Hablando del ideal político que propone
Platón, en el que los filósofos gobiernan, Harald Høffding aclara que “se puede
ser sabio y bueno sin ser hombre de Estado” (La moral, IV, XL, 4). Yo diría que no se puede ser sabio y bueno siendo a la vez un hombre de Estado,
juicio casi universal, excepción hecha del Mahatma Gandhi y de alguno que otro
más que ahora se me escapa.
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domingo, 8 de marzo de 2020
miércoles, 18 de julio de 2018
Pessoa y Gandhi
Y para completar el cuadro ayer
descrito, tenemos lo que opinaba Pessoa del Mahatma Gandhi: “Única figura
verdaderamente grande que hay hoy en el mundo” (citado por Pablo
Javier Pérez López en Poesía, ontología y tragedia en Fernando Pessoa, prólogo[1]).
El gran hindú que luchó contra la esclavitud de sus coterráneos en Sudáfrica y
luego en la propia India, catalogado como un grande por quien proporcionaba a
la esclavitud el escalafón de ley natural y la consideraba lógica y necesaria
en pleno siglo XX. ¡Me mareo!
miércoles, 20 de junio de 2018
La inconsecuente compasión de Marco Aurelio
Marco Aurelio fue el alma
más noble que haya existido.
Hippolyte Taine
“Propio
del hombre es amar incluso a los que tropiezan”, dijo Marco Aurelio (Meditaciones, VII, 22). Y sigue: “Cuando
alguien yerre contra ti, al punto medita que ha errado por sus supuestos sobre
qué es bueno y qué es malo. Pues al considerar eso te compadecerás de él, no te
sorprenderás ni te encolerizarás” (VII, 26). Sabias palabras —y raras en un
estoico, poco propensos a compadecerse—, pero ¿por qué no las puso en práctica
en el año 177, cuando dio la orden de asesinar a un sinnúmero de cristianos en
Lyon? Ser gobernador y ser a la vez compasivo con el prójimo es algo tan antitético
que nadie (con excepción de Gandhi) lo conseguido. Es por eso que haremos bien,
si somos por naturaleza compasivos, en desechar cualquier pretensión de ser
integrantes de un gobierno coactivo.
viernes, 19 de octubre de 2012
Algo sobre la humildad
Decía el Mahatma Gandhi que el aprendiz de filósofo, es decir, el
buscador de verdades,
debe ser tan humilde como
el polvo. El mundo aplasta el polvo bajo sus pies, pero el que busca la verdad,
ha de ser tan humilde que incluso el polvo pueda aplastarlo. Sólo entonces, y
nada más que entonces, obtendrá los primeros vislumbres de la verdad (Mohandas
Gandhi, Autobiografía, introducción [p.
16]).
Coincido
con esta apreciación: la humildad es la llave que nos permite ingresar al
sagrado recinto de los juicios verdaderos. Sin embargo, no coincido con la idea
que parecía tener Gandhi de lo que es una persona humilde. "Hasta tanto un
hombre --decía-- no se considere el último entre las otras criaturas, no hay
salvación para él" (ibíd.,
anteúltimo párrafo). Yo no creo que la humildad pase por considerarse uno mismo
el último entre las criaturas; eso constituiría más bien una ceguera a los
propios valores (intelectuales, éticos y demás). Para mí, una persona humilde
es aquella que actúa y se posiciona como
si fuese la última entre todas las criaturas, pero sin caer en el error de
creerse verdaderamente que tal posicionamiento se verifica en la escala jerárquica
de los seres. Así, si se nos cruza en nuestro camino un rebaño de ovejas, no lo
importunaremos e interrumpiremos su andar con la excusa de que llevamos prisa y
que nuestros asuntos son más importantes, sino que esperaremos pacientemente
que se despeje el camino y recién ahí continuaremos nuestra marcha. Estaremos
así dando prioridad a las ovejas por sobre nuestros propios intereses, pero
esto no significará en absoluto que nos consideremos éticamente,
intelectualmente, culturalmente, etc., inferiores a estos mamíferos, porque
sería ésta una torpe mentira, y la mentira es inmoral, sea que la practiquemos
con el prójimo o con nosotros mismos. Polvo seremos, y como buen polvo seremos
pisados y machacados y no tendremos derecho a protestar, pero seremos polvo
inteligente, porque el pie que nos pisa y nos machaca no será mejor que
nosotros, y nosotros lo sabremos. Y estaremos orgullosos de seguir
comportándonos con humildad a pesar de tener conciencia de nuestra
superioridad. La verdadera humildad está en saberse superior a otra persona, o
a otro ser cualquiera, y sin embargo permanecer allí, como polvo, en el piso,
esperando el pisoteamiento.
domingo, 14 de octubre de 2012
Gurú se busca
Leo al Mahatma Gandhi: "Yo creo en la teoría
hindú del gurú y en su importancia para la realización espiritual. Creo que hay
una gran parte de verdad en la teoría de que la auténtica sabiduría es
inalcanzable sin un gurú" (Autobiografía,
2, I [p. 99]). Yo también creo en la veracidad de tal teoría, y digo con desconsuelo
que pese a disfrutar de gran cantidad de gurúes que me han transmitido su
mensaje a través del papel impreso, aún no encontré a mi auténtico gurú de
carne y hueso.
martes, 9 de octubre de 2012
Un espejito llamado Che
… Tal es la
doctrina cristiana. Igualmente alejada del quietismo religioso y de las
pretensiones altivas de los revolucionarios, que sueñan transformar al mundo
sin saber en qué consiste la verdadera felicidad.
León Tolstoi, Placeres crueles
Hoy se cumplen cuarenta y cinco años de la
muerte del Che Guevara. Este siglo que se va no ha dado muchos ejemplos de cómo
el instinto de supervivencia colectivo de los humanos puede opacar y hasta
ridiculizar a la supervivencia instintiva del egoísta, por eso es que no quiero
dejar pasar la oportunidad de declarar mi admiración por alguien que con tanto
estilo se la jugó por los demás, por alguien que rozó muy de cerca el
significado que le doy a la palabra valentía.
Y sin embargo, ¡cuán lejos estoy de
aprobar lo que hizo y pretendió hacer el guerrillero por antonomasia en
supuesto beneficio de la causa humana!
Guevara fue el caso típico de aquel
que superpone el fin a lograr a los medios a utilizar para ello. Las causas
justas lo cegaban, pero no se puede llegar a la justicia si no se ve por dónde
se camina y se choca y pisa a todo aquel que tiene la desgracia de interferir
el paso del ciego. Tuvo una muy particular hidalguía; su "ascetismo"
en medio de la ferocidad que suele caracterizar a las guerras civiles es algo
que debe ser conocido y es el punto en el que me baso para seudoapologiarlo;
mas no creo que haya nunca podido digerir el conflicto evidente que siempre
habrá entre la ética personal y las matanzas, por más que se mate "por una
causa justa" y sin odiar al enemigo, condiciones, según él, indispensables
de ser meditadas y sentidas por el buen revolucionario antes de iniciar
cualquier acción armada.
Desde la Biblioteca del Congreso
de la Nación ,
del Congreso de tu nación, esa que
querías, más que ninguna, ver liberada de sus miserias, desde aquí me permito
criticarte, amigo Che, si es que estás en algún lado y podés escucharme.
Yo sé que vos eras demasiado inteligente
como para suponer que el fin justifica los medios. Por eso actuaste como
actuaste en medio de la lucha, como un hombre y no como una bestia, y así se lo
recomendaste a tus soldados. Pero sin embargo no alcanzó. Los medios seguían
siendo malos por mucho que los vistieras de seda. ¿Te acordás cuando mataste a
ese perrito que no se te despegaba y te ladraba continuamente, temiendo que
pudiese delatar tu posición ante el enemigo?[1]
¿Qué sentiste? ¿Nocierto que no te sentiste bien, qué te pareció que te traicionabas
o traicionabas a algo, a una ley no escrita que te decía que no mientras la
situación te lo imponía? Mataste al perro "por una buena causa" y sin
odiarlo, es cierto; pero aun así el perro ya no movió más la cola.
Deberías haber sabido que el fin nace
de los medios que utilizamos para llegar a él. Tal vez lo sabías. Pero entonces
¿cómo no sabías que lo bueno sólo nace de lo bueno, nunca de lo malo, y que si
vos estabas luchando por la vida nunca hubieses podido triunfar por medio de la
muerte?
Si tu conciencia se quedó en el ‘67 me
dirás: "¡Pero si en cierta forma he triunfado! ¿Acaso Cuba no es
libre?" Pues te diré que no, compañero; Cuba no es libre. Eso fue una
ilusión que duró unos años, hasta que la polvareda de alegría que levantaste
con tu revolución se fue asentando y permitiendo ver la realidad que se
ocultaba. Que es la misma de siempre, te lo garanto. O casi la misma: dale un
poco más de tiempo para que se normalice. Vos la disfrutaste. Disfrutaste tu
efímera victoria. Pero ¿de qué le sirve tu revolución de museo al cubano de
hoy, al ser humano de hoy, o mejor, al de mañana?
"Fue lindo mientras duró",
dirán algunos. Pero ¿se puede decir que duró? Unos años son bastante tiempo
para una persona; pero para la
Historia , amigo Che, ¡tu revolución casi no existe!
Hoy le miro la cara a los franceses...
y no los adivino más felices que Robespierre y su camada. ¿Qué clase de
revolución fue ésa que no hizo más dichosos a sus herederos? Razonemos,
compañero: Así como lo bueno no puede nacer de lo malo, lo malo tampoco puede
nacer de lo bueno. Pero ¿habría existido un Napoleón si no hubiese habido una
revolución francesa? Luego Napoleón, históricamente hablando, debe su
existencia a la revolución francesa, nació de ella, es el lógico efecto de
tamaña causa. Entonces hay dos posibilidades: que la revolución francesa haya
sido buena y su consecuencia, Napoleón, también lo sea, o que ambos, madre e
hijo, hayan sido una lastimosa experiencia. ¿Con cuál de las hipótesis se queda
usted, Comandante?
Y de los rusos, ¿qué me contás? Ayer
alabando al marxismo y hoy tomando Coca-Cola... Lenin nunca pensó que su
megarrevolución iba a resultar tan extensa en espacio como efímera en tiempo.
Lo mismo Mao con sus chinos; los orientales son cabezas duras, pero igual están
volviendo.
Y hablando de orientales, ese viejito
que te pasó por al lado montado en su nube, ¿sabés quién es? Es mi amigo
Gandhi, un santo que se metió en política. Y así le fue. ¿Se ve desde allá arriba
la muralla china? ¿Cómo que no?, ¡si me dijeron que se ve desde la luna! Mirá
bien, y una vez que la localices mirá un poco más abajo. Vas a ver una especie
de triángulo al que llaman la
India. Allí fue donde aquel pequeño personaje, así como lo
ves, bajito, pelado, narigón, orejudo y desdentado, organizó la revolución
política más trascendente de la historia. Y sin embargo fracasó. ¡Sí, fracasó!
¿No te contaron lo que pasó después entre los hindúes y los musulmanes? ¿Y lo
que pasa ahora, no lo ves? ¿No ves a la gente muriendo miserablemente en las
calles de Calcuta, víctima de terribles enfermedades? ¿No ves a los chicos
desnutridos hasta los huesos, peleándose como perros por un puñado de arroz que
no todos los días consiguen? ¡Otra revolución que fracasó! Si te lo cruzás en
otra ocasión preguntale por qué hoy la
India no es libre como él quería. Tal vez te diga lo mismo
que pienso yo al respecto: que se equivocó de profesión, que un solo hombre,
por Gandhi que sea, no puede transformar a cien millones. Con mostrarle su
verdad a uno, o a un puñado, se cumple más que suficientemente con la Voluntad divina. A eso se
dedican los sabios.
¡Triste panorama revolucionario el de
fin de milenio, ¿no?! Quizá las únicas que están en alza son las revoluciones
conservadoras de los japoneses y norteamericanos. Aunque si hacemos lo que con
los franceses y les miramos la cara, ¿podremos descubrir en el brillo de sus
ojos ese resplandor de paz interior que solamente se distingue en la mirada de
un verdadero revolucionario?
Bueno, te dejo tranquilo. ¡Cuarenta y cinco años descansando en paz y te viene a despertar este salame! Un par de cosas
más: Quiero que sepas que si vos no hubieras sido vos, tal vez yo no me habría
animado a empezar mi viaje. Y quiero que te quede muy claro que te admiro. No
por todo lo que eras, pero sí por lo
que de vos rescato (no sé de otra forma de admirar un hombre que no sea esa,
salvo si me hablan del Barbeta).
Tengo un espejo muy grande y nítido en
el cual mirarme, pero está puesto muy arriba y a veces ni cogoteando lo
alcanzo. Por eso creí conveniente instalar en mi cuarto algunos otros espejitos
más borrosos, reales o imaginarios, en los cuales no me sea tan difícil
reflejarme. Al primero lo llamé Don Quijote, al segundo Sócrates, al tercero
Martín Fierro, al cuarto Gandhi y al quinto Che Guevara.
miércoles, 29 de agosto de 2012
El conde Tolstoi como mentor del Mahatma Gandhi
Leo a un conocido biógrafo del Mahatma Gandhi:
Comenzó a formar una pequeña biblioteca de libros religiosos que le ayudaran a descubrir la verdad [...]. Leyó durante aquel año unos ochenta libros, [...] entre ellos El reino de Dios está en ti, de Tolstoi, que le conmovió profundamente (Robert Payne, Gandhi, p. 115).
Y siendo que tantísimas otras personas, antes y después de Gandhi, han leído este mismo libro, este gran libro del conde Tolstoi, como si nada, sin poder asimilárselo, se me viene al punto a la mente un inolvidable y acertadísimo aforismo de Georg Christoph Lichtenberg: "Aquel libro tuvo el efecto que los buenos libros tienen comúnmente. Hizo más ingenuos a los ingenuos, más inteligentes a los inteligentes, y los otros miles permanecieron inmutables".
martes, 9 de agosto de 2011
Tres pacifistas
Tres grandes pacifistas
políticos hubo en este mundo en los últimos tiempos: León Tolstoi, el Mahatma
Gandhi y Martín Luther King. Considerar como “pacifista político” a Tolstoi es
polémico, pero lo incluyo en el grupo por la sencilla razón de que era un
polemista nato, un hombre que deseaba influir en su tiempo y en su pueblo, y
eso es ser, en cierto sentido, político, por más que no haya ocupado cargos
gubernamentales o aspirado a ellos. Pues bien, la pregunta que me hago ahora es
la siguiente: ¿fueron estos hombres quienes contagiaron su pacifismo y su
cristianismo al pueblo que los cobijaba o fue al revés, y fue un pueblo pacifista
y cristiano quien cristalizó, quien dio forma e ideales a estas grandes
personalidades? Por lo pronto, en el caso de Tolstoi yo creía que su pacifismo
era en principio incompatible con la mentalidad del pueblo ruso, pero parece
que no, si hemos de creer a Romain Rolland. Para este francés, el cristianismo coherente de Tolstoi
es fiel espejo de lo que evidenciaba el humilde campesinado ruso en medio del
despotismo zarista. Este pueblo, decía Romain Rolland al año siguiente de la
muerte de Tolstoi, “es, de todos los pueblos, el más penetrado por el verdadero
cristianismo”. Y ¿qué es el verdadero cristianismo? Amor, solamente amor.
Ahora bien, esta ley de amor no puede realizarse si no se apoya sobre la ley de la no-resistencia al
mal. Y esta no-resistencia al mal (fijémonos bien, nosotros que cometemos el
error de ver en ella una utopía particular a Tolstoi y a algunos soñadores) es
y ha sido siempre un rasgo esencial del pueblo ruso.
El pueblo ruso ha observado siempre, con
respecto al poder, una actitud muy distinta que los otros pueblos europeos.
Nunca ha entrado en lucha con el poder, y nunca, principalmente, ha participado
en él. No ha podido mancharse con él; lo ha considerado como un mal que se
puede evitar. […] La mayoría del pueblo ruso ha preferido siempre soportar los
actos de violencia que contestarlos violentamente o ser cómplice de ellos. Se
ha sometido siempre…
Estas afirmaciones quedan desvirtuadas
por la revolución leninista que años más tarde llegaría; pero no tanto, porque
no es que afirme Rolland que todo el pueblo ruso era pacifista a
principios del siglo XX, sino que buena parte lo era, y esa parte fue la que
quedó relegada cuando se optó por la revolución política. Podría conjeturarse
también que el pueblo ruso cambió de táctica, pasando del pacifismo a la
violencia, luego de la matanza de San Petersburgo del 22 de enero de 1905 (el
famoso “Domingo sangriento”). En ese momento comprendió que si lo que quería
era derrocar zar Nicolás II, el pacifismo cristiano no era el
método adecuado, y se decidió a simpatizar con los nacientes bolcheviques.
Podría haber sucedido, pues, que siendo el pueblo ruso esencialmente cristiano
en su gran mayoría y en consecuencia pacifista, aquel domingo sangriento le
provocara un shock ideológico que
terminara “bolchevicándolo”. Tal vez sea esta –aunque no estoy seguro-- la
opinión de Rolland.
Desde hacía largo tiempo, en Rusia, los viejos creyentes, a quienes se
llamaba sectarios, practicaban obstinadamente y a pesar de las persecuciones,
la no-obediencia al Estado y rehusaban reconocer la legitimidad del poder. […]
Por otra parte, provincias, razas enteras, que no conocían a Tolstoi, habían
dado el ejemplo de una negativa absoluta y pasiva de obediencia al Estado: los
“dukhobors” del Cáucaso, desde 1898; los georgianos de la Guria, hacia 1905.
Menos acción tuvo Tolstoi sobre estos movimientos, que la que ellos tuvieron
sobre él; y el interés de sus escritos está precisamente en que, a despecho de
lo que han pretendido los escritores del partido de la revolución […], él
encarnó la voz del viejo pueblo ruso (Romain Rolland, Tolstoi, pp. 129 a 131).
Le doy la derecha a Rolland: el
pacifismo ruso no sería tanto creación de Tolstoi sino Tolstoi creación del
pacifismo ruso. ¿Y habrá sucedido lo mismo con Gandhi y con Luther King?
¿Habrán sido las comunidades hindúes y afroamericanas, respectivamente, las que
acicatearon a estos personajes para que se convirtieran en líderes de la no
violencia? Tentado estoy de asumirlo; pero entonces, ¿en dónde encajo yo?
Porque me costaría encontrar, hoy en día en el planeta, pueblo más vengativo y
resentido que el argentino.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Conocimiento y virtud
De aquí en adelante publicaré algunas de las secciones del apéndice a La ética y la moral. Comenzaré con la sección I:
Conocimiento y virtud[1]
¿Es bueno que se acumule el saber? Eso depende de si hablamos del saber axiológico relacionado con la ética o si nos remitimos solamente al conocimiento científico ortodoxo. Si hablamos de conocimientos éticos, es decididamente bueno que este saber se acumule. En cambio, si excluimos a la ética del conocimiento científico, este saber y su acumulación en la cabeza de los hombres no es ni bueno ni malo en sí mismo. En este sentido, el conocimiento científico potencia la condición moral del individuo que lo porta. Si el individuo es bueno, el conocimiento científico lo tornará mejor; si es malo, lo empeorará. Imaginemos una escala que midiese la bondad o maldad de los seres que vaya del cero hasta el infinito. El cero representaría el carácter necrofílico absoluto, las cifras infinitamente grandes el carácter biofílico infinitamente desarrollado, y el número uno sería la representación del carácter absolutamente neutral (ni bueno ni malo). Ahora representemos el nivel de conocimiento científico de cada ser con una escala más o menos similar. El individuo con conocimiento científico cero no sabe absolutamente nada, el uno sabe poquísimas cosas, el dos sabe muy poco, el tres sabe poco y así sucesivamente. Ahora elevemos la cifra correspondiente al grado de bondad o maldad individual a la cifra correspondiente al grado de conocimiento científico del sujeto y obtendremos la dimensión numérica real del carácter de cada individuo. Por ejemplo, si tenemos un pulgón con un nivel de bondad de 1,1 (los animales no humanos no pueden alejarse demasiado del 1, ni hacia adelante ni hacia atrás) y un nivel de conocimiento científico de 4 (el conocimiento, si científico, debe ser conciente, por lo que los animales con bajo nivel de conciencia no pueden acceder a puntajes elevados), tendremos en consecuencia un pulgón de carácter 1,46, o mejor dicho un individuo de carácter 1,46, pues este procedimiento hace posible la comparancia entre los caracteres de animales de diferentes especies, de suerte que si encontramos un hombre cuyo nivel de carácter sea inferior a 1,46, tendremos todo el derecho de decir que tal persona tiene un carácter más necrofílico que el del homóptero citado.
Tres son las situaciones que pueden darse: o el individuo es bueno (superior a 1), o es malo (inferior a 1), o es neutral (1). Si es bueno, tendrá mejor carácter cuanto mayor sea su nivel de conocimientos científicos; si es malo, tendrá peor carácter cuanto más sepa (los números fraccionarios positivos menores que 1 se achican si son elevados a una potencia mayor que 1); y si es neutral, permanecerá en su neutralidad por grande o pequeño que sea su conocimiento científico (el 1 elevado a cualquier número la siempre 1). Asimismo, el individuo que carezca de todo conocimiento científico no podrá ser nunca ni bueno ni malo, puesto que todo número elevado a la potencia cero da como resultado el número 1 (pero este caso no se da nunca en la práctica, pues hasta la más diminuta bacteria, en tanto sea capaz de percibir de algún modo cierta parte de la realidad del mundo, posee conocimientos científicos). En los casos en que el conocimiento científico del individuo sea escasísimo pero no nulo (mayor que cero pero menor que uno) se produce una contradicción a los dos primeros principios generales esbozados: un número mayor que el 1 elevado a una potencia constituida por una fracción propia (la de numerador menor que el denominador) da como resultado un número menor al elevado (por ejemplo, 52/3 = 2,92), y un número menor que uno elevado a una potencia similar a la anterior da como resultado un número mayor al elevado (por ejemplo, 0,54/5 = 0,57). Esto significaría que el conocimiento científico, cuando es ínfimo, empeora el carácter del individuo bueno y mejora el del malo; pero teniendo en cuenta que sólo los organismos excesivamente simples podrían ostentar un nivel de conocimiento tan rudimentario, digamos que al menos desde los insectos y hasta llegar al hombre, esta inversión de la regla general no se verifica. Y si aun así la inconsecuencia nos tortura, habrá que anular con algún decreto los números mayores que cero y menores que uno de la escala del conocimiento.
Finalicemos el análisis de la teoría con dos ejemplos concretos que la grafiquen referidos a sendas comparaciones.
Supongamos que tanto Gandhi como Einstein, que según mi opinión fueron los dos seres más biofílicos del siglo XX (al menos entre los que cobraron fama), supongamos que ambos compartían el mismo grado de biofilia. ¿Implicará esto que los dos poseían el mismo grado de condición moral y el mismo nivel de conocimiento científico? No. Gandhi tenía más condición moral que Einstein, y éste más conocimientos científicos que aquél. Coloquémosle a Gandhi 19 en moralidad y un 100 en conocimientos: su nivel de biofilia alcanzará los 2 × 1095 puntos (un 2 seguido de 95 ceros). A Einstein le podría caber entonces un 16,23 en moralidad[2] y un 120 en conocimientos, lo que lo dejaría con el mismo nivel de biofilia que el hindú. Y en el otro extremo, podríamos suponer equivalentes los grados de necrofilia de dos de los personajes más nefastos de este siglo: Adolfo
Hitler y el reverendo Jim Jones[3], pero aclarando que Jones atesoraba mayores conocimientos científicos y a la vez era un poco más bueno que Hitler. Así, si calificamos a Jones con 0,3 en condición moral y un 70 en conocimientos científicos, su grado real de necrofilia será de 2 × 10-37 (un 2 precedido de 37 ceros), el mismo que podría corresponder a Hitler si lo calificásemos con un 0,185 y 50 respectivamente.
Cada vez estoy más convencido de que lo único real en el universo de los fenómenos perceptibles en la cantidad, de que todo puede medirse, de que todo puede relacionarse con todo si se hila lo suficientemente fino...
Imbuido en tales convencimientos hilvané la teoría precedente, que no es más que eso, un hilván que aspira sólo a preparar las telas que otros han de coser. Tocarále a mi sucesor o sucesores realizar la costura propiamente dicha, costura que constará de puntos y nada más que de puntos, pues para no dar puntada sin hilo no se necesita de otra cosa que no sea la aguja de la matemática[4].
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[1] Este ensayo fue escrito en noviembre de 1999 y está incluido en mis Citas y notas.
[2] (Nota añadida el 4/11/3.) Después de leer el libro Einstein de Peter Michelmore e interiorizarme sobre algunos aspectos de la vida del gran físico alemán y sobre algunas actitudes suyas que desconocía o sólo entreveía, tengo que confesar que este 6,23 en moralidad me parece ahora demasiado generoso. Ya no creo que don Alberto haya sido una de las dos celebridades más biofílicas del siglo XX. Este cambio de opinión se debe, en gran parte, a estos cuatro puntos:
1°) Su empedernido tabaquismo. Ninguna persona que aspire a la santidad debe ser dominada por el tabaco o por cualquier otro vicio. Entiéndase la diferencia: no digo que un santo no pueda fumar, sino que no debería ser esclavo del tabaco como lo era Einstein. La siguiente anécdota relatada por David Reichinstein --profesor de química en la Universidad de Zurich y amigo personal del Einstein-- grafica el grosero tabaquismo en el que había caído ya en 1909, a los treinta años de edad:
La señora Einstein había salido y Albert vigilaba a los niños. La puerta del piso estaba abierta para que se secase el suelo, que acababa de ser fregado [...]. Entré en el cuarto de Einstein. Estaba en una actitud serenamente filosófica, con una mano moviendo la cuna en la que estaba un niño [Edward, su segundo hijo, recién nacido]. En la boca, Einstein tenía un cigarro puro malo, malísimo, y en la otra mano un libro abierto. La estufa humeaba de un modo horrible. No sé cómo demonios podía soportar aquello (citado por Michelmore en ibíd., cap. 3).
Dice Michelmore que Reichinstein,
hombre profundamente intelectual, que consideraba a Einstein como a un segundo Sócrates, hallaba sumamente estimulantes las charlas con su nuevo amigo. Pero su actitud de admiración y respeto sentíase a veces perturbada por los repulsivos hábitos de Einstein en cuanto fumador. Quedábase como hipnotizado al ver el modo como Einstein se llevaba a la boca una colilla de puro, desecha, mojada. Una vez, los dos estaban charlando mientras paseaban por una callejuela de las afueras, y a Einstein se le cayó el cigarro en el polvo. El cilindro pardo de tabaco quedó completamente empolvado. Einstein lo contempló un segundo, pareció como si estuviera a punto de pisotear la colilla, luego cambió de parecer y la recogió. Y soplando para limpiar la punta de polvo, se la metió en la boca.
--¡Ah! --gimió dolorosamente Reichinstein--. ¿Y los microbios?
--¡Los microbios me importan un pepino! --Dijo Einstein.
2°) Su ambivalente pacifismo. Dijo Einstein en 1930 en Nueva York: "Si solamente el dos por ciento de los asignados para cumplir el servicio militar anunciasen su decisión de negarse a combatir... los gobiernos serían impotentes. No se atreverían a enviar a la cárcel a un número tan grande de personas" (cap. 8). Pero este grito de rebeldía se sofocaría tres años después al afirmar, en una carta que se publicó en París en un periódico pacifista, que "si yo fuera belga, no rehusaría prestar el servicio militar en las actuales circunstancias. Más bien entraría animado en tal servicio en la creencia de que con ello contribuiría a salvar la civilización europea" (cap. 10). Einstein temía que Hitler invadiese Bélgica; he ahí el motivo de su cambio de ideas. "Aun cuando seguía detestando el militarismo", creía que "la especial situación de Europa hacía del servicio militar un deber en los países democráticos" (palabras de Michelmore, cap. 10). Ahora bien, ¿qué clase de pacifista es aquel que se vanagloria de ello en situaciones "normales" y que deviene belicista ni bien la situación se torna "especial"? Puestos a pacifistas, hay que serlo a todo trance, sin importar que tal o cual peligro se cierna en el horizonte. "Einstein --dice Michelmore-- estaba convencido de que las palabras no detendrían a Hitler". Certero convencimiento, pero ¿qué importancia tiene? El verdadero pacifista no intenta detener o prevenir la violencia mediante palabras, más bien utiliza las palabras con el mero propósito de persuadir o disuadir a los violentos; pero si no logra persuadirlos o disuadirlos, acabada está su tarea. Si la persuasión se transforma en amenaza toda vez que una situación "especial" se presenta, ese persuadidor era en el fondo tan belicista como cualquier vándalo.
Pero su apoyo al servicio militar no es nada comparado con su apoyo a la fabricación de la bomba atómica por parte de los Estados Unidos. Alguien lo convenció de que los alemanes estaban por buen camino en ese sentido y eso fue todo lo que necesitó Alberto para propiciar, con su firma, la masacre de Hiroshima (ver cap. 12). Él, desde luego, no aprobó que se arrojara la bomba en las circunstancias en que se arrojó. Pero aprobó su construcción, que era lo fundamental, lo que sí estaba en sus manos. Lo demás era táctica militar, y ahí las opiniones del Einstein no tenían peso. La ley de causa y efecto nos dice que nuestro "pacifista" científico causó --indirectamente, pero causó-- la muerte de todos esos civiles hiroshimitas y nagasakitas. Es bien sabido que ni los alemanes ni los japoneses tenían en ese entonces noción alguna sobre cómo fabricar ese artefacto; pero aunque la hubiesen tenido, ¿cambia esto algo a los ojos del pacifista? Negativo. Las bombas atómicas podrán lloverle sobre su cabeza y destruir todas sus pertenencias y todos sus afectos; pero sus ideales... Ésos quedarán siempre a salvo de cualquier explosivo. Einstein canjeó sus ideales pacifistas --los más altos ideales que un hombre pueda tener-- por un paraguas.
3°) Su impracticado vegetarianismo. Tenía yo entendido que Einstein había sido más o menos vegetariano, pero luego de leer el libro de Michelmore descubro con pesar que no sólo no lo era, sino que además profesaba un tal desprecio y desinterés por su alimentación que terminó sufriendo agudos dolores e incluso la muerte a causa de ello. Yo creía que Alberto era poco más o menos que un santo, pero un santo jamás mataría --ni con sus propias manos ni encargándoselo a terceros-- a un ser tan inofensivo y sensible como una vaca o un pollo.
4°) Su riqueza material. "El dormitorio de Einstein --dice Michelmore en el cap. 4-- era de sencillez monacal". Y agrega que a veces llevaba "una vida espartana". Sin embargo, este monje-lacedemonio, que vivía incómodamente, tenía unos cuantos dólares acomodados en su cuenta bancaria cuando lo sorprendió la muerte. 65,000 dólares es mucho dinero aun hoy, y lo era mucho más en 1955. Y eso sin contar su casa. Es verdad que tuvo un gesto de desprendimiento al donar el dinero del premio Nobel --unos 40,000 dólares-- a su primera esposa; pero si el gesto hubiese sido, además de desprendido, filantrópico, esa jugosa suma habría caído en manos más humildes... y más numerosas. Los pobres la miraron pasar, y eso, Alberto, no se hace si uno quiere ser canonizado laicamente.
Einstein fue un grande, pero no tenía pasta de santo. Ponerlo a la altura de Gandhi ha sido una gran torpeza.
[3] A quien no lo conozca, le comento que Jim Jones fue un fanático religioso norteamericano que se suicidó en Guyana en 1978 e indujo a suicidarse con él a más o menos novecientos de sus fieles.
[4] Aclaro, para que esta teoría no entre en contradicción con otra de mis teorías fundamentales (la que dice que el poder de captación cognitiva de un individuo es directamente proporcional a su moralidad --o mejor dicho a su eticidad--), aclaro que lo que en esta nueva teoría llamo conocimiento científico no es más que el conocimiento bruto, erudito digamos, con que nuestro cerebro se nutre desde fuera y que es almacenado por la memoria a la espera de que la razón lo analice; es el conocimiento-combustible que utiliza la razón para trabajar, pero la abundancia de estos conocimientos no hace que una razón poco criteriosa funcione, lo mismo que un tanque colmado de la mejor gasolina no basta para que arranque un auto cuyo motor está descompuesto. Siguiendo la metáfora, si el conocimiento científico es el combustible del motor de la razón, el conocimiento ético viene a ser el mecánico experto en automotores --más experto cuanto mayor sea el conocimiento que de la ética universal ostenta el sujeto--, y el comportamiento ético, o sea la ética aplicada, la ética práctica, representa ni más ni menos que el conductor del rodado. Nuestro yo-auto, si quiere llegar lejos en su viaje a través de la vida, necesita gran cantidad de combustible y del bueno (nada de naftas adulteradas), necesita un mecánico que sepa reparar sus desperfectos, y sobre todo, muy sobre todo, necesita de un señor que se siente tras el volante y lo conduzca. Estas tres necesidades son el conocimiento científico, el conocimiento ético y el comportamiento ético respectivamente. (El conocimiento científico, junto con la razón, trabajan a posteriori, intentando demostrar por medio de la lógica los axiomas --indemostrables-- que la captación cognitiva --la intuición científica-- del individuo extrae a priori de algún rincón de su inconciencia.)
Conocimiento y virtud[1]
¿Es bueno que se acumule el saber? Eso depende de si hablamos del saber axiológico relacionado con la ética o si nos remitimos solamente al conocimiento científico ortodoxo. Si hablamos de conocimientos éticos, es decididamente bueno que este saber se acumule. En cambio, si excluimos a la ética del conocimiento científico, este saber y su acumulación en la cabeza de los hombres no es ni bueno ni malo en sí mismo. En este sentido, el conocimiento científico potencia la condición moral del individuo que lo porta. Si el individuo es bueno, el conocimiento científico lo tornará mejor; si es malo, lo empeorará. Imaginemos una escala que midiese la bondad o maldad de los seres que vaya del cero hasta el infinito. El cero representaría el carácter necrofílico absoluto, las cifras infinitamente grandes el carácter biofílico infinitamente desarrollado, y el número uno sería la representación del carácter absolutamente neutral (ni bueno ni malo). Ahora representemos el nivel de conocimiento científico de cada ser con una escala más o menos similar. El individuo con conocimiento científico cero no sabe absolutamente nada, el uno sabe poquísimas cosas, el dos sabe muy poco, el tres sabe poco y así sucesivamente. Ahora elevemos la cifra correspondiente al grado de bondad o maldad individual a la cifra correspondiente al grado de conocimiento científico del sujeto y obtendremos la dimensión numérica real del carácter de cada individuo. Por ejemplo, si tenemos un pulgón con un nivel de bondad de 1,1 (los animales no humanos no pueden alejarse demasiado del 1, ni hacia adelante ni hacia atrás) y un nivel de conocimiento científico de 4 (el conocimiento, si científico, debe ser conciente, por lo que los animales con bajo nivel de conciencia no pueden acceder a puntajes elevados), tendremos en consecuencia un pulgón de carácter 1,46, o mejor dicho un individuo de carácter 1,46, pues este procedimiento hace posible la comparancia entre los caracteres de animales de diferentes especies, de suerte que si encontramos un hombre cuyo nivel de carácter sea inferior a 1,46, tendremos todo el derecho de decir que tal persona tiene un carácter más necrofílico que el del homóptero citado.
Tres son las situaciones que pueden darse: o el individuo es bueno (superior a 1), o es malo (inferior a 1), o es neutral (1). Si es bueno, tendrá mejor carácter cuanto mayor sea su nivel de conocimientos científicos; si es malo, tendrá peor carácter cuanto más sepa (los números fraccionarios positivos menores que 1 se achican si son elevados a una potencia mayor que 1); y si es neutral, permanecerá en su neutralidad por grande o pequeño que sea su conocimiento científico (el 1 elevado a cualquier número la siempre 1). Asimismo, el individuo que carezca de todo conocimiento científico no podrá ser nunca ni bueno ni malo, puesto que todo número elevado a la potencia cero da como resultado el número 1 (pero este caso no se da nunca en la práctica, pues hasta la más diminuta bacteria, en tanto sea capaz de percibir de algún modo cierta parte de la realidad del mundo, posee conocimientos científicos). En los casos en que el conocimiento científico del individuo sea escasísimo pero no nulo (mayor que cero pero menor que uno) se produce una contradicción a los dos primeros principios generales esbozados: un número mayor que el 1 elevado a una potencia constituida por una fracción propia (la de numerador menor que el denominador) da como resultado un número menor al elevado (por ejemplo, 52/3 = 2,92), y un número menor que uno elevado a una potencia similar a la anterior da como resultado un número mayor al elevado (por ejemplo, 0,54/5 = 0,57). Esto significaría que el conocimiento científico, cuando es ínfimo, empeora el carácter del individuo bueno y mejora el del malo; pero teniendo en cuenta que sólo los organismos excesivamente simples podrían ostentar un nivel de conocimiento tan rudimentario, digamos que al menos desde los insectos y hasta llegar al hombre, esta inversión de la regla general no se verifica. Y si aun así la inconsecuencia nos tortura, habrá que anular con algún decreto los números mayores que cero y menores que uno de la escala del conocimiento.
Finalicemos el análisis de la teoría con dos ejemplos concretos que la grafiquen referidos a sendas comparaciones.
Supongamos que tanto Gandhi como Einstein, que según mi opinión fueron los dos seres más biofílicos del siglo XX (al menos entre los que cobraron fama), supongamos que ambos compartían el mismo grado de biofilia. ¿Implicará esto que los dos poseían el mismo grado de condición moral y el mismo nivel de conocimiento científico? No. Gandhi tenía más condición moral que Einstein, y éste más conocimientos científicos que aquél. Coloquémosle a Gandhi 19 en moralidad y un 100 en conocimientos: su nivel de biofilia alcanzará los 2 × 1095 puntos (un 2 seguido de 95 ceros). A Einstein le podría caber entonces un 16,23 en moralidad[2] y un 120 en conocimientos, lo que lo dejaría con el mismo nivel de biofilia que el hindú. Y en el otro extremo, podríamos suponer equivalentes los grados de necrofilia de dos de los personajes más nefastos de este siglo: Adolfo
Hitler y el reverendo Jim Jones[3], pero aclarando que Jones atesoraba mayores conocimientos científicos y a la vez era un poco más bueno que Hitler. Así, si calificamos a Jones con 0,3 en condición moral y un 70 en conocimientos científicos, su grado real de necrofilia será de 2 × 10-37 (un 2 precedido de 37 ceros), el mismo que podría corresponder a Hitler si lo calificásemos con un 0,185 y 50 respectivamente.
Cada vez estoy más convencido de que lo único real en el universo de los fenómenos perceptibles en la cantidad, de que todo puede medirse, de que todo puede relacionarse con todo si se hila lo suficientemente fino...
Imbuido en tales convencimientos hilvané la teoría precedente, que no es más que eso, un hilván que aspira sólo a preparar las telas que otros han de coser. Tocarále a mi sucesor o sucesores realizar la costura propiamente dicha, costura que constará de puntos y nada más que de puntos, pues para no dar puntada sin hilo no se necesita de otra cosa que no sea la aguja de la matemática[4].
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[1] Este ensayo fue escrito en noviembre de 1999 y está incluido en mis Citas y notas.
[2] (Nota añadida el 4/11/3.) Después de leer el libro Einstein de Peter Michelmore e interiorizarme sobre algunos aspectos de la vida del gran físico alemán y sobre algunas actitudes suyas que desconocía o sólo entreveía, tengo que confesar que este 6,23 en moralidad me parece ahora demasiado generoso. Ya no creo que don Alberto haya sido una de las dos celebridades más biofílicas del siglo XX. Este cambio de opinión se debe, en gran parte, a estos cuatro puntos:
1°) Su empedernido tabaquismo. Ninguna persona que aspire a la santidad debe ser dominada por el tabaco o por cualquier otro vicio. Entiéndase la diferencia: no digo que un santo no pueda fumar, sino que no debería ser esclavo del tabaco como lo era Einstein. La siguiente anécdota relatada por David Reichinstein --profesor de química en la Universidad de Zurich y amigo personal del Einstein-- grafica el grosero tabaquismo en el que había caído ya en 1909, a los treinta años de edad:
La señora Einstein había salido y Albert vigilaba a los niños. La puerta del piso estaba abierta para que se secase el suelo, que acababa de ser fregado [...]. Entré en el cuarto de Einstein. Estaba en una actitud serenamente filosófica, con una mano moviendo la cuna en la que estaba un niño [Edward, su segundo hijo, recién nacido]. En la boca, Einstein tenía un cigarro puro malo, malísimo, y en la otra mano un libro abierto. La estufa humeaba de un modo horrible. No sé cómo demonios podía soportar aquello (citado por Michelmore en ibíd., cap. 3).
Dice Michelmore que Reichinstein,
hombre profundamente intelectual, que consideraba a Einstein como a un segundo Sócrates, hallaba sumamente estimulantes las charlas con su nuevo amigo. Pero su actitud de admiración y respeto sentíase a veces perturbada por los repulsivos hábitos de Einstein en cuanto fumador. Quedábase como hipnotizado al ver el modo como Einstein se llevaba a la boca una colilla de puro, desecha, mojada. Una vez, los dos estaban charlando mientras paseaban por una callejuela de las afueras, y a Einstein se le cayó el cigarro en el polvo. El cilindro pardo de tabaco quedó completamente empolvado. Einstein lo contempló un segundo, pareció como si estuviera a punto de pisotear la colilla, luego cambió de parecer y la recogió. Y soplando para limpiar la punta de polvo, se la metió en la boca.
--¡Ah! --gimió dolorosamente Reichinstein--. ¿Y los microbios?
--¡Los microbios me importan un pepino! --Dijo Einstein.
2°) Su ambivalente pacifismo. Dijo Einstein en 1930 en Nueva York: "Si solamente el dos por ciento de los asignados para cumplir el servicio militar anunciasen su decisión de negarse a combatir... los gobiernos serían impotentes. No se atreverían a enviar a la cárcel a un número tan grande de personas" (cap. 8). Pero este grito de rebeldía se sofocaría tres años después al afirmar, en una carta que se publicó en París en un periódico pacifista, que "si yo fuera belga, no rehusaría prestar el servicio militar en las actuales circunstancias. Más bien entraría animado en tal servicio en la creencia de que con ello contribuiría a salvar la civilización europea" (cap. 10). Einstein temía que Hitler invadiese Bélgica; he ahí el motivo de su cambio de ideas. "Aun cuando seguía detestando el militarismo", creía que "la especial situación de Europa hacía del servicio militar un deber en los países democráticos" (palabras de Michelmore, cap. 10). Ahora bien, ¿qué clase de pacifista es aquel que se vanagloria de ello en situaciones "normales" y que deviene belicista ni bien la situación se torna "especial"? Puestos a pacifistas, hay que serlo a todo trance, sin importar que tal o cual peligro se cierna en el horizonte. "Einstein --dice Michelmore-- estaba convencido de que las palabras no detendrían a Hitler". Certero convencimiento, pero ¿qué importancia tiene? El verdadero pacifista no intenta detener o prevenir la violencia mediante palabras, más bien utiliza las palabras con el mero propósito de persuadir o disuadir a los violentos; pero si no logra persuadirlos o disuadirlos, acabada está su tarea. Si la persuasión se transforma en amenaza toda vez que una situación "especial" se presenta, ese persuadidor era en el fondo tan belicista como cualquier vándalo.
Pero su apoyo al servicio militar no es nada comparado con su apoyo a la fabricación de la bomba atómica por parte de los Estados Unidos. Alguien lo convenció de que los alemanes estaban por buen camino en ese sentido y eso fue todo lo que necesitó Alberto para propiciar, con su firma, la masacre de Hiroshima (ver cap. 12). Él, desde luego, no aprobó que se arrojara la bomba en las circunstancias en que se arrojó. Pero aprobó su construcción, que era lo fundamental, lo que sí estaba en sus manos. Lo demás era táctica militar, y ahí las opiniones del Einstein no tenían peso. La ley de causa y efecto nos dice que nuestro "pacifista" científico causó --indirectamente, pero causó-- la muerte de todos esos civiles hiroshimitas y nagasakitas. Es bien sabido que ni los alemanes ni los japoneses tenían en ese entonces noción alguna sobre cómo fabricar ese artefacto; pero aunque la hubiesen tenido, ¿cambia esto algo a los ojos del pacifista? Negativo. Las bombas atómicas podrán lloverle sobre su cabeza y destruir todas sus pertenencias y todos sus afectos; pero sus ideales... Ésos quedarán siempre a salvo de cualquier explosivo. Einstein canjeó sus ideales pacifistas --los más altos ideales que un hombre pueda tener-- por un paraguas.
3°) Su impracticado vegetarianismo. Tenía yo entendido que Einstein había sido más o menos vegetariano, pero luego de leer el libro de Michelmore descubro con pesar que no sólo no lo era, sino que además profesaba un tal desprecio y desinterés por su alimentación que terminó sufriendo agudos dolores e incluso la muerte a causa de ello. Yo creía que Alberto era poco más o menos que un santo, pero un santo jamás mataría --ni con sus propias manos ni encargándoselo a terceros-- a un ser tan inofensivo y sensible como una vaca o un pollo.
4°) Su riqueza material. "El dormitorio de Einstein --dice Michelmore en el cap. 4-- era de sencillez monacal". Y agrega que a veces llevaba "una vida espartana". Sin embargo, este monje-lacedemonio, que vivía incómodamente, tenía unos cuantos dólares acomodados en su cuenta bancaria cuando lo sorprendió la muerte. 65,000 dólares es mucho dinero aun hoy, y lo era mucho más en 1955. Y eso sin contar su casa. Es verdad que tuvo un gesto de desprendimiento al donar el dinero del premio Nobel --unos 40,000 dólares-- a su primera esposa; pero si el gesto hubiese sido, además de desprendido, filantrópico, esa jugosa suma habría caído en manos más humildes... y más numerosas. Los pobres la miraron pasar, y eso, Alberto, no se hace si uno quiere ser canonizado laicamente.
Einstein fue un grande, pero no tenía pasta de santo. Ponerlo a la altura de Gandhi ha sido una gran torpeza.
[3] A quien no lo conozca, le comento que Jim Jones fue un fanático religioso norteamericano que se suicidó en Guyana en 1978 e indujo a suicidarse con él a más o menos novecientos de sus fieles.
[4] Aclaro, para que esta teoría no entre en contradicción con otra de mis teorías fundamentales (la que dice que el poder de captación cognitiva de un individuo es directamente proporcional a su moralidad --o mejor dicho a su eticidad--), aclaro que lo que en esta nueva teoría llamo conocimiento científico no es más que el conocimiento bruto, erudito digamos, con que nuestro cerebro se nutre desde fuera y que es almacenado por la memoria a la espera de que la razón lo analice; es el conocimiento-combustible que utiliza la razón para trabajar, pero la abundancia de estos conocimientos no hace que una razón poco criteriosa funcione, lo mismo que un tanque colmado de la mejor gasolina no basta para que arranque un auto cuyo motor está descompuesto. Siguiendo la metáfora, si el conocimiento científico es el combustible del motor de la razón, el conocimiento ético viene a ser el mecánico experto en automotores --más experto cuanto mayor sea el conocimiento que de la ética universal ostenta el sujeto--, y el comportamiento ético, o sea la ética aplicada, la ética práctica, representa ni más ni menos que el conductor del rodado. Nuestro yo-auto, si quiere llegar lejos en su viaje a través de la vida, necesita gran cantidad de combustible y del bueno (nada de naftas adulteradas), necesita un mecánico que sepa reparar sus desperfectos, y sobre todo, muy sobre todo, necesita de un señor que se siente tras el volante y lo conduzca. Estas tres necesidades son el conocimiento científico, el conocimiento ético y el comportamiento ético respectivamente. (El conocimiento científico, junto con la razón, trabajan a posteriori, intentando demostrar por medio de la lógica los axiomas --indemostrables-- que la captación cognitiva --la intuición científica-- del individuo extrae a priori de algún rincón de su inconciencia.)
martes, 26 de enero de 2010
Zangoloteado entre la pureza sexual y el desenfreno
Hemos oído hablar de hombres
que, apasionados en sus convicciones, se cortaban sus órganos cuando hallaban
imposible dominar sus mentes. Supongamos que mi mente se convierte en esclava
del deseo y miro malévolamente a mi hermana. Ardo en deseos, pero aún no he
sido cegado totalmente por ellos. En tal situación, creo que cortarse el propio
órgano sería un deber sagrado si no hay más remedio que hacerlo.
Mohandas Gandhi, citado por Robert
Payne en Gandhi [p. 344]
La plebe se arruina por la carne
que con demasiada apetencia va contra el espíritu, y el sabio por el espíritu
que con demasiada apetencia va contra la carne.
Georg Christopher Lichtenberg, Aforismos
Según Freud, existe cierta relación de causalidad
entre la represión de los apetitos sexuales "pervertidos" y los actos
más elevados del espíritu, por un lado, y las neurosis por el otro. Dicho de un
modo sencillo, la represión de una libido exagerada puede hacer de un hombre un
genio o un neurótico. Max Scheler tiende a coincidir, en principio, con este
punto de vista:
No cabe
ninguna duda de que de hecho y debido a la
limitación de la energía psíquica total de un hombre, una fecunda actividad
espiritual, cultural, profesional, como también las operaciones de las formas
superiores de la simpatía y del amor, dependen hasta cierto grado de que se
sujete el impulso sexual a un determinado orden e imperio (Esencia y formas de la simpatía, secc. B, cap. VI, 5).
Lo
que hay que resaltar es que Scheler no habla de "represión" sino de
"dominio" del impulso sexual, y le achaca a Freud el hecho de que no
haya sabido diferenciar estos dos conceptos:
Lo que en
Freud echamos completamente de menos son indicaciones más precisas acerca de la diferencia entre un "dominio"
justificado y necesario sobre la libido y el impulso sexual y una
"represión" de ellos que según él representaría una fuente capital de
las enfermedades nerviosas; y al mismo tiempo una descripción precisa de las
diferentes condiciones que partiendo
de la libido reprimida conducirían unas veces en la dirección de la
"sublimación", otras en la dirección de la "enfermedad".
Así
como para Dietrich von Hildebrand existe una fundamental diferencia entre la
frigidez y la pureza sexual, existe para Scheler una diferencia entre represión
y dominio sexual, siendo la represión un factor importante en la etiología de
las neurosis y el dominio sexual un factor importante en la etiología de la
espiritualidad y la genialidad. La "sublimación", concepto freudiano,
es explicada por Scheler no como condicionada directamente por el dominio
sexual, sino como consecuencia del "ahorro" de una cierta energía
primigenia utilizada por el hombre en sus diversos quehaceres:
En nuestra
opinión corresponde a todas las capas de nuestra existencia psíquica, empezando
por la sensación hasta los actos más altos del espíritu, una cantidad
independiente de energía psíquica, que no está tomada en absoluto a la energía
impulsiva de la libido. Dada la limitación de la energía psíquica total de un
hombre, sí es posible que el emplear la energía de una de estas capas en
cantidad excesiva, y no ajustada a la armonía y al equilibrio de las fuerzas
psíquicas, conduzca a sustraer
energía a las capas restantes, a saber, en tanto que todas las energías
correspondientes a las diversas capas participan en la limitada energía total
del hombre y sólo pueden dar de su propio fondo hasta donde lo permite
simultáneamente esta energía total y su ley de distribución interna.
No
es el caso tampoco de decir que nada más
que dominando el impulso sexual aparecerá la sublimación bajo la forma de
grandes producciones culturales en
cualquier sujeto que practique tal dominio. De ser así,
sería cosa de
esperar que dondequiera se practicase un duradero ascetismo sexual, que conduce, como enseña la experiencia, a la
desecación y muerte de la simpatía y del impulso sexuales, como, por ejemplo,
en los claustros monacales, se encontrarían necesariamente las más altas
energías espirituales, y en consecuencia brotasen de ellos también las más
altas obras de la cultura del
espíritu; de esto, sin embargo y a pesar de todo lo producido por los
claustros, no muestra la experiencia nada.
La
energía sexual reprimida no devendría, por arte de magia, en cultura, sino que
despertaría valores culturales que la propia persona ya poseía[1]
y que se mantenían latentes por estar su energía psíquica "dispersa"
en exceso:
Si la voz
"sublimación" ha de tener un sentido racional, sólo puede querer
decir que por obra de este proceso que rechaza la libido es derivada hacia las
aptitudes y direcciones de interés espirituales existentes en forma de disposiciones una energía que les sería rehusada en el otro caso, de una entrega sin
límites a la libido.
El
dominio sexual no "crea" disposiciones para el encuentro de valores
culturales, pero sí despierta estas disposiciones que a veces duermen. Pero si
en vez de dominarnos nos reprimimos, no sólo las disposiciones no aparecen,
sino que aparecen, en su reemplazo, las neurosis. El hombre pierde, y pierde la
cultura. Y entonces surge la cuestión, trascendente como pocas, acerca de cómo
dominar la libido sin llegar a reprimirla.
Reprimir el impulso sexual es contenerlo, es no darle
libre salida práctica una vez que ya se ha apoderado de nuestros órganos
reproductivos y de nuestro cerebro. Es sentir el deseo ardorosamente y no
concretarlo con cópulas o masturbaciones. El dominio sexual, en cambio, actúa
inhibiendo el deseo mismo, de suerte que el apetito concupiscible nunca
traspasa el umbral de la conciencia. Guiándonos por estas definiciones, salta a
la vista que la tarea de quien pretende dominarse sexualmente presenta mayores
inconvenientes logísticos que la de quien se conforma con reprimirse. Para
reprimir la libido sólo hace falta poseer en alto grado la virtud relativa de
la continencia. San Benito, revolcándose desnudo sobre zarzas cada vez que la
lubricia lo invadía, representa un claro ejemplo de represión sexual o
continencia. Esto es, como se dijo, una acción virtuosa, pero peligrosa para la
salud mental del combatiente. En efecto, una represión tan encendida de los
apetitos sexuales puede degenerar en neurosis si se prolonga en el tiempo. La
virtud consiste aquí en desarrollar el hábito de la continencia como antesala de la aparición de otra
virtud relativa mucho más interesante: la pureza sexual. Siendo la continencia
una virtud que se manifiesta mayormente por vía racional, es pasible de perfeccionamiento por el ejercicio, sucediendo entonces
que después de algún tiempo de autorrepresiones, el deseo sexual tiende a ceder
rápidamente ante la voluntad del individuo que ha tomado la decisión de no
desfogarlo. Pero esto no significa que el deseo deje de manifestarse. Lo que
desarrolla el ejercicio de la continencia sexual no es una eliminación del deseo
sino su "atadura firme”, la certeza de que no podrá desatarse que el
incontinente no tiene y que el continente poco ejercitado tiene a medias. El
ejercicio de la continencia nos convierte en mejores sujetadores --o nos provee
de una mejor cuerda--, pero es impotente para evitar que el maniático intruso
aparezca y tengamos que maniatarlo.
Tiene la continencia y su ejercicio continuado,
empero, la interesante tarea de crear un ambiente psicológico favorable para el
conocimiento profundo de ciertos valores, uno de los cuales es la pureza
sexual. Conocer profundamente --intuitivamente y ya no discursivamente-- lo que
significa la posesión de una virtud, es causa, como bien decía Sócrates, de que
al punto la virtud se nos pegue, y a ese conocimiento profundo tiene mayores
chances de acceder una persona continente, que reprime su sexualidad, que un
lujurioso extremo que da rienda suelta a sus impulsos. Ciertamente que la
represión tienta a la neurosis, por lo que no es conveniente continuarla
indefinidamente si es que la meditación sobre la pureza sexual no logra
enfocarse sobre su objeto y así evitar el ascenso del deseo. Hay también
algunos trucos adicionales que nos auxilian en esta empresa epopéyica de
transformar la continencia sexual en pureza: el desviar la mirada de los
"objetos de lujuria" es altamente recomendable para los individuos
del sexo masculino, cuya sexualidad suele despertar por los ojos, lo mismo que
el evitar el contacto físico de todo tipo lo es para las mujeres. Y ni que
hablar del alcohol o las drogas excitantes: son máquinas perforadoras de la
tela que constituye la voluntad racional del continente y por cuyos agujeros se
infiltra la tentadora ponzoña. Llegamos entonces a comprender que aunque
nuestro objetivo sea pura y exclusivamente la continencia y la pureza de tipo
sexual, será necesario extender considerablemente la voluntad de autorrepresión
hacia otras esferas lindantes, aunque más no sea como mero apuntalamiento.
Podemos esbozar ahora una explicación plausible de la
diferenciación que venimos buscando desde hace rato entre la pureza sexual y la
frigidez.
Dice Chesterton, refiriéndose a Santo Tomás de
Aquino, que "no fue frecuentemente irritado" por el virus de la
lujuria, y atribuye esta no irritación a nuestro concepto freudiano de sublimación,
“que es la elevación de una energía más humilde a fines más elevados; así que
el apetito quedaba casi apagado en el horno de su energía intelectual” (Santo Tomás de Aquino, cap. V). Según
Chesterton, su aplicación al estudio eclipsaba o ahogaba su lujuria, al punto
de impedirle asomar siquiera las narices a la conciencia. Pero si hemos de ser
consecuentes con nuestro pensamiento no podemos aprobar esta explicación. Lo
que pudo haber sucedido, en todo caso, es que Santo Tomás, habiendo primeramente
reprimido su deseo sexual para luego eliminarlo, produjera su monumental
teología como sublimación de aquella energía sexual ahorrada. No es esto, sin
embargo, lo que a mí me parece que haya sucedido. No me parece que el Aquinate
sea la especie de santo que haya tenido que luchar desesperadamente contra la
lujuria; me lo imagino, más bien, como alguien a quien la lujuria nunca
molestó, ni antes ni después de haber llegado a lo que llegó. Me lo imagino, en
definitiva, como un santo frígido. Supongamos, sin estar seguros de ello, que
este es realmente el caso[2], y comparémoslo con aquel otro santo que se
revolcaba sobre zarzas para distraer al deseo y que, merced a esta y a otras
maniobras de diversión, logró controlarlo en primera instancia y anularlo
luego. Yo digo que de estos dos santos, hay uno, y sólo uno, que puede
considerarse dueño de la virtud de la pureza sexual, y es el que la consiguió a
fuerza de revolcarse. No estoy diciendo que este santo haya sido más
"santo", más puro en todo sentido, que el santo representado aquí por
Tomás de Aquino, nada más doy a entender que de entre todas las virtudes que
son dables de esperar en un santo, hay una que el que se revolcaba en las
zarzas poseía y el otro no. Y la poseía porque la conquistó; la pureza sexual es una virtud exclusivamente
dimensionada para los lujuriosos, para los que han nacido ya con la lujuria a
flor de piel o royéndoles los talones. Un hombre que nunca experimentara la
lujuria en ningún grado no puede aspirar a esta virtud, sencillamente porque es
frígido y a los frígidos les está vedado este
combate. La frigidez no es una virtud ni un vicio, sino una disposición
temperamental neutra. Es el mismo caso, análogamente, de un contador deshonesto
comparado con un infante que no supiera sumar, ni restar, ni realizar ninguna
operación matemática: el contador deshonesto
podría, si se dieran determinadas circunstancias, convertirse y abrazar la
virtud relativa de la honestidad, cosa que nunca podría lograr el infante
analfabeto. Este último es "honesto" en el sentido de que le es
imposible la deshonestidad, pero no es honesto en el sentido cabal que implica
esta virtud, el cual requiere conocer la deshonestidad, no necesariamente por
experiencia como sí es el caso de la lujuria, pero sí conceptualmente. Tiene
que existir la posibilidad de caer en la deshonestidad en el espíritu de una
persona para que pueda juzgársela como honesta, y lo mismo tiene que existir la
posibilidad de tropezar con la lujuria, o haber existido esta posibilidad en el
pasado, para poder aspirar a la pureza sexual.
Todo es cuestión de saberse escuchar, de escuchar al
propio cuerpo y también al propio espíritu, y de adaptarse a sus tiempos.
Leamos estas palabras de Julien Virey:
Si hay en el
universo un principio capaz de imprimir a nuestra inteligencia toda la audacia
y toda la extensión de que es susceptible, este principio es, sin disputa, el
esperma. [...] El esperma es, por consiguiente, un nuevo impetus faciens, una fuente de vigor vital. Por él el genio se
enardece, la poesía se enriquece en nobles sentimientos, se colorea con
brillantes imágenes; la música, todas las bellas artes se encienden en esta
antorcha de vida, y en cambio, nada corrompe tanto el gusto como las
voluptuosidades, la molicie; nada desencanta, nada enfría tanto la imaginación,
como esta efusión de placeres. Así, el buen gusto está unido a las buenas
costumbres, y la moral más sana es una sublime medicina. [...] ¿Que es más
propio para agrandar la existencia y acrecer nuestra fuerzas, que la sustancia
misma que nos comunica la vida en el seno maternal? [...] Así, el esperma,
reabsorbido en la economía [fisiológica], imprime una actividad extraordinaria
a todas las funciones, distendiendo todos los sistemas y principalmente el
nervioso; de ahí vienen el calor de sentimiento, el valor, la energía, la
impetuosidad que la pubertad desarrolla; de ahí esa disposición al entusiasmo,
esa fermentación que se nota en los juveniles cerebros. Empero, estas
venturosas cualidades desaparecen por la profusión excesiva del esperma (La mujer bajo los puntos de vista
fisiológico, moral y literario, pp. 236 a 239).
Cuando
leí estas reflexiones por vez primera, hace poco más de diez años, creía --como
aún sigo creyendo-- que la represión del deseo sexual podía llegar a ser sicológicamente
peligrosa para el reprimido. "No descarto --escribí en aquel entonces
comentando el anterior pasaje-- que la no efusión «enardezca el genio poético y
enriquezca las bellas artes con brillantes imágenes encendidas como antorchas
de vida», pero si el precio a pagar por encender antorchas es volverse uno
loco, prefiero mantener las mías apagadas". El error que ahora creo ver en
aquel mi viejo punto de vista estriba en no haber sabido diferenciar la
represión del dominio como antesalas, respectivamente, de la neurosis y de la
producción cultural de envergadura.
Sigo con Virey:
Observando los
antiguos filósofos en cuánto grado la evacuación excesiva del esperma
debilitaba el órgano cerebral, lo llamaban
stilla cerebri, flujo del cerebro. [...] Parece que la misma inteligencia
que organiza y vivifica el embrión por el esperma puede, conservándose,
acumularse en nuestro propio sistema de sensibilidad y dotar al cerebro del más
alto grado de tensión. Absteniéndonos de la generación corporal, nos hacemos más
capaces de la generación intelectual, tenemos más genio interior (ingenium) y por la misma razón los
hombres de genio son menos capaces de engendrar físicamente [...]. Newton murió
virgen, lo mismo que W. Pitt, según se afirma. Kant aborrecía a las mujeres; y
algunos grandes hombres de la antigüedad, como observa Bacon, fueron muy poco
dados a las voluptuosidades (ibíd., pp.
244-5).
He
aquí los comentarios que me merecía este pasaje que ponía en tela de juicio mi
estilo de vida sexual que ya estaba pronto a desmadrarse: "Que los grandes
hombres de la antigüedad, al igual que los grandes hombres del presente, hayan
sido y sean (en general) muy poco dados a las voluptuosidades es algo que no
discuto, pero de la poca voluptuosidad a la total abstinencia hay un abismo que
no sé si es conveniente saltar. Que Newton y ese W. Pitt que desconozco hayan
sido vírgenes no implica que no se masturbaran, y si no se masturbaban entonces
fueron grandes hombres a pesar de su
continencia y no gracias a ella. Repito que no todos los grandes hombres tienen
ratones en la cabeza, pero quienes tuvieron la suerte y la desgracia de nacer
con ese instinto, valioso como pocos, marcado a fuego en el espíritu, me parece
que lo mejor que pueden hacer es sacar de paseo de vez en cuando los ratones
para que la mente no pierda la cordura con tanto chillido y roedura que le
carcomen las ganas de mirar hacia lo alto". No había dudas: la continencia
era peligrosa y había que evitarla. La sublimación, si es que aparecía,
aparecía en combo con la neurosis. Discriminarlas no era fácil, aunque se podía
intentar.
Pero Virey no claudica:
Si es verdad
que las pasiones fuertes, exaltando la imaginación, dan alas al pensamiento y
transportan el alma a esas sublimes regiones desde donde contempla el universo
en éxtasis y se lanza a la inmortalidad, el único medio de obtener este potente
impulso estriba en no saciar las voluptuosidades, en tender más y más los
resortes de la continencia o de la resistencia (ibíd., pp. 247-8).
¡Tender
los resortes! ¿Y a mí me lo decía?: "Yo intenté ya un par de veces
progresar espiritualmente mediante la continencia sexual, tendiendo el resorte
más y más y suponiendo que podría extenderlo indefinidamente como si fuera un
chicle. Pero no resultó. No es que la continencia en sí misma sea difícil de
mantener, pero me parecía que el precio a pagar por ella era excesivo, porque
me costaba nada más y nada menos que mi tranquilidad mental. Creo que lo mejor
que puedo hacer por mi propio bien y por el mundo en general es escribir; y
como para poder escribir hoy necesito, a diferencia de años anteriores, tener
la mente serena, debo mantenerla ocupada lo menos posible con asuntos tan
triviales como el deseo sexual sin amor, y el método más efectivo para evitar
el deseo sexual es satisfacerlo". ¡No, amigo Cornelio, por supuesto que
no! ¡El deseo sexual es un búmeran que si se satisface lujuriosamente vuelve a
la carga por detrás y nos golpea justo en la nuca! Es verdad que la lujuria
tiene un límite fisiológico que no es posible salvar, ¡pero bien jodidos
estamos si la tranquilidad mental necesaria para escribir hay que
circunscribirla a los momentos en que mi libido está exhausta! Lo ideal sería
erradicar el deseo por completo, no
satisfacerlo y volverlo a tener al rato. Pero ¿cómo erradicarlo? Imposible para
un hombre lujurioso como yo; luego, ¡a masturbarse!: "Careciendo de novias
o amigas que accediesen gustosas a esta requisitoria, y considerando inmoral el
hecho de solicitar el concurso de una profesional (inmoral por requerir una
erogación considerable de dinero que otros no tienen ni para darles de comer a
sus hijos, nada más que por eso), lo que hago no es otra cosa que masturbarme
cuando el deseo se presenta imponente ante mi dubitativa humanidad, algo que
ocurre bastante frecuentemente (0,62 masturbaciones eyaculativas por día según
las estadísticas de la pasada primavera). Virey admiraba a Newton y a Pitt por
su continencia, pero tal vez estos señores se masturbaban a escondidas como
actualmente lo hacen muchos hombres que por vergüenza no lo admiten ni siquiera
ante sus más íntimas amistades. Yo decidí admitirlo no porque no sienta
vergüenza pensando que mis potenciales esposa e hijos o algunos de mis
familiares podrían leer esta declaración, ni tampoco soy un depravado que lo
único que desea es escandalizar al ciudadano común con sus indecencias. Lo que
yo quiero es terminar de una vez con la hipocresía del decir una cosa y hacer
otra. No quiero escribir seriamente ni una sola mentira siendo consciente de
que estoy mintiendo, y ocultar una verdad se parece mucho, demasiado a estar
mintiendo. No sé si masturbarme me hace más inmoral, menos vigoroso y más
cobarde como era la opinión de Virey, pero yo no lo creo. En todo caso, me
destraba los pensamientos, y eso es lo único que me interesa por el
momento". Yo sabía, creía, que la continencia era valiosa y necesaria para
mi progreso espiritual, pero aún no tenía la fuerza o el conocimiento
suficientes como para ejercitarla, y me consolaba pensando, como la zorra de la
fábula viendo desde abajo a las inalcanzables uvas, que mi libertad de lujuria
me destrababa los pensamientos.
Si no hubiera sentido que la continencia era una
virtud, ¿para qué intentar alcanzarla? Porque lo intenté varias veces. Las
primeras no las contemos, porque yo era un adolescente y no se puede pretender
que un adolescente comprenda el valor de la continencia dejando de lado las
imposiciones de fuera y la superstición caduca. Empecemos a contar a partir de
los años de incipiente madurez mental. Ocurrió la primera intentona en 1996,
durante mi primer gran viaje, manteniéndome continente durante más de tres
meses, entre mayo y agosto, y cediendo al fin el deseo masturbativo mientras
acampaba en el Parque Nacional Iguazú. Al regresar de aquel viaje --positivo
como ningún otro pero deficitario en este rubro--, decidí tomarme más en serio
esta cuestión de la continencia, y entonces eché mano de Dios. Le prometí que
"de aquí en adelante, mis órganos genitales no trabajarán, estando yo
consciente, para procurar y/o procurarse placer, exceptuando de esta promesa
los actos sexuales que se realizaren junto a un ser amado" (anotaciones
del 7/5/97). Y en esa misma entrada, un poco más abajo, me jactaba de tener ya
controlados mis deseos sexuales primarios, de modo que mi promesa no sería más
que una ofrenda. "No es conveniente prometer a Cristo cosas que no están
bajo nuestro control a la espera de que por su propia virtud, y no por la
nuestra, podamos controlarlas". Pero visto estaba que aquel control era
ilusorio, que era hijo de una cierta tranquilidad de espíritu que en ese
momento disfrutaba y que desapareció al primer pequeño inconveniente que se me
presentó. Y no pude superar mi récord: nuevamente tres meses y pico fue lo que
aguanté sin eyacular.
Después vino lo que todos ya conocen, lo que me
mantuvo vivo y cuerdo durante aquellos años de cólera. Sí, la promiscuidad
sexual me mantuvo vivo y cuerdo. Gran ayuda es la continencia cuando se
ejercita en su tiempo y sazón, y harto peligrosa cuando se impone
autoritariamente.
Y ahora ¡qué! ¿Por qué supongo que ahora será
distinto? No, no supongo nada. Tan sólo experimento. Si no es llegado el tiempo
todavía, volveré a mi viejo vicio y conviviré con él, a la espera esperanzada
de que algún día el conocimiento profundo de la pureza sexual se me haga carne.
Hay, sin embargo, un indicio alentador, y es que en estos pocos días de
reconcentración mental y abstinencia... ¡el deseo no se ha hecho presente! No
tuve que atarlo, porque nunca se presentó. ¿Significa esto que ya soy puro?
¡Idiota de mí si así lo supusiera! El diablo tiene muchos modos de
manifestarse, y a veces esboza una sutil retirada para poder tomar impulso,
para arremeter más tarde con el ímpetu de un toro embravecido. Y yo, torero
poco eximio, atravesado hasta el tuétano por las cornadas, me aprestaré una vez
más a salir al ruedo, blandiendo la roja capa frente a una bestia que no parece
cansada a pesar de sus infinitas corridas. ¡Auxíliame San Benito! ¡Convénceme
de las bondades de la continencia y de las maravillas de la pureza! Y si no
puedes convencerme, y me ves desnudarme preparándome para una nueva bacanal,
aprovecha mi desnudez y entiérrame aquellas tus zarzas en mi bronceada piel
hasta que se cubra entera de sangre y cicatrices. Zarzas tuvo Cristo a modo de
corona en su cabeza, y con ellas falleció. Yo he de morir enzarzado también,
pero morir para esta vida de puro desenfreno que no es vida, y nacer para la
otra, resucitar para la vida que merece ser vivida. ¡Auxíliame, San Benito!
[1] Que poseía en el sentido
de disposiciones psicológicas a propósito para crear cultura, no en el sentido
de que la propia persona, por sí misma, sea un bien cultural.
[2] (Nota añadida el 9/6/11.) Ahora me entero de una anécdota que la hagiografía
clásica refiere de Santo Tomás de Aquino. Parece ser que sus hermanos, deseosos
de que el joven Tomás revocara su decisión de consagrarse el servicio de la
Iglesia, decidieron tentarlo acercándole una prostituta, pero Tomás la sacó
corriendo mientras la amenazaba con una rama encendida. Luego, feliz por haber
sabido espantar al Maligno, dibujó con la rama una cruz y frente a ella se
arrodilló a rezar. Esta anécdota puede ser verdadera o falsa, pero si la
suponemos verdadera, ¿podría inferirse de la misma el hecho de que Santo Tomás
haya sido una persona lujuriosa? Habría que preguntarle a un buen psicólogo,
pero a mí no me parece.
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