Vistas de página en total

sábado, 19 de mayo de 2012

Descartes y el sufrimiento de los animales


Contrariamente a lo que pensaba Descartes, obviamente los animales sufren.
Luc Ferry, Vencer los miedos


Parece que fuera erróneo el dato que yo tenía, y que tienen gran parte de los pensadores filosóficos, respecto de que Descartes no creía que los animales pudiesen sufrir. Si no, cómo explicar el siguiente pasaje:

De la descripción de los cuerpos inanimados y de las plantas, pasé a la de los animales y particularmente a la de los hombres. Mas no teniendo aún bastante conocimiento para hablar de ellos con el mismo estilo que de los demás seres, es decir, demostrando los efectos por las causas y haciendo ver de qué semillas y en qué manera debe producirlos la naturaleza, me limité a suponer que Dios formó el cuerpo de un hombre enteramente igual a uno de los nuestros, tanto en la figura exterior de sus miembros como en la interior conformación de sus órganos, sin componerlo de otra materia que la que yo había descrito anteriormente y sin darle al principio alma alguna razonable, ni otra cosa que sirviera de alma vegetativa o sensitiva, sino excitando en su corazón uno de esos fuegos sin luz, ya explicados por mí y que yo concebía de igual naturaleza que el que calienta el heno encerrado antes de estar seco o el que hace que los vinos nuevos hiervan cuando se dejan fermentar con su hollejo; pues examinando las funciones que, a consecuencia de ello, podía haber en ese cuerpo, hallaba que eran exactamente las mismas que pueden realizarse en nosotros, sin que pensemos en ellas y, por consiguiente, sin que contribuya en nada nuestra alma, es decir, esa parte distinta del cuerpo, de la que se ha dicho anteriormente que su naturaleza es sólo pensar; y siendo esas funciones las mismas todas, puede decirse que los animales desprovistos de razón son semejantes a nosotros (Discurso del método, quinta parte).

Por ahora, me quedo con este punto de vista, pero continuaré investigando para ver si en algún otro pasaje Descartes se contradice[1].


[1] En un artículo de Benjamín García Hernández intitulado "El mecanicismo animal de Gómez Pereira y el dualismo cartesiano", se afirma que el error parte de la polisemia que genera la palabra anima, y atribuye García Hernández a Descartes el mérito de haber desdoblado este concepto: "El uso de mens en relación con cogito es un gran acierto terminológico de Descartes, que le permite evitar la ambigüedad de anima [...]. Reducir la noción de anima al alma del ser racional supone negar a la palabra su sentido básico de «aliento y respiración» del que participan los demás animales y las plantas. [...] Descartes, al introducir el concepto monosémico de mens, es aquí mucho más original y coherente [que Gómez Pereira], de suerte que lo que él sostiene no es que los animales carezcan de alma, sino de mente. Por eso, quienes traducen este preciso término cartesiano por espíritu o alma, siendo así que el español dispone de mente, caen en la vieja trampa polisémica que el filósofo francés supo evitar". Lo que afirma Descartes, en definitiva, es que "la percepción de los animales se parece a la de un hombre cuando su mente se halla abstraída” (Humanismo y pervivencia del mundo clásico: Homenaje al profesor Antonio Fontán, autores varios, pp. 2304-5). Un hombre, por más abstraído que se hallare, sentirá dolor si lo patean o lo queman; ergo, según Descartes, los animales, pese a que no piensan, sufren.

viernes, 18 de mayo de 2012

Teoría de la compensación climatológica



La lluvia y el viento son factores fundamentales y desencadenantes de la climatología terrestre. Dichos factores varían o son constantes en los diferentes lugares del planeta, pero si analizamos uno por uno todos los rincones del globo terráqueo al mismo tiempo, todas las veces que lo creamos necesario, veremos que la cantidad de viento y lluvia que hay sobre la Tierra no ha variado desde que se tienen noticias de la misma.

Esta teoría podría ser, si los hombres de ciencia la admitieran como tal, una de las más relevantes de la historia debido a los beneficios que podría acarrear en materia de desastres climatológicos.
Para quien ha sido superado por nuestra hipótesis, simplificaremos su contenido con un ejemplo, que es la forma más rápida de asimilar una idea: Supongamos que --para hacerlo sencillo -- en todo el hemisferio sur está lloviendo. Sabiendo esto, y suponiendo cierta nuestra teoría, sabremos que en el hemisferio norte no hay lluvias en ese momento, o las hay en forma escasa. Supongamos ahora que en el norte del planeta están desatándose fuertes ráfagas de viento; con ese único dato podremos deducir que en ese instante el sur goza de una que otra brisa o directamente carece de viento. Por supuesto que nunca va a suceder algo parecido a los ejemplos antedichos, pero estas suposiciones valen para clarificar la hipótesis.
¿Qué es el viento? Para los creyentes, el viento fue creado por Dios junto con la Tierra y todo lo demás. Desde el punto de vista de esta teoría no importa demasiado qué es el viento o cómo fue creado. El viento existe y punto, y está dando vueltas hace siglos por donde se le canta. ¿Nunca se preguntó por qué de repente hay viento y de repente ya no? El "aire ligero" está esparcido por la Tierra y deambula por ella a su antojo, entonces hete aquí que nos basamos en esto último al afirmar que se pueden prever y prevenir los temporales. Ojo, no confundir: podemos prevenirlos, pero no controlarlos. Porque en definitiva, ¿qué es el viento huracanado, eh? Es una acumulación masiva de viento. Entonces, si se aceptase nuestra teoría, se construiría una central climatológica a la que llegarían informaciones del estado del viento en todos los sitios del planeta; y cuando se sepa que en gran parte del mismo el viento tiende a calmarse, se dará por cierto que en las otras porciones de la Tierra habrá grandes posibilidades de que se acerque furioso a asecharlas.
Asimismo, en el caso de los huracanes y tornados, se necesita tanto viento para provocarlos el 90% del planeta deberá resignar su porción de viento para que ésta se sume al huracán que lentamente se va formando. Entonces, cuando la central climatológica reciba informes de todas las latitudes que aduzcan que el viento se aliviana cada vez más, deducirá de qué lugar no le han suministrado esa información y alertará a la central de ese sitio sobre un futuro temporal, que no podrá ser evitado, pero no tomará a la gente desprevenida.
El viento es aire a gran velocidad. Cuanto más viento se junta más velocidad toma. Y es en este preciso momento y no antes que nos damos cuenta de que nuestra idea sobre que el viento fue creado sólo una vez tiene mucho de mentira. Claro, es mentira, porque si a esa masa de aire a gran velocidad la aislamos de su entorno perderá su energía cinética y se convertirá en aire común, o sea, habremos eliminado parte del viento. Si esto no fuera así, cuando nos entrara viento en la casa nos volveríamos locos tratando de echarlo por el quilombo que haría.
Sabemos entonces, con este vuelco en nuestra teoría, que el viento se esfuma si lo arrinconamos. Y si se esfuma, ya no vuelve a ser viento. Los atolondrados de siempre refutarán esto aduciendo que, siendo así las cosas, la Tierra se quedaría tarde o temprano sin ese preciado regalo de la naturaleza, pero en lo que no reparan ellos es en que, si bien el viento desaparece continuamente, también se crea en forma continua. Se crea, por ejemplo, cuando respiramos en la calle. La respiración es un viento muy pequeño que si lo largamos entre cuatro paredes perderá velocidad y morirá, pero si esa misma respiración la exhalamos en un lugar abierto, con un mínimo de viento, ésta se unirá a la brisa, asimilará su velocidad y se confundirá con ella. Millones de seres repiten a diario esta operación, por eso el viento nunca desaparecerá.
También provocan viento los ventiladores (siempre en lugares abiertos si queremos que perdure), los automóviles que circulan por el tejido urbano e incluso un simple pedo al aire libre puede ser parte de un futuro tornado una vez que sus impurezas se decanten.
Es sabido que todos odian el viento en invierno y lo reclaman en verano, pero nadie había hecho nada para remediar estas situaciones. El día que se acepte nuestra teoría, la solución, por ejemplo, para terminar con el viento en invierno, estará al alcance de nuestras manos. Bastará con que la ciudad acosada por el molesto y frío viento adopte las siguientes actitudes, a saber: cuando el viento esté en su apogeo, pululando por las calles cual ráfagas asesinas de ametralladora, la gente abrirá las puertas de sus hogares en clara invitación para que ingrese en éstos, y cuando el ventarrón haya penetrado en gran medida en las casas, cerraremos las puertas y el viento, al verse encerrado, perderá velocidad y desaparecerá. Esta operación, si se quiere terminar con una buena parte del viento, deben repetirla todos los habitantes de la ciudad (que posean una puerta el exterior, por supuesto) durante más o menos dos minutos para obtener los primeros resultados satisfactorios. Se verá cómo, después de ese lapso de tiempo, habrá desaparecido gran parte del molesto viento que acosaba la tranquilidad de la urbe. Sin embargo, de nada serviría realizar la operación antedicha si luego de ella todo el mundo saliese la calle y se pusiese a respirar como si nada, creando nuevamente una masa de aire veloz similar a la que disgregaron; por lo tanto, además de lo de hacer entrar al viento, se completará la labor saliendo a la calle siempre con tanques de oxígeno o, si se estima un procedimiento más casero, bastará con que se camine por el exterior con las manos en la boca para que las respiraciones que se exhalen se diluyan en las propias palmas de quien las ejecute.
Será así que entonces, si queremos disfrutar de un verano con brisas refrescantes, saldremos a la calle a soplar con todas nuestras fuerzas durante cinco o diez minutos, todos al mismo tiempo. Es recomendable para el éxito del intento que previamente se indique a los habitantes hacia qué dirección o punto cardinal deberán dirigir sus soplidos. Si todos se orientan para el mismo sector el viento se unificará rápidamente. Esta modalidad produce fuertes vientos, pero los induce a retirarse hacia la dirección elegida. Para que las ráfagas perduren un poco más, aunque no sean tan rápidas, un buen sistema es el de apuntar los soplidos hacia un punto de la ciudad, preferentemente situado en el centro geométrico del conglomerado; de esta manera, los vientos se unirán en ese sitio y de allí saldrán desperdigados en varias direcciones. Para los más perezosos, los soplidos pueden ser reemplazados por ráfagas de aire de algún matafuegos que les sobre. Con este método, necesitaremos sólo diez minutos de soplidos y una perfecta sincronización horaria para provocar brisas refrescantes durante todo el día.

Recomendación: Si se desea provocar vientos realmente refrescantes es aconsejable colocarse un cubo de hielo en la cavidad bucal antes de comenzar con la tarea de soplado.

Advertencia: Será necesario manejarse con mucho cuidado y organización cuando se desee modificar el desarrollo climatológico del viento en algún punto del planeta. Siempre que se quiera proceder de alguna de las formas mencionadas anteriormente, deberá avisarse a la central climatológica mundial para que ésta coordine los horarios con otra ciudad que desee hacer el proceso inverso. De esta manera no se alterará la compensación climática que posee el planeta: desaparecerá el viento en una ciudad, pero se creará en otra.

Grupo Prosaico Mancomunado, julio de 1988

jueves, 17 de mayo de 2012

Teoría de la propagación de la luz en relación con la vida animal

La luminosidad que existe endeterminado lugar es inversamente proporcional a la cantidad de miradas queexista en ese momento en el sitio.

Todo lo que pretende insinuar esta teoría, que en verdad es muysencilla, quedará gráficamente explicado con un ejemplo: Supongamos que en uncuarto de 3 × 3 metros se ha colocado una lámpara de 75 watts justo en elcentro. La lamparita llegará con una luzpotente a todos los rincones del recinto. Ahora imaginemos la misma situaciónanterior, sólo que en este caso una persona ingresa a la sala. Seráimperceptible para el ojo humano, pero la luminosidad habrá bajado. Asimismo,si metiésemos veinte personas en dicho cuarto quizá lograríamos apreciar ladisminución del caudal lumínico que ofrecía la ya mencionada fuente. Estudiosrealizados en laboratorios no oficiales comprobaron que no sólo los sereshumanos consumen luz, sino que también los animales e insectos lo hacen. Heaquí unos datos interesantes que han sido comprobados por nuestros científicosque, como dijimos, son marginales. Estos números son el resultado de díasenteros de pruebas e innumerables gastos de equipos profesionales.
Nuestros genios afirman que un hombre normal, de 40 años de edad y unos70 kilos de peso, consume un total de 0,07 W de luz, siempre y cuando mire fijoa la fuente lumínica y no se aleje más de 3 m de la misma. Si no se mira fijo ala luz y con los ojos bien abiertos, el 0,07 que enunciamos se reduce a lamitad, y si nos alejamos más de 3,5 m de la fuente esta cifra baja mucho másprecipitadamente.
Dijimos que para el hombre el coeficiente de reducción lumínica--que de esa forma ha sido bautizado por nuestro personal-- es de 0,07 W, perotenemos calculados también los coeficientes de reducción lumínica de diferentesespecies:

Gato: 0,08 W
Perro: 0,04 W
Vaca: 0,2 W
Elefante africano: 0,5 W
Mosca: 0,000001 W
Cuis: 0,006 W

Todos estos datos severifican según la distancia ya mencionada y siempre y cuando los bichos estén mirandofijo a la luz y con sus ojos bien abiertos. Pero volvamos a los estudios conpersonas, que son menos dificultosos.
Cierto día, uno de nuestros investigadores planteó el siguienteobjetivo: "Vamos a intentar apagar una lamparita con la mirada. Si lologramos, por fin nuestra teoría será aceptada por el mundo entero". Y fueentonces que nos abocamos a dicho objetivo de lleno.
Primero pensamos apagar la lamparita con vacas y elefantes, pero se ibaa complicar el tener que hacerlos mirar a todos fijamente hacia la fuentelumínica. Pensábamos en estos dos animales porque eran los de mayorcoeficiente, pero al fin nos inclinamos por el hombre, que por lo menos es más manejable.De ahí en más, los que tuvieron que trabajar fueron nuestros matemáticos.
Para que resultara menos trabajoso, la lamparita que se intentaría apagarsería de poca potencia (25 W).
Una de las condiciones era que la gente no se alejara más de 3,5 m de lafuente de luz, por lo tanto buscamos una sala de 7 × 7 m. Lo más lógico hubierasido hacer la investigación en una habitación circular de 3,5 m de radio, pero¿sabe lo difícil que se nos hizo encontrar una? Nos inclinamos entonces, como quedó dicho, por la de 7 × 7. Había un error, ya que las personas que sealojaran en las esquinas estarían a casi 5 m de la lámpara, con lo que perderían un buen porcentaje de coeficiente dereducción lumínica. Se procedió entonces a clausurar las esquinas de la formaen que se muestra en el siguiente gráfico:


El problema del lugar estaba resuelto. Ahora vendría el tema de la genteque sería necesaria para llevar a cabo la idea.
Después de muchas idas y venidas y luego de haber realizado innumerablesy complejos cálculos, se llegó a la conclusión que continuación se detalla:
Si para apagar 0,07 W se necesita una persona, para apagar 25 W senecesitarán equis personas.

X = 25 W × 1 persona = 357 personas
0,07W

Estaban hechos todos los cálculos y entonces el gran día llegó. Pusimosen la puerta del salón un cartel que rezaba: "Sea partícipe de un hechohistórico en los anales de la ciencia y la regalaremos un pancho y una coca".Como era de esperarse, se formó una larga fila de personas. Desechamos a losgordos, flacos, viejos y jóvenes y nos quedamos con 357 personas de un promediode 40 años y 70 kilos de peso. Todo el grupo estaba formado por hombres, porquedentro de la sala podrían sucederse algunos apretujones y no queríamoscomprometer a nadie.
Empezó así a ingresar la gente, y cuando ésta se contaba en un númeroque se aproxima al centenar, comenzaron a escucharse desde el interior delrecinto algunos tejidos y gritos que no tardaron en aumentar conforme avanzabala fila. Cuando entró el número 357 la gritería era infernal ahí dentro. Es quese había calculado todo menos el espacio a ocupar por esos desdichados...
Teniendo en cuenta que la habitación era de 7 × 7, pero tenía sus puntasrecortadas, la superficie a ocupar rondaba los 40 m². Si las personas habíaningresado en número de 357, teníamos la conclusión de que había aproximadamentenueve personas por metro cuadrado. Inmediatamente comprendimos el porqué de losgritos. Nos asomamos a la sala por una claraboya que había en el techo ycomprobamos que el espectáculo que el lugar ofrecía era dantesco: estaban unosarriba de otros, y los que quedaban abajo pugnaban por ascender para poderrespirar mejor. Sólo se ven espectáculos semejantes cuando Boca juega de localen Vélez. Dejamos transcurrir un poco de tiempo, y cuando los gritos menguarony cesaron las avalanchas, encendimos la lamparita y por un parlante colocado enla claraboya del techo (yo) se le dijo a la gente que mire fijo hacia la luz ala cuenta de tres. Cuando concluyó la cuenta, quien esto relata miró tambiénhace la lámpara y observó cómo ésta reducía visiblemente su potencia, perolejos estuvo de apagarse. Luego de ese acontecimiento dirigí mi vista hacia lamasa de gente y observé que sólo unos pocos miraban el foco lumínico, los demásyacían desmayados o muertos y los que quedaban sanos dirigían hacia mí no sólosu mirada, sino también insultos, escupitajos y cualquier objeto contundenteque tuvieran a mano. Fue entonces que decidimos abrir las puertas y, alinstante, este desaforado grupejo ganó la calle gritando y empujando cual barrabrava de San Lorenzo. Los que no salieron, los que no saldrían nunca, fueronapilados en un rincón. Terminado este trabajo nos dimos a la fugainmediatamente.
La mayoría de nuestros científicos pensó que habíamos fracasado, pero yono. Este modesto interlocutor vio cómo la intensidad lumínica de la lámparahabía bajado de un momento a otro. No se logró apagarla, pero íbamos por buencamino. Quisimos organizar algo similar nuevamente, pero la policía, aduciendono sé qué cosa, nos lo impidió.
Tenemos fe en la veracidad de esta teoría. Algunos muchachos del grupoestán abocados ahora en la tarea de demostrar que la parcial oscuridad que seproduce durante un eclipse solar es aumentada, en gran parte, por los millonesde seres humanos que posan su mirada en el astro rey durante esos segundos.Personalmente no comparto esta teoría, ni la que dice que en un cine, a medidaque se va llenando de gente, se van consumiendo las luces. En mi opinión son éstasteorías oportunistas e inmaduras que no han sido estudiadas seriamente como laque mencionamos con lujo de detalles en primera instancia.
Seguiremos entonces con las investigaciones acerca de la consumibilidadde la luz, siempre y cuando salgamos airosos del juicio en el cual se nosimputa la muerte de 32 inocentes.

Grupo Prosaico Mancomunado, marzo de 1988

miércoles, 16 de mayo de 2012

Teoría de la vulnerabilidad mental por falta de sueño


Las personas acumulan durante todo el día en su cerebro una serie indefinida de imágenes, pensamientos, vivencias y etcéteras. No estamos hablando de conocimientos sino de la parte imaginativa de la mente. Esa imaginación trabaja coherentemente durante todo el día, excepto cuando uno duerme. En ese momento el cerebro libera todas las tensiones acumuladas durante el día en forma de sueños sin ningún tipo de sentido; por eso, aunque nos olvidamos de la mayoría, desde el preciso momento en que nos dormimos ya comenzamos a soñar con diferentes e irreales situaciones. Cuando una persona no duerme lo suficiente durante un determinado período de tiempo, esas tensiones no encuentran su natural vía de escape, y si esa situación se torna constante, el cerebro del desdichado asimilará para sí mismo esas tensiones y entrará en un estado de locura por tensión cerebral.

Gran teoría, estudiada desde hace muchísimo tiempo por nuestros hombres y refutada desde siempre por una sociedad que todavía cree que los sueños tienen algún significado coherente.
Los sueños son los escapes de la locura que todos llevamos dentro, nada más. Si no dormimos, no soñamos, y si no soñamos nos volvemos locos.
Clarito es el ejemplo de Bernardo Neustadt, que duerme tres horas por día; así está el pobre...
Según estudios realizados hace tiempo por alguien que no sé muy bien quién fue, para que el físico tenga tiempo de reponerse completamente luego de una jornada de actividad es necesario dormir unas ocho horas aproximadamente. Según nuestras investigaciones, la mente humana sólo necesita de tres a cuatro horas diarias de sueño para liberar sus tensiones. Si se acorta este tiempo durante un par de meses, estaremos entrando en una etapa previa a la locura, en la cual se cometerán todo tipo de desmanes y canalladas, pero sin llegar a la locura todavía. A estos sujetos se los denomina atorrantes, palabra que deriva del prefijo a (negación) y del verbo torrar (dormir profundamente), con lo que se quiere significar que los atorrantes son aquellas personas que no duermen lo suficiente como para darle tiempo a su cerebro a que descargue sus tensiones, y por esa causa se comportan de esa manera.

                                           Grupo Prosaico Mancomunado, febrero de 1988

miércoles, 9 de mayo de 2012

Mecanicismo y teleología

¿Qué significa ser un pensador metafísico lógico? Un pensador metafísico lógico es aquel que no reniega de las proposiciones metafísicas (indemostrables a partir de la experiencia), pero que las elige cuidadosamente para que no se contradigan las unas con las otras. En mi caso, cuento con una gran variedad de proposiciones metafísicas a las que adhiero fervorosamente, como podría ser la recientemente mentada hipótesis panpsiquista, o la infaltable hipótesis determinista, o, más polémicas, las hipótesis mecanicista y finalista. Respecto de estas dos últimas, se da muchas veces por supuesto que un pensador metafísico lógico debe decidirse por una o desechar ambas, pero nunca adoptarlas al unísono. ¿Y por qué no? Yo no creo que sean hipótesis incompatibles; es más, creo que se complementan a la perfección, y a la vez dan lugar, y lugar de privilegio, a otra teoría metafísica que reivindico: la irrealidad del tiempo como entidad objetiva por ser solamente, tal como afirmara Kant en la primera edición de su Crítica de la razón pura, un marco de referencia que nuestra conciencia proyecta para comprender de algún modo la realidad que la circunda. No creo, pues, estar pecando de ilógico cuando afirmo ser mecanicista, finalista y "atemporalista". Y si no pregúntenle a Henri Bergson, el único pensador (al menos de los que yo conozco) que razonó con exactitud en este campo:

  Dijo Du Bois-Reymond: "Podemos imaginar el conocimiento de la naturaleza llegado a un punto en el que el proceso universal del mundo fuese representado por una fórmula matemática única, por un solo inmenso sistema de ecuaciones diferenciales simultáneas, de donde se extrajesen, en cada momento, la posición, la dirección y la velocidad de cada átomo del mundo". Huxley, por su parte, ha expresado, en una forma más concreta, la misma idea: "Si la proposición fundamental de la evolución es verdadera, a saber: que el mundo entero, animado e inanimado, es el resultado de la interacción mutua, según leyes definidas y fuerzas poseídas por las moléculas de que estaba compuesta la nebulosidad primitiva del universo, entonces no es menos cierto que el mundo actual descansa potencialmente en el vapor cósmico y que una inteligencia suficiente hubiese podido, conociendo las propiedades de las moléculas de este vapor, predecir, por ejemplo, el estado de la fauna de la Gran Bretaña en 1868, con tanta certidumbre como cuando se dice lo que ocurrirá al vapor de la respiración durante un frío día de invierno". En una doctrina tal, se habla aún del tiempo, se pronuncia esta palabra, pero apenas se piensa en ella. Porque el tiempo está ahí desprovisto de eficacia y, desde el momento que no hace nada, no es nada. El mecanicismo radical implica una metafísica en la que la totalidad de lo real es poseída en bloque, en la eternidad, y en la que la duración aparente de las cosas expresa simplemente la debilidad de un espíritu que no puede conocerlo todo a la vez. Pero la duración es para nuestra conciencia cosa muy distinta, es decir, para lo que hay de más indiscutible en nuestra experiencia. Percibimos la duración como una corriente que no sabríamos remontar. Es el fondo de nuestro ser y, de ello nos damos perfecta cuenta, la sustancia misma de las cosas con las que estamos en comunicación. En vano se hace brillar ante nuestros ojos la perspectiva de una matemática universal; no podemos sacrificar la experiencia a las exigencias de un sistema. Por lo cual rechazamos el mecanicismo radical. Pero el finalismo radical nos parece también inaceptable, y por la misma razón. La doctrina de la finalidad, en su forma extrema, tal como la encontramos en Leibniz por ejemplo, implica que las cosas y los seres no hacen más que realizar un programa ya trazado. Pero si no hay nada de imprevisto, ni invención ni creación en el universo, el tiempo se convierte en algo inútil. Como en la hipótesis mecanicista, se supone también aquí que todo está dado. El finalismo así entendido no es más que un mecanicismo al revés. Se inspira en el mismo postulado, con la sola diferencia de que, en la carrera de nuestras inteligencias finitas a lo largo de la sucesión completamente aparente de las cosas, pone delante de nosotros la luz con la que pretende guiarnos, en lugar de colocarla detrás. La atracción del futuro sustituye al impulso del pasado. Pero la sucesión no queda menos como una pura apariencia, como, por lo demás, la carrera misma. En la doctrina de Leibniz, el tiempo se reduce a una percepción confusa, relativa al punto de vista humano, y que se desvanecería, semejante a la niebla, para un espíritu colocado en el centro de las cosas. [...] Para actuar, comenzamos por proponernos un fin; hacemos un plan, luego pasamos al detalle del mecanismo que lo realizará. Esta última operación sólo es posible si sabemos con qué podemos contar. Es preciso que hayamos extraído, de la naturaleza, similitudes que permiten anticipar el porvenir. Es preciso, pues, que hayamos aplicado, consciente o inconscientemente, la ley de causalidad. Por lo demás, cuanto mejor se dibuja en nuestro espíritu la idea de la causalidad eficiente, más toma ésta la forma de una causalidad mecánica. Esta última relación, a su vez, es tanto más matemática cuanto que expresa una más rigurosa necesidad. Por lo cual, no tenemos sino que seguir la pendiente de nuestro espíritu para devenir matemáticos. Pero, por otra parte, esta matemática natural no es más que el apoyo inconsciente de nuestro hábito consciente de encadenar las mismas causas a los mismos efectos; y este hábito mismo tiene por objeto ordinariamente guiar acciones inspiradas por intenciones o, lo que equivale a lo mismo, dirigir movimientos combinados a la vista de la ejecución de un modelo: nacemos artesanos lo mismo que podemos nacer geómetras, e incluso no somos geómetras porque somos artesanos. Así, la inteligencia humana, en tanto que habituada a las exigencias de la acción humana, es una inteligencia que procede a la vez por intención y por cálculo, por la coordinación de medios a un fin y por la representación de mecanismos en formas cada vez más geométricas. Ya nos figuremos la naturaleza como una inmensa máquina regida por leyes matemáticas, ya se vea en ella la realización de un plan, no se hace, en los dos casos, más que seguir hasta el fin dos tendencias del espíritu que se complementan la una a la otra y que tienen su origen en las mismas necesidades vitales. Por ello, el finalismo radical está muy cerca del mecanicismo radical en la mayor parte de los puntos (Henri Bergson, La evolución creadora, pp. 44, 45 y 49).

 Rechaza Bergson, todo dentro de un mismo paquete, al mecanicismo, al finalismo, al atemporalismo y al determinismo (concepto este último que viene a ser como el ordenador de todos los anteriores), y los rechaza en bloque porque así, en bloque, es como se presentan cuando se analizan estas ideas de manera exhaustiva. El gran acierto de Bergson fue descubrir y explicar esta abroquelación de ideas; el gran acierto mío es el de rotularlas como verdaderas.

jueves, 3 de mayo de 2012

Ser panpsiquista hoy


De todos los resultados absurdos que se pueden encontrar en el libro de Chalmers [La mente consciente], el panpsiquismo es el más absurdo de todos, y nos hace pensar que hay algo de radicalmente erróneo en la tesis que lo implica.

John Searle, El misterio de la conciencia 


Doy a continuación a publicidad un fragmento de un ensayo del doctor (doctor en filosofía) José Luis San Miguel de Pablos, incluido en su libro Filosofía de la naturaleza, y lo publicito porque aún sigo siendo panpsiquista... y me interesa que no se me tome por un loco, o por alguien que, admitiendo el panpsiquismo, se está suicidando filosóficamente. Helo aquí:

[...] “panpsiquismo” ha sido y es todavía un término que provoca rechazo. Los motivos de ello son variados, pero a mi entender podrían resumirse en que la idea en cuestión choca tanto con la tradición del materialismo científico (“el sustrato último de todo es una materia absolutamente aconsciente”) como con el estricto dualismo sustancial de una cierta dogmática. Está  también la confusión de panpsiquismo con antropomorfismo: el “todo está lleno de dioses” de Tales, tomado al pie de la letra. Pero no es eso. No es en absoluto verosímil que, por ejemplo, un electrón sea un pequeño elfo danzante, pero sí podría serlo que “algo” elementalísimamente interior esté presente incluso en el electrón, sin –por supuesto– el más mínimo atributo antropomorfo. Pienso que un argumento de cierto peso puede ser el siguiente: hace tiempo que quedó obsoleta la concepción cartesiana del “animal autómata”  y, en el ámbito cristiano, Francisco de Asís ha ido ganando cada vez más terreno frente a la tradicional dogmática del “sólo nosotros tenemos alma y conciencia”, con lo cual quiero decir que la inmensa mayoría de los hombres y mujeres de hoy en día admitimos que los animales superiores poseen conciencia al menos sintiente, siendo no pocos los que               --abiertamente en privado y más comedidamente en el ámbito académico-- sostienen con convicción que algunos la tienen también afectiva y comunicante. Ahora bien, si los animales superiores no son máquinas sino entes conscientes, que no deben, por eso mismo, ser torturados ni maltratados... ¿en qué punto se acaba –o empieza– esa cualidad, yendo hacia atrás en la escala evolutiva? Dicho de otro modo, ¿cuál es el primer ser vivo con conciencia sintiente rudimentaria? ¿Es posible acaso fijar un inicio absoluto de la conciencia animal o, más generalmente, orgánica?  La obvia dificultad de concebir o evocar una conciencia elementalísima no es argumento en contra suficiente, ya que todo el mundo reconoce que la capacidad humana de representación intuitiva tiene sus límites. Pienso que en este caso, como en otros, la coherencia es lo que importa.
         Quizás convenga recordar algunas de las cartas de nobleza de la tradición panpsiquista. No es simplemente una concepción “arcaica” (y se puede, por lo demás, cuestionar que todo lo arcaico tenga que ser necesariamente falso). El pensamiento griego alimentó mayoritariamente una visión panpsíquica del universo de gran profundidad y sutileza que adelantaba a veces la concepción sistémica de la naturaleza, como sucedía con el cosmo-organicismo estoico. El alma neoplatónica del mundo contiene multitud de pequeñas almas que recuerdan las mónadas que, siglos después, postuló Leibniz. El pilar helénico de nuestra cultura no puede entenderse despojado de esa metafísica panpsíquica, no siempre ingenua o supersticiosa, que es una de sus componentes fundamentales.
Diga lo que diga Searle, la posibilidad de un tejido panpsíquico del universo no es absurda. Desde la perspectiva que proporciona tal noción, lo evolucionariamente emergente no sería la esencia silenciosa e indefinible de la  conciencia sino su organización en mónadas –exigida por un cosmos “sistémico”, de estructura compleja y múltiple dentro de su unidad global– junto con el surgimiento de las propiedades superiores de sentimiento, pensamiento y reflexividad (o autoconciencia). Es muy cierto que algunas de las formas más afinadas del emergentismo llegan a sugerir esta misma concepción, pero la mayoría o no lo hace o bien sólo implícitamente y de forma bastante temerosa. Teilhard constituye por cierto un caso aparte, ya que él sí defiende con toda claridad este punto de vista, en textos como el siguiente:

El cosmos no podría ser interpretado como un polvo de elementos inconscientes sobre los que afloraría, incomprensiblemente, la Vida, como un accidente o un moho. Sino que es, fundamental y primeramente, vivo, y toda su historia no es, en el fondo, más que un inmenso proceso psíquico; la lenta pero  progresiva unión de una conciencia difusa, escapando gradualmente a las condiciones “materiales” con que la oculta secundariamente un estado inicial de extrema pluralidad. Desde este punto de vista, el Hombre, en la Naturaleza, no es más que una zona de emersión en la que culmina y se revela, precisamente, esta evolución cósmica profunda (Pierre Teilhard de Chardin, La energía humana, Taurus, Madrid, 1963,  p. 25).

La visión del mundo teilhardiana, próxima, en mi opinión, a la de Bergson –un pensador que se daba prematuramente por “olvidado” y que vuelve hoy con fuerza--, abre un espacio adecuadísimo para debatir el apasionante tema de la relación entre psiquismo y materia, entre universo y conciencia (San Miguel de Pablos, Filosofía de naturaleza, cap. 18 [pp. 282 a 284]).

martes, 1 de mayo de 2012

La tristeza de los trabajadores (en el día del trabajador)

… una envidia negra de la vida dulce de los ricos, avidez de las moscas que se reúnen alrededor de las deyecciones.

León Tolstoi, citado por Romain Rolland en Tolstoi, pp. 126-7

Charles Péguy se quejaba, o más bien se entristecía, constatando una realidad que para él era evidente: el pueblo francés, a principios del siglo XX, vivía sumergido en la indignación y en la tristeza y no, como antaño, en la alegría:

Aunque no se crea, hemos sido nutridos en un pueblo alegre. En ese tiempo una obra era un lugar de la tierra donde los hombres eran felices. Hoy una obra es un lugar de la tierra donde los hombres recriminan, se detestan, se golpean, se matan. En mi tiempo todo el mundo cantaba […]. En la mayor parte de las corporaciones de oficios se cantaba. Hoy se protesta (El dinero, pp. 15 ss).

Han pasado casi 100 años desde que Péguy escribiera esto y a mí me parece haber sucedido lo mismo con mi pueblo, sobre todo con eso de la gente que cantaba mientras marchaba hacia su trabajo o en el trabajo mismo. Cantar es sinónimo de estar contento. ¿Y por qué la gente ya no está contenta? Porque el dinero no le alcanza. Pero antes, en la época del niño Péguy, ¿el dinero alcanzaba? Sí, alcanzaba:

En ese tiempo se ganaba, por así decir, nada. Los salarios eran tan bajos como uno no puede darse idea. Y sin embargo todos comían. En las casas más humildes había una especie de bienestar cuyo recuerdo se ha perdido. […] Y uno podía criar a los hijos. Y se los criaba. No existía esta especie de espantosa estrangulación económica que hoy cada año nos ajusta con una vuelta más; no se ganaba nada, no se gastaba nada; y todos vivían (ibíd., pp. 17-8).

No existía, en aquellos tiempos gloriosos,

este estrangulamiento económico de hoy, esta estrangulación científica, fría, rectangular, regular, limpia, nítida, sin desperdicio, implacable, juiciosa, común, constante y cómoda, como una virtud en la cual no hay nada que objetar y en la que el estrangulado es quien evidentemente no tiene razón.

No, las leyes del mercado no nos estrangulaban todavía tanto, por eso se cantaba, se vivía cantando, se trabajaba con orgullo y con placer…

Iban, cantaban. Trabajar era toda su alegría y la raíz profunda de su ser. Había un increíble honor del trabajo, el más bello de todos los honores, el más cristiano, el único quizá que permanezca de pie.

Pero sucedió algo verdaderamente revolucionario. El obrero, el pobre, el proletario, comenzó a renegar de su condición, comenzó a querer parecerse al burgués, a querer poseer los bienes que el burgués poseía.

Porque nunca se lo repetirá demasiado. Todo el mal ha venido de la burguesía. Toda la aberración, todo el crimen. La burguesía capitalista es la que ha infectado al pueblo. Y lo ha precisamente infectado de espíritu burgués y capitalista.

El pobre se avergonzó de sí mismo. Por primera vez en la historia del hombre, quiso ser lo que no era, y esto porque la burguesía lo infectó.

La burguesía capitalista […] ha contaminado todo. Se ha infectado a sí misma y ha infectado el pueblo de la misma infección.

Ella fue, la burguesía, la que modificó la concepción histórica del trabajo:

La burguesía es quien comenzó a sabotear y todo sabotaje tuvo nacimiento en la burguesía. Porque la burguesía se puso a tratar como un valor de bolsa el trabajo del hombre, el trabajador se puso, él también, a tratar como un valor de bolsa su propio trabajo.

Y se acabó de una vez y para siempre el paraíso del trabajador, la felicidad del trabajador…

Todo ese antiguo mundo era esencialmente el mundo de ganarse la vida.
Para hablar con más precisión, ellos creían que el hombre que se acantona en la pobreza y que tiene aunque medianamente, las virtudes de la pobreza, encuentra en ella una pequeña seguridad total. O para hablar más profundamente creían que el pan cotidiano está asegurado, por medios puramente temporales, por el juego mismo de las oscilaciones económicas, para todo hombre que, teniendo las virtudes de la pobreza, consiente […] a limitarse en la pobreza. (Lo que por otra parte era para ellos, al mismo tiempo y en sí mismo no solamente la felicidad mayor, sino hasta la única felicidad que se pueda imaginar.) Alojarse bien en una pequeña casa de pobreza.

Había, lógicamente, gente que quería egresar de la pobreza. Pero eran los menos, y sabían a lo que se exponían:

Nosotros hemos conocido, hemos tocado un mundo (siendo niño hemos participado en él), en el que un hombre que se limitaba a la pobreza estaba al menos garantido en la pobreza. Era una especie de contrato sordo entre el hombre y el azar y a este contrato el azar no había jamás faltado, antes de la inauguración de los tiempos modernos. Se sobrentendía que quien fantaseaba, hacía arbitrariedades, que quien introducía un juego, que quien quería evadirse de la pobreza arriesgaba todo. Puesto que introducía el juego, él podía perder. Pero quien no jugaba, no podía perder. Ellos no podían sospechar que vendría un tiempo, que ya estaba allí y es precisamente el tiempo moderno, en el que quien no jugase perdería continuamente, y seguramente aún más que el que juega.

Las leyes del mercado, que otrora no se metían con el pobre, se meten ahora, y pretende reducir al pobre a la indigencia.

Quien intentaba, quien quería evadirse de la pobreza […] corría el riesgo evidentemente de volver a caer en las miserias más extremas. Pero quien no jugaba, quien se limitaba a la pobreza, […] no corría tampoco ningún riesgo de caer en ninguna miseria. […] La pobreza era un reducto. Era un asilo. Y él era sagrado. Nuestros maestros no preveían y cómo hubiesen sospechado, cómo hubiesen imaginado este purgatorio, por no decir, este infierno del mundo moderno en el que quien no juega pierde y pierde siempre, en el que quien se acantona en la pobreza es incesantemente perseguido hasta en el mismo retiro de la pobreza.

¡Ah!... Esos tiempos en que la pobreza, en que quien se desposaba con la pobreza, tenía garantías de fidelidad…

A nosotros nos estaba reservado que hasta la pobreza fuese infiel. Nos estaba reservado que hasta el matrimonio de la pobreza fuese un matrimonio adúltero.

Y es que el imperio del capital no soporta los tonos grises: o hay gente que tiene todo el dinero, o hay gente que no lo tiene en absoluto.

Siempre ha habido ricos y pobres y habrá siempre pobres entre vosotros y la guerra de los ricos y los pobres ocupa la mitad más importante de la historia griega y de muchas otras historias y el dinero no ha cesado nunca ejercer su poder y no ha esperado el comienzo de los tiempos modernos para efectuar sus crímenes. No es menos cierto que la alianza del hombre con la pobreza no había sido jamás rota. Y en el comienzo de los tiempos modernos no fue solamente rota sino que el hombre y la pobreza entraron en una infidelidad eterna.

Pero ¿qué fue lo que sucedió? ¿Por qué los pobres comenzaron a caer, por el solo hecho de ser pobres, en la indigencia? Ya lo dijimos: por los fatales engranajes del capitalismo, pero por sobre todas las cosas por esa realidad psicológica que el capitalismo se encargó de incrustar en el cerebro del trabajador: el inconformismo económico. Ya no eran “algunos” quienes querían egresar de la pobreza, sino la gran mayoría, y ese factor hundió a la gran mayoría en la indigencia. “En cuanto a los obreros, no tienen sino una idea, hacerse burgueses”. He ahí el meollo, el quid de la cuestión: nadie quiere ser pobre, todos quieren ser burgueses. ¡Asco debía de darle a Charles Péguy el vivir rodeado de burgueses o de aspirantes a burgueses y no de pobres felices de su condición, felices de su pobreza, trabajando y cantando, cantando y trabajando, y asco me da también a mí que las personas que quiero y que me rodean también pretendan hacerse burgueses o afirmarse en su burguesismo, renegando de aquella feliz pobreza de los viejos buenos tiempos!
Pero así estamos, y quienes pretendemos ser pobres, quienes pretendemos ser felices en la pobreza, somos tratados de orates, y a fin de cuentas, somos desechados.
Ya no cantamos. ¡La tristeza no tiene fin!

lunes, 30 de abril de 2012

Qué significa ser un filósofo


 Dijo Schopenhauer: "Es una señal cierta de que un hombre no es filósofo, el que sea profesor de filosofía". A mi entender, todo hombre instruido que piensa, que trata de formarse una concepción determinada del universo, es un filósofo.
Ernst Haeckel, Las maravillas de la vida, tomo II, p. 202

No comparto esta definición. El hombre que piensa, sea que piense tanto en una concepción del universo como en el vestido de Mirtha Legrand, no es más que un pensador, y de ningún modo se es filósofo sólo por pensar. En el caso de los dos pensadores que nos ocupan, ninguno de los dos, ni Schopenhauer ni Haeckel, merece el calificativo de filósofo, pues filósofo no es, ya lo dije alguna vez, quien piensa ni quien escribe sobre filosofía, sino quien vive filosóficamente. Me preguntarán cómo es eso de vivir filosóficamente, ¡y qué sé yo!... Se necesita un filósofo para responder a eso, y yo estoy muy lejos de serlo.



Habiendo publicado esta cita y esta glosa en feisbuc, recibí el siguiente comentario: "Si no sabes qué es vivir filosóficamente y defines a un filósofo como un ser que vive filosóficamente. Entonces no sabes qué es un filósofo". Mi respuesta no se hizo esperar: "En realidad lo sé, pero no lo puedo definir lingüísticamente. Sócrates era un filósofo, porque vivía como tal. Vivir filosóficamente es vivir por y para la filosofía todo el tiempo, no solamente cinco o seis horas por día en una universidad. Eso y otras cosas más. Me dejaste pensando. Intentaré definir qué es un filósofo. Después, ahora no tengo tiempo. Saludos". Pues ahora tengo tiempo, de modo que definiré a un filósofo como una persona que vive toda o la mayor parte de su vida consciente imbuido en los principios o en los valores filosóficos que cree verdaderos, llevándolos a la práctica inexorablemente. Pero además, esos principios o valores tienen que ser nobles y elevados, es decir, verdaderos; de otro modo, vivir filosóficamente no sería tan problemático. Si uno cree, por ejemplo, en los valores y principios filosóficos de una pensadora como Ayn Rand, vivir de acuerdo a ellos y llevarlos a la práctica resulta de lo más sencillo, pero yo no puedo admitir que Rand o cualquiera de sus seguidores haya sido un auténtico filósofo. Tampoco Tolstoi ha sido filósofo: sus valores y principios eran, si no me engaño, en gran medida nobles, elevados y por ende verdaderos, pero casi nunca los llevó a la práctica, y esa circunstancia lo inhabilita para pertenecer a la elite de la filosofía. Hitler, por otro lado, llevó a la práctica sus valores y principios, pero estos valores y principios eran indignos y rastreros, y entonces tampoco él, ni sus discípulos, son filósofos. Creo que la idea quedó clara, aunque me reservo el derecho de modificar esta definición.


lunes, 16 de abril de 2012

¡Cochino, no trabajas!

¡Ah, el trabajo! Maldición bíblica y bíblica imposición. Y ¡guarda del que no trabaje! No hay vituperio mayor, en la escala de valores de la sociedad moderna, que el de vago u holgazán. Y uno mismo, que posee una escala de valores completamente distinta, termina por aceptar el veredicto.

“¡Usted no trabaja! ¡Cochino!” –decía Langibout a Anatole. Yo también me digo: “No trabajas. ¡Eres un cochino!” Sí, está bien. Te bebes el sol, contemplas, observas, gozas de la vida, encuentras que todo cuanto hizo Dios está bien hecho. Te interesan los lagartos y las libélulas que, unidas por el cuello, vuelan de ramilla en ramilla y se posan, la una muy tiesa y la otra en línea quebrada, con su colita en el agua. Te dices: Antes de escribir es preciso ver; vagar es trabajar. Hay que aprender a verlo todo: la brizna de hierba, los gansos que graznan en los establos, la puesta de sol, la cola del sol poniente que se extiende –rosada y púrpura-- en el horizonte como un velo desplegado donde se posa el arco de la luna. Con las manos en los bolsillos, te llenas de imágenes. […] Te repugna matar un pájaro. ¿Acaso no tienen derecho a la vida? No pescas, los peces se te antojan seres animados que te cautivan como los demás animales, que tienen alas para volar en el agua, que luchan, se defienden, viven. Te vuelves elegíaco, lo comprendes todo como un panteísta, ves a Dios en todas partes y en ninguna. Sonríes con benevolencia porque tienes ideas serenas. Paladeas el tiempo. ¡Qué bien te encuentras! Pero yo te lo repito: “¡Cochino, no trabajas!” (Jules Renard, Diario íntimo, 31/7/1889).

lunes, 2 de abril de 2012

La reelección de Cristina Fernández de Kirchner como presidenta de los argentinos

Cristina Fernández de Kirchner ha sido reelegida en octubre como presidenta de la nación Argentina con el 54% de los votos, una mayoría pocas veces alcanzada en este país. Se dice que su gobierno es "nacional y popular", tal como lo fuera el del primer Perón, y también se dice que se está operando una verdadera "revolución" dentro de nuestro territorio debido a que ya no priman los intereses de las grandes corporaciones extranjeras sino la voluntad de los trabajadores. La mitad de las personas de nuestro país la idolatra, mientras que la otra mitad, o poco menos, la detesta. Por mi parte, ni la idolatro ni la detesto, pero me parece que la mayoría de los que la votaron (que son quienes lo hicieron por convicciones personales y no por intereses egoístas) se está engañando con su política económica, que consiste básicamente en regalar dinero a casi todo aquel que se le cruce por el camino, pero no dinero extraído de expropiaciones, de impuestos a la propiedad suntuosa, de reformas agrarias ni de nada de eso, sino adquirido por el simple y gratuito expediente de la emisión de billetes por parte de la Casa de la Moneda. ¿Cuánto puede aguantar una economía que se basa no en la producción sino en el consumo? Unos años tal vez, pero a la larga termina por desmoronarse. Y es que la inflación desquicia la vida de los más pobres, no de los más ricos, y entonces toda esta política distributiva se tiñe con el sino de la hipocresía. Es, como ya dije alguna vez, cortarle las piernas a la gente para después ofrecerle muletas[1].
    El final del presente comentario político lo dejo en manos de Ayn Rand, pensadora chata y pedestre si las hay, pero que en este puntual asunto ha dado en la tecla:
Un productor exitoso pude mantener a muchas personas, por ejemplo, a sus hijos, delegando en ellos su poder como consumidores en el mercado. ¿Esa capacidad puede ser ilimitada? ¿A cuántos hombres podría alimentar usted con una granja autosuficiente? En tiempos más primitivos, los agricultores solían criar familias numerosas para conseguir mano de obra agrícola, o sea, ayuda productiva. ¿A cuántas personas no productivas puede mantener usted por su propio esfuerzo? Si el número fuera ilimitado, si la demanda se hiciese mayor que la oferta, si la demanda fuera convertida en un mandato, como lo es hoy en día, usted tendrá que usar y agotar su acopio de semillas. Así es el proceso que ahora se está desarrollando en el país.
[...]
Si usted comprende la función de la provisión de semillas (de los ahorros) en una comunidad agrícola primitiva, aplique el mismo principio a una economía industrial compleja.
[...]
El consumo es la causa final, no la causa eficiente, de la producción. La causa eficiente son los ahorros, los cuales, puede decirse, representan lo contrario del consumo: representan bienes no consumidos. El consumo es el fin de la producción, y el callejón sin salida en lo que respecta al proceso productivo. El trabajador que produce tan poco como lo que consume, carga su propio peso económicamente, pero [...] el hombre que consume sin producir es un parásito, ya sea un beneficiario del bienestar público o un acaudalado hombre de mundo.
[...]
Todos sabemos que hay manipuladores que no trabajan, pero llevan una vida de lujo obteniendo un préstamo, que reembolsan obteniendo otro préstamo en otra parte, que pagan consiguiendo otro préstamo, etc. Sabemos que esa política no puede seguir para siempre, que eventualmente llegará a su fin y colapsará. ¿Pero qué ocurre si ese manipulador es el gobierno?
[...]
El gobierno corta la conexión entre los bienes y el dinero. Emite papel moneda, el cual se utiliza como un cheque sobre bienes realmente existentes, pero ese dinero no está respaldado por ningún bien, ni por oro ni por nada. Es una promesa de pago que se le entrega a usted a cambio de sus bienes, para ser pagada por usted en forma de impuestos obtenidos de su producción futura.
¿A dónde va su dinero? A cualquier lugar y a ningún lugar. Primero, va a establecer, en parte, una excusa altruista y en parte, constituye la decoración de un escaparate: el establecimiento de un sistema de consumo subsidiado, una clase de "bienestar" para aquellos que consumen sin producir, un callejón sin salida impuesto sobre una producción restringida.
Luego, el dinero va a subsidiar a algún grupo de presión a expensas de otro, a comprar sus votos, a financiar algún proyecto concebido por el capricho de ciertos burócratas o de sus amigos, a pagar por el fracaso de ese proyecto, a iniciar otro, etc.
[...] El gobierno consume la existencia de semillas del país, la existencia de le semillas de la producción industrial: el capital de inversión, es decir, los ahorros que se necesitan para mantener operante la producción. Estos ahorros no fueron hechos en papel, sino que fueron bienes reales. De acuerdo con todas las complejidades del crédito privado, la economía se mantenía operante por el hecho de que, de un modo u otro, en un lugar u otro, en alguna parte, los bienes materiales reales existían para respaldar las transacciones financieras. Eso continuó por mucho tiempo después de que esa protección fuera interrumpida. Hoy, los bienes casi no existen.
Un trozo de papel no lo alimentará cuando no haya pan. No construirá una fábrica cuando no haya vigas de acero para comprar. No hará zapatos cuando no haya cuero, ni máquinas, ni combustible. Se dice que la economía de hoy está socavada por escaseces repentinas, imprevisibles, de diversos productos básicos. Estos son los síntomas anticipados de lo que está por venir
 (Ayn Rand, "El igualitarismo y la inflación" (1974), ensayo incluido en su libro Filosofía, ¿quién la necesita?).


[1] Y no se diga que estoy en contra de los gobiernos populistas; ¡todo lo contrario! Porque estoy a favor de los gobiernos populistas, quiero que los gobiernos populistas perduren en el tiempo. No quiero que le suceda a este gobierno argentino lo que le sucedió, por ejemplo, al gobierno chileno de Salvador Allende. A este presidente diz que comunista no lo derrocó el ejército, lo derrocó la inflación del 600% anual que él mismo incubó con sus mal encaradas medidas de justicia social.