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miércoles, 19 de febrero de 2020

La frescura de una obra genial


Continúo con el geronte Schopenhauer:

Puesto que las obras de los genios son reconocidas frecuentemente de una forma tardía, rara vez son gozadas por sus contemporáneos con la frescura del colorido que le presta la actualidad y el presente, sino que, al igual que los higos y los dátiles, lo son más bien en condiciones secas que frescas (El arte de envejecer, § 127).

Una obra genial está por salir a la calle: mi Pessoa y yo. Tendrán los argentinos la oportunidad de gozarla fresca, no sé si la aprovecharán.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Genio oculto, pueblo inculto


Pocos días después del fallecimiento de Pessoa, el 5 de diciembre de 1935, la Emisora Nacional (de radiodifusión) de Lisboa emitió un boletín que decía esto entre otras cosas:

Fernando Pessoa reunía en su extraordinaria personalidad —sin duda la más compleja de la literatura portuguesa— todos los elementos de la atracción intelectual. Cuando el gran público desconoce a un gran poeta, la culpa nunca es del poeta. Solo hay genios ocultos en pueblos incultos (citado por José Paulo Cavalcanti Filho en Fernando Pessoa: casi una autobiografía, p. 737).

Pero muchos, tal vez la mayoría, de los genios literarios permanecieron ocultos para sus contemporáneos, lo que simplemente significa que casi todos los pueblos de la tierra, presentes y pasados, han sido demasiado, vergonzosamente incultos. Y si yo estoy aquí ahora escribiendo en lugar de estar soldando lonas es porque ansío, desde lo más profundo de mi corazón, que la incultura popular mengüe o desaparezca.

miércoles, 17 de octubre de 2018

El hombre de genio no es de su tiempo


Decía Pessoa, parafraseando a Goethe, que el hombre de genio solo es de su tiempo por sus defectos, esto es, por las limitaciones de su genio. O lo que es lo mismo: el hombre de genio solo es de su tiempo en la medida en que no es un hombre de genio.
Supongamos, como a veces supongo, que yo soy un genio. ¿Por qué asunto seré admirado inmediatamente después de publicado este diario? Primeramente, por mis narraciones disolutas, por mis desbordes alcohólicos y sexuales. Es decir, por lo más alejado a la genialidad que tiene mi literatura. Luego las generaciones venideras terminarán admirando mi teoría ética. Se cumplirá así en mí la regla de Goethe-Pessoa.

9:28 a.m.
Pessoa –ya lo he dicho-- se sospechaba genial. “Se me puede imputar la creencia de que soy un genio. ¡Me resigno a ello sin objeciones!” (EGL, p. 48). Y Bernardo Soares lo confirma:

Proyectos, los he tenido todos. La Ilíada que compuse tuvo una lógica de estructura, una concatenación orgánica de epodos que Homero no podía conseguir. La perfección estudiada de mis versos por completar en palabras deja pobre la precisión de Virgilio y floja la fuerza de Milton. Las sátiras alegóricas que hice sobrepasaron todas a Swift en la precisión simbólica de los particulares exactamente ligados. ¡Cuántos Verlaines he sido! (LDD, § 329).

 Mi propia genialidad está más en duda que la de Pessoa[1], pero tal vez sea lo que explica mis proverbiales impericias para casi todo lo que no sea escribir:

El hombre de genio, en la medida en que es competente dentro de su oficio, es incompetente en otros. Y lo es en un grado superior a otros hombres, porque es esclavo de su oficio hasta un punto al que ningún trabajador llega. Asombra más y causa mayor pesar descubrir a un poeta capaz de dibujar, que encontrar un carpintero que sepa cuidar flores. En este último caso, la especialización solo abarca las facultades que cualquier obligación profesional exige; en el primero, abarca cualidades de sentimiento, de emoción, de meditación, que no solo no intervienen en otras actividades profesionales, sino que no deben participar, a fin de que no peligre la ejecución perfecta. [...] El hombre de genio, en la medida en que nace competente para su oficio creador, es inepto para un gran número de cosas de la vida social (EGL, pp. 52-3).

¿Y pretenden que además deje los vidrios de la casa inmaculados y conduzca como un as del volante? El hombre de genio apuesta todo a su obra y no se ocupa que nada que no se relacione, directa o indirectamente, con ella. Cita Pessoa el ejemplo de Oscar Wilde, quien era un literato a medias, pues “se dedicaba a la cultura de la conversación y de todas las complejas futilidades que la mera convivencia implica” (p. 53). Tenía pasta de genio, pero no llegó a serlo por haber permanecido largo tiempo imbuido en esas fruslerías de salón. Pero es que en realidad la materia prima de la genialidad no estaba presente en alto grado en este artista; de ser así habría sentido repulsión y no atracción por ese mundillo de tertulias y banquetes. El propio Wilde lo dijo: Puse todo mi genio en mi vida, y solo mi talento en mis obras”. Fue una lástima que así haya sido. Una lástima para la posteridad, una alegría para quienes lo trataron.
La marca del genio —al menos del genio filosófico o artístico— es la incomodidad ante lo social excesivo. Si después socializa, por obligación o por lo que fuere, es otro tema, el hecho esencial es que sienta desagrado ante esta socialización. Hay excepciones a esta regla: Sócrates es la más concluyente.

12:39 P.M.
Un joven Pessoa escribe, entusiasmado, esta declaración el día 21 de noviembre de 1914:

Hoy, al tomar la decisión de ser Yo, de vivir a la altura de mi tarea y por consecuencia despreciar la idea de atraer la atención y mi sociabilidad plebeya, he entrado en plena posesión de mi Genio y tengo la divina conciencia de mi Misión (AP 2003).

Tenía a la sazón veintiséis años.
¿Cuándo tomé conciencia de mi misión divina y comencé a sospechar una posible genialidad en mi escritura o en mis pensamientos? En 1995 (véanse las entradas del 25/7/95 y 17/10/95). Tenía a la sazón veintiséis años.
Creo que Pessoa, previo paso por algún otro cuerpo, reencarnó en mí.


[1] También Pessoa, en ciertos momentos de duro pesimismo, descreía de su genialidad: “¿Genio? En este momento / cien mil cerebros se consideran en sueños genios como yo, / y la historia no marcará, ¿quién sabe?, ni a uno de ellos, / ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras. / No, no creo en mí” (Álvaro de Campos, “Tabacaria”, AP 163).

martes, 16 de octubre de 2018

Genio y locura en Pessoa


Nunca hubo un gran ingenio sin alguna mezcla de locura.
Séneca, De la tranquilidad de ánimo, cap. XVII

Para ser un genio hay que estar un poco loco. Pero solo un poco, no demasiado. No existe una relación directa entre el grado de genialidad y el de locura. Más bien sucede al revés, que siendo necesaria la locura para que aparezca la genialidad, si la locura es excesiva, la genialidad no despega:

La afirmación [...] según la cual el tamaño del genio corresponde al de la neurosis, es absolutamente falsa. No es en los altos picos de la genialidad donde encontramos la locura; es, más bien, en los niveles inferiores de la capacidad de innovación humana. Un Dante, un Milton, Un Goethe, un Víctor Hugo no son patentemente neuróticos, solo lo son si los sometemos a una investigación paciente. Pero en los genios de segundo o tercer orden [...] la neurosis o la locura se manifiestan patentemente (Fernando Pessoa, EGL, pp. 136-7).

No exageremos nuestras locuras si no queremos pasar a la posteridad como genios menores. Y demos gracias al Cielo por esta bendición maldita. Bendición no hay duda de que lo es, porque la obra del genio hace más llevadera la vida de los que aprendieron a valorarla. Pero es una bendición flaca para el que la carga, porque según Pessoa lo vuelve nervioso, desamorado, triste y desasosegado:

El hombre de genio nace extremadamente nervioso [...], aunque también en condiciones y bien preparado para un tipo de trabajo que cada vez más socava su constitución nerviosa. Vemos así que el genio existe gracias a una característica —un temperamento extremadamente nervioso— que también lo tortura, que reacciona contra sí.

El artista fuerte mata en sí mismo no solo el amor y la piedad, sino las mismas semillas de la piedad y el amor. Se hace inhumano en virtud de su gran amor por la humanidad; de ese amor que lo impulsa a crear arte para el hombre.

El genio es la mayor maldición con la cual Dios puede bendecir a un hombre. Debe ser sobrellevado con las mínimas quejas y lamentos posibles, con la mayor conciencia que alguien pueda tener de su tristeza divina (ibíd., pp. 142 y 57).

11:48 p.m.
Existen, según Pessoa, tres tipos de genios: los genios artísticos o filosóficos, los genios políticos y los genios militares. Los primeros remodelan el psiquismo de las aristocracias; los segundos, el de las clases medias; los terceros, el de las clases bajas. Las ideas filosóficas

actúan primero sobre las élites. De esas élites salen los políticos que dominan al pueblo, y que, inevitablemente, de un modo u otro, se dejan influenciar por esas ideas rectoras (EGL, p. 45).

Yo no creo ser un genio, pero hay días en que abrigo alguna esperanza. Y si soy genial, mi genialidad filosófica no influirá, como dice Pessoa, en las aristocracias, sino que recalará directamente, sin intermediarios, sobre el psiquismo de las clases medias.

martes, 25 de septiembre de 2018

Exprimir al genio


“El hombre de genio —dice Pessoa— es un simple depositario de su genio. Todo su esfuerzo debe dirigirse a utilizarlo, a prepararse para utilizarlo. Si no lo hace, cuentas graves rendirá, si no a Dios, seguramente a sí mismo en el futuro” (EGL, p. 369). Es un crimen de lesa cultura tener pasta de genio y desperdiciarla confeccionando lonas durante nueve horas al día.