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lunes, 27 de enero de 2020

Altruismo en los animales


Pero ¿es realmente un mal negocio, espiritualmente hablando, ser solidario? Frans de Waal no lo acepta:

A menudo me he preguntado de dónde puede proceder la idea del altruismo lesivo. Para el budismo, por ejemplo, es un anatema absoluto, ya que se supone que el ejercicio de la compasión nos llena de gozo. Este efecto no se limita a los adultos autorreflexivos, sino que se da también en los niños pequeños, que obtienen mayor satisfacción de dar regalos a otros que de recibirlos ellos (El bonobo y los diez mandamientos, p. 61).

Esto es verdadero dependiendo del niño: los hay quienes gozan regalando y quienes gozan más recibiendo. En el adulto equilibrado, en el que el espíritu está más afianzado y los resortes morales se despliegan en toda su extensión, el ejercicio de la compasión es inevitablemente placentero.

sábado, 25 de enero de 2020

Ayuda y cooperación en el reino animal


Cuando un animal realiza una acción en vistas de una recompensa (por ejemplo, cuando el oso hace una pirueta en el circo sabiendo que el domador le dará un terrón de azúcar), no puede decirse que tal acción sea impulsiva o instintiva. Es una acción racional, porque el individuo que la ejecuta está sopesando los pros y los contras, las consecuencias, y eso es algo que solo la razón puede concebir. Este tipo de acciones, por más que resulten altamente beneficiosas en un sentido social o ecuménico, no son propiamente acciones altruistas, porque la acción altruista parte de un impulso que no razona y no mide consecuencias. Algunas escuelas conductuales niegan este impulso irracional que nos lleva a beneficiar al prójimo sin que nos vaya nada en ello; yo digo no solo que existe, sino que existe incluso en los animales:

El altruismo tanto humano como animal puede ser genuino, en el sentido de que no busca un beneficio ulterior. Tanto es así que nos cuesta reprimirlo. A partir del estudio de imágenes neuronales, James Rilling [...] concluyó que tenemos “un sesgo emocional hacia la cooperación que solo puede vencerse mediante un control cognitivo esforzado”. Piénsese en esto: significa que nuestro primer impulso es confiar y asistir, y que solo secundariamente sopesamos la opción de no hacerlo, para lo cual necesitamos alguna razón. Esto es todo lo contrario de moverse por incentivos (Frans de Waal, El bonobo y los diez mandamientos, p. 58).

Lo primero que se nos cruza por la cabeza —o por el espíritu, porque la cabeza suele confundirse con lo racional— es ayudar, cooperar; recién cuando razonamos, empezamos a sospechar que esa cooperación puede ser un mal negocio, y le abrimos la puerta al egoísmo y al interés individual. Este dato es altamente optimista para quien considera que lo mejor que le podría pasar al ser humano es volver al estado de naturaleza; para quienes consideramos que el ser humano se hace verdaderamente humano cuando razona, que sin la razón retrocederíamos a un estado mucho más delicado en un sentido ético, este dato es problemático.

viernes, 24 de enero de 2020

Empatía y compasión en los animales


“La vista de las angustias del prójimo angústiame materialmente, y con frecuencia usurpo las sensaciones de un tercero. El oír una tos continuada irrita mis pulmones y mi garganta”, confiesa mi maestro Montaigne (Ensayos, 1, XX). Eso no es ni más ni menos que la empatía, una emoción más abarcativa que la compasión, fenómeno mucho más circunscrito y complejo. La compasión es el sentimiento que nos incita a ir en auxilio de los demás; la empatía nos conecta unos con otros, ya sea por medio de la compasión o de cualquier otro sentimiento. Este fenómeno de la empatía

emana de conexiones corporales inconscientes que involucran caras, voces y emociones. Las personas no deciden ser empáticas: simplemente lo son.
[...] Pensemos en un niño pequeño que se pone a llorar cuando su amigo cae y rompe a llorar, o que ríe alegremente en una habitación llena de adultos divertidos por un chiste verde más allá de la comprensión del niño. La empatía tiene su origen en la sincronización corporal y la propagación de los estados anímicos (Frans de Waal, El bonobo y los diez mandamientos, p. 148).

Según este científico, la empatía puede ser pasiva, a diferencia de la compasión, que es necesariamente activa. Yo entiendo que la compasión, para que tenga un verdadero contenido ético, tiene que ser no solo activa, sino inteligente. Por eso digo que para ser santo no basta con sentir compasión: hay que estar imbuido en una compasión inteligentemente activa. Este tipo de compasión es la que no se limita a compadecer, sino que además procura poner término al dolor que origina el padecimiento... pero de forma tal que la erradicación de dicho dolor no acarree en el futuro males mayores que los que ahora suprime. Con la convicción de que su acción es buena, una madre, al ver la delicada piel de su bebé taladrada por picaduras de mosquitos, la refresca frotándola con algodones empapados en alcohol fino. El bebé se siente aliviado y ya no llora, por lo que cree conveniente repetir este procedimiento una y otra vez... hasta que al fin el niño deja de llorar para siempre. El amor de la madre guio el algodón, pero como era un amor estúpido, su convicción resultó inmoral; su buena intención no sirvió para tornar puro a ese asesinato.
¿Serán capaces los animales de experimentar la compasión inteligentemente activa, más allá de la empatía natural y de la compasión a secas? Es difícil determinarlo, pero creo que este tipo de compasión, mezcla de sentimiento y razonamiento fino, solo puede darse en el ser humano.

jueves, 23 de enero de 2020

La compasión en los animales


No es verdad que los animales abandonen a su suerte a sus pares caídos en desgracia; al menos no es verdad en el caso de los primates:

Azalea es una mona rheus trisómica: tenía tres copias de un cromosoma, como ocurre en el síndrome de Down humano. [...] Azalea tenía un importante retraso en el desarrollo motor y la aptitud social. Cometía errores garrafales de lo más incomprensibles, como amenazar a un macho alfa. Los macacos rheus no se lo piensan a la hora de castigar a cualquiera que rompa las reglas, pero a Azalea se le permitía casi todo, como si los otros monos supieran que ningún escarmiento iba a cambiar su ineptitud (Frans de Waal, El bonobo y los diez mandamientos, p. 102).

Menciona también De Waal, en esa misma página, el caso de una hembra de macaco japonés que había nacido sin manos ni pies y que, sin embargo, vivió largos años y sin asistencia humana, con lo cual deduce que su manada se encargó de procurarle cuidados y sustento. Y tenemos ejemplos de comportamientos parecidos en otras especies más disímiles a la nuestra. Se puede ver en YouTube la “Batalla en Kruger”, en donde una manada de búfalos rescata a un becerro de las garras de los leones, o el “Perro héroe” de Chile, que desafía el tráfico de una autopista para rescatar a otro perro atropellado, o el perro que se niega a abandonar a su compañero herido en medio de los destrozos del tsunami japonés del 2011, o el bebé elefante africano atrapado en un pozo de lodo y rescatado por su manada, o las dos ballenas belugas que ayudaron a una buceadora acalambrada a salir a la superficie en un zoológico de China. Todo esto viene a sugerir que la emoción de la compasión no es exclusivamente humana, que ya venía preformada en nuestros antepasados y que se deja ver en nuestros parientes cercanos. ¿Le quita esta circunstancia, a la que yo considero la emoción ética por excelencia, su carácter sagrado y divino? De ningún modo. Dios no puso la compasión en el hombre como un añadido de último momento, como una capa de barniz, y se la negó al resto de las criaturas. Todo ser que experimente algún tipo de emoción experimentará también la compasión, solo que de manera rudimentaria si el espíritu de dicho ser no ha evolucionado lo suficiente. La compasión está en potencia, en germen, en todo lo que vive, pero florece y fructifica en muy pocos individuos. Muchos son los llamados, pocos los elegidos.

jueves, 19 de julio de 2018

Pessoa y el asesinato de su rey


El 1º de febrero de 1908 muere asesinado el rey Carlos Primero de Portugal por varios disparos realizados por dos militantes antimonárquicos. Pessoa en aquel momento, con diecinueve años, estaba intelectualmente mucho más cerca de los republicanos que de los conservadores, y el asesinato le produjo cierta satisfacción. En su “Oda triunfal” de 1914, Álvaro de Campos, el heterónimo más prolífico e irónico de Pessoa, se solaza recordando el evento:

¡La maravillosa belleza de la corrupción política,
deliciosos escándalos financieros y diplomáticos,
agresiones políticas en las calles,
y de vez en cuando el cometa de un regicidio
que ilumina de Prodigio y de Fanfarria los cielos
usuales y lúcidos de la Civilización cotidiana!
(AP 2459)

Veinte años después de escribir este poema, en una “Nota biográfica”, y hablando en tercera persona, dice que Pessoa Considera que el sistema monárquico sería el más apropiado para una nación orgánicamente imperial como es Portugal” (EEAA, p. 112). A mí no me molesta ni su posición inicial a favor de los republicanos ni su posición final a favor de los monárquicos, me molesta que se haya divertido con ese brutal regicidio. Ya cité el pensamiento de Charles Robert Anon que termina con esta frase: “De los reyes y curas tuve piedad, porque eran hombres” (EEAA, p. 30). Esto es de 1906. Dos años después el rey es acribillado y se alegra. Yo no me alegraría nunca, ni a mis quince ni a mis cincuenta años, de una muerte tan espantosa como lo es un fusilamiento.
Según mi escala de valores, el Pessoa-persona desciende unos cuantos peldaños debido a esta postura. Y el Pessoa-escritor también, porque según esta misma escala no se puede escribir a la vez con altura y con ojeriza, la una repele a la otra. Compasión hacia todos los hombres, por malos o estúpidos que fueren: he ahí el secreto —no el único— para escribir con acierto.

miércoles, 20 de junio de 2018

La inconsecuente compasión de Marco Aurelio


 Marco Aurelio fue el alma más noble que haya existido.
Hippolyte Taine

“Propio del hombre es amar incluso a los que tropiezan”, dijo Marco Aurelio (Meditaciones, VII, 22). Y sigue: “Cuando alguien yerre contra ti, al punto medita que ha errado por sus supuestos sobre qué es bueno y qué es malo. Pues al considerar eso te compadecerás de él, no te sorprenderás ni te encolerizarás” (VII, 26). Sabias palabras —y raras en un estoico, poco propensos a compadecerse—, pero ¿por qué no las puso en práctica en el año 177, cuando dio la orden de asesinar a un sinnúmero de cristianos en Lyon? Ser gobernador y ser a la vez compasivo con el prójimo es algo tan antitético que nadie (con excepción de Gandhi) lo conseguido. Es por eso que haremos bien, si somos por naturaleza compasivos, en desechar cualquier pretensión de ser integrantes de un gobierno coactivo.

sábado, 28 de mayo de 2016

La compasión, el motor de la ética

La mejora de las condiciones sociales de un pueblo, ¿a quién debemos agradecérsela? ¿A los más desfavorecidos por esas condiciones retrógradas o, por el contrario, a quienes, no estando directamente involucrados en la cuestión, sienten compasión por los más perjudicados y luchan desde afuera para modificar leyes, tradiciones y estilos de vida impropios de una sociedad civilizada? Yo entiendo que los mayores avances en este sentido se los debemos al segundo grupo y no tanto el primero, y Julio Camba también:

Contra la teoría marxista de que la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos, se ha presentado frecuentemente el argumento de los negros. Los negros, en efecto, abandonados a sus propias fuerzas, seguirían siendo negros todavía, y no solo cromática, sino también, en gran parte, económicamente. Todo el ruido que la causa de los negros metió en el mundo, todo aquel estrépito filantrópico [...] estaba concertado por blancos. Los blancos trabajaron como negros para que los negros pudiesen vivir como los blancos (Sobre casi todo, pp. 46-7).


Y es que a los negros, en el caso de la abolición de la esclavitud, o a los proletarios, en el caso de las peticiones por la jornada laboral de ocho horas, las vacaciones pagas o un salario que alcance para el techo y la comida, los movía, más que nada, el odio al amo y el odio al patrón, mientras que a los blancos y a los no proletarios que coadyuvaron a erradicar la esclavitud y a establecer regímenes laborales que minimicen la explotación del hombre por el hombre, los movía más que nada el amor y la compasión que sentían hacia los negros esclavizados y hacia los proletarios explotados. Y como la compasión es el motor principal que empuja a las sociedades hacia una mejor organización, debemos a estos individuos compasivos, en mucha mayor medida que a los negros y a los proletarios, el avance de las normas morales que van haciendo, bien que poco a poco, de este planeta un lugar mucho más digno de ser habitado.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Luces y sombras en Spinoza

Los dirigentes de la comunidad ponen en su conocimiento que desde hace mucho tenían noticia de las equivocadas opiniones y errónea conducta de Baruch de Spinoza y por diversos medios y advertencias han tratado de apartarlo del mal camino. Como no obtuvieran ningún resultado y como, por el contrario, las horribles herejías que practicaba y enseñaba, lo mismo que su inaudita conducta fueran en aumento, resolvieron de acuerdo con el rabino, en presencia de testigos fehacientes y del nombrado Spinoza, que éste fuera excomulgado y expulsado del pueblo de Israel, según el siguiente decreto de excomunión: “Por la decisión de los ángeles, y el juicio de los santos, excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch de Spinoza, con la aprobación del Santo Dios y de toda esta Santa comunidad, ante los Santos Libros de la Ley con sus 613 prescripciones, con la excomunión con que Josué excomulgó a Jericó, con la maldición con que Eliseo maldijo a sus hijos y con todas las execraciones escritas en la Ley. Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. El Señor borrará su nombre bajo los cielos y lo expulsará de todas las tribus de Israel abandonándolo al Maligno con todas las maldiciones del cielo escritas en el Libro de la Ley. Pero vosotros, que sois fieles al Señor vuestro Dios, vivid en paz. Ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral o escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que nadie lea nada escrito o trascrito por él." 
Texto de la excomunión sufrida por Spinoza, publicado por la comunidad judía el 27 de julio de 1656, citado por Carl Gebhardt en Spinoza, pp. 38-9

Así como la Iglesia Católica, después de más de tres siglos, "absolvió" a Galileo de su "herejía", así también deberían reconocer los judíos que con Spinoza le pifiaron fiero[1].

[Spinoza] dio a su doctrina la forma demostrativa de la matemática, porque esta es la que expresa con más perfección el carácter impersonal de la verdad. Que Spinoza era un gran escritor que podía expresar su pensamiento con todo el poder del lenguaje lo demuestran las notas y los apéndices de su Ética, lo mismo que muchas de sus cartas y, sobre todo, su Tratado teológico-político. Pero él no quería actuar por la forma, sino solamente por la verdad.
Gebhardt, ibíd., p. 104

La verdad no tiene por qué ser aburrida: la estética es una de las partes fundamentales de la filosofía. Si nos concentramos sólo en el contenido y despreciamos la forma, obtendremos verdades del tipo "uno más uno es dos", pero no más de ahí pasaremos. Tal vez en el futuro las verdades más trascendentes puedan ser comprendidas mediante fórmulas matemáticas, pero en el presente necesitamos del lenguaje para descubrirlas y para transmitirlas, y cuanto más rico sea ese lenguaje, mejor percibidas serán esas verdades. Los pensadores suelen desdeñar la retórica, pero creo que lo hacen más por impotencia que por convicción, como si los ciegos impulsasen una campaña en contra del abuso televisivo. Si la misión del escritor pensante pasa por masificar sus verdades, deberá darle tanta prioridad al envoltorio como a las verdades mismas, ya que la verdad desnuda es hoy invisible a nuestros sentidos.

Una apariencia sucia y descuidada no nos transforma en Sabios.
Ibíd., de. 107

No todos los que descuidan su apariencia son sabios, pero todos los sabios descuidan su apariencia.

Nuestra capacidad cognoscitiva está en la misma relación con la plenitud de Dios, que la cifra 2 con el infinito.
Ibíd., p. 130

Eso es porque aún no salimos del segundo milenio. En el tercero, habrá un avance significativo: llegaremos a la cifra 3.

El hombre no puede ser concebido como Estado dentro del Estado, sino como ser natural entre otros seres naturales. Lo que rige para unos rige también para los otros. Por eso el reino de la moralidad no puede separarse del reino de la naturaleza, ni someterse a leyes propias y de otra especie. La unidad de la naturaleza fundada en Dios exige que todo sea regido por las mismas leyes. [...] Esto muestra hasta la evidencia que la esencia de la filosofía de Spinoza es el dinamismo. Sería interpretar equivocadamente la peculiaridad de su sistema considerarlo como un voluntarismo, pues para Spinoza voluntad y entendimiento forman una unidad indivisible. Pero voluntad y entendimiento son expresión de esa fuerza que aparece en el hombre y en todas las cosas como impulso de auto-afirmación y que lleva a la teoría de que los deseos del hombre son la esencialidad misma. Este impulso de realizar su ser que yace en lo más profundo del hombre, no es negado sino afirmado por la ética de la inmanencia. Según Spinoza virtud y poder son idénticos. Pero entonces la misión de la ética sólo puede consistir en señalar el recto camino que permite al hombre realizar su esencia.
Ibíd., pp. 142-3

Señalar el camino y persuadir a los hombres de que lo sigan, pero nunca obligándolos a caminar mediante decretos o mandamientos.

Ver en Spinoza sólo al consecuente partidario del determinismo científico, indispensable para el conocimiento moderno de la naturaleza, es olvidar que Spinoza es también el creador del concepto ético moderno de la libertad, de la libertad inmanente. Ya en la teoría de la divinidad queda señalado que la libertad no consiste en el libre albedrío de obrar a capricho, porque todo albedrío dispara el mecanismo natural de la motivación; en realidad, libertad y necesidad son coincidentes. No hay oposición entre libertad y necesidad, sino entre libertad y coerción. Esclavo es el que obra determinado por causas externas, libre el que sólo obra según su propia ley.
Ibíd., p. 144

Tengo motivos para ser determinista, y son esos motivos los que precisamente me determinan a ser determinista. Los albedristas que tienen motivos para serlo, sólo por tener motivos ya los abandona la lógica: su albedrismo está predeterminado. Un albedrista coherente no puede jactarse de tener motivos que apoyen su idea. Podrá decir que la idea del libre albedrío no le nació racionalmente sino intuitivamente, pero es lo mismo: está determinada por un presentimiento. Sostener esta idea, según intuyo, es algo así como hablar de la blancura del color negro.

Spinoza rechaza todos los expedientes morales ajenos a la pura actividad del hombre, no sólo la esperanza y el miedo, que crean una moral de esclavos, sino también la compasión y el arrepentimiento; el sentimentalismo no es un afecto activo, sino pasivo y, por tanto, inmoral de suyo.
Ibíd., p. 147

Pero Spinoza, ¿estaba completamente seguro de que sus ideas eran verdaderas? Si lo estaba, era un dogmático, con lo que me admiración por él decrecería significativamente. Y si no lo estaba, entonces decía lo que decía porque se tenía fe, porque tenía la esperanza de que sus pensamientos coincidiesen en algún grado con la verdad inmutable. El espíritu del hombre sólo puede manifestar tres estados: desesperanza, esperanza y seguridad. La desesperanza es incompatible con la vida: quien vive desesperanzado, a la larga se aniquila. La esperanza es compatible con la vida y con el deseo de felicidad, que es lo que más se aproxima, de todo lo que conocemos, a lo que es la felicidad en sí misma. Por último, el estado de seguridad es compatible con la vida, pero sólo dos clases de seres están seguros de lo que piensan: los seres perfectos y los orates. Y como estoy persuadido de que Spinoza no era ni lo uno ni lo otro, tomaré su rechazo a la esperanza sólo en el sentido de una esperanza celestial como la que pregona la Iglesia, pero no en el sentido completo del término, que para mí significa el creer en algo que no está plenamente demostrado como verdad, o el creer, al menos mínimamente, que nuestro futuro, por uno u otro motivo, está sembrado de placeres. Yo estoy seguro de que el teorema de Pitágoras es verdadero, pero si me preguntan si el alma humana tiende a la felicidad, sólo pudo contestar que tengo la esperanza de que así sea, esperanza futura sin la cual es imposible la felicidad presente.
Respecto de los sentimientos de compasión y arrepentimiento, tratemos de no meterlos en la misma bolsa. El arrepentimiento es hijo de la ignorancia, del total desconocimiento o negación de la hipótesis determinista, que incluso si no fuese cierta en forma radical, inexorablemente se comunica con la herencia y la educación y por lo tanto nos hace ver que, si somos culpables de algo, lo somos en grado mínimo. Este sentimiento, por estar ligado a la ignorancia, es por supuesto inmoral; pero el sentimiento de compasión no está ligado a ninguna ignorancia: aparece y ya. Es cierto que aparece debido a causas externas, a saber, el percibir el dolor ajeno, y que por eso podría merecer el calificativo de "afecto pasivo"; pero digo yo, ¿no era que en la filosofía de Spinoza todos los seres compartían la misma sustancia? Si es así, yo siento el dolor ajeno como algo inherente a mi misma esencia, y entonces esta sensación es tan interna como la que más: es un afecto activo. Y después está la prueba del amor: pongo a dos hombres frente un pequeño gatito y comienzo a cuerearlo vivo valiéndome de una yilet. El primero, un estoico, corre a salvarlo "por obligación moral", sin experimentar emoción alguna. El segundo, en cambio, se me acerca sudoroso, temblando y con los ojos bañados en lágrimas, aunque sin cólera. El primero lo salva por precepto, porque su código de conducta, previamente delineado, así lo establece. El segundo lo salva porque su corazón se lo implora, no por sentirse obligado a ello. Ahora quiero que alguien me aclare cuál de los dos fue arrebatado por un afecto activo y cual por un afecto pasivo, porque se me hace muy difícil creer que no inmutarse ante la tortura de otro es algo activo y algo moral. Más bien parece todo lo contrario[2].



[1] (Nota añadida el 8/11/3.) Trascendieron algunos detalles --que cada quien puede creer o no-- de lo que aconteció en esa histórica ceremonia: "Por fin había llegado el día de la excomunión, reuniéndose enorme gentío para asistir al lúgubre acto. Éste empezó encendiéndose [...] una serie de velas negras, y abriéndose el arca sagrada que guarda los libros de la ley mosaica. De esta forma se incitó la fantasía de los creyentes para todo el horror de la escena. El gran rabino, antiguamente amigo y preceptor, ahora el enemigo más mortal del reo, tuvo que ejecutar la sentencia. Quedó de pie, conmovido por el dolor, pero inflexible. El pueblo le observó consuma expectación. Desde lo alto canturreó en melancólicas voces el cantor las palabras de la execración, mientras que desde el otro lado se mezclaban con estas maldiciones los sonidos penetrantes de una trompeta. Ahora se inclinaban las velas negras cayendo la cera derretida gota por gota en un gran recipiente lleno de sangre (Lewes, Historia biográfica de la filosofía, citado por Henry Ford en El judío internacional, de. 142). Según Ford, antes de excomulgarlo "se le ofreció al joven Spinoza la suma de mil florines al año, si se callaba con sus convicciones, asistiendo de vez en cuando al culto en la sinagoga. Spinoza la rehusó indignado, resolviendo a ganarse el sostén de su vida pulimentando lentes para instrumentos ópticos". Por último, una paradoja: el nombre de pila del maldito Spinoza era Baruch, que significa bendito...
[2] (nota añadida el 31/5/3.) Spinoza, como buen estoico, rechazaba el sentimiento de compasión por considerarlo inmoral y afeminador del carácter del hombre virtuoso. Sin embargo, ¿qué es un estoico? Un estoico es un cínico socializado, o más bien un cínico que ha claudicado y ha perdido buena parte de su autarquía. Es --digámoslo con toda las letras-- un cínico degenerado. Pues bien: ¿alguien podría juzgar a Diógenes, Antístenes o Crates como seres afeminados? No lo creo; y es el caso que estos monumentales señores, si hemos de darle la razón al filólogo austríaco Theodor Gomperz, profesaban "una calurosa compasión hacia los desventurados y oprimidos" (Pensadores griegos, libro 4º, cap. VII, parág. 7). Si así era, si los cínicos eran compasivos en el sentido propio del término, no limitándose a ir en auxilio de los desvalidos por puro deber, sin emocionarse durante el proceso..., si así era, digo, ya tenemos un nuevo motivo para gritarle a Spinoza y a todos los estoicos --y que me perdone Epicteto--, para gritarles este merecido insulto: ¡Degenerados!

domingo, 8 de junio de 2014

Progreso espiritual en Tolstoi

Me he aficionado a la caza con rifle y, como resulta que no tiro mal, me entrego a esta ocupación dos o tres horas al día. [...] La semana pasada maté un jabalí que me dio un momento de gozo como nunca antes había experimentado.
León Tolstoi, Correspondencia, cartas a su tía Tatiana, 2 y 29/10/1852


Desde la entrada de su diario del día 26/8/1909, cuenta Tolstoi "cómo disparaba a las aves y a los animales, cómo remataba a las aves con una púa en la cabeza y a las liebres con un puñal en el corazón sin la menor piedad". "Hacía cosas --concluye-- en las que ahora no puedo pensar sin horror". Esto es para los que opinan que el progreso espiritual de Tolstoi era pura cháchara, pura hipocresía. Si este acrecentamiento de los lindes de la compasión, no solo hacia el género humano sino hacia el resto de las especies, no implica progreso espiritual, entonces no sé lo que el progreso espiritual sea.

lunes, 25 de febrero de 2013

León Tolstoi y la ética de la no justicia


Según Ricardo Maliandi, en la medida en que damos cumplimiento pleno a un valor o a un principio ético de gran jerarquía, tendemos a lesionar a otro valor o a otro principio ético que se les contrapone. Ejemplo de ello es el amor o la bondad, que si los extendemos en forma omniabarcativa, tienden a dañar a otro principio o valor supremo: el de la justicia. Esto es lo que dice mi amigo Maliandi; a lo que yo digo que yerra, que no existe tal contraposición de valores, que un valor ético cardinal no puede bajo ningún punto de vista cruzarse a campo traviesa por la senda de otro valor cardinal y eclipsarlo. Y entonces tenemos la conclusión de que la bondad no puede, está impedida de opacar a la justicia, a no ser que la justicia no sea un valor, en cuyo caso puede opacarla perfectamente, y hasta podría suceder que opacarla resultara ser su primordial objetivo, su deber. Así lo entiendo yo, y así lo entendió Tolstoi, que comprendió cabalmente, con la cabeza y con el corazón, que lo que los hombres llaman justicia es un amasijo de conceptos mal acrisolados utilizado en provecho de los diferentes gobiernos y que de ningún modo puede considerarse una virtud, justamente porque tiende a lesionar a la bondad, que es la virtud primera. Lo comprendió durante un viaje que realizara a París a finales de la década de 1850. Allí tuvo la oportunidad de observar, por primera vez en su vida, una ejecución pública. "La guillotina --comenta desde su diario-- me mantuvo largo tiempo despierto, obligándome a reflexionar". Sí, reflexionó y reflexionó durante toda la noche, y al cabo, como fruto maduro de tales reflexiones, emergió el principio rector que lo caracterizaría: “Desde hoy en adelante no serviré a ningún gobierno. Todos los gobiernos de este mundo son iguales en la medida del mal y del bien que hacen. El único ideal es la anarquía”. La anarquía cristiana, se entiende. Y aquí es donde aparece la reflexión axiológica --que es reflexión y sentimiento al mismo tiempo-- que le sugiere que la llamada "justicia" nada de justa tiene, y que el pensador interesado en la ética debería descartarla como un trasto viejo en lugar de colmarla de laureles y encaramarla en lo más alto del podio de las virtudes supremas. He aquí su reflexión profunda, tal vez la más profunda y sabia de sus reflexiones morales:

Cuando vi la cabeza separada del cuerpo y escuché el ruido que hizo al caer dentro de la cesta, comprendí, no con mi mente, sino con todo mi ser, que ninguna teoría razonable del progreso podría justificar esa muerte, y, no obstante que todos, desde los principios del mundo, no sé de acuerdo con qué teoría, la consideran necesaria y justa, sé perfectamente que es inútil y nociva (citado por Derrick Leon en Tolstoi, p. 123).

Perfectamente, mi estimado León, inútil y nociva. Y no estamos hablando de esa ejecución o del instrumento --la guillotina-- que la posibilitara, sino de la justicia misma y de su injerencia dentro del aparato teórico de la ética[1].


[1] (Nota añadida el 1/4/13.) Otro que opina parecidamente a nosotros, respecto del puntual asunto de la pena de muerte y respecto también del asunto general de la captación emotiva de las normas éticas y de los valores que las sustentan, es el uruguayo Carlos Vaz Ferreira: "Se discute sobre la pena de muerte: hay argumentos teóricos, aparentemente buenos, en favor, y argumentos teóricos, aparentemente buenos, en contra; y estadísticas que parecen probatorias en favor, y estadísticas que parecen probatorias en contra. Mientras ustedes se mantengan en ese terreno puramente lógico o escolástico, podrán no resolver. Pues en esos casos, tengan confianza en los sentimientos de humanidad y de piedad. Hay una solución que se impone, que se impondrá tarde o temprano: los hombres no pueden matar a otros hombres. Cuando sientan esto, dejen de argumentar y de preocuparse demasiado de que les argumenten: ¡no se mata!" (Moral para intelectuales, pp. 172-3).

sábado, 27 de octubre de 2012

La araña y la mosca



Le gustaba fumar una pipa; o, cuando quería divertirse más tiempo, buscaba algunas arañas y las ponía a pelear entre sí, o arrojaba una mosca en la telaraña, y la batalla le provocaba tal placer que a menudo prorrumpía en carcajadas.

 Johann Köhler, Biografía de Spinoza



Rescaté a una mosca que se hallaba enredada en una tela de araña. La araña ya estaba sobre ella, pero la espanté con una lapicera y con el mismo objeto liberé a la mosca de sus ataduras. Evité una muerte y algo de sufrimiento, pero dejé a la araña hambrienta. ¿Hice una obra de bien? Creo que sí.
Tarea para la evolución universal: hacer vegetarianas a las arañas... o hacer insensibles a las moscas.

domingo, 27 de mayo de 2012

LA TORTURA DEL SEÑOR CHOTAPIRI

El señor Chotapirí se jactaba de cumplir al pie de la letra ese sabio precepto ético que dice que no hay que hacerles a otros lo que no deseamos que otros nos hagan. En eso pensaba cuando se fue a dormir a su habitación en esa noche que amenazaba tormenta. Y soñó. Soñó que se hallaba en un bosque inmenso y agradable, rodeado de una tranquilidad enaltecedora que aplacaba cualquier espíritu. Buscando qué comer, se internó en la vegetación y avistó una brillosa manzana que parecía pender de la nada. La tomó con sus manos y procedió a hincarle el diente, pero en ese preciso momento la manzana se transformó en un clavo grueso y puntiagudo que fue a incrustársele justo en medio de las amígdalas. (La señora de Chotapirí recuerda muy bien ese día porque su marido, dormido como estaba junto a ella, ensayó un alarido ensordecedor que "salió de su alma misma, no de su garganta".) De la cabeza del clavo nació una larga cadena. El señor Chotapirí se sirvió de ella para intentar deshacerse de su dolor, jalando la con fuerza y rogando a Dios que la cadena le arrancase la razón de su tormento. Pero no lo logró; el clavo estaba muy arraigado. Decepcionado, y atemorizado tanto por el sufrimiento como por la ignorancia de no saber qué ocurría, se dejó caer sobre la hierba del bosque. Parecía que el dolor lo abandonaba, o como que ya se había acostumbrado y no lo sentía, cuando de repente la cadena se tensó y comenzó a querer llevárselo. Al principio se resistió, pero cuanto más se oponía más se agudizaba el suplicio, y además llegó un momento en que la cadena se tensaba con tanta fuerza que ni siquiera rodeando a los árboles con sus brazos lograba impedir el éxodo.
El arrastre duró unos pocos segundos, pero al señor Chotapirí le parecieron lustros. Cuando comprendió que era inútil luchar, simplemente caminó hacia donde la cadena lo llevaba. Pero los tirones dejaron de ser lentos y uniformes y se hicieron despiadadamente convulsivos, y a partir de ahí ya no pudo incorporarse.
La cadena continuó con los sacudimientos hasta llevar al señor Chotapirí hasta los confines del bosque. Más allá de la vegetación estaba la playa, y más allá de la playa, el mar.
El señor Chotapirí iba tragando arena mientras se arrastraba zigzagueante por los médanos, abierta su boca cual draga que hace huella en tierras secas. Pero la ingesta de arena no era su mayor inquietud: la cadena se perdía en el mar, y hacia el mar lo llevaba.
Desesperado, el señor Chotapirí logró ponerse de rodillas y avanzar unos metros en dirección opuesta a la marea. Pero sólo gracias a un respiro que se tomó la cadena. Instantes después, su cuerpo ya estaba en el agua.
Chapoteó y chapoteó sin parar para evitar ahogarse, pero la cadena lo llevaba cada vez más hacia la hondura, hasta que sintió que no hacía pie. Nadando un poco en la superficie, lograba respirar, pero enseguida la cadena lo lanzaba aguas adentro, y se ahogaba. Sin importarle los desgarramientos de su garganta, braceaba en contra de la fuerza que lo sojuzgaba buscando las burbujas de aire que llegaban detrás de las olas, pero al fin todo fue profundidad y agua salada.
Contuvo la respiración todo el tiempo que pudo. Luego comenzó a inflamarse, a llenarse de agua los pulmones.
En eso estaba cuando divisó quién era el causante de la sucia maniobra. La cadena era jalada por un horrible y gigantesco monstruo que vivía en las profundidades marinas. La expresión de la inhumana bestia era terrorífica, pero también se adivinaba en ella una cierta insipidez: ojos enormes, redondos y sin párpados que miraban fijamente a ninguna parte; boca también redonda que abría y cerraba sin cesar como si todo el tiempo quisiese pronunciar una "o" que nunca salía de sus labios; cabeza descomunal pero finita... Chotapirí se dio tiempo para suponer, en medio de su agonía, que aquella criatura era mucho más estúpida que él, a pesar de que era él quien estaba en la trampa.
Así murió, ahogado ante la vista de su asesino. Un asesino frío, tonto y malo. Sus últimos pensamientos tuvieron que ver precisamente con eso: ¿es una casualidad que todos los tontos y feos sean malos?, se preguntó antes de tragar el último sorbo de agua.
Pero al tiempo que moría, despertaba. Se alivió hasta el infinito al comprender que todo había sido una pesadilla, y que lo que había él vivido no podría vivirlo ningún hombre sino en sueños. Después le contó a su esposa lo soñado, y ésta le comentó que hacía escasos instantes había él gritado de un modo escandaloso. El señor Chotapirí le dijo a su amada que seguramente el mal sueño había sido causado por la comida ingerida esa noche. "Nunca más cocines pescado para la cena", le dijo. Luego se volvió a tapar con la sábana, giró hacia la pared y se posicionó para seguir durmiendo. Pero al rato se volvió sobre su esposa, y, con gesto serio, abrevió y a la vez extendió el mandato: "Nunca más cocines pescado". Y entonces sí se durmió tranquilo.