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viernes, 5 de julio de 2019

¿La ética en lenguaje matemático?


No tanto para desprestigiar el lenguaje verbal pero sí para bajarlo del pedestal en el que ahora se encuentra, George Steiner nos habla del lenguaje matemático y del terreno que día a día viene ganando en detrimento de la palabra:

Hasta los tiempos de Goethe y Humboldt, a un hombre de capacidad y de retentiva excepcionales le era posible sentirse a sus anchas tanto dentro de la cultura humanística como dentro de la matemática. Leibniz logró todavía hacer un aporte notable a las dos. Pero esta no es ya una posibilidad real. El abismo entre los códigos verbal y matemático se abre cada día más. A ambas orillas hay hombres que, para los otros, son analfabetos. Es tan grande el analfabetismo consistente en desconocer los conceptos básicos del cálculo o de la geometría esférica como el de ignorar la gramática. [...] Nosotros, los que estamos obligados por nuestra ignorancia de las ciencias exactas a imaginarnos el universo a través del velo de un lenguaje no matemático, somos habitantes de una ficción animada. Los datos reales del caso —el continuo tempoespacial de la relatividad, la estructura atómica de la materia, el estado de onda-partícula de la energía— ya no nos son accesibles por medio de la palabra. No es ninguna paradoja afirmar que en algunos aspectos decisivos la realidad comienza ahora fuera del mundo verbal. Los matemáticos lo saben (Lenguaje y silencio, pp. 33-4).

Yo soy, desde los comienzos mismos de mi pensar filosófico, un entusiasta pitagórico, de modo que no puedo disentir con estos conceptos claramente vertidos por Steiner. Sin embargo, en cuestiones de religión, de ética y de estética, la ciencia matemática no ha logrado todavía establecerse. No digo que no pueda llegar el día en que comuniquemos la ética mediante el sistema binario (el calculus ratiocinator leibniciano[1]), solo digo que ese día está hoy demasiado lejano, tan lejano como el día en que podamos viajar hacia un planeta de otra galaxia. Un par de siglos atrás, la ciencia médica era puramente descriptiva, no había cabida en el ella para los números ni para las estadísticas. ¿Y qué hacían entonces los médicos? ¿Se negaban a emplear su ciencia bajo el pretexto de que no habían llegado, en ningún caso, a una respuesta matemática de los interrogantes que se les planteaban en su área? De ningún modo: seguían curando como podían, y a veces de manera muy acertada, pese a que solo atinaban a emplear en sus estudios la palabra y la imagen. Pues bien, en la misma situación está hoy en día el eticista. Si se negase, como Wittgenstein, a explicar los valores bajo el pretexto de que la palabra es una herramienta demasiado indigente para este menester, el eticista se estaría comportando como una partera que, ante la inminencia de un parto en plena calle, y por no disponer de instrumental esterilizado, se negase a dar su auxilio a la parturienta.
La ética se merece más, mucho más que la palabra para ser descrita y asimilada, pero es la palabra lo que tenemos por el momento. No es la mejor herramienta, pero eso no significa que no sea una herramienta. Guardar silencio cuando una oración bien exclamada puede salvar una vida no nos convierte en taoístas, sino en egoístas.


[1] “Todo nuestro razonamiento no es otra cosa que la unión y sustitución de caracteres, ya sean estos caracteres palabras o símbolos o imágenes. [...] si pudiéramos encontrar caracteres o signos apropiados para expresar todos nuestros pensamientos de forma tan precisa y exacta como la aritmética expresa los números o el análisis geométrico expresa las líneas, podríamos llegar en todas las materias susceptibles de razonamiento tan lejos como en aritmética y geometría. Pues todas las investigaciones que dependieran de la razón serían realizadas mediante la transposición de caracteres y por un tipo de cálculo [...]. Y si alguien dudara de mis resultados, yo le diría: «calculemos, Señor», y así, tomando pluma y tintero, podríamos al momento dirimir la cuestión” (Gottfried Leibniz, citado por John Barrow en La trama oculta del universo, p.53).

jueves, 4 de julio de 2019

La opaca claridad de Wittgenstein


Richard Bernstein comenta que es paradójico que un autor que insiste tanto en la claridad escriba una obra tan oscura como el Tractatus.
James G. Colbert Jr., “Aproximación a Wittgenstein”

Cité ayer un pasaje del Tractatus: “Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. De esta sentencia se deduciría que el Tractatus es un escrito llano, y así lo consideraba Wittgenstein, que hablaba de que su libro era “tan claro como un cristal” (RKM, p. 64); pero no parece ser el caso. Bertrand Russell, a quien no podemos acusar de ser una mente obtusa, no lo comprendía. Wittgenstein se lo envió en 1919, y fue para Russell como haber recibido un papiro chino. Wittgenstein, con justa razón, se siente un incomprendido, pero supone que el error está en el lector y no en el escritor:

Hace algunos días te envié mi manuscrito [...]. Nunca hubiera creído que las notas que dicté a Moore en Noruega hace seis años no han dejado absolutamente ningún rastro en ti. [...] La pequeña esperanza que tenía de que mi manuscrito pudiese significar algo para ti se ha desvanecido completamente. [...] Cálidos recuerdos, y no pienses que todo lo que tú no entiendes es mera estupidez (carta a Bertrand Russell del 12/6/1919, citada en RKM, p. 66).

Tampoco Gottlob Frege, el fundador de la lógica moderna, de la lógica matemática y de la filosofía del lenguaje, tenía cabeza suficiente como para descifrar el Tractatus:

Envié también mi manuscrito a Frege. Me escribió hace una semana, y deduzco que no entiende ni una sola palabra. [...] ¡Es MUY DURO no ser comprendido por nadie!

Estoy en correspondencia con Frege. No comprende una sola palabra de mi obra y estoy completamente agotado de dar puras explicaciones (Cartas a Russell del 18/8/1919, y 6/10/1919 citadas en RKM, pp. 68 y 72).

“Todo lo que puede ser dicho, puede ser dicho con claridad”. Pero en lo que decía Wittgenstein no había claridad; luego, no podía ser dicho. O mejor dicho, no debería haber sido dicho. No sé si he sido claro[1].


[1] Cuando Friedrich Waismann rompió relaciones con Wittgenstein acusándolo de haberse “pasado del todo al bando de los oscurantistas” (cf. Wilhelm Baum, Ludwig Wittgenstein, p. 153), no iba muy descaminado.

miércoles, 3 de julio de 2019

La cruzada de Wittgenstein contra el abuso de la lengua


El santo, el iniciado, no solo se aleja de las tentaciones de la acción mundana; se aleja también del habla. Su retiro a la cueva de la montaña o a la celda monástica es el ademán externo de su silencio.
George Steiner, Lenguaje y silencio

Parece que en la Viena de fines del siglo XIX la gente estaba un poco harta de la verbosidad. Wittgenstein no habría sido el iniciador de una corriente contra la charlatanería, sino el sintetizador filosófico de la misma. Ya otros artistas y pensadores austríacos se habían pronunciado en contra de la palabrería huera. El doctor Hugo von Hofmannsthal, un dramaturgo muy conocido en su tiempo, había dicho en 1895:

La gente está cansada de oír hablar. Siente un profundo disgusto con las palabras. Y es que las palabras se han puesto a sí mismas enfrente de las cosas. Estamos prisioneros de un terrible proceso en el cual el pensamiento está completamente ahogado por los conceptos. Casi nadie es capaz en nuestro tiempo de estar seguro de lo que está en su mente, de lo que entiende o no entiende, de decir lo que siente y lo que no siente. Esto ha despertado un amor desesperado por aquellas artes que se llevan a cabo sin recurrir al habla (citado por William Warren Bartley III en Wittgenstein[1], p. 64).

El lenguaje estaba en franca decadencia como medio de comunicar lo más importante, siendo solamente útil para comunicar hechos triviales y teorías científicas: tal era la opinión de Wittgenstein, de Hofmannsthal y de un nutrido grupo de intelectuales vieneses[2]. ¿Era esto realmente así? Para Bartley, la posición de estos autores era desmedida:

Se puede plantear la cuestión de hasta qué punto estaban bien fundadas las preocupaciones de Wittgenstein y Hofmannsthal respecto a la capacidad del lenguaje —especialmente el lenguaje de la moral, de la estética, de la religión y de las emociones. Hasta qué punto eran, más bien, una respuesta exagerada a un período de abuso chapucero y distorsionado del lenguaje que acompañó al traumático cambio social del mundo germanoparlante durante la última parte del siglo XIX y comienzos del XX (ibíd., p. 66).

Yo entiendo, como Bartley, que Wittgenstein tomó la parte por el todo. Un abuso circunstancial de la lengua, ocurrido en las urbes germanoparlantes y en el siglo XIX, le sirvió para esbozar una teoría que supuestamente valdría para todo tiempo y lugar, a saber, que en cuestiones de ética, de arte y de religión es mejor mantenerse callado que hablar.
“Todo el significado del libro —nos dice Wittgenstein desde el prólogo de su Tractatus— puede resumirse en cierto modo en lo siguiente: Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. No voy a ser yo, uno de los mayores adoradores del mutismo lingual en esta Buenos Aires en la que el parloteo es moneda corriente, no voy a ser yo quien desprecie las ventajas y la eminencia de ciertos momentos en los que el silencio se impone, pero hay que decir también que hay silencios y silencios, y que no es lo mismo el silencio de una persona que se queda sin palabras ante un hecho artístico, o ante una belleza natural, o ante un acto heroico, o al haber entendido o concebido una idea genial, o por causa de un estremecimiento religioso, que el silencio de un total ignorante que nada sabe ni sospecha de Dios, del heroísmo, de la verdad y de la belleza. Como dice William Bartley desde la página 62 del libro que estoy citando, “cierto silencio es profundo mientras que otros silencios nacen de tener poco o nada que decir. Wittgenstein no nos da criterio alguno para distinguir un silencio de otro”[3].



[1] De aquí en adelante, este texto aparecerá citado como WB.
[2] Grupo presidido por Karl Kraus y Adolf Loos. Destacábase también Fritz Mauthner, pensador austríaco de gran influencia en Wittgenstein (es uno de los pocos autores que menciona en el Tractatus). Mauthner afirmaba, entre otras cosas, que para conocer las verdades supremas hay que ir más allá del vocabulario escolástico y que esta labor solo podía encararse al modo de los místicos abismáticos. Decía también que el lenguaje servía correctamente para expresar emociones y estados de ánimo, pero que su función cognitiva es muy endeble. A su vez, el trío conformado por Brentano, Mach y Boltzmann, cuya orientación filosófica se basaba en el riguroso método empírico de las ciencias de la naturaleza, limitándose al estricto análisis de los hechos, también tuvo mucho peso en el momento exacto de formación y modelación de la filosofía de Wittgenstein.
[3] Leyendo Las variedades de la experiencia religiosa, Wittgenstein cambió de paradigma. Antes de William James, su anhelo era ser un filósofo; después, su anhelo fue el de ser un santo. Este cambio de miras es de lo más instructivo a la hora de averiguar por qué le tomó tanta inquina Wittgenstein a las palabras. El santo está en el mundo para entregar amor, no para entregar sermones. Nadie le impedirá que hable, pero no es esa su principal función. El problema es que Wittgenstein consideró que la función del filósofo es también como la del santo o algo parecido, lo cual es incorrecto. El filósofo, o el aspirante a tal, tiene por función describir y explicar la realidad (según Wittgenstein, solo describirla), y el medio más a propósito para realizar esto es la palabra. El filósofo puede amar y quedarse callado si lo desea, pero si ama y se queda callado todo el tiempo ya no es un filósofo. Y si habla solamente de lo que Wittgenstein aprueba que se hable tampoco es un filósofo sino un científico, o a lo sumo un epistemólogo. Esta negación al tratamiento discursivo de los problemas filosóficos más acuciantes, esta destrucción de la filosofía de manos de la gramática, continuó después, más radicalizada, con los positivistas lógicos, pero Wittgenstein fue quien abrió la brecha.

martes, 2 de julio de 2019

La charlatanería metafísica de Wittgenstein


“… y siempre que alguien quisiera decir algo de carácter metafísico, demostrarle que no ha dado significado a ciertos signos en sus proposiciones”. Sin embargo, en su Diario filosófico: 1914-1916, entrada del 17/6/1915, puede leerse lo siguiente: “El mundo tiene una estructura fija”. Si esto no es una proposición metafísica, y de las más gaseosas que pudieran existir, yo no sé lo que sea.

lunes, 1 de julio de 2019

¿Qué son los valores para Wittgenstein?


¿Qué son los valores?, Se preguntaba Risieri Frondizi desde el título de su libro más conocido. Ludwig Wittgenstein también se lo preguntó:

¿Es el valor un particular estado anímico? ¿O una forma inherente a ciertos datos de la conciencia? Mi respuesta sería: rechazaré siempre cualquier explicación que se me ofrezca; no tanto porque sea falsa, sino por tratarse de una explicación.

Ninguna explicación de ninguna índole que no esté relacionada con la ciencia tiene valor, y las explicaciones éticas no son la excepción:

Si alguien me dice que algo es una teoría, yo diré: no, no, esto no me interesa. Incluso en el caso de que la teoría fuera verdadera no me interesaría, no sería lo que estoy buscando. Lo ético no se puede enseñar. Si para explicar a otro la esencia de lo ético necesitara una teoría, entonces lo ético no tendría valor. [...] Para mí la teoría carece de valor. Una teoría no me da nada. (Conferencia sobre ética, pp. 48 y 49).

El problema, para Wittgenstein, era el lenguaje gaseoso. Toda explicación que no se circunscribiese a determinados hechos que la ciencia puede verificar está gasificada, es palabrería huera e inútil:

El verdadero método de la filosofía sería propiamente éste: no decir nada, sino aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural --algo, pues, que no tiene nada que ver con la filosofía--; y siempre que alguien quisiera decir algo de carácter metafísico, demostrarle que no ha dado significado a ciertos signos en sus proposiciones. Este método dejaría descontentos a los demás —pues no tendrían el sentimiento de que estábamos enseñándoles filosofía—, pero sería el único estrictamente correcto (Tractatus, 6.53)[1].

En esta concepción de lo que implica la metafísica hay mucho del pragmatismo de William James, a quien Wittgenstein había leído. Erradicar la charlatanería metafísica que Hegel encabeza es misión divina para cualquier pensador, pero si nos disponemos a fumigar la casa para eliminar las cucarachas y como consecuencia eliminamos también al perro, al gato, al canario y al abuelo que dormía en el desván, el plaguicida que utilizamos no es muy recomendable.
La equivocación está en la exageración, en ir más allá de lo que se necesita para revertir un estado de cosas anómalo y absurdo. Tomemos por ejemplo el caso de Freud —quien también había sido leído y admirado por Wittgenstein[2]—. En la Europa del siglo XIX los temas sexuales eran tabú, y una explicación de cualquier morbosidad nerviosa que tuviera relación con el sexo se consideraba inverosímil. Entonces llegó Freud y sacudió el avispero: todas las neurosis tienen origen sexual. Si ya es difícil creer que la represión sexual no tiene nada que ver con las enfermedades nerviosas, mucho más difícil es creer que la totalidad de las enfermedades nerviosas tienen relación con este tipo de represiones o con deseos sexuales infantiles. Se avanza contra un problema, se arremete contra él, con tanta fuerza que probablemente se termina con el problema, pero al precio de crear, de resultas del excesivo envión, un problema nuevo, tal vez más pernicioso que el anterior. Esto mismo es lo que sucedió con Wittgenstein y con su intento de erradicar el lenguaje gaseoso de la filosofía (intento que, dicho sea de paso, no tuvo el éxito que sí tuvo Freud al incluir al sexo como tema prioritario de la psicología).


[1] A propósito de este aserto, escribe Ray Monk: “El propio Tractatus, con sus proposiciones numeradas, se aleja notoriamente de ese método. Insistir en que estas proposiciones no son realmente proposiciones, sino «pseudoproposiciones» o «aclaraciones», es una huida obviamente insatisfactoria de la dificultad central” (Ludwig Wittgenstein, p. 279).
[2] Más tarde lo criticó: “Freud ha hecho un mal servicio con sus seudo-explicaciones fantásticas (precisamente porque son ingeniosas). (Cualquier asno tiene a la mano esas imágenes para «explicar» con su ayuda los síntomas de la enfermedad)” (Ludwig Wittgenstein, Aforismos, p. 108). En una conversación privada, ocurrida en 1945, fue todavía más duro: “El psicoanálisis es una práctica peligrosa y asquerosa, que ha hecho un sinfín de mal, y, comparativamente, muy poco bien” (citado por Norman Malcolm en Recuerdo de Ludwig Wittgenstein, texto incluido en una compilación a cargo de Ricardo Jordana titulada Las filosofías de Ludwig Wittgenstein, p. 55).

domingo, 30 de junio de 2019

¿Nadie le avisa que está repitiendo?


En el ensayo de Enrique Calderón que estoy citando, La filosofía como terapia en Ludwig Wittgenstein, la frase como es sabido se repite treinta y cinco veces. El ensayo consta de ciento setenta páginas, o sea que la muletilla aparece, en promedio, cada cinco páginas. Una vez, incluso, aparece en dos oraciones sucesivas[1]. ¿Nadie le avisa? ¿Él mismo no se da cuenta? Esta es una tesis doctoral presentada ante la Universidad Autónoma de Madrid, no es cualquier monografía que un desconocido podría subir a internet. Pero bueno, así escriben, sin cuidarse demasiado de las formas, muchos de los jóvenes intelectuales de hoy día.


[1] Hay que sumar además otras variantes de la misma expresión, como es conocido, como es archiconocido, como se sabe, que se repiten en nueve ocasiones.

sábado, 29 de junio de 2019

Wittgenstein y el progreso


No creía Wittgenstein en el progreso de las costumbres dentro de las diferentes sociedades:

Si describo la realidad, describo lo que encuentro entre los hombres. La sociología debe describir nuestras acciones y nuestras valoraciones del mismo modo que describe la de los negros; sólo puede narrar aquello que ocurre. Pero en la descripción del sociólogo nunca debe aparecer la proposición: «Esto y aquello constituyen un progreso» (Conferencia sobre ética, p. 49).

O sea que el sociólogo está impedido de decir, por ejemplo, que la costumbre de no comer personas, que priva en la actualidad, constituye un progreso respecto del canibalismo de algunas tribus africanas. Ciertamente que no le compete decir esto a un antropólogo, pero al sociólogo sí le compete. Wittgenstein confunde aquí sociología con antropología.

viernes, 28 de junio de 2019

La dicotomía hecho-valor según Wittgenstein


Los hechos corren por un camino y los valores por otro. Los hechos corren por el camino de la ciencia, y por la ciencia se explican; los valores van por otro lado. Así se expresaría un representante del Círculo de Viena, Rudolf Carnap por ejemplo, que en esto de diferenciar los hechos de los valores se asemejaba a Wittgenstein —aunque Wittgenstein no estuviera de acuerdo con su desprecio de la ética y la religión[1]—. Esta visión de dos mundos contrapuestos, el mundo de los hechos y el mundo de los valores, es bastante más problemática de lo que Carnap y Wittgenstein suponían, y para evidenciar esta problematicidad llega en mi auxilio quien en su momento pensé que era una mujer, pero no, es un hombre, y su nombre es Hilary Putnam:

El argumento de los positivistas-lógicos en favor de una tajante dicotomía hecho/valor era muy simple: los enunciados científicos (fuera de la lógica y de las matemáticas puras), decían ellos, son «verificables empíricamente» y los juicios de valor son «no-verificables». Este argumento sigue teniendo un gran atractivo [...], no obstante que por años los filósofos lo han considerado un argumento muy cándido. Una razón por la cual este resulta cándido es porque supone que efectivamente existe algo parecido a «el método de verificación» para cada enunciado científico con significado, en forma aislada. Pero eso está muy lejos de ser así. Por ejemplo, la teoría de la gravedad de Newton, en su totalidad, no implica, en y por sí misma (es decir, en ausencia de «hipótesis auxiliares» adecuadas), ni predicciones comprobables ni cosa que se le parezca. [...] la idea de que cada enunciado científico posee su propia serie de observaciones confirmatorias y su propia serie de observaciones refutatorias, independientemente de cuáles sean los otros enunciados con los que éste se encuentre relacionado, es un error. Si se dice que aquel enunciado que no tenga en y por sí mismo, por su solo significado, un «método de verificación» carece de significado, entonces ¡la mayor parte de la ciencia teórica resulta carente de significado! (Hilary Putnam, "La objetividad y la distinción ciencia/ética", ensayo incluido en Diánoia, anuario de filosofía de la Universidad Nacional de México, número 34, año 1988).

Hobbes, Spinoza y Locke soñaron con poder tratar a la ética de modo matemático. Leibniz decía que en el futuro, gracias al progreso de la ciencia, se podrían resolver los problemas más difíciles de convivencia sentándose los contrincantes en una mesa y, lápiz en mano, calculando algebraicamente quién de los dos tiene la razón. Este sueño quedó atrás, pero la idea que lo auspiciaba era loable: emparentar los asuntos de la ciencia con los asuntos del espíritu, mostrar que no estaban tan disociados. Después vinieron gente como Wittgenstein y los positivistas lógicos y reabrieron la zanja, pero ya es hora de cerrarla. Porque no es que las cuestiones de la ética se parezcan a las de la ciencia porque puedan resolverse con exactitud matemática, sino que se parecen precisamente por lo contrario: ni la ética ni la ciencia empírica pueden dar fe de que sus enunciados sean ciento por ciento verdaderos.


[1] Consideraba que el positivismo antimetafísico de algunos miembros del Círculo de Viena, en especial el de Carnap, era extremadamente vulgar (cf. William Bartley, Wittgenstein, p. 65).

jueves, 27 de junio de 2019

Wittgenstein y Montaigne


Existe un autor[1] que relaciona la filosofía de Wittgenstein con la de Montaigne, en el sentido de que ambos pensadores no creen que la religión pueda estar apoyada en la razón. Esto es claro, pero yo no le critico a Wittgenstein (ni a Montaigne, por supuesto) esta disociación entre religión y razón, porque a mí también, con ciertas restricciones, me parece correcta; lo que yo le critico es que diga que el discurso religioso en cualquier caso carece de sentido. No es lo mismo afirmar que la creencia en Dios no es racional, que afirmar que todo lo que decimos acerca de Dios, o de lo bueno, carece de sentido. Tampoco Montaigne estaría de acuerdo con esto último[2].


[1] Vicente Raga Rosaleny, “Montaigne, Wittgenstein y el escepticismo”, artículo disponible en internet.
[2] Las proposiciones básicas de la metafísica, sus axiomas, se descubren o se adoptan intuitivamente (dicho esto no en sentido kantiano sino en sentido bergsoniano; no intuición sensible sino intuición intelectual). Por eso digo que no son racionales; pero después, una vez que tenemos armado el conglomerado axiomático, comenzamos a entremezclar las proposiciones y a relacionarlas entre sí, y a verificar si, lógicamente, no se contradicen unas con otras. Este segundo paso del procedimiento metafísico es completamente racional; de ahí que no pueda decirse que la metafísica en general, o que las especulaciones acerca de Dios, del libre albedrío, etcétera, sean completamente irracionales.

miércoles, 26 de junio de 2019

Wittgenstein y los juicios de valor


“Puedo ver perfectamente bien —le escribe Wittgenstein a Bertrand Russell— que tus juicios de valor son tan buenos y tan profundamente arraigados en ti como los míos en mí, y que no tengo ningún derecho a catequizarte” (carta enviada desde Noruega en el invierno de 1914, citada en Cartas a Russell, Keynes y Moore[1], p. 52). No quiere formular proposiciones éticas, pero admite que posee juicios de valor profundamente arraigados. ¿Se contradice? En principio no, porque uno puede tener juicios de valor y llevarlos a la práctica como si fueran propios, pero sin pretender “catequizar”, porque se puede suponer que tales juicios de valor son distintos para cada quien y no hay criterio para hermanarlos. “Al final de mi conferencia sobre ética —dice Wittgenstein— hablé en primera persona. Creo que esto es completamente esencial. Aquí ya no se puede establecer nada más, solo puedo aparecer como personalidad y hablar en primera persona” (Conferencia sobre ética, p. 50). Relativismo ético se llama esto, estar más allá del bien y del mal. Sus juicios de valor lo involucran a él solo, no se considera con derecho a juzgar éticamente a los demás. Esta postura es curiosa pero no es incoherente, lo incoherente es, una vez establecido esto, lanzar juicios de valor a troche y moche, como por ejemplo el que transcribí ayer: “La curiosidad superficial acerca de los últimos descubrimientos de la ciencia es uno de los más bajos deseos de la gente moderna”. Aquí de ningún modo habla en primera persona sino que involucra a todos los hombres, o al menos a la gente moderna. Y veremos más adelante que este tipo de juicios son, en Wittgenstein, moneda corriente, de manera que eso de hablar de ética solamente en primera persona quedó simplemente como una falsa declaración de principios.
Un abogado de Wittgenstein podría decir que lo de tomarse a la ética en primera persona no significaba para él la prohibición de emitir juicios de valor, sino la suposición de que tales juicios no son seguros, de que no está seguro de su veracidad. Como si Wittgenstein dijera, antes de emitir cualquier juicio de valor, “a mí me parece que…”, “yo creo que…”, “puede ser que…”. Pero esto no es hablar en primera persona sino dudar de todo, lo cual es completamente saludable y yo también lo hago, y si no comienzo todos mis juicios de valor con esas palabras es, simplemente, para no cansar al lector. Si lo de hablar sobre ética en primera persona lo dijo en este sentido, Wittgenstein es tan eticista como yo y como el resto de los estudiosos de esta disciplina que no han querido ser dogmáticos. Pero me parece que no es este el sentido de sus palabras, sino el anterior, y que por lo tanto su postura teórica relacionada con la ética se contradice abiertamente con lo que salía de su boca o de su pluma.


[1] De aquí en adelante, este texto aparecerá citado como RKM.