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martes, 9 de octubre de 2018

Fernando Pessoa, el escritor insocial por naturaleza


Yo, el eternamente excluido
de las relaciones sociales y del placer.
Alexander Search, “In the Street”

Amigos, ninguno. Solo unos conocidos que creen que simpatizan conmigo y que tal vez sentirían pena si un tren me pasase por encima y el entierro fuese un día de lluvia.
Bernardo Soares, Libro del desasosiego, § 232

Fernando Pessoa, el escritor insocial por naturaleza. “Me rodea un vacío absoluto de fraternidad y de afecto. Incluso los que quiero, no me son queridos; estoy rodeado de amigos que no son mis amigos y conocidos que no me conocen” (AP 2602). La gente, toda la gente, era un obstáculo en su misión:

La presencia de otra persona —aunque sea de una sola persona— me atrasa inmediatamente el pensamiento y, al paso que en el hombre normal el contacto con otro es un estímulo para la expresión y para el dicho, en mí, ese contacto es un contra estímulo. [...] hablar con gente me da ganas de dormir. Sólo mis amigos espectrales e imaginados, sólo mis conversaciones resultantes del sueño tienen una verdadera realidad y un justo relieve, y en ellos el espíritu está presente como una imagen en un espejo.
Me pesa, además, toda idea de ser forzado a un contacto con otro. Una simple invitación a cenar con un amigo me produce una angustia difícil de definir. La idea de una obligación social cualquiera —ir a un entierro, tratar con alguien de un asunto de la oficina, ir a esperar en la estación a una persona cualquiera, conocida o desconocida—, sólo esa idea me estorba los pensamientos de un día, y a veces me preocupo desde la misma víspera, y duermo mal [...].
Mis hábitos son los de la soledad y no los de los hombres (LDD, § 49).

¿Será de Dios que a mí me ocurre lo mismo, exactamente lo mismo, cuando me fuerzan a un contacto social que no me interesa? Las invitaciones a cenar con el doctor Maliandi y su grupo, por poner un ejemplo, no me producían satisfacción sino angustia, “una angustia difícil de definir”, y eso que en aquellas reuniones se hablaba de filosofía, el terreno en el que mejor me muevo. Y el resto lo mismo. El problema es que la soledad completa, la total, también me desespera. Soy la gata flora[1].

10:21 p.m.
Pessoa, al igual que muchos otros escritores, llevaba, paralelamente a su obra literaria, un diario íntimo escrito para él mismo, en mi opinión bastante insulso según las pocas páginas que de él pude leer[2]. Según Luis Gruss, llevar un diario íntimo es una empresa peligrosa, porque “puede cerrar la comunicación con los otros y confinar al autor a un pozo estéril y secreto” (Lo inalcanzable, p. 79). No sé, en el caso de Pessoa, si la escritura de aquel juvenil diario lo incitó a convertirse en una persona huraña, pero en mi caso no sucedió así. Yo ya soy huraño por naturaleza; la escritura de mi diario lo único que hace es posibilitar que mi ermitañismo no me sea tan duro de sobrellevar.


[1] Dos gatas floras: “Si estoy solo, quiero no estarlo, / si no lo estoy, quiero estar solo, / en fin, quiero estar siempre / de manera que no estoy” (7/2/31, AP 1133).
[2] Lo mismo opina Bréchon: “Dos veces en su vida llevó un libro de a bordo, esa especie de cuaderno donde no se escriben reflexiones, sino donde uno anota lo que ha hecho durante el día. [...] ¿Qué sentido tiene este ejercicio? ¿Es una suerte de ascesis? La lectura de ciertas páginas da vértigo, pues anota gran cantidad de detalles sin interés. ¿Se burla de sí mismo?” (RB, p. 185).

domingo, 4 de junio de 2017

La ética de la sociabilidad

Para Guyau, el signo principal del humanismo irreligioso que imperará en el futuro es la sociabilidad:

 Una moral positiva y científica, solo puede dar al individuo esta orden: Desarrolla tu vida en todas direcciones, sé un individuo todo lo rico posible en energía intensiva y extensiva; para esto, sé el ser más social y más sociable (Esbozos de una moral sin obligación ni sanción, cap 1).

En cuanto a mí, no tengo a la cualidad de la sociabilidad como una virtud, ni siquiera como una virtud relativa importante (elegí cuarenta y no está entre ellas[1]). Ser sociables no nos hace ni mejores ni peores; y si me apuran un poco me bandeo incluso hacia el punto de vista opuesto, el de Schopenhauer:

Con el paso a la edad adulta me volví sistemáticamente insociable y me propuse pasar el resto de mi efímera existencia dedicado por entero a mí mismo, así como perderla lo menos posible con esas criaturas a las que solo la circunstancia de que caminan con dos piernas les da el derecho de creerse mis iguales" (Eis Heautón, citado por Luis moreno Claros en Schopenhauer, p. 237).

Pero esta insociabilidad no le impedía relacionarse lo suficiente con el mundo como para publicar sus escritos. Y los escritos de este misántropo han ayudado a muchos más seres humanos que el auxilio palpable y concreto de muchos otros seres rebosantes de sociabilidad.



[1] Véase la entrada del 19/9/8.