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miércoles, 16 de abril de 2014

La vanidad de la gloria

La gente parece ocuparse mucho de mí estos últimos tiempos y eso me hace mucho daño. Busco mi nombre en los periódicos. Esto eclipsa mucho, oscurece mucho la vida. Debo luchar.
León Tolstoi, Diario íntimo, 20/7/1907

No hay que confundir --aclara Tolstoi-- la vanidad con el amor por la gloria:

La primera es el deseo de distinguirse de los otros por medio de acciones insignificantes, a veces, incluso malas; el segundo es el deseo de ser elogiado por acciones útiles y buenas [...]. La primera es una cosa mala; el segundo es mejor (ibíd., 15/5/1895).

Ciertamente que, si vamos a desear que nos elogien, es preferible desear que nos elogien por lo bueno que hacemos que no por lo malo o insignificante; pero hay que dejar en claro que en cualesquiera de los casos la actitud es reprobable. La vanidad es un disvalor ético[1], y el deseo de gloria está incluido dentro de lo que yo entiendo por vanidad, es un caso particular de esta[2]. El único deseo de gloria que mi ética permite y da por meritorio es el deseo de gloria posmorten. Y el propio Tolstoi, luego de meditarlo durante largos años, termina coincidiendo conmigo:

He estado pensando en la gloria humana. Hay, en la necesidad de que los otros tengan una buena opinión de uno, de que lo quieran, algo irresistible y legítimo. Y ahora se me acaba de ocurrir que así como el deseo de ser alabado y querido por los hombres mientras uno está vivo es algo falso y criminal, es bueno, legítimo y positivo el deseo de prolongar la propia vida en el alma de otros hombres después de la muerte. En este deseo no hay nada que complazca a la personalidad, nada exclusivo; simplemente hay el deseo de participar en una vida común, universal, espiritual, de participar en la obra de Dios, desinteresada, impersonal. Creo que es correcto (ibíd., 16/8/1909).

Que se enteren de nuestra grandeza, pero que se enteren después, cuando nuestros oídos ya no estén en este mundo y así no tengan que soportar las vacuas adulaciones.



[1] Ver anotaciones del 16/9/8.
[2] Según la Real Academia Española, la vanidad implica presunción y arrogancia por cosas insignificantes, de modo que el deseo de gloria no estaría emparentado con ella. Yo discrepo con esa definición: para mí la vanidad implica desear que nos estimen sin importar el motivo por el cual nos estimen. Quien desea ser estimado por su aspecto físico, es vanidoso; quien desea ser estimado por ser un gran asesino, es vanidoso; quien desea ser estimado por ayudar a los enfermos y menesterosos, es vanidoso.

domingo, 13 de abril de 2014

Eyaculador muy precoz

Morir significa volver al lugar de donde uno ha venido. ¿Qué hay allá? Seguramente algo bueno a juzgar por esos seres maravillosos, los niños, que vienen de allí.
León Tolstoi, Diario íntimo, 6/5/1908

Como solo los ancianos y los niños viven la vida libres del deseo sexual, por eso "resulta tan repugnante el libertinaje en los ancianos y en los niños" (17/3/1907). Si me hubiera visto Tolstoi en mi primera edad, cuando antes casi de caminar ya montaba la baranda de la cuna, realizando el clásico "caballito" con el que desesperaba a mis pobres padres, hastiados de tan inconveniente y repetitivo espectáculo, si me hubiera visto el conde Tolstoi se habría horrorizado.
La educación y la cultura quedan exoneradas: vine mal de fábrica.


sábado, 12 de abril de 2014

Y un niño (y un anciano) los pastoreará

Dijo Jesús: "De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Mateo 18:3). Pero Tolstoi agrega a los niños, los ancianos:

Solo los ancianos y los niños, libres del deseo sexual, viven una vida verdadera. Los demás no son sino una fábrica para la perpetuación de los animales (ibíd., 17/3/1907).

Anhelaba llegar a ser un anciano patriarca, tal como lo expuso en su entrada del 14 de abril de 1895: "¿He dejado atrás una etapa de mi vida y he entrado en la edad senil, pura, que tan largamente he deseado?". Y lo anhelaba un poco para frenar su lascivia, pero más que nada porque suponía que a medida que uno envejece, se torna mejor persona:

El progreso moral de la humanidad proviene únicamente de que hay ancianos. Los ancianos se vuelven más bondadosos, más inteligentes, y transmiten a las generaciones que les siguen lo que han vivido. Si no existiera esto, la humanidad no avanzaría (ibíd., 14/11/1898).


Yo también lo anhelo, anhelo ser viejo, pero no tanto para poder curarme de mi lubricia inveterada o por suponer que con el paso de los años, inexorablemente, me haré más bueno, sino para poder disponer a discreción de mi tiempo. Es decir, no anhelo la vejez sino la hipotética jubilación que mi vejez me traería. Si pudiera jubilarme ahora lo haría sin dudarlo pese a no ser viejo todavía. ¿Lo peor de todo? Llegar a viejo con la necesidad de seguir trabajando para ganarme el sustento.

jueves, 10 de abril de 2014

La tragedia de Tolstoi: no haber nacido para la santidad

Me pesa mucho esta vida mala, vacía, urbana, lujosa.
León Tolstoi, Diarios, 6/4/1895

Lo que más le une a cada uno consigo mismo, lo que hace la unidad íntima de nuestra vida, son nuestras discordias íntimas, las contradicciones interiores de nuestras discordias. Sólo se pone uno en paz consigo mismo, como Don Quijote, para morir.
Miguel de Unamuno, La agonía del cristianismo [p. 18]


Tolstoi admiraba a Schopenhauer. A tal punto lo admiraba que en su antedespacho, a la derecha del retrato de Dickens, aparecía el del gran pesimista alemán. ¿Y por qué lo admiraría tanto? No lo sé a ciencia cierta. Tal vez por su estilo, imposible de no admirar; tal vez por situar a la compasión en el más alto de los rangos dentro de su sistema ético. O tal vez --y aquí se engancha mi asunto-- por tratar temas relacionados con la vida práctica y exponerlos en una tan elevada idealidad que a posteriori, cuando uno tiene que mostrar consecuencia con esos postulados para evitar la hipocresía, la cuesta arriba se hace tan empinada que resulta imposible llegar a esa cima intelectual, en donde llegó la cabeza, con los propios pies y con la propia carne. En el caso de Tolstoi, esa cima intelectual estaba dada por sus pensamientos acerca de la irresistencia al mal; en el caso de Schopenhauer, por su ideal del anonadamiento de la voluntad. Ambas ideas son harto difíciles de practicar, y ambos pensadores fracasaron rotundamente al querer trasladarlas al terreno de la propia casuística. Pero se diferenciaron en una cosa: mientras que Tolstoi vivió profundamente amargado por esta inconsecuencia entre sus áureos ideales éticos y su vulgar comportamiento, Schopenhauer, sabiendo perfectamente que su vida no se correspondía con estos ideales, no se hizo mayor problema por eso. Ahora bien; ¿quién fue más astuto en este sentido? ¿Lo fue más quién luchó toda su vida por ser un santo sin tener "pasta" para serlo, arruinando su salud y su bonhomía en este desigual combate que de todos modos perdería, ganándose así la animadversión de casi todos sus seres queridos, o fue más astuto aquel que, comprendiendo sus limitaciones prácticas, pero perfectamente consciente de su potencial teorético, no pretendió ir más allá de sus fueros y se conformó con señalar el camino en lugar de, además de señalarlo, recorrerlo?
Leo a Tolstoi desde su diario, entrada del 28/5/1896:

Hace ya varios días que lucho con mi trabajo y no avanzo. Duermo. Quería terminarlo aunque fuera en borrador, pero sencillamente no puedo [se refiere al tratado La doctrina cristiana]. Mala disposición de ánimo, agravada por la ociosidad, la miseria, la arrogancia y la fría vaciedad de la vida que me rodea.

A Tolstoi se le complica escribir. ¿Y por qué se le complica? Porque la conciencia de su hipocresía no lo deja en paz, no lo deja realizar su trabajo, no lo deja progresar en el ámbito que mejor maneja y por el cual es y será conocido y reconocido durante siglos y siglos. Mucho escribió sobre la doctrina cristiana, pero seguramente habría escrito mucho más, y con mayor profundidad, gracia y sensatez, de haber estado un poco más en paz consigo mismo al momento de escribir sobre estos magnos temas. Y digo "un poco más" y no en paz completa consigo mismo porque concuerdo con lo que nos dice Unamuno desde el epígrafe previo a este ensayo; pero una cosa es una lucha pareja, cuerpo a cuerpo, contra un adversario de similares características a las nuestras, y otra muy distinta es la lucha contra un Goliat insuperable --y sabiendo de antemano que no somos David ni tenemos su coraje. ¿Luchar por ser una persona mejor? Totalmente de acuerdo, pero esa lucha tiene que ser natural, alegre y decidida, no forzada artificiosamente. No inducida desde afuera por nuestros pensamientos acerca de lo que se debe hacer, sino excitada desde nuestros mismos deseos de hacer el bien, deseos que no se presentan como arrastrando por la fuerza a la voluntad, sino arrebatándola e integrándola, no dando lugar a indecisiones, con un impulso que, lo repito, es de alegría y no de trabada contienda[1].
Rüdiger Safranski, sobre el final de su monumental ensayo sobre Schopenhauer, nos cuenta lo que todos ya sabemos, que el mayor sueño de este pensador, su más alto ideal, fue la negación de la voluntad de vivir:

Lo soñó a base de asociar la tradición occidental de la mística con las doctrinas de la sabiduría de Oriente. Y lo hizo de un modo como nadie lo había hecho antes de él. En su vida, hubo instantes de desvanecimiento del yo, lo que él llamaba su "conscien­cia mejor", instantes que le permitieron vivir aquello de lo que, por lo demás, sólo podía hablar y escribir (Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, p. 471).

Ese fue su sueño mayor, su ideal teorético. Pero era un hombre y no un ente incorpóreo, y un hombre --como la mayoría de los escritores-- mucho más vanidoso que el promedio del común de las gentes. De ahí que cuando, ya sobre el final de su vida, pudo ser reconocido como el genial pensador y estilista que en realidad era, en lugar de entristecerse por esta potenciación de su voluntad, la disfrutó al máximo, sin interesarse por esta inconsecuencia.

Pretendía romper el "velo de Maya" con su obra y al mismo tiempo --ironía máxima-- quedó atrapado por medio de esa obra en el principio de individuación. Él, que había penetrado en ámbitos en los que todo debe quedar sin decir y sin oír, pretendía a toda costa ser escuchado.

He ahí la gran diferencia: mientras que Tolstoi quiso imitar a su héroe, a Jesús, a como dé lugar (sin lograrlo, por supuesto), Schopenhauer nunca quiso imitar a Buda, a pesar de su admiración por él. "Soporta con dificultad --comenta Safranski-- el muro de silencio que le rodea. Exige respuesta y acecha los sig­nos de aplauso: cuando éstos se convierten en estruendo, puede morir ya". Y muere a pesar suyo; si por él fuera, habría vivido muchos años más en esas condiciones, arropado por la gloria, acariciado por la fama. Se murió en el momento en que más deseoso estaba de vivir. Muy pocas veces le pasó por la cabeza, en esos últimos tiempos menos pero en el resto de su vida no fue tan distinto, pocas veces le pasó por la cabeza seriamente la idea de anonadar su voluntad de vivir. Como dijo Ramón de Campoamor en una de sus humoradas:

Vive con la manía
de maldecir de su feliz estrella,
y cual buen pesimista en teoría,
le va en la vida bien y habla mal de ella.

Y le fue muy bien, cada vez mejor, lo cual contradecía su doctrina. Es decir, no refutaba su comportamiento su doctrina, la cual afirmaba que al ser la compasión dolorosa, y al ser los individuos compasivos los seres más elevados moralmente que puedan existir en este mundo, la calidad moral de una persona y el dolor espiritual experimentado correrían necesariamente parejos. Pero Schopenhauer no experimentaba grandes dolores espirituales; muy por el contrario. Esto indicaba no que su doctrina era falsa, sino que él no estaba a su altura, a la altura de su doctrina, que era una persona de mediocres miras morales en el sentido práctico del término. Esto era precisamente lo que le costaba admitir a Tolstoi y lo que lo llevó a la gran tragedia que fue su vida, sobre todo en sus últimos años; pero a Schopenhauer esta constatación nunca le produjo gran zozobra. Tenía bien claro cuál era su papel en el mundo, y gracias a eso pudo explotar al máximo su potencial como escritor y pensador. Pudo plasmar con continuidad y máxima dedicación lo que ahora nosotros, sus admiradores, disfrutamos y agradecemos.
Schopenhauer, se despacha Safranski,

no fue un Buda, y por suerte para él, no se forzó a querer serlo. Rehuyó juiciosamente la tragedia que consiste en tratar de vivir de acuerdo con las propias inspiraciones e intuicio­nes. Schopenhauer no se confundió consigo mismo. Intuiciones o inspiraciones de evidencia y fuerza determinadas son algo vivo que pasa a través de nosotros. Se trata de un acontecimiento anónimo que no puede ser apresado en el yo. Y cuando se pretende hacer esto, sólo sale de allí una escenificación, algo forzado; lo vivo se enmohece y uno, aunque no se dé cuenta, se hunde en el abismo. No, las cosas no salen bien cuando uno intenta a toda costa seguir la propia palabra inspirada, "realizarla", "establecerla", "apropiársela". Al propio yo hay que dejarlo ser. El secreto de la creatividad está en dejarlo suelto y no en apropiárselo.
[...]Él no se torturó tratando de hacer coincidir las dos vidas. Con ello, hizo probablemente un favor a ambas, a su "productividad" y a la "vida ordinaria".

Tolstoi quiso aplicar sus pensamientos a su propia vida, pero al ser estos pensamientos tan ajenos a su yo individual, el fracaso era inevitable. Ya lo dijo el propio Tolstoi: "A través de mí ha hablado la fuerza divina [...]. Tuve momentos en los que sentí que me convertía en el transmisor de la voluntad divina" (27/3/1895). La voluntad divina hablaba por él, y hablaba, como corresponde, divinamente. El problema era que la voluntad divina solo hablaba a través de él, pero se negaba a operar a través de él, tal como opera, y no puede dejar de operar, a través de los santos. Y así como sería necio exigirles a los santos que, además de hacer el bien, se dediquen a desarrollar un tratado acerca de lo que el bien significa, también parece necio exigirles a los pensadores que hayan llegado a las alturas a las que llegaron Tolstoi y Schopenhauer, exigirles que se comporten santamente; eso es a todas luces un exceso. Podrá exigírseles, en todo caso, una cierta correspondencia entre sus pensamientos y sus acciones, pero nunca una correspondencia total, porque entonces sucederá lo que casi siempre sucede con los eticistas de baja estopa: si el pensador no puede subir con sus acciones hasta su ideal teorético, y se le exige consecuencia absoluta, necesariamente bajará su ideal teorético hasta una altura conveniente, hasta donde sus manos puedan asirlo, y el ideal se desvanece como tal. Tolstoi fue demasiado grande como para cometer este delito de lesa conceptualidad, pero no fue a la vez lo suficientemente realista como para comprender que no estaba destinado a la santidad ni mucho menos. Porque es así: cada cual está destinado a ser algo en la vida, predestinado mejor dicho, y es inútil luchar contra esta predestinación. Seguramente Tolstoi suponía que con un poco de esfuerzo, o mejor aún, con un tremendo esfuerzo, cualquier hijo de vecino podría convertirse en santo. Craso error. Pintar el cuadro de la santidad, describirla pormenorizadamente, diferenciarla de otras falsas santidades, confirmar su existencia desde luego (puesto que hay gente que niega que la santidad exista o pueda perseguirse), son todos éstos méritos indiscutidos y de un valor inconmensurable que nos ha obsequiado este formidable león ruso a través de su pluma. Agregarle a eso, como si fuera poco, el obsequio de la santidad hecha y derecha, habría sido demasiado, y me parece ya ver un si es no es de soberbia en esa pretensión de serlo todo, de ser el hombre ideal, el escritor ideal, el padre ideal, el esposo ideal. Ni siquiera llegó a ser el pensador ideal. Estuvo, si a mí me lo preguntan, muy cerca de serlo, y de cierto os digo que no encuentro a nadie que haya interpretado a la ética perenne de un modo más acabado que como él la entendió; pero algo le faltó para ser el eticista ideal. Le faltó, tal vez, estar un poco más en paz consigo mismo. Es lo que a mí también me falta, y lo que trataré de solucionar de aquí en adelante para no caer en las garras de la desesperación tal como caía tan frecuentemente mi admirado y querido conde Tolstoi.





[1] En todo caso, la lucha interior entre lo que sentimos y lo que pensamos que debemos hacer difícilmente desaparece de la escena, pero los roles se invierten: la opción correcta sería la que nuestra voluntad nos muestra, lo que deseamos hacer, y no la que nuestra razón nos indica como "el deber" a cumplimentar, sintiendo nuestro espíritu desgano y repulsión ante tal idea que parece pura en la teoría (ver a este respecto la entrada del 8/6/7).

martes, 8 de abril de 2014

Tolstoi y la superación de la vida meramente agradable

"Una de las transiciones más difíciles --escribía Tolstoi el 6 de abril de 1895-- es la transición de una vida agradable a una vida buena". Esa sería la transición, diría Hildebrand, desde la esfera de lo subjetivamente satisfactorio hacia la esfera de los valores. El mundo de hoy día, como nunca en toda la historia de la humanidad, se debate por superar el escollo de lo subjetivamente satisfactorio para trascender hacia la espiritualidad, sin poder lograrlo en la gran mayoría de los casos. ¿A quién culpar por este despropósito? Me viene alguien a la mente: Joan Manuel Serrat. Desde una de sus canciones más conocidas, nos regala estas "iluminadas" estrofas:

Saca de paseo a tus instintos 
y ventílalos al sol, 
y no dosifiques los placeres; 
si puedes, derróchalos. 

Que todo cuanto te rodea 
lo han puesto para ti. 
No lo mires desde la ventana 
y siéntate al festín. 


Esta es la filosofía del 99% de los comunicadores sociales de la actualidad: la vida es para gozarla, y nada más. Livin' la vida loca, confirmará Ricky Martin. Y así estamos: por abrazar desesperadamente al goce, por habernos convencido de que todo lo han puesto para nosotros, que tenemos derecho a consumirlo todo, y por pretender escapar desesperadamente de los sufrimientos, inevitablemente terminamos sufriendo más de lo que gozamos. ¿Hoy puede ser un gran día? Difícilmente lo sea si es que lo dedicaremos a sacar de paseo a nuestros instintos en lugar de sacar a pasear a nuestros valores.

lunes, 7 de abril de 2014

Tolstoi, ¿cristiano o anarquista?

"Me consideran anarquista --protesta Tolstoi--, pero no soy anarquista, soy cristiano (Diarios, 24/8/1906). Mejor, León, habría sido si hubieses dicho "soy cristiano y anarquista", porque la quintaesencia de la doctrina cristiana no es otra cosa que el más fino y acendrado anarquismo. Anarquismo consecuente, que no pretende tomar el poder, en oposición a ese otro diz que anarquismo político, que afirma estar en contra de todo gobierno pero que actúa siempre seducido por la posibilidad de dominar a quienes queden debajo, es decir, gobernar.

domingo, 6 de abril de 2014

¿Para qué (o para quién) se escriben los diarios íntimos?

Tolstoi contesta:

Llevo un diario no para mí, sino para la gente, sobre todo para quienes vivirán cuando yo, físicamente, ya no exista [...]. No sé si estos diarios le serán necesarios a los otros, pero para mí son necesarios, ellos son yo mismo. A mí me hacen feliz (Diario íntimo, 19/3/1906).

Primero dice que no escribe el diario para él sino para la gente, pero a lo último termina admitiendo que es él mismo quien lo necesita, independientemente del valor que pudiese tener para el resto de las personas. Lo correcto, me parece, es admitir las dos cosas, admitir que llevamos un diario por nosotros mismos, porque lo necesitamos por una cuestión psicológica interna, pero también porque tenemos la esperanza de que otros muchos lo leerán con fruición y con provecho. Muy pobre, muy falto de sustancia se alzaría el diario íntimo de un escritor que diese órdenes estrictas de quemarlo tras su muerte o de ser enterrado con él; la enjundia de nuestras frases va en proporción directa con el grado de masificación que, al escribirlas, suponemos que alcanzarán en tal o cual momento de la historia.
Lo que no comparto en absoluto es el último aserto: dice Tolstoi que sus diarios lo hacen feliz. A mí no me producen (ni la escritura de mis diarios ni la lectura de los suyos) tan magnífico efecto, ni creo, basándome en los propios diarios de Tolstoi, que se lo produjeran a él. La escritura de un diario podrá producir contento, serenidad de ánimo, exaltación quizá, pero difícilmente felicidad o beatitud. Solo a un santo la escritura de su diario íntimo le produciría felicidad, pero ha de saberse que a los santos, por definición, les está vedado hablar de sí mismos, de modo que no existen ni existirán los diarios íntimos escritos por santos, ni los escritores de diarios íntimos que hayan rozado la santidad y, consecuencia de la santidad, la beatitud y la felicidad. Tolstoi no ha sido feliz, ni yo lo seré --al menos en esta vida.

¡Cuánta razón tenía el otro gran León, León Bloy, cuando decía: "Hay una sola tristeza: la de no ser santos"!

jueves, 3 de abril de 2014

A LOS CULTORES DE DIARIOS ÍNTIMOS (cultores porque les fascina leerlos o porque les fascina escribirlos)

Siendo consciente de la crudeza de algunos pasajes de sus diarios, y en especial los de su vida previa al abrazo al cristianismo, Tolstoi se acobarda y redacta una solicitud a los futuros editores: "Pido que los diarios de mi antigua vida de soltero sean destruidos una vez que se haya seleccionado de ellos lo que vale la pena" (Diarios, 27/3/1895). Es decir, publiquen los pasajes decorosos y supriman los indecorosos. Inmediatamente después continúa la solicitud de censura, esta vez para los pasajes que perjudican a su esposa: "Lo mismo pido que se haga con los diarios de mi vida conyugal: que se destruya todo lo que, en caso de ser publicados, pudiera resultar desagradable para alguien". ¡Pero no, mi querido León, así no, así no funcionan las cosas! Lo escrito escrito está, y por más que algún pasaje se haya escrito en un estado de emoción violenta, así debe quedar. Suprimir equivale a mentir. En este caso, equivale a decir: "Yo soy un escritor que siempre se mantiene calmado cuando toma la pluma, que nunca escribe arrebatado, encolerizado y rabioso". No, esos furibundos pasajes deben quedar inalterados; el buen lector sabrá que han sido escritos bajo presión emocional y no les dará tanta importancia como a esos otros pasajes que han sido escritos calmadamente, con la cabeza fría.

Pero León comprende rápidamente que tales peticiones no son propias de un escritor de diarios íntimos y, a párrafo seguido, se rectifica: "Aunque no, que mis diarios se queden como están". Y un coro formado por San Agustín, Montaigne, Rousseau, Amiel, Bloy, Renard y quien esto escribe, exclama: ¡Aleluya!

martes, 25 de febrero de 2014

Darwinismo y teleología en Eduard von Hartmann (segunda y última parte)

No querría despedirme de Hartmann sin haber citado algunos pasajes de su libro que dejen bien clara su postura evolucionista.
El de la p. 116 viene muy a propósito:

Si la especie ha perdido ya su flexibilidad para adaptarse en la lucha por la existencia y las condiciones de la lucha siguen variando en el mismo sentido, la especie desaparece de la localidad, reemplazándola las especies de las comarcas vecinas que están en posesión de condiciones de existencia análogas. Este es todo el resultado experimental de la lucha por la existencia; mas si una especie nueva surge de las antiguas, no suministrando la selección medios de explicar este hecho, tenemos que acudir a otro principio, a un impulso interno que determine la transformación. Entonces, si la especie nuevamente creada es más apropiada al nuevo medio que la antigua, naturalmente la expulsará y reemplazará, de la misma manera que expulsa y reemplaza a la antigua la especie recién introducida en el país.

Esta idea del impulso interno u ortogénesis rigiendo los destinos de la evolución de las especies fue muy estudiada y difundida en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. Después, cuando los pensadores filosóficos abandonaron la biología y la ciencia en general para dedicarse a la gramática y a la política, esta hipótesis, en manos de biólogos sin preparación filosófica, cayó en gran descrédito. Pero no lograron matarla. Y si la mataron, yo la resucitaré, de la mano del finado Hartmann:

La lucha por la existencia, y asimismo, toda la selección natural, son, respecto de la idea directriz [el impulso interno teleológico], simples auxiliares que desempeñan servicios inferiores en la realización de aquella idea, como si dijéramos, tallar las piedras medidas y típicamente determinadas de antemano por el arquitecto, y colocarlas en el lugar que les corresponde del edificio. Considerar la selección resultante de la lucha por la existencia como el principio esencial de la evolución del reino orgánico, equivaldría a tomar por arquitecto de la catedral de Colonia al peón que trabaja con otros en colocar las piedras del edificio (pp. 119-20).

El impulso interno, con el auxilio de la selección natural, crea y desarrolla las diferentes variabilidades, no interviniendo en este proceso ningún factor indeterminado o azaroso:

La variabilidad no es simplemente resultado de diferencias casuales en las circunstancias interiores o exteriores del proceso de formación, sino que es, sobre todo, una tendencia esencial a la variación en direcciones teleológicas determinadas, tendencia interna, espontánea, sometida a una ley (p. 128).

Yo propongo que asociemos esta ley de evolución interna con la palabra deseo en su sentido más lato, que puede incluir deseos inconcientes, por más que estos dos conceptos parezcan repelerse (¿cómo podríamos desear algo --pregunta el sentido común-- si no somos concientes de que lo deseamos?). Y aquí es donde volvemos a La finalidad de las actividades orgánicas de Russell (p. 55):

Tanto la hipertrofia como la atrofia, pueden no responder al simple uso y desuso sino que pueden estar esencialmente determinadas por las necesidades inherentes al cuerpo.

Russell está luchando contra el punto de vista lamarckiano que afirma que la causa principal de la variabilidad orgánica radica en el hábito, y para ello echa mano, como buen científico, de algunas observaciones y experimentaciones; por ejemplo, se fija en la regulación del número de glóbulos rojos en la sangre de los mamíferos, que aumenta o disminuye conforme disminuye o aumenta el porcentaje de oxígeno en el aire respirado; o presta fe a los experimentos de un tal Boycott, un cretino cuyo pasatiempo favorito consistía en extirpar hígados y riñones de perros y conejos para observar luego las respectivas atrofias o hipertrofias. Una vez agotadas las supuestas evidencias, Russell espeta la conclusión que nos interesa (p. 59):

Tanto el uso como el desuso no son las únicas «causas» de la hipertrofia y de la atrofia, respectivamente, ni tampoco es probable que sean los factores decisivamente reales, lo que es decisivo es la necesidad o deseo del cuerpo en cuanto totalidad; lo que se necesita será proporcionado por hipertrofia y lo que no se necesita será atrofiado o activamente extirpado (subrayado mío).

¿Quieren una mejor confirmación de este postulado que la que nos suministra Hagenbeck, quien "ha comprobado que a las jirafas que en invierno se les permite estar fuera del jardín zoológico de Hamburgo, les crece una gran cantidad de pelo, el cual hacia fines del invierno es dos veces y medio más largo que el pelaje normal"? (P. 68). Ir en contra de Lamarck, en este sentido, es ir en contra del mecanicismo estricto de las leyes biológicas y a favor de un contralor teleológico de las mismas. Este contralor --que Russell no llegó a admitir en la naturaleza inorgánica-- es el deseo.

       Llegados a este punto, cerremos el libro de Russell y despidámonos del autor con un caluroso saludo. Al cabo ¿qué otro detalle de su obra podría interesarnos después de haber degustado esa conclusión tan espirituosa?

domingo, 23 de febrero de 2014

Darwinismo y teleología en Eduard von Hartmann (primera parte)

Goldar se acerca más que Russell a la conciliación entre teleología (o teleonomía) y mecanicismo; pero ninguno de estos doctores parece desvelarse por esta cuestión, y esto se explica por el hecho de que son científicos y no pensadores filosóficos[1]. Busquemos entonces la opinión de un pensador filosófico hecho y derecho que se haya ocupado del asunto y lo haya resuelto --hasta donde puede resolverse-- de un modo plausible. Este señor es el alemán Eduard von Hartmann, a quién citaré desde el capítulo VIII ("Mecanismo y teleología") de su libro El darwinismo (1875), comenzando con un párrafo inscrito en las pp. 199-200 en donde atribuye al carácter teleológico de toda ley el hecho de que el universo sea explicable:

Si el mecanismo de las leyes de la naturaleza no fuese teleológico, no habría leyes que obraran de acuerdo, sino un monstruoso caos de poderes independientes chocando entre sí como toros. En tanto que la causalidad de las leyes inorgánicas borra el dictado de leyes muertas que se les había dado, y se presenta como «la matriz universal de la vida y del orden que se manifiesta en todas partes», merece el nombre de ley mecánica, así como un conjunto de ruedas y de órganos mecánicos hecho por el arte humano, que se mueven a un tiempo cada uno a su manera, merece el nombre de mecanismo o de máquina, desde que se manifiesta en ella la teleología inmanente del conjunto y de las diferentes partes.

Están así equivocados los pensadores mecanicistas que, como Haeckel, pretenden explicar la evolución de los órganos y de los organismos eludiendo la teleología:

Haeckel exagera tanto, que el mecanismo de una locomotora, cuyos movimientos asombran al salvaje que la cree animada por un espíritu poderoso, le parece un ejemplo adecuado para probar la posibilidad de concebir un aparato tan complicado como la locomotora o el ojo humano, puramente mecánico por su esencia, y disipar la ilusión teleológica. Pero el ejemplo prueba precisamente lo contrario; prueba a todas luces que, hablando con propiedad, no puede aplicarse el nombre de mecanismo sino a los conjuntos en que la teleología es inmanente en el mismo sentido que lo es en la locomotora, cuya existencia considera con razón el salvaje como prueba de una inteligencia superior a la suya, y cuya admirable conformidad a un fin no disminuye cuando se llega al conocimiento completo del organismo considerado como tal. Por la misma razón admiramos nosotros en el gran mecanismo, mucho más sorprendente aún, de la naturaleza, la manifestación de una inteligencia muy superior a la nuestra, y la admiración crece, en vez de disminuir, al paso y medida que nuestro entendimiento penetra en el conjunto de ese mecanismo (pp. 200-1).

Y esta unión o correlación entre las causas finales y eficientes, ¿cómo se explica? Se explica, contesta Hartmann, subordinándolas a un primer principio:

Contra semejante concepto de la subordinación de la naturaleza a las leyes, concepto que implica la teleología en vez de excluirla, nada puede objetarse; pero con esto, el problema filosófico, que consiste en discernir cómo la causalidad y la teleología se unen y confunden en las leyes de la naturaleza, queda estacionario sin adelantar un paso. Hemos visto, sí, que en todo mecanismo se implica una teleología; pero la manera de formarse este mecanismo teleológico, la razón que mueve a la causalidad según leyes tales que de su cumplimiento resulte un mecanismo verdadero, esto es, teleológico, todo esto queda tan oscuro como antes. Llegamos, pues, a esta disyuntiva: o se admite el milagro de una armonía preestablecida, o hay que recurrir a un principio superior de unidad del que la causalidad y la teleología sean aspectos distintos (p. 201).

Citaré ahora el extenso párrafo que figura en las pp. 202-3, y lo citaré completo porque la verdad y la belleza no deben ser mutiladas, sobre todo cuando es la misma verdad la que produce, la que secreta la belleza:

La teleología es la teoría de los fines; prueba la existencia de fines en la realidad, y averigua cómo la naturaleza realiza los que no son todavía reales, los ideales. ¿Pero cómo el fin ideal puede realizarse sin una materia en la que y por la que se realice? Y siendo esto así, ¿cómo puede el fin realizarse sin el concurso de esta materia que le sirve de medio de realización? ¿Existe el fin sin el medio correspondiente? ¿Es posible la teleología sin mediación natural de alguna clase, sin un sistema de medios naturales, esto es, un mecanismo? la materia en la que se realiza el fin y los medios mecánicos por lo que se realiza, no podemos concebirlos sino como un mecanismo, esto es, como una suma de fuerzas que provienen de la actividad de las leyes naturales. En otros términos, la teleología supone el mecanismo, es imposible sin él como, inversamente, el mecanismo es imposible sin la teleología. Si suponemos que existe un mecanismo absoluto, la teleología absoluta se realiza de suyo; si suponemos la teleología realizada de modo absolutamente teleológico, esta realización será absolutamente mecánica. Si los materialistas pudiesen probar que el mundo es el mecanismo absoluto, los teleólogos les quedarían agradecidos, porque probarían al mismo tiempo que la teleología se realiza en el mundo de manera absolutamente teleológica, de la manera más conforme a la finalidad que es posible concebir. Recíprocamente, si los teleólogos pudiesen probar que su Dios, absolutamente sabio y poderoso, no encuentra en la esencia ni en la forma de las cosas obstáculos que le impidan realizar sus fines de manera absolutamente teleológica, probarían por ende que el mundo es un mecanismo absoluto, esto es, que nada puede producirse en él fuera del dominio de las leyes mecánicas.

Hay en las pp. 204-5 otro grueso párrafo que aclara cuál es ese principio rector o primer principio mencionado hace instantes:

La teleología y el mecanismo se presentan exactamente como las ideas de fin y de medio: el uno no puede estar sin el otro; son recíprocos. Pero en el caso de tener que decidir sobre la preeminencia entre los dos, deberíamos concederla a la teleología; porque el medio es por el fin, no el fin por el medio. En el fondo, ambos son los momentos de un proceso lógico. La necesidad lógica es el principio de unidad que se presenta, por un lado, en la apariencia muerta de la causalidad de las leyes naturales mecánicas; por otro, en forma de teleología. Lo que se llama en el primero acción regular de una causa, se denomina aquí congruencia prevista del medio empleado: la finalidad vista por uno de sus lados aparece como causalidad, y ésta, en cuanto obra de acuerdo con aquélla para llegar a conclusión cierta, (en este intervalo) se muestra también como finalidad: no importa que nada de esto se haya observado en el proceso mecánico. Así, por una parte, la organización aparece como el producto (no exclusivo) del mecanismo de la naturaleza inorgánica; por otra parte, este mecanismo es un sistema de medios para la producción de la organización y de su finalidad. Estas dos proposiciones son igualmente verdaderas, y la una lo es precisamente porque lo es la otra.

Todo esto, empero, no significa que la naturaleza inorgánica sea análoga a la orgánica:

La naturaleza inorgánica se distingue de la orgánica, en que todo se realiza en ella, inclusas las acciones finales, sin el concurso de un principio organizador; y siendo esto así, ¡cómo es posible establecer entre ellas analogías, que sólo prueban la ignorancia de la diferencia específica que las distingue! (p. 208).

Claro está que los mecanicistas no tienen por qué alarmarse con la introducción de este principio organizador, que aun siendo de carácter metafísico no quiebra en ningún momento ninguna cadena causal:

Al protestar contra la hipótesis de un principio de organización, bajo el punto de vista estrictamente científico, se da por supuesto precisamente lo que es necesario probar, esto es, la no existencia de otras causas concurriendo con las fuerzas atómicas inorgánicas en los procesos naturales. Sólo admitiendo explícita o implícitamente esta hipótesis no probada, arbitraria, la convicción de que no hay más ley que la causal puede motivar la duda sobre la existencia de un principio metafísico, como generador de la ley de evolución orgánica; porque sólo entonces parecería que con la introducción de este principio se usurpaba a la ley causal parte de su dominio. Pero salta a la vista que esta objeción es insostenible; porque si existe tal principio metafísico, su colaboración en el proceso de evolución es también causal, esto es, obra conforme a la ley de causalidad, y no hay motivo, por tanto, para esas protestas fundadas en que se quebranta la rigidez del lazo causal natural (pp. 212-3).

Por mi parte, no alcanzo a discernir cuál sea la necesidad de esta hipótesis de un principio metafísico de organización que opera en la materia orgánica y no en la inorgánica. Si este principio es el que confiere finalidad a los procesos y sucesos, ¿por qué no ampliarlo hacia el mundo inorgánico, siendo que Hartmann admite la existencia de la teleología en este ámbito? Y ¿por qué catalogarlo como metafísico? ¿No sería mejor postularlo como una ley física, que opera en y desde el mundo material, tanto en los microcorpúsculos inorgánicos (que gracias a este principio tienden a organizarse) como en las macromoléculas orgánicas? Me parece que así, y sólo así, los mecanicistas no verán en la teleología una amenaza contra su tan preciado determinismo.
Es ésta la única objeción que tengo para con mi amigo Eduardo. En todo lo demás coincido, sobre todo en su lucha por liberar al concepto de evolución del mote mecánico-azaroso con el que lo han etiquetado los darwinistas y que aún perdura en los biólogos actuales:

Cierta composición química de la atmósfera es, sin duda, una condición para que el aire sea respirable y puedan vivir los pájaros y los mamíferos; pero la producción de esta composición de la atmósfera nunca será causa eficiente de que los pájaros y los mamíferos nazcan de peces de respiración branquial. La selección natural, aun siendo un principio puramente mecánico en el sentido darwinista, podría a lo sumo explicar la perfección de la adaptación fisiológica de un tipo de organización ya creado; pero precisamente se trata de este tipo al hablar de la evolución ascendente de la organización. Evidentemente, por tanto, este tipo de organización está fuera del dominio de los principios de explicación mecánica obrando por medio de adaptación externa, etcétera; y el concepto de la evolución teleológica interna no podrá ser destruido, o simplemente menoscabado, por tales expedientes mecánicos de evolución (pp. 222-3).



[1] (Nota añadida el 21/10/12.) Este desdén por la teleología por parte de los intelectuales de orientación científica parece que se remonta a Francis Bacon, quien, según Kuno Fischer (Historia de los orígenes de la filosofía crítica, II, I, 4), fue el primer pensador de renombre que intentó relegar las causas finales a un segundo plano del discurso filosófico al afirmar, con gran ingenio y diplomacia, que dichas causas finales aristotélicas eran santas y estériles como las monjas.