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domingo, 1 de marzo de 2020

La conmoción en el artista


¿Sentir? ¡Que sienta el que lee!”, dijo Fernando Pessoa desde la última estrofa de un poema titulado “Esto”. También, en ese mismo poema, aclara que cuando escribe no utiliza el corazón, que los sentimientos que aparecen volcados en las palabras no provienen de ahí, sino de la imaginación. Esta manera de escribir, mucho más fría de lo que el público supone cuando se trata de un gran poeta, proviene del clasicismo y contrasta con la de los poetas europeos del siglo XVIII y XIX, que solo lo hacían cuando su espíritu se hallaba preso de un estado emotivo intenso y extático. Solo bajo esta experiencia casi religiosa el genio artístico puede dar sus verdaderos frutos, pensaban los románticos de aquel entonces. Leamos el siguiente pasaje:
                           

Cuando hemos experimentado algo grande en nuestro interior, si, partiendo del profundo movimiento del ánimo, volvemos la mirada hacia fuera, buscando en los fenómenos naturales y artísticos algo semejante a la conmoción y violencia experimentadas, ¡qué pálidas resultan muchas impresiones artísticas que nos sugestionan en los momentos insignificantes! Entonces nos sentimos inclinados tal vez a exagerar la superioridad de las vivencias interiores sobre las imágenes y transcripciones artísticas. ¿De qué sirven, nos decimos, todas las copias, transcripciones y representaciones si la sencilla realidad de la conmoción interior es mucho más poderosa? De esta suerte nos hemos colocado en un estado de ánimo que más que ningún otro nos capacita, sea para la producción artística original, sea para la comprensión de una obra extraordinaria de arte y su inefable contenido (Heinrich von Stein, Die Entstehung Der Neueren Ästhetik, citado por Harald Høffding en Rousseau, p. 83).

 

Estos “movimientos del ánimo”, como los llama Stein, creo yo que nos capacitan de manera óptima para la comprensión y el disfrute de una obra de arte extraordinaria, o de un extraordinario paisaje, o de lo que sea que posea algún tipo de belleza, pero no me parece que sea ese momento de conmoción interior el más a propósito para producir una obra de arte. Que nos facilitan la comprensión del arte, y sobre todo el disfrute, no lo niego y lo afirmo con toda convicción, porque me parece que la única manera de vivenciar el arte a todo trance pasa por ahí, cuando nuestro ánimo es presa de tales conmociones —conmociones que se originan por un motivo equis que no se relaciona en lo más mínimo con la obra de arte que estamos a punto de percibir—; pero para la producción, uno tiene que estar sereno y concentrado. No digo frío ni desapasionado, pero tiene que ser uno dueño de sí para poder crear algo que a los demás conmueva. Estando el artista conmovido, mejor es que se predisponga a percibir obras artísticas, y potenciar así su conmoción, en lugar de originarlas. Que disfrute la conmoción, que disfrute también la comprensión metafísica de la obra que tal conmoción suscita, y que después, ya despejado y calmoso, se valga del recuerdo de aquel momento para crear su obra.

jueves, 20 de febrero de 2020

Escribir mucho o escribir poco


Schopenhauer se consideraba un oligógrafo: en 72 años de vida escribió el equivalente a cinco volúmenes. Compárese con Charles Peirce por ejemplo, que escribió el equivalente a 24 volúmenes 500 páginas en 74 años de vida, o peor, con mi admirado Fernando Pessoa, que si se juntase todo lo que escribió, necesitaríamos 60 volúmenes de 500 páginas para soportarlo, habiendo vivido tan solo 47 años. El alemán explica su escasa producción del siguiente modo: “Yo quería estar seguro de la continua atención de mis lectores sin excepción y me he puesto a escribir, por tanto, solo cuando tenía algo que decir” (El arte de envejecer, § 316). Yo no escribí tanto como Pessoa ni tan poco como Schopenhauer, me sitúo en el justo medio entre ambos. Y yo también escribo solo cuando tengo algo que decir, lo mismo que seguramente le ocurría a Pessoa, con la diferencia de que Pessoa tenía más cosas para decir que yo, y yo tengo más cosas para decir que Schopenhauer.


martes, 24 de diciembre de 2019

Montaigne y las enmiendas a lo ya escrito


Esto de retocar y retocar mi libro sobre Pessoa pareciera entrar en contradicción con un principio levantado por Montaigne y al que yo suscribo: "Yo añado siempre, pero no enmiendo nunca . Y no retoco jamás, si no es de mala gana, lo que ya antaño consignara" (Ensayos, III, IX). Lo que quiere dar a entender Montaigne es que no retoca sus opiniones, sus ideas pretéritas, sino que las complementa a posteriori, añadiéndole otras. No habla aquí de los retoques meramente estéticos, que son los que yo efectúo a fin de que el libro quede mejor presentado y más apto a la lectura. Cuando cambio de opinión en algún asunto, en algo que escribí hace tiempo, eso no lo retoco; ahí sí entraría en una insinceridad. Los retoques y enmiendas que yo estoy haciendo no tienen nada que ver con eso.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Cómo se construye un libro


Cuando se trataba de sus obras importantes, Poe corregía, revisaba y modificaba continuamente tanto sus poemas como sus textos en prosa. Era un artesano en todo el sentido de la palabra, y uno de los más exigentes.
Walter Lennig, E. A. Poe

Meses y meses en el trabajo de la puesta a punto final de mi libro sobre Fernando Pessoa. No quiero dejar librado al azar ningún detalle, ningún punto, ninguna coma, ningún adjetivo excesivamente repetido, ninguna salida de tono demasiado brusca. Después, una vez finalizada la edición, vendrá la comercialización, pero de esta labor yo me desentenderé y recomendaré a los editores que se encargarán de distribuirlo que lo hagan sin reparo alguno y sin melindrosidades. La parte difícil es la mía, no la de ellos. Ellos deberán tratar a mi libro como si fuese cualquier baratija, con tal de lograr que alguien lo compre. No es, desde luego, una baratija, pero a los efectos de su masificación conviene que lo parezca. Como dijo acertadamente Oliverio Girondo, “un libro debe construirse como un reloj y venderse como un salchichón”.

sábado, 21 de diciembre de 2019

¿Se puede escribir con brillantez estando alcoholizado?


Tanto Pessoa como Poe eran alcohólicos y escribían brillantemente. Pero ¿escribían brillantemente en medio de su embriaguez? Abelardo Castillo lo niega:

No se puede escribir estando borracho. Eso lo sé bien, porque he sido un gran bebedor. [...] Si uno no es capaz de sostener una lapicera o acertarle a las teclas de la máquina, o cree ver pasar una tortuga o un elefante rosado es porque no está en la mejor disposición para la creación literaria, que exige una enorme lucidez, tenacidad y horas de permanecer bien despierto. No creo en los escritores borrachos ni drogadictos. [...] Lo que ocurre es que a esos escritores o artistas se los ve ebrios cuando no están trabajando. Cuando salen de su partitura o de su libro. Entonces se emborrachan, y hasta pueden caer en una alcantarilla, como le pasó a Poe. ¿Pero quién lo veía cuando escribía sus cuentos, que son muchísimos, y escritos además en un período muy breve? [...]. Esa no es la obra de un demente ni un borracho (https://www.pagina12.com.ar/2001/01-07/01-07-15/pag35.htm)

Coincido con Castillo en que no se puede escribir coherentemente cuando está uno completamente alcoholizado, pero sí se puede escribir muy buena literatura estando uno achispado. El achispamiento es el paso previo a la embriaguez, un estado en el que la sensibilidad se agudiza y los pensamientos y las palabras corren más armónicos, más lubricados. En ese estado, me parece, solía escribir Pessoa (Poe quizás no, porque no bebía tan profusamente como el portugués).

martes, 26 de marzo de 2019

Los que escriben de un tirón


El secreto de la buena literatura, tanto para Pessoa como para Kafka, radica en la no interrupción y en la seguidilla. Ambos se enorgullecían de haber escrito lo que consideraban uno de sus más grandes trabajos “al hilo” —como dice Pessoa—, “de un tirón” —como dice Kafka—. Ya cité hace poco la carta de Pessoa en donde hace referencia a la creación de El guardador de rebaños; aquí resumo lo que ahora más me interesa:

Un día [...] —fue el 8 de Marzo de 1914— me acerqué a una cómoda alta y, tomando un papel, comencé a escribir, de pie, como escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas al hilo, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no conseguiré definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca podré tener otro así.

Por su parte, Franz Kafka escribió en su diario, entrada del 23/9/1912, que

esta historia, “La condena”, la he escrito de un tirón, durante la noche del 22 al 23, entre las diez de la noche y las seis de la mañana. Casi no podía sacar de debajo del escritorio mis piernas, que se me habían quedado dormidas de estar tanto tiempo sentado. La terrible tensión y la alegría a medida que la historia iba desarrollándose delante de mí, a medida que me iba abriendo paso por sus aguas. Varias veces durante la noche he soportado mi propio peso sobre mis espaldas. Cómo puede uno atreverse a todo, cómo está preparado para todas, las más extrañas ocurrencias, un gran fuego en el que mueren y resucitan. Cómo empezó a azulear delante de la ventana. Pasó un carro. Dos hombres cruzaron el puente. La última vez que miré el reloj eran las dos. En el momento en que la criada atravesó por primera vez la entrada escribí la última frase. Apagar la lámpara, claridad del día. Ligeros dolores cardíacos. El cansancio que aparece a la mitad de la noche. Mi tembloroso entrar en el cuarto de mis hermanas. Lectura. Antes, desperezarme delante de la criada y decir: “He estado escribiendo hasta ahora”. El aspecto de la cama sin tocar, como si la hubiesen traído en ese momento. [...] Solo así se puede escribir, solo con esa cohesión, con esa apertura total de cuerpo y alma.

Tal vez esta receta de la no interrupción sea exitosa en los literatos que —como se dice vulgarmente— dependen más de la inspiración que de la transpiración. A mí, que no me considero un literato inspirado, que ni siquiera me considero un literato, no me molesta demasiado que me interrumpan, puedo retomar el mismo texto sin ningún problema una y otra vez. Si me dan a elegir, prefiero por supuesto la no interrupción, pero no me es excesivamente imprescindible. Eso sí: mientras escribo necesito silencio. Interrúmpanme vuestras mercedes cuando lo deseen, pero luego de interrumpirme ¡retírense a paso de murga y muy callados!

martes, 8 de enero de 2019

Henry David Thoreau, el incomprendido


Otro escritor, anterior a Pessoa, que se consideró en algún momento incomprendido y desdeñado por los lectores, fue Henry David Thoreau. Antes de escribir Walden, su obra cumbre, escribió otro libro que no tuvo tanto éxito: Una Semana en los Ríos Concord y Merrimac. Con los costes a cuenta y cargo del escritor, un editor conocido de Emerson se lo publicó en 1849 con una tirada de mil ejemplares, de los cuales vendió poco y nada. Así se queja Thoreau de este episodio en la entrada de su diario fechada el 28 de octubre de 1853:

Desde hace un año o dos, mi editor, así mal llamado, me escribe de vez en cuando para preguntarme qué debiera hacerse con las copias que todavía quedan de A week on the Concord and Merrimack rivers, informándome finalmente de que necesitaría el espacio que estas ocupan en su sótano. Así que tuve que decirle que me las mandara aquí, y han llegado hoy, por correo exprés, en un vagón de correos que llenaban completamente. 706 copias de una edición de 1000 ejemplares que yo mismo compré [...] hace cuatro años y que, desde entonces, y hasta hoy todavía, vengo pagando. Ahora me han enviado la mercancía, lo que me da, finalmente, la oportunidad de inspeccionar mi compra. Esto es algo bastante más sustancial que la fama, como bien sabe ahora mi espalda, después de haber tenido que transportarlos por las escaleras, dos pisos arriba, para dejarlos en un lugar parecido a aquel del que provienen. De los doscientos noventa y pico restantes, setenta y cinco fueron regalados y el resto se vendieron. Me veo ahora con una biblioteca de casi novecientos volúmenes, de los que, más de setecientos, han sido escritos por mí mismo. ¿No es bueno que el autor contemple los frutos de su trabajo? Mis obras están apiladas contra una de las paredes de mi cuarto, en un montón que tiene mi altura [...]. Esto es la autoría, este es el trabajo de mi cerebro. [...] Ahora veo para qué escribo, y cuál es el resultado de mis esfuerzos.
Sin embargo, a pesar de este resultado, sentado junto a la masa inerte de mis obras, tomo el lápiz esta noche y anoto el pensamiento o la experiencia que haya podido tener, con tanta satisfacción como siempre. Y, de hecho, creo que este resultado es mejor para mí, me inspira más que si un millar hubiera comprado mi mercancía. Afecta menos mi privacidad, y me deja más libre (El Diario (1837-1861), pp. 314-5).

Se nota que a Thoreau le molestaba no ser leído, como le molesta a todos los escritores que publican. Después tuvo su revancha con Walden, que fue muy leído en vida de Thoreau y más leído aún después de que muriera, pero hasta que eso sucedió tuvo que apurar este trago amargo que le dejó esta tirada que acogió en su propia casa, y lo apuró bastante bien, con fina ironía y humor envidiable.
¿Qué sucedería conmigo si en el 2043 mi libro primero —seguramente costeado por mí mismo— no se vendiese y tuviese que llevarme los ejemplares a mi propio domicilio? Ojalá me lo tome con soda como se lo tomó el gran escritor norteamericano[1].


[1] A otro enorme talento del siglo XIX le pasó algo parecido: “Rimbaud, en 1873, hizo que Una temporada en el infierno se editase a su caigo, pero casi la totalidad de los quinientos ejemplares quedaron en la imprenta, porque no los pudo pagar” (Robert Bréchon, Extraño extranjero, p. 590). Ese libro de poemas es considerado hoy en día una obra maestra.

jueves, 3 de enero de 2019

Orondo y satisfecho


Carlos Taibo, a propósito de lo escrito ayer, se pregunta: “¿Alguien acierta a imaginar a Fernando Pessoa orondo y satisfecho, bien comido y residente en una mansión con jardín en Cascáis?” (Como si no pisase el suelo, p. 114). A Pessoa seguramente no, pero a mí, durante algún tiempo, tendrán que imaginarme así: orondo y satisfecho, bien comido y residente en una mansión con jardín en Escobar.

miércoles, 2 de enero de 2019

Mi propio palacio de Cascáis



Lo que yo quería ser y nunca seré, me daña las calles.
¿Pero entonces, esto no acaba?
¿Es destino?
Sí, es mi destino.
Distribuido por lo que encontré entre la basura
y mis propósitos a orillas del camino;
lo que encontré rasgado por los niños,
y mis propósitos meados por mendigos,
y toda mi alma una toalla sucia que arrastraron por el suelo.
Álvaro de Campos, “O descalabro a ócio e estrelas...”

No hay cosa que yo haya querido, o en que haya puesto, aunque fuese un momento, el sueño solo de ese momento, que no se me haya deshecho debajo de las ventanas como polvo que pareciese piedra, caído de una maceta de un piso alto. Parece, incluso, que el Destino ha procurado siempre, primero, hacerme amar o querer aquello que él mismo había dispuesto para que al día siguiente viese que no lo tenía o tendría.
Bernardo Soares, Libro del desasosiego

Él no quería trabajar todos los días, porque quería días solo para él, para su vida, que era su obra.
Ofelia Queiroz, “O Fernando e eu”

En 1919, cuando su juventud ya se iba, Fernando Pessoa soñó con ser un escritor “instalado”:

La cosa esencial [...] es conseguir una casa donde haya bastante espacio, una buena área y bien distribuida, para arreglar todos mis papeles y libros en el orden debido. [...] Alquilar una casa fuera de Lisboa —por ejemplo, en Cascáis— y poner allí todas mis pertenencias (Escritos autobiográficos, automáticos y de reflexión personal, pp. 95 y 96).

Con el paso del tiempo, y cada vez más, Pessoa siguió soñando, junto con Bernardo Soares, con vivir “en un pueblo tranquilo de provincias” y pasear por “las huertas, los pomares, el pinar de la quinta”. La vida lo fue llevando por otros rumbos más tormentosos y nunca pudo cumplir ese anhelo de la casa suburbana, con tiempo y dinero suficientes como para dedicarse sin sobresaltos a lo que vino a hacer a este mundo. Anduvo de pensión en pensión, o viviendo con parientes, y nunca en un lugar propio y cómodo, hasta que finalmente recaló en la casa de la calle Coelho da Rocha, donde vivió con su madre, su hermana, su cuñado y sus sobrinos, arrinconado en un cuarto pequeño, oscuro, caliente y sin ventanas.
“Por ejemplo, en Cascáis”.
Cierta vez, en 1932, cuando el único lazo afectivo que le quedaba, su madre, ya había fallecido y el alcohol lo tenía contra las cuerdas y su vida se tornaba cada vez más marginal y abúlica, se le presentó a Pessoa la oportunidad de convertirse en un escritor más formal y desahogado:

Se encontraba vacante el lugar de conservador del Museo Biblioteca Conde de Castro Guimarães, en Cascáis. El poeta conocía muy bien ese bello palacio rodeado de árboles y espeso verdor, con sus torres y sus loggias al gusto italiano abiertas sobre el horizonte del océano que viene a explayarse en sus contrafuertes. Feliz aquel que pudiera aislarse dentro de sus murallas vestidas de hiedra, seguro contra todo: el mal humor de los patrones comerciantes, la flaqueza de los honorarios que se dignaban pagarle, ¡y la vulgaridad de la vida a que lo condenaban! (João Gaspar Simões, Vida y obra de Fernando Pessoa, p. 489).

Pessoa decide concursar por el lugar vacante, con la ilusión de poder, como el escéptico Montaigne, como el melancólico Burton, treparse a su torre de marfil y vivir allí sin contratiempos, leyendo y escribiendo —o más bien escribiendo solamente, puesto que su pasión por la lectura ya lo había abandonado—. “Enciérrate, pero sin dar un portazo, en tu torre de marfil”, había escrito el desasosegado Soares. No pudo ser. Su solicitud fue rechazada y el elegido fue un tal Bonvalot, un pintor que el jurado consideró mejor preparado para el puesto que nuestro poeta.

Fue la primera y la última tentativa de Fernando Pessoa para “instalarse” confortablemente en la vida. Los astros no lo querían “fútil, cotidiano y tributante”[1]. Así, impedido para refugiarse en los alrededores de Lisboa como era su sueño, helo ahí de regreso a su existencia de “corresponsal extranjero en casas comerciales”, su única forma de ganarse el pan, día a día menos resignado al arrastrarse sin sentido de su vida (ibíd., p. 491).

Aquel día en que rechazaron su solicitud podría conocerse como el día que Pessoa lloró:

Luís Pedro Moitinho de Almeida afirma: Un día estaba tan desesperado que llegó a caer sobre la mesa del café Montanha, llorando. Fue cuando no consiguió el ingreso como bibliotecario en el museo de Castro Guimarães. El hecho fue confirmado por otro amigo, Francisco Peixoto, que declaró haberlo visto bañado en lágrimas (José Paulo Cavalcanti Filho, Fernando Pessoa: casi una autobiografía, pp. 672-3).

Bernardo Soares confirma su desgracia: “He asistido, desconocido, al desfallecimiento gradual de mi vida, al zozobrar lento de todo cuanto he querido ser”. Más triste que nunca, se resignó a continuar con sus vicios, con su desorganización y su apatía, y así la publicación de sus obras en varios tomos, que venía planificando desde hacía unos meses, quedó en suspenso por falta de todo, de tiempo, de dinero, de ganas, de salud. Una palabra lo resume: le faltaba tranquilidad. Pero los astros —dice Simões — no lo querían tranquilo. ¿Sería porque tranquilo no habría podido escribir nada que merezca ser leído? ¿Sería porque los astros sabían mejor que Pessoa lo que Pessoa necesitaba para mejor escribir? ¿Cómo escribiría un Pessoa sosegado el Libro del desasosiego? El jurado de Cascáis tal vez obró con mayor sabiduría que la que nosotros, en un análisis provisorio, le adjudicamos.
No pudo Pessoa “instalarse”. Ni físicamente ni tampoco —como un par de años antes parecía que podría— en la preferencia de los críticos literarios de su época, quienes no terminaron nunca de catapultarlo a la fama que, diga lo que dijere Bernardo Soares, Pessoa tanto anhelaba. Sin fama, sin torre de marfil, sin sosiego, sin afectos, tomado del brazo de un solo hombre, Álvaro de Campos, “ese mal compañero, ese demonio titánico, caño de residuos de su alma ácida, a través de cuya poesía solo le era dado expresar el disgusto que le quedaba de sí mismo cuando los humos del alcohol se desvanecían” (Joao Gaspar Simões, op. cit., p. 492), con amigos que no eran amigos (ellos lo buscaban a él, jamás a la inversa), la debacle alcohólica, que llegó incluso al delirium tremens, se le hizo inevitable. “¡Si pudiera encerrarse en una casa —solo suya—, lejos de todo y de todos, sin aquella penosa tarea de la máquina de escribir y de los patrones apurándolo!”, grita quien quiso ser su amigo y no pudo. Simões tal vez pensaba que un Pessoa cimentado y sobrio habría podido crear muy buena literatura durante otros muchos años. Nunca lo sabremos.
No pudo “pertenecer”. No pudo abandonar ese odioso trabajo que lo tiranizaba y le quitaba tiempo y fuerzas para escribir y ordenar lo que escribía. Y así murió, odiando su trabajo y desinstalado. Y este humilde discípulo de ese gran maestro que soy yo (yo soy el discípulo no el maestro) ha tomado nota de la situación y no quiere repetir ese trágico destino. Y como yo no necesito, como tal vez necesitaba Pessoa, el desasosiego para mejor escribir, he decidido instalarme confortablemente en esa casa amplia y cómoda con la que Pessoa soñaba, y he decidido renunciar a ese trabajo odioso que me comía el tiempo y la salud, para dedicarme, ahora sí, del lleno, a leer, a escribir y a preparar lo ya escrito para una posible —aunque todavía lejana— publicación. Heme aquí, lector, ya instalado, ya burgués de pies a cabeza, y a la espera de que aparezca la inspiración. El sueño de Pessoa hecho realidad. Mi propio palacio de Cascáis, mi propia torre de marfil. ¡Adiós, lonería! Veintiséis años preso. Larga, excesivamente dura condena para quien solo cometió el delito de querer, como meta primaria en la vida, ser deglutido por su prosa y que a esta le aproveche.


[1] Alusión al poema “Lisbon revisited” (1923), de Álvaro de Campos: “¿Me querían casado, fútil, cotidiano y tributante? / ¿Me querían lo contrario de eso, lo contrario de cualquier cosa? / Si yo fuese otra persona, les haría caso [...]” (AP 153).

domingo, 4 de noviembre de 2018

El boom Pessoa


El boom Pessoa comenzó en 1985, cuando en ocasión del cincuentenario de su muerte, fue objeto de múltiples homenajes y su cuerpo fue situado en el Monasterio de los Jerónimos, junto a Luís de Camões y Vasco da Gama. Cincuenta años pasaron desde su fallecimiento hasta la consolidación de su fama. Franz Kafka necesitó solo la mitad de este tiempo para masificarse. ¿Cuántos años necesitarán mis letras para cobrar fama una vez que yo fenezca?

jueves, 18 de octubre de 2018

Pessoa eterno


Neófito, no hay muerte.
Fernando Pessoa, “Iniciación”

“¡Luz, más luz!”. Esas fueron, según la leyenda, las últimas palabras de Goethe. Fernando Pessoa, admirador del poeta alemán, no se quiso quedar atrás. Después de tres días de internación en el Hospital San Luis de los Franceses de Lisboa, y ya en plena agonía,

abrió los ojos, miró en torno, y viendo que no veía [...], pidió que le dieran sus lentes. “Denme los anteojos”, murmuró, semicerrando los ojos neblinosos. Fueron estas sus últimas palabras. Como Goethe, pero sin ostentación ni solemnidad, con la modestia de un “corresponsal extranjero de casas comerciales”, el poeta pedía la única cosa que, en verdad, le volvía el mundo más claro, en su ilusoria apariencia: los anteojos que el oftalmólogo le había recetado (JGS, p. 497).

Goethe pidió luz. Pessoa ya la tenía, solo necesitaba sus anteojos para poder aprovecharla. Hasta en sus últimos momentos quiso ver. Quizá, como Alberto Caeiro, quiso ver sin entender; quizá quiso las dos cosas. ¿Y qué vio y qué conoció en ese instante postrero? Lo que, como iniciado que era, anhelaba:

Avispero de contradicciones, polípero de imágenes, enjambre de personalidades, ventarrón de concepciones; de una verdad estaba seguro finalmente: de que muriendo comenzaba a vivir (ibíd., p. 499).

Si comenzó para él la vida eterna en ese instante, no lo sabemos. Sí sabemos que comenzó este mundo terrenal a conocerlo, a venerarlo e incluso a quererlo como en vida no lo quisieron. Fernando Pessoa, muriendo, se hizo eterno en nosotros, comenzó a vivir en nosotros. Su literatura consiguió ese milagro. El otro, el que realmente interesa, mejor que quede en el misterio.
No busques ni creas: todo es oculto.

miércoles, 17 de octubre de 2018

El hombre de genio no es de su tiempo


Decía Pessoa, parafraseando a Goethe, que el hombre de genio solo es de su tiempo por sus defectos, esto es, por las limitaciones de su genio. O lo que es lo mismo: el hombre de genio solo es de su tiempo en la medida en que no es un hombre de genio.
Supongamos, como a veces supongo, que yo soy un genio. ¿Por qué asunto seré admirado inmediatamente después de publicado este diario? Primeramente, por mis narraciones disolutas, por mis desbordes alcohólicos y sexuales. Es decir, por lo más alejado a la genialidad que tiene mi literatura. Luego las generaciones venideras terminarán admirando mi teoría ética. Se cumplirá así en mí la regla de Goethe-Pessoa.

9:28 a.m.
Pessoa –ya lo he dicho-- se sospechaba genial. “Se me puede imputar la creencia de que soy un genio. ¡Me resigno a ello sin objeciones!” (EGL, p. 48). Y Bernardo Soares lo confirma:

Proyectos, los he tenido todos. La Ilíada que compuse tuvo una lógica de estructura, una concatenación orgánica de epodos que Homero no podía conseguir. La perfección estudiada de mis versos por completar en palabras deja pobre la precisión de Virgilio y floja la fuerza de Milton. Las sátiras alegóricas que hice sobrepasaron todas a Swift en la precisión simbólica de los particulares exactamente ligados. ¡Cuántos Verlaines he sido! (LDD, § 329).

 Mi propia genialidad está más en duda que la de Pessoa[1], pero tal vez sea lo que explica mis proverbiales impericias para casi todo lo que no sea escribir:

El hombre de genio, en la medida en que es competente dentro de su oficio, es incompetente en otros. Y lo es en un grado superior a otros hombres, porque es esclavo de su oficio hasta un punto al que ningún trabajador llega. Asombra más y causa mayor pesar descubrir a un poeta capaz de dibujar, que encontrar un carpintero que sepa cuidar flores. En este último caso, la especialización solo abarca las facultades que cualquier obligación profesional exige; en el primero, abarca cualidades de sentimiento, de emoción, de meditación, que no solo no intervienen en otras actividades profesionales, sino que no deben participar, a fin de que no peligre la ejecución perfecta. [...] El hombre de genio, en la medida en que nace competente para su oficio creador, es inepto para un gran número de cosas de la vida social (EGL, pp. 52-3).

¿Y pretenden que además deje los vidrios de la casa inmaculados y conduzca como un as del volante? El hombre de genio apuesta todo a su obra y no se ocupa que nada que no se relacione, directa o indirectamente, con ella. Cita Pessoa el ejemplo de Oscar Wilde, quien era un literato a medias, pues “se dedicaba a la cultura de la conversación y de todas las complejas futilidades que la mera convivencia implica” (p. 53). Tenía pasta de genio, pero no llegó a serlo por haber permanecido largo tiempo imbuido en esas fruslerías de salón. Pero es que en realidad la materia prima de la genialidad no estaba presente en alto grado en este artista; de ser así habría sentido repulsión y no atracción por ese mundillo de tertulias y banquetes. El propio Wilde lo dijo: Puse todo mi genio en mi vida, y solo mi talento en mis obras”. Fue una lástima que así haya sido. Una lástima para la posteridad, una alegría para quienes lo trataron.
La marca del genio —al menos del genio filosófico o artístico— es la incomodidad ante lo social excesivo. Si después socializa, por obligación o por lo que fuere, es otro tema, el hecho esencial es que sienta desagrado ante esta socialización. Hay excepciones a esta regla: Sócrates es la más concluyente.

12:39 P.M.
Un joven Pessoa escribe, entusiasmado, esta declaración el día 21 de noviembre de 1914:

Hoy, al tomar la decisión de ser Yo, de vivir a la altura de mi tarea y por consecuencia despreciar la idea de atraer la atención y mi sociabilidad plebeya, he entrado en plena posesión de mi Genio y tengo la divina conciencia de mi Misión (AP 2003).

Tenía a la sazón veintiséis años.
¿Cuándo tomé conciencia de mi misión divina y comencé a sospechar una posible genialidad en mi escritura o en mis pensamientos? En 1995 (véanse las entradas del 25/7/95 y 17/10/95). Tenía a la sazón veintiséis años.
Creo que Pessoa, previo paso por algún otro cuerpo, reencarnó en mí.


[1] También Pessoa, en ciertos momentos de duro pesimismo, descreía de su genialidad: “¿Genio? En este momento / cien mil cerebros se consideran en sueños genios como yo, / y la historia no marcará, ¿quién sabe?, ni a uno de ellos, / ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras. / No, no creo en mí” (Álvaro de Campos, “Tabacaria”, AP 163).

martes, 16 de octubre de 2018

Genio y locura en Pessoa


Nunca hubo un gran ingenio sin alguna mezcla de locura.
Séneca, De la tranquilidad de ánimo, cap. XVII

Para ser un genio hay que estar un poco loco. Pero solo un poco, no demasiado. No existe una relación directa entre el grado de genialidad y el de locura. Más bien sucede al revés, que siendo necesaria la locura para que aparezca la genialidad, si la locura es excesiva, la genialidad no despega:

La afirmación [...] según la cual el tamaño del genio corresponde al de la neurosis, es absolutamente falsa. No es en los altos picos de la genialidad donde encontramos la locura; es, más bien, en los niveles inferiores de la capacidad de innovación humana. Un Dante, un Milton, Un Goethe, un Víctor Hugo no son patentemente neuróticos, solo lo son si los sometemos a una investigación paciente. Pero en los genios de segundo o tercer orden [...] la neurosis o la locura se manifiestan patentemente (Fernando Pessoa, EGL, pp. 136-7).

No exageremos nuestras locuras si no queremos pasar a la posteridad como genios menores. Y demos gracias al Cielo por esta bendición maldita. Bendición no hay duda de que lo es, porque la obra del genio hace más llevadera la vida de los que aprendieron a valorarla. Pero es una bendición flaca para el que la carga, porque según Pessoa lo vuelve nervioso, desamorado, triste y desasosegado:

El hombre de genio nace extremadamente nervioso [...], aunque también en condiciones y bien preparado para un tipo de trabajo que cada vez más socava su constitución nerviosa. Vemos así que el genio existe gracias a una característica —un temperamento extremadamente nervioso— que también lo tortura, que reacciona contra sí.

El artista fuerte mata en sí mismo no solo el amor y la piedad, sino las mismas semillas de la piedad y el amor. Se hace inhumano en virtud de su gran amor por la humanidad; de ese amor que lo impulsa a crear arte para el hombre.

El genio es la mayor maldición con la cual Dios puede bendecir a un hombre. Debe ser sobrellevado con las mínimas quejas y lamentos posibles, con la mayor conciencia que alguien pueda tener de su tristeza divina (ibíd., pp. 142 y 57).

11:48 p.m.
Existen, según Pessoa, tres tipos de genios: los genios artísticos o filosóficos, los genios políticos y los genios militares. Los primeros remodelan el psiquismo de las aristocracias; los segundos, el de las clases medias; los terceros, el de las clases bajas. Las ideas filosóficas

actúan primero sobre las élites. De esas élites salen los políticos que dominan al pueblo, y que, inevitablemente, de un modo u otro, se dejan influenciar por esas ideas rectoras (EGL, p. 45).

Yo no creo ser un genio, pero hay días en que abrigo alguna esperanza. Y si soy genial, mi genialidad filosófica no influirá, como dice Pessoa, en las aristocracias, sino que recalará directamente, sin intermediarios, sobre el psiquismo de las clases medias.

lunes, 15 de octubre de 2018

Pessoa el fracasado


Aunque siempre querido por sus familiares, “Fernando Pessoa fue considerado siempre un fracasado. Al fin y al cabo, no había rematado sus estudios universitarios, no disfrutaba de un empleo estable, no había hecho fortuna ni había ascendido en la escala social” (CT, p. 43). Yo también era considerado un fracasado por mis familiares… hasta que conocieron mi casa en Escobar. Literariamente, sin embargo, todavía siguen suponiendo que soy un fracaso.

12:20 a.m.
Pessoa y sus heterónimos —en especial Álvaro de Campos— utilizaban con cierta frecuencia la palabra mierda. En eso también nos parecemos: tan solo en mi libro primero la escribí cuarenta y cinco veces.

2:10 P.M.
Pessoa no era un ser colérico. “Siempre fue extremadamente delicado, fácil de contentar, no recuerdo verlo enfadado nunca”, dijo su medio hermana Henriqueta Madalena. Y Teca —otra de sus medio hermanas— lo confirma: “Nunca lo vi exaltado” (citadas en CT, pp. 61-2). Yo tampoco me exalto con nadie, excepto conmigo mismo. ¿Pessoa se exaltaba con él mismo? No hay registros. Creo que su ataraxia era mayor que la mía.

5:29 P.M.
Según Pessoa, “se crece mentalmente hasta los cuarenta y cinco años” (carta a João Gaspar Simões, AP 2987). Si entendemos esto en un sentido puramente intelectual y raciocinante, yo creo también que la mente, a una determinada edad, comienza su descenso, pero ubico este punto de inflexión —hablando en general, puesto que no es el mismo en todos los individuos— bastante más allá de donde lo pone Pessoa: en honor a Kant, lo supongo a los sesenta. ¿Se me fue la mano? Veremos. Veremos qué ideas concibo dentro de diez años.

8:30 p.m.
Habiendo sido criado en Durban, en donde las tormentas son singulares por lo intensas y ruidosas, quedole a Pessoa un pavor a estos meteoros que lo acompañó durante toda su vida. Almada Negreiros, en relación a esto, relató un incidente ocurrido en el café Martinho da Arcada, cómico para todos excepto para el propio Pessoa:

Exploto súbitamente una tremenda tormenta de truenos y una memorable tempestad. Lluvia y más lluvia, con ruido, viento, relámpagos, truenos, un no parar. Fui a la puerta y grité hacia fuera — ¡Vivan los rayos! ¡Vivan los truenos! ¡Viva el viento! ¡Viva la lluvia! Cuando volví a la mesa ya no estaba. Pero había un pie bajo la mesa. Era él completo. Tiré de él, pálido como un difunto transparente. Lo levanté inerte si no muerto (citado en CF, p. 75).

En carta a Gaspar Simões, Pessoa parece querer explicar ese comportamiento: “Solo la falta de dinero (en el momento mismo) o un tiempo de tormenta (mientras dura) son capaces de deprimirme” (AP 1072).  Pero ese pie que asomaba por debajo de la mesa no indicaba una depresión, sino un terror pánico.
Me alegro de que en Buenos Aires —la ciudad en donde nací, la ciudad que seguramente me verá morir— las tormentas no sean tan terroríficas como en Durban.

domingo, 14 de octubre de 2018

Pessoa y el olor de la gloria


Habla el Barón de Teive (semiheterónimo de Pessoa, igual que Bernardo Soares):

Para que un hombre pueda ser distintivamente y absolutamente moral, tiene que ser un poco estúpido. Para que un hombre pueda ser absolutamente intelectual, tiene que ser un poco inmoral. No sé qué juego o ironía de las cosas condena al hombre a la imposibilidad de esta dualidad en grande (La educación del estoico, p. 18).

Esto es algo parecido a lo que decía Jules Renard: "El amor mata la inteligencia. Como en el reloj de arena, el uno solo se llena si el otro se vacía". Ya refuté este aforismo en su momento (ver las entradas del 6/1/96 y 20/7/97), solo agrego ahora que según mis estudios plasmados en la entrada del 20/10/97, el individuo ideal, aquel que mantiene sus tres componentes temperamentales en perfecto equilibrio, posee a la vez un máximo de bondad unido a un máximo de inteligencia (trascendente).

9:22 A.M.
“Teive es el propio Pessoa. [...] Es aristócrata, como se imagina Pessoa, y adinerado, como Pessoa quería ser” (CF, p. 380). Sí, quería ser millonario, no tenía ningún prurito ético que se lo impidiera. La única condición era que sus millones no le impidiesen escribir. Tener dinero no para disfrutarlo, sino para comprar tiempo dedicado a la escritura. Pero nunca lo consiguió, nunca dispuso de demasiado dinero —excepto cuando recibió la herencia de su abuela Dionísia, que dilapidó rápidamente como ya hemos visto—.
Pessoa quería ser rico pero nunca lo fue; yo quiero ser pobre y soy rico. En estos asuntos no nos parecemos.

10:52 A.M.
El genio literario, ¿debe o no debe ocuparse de hacer lo necesario para que su legado perdure? Eso depende, dice Pessoa, del tipo de hombre que el genio sea:

El interés deliberado de un genio por sus obras, la publicación cuidadosa de ellas y su organización pensando en la posteridad dependen de si ese genio es un hombre de voluntad firme y de propósitos fijos, alguien que se preocupa mucho por sí mismo. Basta que sea un borracho empedernido para que toda la preocupación se vaya a la porra (EGL, p. 276).

Parece dar a entender que no se preocupará por estas cuestiones, que solo escribirá lo que tenga que escribir y que del ordenamiento y la publicación se preocupen los demás si es que quieren. Pero sabemos que no fue así.

En varias oportunidades se refirió Pessoa, en los últimos años de su vida, al propósito de cambiar de domicilio y buscar en algún lugar de los alrededores de Lisboa una vivienda más adecuada que le permitiese ordenar y rematar la obra. [...] Son varias las fuentes que señalan que en los últimos tiempos de su vida Pessoa asumió un esfuerzo, al parecer no compensado por el éxito, encaminado a ultimar de forma razonable su obra. (CT, p. 212 y 214).

El mismo Pessoa lo cuenta en una carta a Ofelia:

…Es la ocasión de realizar mi obra literaria, completando unas cosas, agrupando otras, escribiendo otras que están por escribir. Para realizar esa obra necesito tranquilidad y cierta soledad.  […] Toda mi vida futura depende de si consigo hacer esto pronto (carta del 29/9/29, citada en Cartas a Ophélia, p. 108).

Ciertamente fue grande su preocupación por darle un formato coherente a todo el material acumulado, aunque su ocupación no estuvo a la altura de su preocupación.
En una carta fechada el 28 de julio de 1932 dirigida a João Gaspar Simões, escribe Pessoa: “Estoy comenzando —lentamente, porque no es cosa que pueda hacerse con rapidez— a clasificar y revisar mis papeles” (AP 1087). Afirma Simões que Pessoa estaba convencido de que se iba a morir tempranamente y que por ello tenía que apurarse. “Había pues que encerrarse en casa, poner manos a la obra y aprovechar el tiempo de vida que le quedaba —los astros no le prometían longevidad— para organizar su obra y comenzar la publicación de sus libros” (JGS, p. 486). Tres años después lo sorprendió la muerte[1] sin haber concluido aquellas revisiones y clasificaciones. Yo tengo el deseo de publicar los primeros libros de este diario en el 2043, por lo cual, si no quiero quedar a medio camino de la revisión total como quedó Pessoa, deberé comenzar esta labor como muy tarde en el 2035.

1:10 p.m.
El único libro completo que Pessoa publicó en vida fue Mensaje, en 1934. Días antes de la publicación, escribió lo siguiente: “El hecho de que vaya a publicar un libro cambiará mi vida. Ya no estaré inédito —así pues, algo pierdo” (PDN, § 128). Eso que se pierde al publicar, o que se puede perder, es la humildad. Y suele suceder que junto con la humildad se vaya también el estilo. Por eso trataré de publicar mi diario lo más tarde posible, —aunque no tan tarde como para correr el riesgo de morirme antes, porque no estoy para nada persuadido de que la posteridad se tomará el trabajo de publicarlo por mí—.
“Tal vez la gloria —especula Pessoa— tenga un sabor a muerte y a inutilidad, y el triunfo un olor a podrido” (AP 3635). Publicar, y que los contemporáneos se interesen por esa publicación, es resignarse a vivir con un resabio en la boca y un broche en la nariz.


[1] Según Raúl Leal, en 1935 Pessoa creía, de acuerdo a lo que decía su carta astral, que le quedaban todavía dos años de vida (cf. CT, p. 214).

sábado, 13 de octubre de 2018

Pessoa como lector

Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
 Jorge Borges, “Un lector”

Los dos autores con mayor presencia en la biblioteca personal de Pessoa fueron ingleses. El más leído fue J.S. Fletcher, cuyas novelas policiales devoraba el portugués con fruición (tenía veintisiete de sus libros), y el segundo un tal John Mackinnon Robertson, negador de la figura de Jesús, crítico literario y político liberal; Pessoa contaba con veintitrés de sus libros, entre ellos Christianity and mythology (1900), Pagan christs (1903), The historical Jesus (1916) y Jesus and Judas (1927) (cf. CF, p. 478).
¿Qué primera reflexión me viene a la mente luego de anoticiarme de este sorprendente dato? Sencillamente que hay que ser muy genio, demasiado genio, para haber escrito como escribía Pessoa habiendo escogido este material de lectura.

2:26 a.m.
Pessoa “escribió en vida cerca de 30.000 papeles que tuvieron como tema, casi siempre, a él mismo o lo que le era próximo [...]. Algo equivalente a casi 60 libros de 500 páginas” (CF, p. 14). Y esta producción se aceleró conforme se acercaba el momento de su muerte. Pero ¿le conviene a un escritor ser tan prolífico? ¿No es mejor tomarse las cosas con un poco más de calma? Yo creo que sí. Dijo Santiago Ramón y Cajal: "Los más grandes laboriosos son los que han aprendido a administrar metódicamente su pereza. La actividad febril, paroxística, cae rápidamente en la fatiga y en la desilusión; deteriora la máquina antes de haber logrado refinar el producto" (Charlas de café, p. 161). No digo que la máquina-Pessoa —máquina de escribir, nunca mejor empleada la locución— se haya deteriorado a causa de la profusa escritura, porque se sabe que lo que lo mató fue el alcoholismo, pero tal vez este ímpetu haya acelerado el proceso. O tal vez lo que sucede es que el espíritu, presintiendo el derrumbe, se apura lo más que puede para concluir su tarea. Digo esto porque a Nietzsche y a Van Gogh les pasó lo mismo: aceleraron a fondo en el tramo final de la cordura y de la vida. Voy a tener esto en cuenta: si en el futuro me agarra una desesperación incontrolable por escribir, una diarrea literaria imposible de solidificar, será seguramente porque ya estoy cerca del cementerio o del manicomio.

9:41 A.M.
Repudiaba Pessoa los avances de la tecnología: “Dispenso y detesto vehículos, dispenso y detesto los productos de la ciencia —teléfonos, telégrafos— que vuelven la vida fácil, o los subproductos de la fantasía; gramófonos, receptores hertzianos. Nada de eso me interesa” (citado en CF, p. 119). Comenta Cavalcanti que más tarde “se acostumbró a escuchar los éxitos musicales de Londres, Madrid, Nueva York, París y Roma” desde un gramófono instalado en la sala de visitas de su domicilio de la calle Coelho da Rocha. Y además hay que ser muy cauto cuando uno realiza una declaración de este tipo, porque por ejemplo, ¿no es un simple par de anteojos un producto de la ciencia que vuelve la vida más fácil de lo que sería si no contáramos con él? Habría que hacer una distinción entre los productos de la ciencia que, a fin de cuentas, se nos han tornado imprescindibles —como los anteojos— y aquellos otros que, como los gramófonos o la radio, simplemente nos hacen la vida más llevadera. Tal vez Pessoa solo renegaba de estos últimos, pero así y todo me niego a creer que no disfrutaba de las canciones que aquel gramófono instalado en su casa reproducía.

11:49 A.M.
Dijo Álvaro de Campos:

Todos tenemos dos vidas: la verdadera, que es la que soñamos en la infancia, y que continuamos soñando cuando adultos, en un sustrato de niebla; la falsa, que es la que vivimos en la convivencia con los otros, que es la práctica, la útil, aquella en la que acaban por meternos en el ataúd (“Dactilografía”, AP 86).

Yo vivo hoy, en casi la totalidad de mi tiempo, en la vida falsa. Mi vida verdadera se da solamente en los momentos que utilizo para leer y escribir.

viernes, 12 de octubre de 2018

Pessoa el nómade


El marinero de corazón oscuro sabe
que hay hogares felices porque no son suyos.
Fernando Pessoa, “Desolation”

A pesar de que casi nunca salió de Lisboa, gustaba Pessoa del nomadismo:

Entre 1905 y 1920, el momento del asentamiento definitivo en la casa de la rua Coelho de Rocha, el poeta cambió de domicilio quince o veinte veces. En la larga lista de viviendas que habitó se contaban, por lo demás, casas enteras y cuartos alquilados. [...] No sabemos a ciencia cierta, por lo demás, por qué el poeta cambió de vivienda al ritmo de una vez por año. Zenith sugiere al respecto que en el fondo le debía complacer (CT, p. 85).

El lugar más incómodo que tuvo como vivienda fue el que ocupó entre enero de 1915 y finales de 1916. En ese entonces lo encontramos

instalado en el lúgubre sótano de una lechería, [...] durmiendo de prestado, gracias a la veneración de un hombre iletrado que acostumbraba asistir a la tertulia de la Brasileira devorando las palabras del poeta, con los ojos extasiados, como si estuviera oyendo a un dios del Olimpo. [...] El sótano [...] medía más de dos metros de ancho por dos y medio o tres de largo, y donde apenas cabía un catre, el catre donde el pobre poeta pasaba sus noches (JGS, pp. 238-9)[1].

Luego pasó por otros tres o cuatro lugares hasta que por fin, en 1920, su madre, viuda por segunda vez y muy enferma, regresó a Lisboa proveniente de Sudáfrica y Pessoa se mudó con ella, viviendo en la casa alquilada por Teca, una de sus medio hermanas, en un pequeño cuarto, hasta el final de su vida.
Ángel Crespo especula que tanto cambio de domicilio se debía, en parte, a que no quería ser molestado por los amigos y conocidos que ya sabían su dirección (cf. sus Estudios sobre Pessoa, p. 10). Más allá de la anhelada privacidad y de las razones económicas que en algunos momentos lo obligaron a mudarse, instalarse definitivamente no lo convencía. Tenía espíritu de bohemio y de gitano.

11:58 p.m.
El cuarto que ocupó Pessoa en su última casa, la de la rua Coelho da Rocha, era “pequeño, oscuro, caliente. Deprimente, según su testimonio. Y sin ninguna ventana” (CF, p. 313). Alberto Caeiro, premonitoriamente, escribe en 1914: “Mi cuarto es una cosa oscura con paredes vagamente blancas” (El guardador de rebaños, XLIV). En ese cuartucho escribió durante sus últimos quince años. La escritura, en los auténticos escritores, se abre paso ante cualquier adversidad. Una vida desértica que sin embargo, en ese desierto, engendra flores.


[1] Según Eduardo Freitas da Costa, no vivió en este sótano dos años, sino un mes y medio, y ese lugar no habría sido tan pequeño e incómodo como lo pinta Simões (cf. CT, p. 110). Cavalcanti Filho tampoco le cree al primer biógrafo (cf. CF, p. 481).