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sábado, 8 de junio de 2013

La inflación y los sospechosos de siempre

En un intento por frenar la inflación, nuestra presidenta lanzó un plan de congelamiento de precios válido para las grandes cadenas de supermercados y solicitó la ayuda de las organizaciones juveniles oficialistas para controlar a los comerciantes "inescrupulosos" que parecen ser, para este gobierno, los culpables de que los precios aumenten de manera preocupante. Dijo Cristina:

No vamos a dejar el acuerdo de precios a la buena voluntad y vamos a utilizar la fuerza de los movimientos políticos y juveniles para desplegarlos en todo el territorio. Necesitamos que todos cuidemos lo que logramos [...]. Hay que aprovechar ese potencial, ese caudal de energía de las organizaciones sociales, juveniles, políticas (diario La Nación, 24/5/13).

Así como Juan Perón, el gran inaugurador de los procesos inflacionarios en la Argentina, pretendió, en abril de 1953, erradicar este problema llenando las comisarías de almaceneros "vendepatrias" acusados de sacar ventaja "a expensas del pueblo", así Cristina Kirchner, ante la decidida desaparición de aquellos entrañables gallegos expendedores de comestibles, opta por acusar a los supermercadistas --aunque todavía, cabe la aclaración, no encarceló a ninguno. Pero ¿son los dueños de los supermercados los causantes de que los precios aumenten?


Imagino la siguiente situación: Un representante de "La Cámpora" (la organización juvenil oficialista que más ha crecido en los últimos años) se dirige a un supermercado mayorista y comprueba que la bolsa de harina aumentó de $50 a $55. Inmediatamente pone el grito en el cielo y se dirige al dueño del local. Éste le responde: "Encarcélenme si quieren, pero la culpa del aumento no la tengo yo, sino el distribuidor que me vendió el producto un 10% más caro que la anterior partida. Si no quieren que lo aumente, prefiero no venderlo. Elijan ustedes: aumento o desabastecimiento". Informado de este asunto, el joven oficialista se dirige a las oficinas del distribuidor de harinas para increparlo por el aumento. Éste le responde: "Encarcélenme si quieren, pero la culpa del aumento no la tengo yo, sino el molino harinero, que me vendió el producto un 10% más caro que la anterior partida. Si no quieren que lo aumente, prefiero no venderlo". Informado de este asunto, el joven oficialista se dirige al molino harinero para increpar a su dueño por el aumento. Éste le responde: "Encarcélenme si quieren, pero la culpa del aumento no la tengo yo, sino el que me vendió la gasolina que utilizo para las cosechadoras, porque el combustible aumentó un 10% respecto del anterior partida. Si no quieren que aumente el precio de la harina, prefiero no cosechar". Informado de este asunto, el joven oficialista se dirige a la refinería de combustible para increpar a su dueño por el aumento. Éste le responde: "Encarcélenme si quieren, pero la culpa del aumento no la tengo yo, sino el sindicato, que aumentó un 10% el salario de mis empleados. Si no quieren que aumente el precio del combustible, prefiero no refinar y echar gente". Informado de este asunto, el joven oficialista se dirige al Sindicato del Petróleo para increpar a su líder por el aumento en los salarios. Éste le responde: "Encarcélenme si quieren, pero la culpa del aumento no la tengo yo, sino el precio del pan, que ha sufrido un aumento del 10%. Si a mis representados no les alcanza el dinero para comprar el pan, no tendrán fuerzas para refinar el petróleo y caerán exhaustos. Vaya usted a por el panadero, y de paso por el lechero, el verdulero y el carnicero, todo los cuales aumentaron sus productos un 10%". Informado de este asunto, el joven oficialista se dirige al panadero para increparlo por el aumento en el pan. Éste le responde: "Encarcélenme si quieren, pero la culpa del aumento del pan no la tengo yo, sino el supermercado mayorista en donde compro la harina, que la tenía un 10% más cara que la anterior partida. Si no quieren que lo aumente, prefiero no venderlo. Elijan ustedes: aumento o desabastecimiento". Informado de este asunto, el joven oficialista... ya no sabe hacia dónde dirigirse. Se toma entonces un descanso y sale a caminar por el barrio de Retiro. Cruza la Torre de los Ingleses, cruza la terminal de ómnibus y se detiene en la avenida Antártida Argentina al 2000. Allí escucha, provenientes del monumental edificio de la Casa de Moneda, grandes ruidos y alborotos, como de mucha gente y muchas máquinas trabajando. Nuestro joven oficialista reflexiona: "¡Y después dicen los opositores que la producción está decayendo!..."

domingo, 26 de mayo de 2013

Diez años con los Kirchners


Perdón por el vuelo bajo, pero aquí viene una nueva reflexión de orden político, y encima sólo atinente los argentinos.
Hoy se cumplen diez años del comienzo de la era Kirchner en la Argentina, los cuatro primeros de la mano de Néstor y los últimos seis a través de Cristina. ¿Qué decir de este gobierno? En principio, que me ha confirmado algunos pensamientos que yo siempre levantaba, por ejemplo el que dice que lo que interesa no es el sistema político que nos toque en suerte sino los valores que ostenten las personas que están a cargo de plasmarlo. Fracasó el librecambismo de Menem en los 90 lo mismo que fracasará el proteccionismo de los Kirchner en estos actuales tiempos, pero no porque el librecambismo o el proteccionismo sean intrínsecamente incorrectos, sino porque quienes los implementan no son personas de bien sino meros oportunistas que buscan tan sólo el lucro personal, o bien poseen ideales, tal vez elevados, pero quedan éstos subsumidos en su afán de lucro. Lo que hizo Menem con nuestro país me causa repugnancia, pero más repugnancia me causa lo que hizo Néstor y lo que está siendo Cristina; porque Menem, debido a sus manejos, terminó desprestigiando al capitalismo, terminó desnudando las falencias de este antipático sistema, mientras que Néstor y Cristina, debido sus manejos, terminarán desprestigiando al populismo, que parecía por fin querer imponerse en América Latina, pero la oportunidad histórica se nos va escapando debido a la codicia de quienes se jactan de beneficiar al pueblo pero evidentemente no se codean con él. Bien miradas las cosas, tanto el capitalismo como el populismo (no coercitivo) son, al cabo, meros síntomas de lo que acontece con el cuerpo social en el que prosperan: si prospera el capitalismo, el cuerpo social está seriamente dañado; si prospera el populismo no coercitivo, el cuerpo social está robusto. El capitalismo no daña a la sociedad, tan sólo indica que la sociedad ya está dañada; el  populismo no coercitivo no coadyuva al bienestar social, tan sólo indica que la sociedad que lo prohíja va bien encaminada en el sentido de beneficiar económicamente a la mayoría de sus integrantes. Cuando el capitalismo fracasa, como fracasó con Menem, me alegro, porque puede ser un signo de que aún no somos tan egoístas; cuando fracasa el populismo me entristezco, porque caigo en la cuenta de que aún no estamos preparados para pertenecer a una sociedad solidaria.
Pero si este gobierno es tan malo, ¿cómo es que ha perdurado durante una década? La explicación de este fenómeno consta de una sola palabra: soja. Si no fuera por la exportación de soja, estaríamos fregados desde hace tiempo; pero este no es un mérito del gobierno, sino una simple coyuntura internacional. ¿Méritos? Los tiene, pero están siendo eclipsados por los deméritos, mucho más numerosos y contundentes que los primeros.
Dos palabras definirán a este periodo Kirchner en lo futuro: demagogia y corrupción. Superaron a Perón en demagogia y a Menem en corrupción, lo cual es decir ya mucho, demasiado.

Ahora, o el año que viene, o el otro, vendrá, inexorable, la crisis. Pero nos recuperaremos con relativa prontitud. Siempre lo hacemos.

lunes, 24 de septiembre de 2012

El interés de la juventud por la militancia política


¡Ah, la política!...
Se afirma en mi país que ahora, desde que el kirchnerismo está en el poder, la juventud ha vuelto a interesarse en la política. Y se afirma esto con bombos y platillos, como si fuera deseable que así sea en vez de ser contraproducente. Y es que la política, el interés por los asuntos políticos y la militancia sobre todo, absorben tiempo, tanto a los jóvenes como a los adultos, tiempo que podría dedicarse con mayor provecho a otras actividades que ennoblezcan el espíritu en vez de sembrar el odio y la discordia.
Ya Pío Baroja, en 1933, se quejaba de que esto mismo sucedía en su país:

En ninguna parte la política absorbe toda la vida como actualmente en España; la poca atención que sobra se dedica al sport y a los peliculeros. Lo demás, la ciencia, la literatura, el arte van a quedar tan esmirriados y tan pobres en nuestro país, que no se les va a notar (Pío Baroja, Comunistas, judíos y demás ralea, p. 112).

Recuerdo a mis compañeros de secundaria, y particularmente a los que militaban dentro del centro de estudiantes de mi escuela: no eran ellos, precisamente, los que más destacaban por su aplicación al estudio, su laboriosidad y su inteligencia. Hoy en día en mi país, o al menos en mi ciudad, toda la escolaridad secundaria no es más que un gigantesco centro de estudiantes en donde lo que interesa es el chismerío político fundamentalmente, muy por encima del estudio de las materias que se supone deben manejarse con soltura para ingresar al mundo laboral cargado de buenas ideas e iniciativas. Desde la más tierna juventud ya se les inculca el virus de la política, y una vez infectados, difícilmente puedan negativizarlo. Pero ya escucho la protesta de los activistas: "¡Eso es lo que pretenden los golpistas, los militaristas, los derechistas: que la gente, y en especial la juventud, no intervenga en la política o descrea de ella!". No lo niego: al derechista le conviene tal desinterés, pero también le conviene a la cultura y con eso me basta. Yo no voy a descreer de una idea sólo porque a otra gente indeseable también le agrade. Si a Videla le convenía, por razones políticas, evitar la contaminación de ríos y mares, ¡qué!, ¿habría que haberlos contaminado tan sólo para disgustarlo? No: más allá de cualquier coyuntura política, la contaminación de las aguas es una acción inética; y asimismo, politizar precozmente a las personas, en lugar de inculcarles otros valores más culturosos, me parece un accionar inético por mucho que coincidan conmigo ciertos personajes que de la ética jamás han tenido ni remotas noticias.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Izquierdismo, consumismo y haraganería


No vamo' a trabajar,
no vamo' a trabajar,
no vamo' a trabajar,
no vamo' a trabajar.
Rodolfo Zapata, No vamos a trabajar

Fervor izquierdista.
Fervor izquierdista es el que había en la España barojiana de la década del 30, a consecuencia de la Segunda República, y el que hay también ahora en mi país, a consecuencia del Segundo Peronismo --también llamado kirchnerismo. Y ¿cuál es la fuerza motora de estos izquierdismos políticos? El odio, el odio al rico y el odio al patrón; y si el patrón es rico, el odio asciende a la máxima potencia. Baroja se quejaba de esta situación, del odio que impedía el diálogo entre las partes en conflicto, forzando al obrero primero al silencio y luego a la venganza:

Está usted creyendo que ha obrado con justicia dentro de lo que uno puede hacer, y se encuentra usted con que se tienen enemigos capaces de pegarle a uno un tiro por la espalda si tuvieran valor para ello. En otros lados se le presentaría a usted un obrero cara a cara y le diría: "Yo creo que me ha perjudicado usted por esto o por lo otro", y habría una explicación; pero aquí no, se callan y luego si pueden lo revientan a uno (Pío Baroja, Comunistas, judíos y demás ralea, p. 104).

Aquí, en la Argentina kirchnerista, no llegan a reventar a los patrones, simplemente se limitan a envidiarlos desde lejos. El obrero desearía ser patrón, o mejor dicho, desearía ganar tanto dinero como su patrón, porque le han puesto en la cabeza que el consumo es lo que vale y no la producción. Y entonces se desespera por consumir... y le tiene asco al producir. El ideal de vida del obrero argentino --no de todos pero sí de una buena parte-- es pasársela con un buen plan social, con un buen subsidio a la haraganería de los tantos que rifa este gobierno, y saborear así las mieles del consumo evitando al mismo tiempo la peste del trabajo.
Pero ¿por qué será, estimado Baroja, que esta gente no quiere trabajar?

¡Qué se yo! Porque se entretienen con nada, mirando al cielo. Además, se cansan por cualquier cosa o dicen que se cansan. [...] Aquí no tienen qué hacer y se tumban. Usted no sé si habrá oído esa canción.
Cada vez que considero
que me tengo que morir,
tiendo la capa en el suelo
                  y me jarto de dormir.

Sí, aquí también somos así, con la diferencia de que además de haraganes, somos voraces consumidores. Nada hay de malo en ser haragán, en ser ocioso, si uno se atiene a las consecuencias de su haraganería, esto es, a la pobreza. Pero si uno pretende, a la vez que ser haragán, ser un rico propietario, ya la cosa se torna complicada para la salud de un pueblo, y es eso lo que está pasando aquí y ahora en este mi país, un país de gente que sueña con cargos políticos, pero no para trabajar por el bien común, sino justamente para dejar de trabajar... y atiborrarse de bienes personales.
¡Ah, la política!...