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martes, 25 de febrero de 2020

Dios, el campo y la soledad


Hoy todo está fuera de sektor,
tal vez no estuvo nunca mejor.
Nadie regula mi decisión,
nadie transforma mi satisfacción.
Los violadores, Fuera del sektor

Leo a Rousseau: “Comprendo que los habitantes de las ciudades, que no ven sino paredes, calles y crímenes, tengan poca fe; mas no puedo comprender cómo pueden carecer de ella los campesinos y, sobre todo, los solitarios” (Confesiones, cap. 12). Yo me venía distanciando sistemáticamente de Dios desde hace un tiempo, pero resultó que me tocó pasar aquí, en mi campo privado, estos últimos cuatro días, prácticamente sin abandonarlo, prácticamente sin cruzarme con nadie, en completa soledad, y mi acercamiento a Dios y mi fe renováronse y cobraron nuevamente altura.

lunes, 8 de octubre de 2018

La soledad de Pessoa


No tengo ambiciones ni deseos. Ser poeta no es mi ambición. Es mi manera de estar solo.
Fernando Pessoa, Plural de nadie, § 14

“La dulzura de no tener familia ni compañía”, suspira Soares desde el § 328 del LDD. Y Pessoa, ya separado definitivamente de Ofelia, confiesa estar enamorado de otra madonna:

Mi mujer, que es la soledad,
consigue que yo no esté triste.
¡Qué bueno es para el corazón
tener este bien que no existe!
(Noventa poemas últimos, 28/8/1930)

Pero no conviene quedarse con esta imagen romántica del solitario endulzado. Tal vez lo era de a ratos, pero en general sucedía lo contrario. Así nos lo asegura su medio hermana Teca: “¡Fernando fue muy infeliz! La soledad le pesó toda la vida. [...] Fue una persona muy sola, incomprendida, aunque a todos gustase” (CT, p. 45), y Alexander Search lo corrobora: “Nunca ha existido un alma más afectuosa [...] que la mía, ningún alma tan llena de bondad, de compasión, de todas las cosas relacionadas con la ternura y el amor. Sin embargo, ningún alma se halla tan sola como la mía” (AP 3184). Las consecuencias de esta soledad, más bien que dulces, son desoladoras:

Sea como fuere, era mejor no haber nacido,
porque, de tan interesante que es en todos los momentos,
 la vida llega a doler, a hastiar, a cortar, a rozar, a crujir,
a dar ganas de dar gritos, de dar saltos, de quedar en el suelo.
(Álvaro de Campos, “Passagem das horas”, AP 827).

Y de tan solos terminamos envidiando, junto con Bernardo Soares, “a todas las personas que no son yo” (LDD, § 203).
Yo, por mi parte, tuve no sé si como esposa devota, pero al menos como novia a la soledad durante gran parte de mi vida, hasta que llegó Javier y sobrevino la separación. Hoy no me imagino sin Javier, que es lo mismo que decir que no me imagino enamorado nuevamente de la soledad. Pero donde hubo fuego…
       
11:36 P.M.

Era Pessoa hombre de pocos amigos, y los pocos que tenía eran exclusivamente literarios, “porque los otros no son individuos con quienes pueda tener intimidad espiritual” (carta a Armando Côrtes-Rodrigues, 19 de enero de 1915, en AP 3510). “No tengo realmente amigos íntimos, e incluso cuando lo son, según lo entiende la gente, no lo son en el sentido en que yo entiendo la intimidad. […] Me siento tan solo como un barco que hubiera naufragado en el mar”, se quejaba en su diario íntimo (entrada del 25/7/1907, AP 2595). Yo tuve alguna vez un amigo íntimo. Se llamaba Javier Zapata y aún se llama así, porque no se murió, y sigue siendo mi amigo, pero ya no es íntimo, es ahora solo un amigo que veo muy de vez en cuando. Y en relación a mis amigos literarios, desaparecieron junto con Ricardo Maliandi. En cuestión de amigos, estoy más en déficit que Pessoa.