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viernes, 23 de marzo de 2012

Linchamiento

No pasa un día sin que los admirables, los nunca bastante imitados yanquis descuarticen un negro o dos. Puesto que ellos lo hacen, está bien hecho.
Rafael Barrett, "Lynch"



El hombre, desesperado,
corre, porque lo persiguen;
aunque no sabe por qué
aquéllos justicia piden.
Se le acercan furibundos,
en sus mentes no conciben
la equivocación, el yerro
a que el humano es proclive.
Y aunque se hallen en lo cierto
persiguiendo a quien persiguen,
se persiguen a sí mismos
y a sus facetas más tristes
odiando con odio puro,
por más que a esto amerite
la conducta criminal
que provoca cicatrices
dentro de la sociedad.
La muchedumbre redime
(o al menos es lo que cree)
a la víctima del crimen
despedazando al culpable
(o al que se sospecha firme)
con saña y placer morboso
propio de gente insensible,
carente de sentimientos,
o con sentimientos viles.
Si a este grupo de batracios,
si a esta manga de reptiles
se les dice que justicia
es compasión o no existe,
se reirán de nosotros,
y quizá también nos linchen.
Escapémonos entonces
y recemos al Gran Líder
para que erradique a todas
estas hordas infantiles
y las remplace por gente
que no premie ni castigue
sino que viva su vida,
siendo esclava o siendo libre.
El "justiciero" castiga;
el Justiciero, permite.
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miércoles, 21 de marzo de 2012

Una parábola de Oscar Wilde sobre el libre albedrío

Había una vez un imán y en el vecindario vivían unas limaduras de acero. Un día, a dos limaduras se les ocurrió visitar al imán y empezaron a hablar de lo agradable que sería esta visita. Otras limaduras cercanas sorprendieron la conversación y las embargó el mismo deseo. Se agregaron otras y al fin todas las limaduras empezaron a discutir el asunto y gradualmente el vago deseo se convirtió en un impulso. ¿Por qué no ir hoy?, dijeron algunas, pero otras opinaron que sería mejor esperar hasta el día siguiente. Mientras tanto, sin advertirlo, iban acercándose al imán, que estaba muy tranquilo, como si no se diera cuenta de nada. Así prosiguieron discutiendo, siempre acercándose al imán, y cuanto más hablaban, más fuerte era el impulso, hasta que las más impacientes declararon que irían ese mismo día, hicieran lo que hicieran otras. Se oyó decir a algunas que su deber era visitar al imán y que hacía tiempo que le debían esa visita. Mientras hablaban, seguían inconscientemente acercándose.
Al fin, prevalecieron las impacientes, y, en un impulso irresistible, la comunidad entera gritó:
- Inútil esperar. Iremos hoy. Iremos ahora. Iremos en el acto.
La masa unánime se precipitó y quedó pegada al imán por todos lados. El imán sonrió, porque las limaduras de acero estaban convencidas de que su visita era voluntaria.

Oscar Wilde, citado por Hestketh Pearson en el capítulo 13 de La vida de Oscar Wilde.

domingo, 18 de marzo de 2012

La enfermedad del crimen y cómo curarla

Estaba leyendo el Gorgias, procurando imbuirme de las palabras de Platón relacionadas con la retórica, cuando me topé con aquella frase de Sócrates que tanto me simpatizaba: “Cometer una injusticia es peor que padecerla”. Y me sigue simpatizando (aunque preferiría trocar injusticia por maldad), sólo que para sostener este aserto apela Sócrates a una serie de argumentos con los que no me siento identificado. Partiendo del siguiente axioma: “Lo que es justo es bello”, y dando por supuesto que el castigo que se le inflige al criminal es justo, concluye que hay una belleza intrínseca en el castigo y que el alma del criminal, por el hecho de ser castigada, comienza a sanar. Luego, al criminal le conviene la condena y no la impunidad, tal como al enfermo le conviene acercarse al hospital y no escaparse de él:

Si uno mismo o cualquier persona por la que se interesa ha cometido una injusticia, tiene que apersonarse en el sitio donde reciba lo más pronto posible el conveniente correctivo y apresurarse a buscar al juez como acudiría al médico, por miedo de que la enfermedad de la injusticia, permaneciendo en su alma, no engendre una corrupción secreta que la haga incurable (Gorgias, 480a-b).

La analogía es interesante y hasta cierto punto me parece plausible, pero el tema pasa por la confianza que tenga el enfermo respecto del agente curativo. Si yo, en tanto que enfermo, soy sometido a una curación que considero íntimamente como inservible o dañina, difícilmente cure, y a la inversa si es que el doctor que me atiende y su método terapéutico me inspiran confianza. Ahora bien, ¿el criminal cree positivamente que su alma o su espíritu podrán arreglarse mediante la condena en un presidio? No, no lo cree, y por eso no se arregla, sino que suele egresar de los institutos penitenciarios mucho peor que como entró. El castigo tiene poder sanador, eso no lo discuto, pero sólo el castigo que se autoimpone el propio delincuente o el que le impone el destino, que tarde o temprano siempre aparece. Pretender “meter mano” en los turbios y mal engrasados engranajes espirituales del criminal so pretexto de querer mejorarlos, es comportarse cándida y jactanciosamente a la vez; es tocar el tumor o querer erradicarlo mecánicamente, lo que no hace más que posibilitar la metástasis.
¿Qué buscamos al encerrarlo? ¿Buscamos proteger a la sociedad? Muy bien, entonces la discusión pasa por otro lado. Mas si buscamos, como la palabra “correccional” indica, corregirlo, me temo que habrá mala praxis. Tal vez el enfermo que huye del hospital no está tan loco como Sócrates suponía, porque podría ser que la medicina que allí le suministraban estaba vencida.
¿Cómo curar, o intentar curar, un alma inicua? Con amor, sólo con amor. Por eso está muy bien que los padres castiguen a sus hijos, porque los castigan amándolos, pese a que los niños no lo entiendan. Y es que los niños no saben lo que hacen, no saben lo que les conviene y por eso yerran el camino y hay que estar siempre detrás de ellos para que no se desvíen. Si el criminal es como un niño travieso potenciado, que no sabe lo que hace, corrijámoslo, sí, pero con amor. Los jueces no parecen amar a los criminales cuando los sentencian, y no me parecen los carceleros gentes henchidas de este magno sentimiento. Y si el criminal sabe lo que hace –proposición básica de toda condena firme--, pero prefiere la impunidad al castigo, dejémoslo impune, que ya la vida se encargará de castigarlo. Tal vez después nos crucemos con el criminal amnistiado y éste nos haga objeto de un nuevo crimen. Desgraciados de nosotros, pero no tan desgraciados como si lo hubiésemos condenado, pues ya lo dijo Sócrates: “cometer una iniquidad es peor que padecerla”, y condenar a un ser humano a una estadía en las actuales prisiones, en las que el amor brilla por su ausencia y el odio todo lo invade, es uno de los actos más inicuos que pueda concebirse
[1].




[1] Por fortuna, ya existe al menos una excepción a este ideal funesto del encierro castigador: la cárcel de Halden Felgsel, en Noruega. ¡Felicitaciones, escandinavos!

lunes, 12 de marzo de 2012

Nada más ni nada menos que prejuicios

Nuestro pensar, nuestro pensamiento científico y también nuestro pensamiento filosófico, es por fuerza prejuicioso. Ya lo dijo Marcelino Cereijido:






¿Hasta dónde podemos ir hacia atrás, y explicar los conocimientos en que se apoya lo que deseamos analizar? ¿Hay algún punto sobre el que nos podamos afianzar, para comenzar a construir con toda seguridad nuestro edificio científico? Antes de responder, veamos una analogía: estás en compañía de dos personas: el aspecto del primero te lleva suponer que es una persona digna; la traza del otro, te lleva a sospechar que es un malandrín. De pronto te desaparece la billetera. Les preguntas si no la tomaron, y ambos afirman que no. La dignidad del primero te lleva a creer que dice la verdad, de modo que no lo sometes a una verificación.
De regreso a la pregunta de hasta dónde podrías ir hacia atrás mostrando, demostrando y fundamentando cada ladrillo, cada estamento del edificio de la ciencia, la respuesta es: hasta los axiomas. Justamente, en griego axioma significa "dignidad", y se refiere a "lo que es digno de ser estimado, querido y valorado" (sin que le registres los bolsillos). De manera que, en último término, toda la estructura de la ciencia descansa sobre axiomas; la seguridad/inseguridad de éstos es similar a la que emanaría del hecho de que el "digno caballero" no fuera en realidad un taimado ladrón, y que el "malandrín" sea en cambio un pobre diablo mal entrazado... y tú un prejuicioso. Precisamente: todos los científicos somos prejuiciosos, y nuestros prejuicios se llaman axiomas (Marcelino Cereijido,
Ciencia sin seso, pp. 35-6).

Y yo no soy la excepción: tengo mis prejuicios. Un prejuicio mío es el que afirma que las mujeres no son aptas, en general, para escribir o para pensar la filosofía, y tengo otro, también muy arraigado, que dice lo mismo respecto de los estadounidenses. ¿Y qué fue lo que sucedió? Sucedió que cayó en mis manos el libro Filosofía: ¿quién la necesita?, una compilación de algunos de los ensayos filosóficos de Ayn Rand, y se me confirmaron mis prejuicios.

viernes, 2 de marzo de 2012

¿Y si el mensaje se diluye?

"Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí".
Marcos, 3. 21

Nadie es profeta en su casa. Mírenlo si no al doctor Carlos Casanova Lenti, emblema viviente del naturismo hipocrático en América Latina. Su padre murió, diabético e hipertenso, de un paro cardíaco. “Sufrió por 15 años de presión elevada y era muy amigo de tomar drogas a pesar de mis continuas prevenciones” (Casanova Lenti, El alimento integral y crudo como medicina, p. 591). Y su madre, muerta de un linfosarcoma faríngeo con metástasis cerebral, tampoco creyó nunca en la sapiencia de su hijo: “No aceptó tratamiento natural. Fue tratada por otro médico. […] La muerte fue muy triste” (Ibíd., p. 587). ¡Vaya si debe de haber sido triste para él el ver a sus progenitores morir y sufrir por causas que podía perfectamente erradicar! Pero no todo es desilusión en la vida familiar del gran médico peruano: sus hijos, hoy día, continúan su camino, y ya doctorados, trabajan junto a él en su clínica.


La lección que pretendo hacer entender, y entender yo mismo sobre todo, es la siguiente: No desesperes si tu mensaje se diluye y no es tomado en cuenta ni siquiera por tus seres más queridos. Sólo será una señal de que la cosa está muy fría aún, de que no es llegado el tiempo todavía. Tus padres no creyeron en ti, tus hermanos no creen, pero creerán tus hijos. Ellos cosecharán la semilla que tú sembraste, y sembrarán a su vez la suya, y entonces no parecerá tan fútil tu labranza.

Claro está que yo no tengo hijos como el doctor Casanova, de carne y hueso, pero los tengo de papel y se cuentan ya por legión: son mis cuadernos de anotaciones. Y cada persona de carne y hueso que los lea se convertirá un poco en hijo mío, y cosechará lo que yo he sembrado. Y si resultase que sembré sólo malayerba, desbrozará para sembrar de nuevo. Sería entonces que el terreno, diezmado por tanto monocultivo, necesitaba un descanso.

martes, 28 de febrero de 2012

Amor e inteligencia


Si existe en el mundo un hecho notorio, verificado por la más rectilínea experiencia, es la imposibilidad de unir y asociar eficazmente el Amor y la Sabiduría.
León Bloy, La salvación por los judíos

Teniendo en cuenta que del amor que profesemos en nuestra vida dependería nuestra felicidad terrena, sería deseable --al menos para mí-- emitir una opinión acerca del sentimiento más grande y puro existente sobre la tierra.
Si pretendiese definir al amor, caería en una serie de metáforas y alegorías ridículas por ser solo los poetas quienes poseen el don de comunicar con palabras parte del mensaje implícito en cada sentimiento. Por eso voy a conformarme con hacer un simple análisis exterior al amor mismo, análisis que comenzará con el criterio de "distribución ideal" que, a mi juicio, debería ser el blanco en el cual el buen amante intentase hacer centro.
Amar a Dios por sobre todas las cosas, y amar luego, en un nivel inferior pero potente y constante, a todas las demás criaturas, a todas por igual, incluyéndose uno mismo, los animales, las plantas e incluso las "cosas", sería según mi modo de ver la manera perfecta de distribuir nuestro amor hacia cada rincón del universo[1].
Sin embargo, soy consciente de la laboriosidad que hoy implica el pretender llegar a amar, de Dios para abajo, a toda la creación por igual. Observando esta situación, y ya que venimos hablando de pizzas y blancos, me permitiré dejar el criterio de distribución ideal del amor para más adelante (para muchos millones de años más adelante, supongo) y concentrar entonces mis esfuerzos en la elaboración de un sistema un poco más pragmático que el antedicho teniendo en cuenta los tiempos que corren.
Se me preguntará qué tienen que ver las pizzas y los blancos con todo lo expuesto luego de que mencionara estos aparejos, a lo que responderé que no se esponjen, que ya viene la nueva idea que, lo admito, de similitud con una pizza solo tiene su contorno gráfico circular, pero que será muy útil emparentarla --siempre gráficamente-- con las gradaciones de un blanco de puntería.
De acuerdo con el siguiente punto de vista, el amor a esparcir podría tomarse como si fuese la onda expansiva de una bomba que ha estallado. El centro mismo de la bomba, el epicentro del terremoto, es Dios, y en consecuencia es Él el más expuesto a la explosión. Después vienen los seres humanos. Esta clasificación incluye a los seres humanos corporalmente vivos, a los que corporalmente ya murieron e incluso, mediante un gran esfuerzo de intuición, a los hombres que en el futuro habitarán el planeta. Amar a una mujer en especial, amar más a nuestros hijos o a nuestra madre que a los hijos o las madres de cualesquiera otros, es un hecho que hoy se acepta como deseable y que tal vez sea indispensable como escalón de la evolución perfecta del amor; pero circunscribir nuestra entrega de amor en un círculo tan reducido como siempre es una familia no es más que una circunstancia que impide --teniendo en cuenta que, cuanto más y mejor se distribuye, más se inflama--, que impide que nuestra provisión de amor tenga un superávit en crecimiento[2].
Después de los seres humanos, la onda expansiva llegaría aún con fuerza hacia el resto de las criaturas pertenecientes al reino animal, y cubriría tanto a nuestro fiel perro doméstico como al gusano que se arrastra por el jardín del vecino.
El reino vegetal sería el siguiente grupo a ser alcanzado por la onda[3].
Finalmente, vendría el grupo de las "cosas", que incluiría la totalidad de la materia "muerta"[4], tanto la orgánica como la inorgánica, tanto nuestra camisa favorita como el pedregoso suelo de Marte.
Dos aclaraciones. 1) Para los cristianos, el amor a Cristo lo considero fundido con el amor a Dios, y por eso no lo nombro. 2) No sé muy bien dónde ubicar al mismo amante. No sé si ponerlo junto con el grupo de los seres humanos o degradarlo, en pro de su mayor humildad, al sector de la materia inanimada. En definitiva, creo que es indispensable amarse suficientemente uno mismo para poder amar a los demás; pero este autoamor deberá ejercerse con sumo cuidado si no se quiere caer en la tentación de la soberbia y el narcisismo. "Ama a tu prójimo como a ti mismo", dice la Biblia; así que habrá que amarse nomás, pero sin perder nunca la humildad y la predisposición latente a humillarse ante cualquier tipo de circunstancias --un equilibrio de vida que lejos estamos hoy la mayoría de los humanos de poder lograr[5].
Esto es todo lo que diré por ahora del amor con relación a su entrega, es decir, de la caridad del amor.
Yo ya había asociado, a finales de 1995, al amor con la inteligencia, negando sin pruebas la opinión que Jules Renard expresa en su Diario acerca de que el uno mata a la otra. Después intenté aclarar que la inteligencia no es incompatible con la felicidad como mucha gente cree, sino que, por el contrario, la verdadera felicidad necesita de la inteligencia como un bebé necesita la leche de su madre. Quería demostrar, en un principio, que el amor y la inteligencia estaban directamente relacionados, pero no se me ocurrió mejor cosa que suplantar al amor por la felicidad y comentar la relación entre esta y el intelecto. Sin darme cuenta, se formó el triángulo amor-felicidad-inteligencia, pero la definición de algunos de sus lados estaba un tanto confusa.
Empecemos por la felicidad.
La felicidad de la que se habla en la mayor parte del ensayo correspondiente al 6 de enero de 1996 no es en realidad la misma felicidad de la que luego digo es el fin último del hombre. En ese momento di por terminado el asunto diferenciando a la felicidad de la verdadera felicidad, pero sin especificar mayormente cuáles eran las cualidades de cada una de ellas. No estoy en condiciones de hablar de la verdadera felicidad tal como es en sí misma porque nunca, o a lo sumo en excepcionalísimas circunstancias, la he experimentado; pero sí puedo definir a la otra, a la falsa felicidad, ya que pasé muchos momentos de mi vida inmerso en ella.
De aquí en más, cuando hable de "felicidad" estaré hablando de la verdadera felicidad, y por lo tanto de la única. Lo que en aquella oportunidad llamé felicidad --a secas--, lo llamaré ahora "alegría diversiva", pues no es más que un estado de ánimo en el cual cae nuestro espíritu cuando se contenta con ciertas distracciones ajenas a su esencia que penetran en él a través de los sentidos.
El término "diversivo" hace alusión al significado de la palabra "diversión" tal como se lo conoce habitualmente, es decir, en el sentido de pasar un momento emotivamente agradable, pero también al significado digamos militar del vocablo, como si al "divertirnos" o alegrarnos divertidamente no estuviésemos haciendo otra cosa que una "maniobra de distracción" destinada a nuestro espíritu que lleva implícita el objetivo de desorientarlo, de hacerle confundir los flancos... Con el objetivo, en definitiva, de inutilizarlo para la defensa de nuestro propio ser que le había sido encargada. Esta aclaración es fundamental para comprender los alcances reales de la alegría diversiva y su más o menos inconsciente función intestina.
Es fácil deducir que una persona que se ríe frente al televisor está siendo presa de la alegría diversiva. Pero si tomamos el caso de un ser que, movido por la gula, devora un inmenso sánguche, nos parece difícil imaginar que dicho glotón, en el momento de la ingesta, se esté "divirtiendo". Y sin embargo --de acuerdo a lo antedicho-- se divierte, porque si bien el sabor del jamón no le provoca lo que se conoce generalmente como "alegría", ni tampoco se "emociona" con el gusto del queso, esos bocados movilizan su sentido del gusto, lo despiertan, y este manda el placentero mensaje hacia el espíritu, quien se distrae, se "divierte" de su función específica para gozar del bocado artificial, ya venga este exento de emociones y sea puro entretenimiento sensorial --como cuando se habla de comida-- o formando una mezcla homogénea de satisfacción sensitiva y emoción derivada de ella --como el citado caso de la televisión, o al bailar con una mujer, o sobre una montaña rusa.
Yo no digo que deba desterrarse la alegría diversiva de nuestras vidas --no lo digo porque sería prácticamente imposible hacerlo en el mundo actual, al menos en Occidente--; lo único que pretendo con todo esto es que no se confundan los términos, que no se tome por felicidad lo que solo es un modesto sentimiento de alegría o bienestar. Y que no se abuse de estas situaciones efímeramente placenteras, primero porque, por su propia naturaleza, si pierden su efimeridad pierden también su placer, y segundo porque este tipo de jolgorio sí es incompatible con la inteligencia, según se ha explicado en aquel ensayo de principios del año pasado.
Además, ¿dónde está el límite entre las emociones benéficas que suscita, por ejemplo, el contemplar una puesta de sol, o el escuchar una bella melodía, y las alegrías diversivas? Nadie querría hoy privarse de estos legítimos placeres de los sentidos por miedo a no ser inteligente, y por eso recalco, yendo en contra de algunas teorías que pregonan lo contrario, recalco que ciertas alegrías diversivas no deberían hoy reprimirse, aun en desmedro de la búsqueda de la inteligencia perfecta.
Todo lo que nos entra por los sentidos nos "divierte", nos "distrae". El secreto está en saber seleccionar el material que luego nos servirá para fines más elevados que el de un simple divertimento, y descartar el resto. ¿Que cómo se hace esa selección? Sencillo: aprendamos a descubrir si en lo que estamos viendo, oyendo, olfateando, tocando; si en lo que estamos sintiendo con nuestros sentidos y nuestros sentimientos... hay poesía. Si la hay, olvidémonos por un momento de la meta suprema, olvidémonos del anonadamiento de nuestro ego y nuestra voluntad exterior y sintamos el mensaje que el mundo, que la Creación, nos da de parte de su Creador para que valiéndonos de esas pistas exteriores saquemos alguna conclusión que nos permita seguir avanzando.
Y ¿qué pasa mientras tanto con la inteligencia? En relación con este tipo de alegrías, ya lo hemos visto: sale perjudicada. Se podría decir que cuanto más material ingresa sensitivamente solicitando su parecer, más se pervierte. Sé que la pasada frase sonará un tanto blasfema en los oídos de algunos eruditos, por eso es que voy a tratar de explicar qué es lo que quise decir con ella.
La inteligencia se alimenta de dos tipos diferentes de material: el que le ingresa desde fuera y el que le llega desde dentro. El alimento que la nutre desde dentro de sí misma es muy superior, abismalmente superior que el alimento que le ingresa por los sentidos. Pero qué pasa: el alimento interior no se forma sino gracias al aprovisionamiento de ciertas sustancias presentes en el alimento externo. Estas sustancias no son parte de la "esencia" del alimento externo, y están presentes solo en algunos de estos nutrientes exteriores. Si uno fuese capaz de discernir perfectamente qué conocimientos sensitivos están cargados con mayores y mejores raciones de esta sustancia vestigial, al cabo de alimentarse un tiempo de conocimientos externos ideales la "proteína" del conocimiento interior ya se habrá formado por completo, y entonces uno podría tranquilamente desdeñar cualquier conocimiento que pretendiese interesarle por fuera, pues con el alimento que se formó en su interior tendría cubiertas, en calidad y cantidad insuperables, las necesidades básicas de alimentación de su inteligencia. Pero este "aprovisionamiento ideal" no se da nunca en la práctica, y esta circunstancia nos obliga a seguir dependiendo de la información sensitiva para que nuestra mente pueda sobrevivir (si a una persona no suficientemente esclarecida le impedimos utilizar todos y cada uno de sus sentidos por un cierto tiempo, lo más probable es que dicha persona enloquezca).
Conforme nos vayamos aprovisionando interiormente, menor necesidad tendremos, por ejemplo, de leer --que es lo que creo molesta de este razonamiento a los que equiparan inteligencia con erudición--, o de utilizar cualquier capacidad sensitiva en beneficio de nuestra inteligencia. Pero mientras tanto, mientras buscamos la capacidad de vivir inteligentemente sin necesidad de percibir lo que nos rodea, y en tanto no la encontremos, debemos alimentar nuestra mente con el régimen mixto, y eso significa que debemos valernos de nuestros sentidos tanto como nos haga falta y sacar de ellos el mayor provecho.
Para tratar el delicado tema de la inteligencia con relación al amor, es necesario, como hicimos con la felicidad, definir el concepto de inteligencia tal como se conoce y agregar una definición ideal tal como la conocemos nosotros.
La definición de inteligencia no es, según nosotros, la capacidad que tiene el cerebro de acumular conocimientos y, gracias a la memoria, evitar que estos se desvanezcan. Tampoco tiene que ver directamente con la capacidad de razonamiento abstracto que cada mente posee[6]. En un sentido popular, la inteligencia viene a ser la capacidad que tiene la mente de resolver problemas (independientemente de los instintos). Si esto es así, aquí deberemos plantear una nueva definición del concepto que sea un poco más específica. Entra en acción entonces el término "inteligencia trascendente", que definiremos como la capacidad que tiene la mente humana (no ya la de cualquier especie) de resolver los problemas esenciales de su existencia. Para ejemplificar la diferencia existente entre ambas inteligencias, podríamos decir que un hombre que resuelve cierto problema que se le ha presentado en su vida, como podría ser, para un matemático, una ecuación muy complicada, o para un alpinista el decidir qué sector de la ladera es más conveniente para la escalada; podríamos decir que esa persona que ha resuelto satisfactoriamente su más o menos complicado problema es un individuo inteligente. Por otra parte, aquel ser humano que descubre mentalmente la manera correcta de aumentar su felicidad, ese ser humano es quien trasciende la inteligencia común y se transforma en un ser trascendentemente inteligente.
(No quiero aquí pecar de soberbio al haber dicho hace pocas horas que había descubierto el camino de la felicidad y ahora decir que quien consigue aumentar su felicidad es trascendentemente inteligente. Solo intento decir las cosas tal como me parece que son; si en esa intención alguien --como yo mismo-- adivina un autoelogio, eso no es más que un incidente secundario en el que no vale la pena perder el tiempo. Además, en defensa de mi humildad debo decir que hoy no soy más feliz que ayer --al menos en un grado suficiente como para sentirlo--, lo que demuestra que, o bien mi teoría es falsa, o bien no tengo la suficiente fe como para creer en ella y ponerla en práctica, motivos ambos muy válidos para refutar las bondades de mi supuesta inteligencia trascendente por un lado, o contrarrestarlas con un corazón realmente idiota, por el otro.)
Según Jules Renard, "el amor mata la inteligencia". Esta frase no me pareció correcta en un principio, y así lo hice saber; pero habiendo definido ahora en forma conveniente uno de los dos términos, me atrevo a decir que tal vez Renard no estaba equivocado, y que es muy probable que el amor sí mate a la inteligencia.
Todos saben que quien se enamora de un hombre o de una mujer se vuelve torpe, despistado; descuida sus estudios, su trabajo, sus quehaceres habituales y se consagra enteramente a lo único que le interesa: su pasión por el ser amado. Viéndolo desde este punto de vista, desde el punto de vista tan utilizado --al menos en la intención-- del amor monopersonal, es decir, del amor volcado hacia una sola persona, tenemos como conclusión que aquel amante, cuanto mayor grado de amor sienta, más inconvenientes tendrá en resolver con su mente ya no despejada los problemas de la vida diaria que otrora ocuparan toda su capacidad de pensamiento y en consecuencia no se le hiciera tan molesta y complicada su resolución. Dicho de otra manera, y siguiendo la definición acordada líneas arriba, el amante se ha vuelto menos inteligente[7].
Si esto le ocurre a una persona que vuelca su amor tan solo en un único individuo, ¿qué se podría esperar de un ser humano que reparte su amor por toda la humanidad, no digamos ya por todo el universo? Si creemos en la teoría de la "pizza mágica" (ver la primera nota al pie de esta misma entrada), deduciremos que cuanto más uno se desprende de su amor, y cuanto más divide la pizza en porciones que alcancen para todos y luego se renueven con creces, mayor amor le volverá a nacer en su corazón para seguir entregando[8]. Esto significa que ya que el enamorado unipersonal, que obsequia su pizza toda sin necesidad de cortarla en porciones, se vuelve así de tonto entregando una cantidad de amor comparativamente pequeña, no cabe duda de que nuestro nuevo "enamorado de la humanidad" será un "inútil" irremediable. Sí, será un inútil nada inteligente, porque no podrá pensar en otra cosa que en el amor que siente por el prójimo, y esto le impedirá meditar sobre los problemas de la vida cotidiana que afligen al común de la gente, como qué comer por la noche o qué colectivo tomar para ir al trabajo, por ejemplo. Jules Renard podrá tener razón; este "loco" enamorado podrá ser poco inteligente. Pero ¿qué hay de su inteligencia trascendente? Hemos definido a este tipo de inteligencia como "la capacidad que tiene la mente humana de resolver los problemas esenciales de su existencia", y hemos dicho que la búsqueda de la felicidad era uno de esos esenciales problemas. ¿Y acaso este poco inteligente personaje no ha encontrado la solución a ese supremo dilema? ¿Acaso podemos decir, mirándolo a los ojos, que ese hombre no es feliz? Podrá ser un idiota cocinando tortillas, o un imberbe aprendiendo física cuántica, o un inepto invirtiendo dinero, o un incapacitado hasta para discernir en qué instante habrá de cruzar la calle sin que lo atropellen; pero yo me pregunto: ¿necesita pensar en todas esas cosas? Uno lo mira desde un punto de vista propio y claro, concluye que es un tonto; pero si volvemos un poco más atrás y revisamos la definición de inteligencia --no la trascendente sino la común, la que todos más o menos ejercemos--, nos encontramos con que "inteligente" es aquel ser mentalmente preparado para resolver sus problemas. Preguntémosle a él mismo --o un psicólogo, si no le creemos-- cuáles son los problemas que lo aquejan; ambos concluirán que estos problemas no existen[9]. Claro que una persona que no piensa siquiera en cómo solucionar los problemas básicos de su supervivencia termina muriéndose; pero ni siquiera esta cruda certeza cobra la forma de un problema en el espíritu del enamorado. Para él, la muerte corporal no es más que un hecho anecdótico. Atendiendo a estas razones se podrá suponer que esos incurables enamorados a los que no los intranquiliza ni su propia supervivencia son siempre las presas predilectas de la Parca, pero esto no es tan así: el amor siempre vuelve, y quien deja de cuidarse a sí mismo para amar a los demás, recibe el cuidado de los demás, que suele ser mucho más celoso que el cuidado que podría ofrecerle su propio y justificado miedo a la muerte.
Algunas personas que no aman a nadie pretenden equiparar la felicidad proveniente de la fe religiosa[10] con la "felicidad" de un borracho en el bar. No tengo una respuesta concisa que otorgarles a estas gentes, pero les recomiendo que lean aquello de la diferencia entre felicidad y alegría diversiva, y si no quieren tomarse ese penoso trabajo, los insto a que averigüen si ese borracho sigue tan "feliz" después de salir del bar, durante las horas siguientes, durante los días siguientes y durante los años siguientes que le resten por vivir, y mismo seguimiento para el religioso. Si son el uno un auténtico borracho, y el otro un auténtico religioso, la "calidad" de sus alegrías y el contraste de lo efímero con lo constante harán que la comparación se torne tan ridícula como la vida que seguramente sobrellevan quienes confunden dos conceptos tan dispares.
Tenemos entonces el mismo viejo triángulo de amor, felicidad e inteligencia, pero ahora con sus lados --creo yo-- un poco más definidos.
Resumiendo, las conclusiones que se desprendieron de este juego son tres:
1) La capacidad de amor de un individuo es directamente proporcional al grado de felicidad que experimentará en su paso por la tierra.
2) No solo no es obligatorio resignar la inteligencia para ser feliz, o resignar la felicidad para ser inteligente, sino que la inteligencia --la inteligencia trascendente-- se hace indispensable si se pretende llegar a la felicidad terrena.
3) El amor no solo no mata a la inteligencia (trascendente), sino que resulta indispensable si se pretende llegar a ella --y viceversa.

Tamizando más finamente los gránulos que lograron pasar tenemos que
A) No se puede ser amante sin ser feliz y sabio.
B) No se puede ser feliz sin ser sabio y amante.
C) No se puede ser sabio sin ser amante y feliz.

Amo los triángulos. Y ya vendrán dentro de poco más pruebas de mi pasión trigonométrica...


[1] Esto de "distribuir" no sería del todo correcto, pues no creo que el amor pueda repartirse, digamos, como una pizza, dándole tres o cuatro porciones a Dios, un par a los seres humanos, un par a los animales, etc., sino que considero al amor como un todo que tiene la capacidad de ir a todas partes al mismo tiempo sin que por ello merme, en relación a la cantidad y calidad del total, la ración de amor a ser esparcida por cada sector. Para hacerlo más sencillo, volvamos a la figura anterior y digamos que sí, que es una pizza, pero una pizza mágica. Para quien, impedido, por ejemplo, por su gula o avaricia, no la comparte y se la come entera él solo, es una pizza común, y de las más berretas. Una prepizza. Pero para quien se preocupa de que todos tengan su parte, ocurre lo extraordinario: cada porción entregada muta en una nueva pizza, tan grande y sabrosa como la original y que a su tiempo podrá ser compartida bajo los mismos mágicos términos que ésta; y a su vez, en la original, el espacio vacío por la porción entregada es ocupado por un agrandamiento de la masa restante, y siendo que este agrandamiento no solo se limita a cubrir el espacio desprendido, sino que además, como quien no quiere la cosa, se extiende recubriendo el borde íntegro del circular alimento, tenemos como resultado el aumento del grandor total de la pizza con cada porción entregada.
[2] (Nota añadida el 15/4/19.) Bertrand Russell denomina “hombre instintivo” al que persigue solo el bienestar de su entorno más íntimo: "La vida del hombre instintivo se halla encerrada en el círculo de sus intereses privados: la familia y los amigos pueden incluirse en ella, pero el resto del mundo no entra en consideración [...]. Esta vida tiene algo de febril y limitada. En comparación con ella, la vida del filósofo es serena y libre. El mundo privado, de los intereses instintivos, es pequeño en medio de un mundo grande y poderoso que debe, tarde o temprano, arruinar nuestro mundo peculiar. Salvo si ensanchamos de tal modo nuestros intereses que incluyamos en ellos el mundo entero, permanecemos como una guarnición en una fortaleza sitiada, sabiendo que el enemigo nos impide escapar y que la rendición final es inevitable. Este género de vida no conoce la paz, sino una constante guerra entre la insistencia del deseo y la importancia del querer. Si nuestra vida ha de ser grande y libre, debemos escapar, de uno u otro modo, a esta prisión y a esta guerra" (Los problemas de la filosofía, cap. XV).
[3] No voy a entrar en detalles aquí, pero cada vez estoy más convencido de que algo sorprendente --y maravilloso-- sucede en la vida de las plantas, quienes no solo no serían inconscientes como algunos suponen, sino que tendrían --al menos algunas de ellas-- un nivel de conciencia, de inteligencia y de emotividad aún más alto que algunos animales y tal vez que el hombre.
[4] Meditando sobre la Creación, uno comprende que nada está muerto, que hasta el objeto más vil, que hasta la materia más repugnante, tiene un alma completamente viva.
[5] Mi psicólogo de cabecera me llama la atención a este respecto aclarándome que desde Lutero hasta Kant, desde Calvino hasta Freud, los conceptos de egoísmo, narcisismo y otras aberraciones semejantes se han equiparado a la idea del amor a sí mismo, y por eso muchos suponen que autoamarse es un pecado. Para discernir las abismales diferencias existentes entre el amor a uno mismo y las otras opciones, bastará con leer racionalmente las páginas 145 a 148 de El miedo a la libertad, de Erich Fromm.
[6] Sí, todo ser viviente es potencialmente capaz de razonar abstractamente; lo que pasa es que a medida que descendemos en la escala biológica, los razonamientos de los seres inferiores se hacen harto limitados (dependiendo entonces más de su instinto que de su razón).
[7] Es cierto que esta típica "estupidez de enamorado" no suele durar más de unos cuantos días, pero esto no quiere decir que la inteligencia se haya adaptado al amor, sino simplemente que el amor ha desaparecido, o que nunca existió --habiéndose confundido, como tantas tristes veces se confunde, al amor con el enamoramiento.

[8] (Nota añadida el 25/10/14.) Benjamín Franklin pensaba, sobre la distribución sentimental, algo parecido: "Las operaciones del espíritu, estima, admiración, respeto y aun cariño a un objeto, pueden multiplicarse tanto como objetos que los merezcan se presenten y, sin embargo, continuar iguales para el primero, por lo cual no hay lugar para la queja ni para sentir ofensas" (Autobiografía, p. 287, carta a la señora Brillon).
[9] Dicho sea de paso, se podría establecer una relación inversa entre el grado de felicidad y el grado de perturbación psicológica que promueven en el ser humano los problemas de la vida cotidiana. Esto significa que cuanto más nos desinteresemos de los problemas intrascendentes y cuanto menos nos desesperemos por solucionar los trascendentes, o sea, cuanto menor cantidad de problemas nos sintamos obligados a resolver, más felices seremos --y más problemas trascendentes resolveremos.
[10] Estamos hablando de amor, no de fe; pero como dijo la madre Teresa de Calcuta, ¿qué otra cosa es el amor sino la fe activa?

jueves, 23 de febrero de 2012

En el borderláin de la sofistería

Hecho sin precedentes: he recibido dinero por corregir un ensayo filosófico. Se trata de un artículo sobre la cosa en sí kantiana escrito por el ingeniero Eduardo Shore, pésimamente redactado, que hube de corregir por intermediación del doctor Maliandi, que fue quien nos presentó. ¿He ingresado, merced a este acontecimiento, en la categoría de sofista?, ¿he comenzado a lucrar con la filosofía? No lo creo. Ser corrector literario no equivale a lucrar con la filosofía, sino con la literatura, y eso sí me lo permito. Quedo, pues, todavía, bien parado.

martes, 17 de enero de 2012

Justicia social y ecología

Según Zygmunt Bauman, “la riqueza total de los primeros 358 millonarios globales, equivale a la suma de ingresos de los 2300 millones de personas más pobres, es decir, el 45% de la población mundial”. De aquí concluye que “si los 358 decidieran quedarse con cinco millones de dólares cada uno para poder mantenerse y regalaran el resto, casi duplicarían los ingresos anuales de la mitad de la población de la tierra. Y los cerdos volarían" (La globalización, cap. 3). Pero supongamos, sólo supongamos, que el milagro de los cerdos voladores acaeciese[1]; ¿sería éste un suceso éticamente deseable? Así como está planteado el paradigma sociológico actual, este suceso sería catastrófico, pues los ex indigentes se lanzarían a un desenfrenado consumo que haría del planeta, ecológicamente hablando, un nido de ratas. Lo único que mantiene a la tierra más o menos habitable hoy en día es la desigualdad social, el mantener a los pobres alejados de aquellos bienes que las clases medias y altas disfrutan. Si queremos, pues, evitar que la basura y el cáncer nos arrinconen y a la vez evitar el espectáculo siempre triste de la marginalidad extrema, no nos queda otra que modificar el paradigma de la sociedad de consumo y habituarnos a pensar en una sociedad de ascetismo y restricciones materiales, al modo, más o menos, de las comunidades rurales de la edad media. A pesar de la aparente retrogradación, el progreso entero de una cultura de avanzada que pretendiese incluir en sus filas a los elementos hoy marginales a ella depende casi exclusivamente de que se concretice, dentro del inconciente colectivo, este tipo de pensamiento a contrapelo del vulgar hedonismo que ahora nos gobierna.


[1] Hace poco más de diez años estuvimos a punto de ver a un cerdo volar. Resultó que en julio de 1999 comenzó a correr en el mundillo económico norteamericano el rumor de que Bill Gates, el hombre más rico del mundo en ese entonces, había decidido donar, cuando muriese, prácticamente la totalidad de su fortuna a instituciones científicas y centros de ayuda a los necesitados de los países tercermundistas. El rumor duró unos días tan solo, pues a principios de septiembre de aquel año el vocero del magnate lo desmintió categóricamente (ver, por ejemplo, el diario Clarín del 3/8/99, p. 37). Carreteaba el cerdo como gallina bataraza, pero lo bajaron de un hondazo.

lunes, 16 de enero de 2012

Algunas consideraciones sobre la ingesta de leche

"He ahí las causas funestas y probadoras de que la mayor parte de nuestros males son obra nuestra, y de que los habríamos evitado en su mayor parte de haber conservado la manera de vivir sencilla, uniforme y solitaria que nos estaba prescrita por la naturaleza. Si esta nos había destinado para estar sanos, casi me atrevo a asegurar que el estado de reflexión es un estado contra la naturaleza, y que el hombre que medita es un animal depravado".
Jean-Jacques Rousseau,
Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres

Intentando convencer a Dolina de que la leche no es un buen alimento para el ser humano, díjole Gabriel Rolón: "Ningún animal en estado salvaje consume leche después de haber sido destetado". Pero el contrargumento de Alejandro Dolina no se hizo esperar: "Los animales nunca leen, ¡entonces no leamos nosotros tampoco!" Interesante contrapunto, que me parece puede desenredarse de la siguiente manera: Fisiológicamente hablando, el consumo de productos lácteos es perjudicial para los mamíferos destetados, y es por eso que la naturaleza nunca proveyó a los animales de algún sistema instintivo mediante el cual pudieran incorporar a su dieta este tipo de nutrientes. Siguiendo este orden de ideas, afirmo también que, fisiológicamente hablando, cualquier tipo de lectura perjudica más que beneficia. La leche ingresa por la boca, llega al estómago y allí comienza su incorporación a nuestro ser, resultando de aquel proceso efectos beneficiosos por un lado y perniciosos por otro; estadísticamente hablando, yo digo que los efectos perniciosos tienden a superar, en el largo plazo, a los benéficos. La palabra escrita ingresa, a través de nuestros ojos, a nuestro ser, y esos ojos, que fisiológicamente son los órganos encargados de todo el trabajo, si bien en ciertos casos pueden salir favorecidos por el ejercicio, estadísticamente hablando tienden a resentirse debido al esfuerzo que implica la fijación continua de la vista. Todos saben que los relojeros, casi indefectiblemente, desarrollan miopía, y lo mismo sucede --a una escala menor-- con los lectores voraces. ¿Significa esto que debemos abstenernos de leer, o de leer mucho? ¡Por supuesto que no! Porque los perjuicios fisiológicos que la lectura conlleva son contrapesados por los beneficios psicológicos, que justifican, en la mayoría de los casos, el desgaste ocular (y hasta puede suceder que, en virtud de las mismas lecturas, se encuentre el remedio, o el paliativo, al desorden fisiológico que la lectura provoca: leo sobre los poderes curativos del ayuno y esto me hace ayunar, y el ayuno le devuelve a mi vista parte de su prístina lozanía). Establezcamos entonces el siguiente principio: Lo que los animales en estado salvaje se abstienen de hacer y el hombre hace, es, por lo general, contraproducente para la fisiología humana. El principio no hace referencia a los aspectos psicológicos, pero a mí me parece que en el caso de las lecturas, nuestra psicología --es decir, nuestro espíritu-- tiende a quedar en superávit. No lo creo así en el caso de la leche: sería contraproducente para el cuerpo e inocua para el espíritu.

sábado, 14 de enero de 2012

Extracto de un diálogo entre un vivo anarquistoide y un muerto propietario


CORNEJÍN. --Yo en ningún momento quise refutar ningún derecho. Para mí, los derechos no existen, son invenciones, o más bien convenciones legales, y por lo tanto dejo a los leguleyos la tarea de sancionarlos o refutarlos. Yo no me ocupo de derechos sino de virtudes y vicios; y en este contexto, afirmo que la posesión de riquezas y propiedades, en un mundo en el que cientos de niños mueren por día víctimas del hambre, y en un mundo en el que las tres cuartas partes de la población no es propietaria de nada que no sean sus zapatos y su camisa; en un mundo así, digo, ser rico o medianamente rico es cosa más inmoral que un asesinato consumado, es el vicio por excelencia de los tiempos modernos, es la aberración más grande que pueda cometer una persona en contra de sus congéneres.
CAMPOAMOR. --Me causan risa tus invectivas, y es que no puedo entender por quién serían ayudados los pobres si no existiesen los ricos. Argumentando así, ciertamente te pareces a esa clase de pobres que se pasan la vida calumniando a las grandes señoras de la beneficencia que no viven más que para proporcionarles socorros.
CORNEJÍN. --Si señor: ¡qué grandes y devotas cristianas son esas señoras de la beneficencia!... Aunque ahora que me acuerdo, ¿no le dijo Jesús al rico, en Mateo 19, versículo 21, que si quería entrar en el reino de los cielos debía darles todo su dinero a los pobres, no solamente la diezmilésima parte, que es lo que dan estas piadosas y desprendidas señoras?
CAMPOAMOR. --¡Y dale con el comunismo!...
CORNEJÍN. --Usted llámelo como quiera, yo lo llamo igualdad.
CAMPOAMOR. --¡La igualdad! Yo también quiero la igualdad, pero la igualdad legal, nunca la social. La igualdad social sería un amasijo irrefundible, retrógrado, injustificable y bárbaro. ¿Cómo queréis amalgamar vuestras clases inferiores, de pasiones rudas, de moral exigua y de inteligencia obtusa, con las clases elevadas por la educación o la inteligencia, que comprenden la voluptuosidad de la virtud, que gozan con las fantasías de Milton, que admiran el carácter de Sócrates? Y vos mismo ¿tendríais la indignidad de dejaros tutear por vuestros lacayos, que al dirigiros la palabra os estropean el idioma, que se ríen de vuestra civilidades y que os calumnian por envidia?
CORNEJÍN. --Carezco de lacayos. Mal podría tener lacayos si no tengo propiedades.
CAMPOAMOR. --¿No tienes propiedades? ¿Y en dónde vives?
CORNEJÍN. --En el departamento de mis padres.
CAMPOAMOR. --¡Claro! Y seguramente cuando lo heredes lo abandonarás en beneficio de algún carenciado... ¡No te engañes, hijo! El instinto de propiedad no puede anonadarse, porque lo llevamos bien dentro nuestro, como todos los instintos. Esta inclinación es la hormiga de las pasiones. Con ella poseemos el arca santa donde perpetuamente se salvarán todas las sociedades de todos los diluvios comunistas. Todos los socialistas modernos que han fundado sus sistemas sobre la base de la propiedad común han partido de un imposible, porque los instintos fundamentales, el ego y el deseo de adquirir, rechazan la propiedad colectiva y tienden naturalmente a apropiarse de las cosas con exclusión de cualquier otro partícipe. El misántropo Rousseau, el más elocuente de los escritores y el más incoherente y más ilógico de lo filosofastros, en uno de sus sistemas fantástico-políticos condena la propiedad individual de esta manera acerba: "El que, rompiendo el primero y cercando un campo, tuvo la ocurrencia de decir esto es mío, fue el fundador de la sociedad. ¡Cuantos males hubiera ahorrado al mundo el que, arrancando las estacas y cegando la zanja, hubiese gritado: ¡Guardaos de dar oídos a este impostor; la tierra es de todos y los frutos no son de nadie!" (Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, primer párrafo de la segunda parte). El irónico Voltaire, contestando a estas palabras, las rebatió de este chistoso modo: "En vez de arrancar las estacas y segar la zanja, no tenía más sino imitarle, y pronto se hubiera formado un lugarcito bastante lindo..."
CORNEJÍN. --Los pensadores pueden ser rebatidos por otros pensadores, pero no por meros literatos. Y respecto de que los socialistas parten de un imposible, admito que existe esa imposibilidad en el presente, pero la niego para el futuro. Los instintos no son inmutables, pueden evolucionar o involucionar de maneras diversísimas como bien lo sabe quien compara los instintos de un gusano con los de un hombre y encuentra las abismales diferencias que hay entre estos cuadros instintivos (o entre sus modos de manifestarse), siendo un hecho casi indudable el que nuestros antepasados han sido alguna vez criaturas gusanescas. Pretender que el comunismo, que el verdadero comunismo, podría establecerse hoy día, es una puerilidad que denota falta de ciencia en el cerebro del que la concibe; pero afirmar que el verdadero comunismo es actualmente imposible no excluye la hipótesis que dice que el comunismo se impondrá en el futuro, ni mucho menos excluye la hipótesis que realmente interesa: la hipótesis moral, no sociológica, que sugiere que el verdadero comunismo, que es el comunismo en el que la gente utiliza sus propiedades como si no le pertenecieran exclusivamente (tal como sucede hoy en día en derredor del círculo familiar-afectivo del propietario), que ese comunismo es éticamente deseable, y éticamente indeseable todo sistema capitalista de apropiación exclusiva.
CAMPOAMOR. --¿Éticamente deseable el comunismo? ¡Esas son basuras, nada más que olorosas basuras! Oídlo bien, sacerdotes, niños, mujeres y creyentes, oídlo bien, para que los apedreéis por las calles, como sí los apedrearéis; hay una secta de políticos que os quiere gobernar, y que así como en el orden físico niegan el derecho de propiedad anulando la personalidad humana, en el orden moral niegan la existencia de Dios, dejando a la creación sin creador y a los efectos sin causa. Oídlo bien, porque la supresión de la propiedad es lo mismo que la del individuo.
CORNEJÍN. --¿Estar privado del derecho de propiedad privada y dejar de ser una persona es todo un mismo paquete? Eso significa que, según usted, las tres cuartas partes del mundo que hoy están privadas de todo derecho a la propiedad privada... ¡no son personas! Pero usted, como buen cristiano, ¿no haría todo lo humanamente posible para convertir a esas cuasi personas en personas hechas y derechas? Si es así, tendrá que abogar para que todo individuo disponga de por lo menos su propia casa en su propio terreno, lo que sólo será posible cuando las gentes como usted, que tienen tantas fincas como dedos en las extremidades, se dignen a repartir la torta con aquellos que de bizcochuelos nunca probaron ni las migas. ¿No ve cómo es toda cháchara esa su defensa de la propiedad privada? ¿No ve cómo es el derecho a la propiedad privada, como usted lo llama, o el sistema capitalista, como lo llamo yo, lo que precisamente anula el derecho de propiedad de la mayoría de los seres pensantes del planeta? ¿Por qué no deja de
lado la sistematización raciocinante, o por mejor decir la hipocresía, y confiesa por fin que le importa un comino la suerte de los millones de niños desnutridos que hay en el mundo, y que lo único que le interesa es ser millonario, por la afición que las riquezas le inspiran directamente y porque supone que todos sus otros deseos necesitan de la riqueza como medio indirecto de procurarse satisfacción?
CAMPOAMOR. --¿Qué es esto? ¿Estoy muy errado, o adivino un poquito de odio hacia los ricos en tus palabras? ¿Y sigo errado, o adivino, además de odio, un poquito de envidia también? ¿Envidias acaso a los ricos porque supones que no sufren o que sufren menos que los pobres? ¡Ah! Si pudieses medir con el pensamiento todos los dolores morales que sufren las clases acomodadas, probablemente te refugiarías gustoso contra esos dolores tras el broquel de tus harapos.
CORNEJÍN. --¿Que si odio a los ricos? Intento no hacerlo, pero me temo que tiene usted razón: los odio un poco a veces. ¿Que si los envidio? Sí, y no poco, pero sólo cuando los veo en compañía de sus jóvenes y voluptuosas mujeres y las supongo enamoradas o al menos interesadas sexualmente en ellos --suposiciones que enseguida se desvanecen, y con ellas la envidia, ni bien me detengo a meditar seriamente la cuestión. ¿Que si supongo que los ricos sufren menos que los pobres? ¡Acabado estoy como pensador diletante si supusiera eso! Tendría que modificar casi todo mi edificio ético, que está engarzado casi en su base por el hilo de la afirmación opuesta. Y no sólo afirmo, como dice usted, que los dolores morales suelen ser más fuertes en los ricos que en los pobres, sino que también me destapo con el postulado de que hasta el balance hedonista puramente sensitivo tiende a ser más contemplativo con los pobres que con los ricos, algo a lo que el auge de la medicina prepaga y el consiguiente deterioro de los hospitales públicos, junto con la prodigiosa multiplicación de los medicamentos, parecen desmentir, pero lo desmienten sólo en superficie. Hablando en general, yo digo que los ricos sufren más que los pobres (o sea, que el balance hedonista fisio-psicológico de los ricos tiende a ser inferior al de los pobres), y que sufrirían menos si fuesen menos adinerados; y digo también que los pobres, tendiendo como tienden a sufrir menos que los ricos, sufrirían un poco menos todavía si fuesen un poco más adinerados. Siendo éste mi modo de discurrir, tíldeme usted de cualquier cosa, menos de ilógico o de inconsecuente, cuando afirmo que sería deseable que los ricos donasen voluntariamente (nunca por medio de la coacción gubernamental) buena parte o la totalidad de sus haciendas.
CAMPOAMOR. --Me alegro de que coincidas conmigo en catalogar como inmoral toda beneficencia que se sustente a punta de pistola. El dar dinero por nada, el acto caritativo, es algo hermoso y digno de las más generosas almas cuando se realiza por pura y divina compasión hacia el desposeído, pero cuando el benefactor entrega el dinero motivado por causas externas a sí mismo, como en las expropiaciones comunistas, está uno ante una injusticia elevada a sistema. Esto es usurpar la propiedad de unos en provecho de otros; violar el derecho, conculcar la libertad y consumar un despojo. ¿No saben acaso que sin propiedad no habría ni sociedad, ni familia, ni libertad? Esto es lo que yo quiero que entiendas, porque sé que tus intenciones son rectas y piadosas; y es que todo el que se pone a divagar en contra de la propiedad privada termina, quiéralo o no, perjudicando a los hombres verdaderamente caritativos y beneficiando a los rapiñadores, a los irresponsables y a los ateos. Los fabricadores de sistemas sociales, comunistas mayores o menores, armados de la ley de solidaridad, radicalmente absurda, de que "todos tienen derecho a todo", en la cual confunden la virtud con el vicio, la inteligencia con el idiotismo y el trabajo con la holgazanería, hacen tabla rasa de la sociedad, así como los filósofos materialistas, sus dignos progenitores, la hacen del entendimiento; y, suponiendo que el cuerpo del hombre acaba de llegar de un bosque virgen y que nunca tendrá más necesidades físicas que las que ellos les inventen y que estos cuerpos no poseen más corazón ni más inteligencia que el que ellos le coloquen o le vayan inspirando, amoldan y transfiguran, amasan y cuecen a la pobre humanidad como se podría hacer con muñecos de barro en un horno de fundición. Estos hipócritas de la filantropía, que, en sus predicaciones en favor de los desheredados de la tierra, deslizan a torrentes la envidia y la desesperación, convirtiendo una sociedad de Abeles en una hermandad de Caínes, se han dividido el trabajo de ir carcomiendo las instituciones sociales como podría talar un jardín una colección de reptiles. ¡Los sofistas! "¡Todos tienen derecho todo!" Lo cual, bien traducido por un célebre economista, quiere decir: "Tú has producido; yo no he producido; somos solidarios; partamos. Tú tienes algo; yo no tengo nada; somos hermanos; partamos". Y más claro todavía: yo no tengo valor para coger un trabuco; pues declaremos a la ley un bandolero público, para que éste robe por mí, en nombre de la ley de solidaridad, liberándome de este modo de la ley de responsabilidad. Más o menos claramente, todos los socialistas dicen a los que sufren: tal vez sufrimos justamente en virtud de la ley de responsabilidad; pero callemos eso. Hay felices en el mundo y, prescindiendo de la ley de responsabilidad que nos castiga por nuestras faltas, apelemos a la ley de solidaridad, por la que todos tienen derecho todo, y así les robaremos parte de su felicidad. Con tan falaces argumentos se pervierten primero los espíritus para corromper después los corazones. Suspended, suspended el fuego de los infelices contra los felices de la tierra, hasta que sepamos de cierto si hay algún dichoso en este mundo; pues es muy posible que al fin de la batalla lleguemos a saber que los sitiados eran mucho menos felices que los sitiadores. Dejad en libertad el orden social con sus leyes providenciales y no turbéis las armonías del mundo humano con el ruido babilónico de esas ciudades del sol de Campanella, o, de lo contrario, los gobiernos cultos tendrán que pensar seriamente en crear hospitales de locos incurables, aunque esta locura sea hija de la más filantrópica generosidad. ¿Tan difícil os es dejar cumplir la voluntad de Dios?
CORNEJÍN. --¡Qué! Cuando una revolución socialista violenta triunfa ¿se contraría la voluntad de Dios?
CAMPOAMOR. --Está claro que a Dios no le gustan las revoluciones políticas, si no, Jesús habría estado a favor de los zelotes en vez de oponérseles.
Cornejín. -Hay un escritor argentino, el señor Dalmiro Sáenz, que piensa que Jesús fue zelote, y así lo pinta en su novela Cristo de pie.
CAMPOAMOR. --¿Y tú crees en esa patraña?
CORNEJÍN. --No creo; pero habiendo personas como Sáenz, que han investigado bastante la cuestión y aun así sostienen esta teoría, lo más científico que uno puede hacer es dejar esta puerta entreabierta para que se asome por ella la duda.
CAMPOAMOR. --Sí, eso es lo más científico que puede hacerse; ¡pero lo más religioso sería cerrarle la puerta en la cara a ese degenerado escritorzuelo! Y si con el portazo le agarramos las narices a él o a esa duda chismosa que siempre se entromete sin pedir permiso, ¡mejor todavía! Así aprenderán a no pisar tierra santa, a no ensuciar territorios que no son de su incumbencia. ¿No estará ese Sáenz en contra del derecho de propiedad privada?
CORNEJÍN. --Lo está, según lo ha manifestado en algunas ocasiones, aunque su postura es un tanto ilógica para mi gusto (afirma, más o menos, que como el derecho de propiedad privada es ilegítimo, el hurto de propiedades es lícito a sus ojos, como si los ladrones no pretendiesen con el saqueo acrecentar sus propias y bien defendidas posesiones).
CAMPOAMOR. --Ya ves entonces que todo ese cuento zelote no tiene nada de sustancia y es harto tendencioso, pues bien se sabe que allí donde hay sólo santos y filósofos, los anarquistas antipropietarios no ven más que revolucionarios políticos.
CORNEJÍN. --¿Usted coincide conmigo en que las revoluciones políticas nunca revolucionan nada más que las cuentas bancarias de quienes las fomentan? (y pido perdón a Gandhi, al Che Guevara y a uno que otro más que no se ha enriquecido, sino empobrecido con el triunfo de su revolución).
CAMPOAMOR. --Las verdaderas revoluciones las hacen sólo los filósofos. Los políticos no promueven más que los motines, así como ciertos pescadores revuelven los estanques para pescar mejor en ellos. Y toda revolución política moderna, explícita o implícitamente, levanta la bandera que Proudhon mostró al mundo con su célebre fórmula de que "la propiedad es un robo". Con la publicación de este inmenso absurdo, todas las clases ricas por el trabajo, por la virtud y por la inteligencia han retrocedido espantadas y se han cobijado bajo el baluarte protector de las monarquías. Hoy es natural aliado de los tronos todo el que, material, moral o intelectualmente, tiene algo que perder. Al lanzar Proudhon este proyectil de guerra por los aires, en vez de vencer a los amigos de las monarquías, los ha hecho agruparse para siempre y los ha unido por el terror con vínculos que no se romperán jamás.
CORNEJÍN. --Las monarquías ya no existen, Campoamor; pero no lo corregí durante su discurso primero porque no es correcto interrumpir a la gente cuando habla y segundo porque todo lo antedicho es perfectamente aplicable a este siglo XXI con sólo quitar la palabra "monarquías" y reemplazarla por "capitalismos". Ah,
y a la palabra "tronos", reemplácela por "mercados". Pero dígame: ¿qué opinión le merece no ya el derecho de propiedad privada, sino el derecho de herencia? ¿No se le hace palpablemente inmoral esta prerrogativa?
CAMPOAMOR. --Decía el jefe de los sansimonianos que "la fortuna por derecho de nacimiento es un privilegio injusto". He leído pocas opiniones más antisociales que ésta. Después de la religión, nada nos hace morir más felices que la esperanza de que nuestras propiedades pasarán a las personas que han sido nuestra delicia en la vida y que serán nuestros representantes en la muerte.
CORNEJÍN. --Yo no estoy discutiendo si el desdén por el derecho de herencia es o no antisocial, yo nada más pregunto si es éticamente deseable o indeseable la herencia de propiedades, nada más que eso.
CAMPOAMOR. --¡Es que acaso puede lo antisocial no ser inmoral? ¿No es la definición de acto inmoral: "acto que va en contra de los intereses de la sociedad"?
CORNEJÍN. --No puede haber actos antisociales que no sean inmorales en relación a la moral social, pero puede haber actos antisociales que sean perfectamente lícitos en relación a la moral universal, o sea, en relación a la ética. Supóngase usted que hay un hombre que tiene cáncer pancreático, pero que no lo sabe ni siente ningún dolor que se derive de su ponzoñoso estado. Ahora suponga que a este señor lo ha sitiado una fiebre de 42° que lo tiene a maltraer y lo sume en toda clase de delirios y alucinaciones. No sé si usted sabe (no creo que lo sepa, porque ni siquiera los médicos actuales dan crédito a esta gran verdad); no sé si usted sabe que las altas temperaturas corporales actúan como una excelente terapia erradicadora de tumores malignos. No es una terapia infalible, pero suele mejorar la condición del paciente, y hasta es capaz de erradicar el cáncer en su totalidad en algunos casos, como supongamos que fue el caso de nuestro buen señor. Él nunca supo que tenía cáncer, ni sintió dolores por ello, pero sí padeció un terrible cuadro febril que maldijo una y mil veces hasta que desapareció, llevándose al tumor con él. Echemos las cartas en la mesa y digamos que el enfermo inconsciente de su verdadera enfermedad representa a la humanidad toda desde una escapular perspectiva espaciotemporal, y el cáncer pancreático es una representación de los dolores y la putridez que la humanidad deberá soportar en el futuro antes de morir... si es que no la salva esa bendita fiebre de 42 grados, también llamada desdén por el (no confundir con abolición del) derecho de herencia, que convertiría (hay que admitirlo) a nuestro sujeto en un calenturiento bueno para nada, postrado a veces, a veces peligrosamente agresivo, pero siempre bueno para nada, incapaz de realizar cualquier empresa, incapaz hasta de pensar en cómo realizarlas, hasta que la fiebre, y con ella el cáncer, desapareciesen sin dejar rastros de la pesadilla, habiendo nacido la humanidad a un mundo nuevo. ¿Y sabe lo que vendría a ser usted en esta fábula, usted, junto con toda la clase alta, media y media alta que admiten como intocablemente sagrado el derecho de herencia? ¡Ustedes son las aspirinas, las malditas aspirinas!