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lunes, 25 de noviembre de 2019

Cowspiracy


Hace cinco años se filmó el documental Cowspiracy, que rápidamente cobró difusión y puso al descubierto los reales motivos que están llevando al planeta al colapso ecológico y a sus habitantes al colapso nutricional. Y esta investigación está comenzando a rendir frutos: acaba de aparecer, con fecha del 8/8/19, un comunicado de prensa del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (más conocido por sus siglas en inglés, IPCC), organismo dependiente de la ONU, en el que se sugiere, creo que por primera vez de manera oficial, que la ganadería intensiva es la principal responsable de todos estos problemas. Es este solo un primer paso, pero gigantesco en importancia, como el primer paso de un bebé que planea caminar erguido.
Siempre me caractericé por denostar al periodismo, pero este denuesto es para el periodismo y los periodistas que lucran con el aquí y el ahora y se desinteresan por los problemas de fondo que la humanidad presenta. Quienes dieron forma a Cowspiracy han demostrado que la investigación periodística puede, si está bien estudiada y enfocada, aportar su granote de arena para torcer el rumbo de la debacle moral y ecológica que ha tomado nuestra civilización desde hace demasiado tiempo.
¿Para cuándo un documental con esta calidad de producción que haga referencia al sida y a la hipótesis no vírica?

sábado, 11 de marzo de 2017

Yo, vegetariano

A veinte años del comienzo de mi vegetarianismo, comparto algunos datos que apoyan la hipótesis de que el hombre no es carnívoro por naturaleza:


Los dientes de un animal carnívoro son largos, afilados y agudos... Nosotros tenemos molares para triturar.
La mandíbula de un carnívoro se mueve solamente de arriba a abajo, para desgarrar y morder. La nuestra tiene un movimiento lateral para triturar.
La saliva de los carnívoros es ácida, en función de la digestión de proteínas animales, y carece de ptialina una sustancia química que digiere los almidones; la nuestra es alcalina y contiene ptialina para digerir los almidones.
El estómago de un carnívoro es un simple saco redondo que segrega diez veces más ácido clorhídrico que el de un no carnívoro. Nuestro estómago es de forma oblonga, (más largo que ancho) de estructura complicada y se continúa en un duodeno.
Los intestinos de un carnívoro tienen tres veces la longitud del tronco, y están preparados para una rápida expulsión de los alimentos que se pudren rápidamente. Los nuestros miden doce veces la longitud del tronco, y están preparados para conservar dentro los alimentos hasta que de ellos hayan sido extraídos todos los principios nutritivos.
El hígado de un carnívoro es capaz de eliminar entre diez y quince veces más ácido úrico que el de un animal que no lo sea. El hígado del hombre tiene la capacidad de eliminar solo una reducida cantidad de ácido úrico. Este es una sustancia tóxica sumamente peligrosa, capaz de causar grandes perturbaciones en el cuerpo, y que se libera en grandes cantidades como consecuencia del consumo de carne.
A diferencia de los carnívoros, y de la mayor parte de los omnívoros, los seres humanos no tenemos uricasa, la enzima capaz de descomponer el ácido úrico.
Un carnívoro no suda por la piel, y no tiene poros; nosotros sí.
La orina de los carnívoros es ácida, la nuestra alcalina. Ellos tienen la lengua áspera, nosotros no.
Nuestras manos están perfectamente adaptadas para coger fruta de los árboles, no para desgarrar las entrañas de un animal como las garras de un carnívoro.
No hay ni una sola característica anatómica del ser humano que indique que estemos equipados para desgarrar y arrancar la carne para alimentarnos. Y finalmente, en cuanto seres humanos no estamos ni siquiera psicológicamente preparados para comer carne.
Los niños son la verdadera prueba. Poned un niño pequeño en un parque de juegos, con una manzana y un conejito. Si el niño se come el conejo y se pone a jugar con la manzana, pedidme lo que queráis (Harvey Diamond, La anti-dieta).

 

Cito también a otro gran pensador que ya en el siglo XVIII había notado una singular diferencia entre los animales carnívoros y los vegetarianos:

 


Creo ver entre los animales carniceros y frugívoros una diferencia [...] que se extiende hasta los pájaros. Consiste en el número de hijos, que no excede nunca de dos en cada parto en las especies que solo viven de vegetales y que ordinariamente pasa de ese número en los animales voraces. Fácil es a este respecto conocer la voluntad de la naturaleza por el número de las mamas, que solo son dos en cada hembra de la primer especie, como la yegua, la vaca, la cabra, la cierva, la oveja, etc., y siempre seis u ocho en las otras hembras, como la perra, la gata, la loba, el tigre hembra, etcétera. La gallina, la pata, la oca, aves voraces; el águila y las hembras del gavilán y del mochuelo ponen también y empollan gran número de huevos, lo que no sucede nunca con la paloma, la tórtola y otras aves que sólo se alimentan con granos, las cuales no ponen ni empollan más de dos huevos cada vez (Jean-Jacques Rousseau, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, nota 8). 

viernes, 18 de julio de 2014

Tolstoi vegetariano

Y en la cuestión del vegetarianismo, fundamental en una persona que se declara simpatizante de la no violencia, también he sido bastante más resuelto que mi gran antecesor. Recién el 2 de junio de 1884, a la edad de 55 años, escribe en su diario: "Hace dos días que comencé a no comer carne". Yo comencé a no comer carne en 1995, cuando tenía 26 años, y la dejé definitivamente en 1997, a los 28. Tardó Tolstoi el doble de años que yo en tomar esta lógica decisión[1]. Pero queda disculpada esta demora por dos atenuantes: el frío ruso, que dificulta la supervivencia en base a frutas y verduras, y sobre todo la carencia de información nutricional fidedigna en aquella época y aquellas latitudes. En la Rusia del siglo XIX no era tan sencillo convertirse al vegetarianismo como lo es ahora.



[1] Y un poco más también. En los Diarios (1862-1919) de Sofía Tolstoi, entrada del 9/3/1887, se lee: "Hace una semana que ha vuelto a ser vegetariano". Pareciera ser entonces que en 1884 intentó dejar de consumir alimentos cárnicos, pero no lo consiguió, convirtiéndose al vegetarianismo estricto recién en 1887.

jueves, 26 de junio de 2014

Carne molida

Tolstoi se volvió vegetariano luego de visitar un matadero. Tú no tienes que pasar por esa traumática experiencia: internet te facilita las cosas. ¡Buen provecho!

https://www.youtube.com/watch?v=XkFzoFQh5uY

https://www.youtube.com/watch?v=ljrIGsuS1Vs&feature=share

https://www.youtube.com/watch?v=EJeCEjHznJI

https://www.youtube.com/watch?v=jb7SJ-SE8Wc

martes, 18 de junio de 2013

Mi amigo Miyazono, el budista carnívoro

Volví a ver el mes pasado al "Puma" Miyazono. Estuvo en el Japón, metido en un monasterio budista durante más de dos años, regresando a Buenos Aires por causa --o con la excusa-- del fallecimiento de su padre[1]. Pero ¿qué aprendió en ese sacro retiro? Viéndolo comer los sánguches de miga que Ángel Russo, nuestro anfitrión, nos prodigaba, concluyo con liviana rapidez que no aprendió gran cosa, pues yo, un humilde laico, perdía tiempo y paciencia retirando prolijamente las fetas de jamón adheridas como con pegamento a los delgados panes mientras que Joaquín devoraba como si nada los restos de lo que alguna vez supo ser un honorable porcino. Me intrigó su conducta y entonces le comenté algo así: "Yo tenía entendido que los budistas eran vegetarianos..." Lo somos --me replicó--. Pero si alguien nos ofrece un plato de comida que incluye restos de animales, no lo despreciamos por respeto al ofrendador". O sea que yo, lejos de ser lógico y consecuente con mis convicciones, soy un irrespetuoso. ¿Y al chancho? ¿Al chancho quien lo respeta? No me atreví a retrucarle lo siguiente, pero lo pensé para mis adentros: "¿Y si te ofreciesen un canapé untado con excremento, lo comerías igual por puro respeto?" "No --concluiría el aprendiz de monje--, porque ahí sería el ofrendador quien me estaría faltando el respeto a mí". Pues a mí ya me lo falta rebanando a un pobre animal y pretendiendo que lo devore; eso es más irrespetuoso que la mierda. Pero mi amigo el Puma, conocedor de la psicología humana, arremetería con un argumento poco convincente: "El ofrendador no sabe que al ponerte un animal muerto sobre la mesa te ofende; distinto es el caso de quien te unta una galleta con caca y pretende que te la comas". "¿O sería que todo es cuestión de intenciones? Si así fuera, podría estar el jamón bien podrido y tú deberías comértelo si es que tu ofrendador no lo ha notado". "En ese caso --diría el Puma--, lo apartaría de mi boca y se lo haría saber". "Pues bien --remataría yo--, eso es lo que hago cuando le saco, a la vista de todos, la feta de jamón al sánguche: le doy a entender que el alimento que me prodiga está podrido, espiritualmente podrido, por más que sea tan fresco que el grito del chancho aún retumbe en el ambiente". Pero en esas alturas del debate ya me lo imagino al ponja mirándome con gesto compasivo y pensando para sí: "Demasiada lógica puede destruirte". ¡Que me destruya, que me destruya!... Yo de nada me ofendo, pero mi tarea en este mundo es ofender. Quien escupe al cielo le cae en la cara. ¿Le cae qué? Su escupitajo, claro está, pero mientras los líderes espirituales continúen imitando a Miyazono, los escupidores seguirán pensando que lo que impactó en su rostro es agua bendita[2].




[1] (Nota añadida el 12/2/11.) Joaquín Miyazono es hoy día un reputado monje budista que se hace llamar Senpo Oshiro.
[2] (Nota añadida el 11/5/9.) Cuenta la tradición que el Buda, invitado por el herrero Chunda (o Cunda) a comer unos pasteles de arroz y carne de cerdo, aceptó el convite, pese a sus convicciones vegetarianas, para que no se sintiese despreciado. El Puma seguramente se aferró a este famoso pasaje a la hora de masticar el jamón. Pero cuidado, porque también cuenta la tradición que el Buda, luego de aquella ingesta, pereció intoxicado. Yo no quiero que me intoxiquen; el Puma Miyazono, no sé. Y además ¿no fue el Buda quien aconsejó a sus discípulos seguir sus propias luces (“sed lámparas para vosotros mismos, sed vuestro propio refugio”) en lugar de obedecer ciegamente a la palabra escrita?

domingo, 17 de febrero de 2013

Nietzsche vegetariano


Parece ser que Nietzsche tuvo un período vegetariano, que se extendió hasta principios de su década del ’70. Cuando Wagner lo invitaba a comer a su casa, Nietzsche le despreciaba sus alimentos cárnicos, y el gran compositor se desesperaba y lo increpaba. Temió por fin Nietzsche que la relación se resintiese por este contrapunto y abandonó su vegetarianismo, con lo cual dejó contento a su por entonces mejor amigo.

A quien no dejó contento con esta decisión fue a su pobre cuerpecito. A partir de 1873, sufrirá una enfermedad tras otra: parálisis, migrañas, problemas visuales… Un sinnúmero de patologías que se habría evitado, seguramente, de haber continuado con su antiguo régimen alimenticio.

El pensador de los martillazos, el pensador renegado, renegó de Schopenhauer y del vegetarianismo a favor de una filosofía de la vida, y como consecuencia de su abjuración… terminó completamente desvitalizado. A eso llamo yo errar el criterio.

lunes, 23 de julio de 2012

Respirando el sucio gas

Hay muchas razones, demasiadas y fuertes razones son que nos impelen, a los que amamos la vida, a convertirnos al vegetarianismo. He aquí algunas:

Aunque se deje de lado toda consideración ética sobre el trato que se da a seres que sienten, como si fuesen máquinas de producir cantidades de carne innecesarias, este tema constituye una clave de bóveda para abordar los problemas medioambientales que nos afectan. De acuerdo con los datos que maneja la F.A.O., las emisiones de gases de efecto invernadero derivados de la cría de ganado (dieciocho por ciento del total) superan a los que emite toda la industria del transporte (catorce por ciento del total). El número de animales producidos para consumo humano también representa un peligro para la biodiversidad de la Tierra. El ganado constituye un veinte por ciento del total de la biomasa animal terrestre, y la superficie que ocupa hoy en día fue antes hábitat de especies silvestres, aunque no podemos olvidar que un monocultivo no es una selva. Así como una selva se convierte en carne, así se destruye lo esencial para producir lo superfluo. Y estas son sólo muestras de la magnitud de la crisis (MIREYA IVANOVIC BARBEITO, "Un decálogo animalista", en Revista de bioética y derecho, Universidad de Barcelona, número 22, mayo del 2011, p. 60).

Nos quejamos de la contaminación producida por los vehículos automotores y no nos quejamos de los pedos de las vacas, siendo éstos mucho más nocivos que aquella. Que proliferen los caños de escape vehiculares no sería tan dañino para el medioambiente como la proliferación de los caños de escape vacunos. Lo mejor sería carecer de auto y no comer carne de vaca, pero si todo no se puede, la opción más ecológica recaerá del lado del automovilista vegetariano y no del peatón carnicero.

domingo, 10 de junio de 2012

Los vegetarianos, los perros y la tiranía del sentido del gusto

Cada vez hay más hombres que renuncian al consumo de la carne en Alemania, en Inglaterra y en América [...]. Este movimiento debe alegrar a los hombres que tratan de realizar el reinado de Dios en la tierra, no porque al vegetarianismo sea por sí mismo un paso hacia ese reino, sino porque es el indicio de que la tendencia hacia la perfección moral del hombre es seria y sincera, ya que esta tendencia implica un orden invariable que le es propio y que empieza por la primera etapa.
Hay que regocijarse por ello, y esta alegría es comparable a la que deben experimentar los hombres que, queriendo alcanzar el piso más alto de un edificio, hubieran pensado primeramente en escalar la pared y advirtieran, por fin, que el medio más sencillo es empezar por el primer peldaño de la escalera.
Tolstoi, Placeres crueles, cap. X





Sí, cada día son más los adeptos al vegetarianismo, pero nunca pasan de ser, aquí en Occidente, más que un grupo enfervorizado por esa idea pero reducido en número en comparación con la masa del pueblo. Y esto es así porque la fuerza de las papilas gustativas es inmensamente superior, en el hombre de hoy, a la fuerza que pudiera ejercer sobre su voluntad una ideología o incluso un sentimiento.
Y esta sujeción, esta tiranía del sentido más innoble, menos espiritual como lo es el sentido del gusto, no se limita solamente al ámbito humano: han caído bajo su influjo también los perros. Al menos esa es la opinión de Julio Camba. ¿Creen ustedes --nos pregunta este amante del buen comer--,

creen ustedes que los perros sean tan amigos del hombre como se dice por ahí? Yo opino que son amigos de la cocina, y nada más. Los alimentos no condimentados les repugnan tanto como a nosotros, pero como ellos son incapaces de condimentarlos, hacen toda suerte de bajezas para que nosotros se los condimentemos. Andan en dos pies, saltan por un aro, lamen las manos, mueven la cola... Algunos hasta tiran de unos carritos, o guardan las propiedades, o se meten a policías. No hay duda alguna de que el hombre ha conquistado al perro sacándolo del estado salvaje y reduciéndolo a una condición de domesticidad, pero esta conquista se la debe única y exclusivamente a la cocina. La sumisión del perro es un triunfo del arte culinario (La casa de Lúculo o el arte de comer, p. 21).

domingo, 27 de mayo de 2012

LA TORTURA DEL SEÑOR CHOTAPIRI

El señor Chotapirí se jactaba de cumplir al pie de la letra ese sabio precepto ético que dice que no hay que hacerles a otros lo que no deseamos que otros nos hagan. En eso pensaba cuando se fue a dormir a su habitación en esa noche que amenazaba tormenta. Y soñó. Soñó que se hallaba en un bosque inmenso y agradable, rodeado de una tranquilidad enaltecedora que aplacaba cualquier espíritu. Buscando qué comer, se internó en la vegetación y avistó una brillosa manzana que parecía pender de la nada. La tomó con sus manos y procedió a hincarle el diente, pero en ese preciso momento la manzana se transformó en un clavo grueso y puntiagudo que fue a incrustársele justo en medio de las amígdalas. (La señora de Chotapirí recuerda muy bien ese día porque su marido, dormido como estaba junto a ella, ensayó un alarido ensordecedor que "salió de su alma misma, no de su garganta".) De la cabeza del clavo nació una larga cadena. El señor Chotapirí se sirvió de ella para intentar deshacerse de su dolor, jalando la con fuerza y rogando a Dios que la cadena le arrancase la razón de su tormento. Pero no lo logró; el clavo estaba muy arraigado. Decepcionado, y atemorizado tanto por el sufrimiento como por la ignorancia de no saber qué ocurría, se dejó caer sobre la hierba del bosque. Parecía que el dolor lo abandonaba, o como que ya se había acostumbrado y no lo sentía, cuando de repente la cadena se tensó y comenzó a querer llevárselo. Al principio se resistió, pero cuanto más se oponía más se agudizaba el suplicio, y además llegó un momento en que la cadena se tensaba con tanta fuerza que ni siquiera rodeando a los árboles con sus brazos lograba impedir el éxodo.
El arrastre duró unos pocos segundos, pero al señor Chotapirí le parecieron lustros. Cuando comprendió que era inútil luchar, simplemente caminó hacia donde la cadena lo llevaba. Pero los tirones dejaron de ser lentos y uniformes y se hicieron despiadadamente convulsivos, y a partir de ahí ya no pudo incorporarse.
La cadena continuó con los sacudimientos hasta llevar al señor Chotapirí hasta los confines del bosque. Más allá de la vegetación estaba la playa, y más allá de la playa, el mar.
El señor Chotapirí iba tragando arena mientras se arrastraba zigzagueante por los médanos, abierta su boca cual draga que hace huella en tierras secas. Pero la ingesta de arena no era su mayor inquietud: la cadena se perdía en el mar, y hacia el mar lo llevaba.
Desesperado, el señor Chotapirí logró ponerse de rodillas y avanzar unos metros en dirección opuesta a la marea. Pero sólo gracias a un respiro que se tomó la cadena. Instantes después, su cuerpo ya estaba en el agua.
Chapoteó y chapoteó sin parar para evitar ahogarse, pero la cadena lo llevaba cada vez más hacia la hondura, hasta que sintió que no hacía pie. Nadando un poco en la superficie, lograba respirar, pero enseguida la cadena lo lanzaba aguas adentro, y se ahogaba. Sin importarle los desgarramientos de su garganta, braceaba en contra de la fuerza que lo sojuzgaba buscando las burbujas de aire que llegaban detrás de las olas, pero al fin todo fue profundidad y agua salada.
Contuvo la respiración todo el tiempo que pudo. Luego comenzó a inflamarse, a llenarse de agua los pulmones.
En eso estaba cuando divisó quién era el causante de la sucia maniobra. La cadena era jalada por un horrible y gigantesco monstruo que vivía en las profundidades marinas. La expresión de la inhumana bestia era terrorífica, pero también se adivinaba en ella una cierta insipidez: ojos enormes, redondos y sin párpados que miraban fijamente a ninguna parte; boca también redonda que abría y cerraba sin cesar como si todo el tiempo quisiese pronunciar una "o" que nunca salía de sus labios; cabeza descomunal pero finita... Chotapirí se dio tiempo para suponer, en medio de su agonía, que aquella criatura era mucho más estúpida que él, a pesar de que era él quien estaba en la trampa.
Así murió, ahogado ante la vista de su asesino. Un asesino frío, tonto y malo. Sus últimos pensamientos tuvieron que ver precisamente con eso: ¿es una casualidad que todos los tontos y feos sean malos?, se preguntó antes de tragar el último sorbo de agua.
Pero al tiempo que moría, despertaba. Se alivió hasta el infinito al comprender que todo había sido una pesadilla, y que lo que había él vivido no podría vivirlo ningún hombre sino en sueños. Después le contó a su esposa lo soñado, y ésta le comentó que hacía escasos instantes había él gritado de un modo escandaloso. El señor Chotapirí le dijo a su amada que seguramente el mal sueño había sido causado por la comida ingerida esa noche. "Nunca más cocines pescado para la cena", le dijo. Luego se volvió a tapar con la sábana, giró hacia la pared y se posicionó para seguir durmiendo. Pero al rato se volvió sobre su esposa, y, con gesto serio, abrevió y a la vez extendió el mandato: "Nunca más cocines pescado". Y entonces sí se durmió tranquilo.