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viernes, 10 de agosto de 2018

Pessoa misógino


Hoy he llegado, de repente, a una sensación absurda y justa. Me he dado cuenta, en un relámpago íntimo, de que no soy nadie. [...] Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie.
Bernardo Soares, Libro del desasosiego, § 25

Se puede decir de él lo que Lou Andréas Salomé dijo de Nietzsche: «La historia de este hombre es, de cabo a rabo, una biografía del dolor».
Robert Bréchon, Extraño extranjero

¿Fue feliz Pessoa, al menos durante algunos momentos, mientras escribía cierta prosa o cierto poema? No. La escritura no tenía en él un efecto beatífico, era apenas un calmante: “Mal conoceríamos a Pessoa si creyésemos que la escritura le dio la felicidad o la salvación. […] No, escribir no es vivir: es sin más el remedio que encontró para sufrir menos por no vivir” (RB, pp. 145-6). En la tecla da este biógrafo cuando afirma que la escritura nunca debe ser un sucedáneo de la vida si lo que buscamos es vivir de manera más o menos apacible. Pero el caso es que Pessoa no buscaba esto, de manera que su renuncia a la vida en favor de su escritura fue una decisión feliz --feliz para nosotros-- y completamente coherente. El problema, en lo que a mí concierne, es que yo sí quiero gozar la vida, no me conformo con crear una gran obra literaria a expensas de mi salud y de mi bienestar personal, y por eso no puedo, no quiero y no debo desdeñar la vida y apostar todo a mi escritura. Tampoco a mí la escritura me da felicidad. Me provoca cierta satisfacción, pero no me hace feliz ni mucho menos. Y ¿qué es lo que me hace feliz? No lo sé, no lo he descubierto. Pero a falta de felicidad, existen cuatro cosas que me producen un gran bienestar: viajar (como viajero, no como turista[1]), correr, tomar sol y escuchar música. Creo que Pessoa no tuvo la suerte de encontrar algún pasatiempo como estos que le permitiera reconciliarse con la vida. ¡Vivir!, vivir estará siempre antes que escribir, porque el bien vivir, además, alimenta las ganas de escribir —al menos así sucede, en los últimos tiempos, en mi caso—.
Yo sé que a la mayoría de las personas los goces le pasan más por los amigos, por los amores, por la familia, que por tomar sol o salir a correr; lo acepto, pido entonces que también acepten mi propia escala de valores hedónica, que a falta de amigos y con amores desteñidos, se contenta con las caricias del astro rey, con el corazón bombeando acelerado y con un rock de los 80 que le marca el ritmo.
"Vivir no es necesario; lo que es necesario es crear". Yo no funciono así. Creo, luego vivo. Creo de crear, pero también de creer. De creer que viviendo bien y en paz conmigo mismo podré crear más y mejores narraciones para insertar en este diario.

4:45 P.M.
Si tuvo Pessoa un período de felicidad, o de bienestar espiritual, ese tiene que haber ocurrido en 1920, en medio de su relación sentimental con Ofelia Queiroz. Leamos un tramo de una carta que Ofelia le escribe allá por noviembre de 1929:

Mi amor estaba muy bien dispuesto, me hizo reír todo el camino, ya me dolía la boca; por lo demás, yo siempre lo conocí así. Antiguamente, en la oficina de su primo, me hacía reír tanto tanto que, a veces, cuando venía Valadas, tenía dificultades para permanecer seria. Después el Ibis se dedicaba a hacer muecas para que yo no pudiese ponerme seria. Siempre tuvo poco juicio (carta de Ofelia citada en CT, p. 141).

Hay que estar muy contento, muy alegre, para comportarse así frente a una mujer. Lamentablemente para él, su deber de escritor fue más fuerte y la relación sentimental acabó, lo mismo que las muecas y las alegrías.
Esto demuestra que Pessoa no era tan tétrico como lo pintan. Si era capaz de divertir a los niños con sus morisquetas, si era capaz de hacer lo mismo con su novia, era un hombre divertido. Ofelia, y los niños que con él jugaron, podrán certificarlo. Si el resto de las personas que lo trataron no percibió esta faceta de su personalidad, ellas se lo perdieron. No estoy negando que haya sido infeliz, pero dentro de su infelicidad existieron oasis de alegría en los que la seriedad y la depresión, por algún tiempo, desaparecieron.

9:19 p.m.
Gran misógino ha sido Pessoa, escudado, en la mayoría de los casos, por sus heterónimos. “La abusiva liberación del espíritu naturalmente siervo de la mujer y del pueblo plebeyo da siempre resultados desastrosos para la moral y para el orden social”, dice Antonio Mora en “La libertad de la mujer y de la plebe”, y en otra parte sigue con parecidas ideas:

Las tres clases más profundamente viciadas en su misión social, por el influjo de las ideas modernas, son las mujeres, el pueblo y los políticos. La mujer, en nuestra época, se cree con el derecho a tener una personalidad; lo que puede parecer justo y lógico, y otras cosas similares; pero infelizmente fue de otro modo dispuesto en la naturaleza (textos manuscritos, publicados en internet en AP 585).

Yo no tengo heterónimos, tan solo un pobre seudónimo, que se parece tanto a mí como mi imagen en un espejo. No puedo, pues, encubrir mi misoginia e imputársela a un yo que no poseo. Soy misógino y a poca honra, y estoy tratando de curarme de esta enfermedad. Soy misógino, pero no tanto como Pessoa, porque no creo que la mujer esté destinada por naturaleza para ser esclava del hombre.


[1] La diferencia que existe, según mi criterio, entre un entre un viajero y un turista, está en la entrada del 14/8/6.

sábado, 26 de julio de 2014

Tolstoi misógino

 Las mujeres nunca descubren nada. Les falta, desde luego, el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar mejor o peor lo que los hombres han hecho.
Pilar Primo de Rivera

Zoe. --Solo quiero preguntarle una cosa: ¿cómo hace para escribir tan bien sobre las mujeres? 
Melvin. -- Pienso en un hombre y le quito la razón y la responsabilidad.

 Jack Nicholson como Melvin Udall en Mejor... imposible

La misoginia de Tolstoi era proverbial. He aquí un muestreo que lo certifica:

... Y de pronto me quedó claro cómo y por qué las mujeres son fuertes. Por su frialdad y por su capacidad de mentira, de astucia, de adulación de las que, debido a la debilidad de su pensamiento, no son responsables (Diarios, 31/8/1884).

El reino de las mujeres es una desgracia. Nadie es capaz como las mujeres [...] de hacer tonterías y suciedades de una manera pulcra y hasta gentil y sentirse plenamente satisfechas (3/3/1889).

Una buena vida conyugal solo es posible si la mujer tiene la convicción consciente [...] de someterse siempre a su marido (5/8/1895).

Desde hace setenta años mi opinión sobre las mujeres no hace sino bajar, y es necesario que baje más y más todavía. ¡La cuestión femenina! ¡Por supuesto que hay una cuestión femenina! Solo que no es para que las mujeres se pongan a dirigir la vida, sino para que dejen de arruinarla (20/11/1899).

Las mujeres tienen dos únicos sentimientos: el amor por los hombres y el amor por los hijos; lo demás son sentimientos que se derivan de estos, como el amor a la ropa fina pensando en los hombres y el amor al dinero pensando en los hijos. Todo el resto es cerebral, es imitación de los hombres, son medios para atraerlos, fingimiento, moda (19/3/1901).

La compañía de las mujeres es útil porque puedes ver que no debes ser como ellas (2/8/1909).


Una persona con una visión cristiana del mundo no puede aceptar, se sobrentiende, que solo se le adjudiquen derechos a los hombres o que no se respete o se ame a una mujer como un ser humano cualquiera, pero afirmar que la mujer tiene las mismas fuerzas espirituales que el hombre, afirmar sobre todo que la mujer puede guiarse por la razón como el hombre, que puede confiar en la razón tanto como él, es exigir de la mujer aquello que no puede dar. No hablo de las excepciones, estoy hablando de la mujer media y del hombre medio. Inútil exasperarse con ella ante la suposición de que no quiere hacer aquello de lo que es incapaz, para lo que su razón no tiene el imperativo categórico (Correspondencia, carta a Alexandr Dunáiev, junio de 1891).

En esta cuestión --en la misoginia--, Tolstoi ha superado a todos, a Schopenhauer inclusive. Lo que hay que responder ahora es si tienen o no visos de certeza todas estas declamaciones. Y sí, creo que algunas lo tienen, pero Tolstoi exagera hasta el infinito algunos de los defectos del sexo débil, al punto de que pareciera que lo culpara de casi todos los males que en la tierra existen. ¿Y por qué habrá sido que les tomó a las mujeres, en su conjunto, tanta ojeriza? Una mujer, la mujer a la que más odió y a la que más amó, cree tener la respuesta:

Me quedé de piedra con lo que me dijo ayer L. N. sobre la cuestión de la mujer. Proclamó, como siempre, que estaba en contra de la emancipación femenina y de la llamada "igualdad de derechos", pero fue más allá y afirmó que, al margen del trabajo al que la mujer pueda dedicarse --la enseñanza, la medicina, el arte--, ellas solo servían realmente para una cosa, y esa cosa era el sexo. [...] Esto me produjo una enorme indignación, y le recriminé esa actitud de perpetuo cinismo ante la mujer, que tanto me ha hecho sufrir. Le dije que la razón de que viera así a las mujeres era que no había tratado con una sola mujer decente antes de los treinta y cuatro años (Sofía Tolstoi, Diarios (1862-1919), 18/2/1898).


O, más plausiblemente, podría decirse que creció sin el calor de una madre amorosa y esa falta de amor en sus primeros instantes de conciencia plena puede que haya redundado en un resentimiento hacia todas las mujeres. He aquí otro de los puntos flojos de Tolstoi, un prejuicio psicológico que obstruye su capacidad de análisis crítico, prejuicio que, pese a que no pocos me tacharán también a mí de misógino, yo no poseo, seguramente porque tuve la suerte de crecer hasta los 32 años bajo el cuidado y el amor de mi querida madre.