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miércoles, 23 de julio de 2014

El trabajo físico como auyentador de los vicios

Escribe Tolstoi:

He estado releyendo mi diario de la época en la que buscaba la causa de las tentaciones. Todo es absurdo, la única [causa] es la ausencia de trabajo físico intenso. No aprecio suficiente la felicidad de estar libre de las tentaciones después del trabajo. Es una libertad que uno compra a buen precio con el cansancio y el dolor muscular (Diarios, 24/6/1884).


Pues te diré, hermano León: hace ya tres años que vengo trabajando en continuado, duro y parejo, de sol a sol, cortando lonas, acarreando lonas, soldando lonas, y el cansancio y la fatiga muscular que me producen tales tareas raramente impiden que después de la faena diaria emerjan las mismas tentaciones de siempre. Tu receta, a mí, no me funciona.

lunes, 16 de abril de 2012

¡Cochino, no trabajas!

¡Ah, el trabajo! Maldición bíblica y bíblica imposición. Y ¡guarda del que no trabaje! No hay vituperio mayor, en la escala de valores de la sociedad moderna, que el de vago u holgazán. Y uno mismo, que posee una escala de valores completamente distinta, termina por aceptar el veredicto.

“¡Usted no trabaja! ¡Cochino!” –decía Langibout a Anatole. Yo también me digo: “No trabajas. ¡Eres un cochino!” Sí, está bien. Te bebes el sol, contemplas, observas, gozas de la vida, encuentras que todo cuanto hizo Dios está bien hecho. Te interesan los lagartos y las libélulas que, unidas por el cuello, vuelan de ramilla en ramilla y se posan, la una muy tiesa y la otra en línea quebrada, con su colita en el agua. Te dices: Antes de escribir es preciso ver; vagar es trabajar. Hay que aprender a verlo todo: la brizna de hierba, los gansos que graznan en los establos, la puesta de sol, la cola del sol poniente que se extiende –rosada y púrpura-- en el horizonte como un velo desplegado donde se posa el arco de la luna. Con las manos en los bolsillos, te llenas de imágenes. […] Te repugna matar un pájaro. ¿Acaso no tienen derecho a la vida? No pescas, los peces se te antojan seres animados que te cautivan como los demás animales, que tienen alas para volar en el agua, que luchan, se defienden, viven. Te vuelves elegíaco, lo comprendes todo como un panteísta, ves a Dios en todas partes y en ninguna. Sonríes con benevolencia porque tienes ideas serenas. Paladeas el tiempo. ¡Qué bien te encuentras! Pero yo te lo repito: “¡Cochino, no trabajas!” (Jules Renard, Diario íntimo, 31/7/1889).