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martes, 21 de enero de 2014

Contribuciones del método científico al problema de la ética (segunda y última parte)

Termino de glosar el ensayo de Poincaré intitulado "La moral y la ciencia".
¿Puede la moral ser tratada científicamente? Poincaré responde que sí:
 
No hay ningún fenómeno que no pueda ser objeto de las ciencias, puesto que no hay ninguno que no pueda ser observado. Los fenómenos morales no se sustraen a ello más que los otros. El naturalista estudia las sociedades de las hormigas y de las abejas, y lo hace con serenidad; del mismo modo, el sabio trata de juzgar a los hombres como si no fuera un hombre; se coloca en el lugar de un imaginario lejano habitante de Sirio para quien las ciudades terrestres no serían más que hormigueros (Últimos pensamientos, pp. 156-7).
 
Esta "ciencia de las costumbres"
 
será primero puramente descriptiva; nos hará conocer las costumbres de los hombres y nos dirá lo que ellas son, sin hablarnos de lo que deberían ser. Después será comparativa; nos paseará por el espacio para hacernos comparar las costumbres de los diferentes pueblos, las del salvaje y las del hombre civilizado; y también por el tiempo para hacernos comparar las de ayer con las de hoy. Finalmente, tratará de volverse explicativa. He ahí la evolución natural de toda ciencia.
 
Estas investigaciones de campo nos permitirán llegar a la conclusión de que todas y cada una de las sociedades que han perdurado en el tiempo mantuvieron algún tipo de ley moral interna, y la explicación de este fenómeno la encuentra Poincaré dentro de la hipótesis darwinista: la selección natural --dice-- hace desaparecer, a la corta o a la larga, a cualquier pueblo que haya pretendido sustraerse a los influjos de un código básico de comportamiento. Lo que esta ciencia de las costumbres no puede hacer, dice Poincaré, es aseverar cuál de estos pueblos posee una ley moral más apropiada, más ética, que la ley moral de sus vecinos espaciales o temporales[1]. No es, pues, una moral esta ciencia descriptiva, comparativa y explicativa, "ni lo será nunca; no puede remplazar a la moral, del mismo modo que un tratado de fisiología de la digestión no puede remplazar a una buena comida". No es una moral, pero puede suministrarnos algunos indicios, a nosotros los eticistas, a la hora de ir en busca de aquella moral "perfecta", aquella que se ajuste más de lleno a lo que la ética universal dictamina.
Termina Poincaré su alegato en favor de una colaboración o interrelación entre la moral y la ciencia con una especie de dilema:
 
La ciencia es determinista y lo es a priori; postula el determinismo porque no podría existir sin él. También lo es a posteriori. Y, si ha comenzado por postularlo, como una condición indispensable de su existencia, enseguida lo demuestra precisamente existiendo, y cada una de sus conquistas es una victoria del determinismo.
 
Coincido con Poincaré: la ciencia es determinista a priori. Albert Einstein opinaba igual; y cuando parecía --mecánica cuántica de por medio-- tambalear este postulado, supo decir el genial judío que si tuviese que abandonar su convicción acerca de la estricta causalidad que rige todos los sucesos, "preferiría ser zapatero, incluso ser empleado en un garito, antes que ser físico"[2]. Y es este determinismo científico lo que preocupaba a Poincaré, porque asumía, tal como lo asumieron y lo asumen prácticamente todos los moralistas occidentales a partir de Kant, que la ética necesita del libre albedrío para bien desarrollarse:
 
La ciencia, con razón o sin ella, es determinista; en todas partes donde penetra, hace entrar al determinismo. Mientras se trate de física, o aun de biología, eso importa poco; el dominio de la conciencia permanece inviolado. ¿Qué ocurrirá el día en que la moral se convierta a su vez en el objeto de la ciencia? Se impregnará necesariamente de determinismo y eso, sin duda, será su ruina (ibíd., p. 158).
 
Sin duda --afirma Poincaré--, el determinismo es la ruina de la moral. ¿Sin duda? Comienza Poincaré reafirmando el dogma, el dogma kantiano que tiene, me parece, mucho más de invención que de descubrimiento, para luego, como buen epistemólogo que era, comenzar a dubitar. Después de todo, es posible que el determinismo no sea "el cuco de la ética", tal como nos lo han pintado:
 
Si un día la moral debe ajustarse al determinismo, ¿podrá adaptarse sin morir? Indudablemente, una revolución metafísica tan profunda tendría mucho menos influencia de lo que se piensa sobre las costumbres. Se sobrentiende que la represión penal no está en discusión; lo que se llamaba crimen o castigo, se llamará enfermedad o profilaxis; pero la sociedad conservará intacto su derecho que no es el de castigar, sino simplemente el de defenderse. Lo más grave es que las ideas de mérito y demérito deberían desaparecer o transformarse. Pero se continuaría amando al hombre de bien, como se ama a todo lo bello; ya no se tendría el derecho de odiar al hombre vicioso que solo inspiraría repugnancia; pero ¿es muy necesario esto? Es suficiente que no deje de odiarse al vicio (pp. 158-9).
 
¡En la tecla, Enrique! Ya no se odiaría al hombre vicioso, simplemente se odiaría al vicio. Y se continuaría amando al hombre de bien, "como se ama a todo lo bello". Es decir, desaparecería el odio hacia los hombres, conservándose el amor al hombre de bien. Acierta también al caracterizar a este cambio de paradigma como una "revolución metafísica", porque será, sin duda, la revolución metafísica más grande que pueda producirse dentro de una teoría filosófica; y también acierta cuando entiende que tal revolución, en el quehacer cotidiano del hombre común, no tendrá gran influencia, porque cuando el hombre actúa en un sentido ético o inético no se anda preguntando si con sus actos o sus acciones modifica o no modifica el destino del universo, o abre una puerta a un universo paralelo que no estaba contemplado en el plan divino: actúa y ya; y si se pregunta estas cosas, en todo caso se las pregunta después de actuar y no antes.
 
Todo marcharía como en el pasado; el instinto es más fuerte que todas las metafísicas, y aun cuando se lo hubiera demostrado, aun cuando se conociera el secreto de su fuerza, su poder no se habría debilitado. ¿Acaso la gravitación es menos irresistible después de Newton? Las fuerzas morales que nos conducen seguirán haciéndolo.
 
Y la idea, el pensamiento de que somos libres mientras actuamos, no desaparecerá, precisamente porque mientras actuamos no filosofamos. Nuestras acciones, en el momento de ejecutarlas, siempre se nos aparecerán como libres y está muy bien que así sea.
 
Si la misma idea de libertad es una fuerza, como lo dijo Fouillée, esta fuerza apenas sería disminuida si los sabios demostrasen alguna vez que solo descansa sobre una ilusión. Esta ilusión es demasiado tenaz para ser disipada por algunos razonamientos. Aun por mucho tiempo, el determinista más intransigente continuaría diciendo en la conversación cotidiana: «Yo quiero», y aun «Yo debo»; hasta llegaría a pensarlo con la parte más potente de su alma, la que no es consciente ni razona. Es tan imposible dejar de actuar como un hombre libre cuando se actúa, como no razonar como un determinista cuando se trabaja en la ciencia.
 
Brillante. Solo con argumentos como estos, plenos de sentido (no tanto de sentido común pero sí de sentido) y cargados de la más fina psicología, podrá derribarse desde la base aquel dogma que relaciona de manera necesaria a la ética con la libre voluntad o el libre albedrío. El "fantasma" del determinismo
 
no es, pues, tan temible como se dice, y quizás haya también otras razones para no temerle; es posible que en lo absoluto todo se concilie y que a una inteligencia absoluta, las dos actitudes, la del hombre que actúa como si fuera libre y la del hombre que piensa como si la libertad no existiera en ninguna parte, parezcan igualmente legítimas (pp. 159-60).
 
Lo que Kant ha unido --la ética y el derecho penal--, ¡que los hombres lo separen! La escisión más profunda de la metafísica contemporánea... ha comenzado.



[1] Esta descripción y comparación entre las diferentes leyes morales propugnadas por las diferentes sociedades, este comprender que los códigos de conducta puede ser muy disímiles entre unos y otros pueblos, no tiene por qué llevarnos a la aceptación del relativismo ético en un sentido epistemológico (ver al respecto mis anotaciones del 7/8/8).
[2] Citado por Ilya Prigogine en El fin de las certidumbres, p. 209.

domingo, 12 de enero de 2014

Contribuciones del método científico al problema de la ética (primera parte)

Una nueva contribución al problema de si la ética debe tratarse o no como una ciencia, o si la ciencia tiene algo que aportar dentro del ámbito de la ética.
¿Es una vana ilusión la idea de una ética demostrada "matemáticamente", tal como la propusieron Hobbes, Locke, Spinoza y algunos otros pensadores posteriores? Henri Poincaré responde que sí, que es una ilusión, porque en cuestiones de ética lo que prima no es la razón sino el sentimiento:
 
Toda moral dogmática, toda moral demostrativa, están destinadas de antemano a un fracaso seguro; ocurre como con una máquina que tuviese transmisiones de movimientos y careciera de energía motriz. El motor moral, el que puede poner en movimiento a todo ese aparato de bielas y engranajes, no puede ser sino un sentimiento. No se nos puede demostrar que debemos sentir piedad por los desgraciados; pero póngasenos en presencia de miserias inmerecidas, espectáculo ¡ay! demasiado frecuente, y experimentaremos un sentimiento de rebeldía; nacerá en nosotros una energía indefinible que no escuchará ningún razonamiento y nos arrastrará irresistiblemente y a pesar nuestro (Últimos pensamientos, capítulo VIII, "La moral y la ciencia").
 
Yo estoy en general de acuerdo con este aserto, pero acotaría que no son los sentimientos per se los que movilizan nuestras energías éticas, sino la percepción axiológica, la percepción de algún valor a cumplimentar --percepción que necesariamente llega acompañada de sentimientos. Y además debo aclarar que esta inincumbencia de la razón en las "ligas mayores" de la ética es atinada siempre cuando se hable de lo que yo llamo la parte práctica de la ética, es decir, los actos y las acciones. En cuanto a la parte teórica de la ética, es decir, a la indagación acerca de lo que es bueno y lo que es malo, aquí sí juzgo pertinente y necesario el concurso de la razón y la experiencia.
Este desdén por las demostraciones en cuestiones de moral podría inducir a creer que Poincaré desestima las contribuciones que la ciencia puede aportar en esta materia, pero esto no es tan así. Si bien entiende que "la ciencia no puede [...] crear por sí sola una moral", sugiere que la ciencia, o más bien la habituación al procedimiento científico, puede ejercer una "acción indirecta" que permita ampliar las perspectivas éticas del individuo. Fiel a su emotivismo, opina que si la ciencia no puede ayudarnos demasiado en estas cuestiones, lo que sí puede ayudarnos es el amor a la ciencia y lo que este amor implica dentro del espíritu del científico. La ciencia, dice,
 
nos pone en relación constante con algo más grande que nosotros; nos ofrece un espectáculo siempre renovado y cada vez más amplio. Detrás que lo que nos muestra de grande, nos hace adivinar algo más grandioso todavía. Este espectáculo nos causa placer, pero un placer moralmente sano, porque por él nos olvidamos de nosotros mismos.
 
El amor a la ciencia es desinteresado, lo mismo que tiene que ser desinteresado el accionar ético en asuntos trascendentes. Luego --razona Poincaré--, si nos habituamos a olvidarnos de nosotros mismos para adentrarnos en los laberintos de la ciencia, a la larga seguramente nos desinteresaremos de nosotros mismos para auxiliar a nuestro entorno:
 
Quien haya apreciado o haya observado, aunque sea de lejos, la espléndida armonía de las leyes naturales, estará mejor dispuesto para despreciar sus pequeños intereses egoístas; tendrá un ideal que preferirá a sí mismo. Ese es el único terreno en que se puede construir una moral. Por este ideal, trabajará sin escatimar esfuerzos y sin esperar ninguna de esas groseras recompensas que son esenciales para ciertos hombres. Cuando haya adquirido así el hábito del desinterés, este hábito lo acompañará por doquier; su vida entera quedará como perfumada por él.
 
Y viene aquí lo más interesante, lo más ambicioso de esta comparación entre el científico y el santo, y es su amor incondicionado y reverente hacia la verdad. Porque al científico
 
la pasión que lo inspira es el amor a la verdad; un amor así, ¿no es toda una moral? ¿Hay algo más importante que combatir la mentira, ya que es uno de los vicios más frecuentes en el hombre primitivo y uno de los más degradantes? Y bien, cuando hayamos adquirido el hábito de los métodos científicos, de su escrupulosa exactitud, y sintamos horror por toda modificación hecha a la experiencia; cuando estemos acostumbrados a tener como el mayor deshonor, el reproche por haber alterado un poco, aun inocentemente, nuestros resultados; cuando eso se haya convertido para nosotros en un hábito profesional indeleble, en una segunda naturaleza, ¿no mostraremos en todas nuestras acciones esa preocupación por la sinceridad absoluta, hasta el punto de no explicarnos más por qué otros hombres son impulsados a mentir? ¿Y no es éste el mejor medio para adquirir la más rara y difícil de todas las sinceridades, la que consiste en no engañarse a sí mismo?
 
Lamentablemente, los científicos al estilo Poincaré, que andan en busca de la verdad y solo de la verdad, me parece que ya van escaseando, siendo remplazados por aquellos científicos que solo buscan respaldar las ideas, los proyectos y las economías del patrocinador de turno. Pero es ésta una cuestión puramente tangencial y a la moda, que no conmueve en su base la analogía y la deducción que Poincaré nos regala: aquel que se acostumbra a no mentir dentro de su ámbito y profesión, a tenerle asco a la mentira y al falseamiento de datos, a la larga terminará por aborrecer a la mentira en todo ámbito y en toda circunstancia. Aristóteles, con su ideal del virtuosismo por acostumbramiento, estaría de acuerdo.
Pero lo más interesante de la reflexión poincareneana se deja ver en la última pregunta que nos desliza, sugiriendo, ya sin ninguna base científica, ni lógica ni experimental, por una pura y maravillosa corazonada metafísica, que el hecho de aborrecer la mentira y de decir siempre y en toda circunstancia la verdad conspira para que se vaya corriendo, de delante de nuestros ojos, ese velo de Maya que ofusca nuestro entendimiento en todos los órdenes, no solo ante los problemas de la ética, y que no nos permite pensar y vivir como piensan los sabios y como viven los santos --si es que existen los sabios o los santos en estas épocas y en estas latitudes. Y aquí coincide, en esta aseveración que, repito, es más bien metafísica que no lógica o empírica (al menos hasta que se haga una completa --y muy difícil de implementar-- investigación de campo a este respecto), aquí coincide con Poincaré un pensador contemporáneo suyo que también supo ver esta verdad, o esto que a nosotros tres nos parece ser verdad:
 
Eso que llamamos realidad, verdad objetiva o lógica, no es sino el premio concedido a la sinceridad, a la veracidad. Para quien fuese absolutamente y siempre veraz y sincero, la Naturaleza no tendría secreto alguno. ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios! Y la limpieza de corazón es la veracidad, y la verdad es Dios (Miguel de Unamuno, Soledad, pág. 161, ensayo titulado “¿Qué es verdad?”).
 
¡Decid la verdad siempre, tu propia y subjetiva verdad, y la verdad objetiva, la verdad científica o epistemológica, y hasta la verdad ética, todas estas verdades danzarán en corro alrededor de ti, y no tendrás más que extender la mano para acariciarlas! Y serás más sabio desde luego, porque te atosigarás de verdades, pero también serás más santo, porque la veracidad, el ser veraz, forja, a través de misteriosos procedimientos, generosidad y buen proceder:

Dejad la reforma de todo vicio, de toda flaqueza; humillaos al azote de la soberbia, de la ira, de la envidia, de la gula, de la lujuria, de la avaricia; pero proponeos no mentir nunca ni por comisión ni por omisión; proponeos no sólo no decir mentiras, sino tampoco callar verdades; proponeos decir la verdad siempre y en cada caso, pero sobre todo cuando más os perjudique y cuando más inoportuno lo crean los prudentes, según el mundo: hacedlo así y estaréis salvos, y todos esos pecados capitales no podrán hacer mella en vuestras almas. [...] Abrigo la fe de que todos, absolutamente todos los males que creemos son la causa de nuestras miserias, [...] todos desaparecerían si fuéramos veraces" (Miguel de Unamuno, ibíd., pp. 154 y 162).
 

No es pequeño, pues, el aporte que la ciencia, o el amor a la ciencia, puede ofrecer a la ética y a la humanidad --siempre y cuando todavía creamos, como creyeron desde siempre los grandes científicos, no contaminados de posmodernismo, que la verdad existe y puede, si no tocarse, al menos perseguirse y arrinconarse. El amor a la verdad y el asco a la mentira lo es todo, literalmente todo.