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martes, 7 de agosto de 2018

Pessoa y la no felicidad


Vivir no es necesario; lo que es necesario es crear.
Fernando Pessoa, Escritos autobiográficos, automáticos y de reflexión personal

En 1912, mucho antes de conocer a Ofelia, ya tenía en claro Pessoa que su destino no se enderezaría hacia la felicidad: “No cuento con gozar mi vida; ni en gozarla pienso. Solo quiero volverla grande, aunque para eso tenga que ser mi cuerpo [...] la leña de ese fuego” (EEAA, p. 49). ¿Será entonces que algunos grandes creadores, como Pessoa, como Poe, como Faulkner, necesitan destruir su cuerpo, quemar su cuerpo, para encender su alma? Parece que sí. “Para crear, me destruí”, dice Bernardo Soares (LDD, § 34). La dicha, para ellos, representaba el fin del incendio, la muerte de la criatura creante. Destino trágico si los hay, en el que el artista debe decidir entre su bienestar personal y el bienestar de sus obras. Por fortuna no todos los hombres de genio funcionan con ese combustible; y yo, que no sé si soy de genio y que a veces también dudo de si soy un hombre, me alegro de no necesitar del martirio en la hoguera para que las musas me visiten.

lunes, 6 de agosto de 2018

Genio literario y matrimonio en Pessoa


Para el primer biógrafo de Pessoa, “el amor por Ofelia fue una momentánea transigencia con la sinceridad convencional del hombre al que la soledad, la avidez de ternura, la necesidad de una familia apremiaban por todos lados” (JGS, p. 362). El destino, según Simões, salva la futura obra de Pessoa y lo rescata de la “cobarde transigencia” que estaba a punto de cometer comprometiéndose con Ofelia, enviándole de regreso a Lisboa a su querida madre que había enviudado por segunda vez. La convivencia con su madre y hermanas le devolvió el espíritu familiar que buscaba en Ofelia. A medida que se aferraba a su madre (“su verdadero y único amor”, dice Simões) se desaferraba de Ofelia, hasta que finalmente la dejó. La libido de Pessoa “estaba dominada por la representación inconsciente de la madre” (ibíd., p. 373). La teoría de Simões es la de que si no fuera por el regreso de su madre, Pessoa habría sucumbido a los burgueses encantos del matrimonio y se habría casado con Ofelia, y el genio literario, a partir de ahí, habría desaparecido. Esta hipótesis, por jugar con hechos que no son hechos porque nunca sucedieron, no puede ser corroborada, mas no por eso hay que desdeñarla. Tal vez Pessoa corrió peligro de muerte allá por los años 20, no el hombre sino el artista, y su madre lo rescató. Si este es el caso, habrá que decir que la muerte de su padrastro no pudo ser más oportuna.

domingo, 5 de agosto de 2018

El único amor de Pessoa



Si el Niñito está en condiciones de alquilar una casa [...], la más modesta que quiera, póngale dentro apenas los objetos indispensables para vivir sin la más mínima sombra de lujo [...] ¿Por qué no me lleva junto a usted que es la única ambición que tengo? [...] No tendré desilusiones porque me sentiré felicísima siempre que tenga su compañía constante —tanto cuanto sea posible—, su amistad y cariño constante [...]. Oh, mi amor, lléveme junto a usted lo más deprisa posible porque yo no puedo resistir más la necesidad que tengo de besarlo [...], de formar parte de su vida.
Carta de Ofelia Queiroz a Fernando Pessoa, 29/3/1931

“Nunca amé a nadie”, confesó Bernardo Soares. “Amar ha sido cosa que siempre me ha parecido imposible”. Pessoa, en cambio, amó una vez a una mujer, una casi niña de diecinueve años —él ya tenía treinta y uno— que conoció en su oficina de trabajo y que se llamaba Ofelia Queiroz[1]. Esta pasión tuvo dos etapas: la primera y más encendida duró desde marzo hasta noviembre de 1920; la segunda, desde septiembre de 1929 a enero de 1930 --con ciertas recidivas hasta 1931--. Pessoa se enamoró perdidamente de esta muchachita que al principio no mostraba mucho interés (tenía otro cortejador, más joven que Pessoa, y Pessoa comenzó el cortejo con el pie izquierdo[2]). Era de desprecio —por lo menos así lo creía el poeta enamorado— el sentimiento que por entonces inspiraba a la insignificante dactilógrafa” (JGS, p. 434). Sin embargo a los pocos meses ya planeaban casarse, y para ello, como no había dinero disponible para comprar una casa, se dedicó Pessoa… a los acertijos:

Compraba todos los días el Times y otros periódicos ingleses, en buena medida para participar en los concursos de crucigramas[3]. El poeta intervenía en algunos de estos, al parecer con el propósito de ganar una suma importante que, llegado el caso, y hablamos de 1920, hubiese permitido una vida en común con Ofelia Queiroz (CT, p. 91).

Por desgracia para la carenciada pareja (y por suerte —podemos especular— para los futuros lectores de Pessoa), nunca le acertó al premio mayor.
La relación, en breve, comenzó a declinar:

El tiempo, que envejece las caras y el cabello, también envejece, pero aún más deprisa, las pasiones. La mayoría de la gente, porque es estúpida, consigue no darse cuenta de ello, y piensa que ama todavía porque ha contraído el hábito de sentirse amado. [...] Las criaturas superiores, sin embargo, están privadas de la posibilidad de esta ilusión, porque no pueden creer que el amor dure; cuando lo sienten acabado, no se engañan interpretando como amor la estima o la gratitud que él ha dejado. [...]
El amor ha pasado. [...]
Mi destino pertenece a otra Ley, cuya existencia Ophelinha desconoce, y está cada vez más subordinado a la obediencia a Maestros que no consienten ni perdonan (carta a Ofelia del 29/11/1920, citada en Cartas a Ophélia, carta 36).

Y sobrevino la separación. Nueve años después, una Ofelia ya madura y con esa edad en que a las mujeres de aquella época les comenzaba a destruir el ánimo la soltería, se aferra al salvavidas Pessoa, el único que parecía tener a la mano, y ya no le interesó tanto que su pretendiente fuera un pobre traductor de misivas, sin propiedades y sin cuentas bancarias. Disfrutó el poeta este nuevo recreo amoroso, pero a esas alturas ya tenía en claro su objetivo en la vida y pensaba que el matrimonio se lo arruinaría:

Mi vida gira en torno a mi obra literaria [...]. Todo el resto en mi vida tiene un interés secundario: naturalmente hay cosas que me gustaría tener y otras que tanto me da si llegan o no. Es necesario que quienes me tratan se convenzan de que soy así, y de que exigirme los sentimientos, por lo demás dignos, de un hombre vulgar y banal es como exigirme que tenga los ojos azules y el cabello rubio.
[...] Me gusta mucho —pero mucho— Ophelinha. Aprecio mucho —muchísimo— su índole y su carácter. De casarme, solo lo haría con usted. Queda por saber si el matrimonio, el hogar (o como quieran llamarle) son cosas compatibles con mi vida interior. Lo dudo. Por ahora, quiero organizar a la brevedad esa vida interior y mi trabajo. Si no consigo organizarme, claro está que nunca pensaré siquiera en pensar en casarme. Si la organizara en términos de ver que el matrimonio sería un estorbo, claro que no me casaré (op. cit., carta 43, 29/9/1929).

Concluyó nomás que la vida conyugal perjudicaría su literatura

Quiero ser libre insincero.
Sin fe ni deber ni nada.
Prisiones, ni de amor quiero.
No me améis, que no me agrada.
(Noventa poemas últimos, 23/8/1930)

 y se alejó para siempre del amor. Así de tiránica es esta vocación[4].
Ansiaba la libertad. No la libertad física sino la intelectual, la libertad de poder escribir toda vez que lo quisiera y sobre el tema que quisiera. Y para lograr eso, según él, hay que destruir el amor.

No solo quien nos odia o nos envidia
nos limita y oprime; quien nos ama
también nos limita.
Que los dioses me concedan que, desprovisto de afectos,
tenga la fría libertad de las cumbres sin nada.
Quien quiere poco, tiene todo;
quien nada quiere es libre;
quien no tiene y no desea, hombre es como los dioses.

Odas de Ricardo Reis, 1/2/1930

Quien nos ama nos limita, y nosotros, si amamos, nos limitamos también. ¿Es esto cierto? Depende de a quién se aplique la sentencia. Con Pessoa funcionaba. Un amor le hubiese alargado la vida, pero posiblemente al precio de cortarle las alas. En mi caso —y no me objetes lector que relaciono todo con mi persona; ¿no es este un diario de intimidades?—, en mi caso, mi amor por Javier poco a poco se va acomodando dentro de mi plan de vida de una manera bastante conveniente a mis aspiraciones literarias. Es verdad que su amor, o mejor dicho el tiempo que a este amor le dedico, limita estas aspiraciones, pero más las limitaría la desesperación de la soledad o el cáncer tiroideo que se relame viéndome ingresar diariamente a mi actual trabajo[5]. Mi vida se va organizando de tal modo que lo que Pessoa consideraba fatal para su creación —el matrimonio—, a mí me la resguarda. Un muerto no escribe, un loco de soledad tampoco. Siempre supuso Pessoa que en algún momento se volvería loco: “Una de mis complicaciones mentales —horrible más allá de cualesquier palabras— es el miedo a la locura, el cual es, en sí mismo, locura” (EEAA, p. 43). Había leído a Nietzsche y temía correr su misma suerte. Loco no se volvió, pero se murió tempranamente, lo cual, a efectos de su producción literaria, es lo mismo. Yo confío en ser como Voltaire: un escribidor que, conforme va envejeciendo, mejor escribe. A Pessoa el alcohol lo destruyó prematuramente; yo lo controlé por ahora, pero nunca se sabe, y el mayor resguardo que poseo para no caer de nuevo en sus garras es Javier. Es decir, el amor. Un amor que me limita, pero que al mismo tiempo me permite seguir viviendo y escribiendo.
¿Qué clase de poemas habría escrito un Pessoa octogenario? Nunca lo sabremos. Es esa una pérdida irreparable. Conmigo no sucederá. Viviré muchos años, llegaré a viejo, y eso se lo deberé, fundamentalmente, al amor y a los afectos.


[1] Aparentemente, Pessoa habría tenido otro gran amor además del de Ofelia, aunque mucho más fugaz y escondido, una rubia misteriosa, posiblemente una inglesa llamada Madge Anderson, hermana de la esposa de su medio hermano, de la que no se conoce con precisión el lugar que ocupó en el corazón del poeta (cf. José Barreto, “A última paixão de Fernando Pessoa”, artículo disponible en internet). Tal vez pensando en ella escribió estos versos: Da la sorpresa de ser. / Es alta, de un rubio oscuro. / Da gusto pensar en ver / su cuerpo medio maduro (AP 130, 10/9/1930). “Miguel Roza, sobrino del poeta, estima […] que la inspiradora de este poema no es sino Hanni Larissa Jaeger, la compañera de Aleister Crowley en su viaje a Lisboa de 1930, interpretación a la que se suma Zenith” (CT, p. 150).
[2] Así lo cuenta la propia Ofelia: “Un día se cortó la luz en la oficina. Freitas no estaba y Osorio, el cadete, había salido a hacer un trámite. Fernando fue a buscar una lámpara de petróleo, la encendió y la puso encima de mi mesa. Un poco antes me había enviado una cartita donde solo escribió: «Le pido que se quede». Yo me quedé, como para ver qué pasaba. Por entonces ya había notado el interés de Fernando hacia mí; y yo, lo confieso, también le encontraba cierta gracia… Recuerdo que estaba de pie, a punto de ponerme el abrigo, cuando él entró en mi despacho. Se sentó en mi silla, dejó sobre la mesa la lámpara que traía y comenzó de pronto a declararse como Hamlet a Ofelia: «¡Oh, querida Ofelia!, mido mal mis versos, carezco de arte para medir mis suspiros, pero te amo en extremo. ¡Oh, hasta el último extremo, créeme!». Quedé muy conmovida, como es natural, y sin saber qué decir ni hacer, acabé por ponerme el abrigo y despedirme apresuradamente. Fernando se levantó con la lámpara en la mano para acompañarme hasta la puerta. Pero, de repente, apoyó la lámpara sobre la divisoria de la pared, me tomó sorpresivamente por la cintura, me abrazó y, sin decir una palabra, me besó, me besó apasionadamente, como un loco. […] Días más tarde, como Fernando parecía ignorar lo que había sucedido entre nosotros, resolví escribirle una carta pidiéndole una explicación; lo que dio origen a su primera carta-respuesta, con fecha 1° de marzo de 1920” (Ofelia Queiroz, citada por Luis Gruss en Lo inalcanzable, p. 43). Este arrebato pessoano aconteció el 22/1/20.
[3] Crucigramas no, acertijos. Según Cavalcanti Filho, difícilmente pudo ver Pessoa una grilla de palabras cruzadas en el Times, “puesto que, nacidas en Inglaterra desde 1762 [...], el primer número de esas cruzadas sería publicado en el Times apenas en 1935” (CF, p. 367).
[4] Pero ¿era realmente amor lo que los unía? Pessoa, en la piel de Álvaro de Campos, parece querer decirnos que el amor que Ofelia le ofrecía no tenía la calidez que él anhelaba: “Un día, en un restaurante, fuera del espacio y del tiempo, / me sirvieron el amor como guisado frío. / Delicadamente le hice notar al cocinero / que lo prefería caliente, / que el guisado (y era al estilo de Oporto) nunca se come frío” (“Dobrada à moda do Porto”, AP 2201).
[5] La máquina que utilizo para soldar lonas plásticas opera con radiofrecuencia y presenta gran dispersión. Tengo dos nódulos en la tiroides y la hipótesis de que dicha máquina los viene prohijando.

sábado, 4 de agosto de 2018

Pessoa y el cansancio de pensar


“Ayer —nos cuenta Pessoa— sufrí la influencia refrescante de algunas páginas de estadística. Si se reflexiona con cuidado, el misterio del Universo se encuentra también ahí. Aunque no lo parezca” (PDN, § 39). Cualquier ciencia, por blanda que sea, tiene que mostrarnos un costado estadístico para que podamos considerarla como tal. Interesarse por las estadísticas, saber interpretarlas y no dejarse engañar por ellas es tarea ineludible para el pensador filosófico.

1:22 a.m.
Nos cansamos de todo, menos de comprender”, decía Virgilio. Bernardo Soares no está de acuerdo: “Dijo mal el escoliasta de Virgilio. De lo que más nos cansamos es, sobre todo, de comprender. Vivir es no pensar” (LDD, § 374). Yo le voy a Virgilio: el día que me canse de comprender, la vida se me tornará tediosa. ¿Y no era por eso, por haberse cansado de comprender, que Soares-Pessoa vivía desasosegado?

1:46 A.M.
No es imprescindible estudiar letras o filosofía para ser un buen escritor o un buen pensador. Pessoa se inscribió en un curso de letras en Lisboa, pero asistió poco y de forma irregular[1]. Su formación literaria no necesitó de las universidades. Yo me inscribí en la carrera de filosofía en el 2011, pero apenas cursé un cuatrimestre. Mi formación filosófica tampoco necesitó de las universidades.

1:58 A.M.
A Pessoa nunca le sobró el dinero, y en algunas ocasiones le faltó[2]. Pese a ello, continuó siempre trabajando en lo mismo: era, según su propia definición, un “corresponsal extranjero en casas comerciales” (EEAA, p. 112). Y eso que no le faltaron oportunidades de progreso. Como el ofrecimiento del doctor Coelho de Carvalho, entonces rector de la Universidad de Coimbra, para que ocupase la cátedra de lengua y literatura inglesa en la Facultad de Letras; o el del general Silvano, que le ofreció una ocupación que le proporcionaría ochenta mil reales mensuales. También desestimó una oferta de empleo de la filial portuguesa de la Vacuum Oil Company (cf. CF, p. 485). Pessoa rechazó todos estos empleos bien pagados porque requerían más dedicación y mayores responsabilidades. No quiso ganar más al precio de resignar horas dedicadas a la vida literaria.
 Yo también, en algún momento, sufrí alguna estrechez económica (véanse mis anotaciones del 20/10/7), aunque nunca me faltó el sustento. Y yo también rechazaré en unos meses un trabajo bien remunerado —el de lonero— para dedicarme con mayor esmero a la filosofía y la literatura.

3:50 p.m.

Parece que en el camino que transita desde la certeza de la filosofía socrática, desde una piel platónica o kantiana, Pessoa, deshaciéndose de su credulidad científica llegara a la otra orilla que busca la verdad mediante la mentira, ya asumida, mediante la asunción de que todo es ilusión, de que lo esencial es la apariencia (POT, pos. 1789).

Yo también tendría que leer un poco más de poesía, aunque no tanta como para mutar en poeta. Siempre fui y me consideré un pensador filosófico con facultades poéticas y no un poeta animado por la filosofía. Pero un poco de poesía me vendría bien, porque últimamente (desde hace unos treinta años) estoy demasiado racionalista.

4:57 P.M.
La mentira artística, a la que era propenso Pessoa, pugnaba con igual fuerza en su espíritu joven con el amor filosófico a la verdad. Después la mentira artística le sacó varios cuerpos a la verdad; consecuencia: se convirtió, acicateado por Alberto Caeiro, en un poeta demasiado irracional, y sus inclinaciones filosóficas se hicieron demasiado posmodernas, con todo lo que ello implica en detrimento de la coherencia intelectiva.
Dice Pérez López:

Sentía vivos en él al filósofo y al poeta, en una pugna que a nuestros jóvenes ojos encarna la pugna de toda la historia dialéctica de nuestra animalidad quizá en una reproducción ontogénica de esa gran pugna que nos constituye como especie e individuo. Una pugna de dos mitades que no logran hermanarse (POT, pos. 1793).

Todos los amantes de la literatura tenemos un poco de filósofos y un poco de poetas, y todos nos inclinamos un poco más hacia alguno de estos dos bandos. Según Miguel de Unamuno, “la filosofía se acuesta más a la poesía que no a la ciencia”. Pessoa opinaba lo mismo. Yo creo que la buena filosofía se acuesta con las dos por igual, porque una filosofía con poca ciencia tiende al verbalismo huero y una filosofía con poca poesía tiende al almidonamiento. Puede, sí, el pensador filosófico recostarse un día más hacia la poesía y otro día más hacia la ciencia, pero no conviene que deje de lado ninguna de estas disciplinas por un período prolongado. Pessoa se acostó mucho, demasiado a la poesía como para pretender el rótulo de pensador filosófico; yo me acuesto muy poco como para pretender el rótulo de poeta.

6:29 p.m
Pensador temerario era Pessoa; el prurito de la demostración científica no le quitaba el sueño. Leamos por ejemplo este pasaje:

Si la fecundación se da en períodos en los que los dos padres (o uno solo de ellos) viven en tensión nerviosa constante, el producto de ese acto, el hijo, tenderá a recibir un elemento de anormalidad, aunque los padres sean normales (EGL, p. 41).

Yo afirmé hace un tiempo (y lo sigo sosteniendo) que si la fecundación se realiza con amor, el hijo nacerá con una impronta más armónica y equilibrada que si se realiza por mero deseo sexual, y que una relación sexual sin amor, pero con excitación intensa, recombina mejor la genética del futuro hijo que el sexo sin amor y sin deseo. A temeridad epistemológica no me gana nadie.

8:29 p.m.
Disfrutó mucho Pessoa, en su juventud, leyendo los libros de Haeckel. En su biblioteca personal se encuentran Los enigmas del universo, Las maravillas de la vida, El origen del hombre y la Historia de la creación de los seres organizados según las leyes naturales. Son los mismos libros que yo he leído, en mi juventud (filosófica), en la Biblioteca Nacional y en la del Congreso, con la única diferencia de que Pessoa los leyó traducidos al francés y yo al español.
 Haeckel es un trampolín de singular potencia para lanzarse de lleno a la filosofía, pero es un trampolín solamente, hay que rebotar en él y alejarse. Quedarse en Haeckel es como subir al trampolín y no saltar por miedo a la caída. La filosofía implica mucho más riesgos que los que Haeckel y sus discípulos están dispuestos a correr.

9:54 p.m.
Fernando Pessoa, además de ganarse la vida traduciendo cartas comerciales, participó de algunas campañas publicitarias y sus frases fueron recompensadas con un extra de dinero que siempre fue bienvenido. El aporte que más trascendió en este sentido fueron sus ideas en favor de la bebida gaseosa que ya en aquel momento comenzaba a ser furor en el mundo:

El escritor fue contratado en 1928 como redactor y creador de una campaña publicitaria [...] para el lanzamiento de la Coca-Cola en Portugal. [...] La aguda mordacidad del poeta se tradujo en el siguiente eslogan: Primero se extraña, después se entraña. La frase produjo algún impacto inicial, seguido luego de un escándalo que traería enormes perjuicios financieros. Ocurre que el entonces Director de Salud de Lisboa [...] entendió que el mensaje publicitario era un explícito reconocimiento de la toxicidad y condición adictiva del producto. Sobre esa base decretó la prohibición del consumo y, más aún, ordenó que todas las botellas de Coca-Cola existentes en Portugal fueran arrojadas al mar (Luis Gruss, Lo inalcanzable, p. 36).

En lugar de los portugueses, los que se hicieron adictos a la Coca-Cola fueron los peces de ese mar, que desde aquel entonces se llama Mar Muerto: esa infesta bebida los mató a todos.


[1] Se matriculó “en el Curso superior de Letras de la Universidad de Lisboa (con un especial interés en la Cátedra de Filosofía), cursos que frecuenta desde finales de 1905 a mediados de 1907” (POT, pos. 1770).
[2] En su diario, entrada del 14/11/1915, escribe: "En casa sin cena, porque no tenía dinero" (EEAA, p. 86). También en algunas ocasiones tuvo que pedir dinero prestado a uno u otro amigo.

viernes, 3 de agosto de 2018

Pessoa y la metafísica


No, no, ¡eso, no!
¡Todo menos saber qué es el Misterio!
Superficie del Universo, oh Párpados Cerrados,
¡nunca os alcéis!
¡La mirada de la Verdad Final no podría soportarse!
Álvaro de Campos, “Demogorgon”

Consideraba Pessoa que existen tres senderos posibles para conocer lo oculto:

El camino mágico, que es extremadamente peligroso, en todos los sentidos (incluye prácticas como las del espiritismo, intelectualmente al nivel de la brujería, que también es magia); el camino místico, que no tiene propiamente peligros, pero es incierto y lento[1]; y el que se llama camino alquímico, el más difícil y el más perfecto de todos, porque comprende una transmutación de la propia personalidad que la prepara, sin grandes riesgos y con las defensas que los otros caminos no tienen (primera carta de Pessoa a Casais Monteiro, AP 3007).

Yo entiendo que el único camino posible para desentrañar lo oculto que merece ser desentrañado, es el camino del bien, del comportamiento ético hasta las últimas consecuencias. Haz el bien y conocerás la Verdad. Esos otros caminos que postula Pessoa quizá también nos lleven hacia lo oculto, pero será un oculto distinto, que no merece desocultarse tanto como el otro, o que conviene redondamente mantener tapado.

8:58 p.m.
Pessoa creía en la metafísica:

Son insinceros los escritos hechos para asombrar, y también aquellos —notad bien, esto es importante—, aquellos que no se apoyan sobre ninguna idea metafísica fundamental, es decir aquellos donde no pasa ni tan solo como un soplo, una noción de la gravedad y del misterio de la vida (PDN, § 221).

No solo aprobaba la metafísica sino que vivía, y sobre todo escribía, inmerso en ella. La grandeza de su poesía

se encuentra no tanto en su extrema belleza de forma o en sus prodigiosas riquezas de contenido o la complejidad de la propia alma del poeta que la produjo, como en el de que ella se encuentra realmente estructurada sobre un pensamiento metafísico —metafísica primitiva, metafísica mágica, metafísica ocultista si se quiere—, pero no por eso revela menos profundamente una conciencia que vivió en comunión con el insondable misterio que solo la muerte devela (JGS, párrafo final).

Después está el tema de la religiosidad, que es cosa diferente de la metafísica, aunque se vinculan, pero se puede creer en la metafísica sin ser una persona religiosa. Debido a su oposición al sacerdocio[2], algunas personas dudan de su religiosidad[3]. Yo creo que fue Pessoa un hombre religioso, y a quien lo niegue le recitaré la siguiente afirmación suya:

Hay solo dos tipos de estados de ánimo constante en los que vale la pena vivir la vida: el noble júbilo de una religión o el noble pesar de haber perdido una. Lo demás es vegetación, y solo una botánica psicológica puede interesarse en una humanidad tan diluida (PDN, § 28).

O esta otra:

Creo en la existencia de mundos superiores al nuestro y de habitantes de esos mundos, que existen con diferentes niveles de espiritualidad, sutilizándose hasta llegar a un Ente Supremo, que presumiblemente creó este mundo (primera carta de Pessoa a Casais Monteiro, AP 3007).

Está claro que Fernando Pessoa creía en la religiosidad como un valor a cultivar, valor que quizás había perdido y que añoraba[4].


[1] En otro lado agrega: “Los caminos del Misticismo y de la Magia son a menudo caminos de engaño y error. […] Ambos […] son atajos para el conocimiento. En cierto sentido, tanto el Misticismo como la Magia son confesiones de impotencia”  (AP 1258).
[2] Bajo la máscara de uno de sus primeros heterónimos llegó a escribir este durísimo (aunque humorístico) texto en contra de la curia: “Yo, Charles Robert Anón, ser, animal, mamífero, tetrápode, primate, placentario, macaco, catirrineano, hombre; dieciocho años de edad, soltero (excepto de vez en cuando), megalómano, con huellas de dipsomanía, dégénéré supérieur, poeta, con pretensiones de escritor humorista, ciudadano del mundo, filósofo idealista, etc., etc. (para ahorrar trabajo al lector). En nombre de la VERDAD, de la CIENCIA y de la FILOSOFÍA, no con campana, libro y vela, sino con lapicera, tinta y papel, profiero sentencia de excomunión para todos los curas y sectarios de todas las religiones del mundo. Excommunicabo vos. Que seáis todos malditos” (EEAA, p. 30). Y Joaquim Moura Costa, un heterónimo menor, sentencia en 1910: “Maldita sea en toda parte / la Iglesia Católica. [...] Hay solo dos cosas que hacer para aquella / Iglesia Católica: / cagar para ella y mear para ella. / Caguemos pues y todo junto / para la Iglesia Católica” (AP 307).
[3] Cavalcanti Filho lo clasifica, en un cuadro sinóptico, como ateo (CF, p. 262). Ángel Crespo, por el contrario, entiende que fue Pessoa “un hombre esencialmente religioso” (Estudios sobre Pessoa, p. 17).
[4] (Nota añadida el 14/1/19.) En 1912 Pessoa escribió un artículo en el que describe la nueva poesía portuguesa como esencialmente metafísica y esencialmente religiosa, y afirma que toda gran poesía es religiosa (cf. AP 3101).

jueves, 2 de agosto de 2018

Pessoa y el destino


Pessoa escribía parado, tumbado sobre un mueble[1]. Yo escribí este diario acostado en su primera parte, el libro primero acostado en mi cama, el libro segundo acostado dentro de la carpa. A partir de ahí, desde 1997 hasta la actualidad, y salvo raras excepciones, escribo sentado. Parado jamás escribí.

9:49 p.m.
Era Pessoa una criatura nocturna: “Durante el día soy un inútil; en la noche soy yo mismo” (PDN, § 94). A mí no se me circunscribe mi inhabilidad a un horario determinado: soy un inútil de jornada completa.

10:04 p.m.
“Las almas fuertes —escribe Pessoa— atribuyen todo al Destino; sólo los débiles confían en la voluntad propia, porque ella no existe” (AP 3345), pero yo no sé si es tan así. No creo que sean las almas fuertes, sino más bien las almas pensantes, las que atribuyen todo al destino y descreen de la propia voluntad.


[1] “Me acerqué a una cómoda alta y, tomando un manojo de papeles, comencé a escribir de pie, como escribo siempre que puedo” (primera carta de Pessoa a Casais Monteiro, AP 3007). Otro escritor famoso que preferentemente escribía parado fue Hemingway.

miércoles, 1 de agosto de 2018

"¡Hombre con clítoris en vez de pene!"


Fernando Pessoa [...], sexualmente, representa un enigma.
JGS, p. 362

Pessoa, según Taborda de Vasconcelos, fue un individuo “divorciado del sentimiento erótico” (Antropografia de Fernando Pessoa, citado en CT, p. 76). Divorciado o no, se sospecha que murió virgen, aunque él no se manifestó nunca sobre este tema. Supongamos por un momento que fue así[1]; podemos preguntarnos entonces acerca de los motivos de esta voluntaria o forzada castidad. En principio digamos que tenía del sexo una imagen bastante negativa, tanto de la heterosexualidad como de la homosexualidad[2]. En uno de sus últimos poemas (sin título, 5/4/1935) se lee:


El amor es lo esencial.
El sexo es solo un accidente.
Puede ser igual
O diferente.
El hombre no es un animal.
Es carne inteligente.
Aunque que a veces enferme[3].

También Bernardo Soares: “No sueño poseerte. ¿Para qué? Sería traducir a plebeyo mi sueño. Poseer un cuerpo es ser trivial”. “Soy un delicado y un casto, incluso en mis sueños” (LDD, § 17 del apéndice y § 246). Uno de los puntos fundamentales de la doctrina de los rosacruces —doctrina que Pessoa tanto admiraba— es el de la virginidad. Mantenerse virgen sería para ellos una especie de vía directa al crecimiento espiritual. Así lo explica Pessoa:

 La castidad masculina, siendo completa como debe ser, impide al semen formado aglutinarse y es reintegrado por el cuerpo, entrando hacia la sangre. Y es de este modo como el individuo, por así decirlo, se fecunda a sí mismo, siendo, internamente, su propia mujer (AP 2504).

Pero hay otra hipótesis, que no viene a rechazar sino a complementar esta primera, y es la que sostiene el brasilero José Paulo Cavalcanti Filho. Según este biógrafo, Pessoa habría sido dotado por la naturaleza de un miembro viril excesivamente pequeño y ese factor le habría quitado confianza a la hora de relacionarse con el sexo opuesto:

Pessoa tenía un amigo, Antônio Botto, que era homosexual asumido, a pesar de ser casado. Botto contaba haber quedado sorprendido con el tamaño del pene de Pessoa, que sería muy pequeño. No tengo cómo probarlo, pero mi explicación es que por eso el poeta no tenía el coraje de exponerse ante las mujeres (entrevista realizada por el diario O Globo, edición electrónica del 24/3/11).

¿Te acuerdas lector de los insultos de Margaret Mansel? “¡Hombre sin pene de hombre! ¡Hombre con clítoris en vez de pene!” Esto refuerza la teoría de Cavalcanti, y también la mía que esbocé el 6/6/6:

La conducta de muchos grandes hombres de la historia universal se podría explicar mucho mejor, desde el punto de vista psicológico, si nos hubiesen llegado esas dos cifras que indican el grandor del miembro. Claro que dada la vanidad que casi todos poseemos, convendría que tales medidas fuesen verificadas por un escribano y no por el propio interesado, lo que haría demasiado engorroso el asunto. Pero habría que intentarlo.

Debería ser obligatorio, al cumplir un muchacho la mayoría de edad, el registro notarial de sus medidas antropométricas más relevantes, para que en el futuro podamos echar un poco más de luz sobre algunos extraños comportamientos de ciertos hombres célebres que, con esos datos a la mano, seguramente serían más sencillos de explicar[4].


[1] Esto no quita que haya sido, en la única relación duradera que se le conoce con una mujer, bastante efusivo. Inés Pedrosa, directora de la Casa Museo Fernando Pessoa en Lisboa, conoció en persona a la sobrina de su gran amor, Ofelia Queiroz. “Me contó que su tía siempre pensó que lo reconquistaría y que tenía una pasión enorme. Y que una vez le dijo que la relación no era tan platónica, que él era tímido pero que a veces tenía unos ímpetus, unos impulsos y la metía en unas puertas en la calle. [...] Lo que dice la sobrina de Ofelia es que era muy apasionado” (Inés Pedrosa, citada por Fernando Savater en Lugares con genio, p. 136).
[2] Dos de sus biógrafos entendían que prefería —estéticamente, no de hecho— las relaciones homosexuales, anteponiéndolas a las heterosexuales: “Aceptaba el amor físico entre el mismo sexo como una serena y bella abstracción” (JGS, p. 373); también Ángel Crespo: “Pessoa se sentía inclinado a admitir como espectador la homosexualidad porque le atribuía —en determinadas personas— un carácter estético” (Con Fernando Pessoa, p. 396). No voy a refutar estas opiniones, que seguramente dan cuenta de las ideas del poeta en su época de madurez, pero hay que consignar que Pessoa, en 1907, opinaba todo lo contrario respecto del sexo homosexual. Para este juvenil Pessoa, el hecho de admitir que hay más belleza y armonía en el cuerpo de un hombre que en el de una mujer no significa que hay más belleza en el sexo entre hombres que entre hombre y mujer. “Admitamos que, ante los ojos de la belleza pura, la belleza física del hombre sea superior a esta misma belleza en la mujer; [...] ¿A qué deducción llegamos? A ninguna que difiera del mismo hecho. Se trata de una superioridad ante los ojos de la belleza pura, no frente a los ojos del sexo”. “Apenas se adopta un punto de vista sexual en la apreciación de la belleza, el criterio de la belleza pura se abandona; y dado que se abandona y dado que es solo por este criterio que el hombre es físicamente superior en belleza a la mujer, el hombre deja entonces de ser superior”. “Los pederastas cometen un crimen no solo contra el sexo, sino contra la belleza [...], porque la belleza no admite ningún sentimiento ajeno al de la belleza, ningún sentimiento diferente al hecho mismo de ser bella. Al entender la belleza solo como algo sexual, el hombre retrocede; al aplicarla a un objeto para el que no estaba pensada, no solo retrocede sino que se desvía”. “Aunque pensemos con frecuencia que un paisaje hermoso es más bello que una mujer, en términos de belleza, un hombre no desea, por ese motivo, tener relaciones sexuales con el paisaje. Este ejemplo muestra bien el absurdo en el que reside la pederastia” (EGL, pp. 171 a 174).
[3] O amor é que é essencial./O sexo é só um acidente./Pode ser igual/Ou diferente./O homem não é um animal:/É uma carne inteligente,/Embora às vezes doente (AP 361).


[4] Es por demás curioso el hecho de que Pessoa haya escrito (en francés, bajo el heterónimo Jean-Seul de Méluret) una sátira, Francia en 1950, “extraño retrato de una sociedad en la que, por ejemplo, el incesto es obligatorio y está de moda medir la longitud del pene” (RB, p. 102).