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jueves, 5 de julio de 2018

Pessoa y la cuestión de la publicación


Querido Max, mi último deseo: Todo lo que dejo detrás de mí [...] es para ser quemado sin leer.
Franz Kafka, carta a Max Brod

Publicar o no publicar, esa es la cuestión. Cuestión que queda zanjada asumiendo que la concesión al acto de publicar es una debilidad malsana que haríamos bien en resistir con todas nuestras energías si lo que pretendemos es crecer como escritores y como personas.

El único destino noble de un escritor al que se publica es no tener la celebridad que merece. Pero el verdadero destino noble es el del escritor al que no se publica. No digo que no escriba, porque quien no escribe no es escritor. Digo del que por naturaleza escribe, y por condición espiritual no ofrece lo que escribe (Bernardo Soares, LDD, § 209).

Entre los escritores, los mejor dotados espiritualmente no querrán que los demás los lean. Escriben para ellos mismos. Pero si los mejores escritores no son jamás leídos, la que sufre una dolorosa derrota es la cultura, que debe conformarse con los escritores mediocres. Por eso es que aquí se presenta un conflicto entre los valores culturales y los éticos: mis valores culturales me sugieren publicar, mis valores éticos me lo niegan. ¿Qué hacer? En principio, no tomar el asunto a la tremenda, porque no va la vida de nadie en ello. Pero si tuviese que adoptar una postura, y pudiese mantenerla pese a las tentaciones de la notoriedad, no publicaría nada en vida, pero tampoco daría la orden, como Kafka, de que quemasen mi obra. Antes al contrario: dispondría la situación lo más favorablemente posible como para que mis escritos cobrasen difusión una vez muerto. Para Pessoa, para el Pessoa teórico (encarnado aquí por su heterónimo[1] Bernardo Soares), este consentimiento sería inapropiado. “Colaborar, vincularse, actuar con los otros, es un impulso metafísicamente mórbido” (ibíd., § 209). Yo también soy solipsista, también creo que los demás no existen, mas no por eso me voy a privar de interactuar con todas esas ensoñaciones y prestarles mi apoyo en lo que fuera menester. “Escribir —continúa Pessoa en ese mismo parágrafo— es crear un mundo exterior para recompensa [...] evidente de nuestra índole de creadores. Publicar es dar ese mundo exterior a los demás; ¿pero para qué? [...] ¿Qué tienen que ver los demás con el universo que hay en mí?” No sé qué tienen que ver, solo sé que a los demás les gusta conocer, y sobre todo conocer lo esencial de las personas, y si yo no doy a conocer mis pensamientos y mis sentimientos jamás conocerán lo que de mí más interesa. Ni mi familia ni mis allegados me conocen tan bien como quien me lee, y si yo ansío y me desespero tanto por encontrar conocimientos, es filantropía pura facilitar conocimientos a otros que como yo los necesitan. Que los que no me leen conozcan mi cara, mi voz y mis flatulencias; los que se quedarán siempre con la mejor parte serán quienes me conozcan interiormente, y esos serán los que me hayan leído. Si esto es metafísicamente mórbido no lo sé; culturalmente creo que es lo que corresponde.



[1] El significado del vocablo heterónimo en la literatura de Pessoa lo explica él mismo en un artículo publicado en diciembre de 1928 en la revista portuguesa Presencia, nº 17, con el título de “Tabla bibliográfica” (AP 2700): “Lo que Fernando Pessoa escribe pertenece a dos categorías de obras a las que podemos llamar ortónimas y heterónimas. No se podría decir que son autónimas y seudónimas, porque realmente no lo son. La obra seudónima es del autor en su persona salvo por el nombre que firma; la heterónima es del autor fuera de su persona, es de una individualidad completa fabricada por él, como lo serían los parlamentos de cualquier personaje de un drama suyo”.

miércoles, 4 de julio de 2018

La impostura de Pessoa en relación a la fama en vida


Quiero gozar del reposo del andén del alma que tengo/
 antes de ver avanzar hacia mí la llegada de hierro/
 del tren definitivo.
Álvaro de Campos, “LÀ-BAS, JE NE SAIS OÙ”

Esta actitud de Pessoa de pretender eludir la gloria en vida era, según Richard Zenith, una impostura. Parece que hizo todo lo posible desde su juventud para lograr la celebridad y, al no conseguirla, renegó de ella, como la zorra de la fábula que no puede alcanzar las uvas.

Tal vez por el temor de llegar a la tumba sin conocer la fama tan largamente codiciada (aun con la eventual banalización que eso implicaría), Pessoa, imbatible, convirtió la falta de fama en vida en una condición casi indispensable para obtener la inmortalidad, la cual, según el razonamiento de Eróstrato, solo puede ser otorgada póstumamente (Richard Zenith, prefacio al Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad  de Pessoa[1]).

Que esto era así lo demuestra hasta cierto punto una carta que Pessoa le escribió (y que nunca envió) a João elegir uno Simões, crítico literario que en junio de 1929 publicó el primer estudio sobre su poesía realizado en Portugal. Luego de leer las veinte páginas del artículo, escribe Pessoa:


Los acasos de la vida a la que llamo mía, o la fatalidad superior que dirige todas las apariencias de los acasos, han hecho que, hasta ahora, yo haya sido una personalidad objetivamente oscura. La clara afección de sus palabras como que me libera de lo que podría con justicia considerar la madrugada de ninguna cosa. Por primera vez siento nítidamente el sol de las almas externas a la mía, y no sé cómo agradecerle el dorado matinal de esta sensación.

No parece estar apesadumbrado por este acicate a su popularidad en vida, sino más bien contento.

Su estudio me da, con el augurio de celebridad, un momento, por lo menos soñado, de liberación. Porque para mí —se lo confieso sin escrúpulo— solo la celebridad (la amplia celebridad) sería el sinónimo psíquico de libertad. Extraería mi reposo de aquello que otros conciben como una excitación.

A sus cuarenta años, no ve la hora de que la fama golpee su puerta, porque sospecha que con ella llegará el esperado alivio de sus consabidos desasosiegos. Por eso le agradece infinitamente a Simões esta posibilidad que le otorga de ser tenido en consideración por el ambiente literario portugués:

Puede ser que un día yo llegue a ser realmente célebre, en los términos y las condiciones en que deseo que eso sea tratado [...] con el Destino. Si eso sucediera, no olvidaré, ni podría olvidar, que su estudio fue el primer aviso, que me concedió la Suerte, de la vigilancia de los Dioses por aquellos que los reconocen como la sustancia del alma (carta de Fernando Pessoa a João Gaspar Simões, citada en Escritos autobiográficos, automáticos y de reflexión personal[2], pp. 105 a 107).

En 1915 pensaba que la celebridad era una debilidad. Catorce años después, cuando esa debilidad se le hace carne, se alegra por ello, y su vida se hace menos tormentosa: se comienza a hacer justicia con su talento. Esto habla mal de Pessoa como hombre de principios, pero no dice nada sobre el principio mismo, a saber, que no es aconsejable, a efectos literarios, ser famoso en vida. Y es que ser famoso, para un escritor que vivió toda su vida como un don nadie, es una tentación que difícilmente pueda resistir. Y tal vez sea cierto que este reconocimiento tardío le mejoró la vida, lo cual tampoco iría en contra de la idea que defiendo, que no es tanto la de que la fama en vida te arruina la felicidad, sino que te arruina el estilo y las ideas, o si no los arruina los abolla.
La esperanza de Pessoa era la de ser famoso para tranquilizar su espíritu, vapuleado durante años debido a su endémica soledad. Enhorabuena si esta tranquilidad le llegó con el tibio reconocimiento que obtuvo en sus últimos años; pero a nosotros sus lectores ¡qué nos importa su tranquilidad! Nos importa que siga escribiendo como escribía cuando era un ignoto. Y eso es precisamente lo que peligra, no la sicología del escritor, sino la forma y el fondo de lo que escribe, desde el momento en que se transforma en una celebridad[3].


[1] De aquí en adelante, este texto aparecerá citado como EBI.
[2] De aquí en adelante, este texto aparecerá citado como EEAA.
[3] Según su amigo Casais Monteiro, si Pessoa no llegó a ser todo lo célebre que pudo ser en vida, esto sucedió por voluntad propia, no porque las circunstancias se lo impidieran: “Quiso ser pobre, para ser independiente, […] quiso estar solo, para ser libre, […] quiso vivir y morir oscuro [...]. Implacablemente fiel, sí, al destino, que quiso para sí, de no vender su libertad a cambio de nada [...]. Supo abdicar de las pobres satisfacciones de la gloria, vivir oscuro, sabiendo muy bien quién era y cuánto valía. Y cuando lo evoco así, tan puro en la suprema grandeza de la atención a la obra y de la indiferencia hacia esta miseria en que los hombres convirtieron la vida, mejor me siento en lo que respecta al significado del culto a su memoria, y de aquello que invoca su ejemplo” (Adolfo Casais Monteiro, Estudios sobre la Poesía de Fernando Pessoa, citado por Carlos Taibo en Como si no pisase el suelo, p. 81). Agrega Casais Monteiro que al poeta le hubiera resultado muy sencillo convertirse en un reconocido escritor en el medio literario portugués: hubieran bastado unas pocas concesiones que, sin embargo, Pessoa evitó.

lunes, 2 de julio de 2018

La persecución de la gloria según Fernando Pessoa


Una reflexión de Fernando Pessoa sobre la fama y sobre quienes la persiguen:

A veces, cuando pienso en los hombres célebres, siento por ellos toda la tristeza de la celebridad. La celebridad es una grosería. Por eso debe herir a un alma delicada. Es una grosería porque estar en evidencia, ser mirado por todos inflige a una criatura delicada una sensación de parentesco exterior con las criaturas que arman escándalo en las calles, que gesticulan y hablan alto en las plazas. El hombre que se vuelve célebre se queda sin vida íntima: se vuelven de cristal las paredes de su vida doméstica, es siempre como si fuese excesivo su traje; y aquellas sus mínimas acciones—ridículamente humanas a veces— que él quisiera invisibles, las coloca en la lente de la celebridad para espectaculares pequeñeces, con cuya evidencia su alma se arruina o se fastidia. Se necesita ser demasiado grosero para poder ser célebre por voluntad propia.

Por eso firmaba sus trabajos con seudónimos, para evitar el calvario que le significa, a un ser sensible, el que reparen en él mientras camina tranquilamente por las aceras. Pero hay más:

Después, más allá de la grosería, la celebridad es una contradicción. Pareciendo que da valor y fuerza a las criaturas, apenas las desvaloriza y las enflaquece. Un hombre de genio desconocido puede gozar la voluptuosidad suave del contraste entre su oscuridad y su genio; y puede, pensando que sería célebre si quisiera, medir su valor con su mejor medida, que es él mismo. Pero, una vez conocido, no está más en su mano revertir la oscuridad. La celebridad es irreparable. De ella como del tiempo, nadie vuelve atrás o se desdice. Y es por esto que la celebridad es una debilidad también. Todo hombre que merece ser célebre sabe que no vale la pena serlo. Dejarse ser célebre es una debilidad, una concesión a los bajos instintos, femeninos o salvajes, de querer darse en las vistas y en los oídos.
Pienso en esto a veces coloridamente. Y aquella frase de “hombre de genio desconocido” es el más bello de todos los destinos, se me vuelve innegable; me parece que ese es no solo el más bello, sino el mayor de los destinos (diario íntimo de 1915, citado en http://arquivopessoa.net/textos/2207)[1].

“Dejarse ser célebre es una debilidad”. ¿Yo tengo esa debilidad? Un poco, pero me favorece la circunstancia de no ser leído por nadie. Sin embargo yo quiero que me lean, busco que me lean, lo que indica, pese a esconderme también bajo un seudónimo, que busco la celebridad. Por mi bien, y sobre todo por el bien de mi literatura, espero no encontrarla.


[1] De aquí en adelante, la página portuguesa arquivopessoa.net/textos aparecerá como AP, seguida por el número del texto que se cita.

jueves, 16 de agosto de 2012

La fama del viejo Schopenhauer, y la mía también



La obra cumbre de Schopenhauer, nos cuenta Rüdiger Safranski, "se gesta entre 1814 y 1818. Termina esta fase de su vida con la consciencia de haber culminado la auténtica tarea de su existencia. Después se presenta al público y tiene que comprobar, con desolación, que no hay audiencia para él" (Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, p. 13). Mi obra cumbre también se ha gestado ya, porque no puedo calificar de otro modo a las investigaciones éticas que absorbieron mi tiempo intelectual entre los años 2007 y 2008. Y, al igual que Schopenhauer, compruebo que no hay audiencia para este conglomerado de magnas ideas.
El gran pensador pesimista se armó de paciencia, esperando que algún día lo "descubrieran", y ese día llegó, en abril de 1853, cuando Schopenhauer ya tenía sesenta y cuatro años. Sesenta y cuatro años siendo un don nadie y tan sólo siete para disfrutar los beneficios de la fama. Pero ¿de qué le sirve la fama a un pobre viejo? No de mucho si la comparamos con la fama en la juventud o en la madurez, que le brinda al individuo que la tiene una ilusoria pero no por ello menos vívida sensación de omnipotencia. Pero igual la disfrutó. Téngase por seguro que Schopenhauer disfrutó de sus últimos siete años mucho más, muchísimo más, de lo que la lógica le permitía visto y considerando su postura filosófica.
¿Y yo? ¿Podré disfrutar de algunos años de notoriedad, aunque más no sea en la senectud de mi existencia? Mi vanidad, lo que tengo de vanidoso, lo desea fervientemente; pero lo que tengo de filósofo, por poco que sea, me pide a gritos que rehúya el beso de la viuda negra.