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lunes, 15 de julio de 2019

La religiosidad sin iglesia de Wittgenstein


Para indagar acerca del tipo de religiosidad que propugnaba Wittgenstein, podemos valernos de la siguiente anécdota:

En cierta ocasión, siendo preguntado por un campesino acerca de su religión, Wittgenstein replicó que, aunque no era cristiano, era, no obstante, “evangelista”. El campesino quedó desconcertado, puesto que Wittgenstein puso el énfasis en que con ello no quería decir que era protestante (“evangélico”). Lo que Wittgenstein estaba tratando de decir no se puede determinar con certeza, pero parece que lo que intentaba sugerir era que, aunque sus preocupaciones tenían algo que ver con la salvación del alma y la proclamación de un evangelio, tal cosa no tenía por qué realizarse según la estructura formal cristiana (WB, p. 110).

Esto refuerza mi tesis de que la religiosidad de Wittgenstein estaba muy relacionada con el tolstoismo, pese a que no pueda decirse que Wittgenstein haya aprobado todo lo dicho por Tolstoi en sentido religioso[1].


[1] Un análisis de las discrepancias religiosas entre Wittgenstein y Tolstoi puede leerse en el artículo de Javier Ruiz y Vicente Sanfélix titulado "«Yo te enseñaré diferencias»: Tolstoi y Wittgenstein sobre filosofía y religión", disponible en internet.

domingo, 14 de julio de 2019

La influencia de Tolstoi en Wittgenstein


El temor a la pobreza que prevalece en las clases cultas es la enfermedad moral más grave que padece nuestra civilización.
William James, Las variedades de la experiencia religiosa

Wittgenstein era, antes de la Primera Guerra Mundial, un furibundo detractor del cristianismo, pero luego se alistó en el ejército y, por obra del destino, encontró a Tolstoi…

Durante su primer mes en Galicia [Galitzia], entró en una librería, donde solo pudo encontrar un libro: Resumen del Evangelio, de León Tolstoi. El libro le cautivó. Para él se convirtió en una especie de talismán: lo llevaba allí donde iba, y lo leía con tanta frecuencia que se llegó a saber párrafos de memoria. [...] Durante un tiempo, él —que antes de la guerra había sorprendido a Russell como alguien “más terrible con los cristianos” que el propio Russell— no solo se convirtió en creyente, sino en evangelista, recomendando el Evangelio de Tolstoi a cualquiera que se sintiera afligido. “Si no estás familiarizado con él”, le diría posteriormente a Ficker, “entonces no puedes imaginarte el efecto que puede tener sobre una persona” (Ray Monk, Ludwig Wittgenstein[1], p. 121).

Tolstoi tuvo para mí un efecto parecido —aunque cuando lo encontré ya era yo un convencido cristiano—. Pero yo terminé siendo más parecido a Tolstoi que Wittgenstein, porque este se creyó en serio lo que decía Jesús y abandonó al punto sus riquezas, mientras que nosotros fuimos unos reverendos hipócritas y continuamos disfrutando de nuestra fortuna durante largos años.
No sirve de nada predicar sobre la ética, decía Wittgenstein. Sin embargo, Tolstoi predicó, y Wittgenstein, por esas casualidades del destino, asimiló su prédica, a tal punto que abandonó su vida de lujos y se tornó una especie de místico asceta. ¿No es este hecho incontestable, de por sí, una refutación de este costado de la filosofía del gurú vienés?[2]



[1] De aquí en adelante, este texto aparecerá citado como RM.
[2] “Fue, como si dijéramos, salvado por el verbo”, dice Monk. Salvado por su enemigo, digo yo. Un enemigo tan magnánimo que rescata del vacío existencial a quien lo desprecia.

sábado, 13 de julio de 2019

El voto de pobreza de Wittgenstein


Dios ha llegado. Lo encontré en el tren de las 5.15.
John Maynard Keynes, en una carta que le escribió en enero de 1929 a su mujer para relatarle su encuentro con Ludwig Wittgenstein, que acababa de regresar a Cambridge.

Wittgenstein no se consideraba un dios, pero en cierto momento de su vida barajó la posibilidad de ser un santo[1]. ¿Y qué es lo primero que tiene que hacer una persona que va camino a ese difícil objetivo?
Venía de una de las familias más ricas de Austria. Su padre, el fundador de la industria austríaca del hierro y del metal, fallecido en 1913, le había dejado a él y a sus hermanos una cuantiosa fortuna. En 1919, a su regreso de la Primera Guerra Mundial (se había alistado como voluntario), y asqueado de los horrores de la contienda, se vuelve tolstoiano y hacen eco en él las palabras de Jesús ante la pregunta del joven rico que desea elevarse hacia la santidad: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Después de eso, ven y sígueme” (Mateo, 19.21). Cuando el joven oyó estas palabras —continúa la historia— se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “De cierto os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Una vez más os digo que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de Dios”. Wittgenstein tomó esta recomendación muy en serio, no quiso quedar en la historia como aquel joven rico que no supo comprometerse seriamente con el Evangelio, y entonces ocurrió lo impensado: repartió toda su fortuna entre sus hermanos y se quedó sin un billete. En rigor de verdad, lo que debió hacer, si pretendía seguir las enseñanzas de Jesús, era darles su fortuna a los pobres, no a sus propios hermanos, que ya nadaban en riquezas[2]. Pero este error técnico[3] no invalida el grandioso gesto de Wittgenstein[4], gesto que yo mismo en algún momento pensé imitar cuando heredé los cien mil dólares que por la herencia de mi padre me tocaron, pero que como es de público conocimiento, no tuve los huevos para hacerlo.
Sin embargo, no pierdo las esperanzas de poder armarme de valor algún día y donar toda mi fortuna a los pobres. Y es probable que esa donación no se haga en dinero contante y sonante, sino bajo la forma de libros, de mis libros. Al fin y al cabo, con mi dinero los pobres podrían alimentar solamente sus estómagos, mientras que mis libros tal vez pudiesen servirles de alimento, o de aperitivo, a sus también famélicos espíritus.


[1] En diciembre de 1919 escribió sobre él Bertrand Russell: “Me quedé asombrado cuando descubrí que se había convertido en un místico completo. Lee a autores como Kierkegaard y Angelus Silesius, y considera seriamente la posibilidad de hacerse monje” (citado en RKM, pp. 75-6). “A su amigo Parak le explicó que lo que más le gustaría llegar a ser era sacerdote. Pero como no se sentía con ganas de iniciar unos estudios teológicos que duraban ocho semestres, decidió hacerse maestro de escuela primaria. [...] Wittgenstein subrayó en varias ocasiones que, si él quería hacerse maestro, era para acercar el Evangelio a los niños” (Wilhelm Baum, Ludwig Wittgenstein, p. 106).
[2] "Cuenta un miembro de su familia que causó una conmoción enorme cuando apareció súbitamente una mañana ante sus banqueros para declarar que no quería saber nada de su dinero y que debía ser desposeído de dicho dinero inmediatamente. De acuerdo con sus deseos, sus hermanos y hermanas (con excepción de Margaret) recibieron toda la fortuna en líquido" (WB, p. 49).
[3] Uno de sus biógrafos opina que la decisión de dejarles su fortuna a sus hermanos no fue libre sino forzada por las circunstancias: “Hubo quienes sonrieron [...] cuando se enteraron de que la donación era en favor de la familia del mismo Wittgenstein, pero desde varios puntos de vista era la única solución posible. El dinero no era un montón de oro, sino una porción de un conjunto de propiedades interconectadas y acciones. Un extraño o una institución benéfica no hubieran podido ser accionistas fácilmente” (Brian McGuinness, Wittgenstein. El joven Ludwig (1889-1921), p. 364).
[4] Compárese el desprendimiento de su fortuna con este dato: "Ludwig, el filósofo, puso a disposición del ejército austríaco durante la Primera Guerra Mundial un millón de coronas para que pudiera fabricarse un mortero del calibre treinta" (Wilhelm Baum, Ludwig Wittgenstein, p. 45). La transvaloración no podía ser mayor: de rico y belicoso pasó, en un abrir y cerrar de ojos, a pobre y pacifista.

viernes, 12 de julio de 2019

Wittgenstein y un silencio sospechoso

Pink le preguntó a Wittgenstein si creía que su obra como filósofo, incluso el hecho de que fuera filósofo, tenía algo que ver con su homosexualidad. Lo que estaba aquí implícito era que la obra de Wittgenstein como filósofo podría, en cierto modo, haber sido un dispositivo para ocultar su homosexualidad. Wittgenstein rechazó esa pregunta con cólera: «jDesde luego que no!»
Ray Monk, Ludwig Wittgenstein

¿Podría explicarse la cruzada de Wittgenstein en contra de las explicaciones y de las teorías éticas tomando como referencia sus inclinaciones homosexuales? Esa es la postura de Albert Levi en su ensayo “The Biographical Sources of Wittgenstein's Ethics” (aparecido en la revista Telos de Nueva York, ejemplar de diciembre de 1978). Según Levi, el silencio propugnado por Wittgenstein en cuestiones éticas viene de no querer hablar de este tema, de no ventilarlo en público, por la culpa que sentía y por la vergüenza que sentiría si su entorno y sus lectores se enterasen de que le gustaban los hombres y no las mujeres. “Su filosofía moral —dice Levi— estaba construida, inconscientemente, para protegerse contra la condena moral que podía esperar que provocaran sus inclinaciones”. Su teoría ética es “la sutil estrategia de un orgulloso, aunque culpable, homosexual que se ha colocado a sí mismo, con gran perspicacia y cuidado, más allá del juicio moral de sus congéneres”. Yo no voy a tomar partido por Levi en esta disputa; tengo la sospecha de que la postura de Wittgenstein se debía más a una coyuntura social y cultural de su tiempo y lugar, que venía desprestigiando a la palabra como forma de expresión (véase la entrada del próximo pasado 10 de abril), que a un prurito propio por esconder su homosexualidad. No por esto, sin embargo, voy a menospreciar la información biográfica como fuente aclaratoria de las ideas que tal o cual pensador ha esbozado. Antes al contrario, llevo siempre como estandarte, al incursionar en terreno investigativo, las palabras que José Ingenieros escribió en su estudio sobre Emilio Boutrox y la filosofía francesa (pp. 106-7): “Las ideas de un filósofo no se comprenden leyendo y releyendo sus libros si a ello no se agrega el estudio [...] de las circunstancias personales en que fueron escritas”.

jueves, 11 de julio de 2019

Filosofía y cobardía


Wittgenstein se alistó como voluntario en la Primera Guerra Mundial con el objetivo de mejorar su discernimiento. Pensaba dedicarse seriamente a la filosofía —o a lo que él consideraba filosofía después de quitarle todo aquello de lo que no se puede hablar—, y para poder pensar con altura era menester liberarse de la cobardía: “El motivo fundamental por el que va voluntario a la guerra en 1914 es el de hacerse un hombre, porque [...] solo un «hombre» (una persona de una pieza, una personalidad ética) puede pensar en serio” (Isidoro Reguera, El feliz absurdo de la ética, p. 35). ¿Es verdad esto? No necesariamente. Arthur Schopenhauer, por ejemplo, era bastante pusilánime, y pese a ello elaboró una filosofía de muy alta enjundia, y los ejemplos abundan, porque por lo general los grandes pensadores no han sido personas activas, ni mucho menos militaristas y temerarias, sino más bien lo contrario. De todos modos, la valentía es una virtud, y como todas las virtudes están, como las columnas de un edificio, encadenadas por lo bajo, concuerdo con Wittgenstein: entre dos individuos de igual claridad mental, piensa mejor el más valiente.

miércoles, 10 de julio de 2019

Wittgenstein, entre la ingeniería y la filosofía


Wittgenstein había estudiado ingeniería en Berlín y se había inscrito en la Universidad de Manchester, en donde estaba dispuesto a seguir la especialización de ingeniería aeronáutica. Pero luego leyó algunos libros filosóficos —Schopenhauer fue decisivo— y se despertó su interés por esta rama del conocimiento. En 1911 visitó a Frege y este le recomendó estudiar con Russell en Cambridge. Wittgenstein siguió el consejo y pasó tres períodos de estudio en el Trinity College entre 1912 y 1913. Sin embargo, su vocación todavía no estaba definida, y para afianzarla fue decisiva la opinión de Russell:

Al final de su primer período de estudio en Cambridge se me acercó y me dijo: “¿Sería usted tan amable de decirme si soy un completo idiota o no?” Yo le repliqué: “Mi querido compañero de college, no lo sé. ¿Por qué me lo pregunta?” Él me dijo: “Porque si soy un completo idiota me haré ingeniero aeronáutico; pero, si no lo soy, me haré filósofo”. Le dije que me escribiera algo durante las vacaciones sobre algún tema filosófico y que entonces le diría si era un completo idiota o no. Al comienzo del siguiente período lectivo me trajo el cumplimiento de esta sugerencia. Después de leer solo una frase, le dije: “No. Usted no debe hacerse ingeniero aeronáutico” (Bertrand Russell, Retratos de memoria y otros ensayos, pp. 26-7).

Nunca son decentes las mentiras, pero si Russell le hubiese mentido diciéndole que era un completo idiota, Wittgenstein se habría hecho ingeniero aeronáutico y la filosofía se habría ahorrado unos cuantos malentendidos.

martes, 9 de julio de 2019

La filosofía como ortografía del pensamiento


Nada es más común a los filósofos que usurpar los dominios de los gramáticos y meterse en disputas de palabras, mientras imaginan que están tratando cuestiones de más profundo interés e importancia.
 David Hume, Investigaciones sobre los principios de la moral, cuarto apéndice.

Escribe Wittgenstein alrededor de 1945:

Pudiera pensarse: si la filosofía habla del uso de la palabra «filosofía», entonces tiene que haber una filosofía de segundo orden. Pero no es así; sino que el caso se corresponde con el de la ortografía, que también tiene que ver con la palabra «ortografía» sin ser entonces de segundo orden (Investigaciones filosóficas, § 121).

Para Enrique Calderón, estas palabras constituyen algo así como una revelación religiosa:

Me parece que este fragmento contiene una observación genial [...] porque me sugiere la idea de que la filosofía sea la ortografía del pensamiento pues corrige los malos usos del lenguaje, es decir, el mal juego de los modos de expresión del mismo (La filosofía como terapia en Ludwig Wittgenstein, p. 156).

La filosofía, dice Calderón, solo puede utilizarse para corregir los malos modos de expresión del lenguaje. Ya estoy llegando al final de su ensayo, y he padecido grandemente su sintaxis, y entonces me pregunto: ¿por qué no utilizó Calderón la filosofía para mejorarla?
Por lo demás, esta manera de ver la filosofía hizo estragos, y los continúa, en el ambiente académico de habla inglesa, y el hecho de que los profesores de filosofía hayan publicitado esta postura frente a sus alumnos constituye una de las causas principales de la actual esterilidad filosófica de aquellas tierras. Como dijo la norteamericana (por elección) Ayn rand: "La mayor parte de los departamentos de filosofía actuales están dominados por el análisis lingüístico (el producto frustrado de una cruza entre la filosofía y la gramática, cuya descendencia es menos viable que la de una mula)" (Filosofía: ¿quién la necesita?, p. 348).

lunes, 8 de julio de 2019

Wittgenstein y la irracionalidad de la praxis ética


Para Wittgenstein, comenta Enrique Calderón,

un acto heroico no debe ser la copia de un estado mental ejemplar que tenía en mente un héroe o una heroína antes de llevar a cabo su acción: pudo muy bien ser espontánea, sin calcular las consecuencias, sin buscar el reconocimiento o la fama etc. Es decir, no se necesitan mapas o guías mentales para dirigir toda la praxis, parecería afirmar Wittgenstein (La filosofía como terapia en Ludwig Wittgenstein, p. 88).

Aquí estoy de acuerdo con Wittgenstein, porque habla de la praxis ética, no de la teoría. El accionar ético más elevado no sabe de razones, no necesita mapas o guías. Sí los necesita, y en buena cantidad, el teórico de la ética, el que tiene la misión de explicar por qué aquel accionar ejecutado espontáneamente puede considerarse bueno.

domingo, 7 de julio de 2019

Wittgenstein y las proposiciones metafísicas


Wittgenstein utiliza una proposición extrañísima: "Si algo sucede, es indudable que puede suceder", para graficar la verbosidad inútil del lenguaje filosófico. “Suena —dice— como si tuviese algún significado muy claro y profundo, pero, como la mayor parte de las proposiciones filosóficas, carece de sentido, excepto en casos muy especiales” (Los cuadernos azul y marrón, p. 155). Esa proposición, por muy hegeliana que suene, no pisa suelo metafísico, es apenas una burda tautología. Tomando en consideración este tipo de juicios, perdiendo el tiempo con ellos en lugar de analizar proposiciones metafísicas enjundiosas (del tipo “los espíritus de los seres animados operan teleológicamente”, por poner un ejemplo), es evidente que llegará a la conclusión de que la metafísica es pura cháchara.

sábado, 6 de julio de 2019

El señorío de la palabra

El lenguaje matemático ganó mucho terreno en las ciencias duras como la física, la química y la astronomía, mientras que en ciencias intermedias —ni tan duras ni tan blandas— se abre paso con lentitud. Consideremos, con George Steiner, la economía:

Los clásicos, Adam Smith, Ricardo, Malthus, Marshall, eran maestros de la prosa. Se apoyaban en el lenguaje para explicar y para convencer. A finales del siglo XIX empezó el desarrollo de la economía matemática. Keynes fue quizá el último en abarcar las ramas humanista y matemática de esa ciencia. Al comentar las aportaciones de Ramsey al pensamiento económico, Keynes indicaba que algunas de ellas, si bien de notable importancia, recurrían a unas matemáticas demasiado complejas para el lego o para el economista clásico. Hoy, el abismo se ha ampliado de manera impresionante; la econometría se está apoderando de la economía. [...] El alfabeto de la economía moderna ya no consta primordialmente de palabras, sino de cuadros, de gráficos, de cifras. El pensamiento económico más vigoroso del presente emplea los instrumentos analíticos y predictivos forjados en el análisis funcional de las matemáticas del siglo XIX (Lenguaje y silencio, pp. 35-6).

Steiner saluda este cambio de paradigma de la economía, porque la torna más predictiva, pero no muestra el mismo entusiasmo con otras ramas más maleables del saber que intentan matematizarse, como por ejemplo la historia:

Las ambiciones de rigor científico y predictivo han desviado gran parte de la escritura histórica de su verdadera naturaleza, que es el arte. Mucho de lo que hoy se presenta como historia es apenas legible. [...] Las ilusiones de la ciencia y las modas académicas tienden a transformar al historiador joven en un topo escurridizo y macilento que roe las minucias de un hecho o una cifra. Vive de la nota al pie de página y escribe monografías en un estilo lo menos literario posible, a fin de demostrar el alcance científico de su oficio. Uno de los pocos historiadores contemporáneos dispuestos a defender francamente la naturaleza poética de toda reflexión histórica es C. V. Wedgwood. Reconoce sin titubeos que cualquier estilo introduce la posibilidad de distorsión: «No hay ningún estilo literario que en un momento determinado no pueda divergir del contorno verificable de la verdad, cuya excavación y reconstrucción constituyen la tarea del investigador». Pero cuando esa excavación prescinde completamente del estilo o abriga la ilusión de una exactitud imparcial, entonces solo arroja luz sobre un puñado de polvo (ibíd., p. 35).


Y ni que hablar de los estragos que puede causar este intento —que se reduce a burda intentona— de tornar más precisa una ciencia si se lo extiende a la sociología:

Las tentaciones de las ciencias exactas aparecen de manera más flagrante en la sociología. Buena parte de la sociología actual es aliteraria o, más exactamente, antiliteraria. Está concebida en una jerga de vehemente oscuridad. Siempre que es posible, la palabra y la gramática del significado literario se sustituyen por el cuadro estadístico, la curva o el gráfico. Cuando tiene que ser verbal, la sociología pide prestado cuanto puede al vocabulario de las ciencias exactas. Puede hacerse una lista fascinante con tales préstamos. Consideremos solo los más destacados: normas, grupos, dispersión, integración, función, coordenadas. Todos tienen un contexto específico matemático o técnico. Fuera de ese contexto y metidas a iuro en un marco extraño, tales expresiones se vuelven borrosas y fatuas. Como esclavos amotinados, sirven mal a sus nuevos amos (p. 36).

Me viene a la mente, ante estas palabras de Steiner, aquel magnífico libro, desenmascarador como pocos de la charlatanería sociológica que se viste de ciencia exacta para impresionar a los imprudentes lectores: las Imposturas intelectuales de Alan Sokal y Jean Bricmont.
Llegamos por fin a nuestro suelo favorito, la filosofía, y al primer pensador filosófico que se dejó tentar por ese signo de su tiempo:

 La Etica representa el impacto formidable de las nuevas matemáticas en un temperamento filosófico. Spinoza percibía en las matemáticas ese rigor de la afirmación, esa consistencia y esa majestuosa confianza en el resultado que son la esperanza de toda metafísica. Ni siquiera la más rígida de las demostraciones escolásticas, con su cortejo de silogismos y de lemas, podía compararse con ese paso de axioma a demostración y a concepto nuevo que hay en la geometría euclidiana y analítica. Con una ingenuidad soberbia, Spinoza quería convertir el lenguaje de la filosofía en una matemática verbal. De ahí la organización de la Etica en axiomas, definiciones, demostraciones y corolarios. [...] Es un libro extraño, arrebatador, tan diáfano como las lentes que Spinoza pulía para ganarse la vida. Pero no produce nada, como no sea una imagen complementaria de sí mismo. Es una laboriosa tautología. A diferencia de los números, las palabras no contienen en sí mismas operaciones funcionales. Sumadas o divididas solo dan otras palabras, otras aproximaciones a su propia significación. Las demostraciones de Spinoza solo afirman; no pueden aportar pruebas (pp. 36-7).

Su intento estaba destinado al fracaso. La ecuación de la felicidad humana, y la del bien y la del mal, existen, pero necesitaríamos millones y millones de hojas de papel para escribir tanto signo y tanta cifra.
Existen ramas del saber en las que la palabra, con justa razón, se bate en retirada. En otras la palabra resiste, porque presiente que ahí está su casa, al menos por el momento. En la indagación histórica, en la moral, en las ciencias sociales —dice Steiner— la palabra debiera mantener su señorío. Si hasta las leyes de Newton necesitan ser pronunciadas, ¿cómo vamos a entregarnos al silencio ante alguna explicación que involucre algún valor más encumbrado?