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domingo, 19 de noviembre de 2017

Nietzsche pacifista

Friedrich Nietzsche, el adalid de la violencia, ha sido capaz de escribir, en 1880, este párrafo no tan citado:

Ningún gobierno reconoce hoy que mantiene su ejército para satisfacer sus ansias de conquista, cuando se presente la ocasión. Por el contrario, el ejército debe estar al servicio de la defensa nacional, y para justificarlo, se apela a una moral que permite la legítima defensa. Del mismo modo, cada Estado se apropia la moral y juzga inmoral al Estado vecino, dando por supuesto que este está dispuesto al ataque y a la conquista, lo que justifica que el primero haya de procurarse medios de defensa. Además se acusa al otro Estado —que al igual que el nuestro niega la intención de atacar y señala que sólo mantiene su ejército por razones de defensa— de ser un criminal hipócrita y taimado, pues querría lanzarse, sin lucha alguna, sobre una víctima inofensiva y sin entrenar. En estas condiciones se encuentran hoy todos los Estados entre sí; atribuyen al vecino malas intenciones y se reservan las buenas para sí. Pero esto es algo inhumano e incluso en un sentido tan nefasto y peor aún que la guerra; constituye ya una provocación y un motivo de guerra, pues, al considerar inmoral al vecino, se justifican y fomentan sentimientos bélicos. Hemos de rechazar la doctrina del ejército como medio de defensa de un modo tan categórico como la doctrina de las ansias de conquista. Y llegará un día solemne en que un pueblo distinguido en la guerra y en la victoria por el más alto desarrollo de la disciplina y de la estrategia militar, habituado a los mayores sacrificios en este terreno, exclamará libremente: «¡Nosotros rompemos la espada!» y destruirá entonces toda su organización militar hasta en sus cimientos. Hacerse inofensivo, siendo temible, a impulsos de sentimientos elevados, constituye el medio de llegar a la verdadera paz, la cual debe basarse siempre en una disposición de ánimo apacible, mientras que lo que llamamos paz armada, tal como se practica hoy en todos los países, responde a un sentimiento de discordia, a una falta de confianza mutua e impide deponer las anuas por odio o por miedo. ¡Antes morir que odiar y temer, y antes morir dos veces que hacerse odiado y temido!, deberá ser un día la máxima principal de toda sociedad establecida. Sabemos que a los representantes liberales del pueblo les falta tiempo para reflexionar sobre la naturaleza del hombre; de lo contrario, sabrían que actúan inútilmente al predicar «una disminución gradual de los gastos militares». Al contrario, solo cuando esa especie de miseria llegue a su punto máximo, estará cerca el remedio capaz de conseguir lo que he dicho. El árbol de la gloria militar no podrá ser destruido más que de una vez por un solo rayo, y el rayo, como sabemos, viene de las alturas (El viajero y su sombra, § 279).

Muchos se sorprenderán, y yo con ellos, de que Nietzsche rechace aquí “la doctrina de las ansias de conquista” y de que considere a la guerra como algo inhumano y nefasto. Busca el desarme internacional, el anhelo del pacifismo en su más pura expresión. ¿Debemos suponer entonces que era Nietzsche un pacifista? No lo sé. Lo único que sé es que Nietzsche, en ciertas ocasiones, se contradecía[1].



[1] Para quien abrigue alguna duda respecto del carácter sádico—belicista de la filosofía de Nietzsche, ahí están todas las citas que transcribí en el 2009, en las varias entradas que relacionan la filosofía de Nietzsche con el nazismo. Y si estas se consideran escasas, agrego ahora otras tantas, tomadas de dos de sus más emblemáticos libros. Léanse, de La ciencia jovial, los parágrafos 13, 26, 32, 338 y 377, y de Humano, demasiado humano, los parágrafos 103, 241, 246 y 476. Se podría suponer que Nietzsche tuvo una etapa pacifista y que luego se volvió belicista, o a la inversa, pero esta hipótesis queda bastante deteriorada cuando consultamos las fechas en que fueron escritos todos estos parágrafos. Las acotaciones belicosas de La ciencia jovial datan de 1882, las pacifistas de El viajero y su sombra datan de 1880 y las belicistas de Humano, demasiado humano datan de 1878. O sea que Nietzsche pasaba del belicismo al pacifismo intermitentemente, en períodos bienales. No es imposible que una persona incurra en estos vaivenes ideológicos, pero si esa persona es un intelectual reconocido la cosa se torna curiosa. El mote de intelectual ya parece no encajar, y el reconocimiento parece inmerecido.

martes, 9 de agosto de 2011

Tres pacifistas

Tres grandes pacifistas políticos hubo en este mundo en los últimos tiempos: León Tolstoi, el Mahatma Gandhi y Martín Luther King. Considerar como “pacifista político” a Tolstoi es polémico, pero lo incluyo en el grupo por la sencilla razón de que era un polemista nato, un hombre que deseaba influir en su tiempo y en su pueblo, y eso es ser, en cierto sentido, político, por más que no haya ocupado cargos gubernamentales o aspirado a ellos. Pues bien, la pregunta que me hago ahora es la siguiente: ¿fueron estos hombres quienes contagiaron su pacifismo y su cristianismo al pueblo que los cobijaba o fue al revés, y fue un pueblo pacifista y cristiano quien cristalizó, quien dio forma e ideales a estas grandes personalidades? Por lo pronto, en el caso de Tolstoi yo creía que su pacifismo era en principio incompatible con la mentalidad del pueblo ruso, pero parece que no, si hemos de creer a Romain Rolland. Para este  francés, el cristianismo coherente de Tolstoi es fiel espejo de lo que evidenciaba el humilde campesinado ruso en medio del despotismo zarista. Este pueblo, decía Romain Rolland al año siguiente de la muerte de Tolstoi, “es, de todos los pueblos, el más penetrado por el verdadero cristianismo”. Y ¿qué es el verdadero cristianismo? Amor, solamente amor.

Ahora bien, esta ley de amor no puede realizarse si no se  apoya sobre la ley de la no-resistencia al mal. Y esta no-resistencia al mal (fijémonos bien, nosotros que cometemos el error de ver en ella una utopía particular a Tolstoi y a algunos soñadores) es y ha sido siempre un rasgo esencial del pueblo ruso.
El pueblo ruso ha observado siempre, con respecto al poder, una actitud muy distinta que los otros pueblos europeos. Nunca ha entrado en lucha con el poder, y nunca, principalmente, ha participado en él. No ha podido mancharse con él; lo ha considerado como un mal que se puede evitar. […] La mayoría del pueblo ruso ha preferido siempre soportar los actos de violencia que contestarlos violentamente o ser cómplice de ellos. Se ha sometido siempre…

Estas afirmaciones quedan desvirtuadas por la revolución leninista que años más tarde llegaría; pero no tanto, porque no es que afirme Rolland  que todo el pueblo ruso era pacifista a principios del siglo XX, sino que buena parte lo era, y esa parte fue la que quedó relegada cuando se optó por la revolución política. Podría conjeturarse también que el pueblo ruso cambió de táctica, pasando del pacifismo a la violencia, luego de la matanza de San Petersburgo del 22 de enero de 1905 (el famoso “Domingo sangriento”). En ese momento comprendió que si lo que quería era derrocar zar Nicolás II, el pacifismo cristiano no era el método adecuado, y se decidió a simpatizar con los nacientes bolcheviques. Podría haber sucedido, pues, que siendo el pueblo ruso esencialmente cristiano en su gran mayoría y en consecuencia pacifista, aquel domingo sangriento le provocara un shock ideológico que terminara “bolchevicándolo”. Tal vez sea esta –aunque no estoy seguro-- la opinión de Rolland.

Desde hacía largo tiempo, en Rusia, los viejos creyentes, a quienes se llamaba sectarios, practicaban obstinadamente y a pesar de las persecuciones, la no-obediencia al Estado y rehusaban reconocer la legitimidad del poder. […] Por otra parte, provincias, razas enteras, que no conocían a Tolstoi, habían dado el ejemplo de una negativa absoluta y pasiva de obediencia al Estado: los “dukhobors” del Cáucaso, desde 1898; los georgianos de la Guria, hacia 1905. Menos acción tuvo Tolstoi sobre estos movimientos, que la que ellos tuvieron sobre él; y el interés de sus escritos está precisamente en que, a despecho de lo que han pretendido los escritores del partido de la revolución […], él encarnó la voz del viejo pueblo ruso (Romain Rolland, Tolstoi, pp. 129 a 131).


Le doy la derecha a Rolland: el pacifismo ruso no sería tanto creación de Tolstoi sino Tolstoi creación del pacifismo ruso. ¿Y habrá sucedido lo mismo con Gandhi y con Luther King? ¿Habrán sido las comunidades hindúes y afroamericanas, respectivamente, las que acicatearon a estos personajes para que se convirtieran en líderes de la no violencia? Tentado estoy de asumirlo; pero entonces, ¿en dónde encajo yo? Porque me costaría encontrar, hoy en día en el planeta, pueblo más vengativo y resentido que el argentino.