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viernes, 4 de enero de 2019

¿Para cuando mi quijotismo?


A mis cincuenta años comenzará mi quijotismo, dije alguna vez. Ahora ya tengo cincuenta años, ¿y dónde está el quijotismo?
Tal vez este encierro casero sea la preparación: Alonso Quijano, antes de convertirse en el Quijote, se dedicó a leer…

viernes, 28 de septiembre de 2018

El amante visual


Platón pretendía que el filósofo fuese un amante de almas y no de cuerpos; Bernardo Soares va más allá: ni almas ni cuerpos, simplemente imágenes:

Tengo del amor profundo y de su uso provechoso un concepto superficial y decorativo. Estoy sujeto a pasiones visuales. [...]
No me acuerdo de haber amado sino el «cuadro» de alguien, lo puro exterior —en que el alma no entra más que para hacer ese exterior animado y vivo y, así, diferente de los cuadros que hacen los pintores—.
Amo así: fijo, por bella, atrayente o, de otro modo cualquiera, amable, una figura de mujer o de hombre —donde no hay deseo no hay preferencia de sexo— y esa figura me obceca, me cautiva, se apodera de mí. Sin embargo, no quiero más que verla [...].
Amo con la mirada, y no con la fantasía. Porque nada fantaseo de esa figura que me cautiva. No me imagino unido a ella de otra manera [...]. No me interesa saber qué es, qué hace, qué piensa la criatura que me da, para que lo vea, su aspecto exterior.
La inmensa serie de personas y de cosas que forma el mundo es para mí una galería interminable de cuadros, cuyo interior no me interesa. No me interesa porque el alma es monótona y siempre la misma en todo el mundo; diferentes apenas sus manifestaciones personales, y lo mejor de ella es lo que transborda hacia el sueño, hacia las maneras, hacia los gestos, y así entra en el cuadro que me cautiva [...].
Así vivo, en visión pura, el exterior animado de las cosas y de los seres, indiferente, como un dios de otro mundo, al contenido: espíritu de ellos. Profundizo el ser propio en su extensión, y cuando anhelo la profundidad, es en mí y en mi concepto de las cosas donde la busco (LDD, § 245, “El amante visual”).

Don Quijote amaba en Dulcinea no lo que Dulcinea era, sino lo que él soñaba que era. Por eso no necesitaba verla y sentirla para amarla, antes al contrario, hacía (inconscientemente) todo lo posible para no acercársele, porque el real espíritu de Dulcinea, si se le acercaba, le opacaría ese espíritu ideal que él le imaginaba. Tal vez esta manera de amar de los Quijotes y los Soares sea todavía más sublime que el amor platónico.

lunes, 10 de octubre de 2011

Lo que implica ser comerciante

Hace cinco años, justo antes de comenzar mi último gran viaje, escribí, perfectamente consciente de las implicancias de lo que decía, esta contundente ritma:

VENDER O NO VENDER

"Un usurero late en el fondo de todo comerciante".
León Bloy, La sangre del pobre

Quiero ganarme la vida sin que este tráfago impida
mi desarrollo ideológico y su consecuencia práctica.
Si quiero ser moralista debo tachar de la lista
la tarea que revista contradicción a esta táctica.

Seré pintor, jornalero, lustrabotas, cartonero...;
tal vez pediré limosna, ¡pero nunca comerciante!
Mi espíritu desbarranca cuando le hablan de la banca,
mi pensamiento se estanca con este rol denigrante.

Quede aquí bien asentado que, de acuerdo con lo actuado,
no estaré al mando de nada que se parezca a una tienda.
Si me aparto de este punto se pondrá feo el asunto
y seré en vida un difunto que entra en cualquier componenda.

Pues bien: ya soy ese difunto que entra en cualquier componenda, ya soy un hecho y derecho comerciante. Y ¿qué otra alternativa tengo? Tengo una: patear el tablero, cortarme solo y aislarme de todo lo que se llama sociedad. Así, se abrirían dos posibilidades: volverme beato o volverme neurótico, para luego, posiblemente, volverme santo o volverme loco respectivamente. Pero aún no estoy dispuesto a arriesgarme a tentar la locura, y creo que tampoco a tentar la santidad. Seguiré siendo un hipócrita mediocre por algún tiempo más, un hipócrita y cuerdo mediocre que pisotea todos sus valores en teoría postulados. ¿Y hasta cuándo? Hasta que reviente. El problema es que tal vez reviente de viejo… Tolstoi recién intentó abandonar la hipocresía a los 82 años; ¿tendré que esperar 40 años más para ser consecuente con lo que pienso? Es mucho… Pero volverme loco…, loco de tristeza y soledad, loco como Nietzsche, loco como Van Gogh… no es tampoco un panorama alentador…
¿A qué altura de su vida se decidió Alonso Quijano a convertirse en el Quijote? Era ya un cincuentón, si mal no recuerdo. ¡Está hecho!: a mis cincuenta años comenzará mi quijotismo.