "filósofos" pero no plasmada por ser ellos demasiado ricos y cobardes --cualidades incompatibles con el verdadero filósofo--, y esta verdad atenta contra la protección que todos los ricos y los cobardes necesitan para vivir. He aquí el párrafo completo:

"Junto con la autoridad, desaparecerá el castigo. Esto representa un gran beneficio; un beneficio de incalculable valor. A medida que se lee la historia, y no en las versiones expurgadas escritas para escolares y transeúntes, sino la de autoridades originales de cada época, uno se siente enfermo, no por los crímenes cometidos por los malvados, sino por los castigos infligidos por los buenos; y una comunidad se embrutece infinitamente más con el empleo habitual de castigo que con el crimen ocasional. Resulta obvio que cuantos más castigos se infligen más crímenes se producen, y la legislación más moderna así lo reconoce, y se ha propuesto disminuir lo más posible el castigo. Y donde éste ha podido realmente disminuirse, los resultados han sido extremadamente buenos. Cuanto menos castigo, menos crimen. Allí donde no exista castigo, el crimen dejará de existir, o si ocurre será tratado por los médicos como una forma lamentable de demencia y será curada con cuidados y bondad. Pues aquellos a quienes se llama criminales hoy día, de ninguna manera lo son. El hombre, y no el pecado, es el padre del crimen moderno. Esa es, en realidad, la razón por la que nuestros criminales son, como clase, tan absolutamente poco interesantes desde el punto de vista psicológico. No son ni los maravillosos Macbeths ni los terribles Vautrins. Son simplemente lo que sería la gente ordinaria, respetable y común si no hubiese tenido bastante para comer. Cuando quede abolida la propiedad privada, no habrá necesidad del crimen, nadie se interesará por él; dejará de existir. Por supuesto, no todos los crímenes son crímenes contra la propiedad, aunque éstos sean los crímenes que la ley inglesa, valorando más lo que el hombre tiene que lo que el hombre es, castiga con más terrible y horrible severidad (si efectuamos el crimen de asesinato, y consideramos a la muerte como peor que la servidumbre penal, punto sobre el cual entiendo que nuestros criminales discrepan). Pero aunque un crimen pueda no ser contra la propiedad, puede surgir de la miseria, la rabia y la depresión producidas por nuestro equivocado sistema de tenencia de propiedad, de modo que cuando el sistema quede abolido, desaparecerá. Cuando cada miembro de la comunidad tenga lo necesario para sus necesidades y su vecino no interfiera en su vida, no tendrá ningún interés en interferir en la vida de los demás. Los celos, que son una extraordinaria fuente de crimen en la vida moderna, son una emoción estrechamente ligada a nuestra concepción de la propiedad que, bajo el Socialismo y el Individualismo, desaparecerá. Es notable comprobar que en tribus de tipo comunitario, los celos son enteramente desconocidos" (pp. 27-8).