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domingo, 19 de abril de 2015

San Francisco de Asís, por encima de Jesús

La visión judaica considera que el animal es un producto fabricado para uso del hombre. Pero, por desgracia, las consecuencias de ello se hacen sentir hasta el día de hoy, ya que se han trasladado al cristianismo, al que por esa razón deberíamos dejar de elogiar diciendo que su moral es la más perfecta de todas. Esa moral tiene verdaderamente una grande y esencial imperfección: que limita sus preceptos a los hombres y deja el mundo animal sin derechos.
Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipómena, II, 394

¡Fíjese en la compasión de Gautama! No se limitaba al género humano, sino a todos los seres vivientes. ¿No se inunda de amor nuestro corazón al pensar en el cordero alegremente instalado sobre sus hombros? En la vida de Jesús no se advierte ese mismo amor por todos los seres vivos.
Mohandas Gandhi, Autobiografía, 2, XXII [p. 165]

No, no hubo nadie anterior a Jesús que predicara una ética tan pura y trascendente como la que irradia el sermón de la montaña; pero ¿y después? Jesús predicó una ética casi perfecta, y en ese casi pueden integrarse una serie de innumerables consideraciones menores... y una consideración mayor: el amor hacia todos los seres de la creación, humanos y no humanos. El amor hacia todo lo creado, incluso hacia esas cosas que, en nuestra ignorancia, sospechamos que carecen de vida. Más de mil años tuvieron que pasar para que llegase aquel que ampliaría el concepto del amor cristiano hacia esos límites que a Jesús no le interesaron. Me refiero, claro está, a San Francisco de Asís. Y aquí le cedo la posta a un especialista en el tema, al axiólogo por antonomasia, al maestro de maestros en el arte de discurrir sobre la ética: mi admirado Max Scheler. Él sabrá sugerirnos mejor que yo --pese a su estilo un tanto ingrato-- si lo que Francisco propuso es una herejía dentro del cristianismo, o una profundización y evolución del mismo, o un retroceso.

Lo que, aún tratándose sólo de un superficial ocuparse con Francisco de Asís [...], nos sorprende enseguida, es que llama "hermanos" y "hermanas" suyos también al Sol y a la Luna, al agua y al fuego, y también a los animales y plantas de toda especie --es que lleva a cabo una expansión de la emoción específicamente cristiana del amor a Dios como Padre y al hermano y prójimo "en" Dios, a la entera naturaleza infrahumana; y al mismo tiempo lleva a cabo o parece llevar a cabo una elevación de la naturaleza hasta la luz y el brillo de lo sobrenatural. ¿No era esto una grave herejía, visto desde la doctrina cristiana tradicional y practicada en la historia entera del cristianismo, doctrina que había puesto a una tan enorme distancia de la naturaleza al hombre, ya como "ser racional", pero todavía más como vaso de la gracia sobrenatural y como una familia elevada muy por encima de toda razón y naturaleza por obra del acto redentor de Cristo, El Hijo del Hombre y de Dios? ¿Y si no una herejía del intelecto --en este santo poco inclinado al mero "intelecto", ciencia y escolástica-- al menos una grave herejía del corazón? Tiene que haber muy profundas razones para que no fuese sentida así la actitud espiritual del santo, fundamentalmente nueva frente a todos los tiempos anteriores. Aunque seguramente no faltó en el contorno del santo la conciencia de la gran rareza, de la novedad y lo insólito de su actitud. Tomás de Celano llega a denunciar la frase, digna de atención palabra por palabra: "llamaba sus hermanos a todas las criaturas, y de un modo y manera desusados, para los demás totalmente herméticos, penetraba con la aguda mirada del corazón hasta lo más hondo de cualquier criatura, como si ya hubiese entrado en la libertad y la gloria de los hijos de Dios". De hecho me parece San Francisco no tener en esto ningún precursor dentro de la historia entera del cristianismo en occidente. [...] en el Evangelio se encuentran cosas y procesos naturales infrahumanos --hasta donde yo sé-- también en aquellos pasajes que denuncian el novísimo y profundísimo amor a la naturaleza y purísima comprensión de ella que tenía el Salvador, pero sólo citados como parábolas --como parábolas de relaciones y lazos que existen propiamente entre el hombre y Dios u hombre y hombre. Ni con mi propia busca, ni consultando insistentemente a conocedores científicos de la Biblia he logrado encontrar un solo pasaje que se remonte por encima de esta naturaleza parabólica y que se refiera a una unificación afectiva cósmica con una cosa natural, ni siquiera a una emoción de amor, ni menos a un deber de amor, a la naturaleza como tal, sustantivo, autóctono, independiente de la acción sobre el hombre o de la consideración del hombre [...]. Pero lo decisivo es que en San Francisco no se puede seguir hablando de mera parábola o símbolo en este sentido. [...] Esto más bien es lo nuevo, lo "desusado", en la relación emocional de San Francisco con la naturaleza: que las cosas y los procesos naturales cobran un sentido expresivo propio sin relación parabólica al hombre ni en general a las cosas humanas; que también el Sol, la Luna, el viento, etc., que en rigor no necesitan para nada de un amor solícito o misericordioso, son vividos y saludados por el alma como hermanos y hermanas; que las criaturas están referidas en metafísica solidaridad [...] de un modo inmediato a su Creador y "Padre", como seres existentes por sí y de un valor enteramente propio (en relación al hombre): esto es lo nuevo, lo sorprendente, lo raro, lo antijudío de su actitud (Max Scheler, Esencia y formas de la simpatía, secc. A, cap. V).

Para los judíos, los animales sólo eran "cosas", instrumentos de los cuales la gente podía servirse. Era ridículo que alguien pudiese o quisiese brindarles su amor a esos "objetos". Y Jesús, cuya mentalidad tornóse antijudía en muchos aspectos, no pudo librarse aquí de sus raíces. Francisco se hizo uno con los animales, uno con la naturaleza, uno con el universo entero; pero sería incorrecto suponer que todas estas unificaciones avalan la sospecha de que el santo abrazara el panteísmo.

En él estamos tan lejos de la unificación afectiva índica, o unificación en el dolor, y de la unificación afectiva griega, o unificación en la alegría, como de la unificación afectiva del panteísmo naturalista y dinámico del subsiguiente Renacimiento.

No, no es Francisco panteísta. Y sin embargo

se ha llevado a cabo en San Francisco una interpretación afectiva e intuitiva de la relación entre la naturaleza, el hombre y Dios, no sólo gradual, sino esencial y cualitativamente distinta --no comparable con nada de lo que encontramos en occidente desde los tiempos más antiguos del cristianismo, y que está en la más rigurosa oposición a todo el anterior sentimiento de la naturaleza en el cristianismo primitivo, en la patrística e incluso en la Edad Media posterior. Esto "nuevo" es difícil de traducir en conceptos --y sin embargo fácil de ver y de sentir hasta para un niño. [...] La naturaleza no es concebida al modo de la escolástica, como un reino de cosas y fuerzas formales rigurosamente separadas unas de otras [...], sino como una totalidad viviente que se halla en los fenómenos visibles de la naturaleza en una relación análoga aproximadamente a la del todo de la faz humana con sus distintos movimientos expresivos: es una vida divina la que toma cuerpo en sus cosas, la que se "expresa" en sus fenómenos y procesos. [...] Dios no es sólo vivido y pensado como señor y creador de la naturaleza infrahumana y "padre" sólo para el hombre (a través de Cristo), sino también como padre bondadoso y directo de las cosas naturales, [...] de este modo fue plenamente quebrantada en su núcleo mismo por San Francisco la exclusivista idea de la dominación del hombre sobre la naturaleza, propia de judíos y romanos, que en el Evangelio no está superada, sino sólo mitigada. Más aún: cuando en cierta medida justifica, fundamenta y vivifica su interpretación y amor de la naturaleza frecuentemente con palabras de la Sagrada Escritura, me parece que lo que hace es mucho más infundir en estas palabras del evangelista un sentido más que parabólico y atribuir con frecuencia falsamente su genuina unificación afectiva a los escritores evangélicos.

Infunde nuevos sentidos a la vieja doctrina; ¿no es lo mismo que hizo Jesús con la ley hebrea, mientras afirmaba a diestra y siniestra que no la estaba derogando sino complementando? Pero la derogó, por cierto que la derogó. Los judíos, rechazando a este nuevo profeta, dieron cuenta de que los cambios implementados no eran sentidos como complementos sino como redondas refutaciones. Francisco de Asís, teológicamente hablando, estuvo también a un paso de salirse de la ortodoxia que lo cobijaba. Pero no se salió; al menos así lo piensa Scheler:

Este es el gran misterio de San Francisco: que a pesar de esta resurrección, preñada de consecuencias, de una genuina unificación afectiva con una vida divina intuida en su unidad y que se limita a tomar cuerpo en las cosas naturales, ni la idea cristiana de Dios, ni el amor de Jesús y la "imitación de Cristo", exaltada literalmente en San Francisco --como se ha dicho con razón-- hasta la "embriaguez de Jesús" (y hasta las llagas visibles), han resultado menoscabados en lo más mínimo en su ser-personal espiritual y acosmístico, sino que justamente sobre la base de esta nueva unificación afectiva con la vida de la naturaleza, para su tiempo de todo punto original y "desusada", se alzan en todo su rigor, aspereza y sequedad ascética, con perfecta continuidad orgánica.

Aquí coincido con Scheler: San Francisco no se salió del cristianismo. Su doctrina es netamente, fundamentalmente cristiana. Francisco complementó el mensaje de Jesús, pero lo complementó de tal manera que ya no nos queda la opción de volver atrás. Siempre hablando sobre la ética, no sobre la metafísica, si me dan a elegir entre Jesús y Francisco, me quedo con Francisco. Y es que Jesús --y ahora sí entrometo a la metafísica-- era demasiado teísta, y ese teísmo rígido perjudicaba la correcta lubricación que ha de haber entre los diferentes engranajes de la creación. San Francisco, sin caer en el panteísmo, alargó su teísmo en la medida justa y necesaria para lograr esa fluida comunicación con el entorno, al que no hay que dominar (¡la tierra grita cuando la dominan!), sino amar:

Si San Francisco hubiera sido teólogo y filósofo, lo que no ha sido --felizmente para él y todavía más felizmente para nosotros--, si hubiera intentado reducir a conceptos rigurosos su visión de Dios y del mundo, que se limitó a ver, vivir y poner por obra, es seguro que jamás hubiera resultado "panteísta"; pero sí que habría tenido que aceptar en sus conceptos un tanto de "panenteísmo".

Sólo el panenteísmo nos aleja de los fundamentalismos religiosos y a la vez nos acerca a la ecología. Siendo el teísmo duro un casi sinónimo de la palabra dominio, y no dominio interior sino externo, de personas y de objetos, ya me parece ver a estos dos demonios modernos, hijos de la ideología de la dominación: el terrorismo y el consumismo, me parece verlos, digo, alejarse de la mano --porque son hermanos, pese a su distanciamiento geográfico-- conforme la idea panenteística franciscana comience a calar las almas de aquellos hombres que hoy se dedican a "trabajar", a modificar entornos, y que una vez iluminados se ocuparán solamente de trabajarse por dentro, de dominarse a sí mismos. Y el medio ambiente, y los edificios en torre, agradecerán por fin el poder bajar la guardia.
Esto sucederá cuando la venida de nuestro glorioso salvador San Francisco. Un revolucionario mayor que aquel gran subversor que fue Jesucristo, con una mente tan poderosa y enigmática que resulta inclasificable. ¿Inclasificable? Scheler hará por nosotros el intento:


¿Como concebirlo psicológicamente? Se trata de un singular encuentro de "eros" y "agape" [...] en un alma prístinamente santa y genial; finalmente, de una forma de compenetración tan total de ambos, que representa el mayor y más sublime ejemplo de simultáneas "espiritualización de la vida" y "vivificación del espíritu" que ha llegado a mi conocimiento. Nunca más ha vuelto a alcanzarse en la historia de occidente una forma de las potencias simpáticas del alma como la que existió en San Francisco. Nunca más tampoco la unidad y rotundidad de su simultánea repercusión en la religión, la erótica, la acción social, el arte y el conocimiento.

domingo, 15 de marzo de 2015

El joven Nietzsche y la moral cristiana

En mayo de 1865, el joven Friedrich Nietzsche --tenía a la sazón veinte años-- acertó a leer la Vida de Jesús de David Friedrich Strauss y, tal como a mí me ocurriera, comenzó a dudar del conjunto de dogmas que damos en llamar cristianismo. Su hermana, fervorosa creyente, trata de retrotraerlo al redil, anunciándole que los misterios del cristianismo son tan difíciles de creer precisamente porque son verdaderos, y cuanto más verdaderos, más será la fe requerida para aprehenderlos. A este llamado a la fe y a la credulidad irracional responde Nietzsche con estas palabras, que merecen --como muchas de las palabras que ha proferido este pensador-- pasar a la posteridad:

Creo poder admitir en parte tu máxima de que lo verdadero está siempre del lado de lo más difícil. Sin embargo, es muy difícil comprender que 2 por 2 no sean 4, y no por ser difícil resulta verdadero. Además, ¿es en realidad tan difícil aceptar sencillamente todo aquello en lo que ha sido uno educado, todo lo que poco a poco ha ido echando profundas raíces en nosotros, aquello que es tenido por verdadero en el ambiente familiar y en el de muchas personas excelentes, y que además consuela y eleva realmente a los hombres? Aceptar todo esto, ¿crees tú que es más difícil que emprender nuevos caminos en lucha contra el hábito, en medio de la inseguridad de marchar sólo presa de frecuentes vacilaciones del espíritu y hasta de la conciencia moral, desconsolado a veces, pero siempre vuelto al eterno fin de lo verdadero, lo bello y lo bueno? Lo que se desea ¿es acaso dar con aquella concepción del mundo, de Dios y de la redención, más cómoda para nosotros? Para el verdadero buscador, ¿no es el resultado de su búsqueda algo del todo indiferente? ¿Buscamos paz, tranquilidad y dicha? No; buscamos sólo la verdad, aunque ésta fuese repulsiva y horrible. Una última pregunta: Si desde la infancia hubiéramos creído que toda salud espiritual nos venía de otro que no fuera Jesús, de Mahoma, por ejemplo, ¿no es seguro que habríamos sido partícipes de las mismas gracias? Sólo la fe salva --no lo objetivo que se oculte tras una creencia [...]. Toda verdadera fe es siempre infalible; da lo que el creyente espera encontrar en ella [...]. Aquí se separan los caminos de los hombres: ¿quieres paz espiritual y felicidad?, cree; ¿quieres ser un apóstol de la verdad?, entonces busca (carta fechada en Bonn el 11 de junio de 1865, citada por Carlos Astrada en Nietzsche y la crisis del irracionalismo, pp. 18-9).

Este discurso me halaga por su proximidad con el mío, pero ¿no podría suceder que el apóstol de la verdad, en su marcha solitaria y vacilante, se topase con una verdad de fe, con una verdad que no pueda demostrar y que sin embargo sienta muy dentro suyo como verdadera? El cristianismo, tomado en bloque, y tomado sobre todo en su sentido metafísico, podría resultar desdeñable como conjunto doctrinario, pero la ética cristiana, o más precisamente la ética que se desgaja del sermón de la montaña, no creo que a mí me parezca verdadera por el hecho de haberla "mamado" en mi ambiente familiar y en mi sociedad, porque está claro que ni mi familia ni mi sociedad aprueban estas máximas ni mucho menos se rigen por ellas. Yo buscaba la ética perfecta, o la que más se acercase a la perfección, y la encontré dentro del sermón de la montaña. Si la encontré por fe o por razón, no es algo que deba preocuparme demasiado. Y la objeción, aplastante como pocas, de que si el cristianismo fuese verdadero quienes naciesen en territorio musulmán o budista deberían ser también cristianos y no budistas o musulmanes, queda sin efecto en lo que hace al nudo de la ética cristiana, que es común para los santos de aquellas regiones y los de cualquier rincón del universo. No es ética cristiana, es ética; cada cual después le agrega el adjetivo que le pluguiere.
Pero Nietzsche, incansable buscador de verdades, fue traicionado por su temperamento colérico, por su falta de amor, y no acertó a tamizar el cristianismo para extraer de él las pepitas de oro escondidas en el barro. Había que trabajar para encontrar estas pepitas, lo que significa, filosóficamente hablando, que había que volverse de cara hacia la bondad o hacia el comportamiento virtuoso, que son los únicos tamices confiables, y Federico no supo dar ese paso decisivo, pese a haber estado muy cerca de hacerlo[1].
Y esto me lleva al siguiente sinceramiento: Esta lucha interior que he iniciado en estos últimos días y de la que no sé si saldré con bien, esta guerra que le he declarado a la lujuria no ha tenido como fundamento teórico el perfeccionamiento de mi ser, sino la búsqueda de la verdad. En efecto, yo entiendo que la buena conducta conduce al buen discurrir y al buen intuir; que si me porto bien --sea este buen comportamiento resultado del fariseísmo, sea consecuencia del acicate propio de los grandes valores--, seré como un imán atrayendo hacia sí mismo las verdades, y verdades proporcionalmente tan trascendentes como trascendente sea mi buen comportamiento. Es, pues, este deseo de perfectibilidad interesado, o sea, racional. O mejor dicho, es al menos en parte, racional. Hay un motivo egoísta en este mi deseo de comportarme bien, pero no descarto que haya también algún valor apoyando logísticamente la contienda. Y este intento de sobrepujar con mi razón a un instinto desmadrado me parece que nacerá muerto, que se transformará rápidamente en intentona, si es que los valores no se hacen presentes y lo consolidan. Pero lo que yo siento --tengo que decirlo-- es que todo este sacrificio que, al menos por el momento, estoy sobrellevando sin demasiado pesar (apenas van cinco días de abstinencia), es un sacrificio que me conviene, o que me convendrá en el futuro: mi móvil es el egoísmo. Si este punto de vista resulta ser erróneo y lo que en verdad me impulsa es la pureza sexual o la continencia por sí mismas, bienvenido sea. Mas no creo haber llegado tan lejos.




[1] Ver a este respecto mis anotaciones del 7/6/9.

domingo, 27 de julio de 2014

La verdadera grandeza de León Tolstoi

No puedo compartir la ilusión temporal de algunos amigos míos que parecen estar seguros de que mis obras deberán ocupar un lugar en la literatura rusa.
León Tolstoi, Correspondencia, carta a William Ralston del 27 de octubre de 1878

Se lo conoce a Tolstoi, fundamentalmente, por dos de sus obras: Guerra y paz y Ana Karenina. Según la Wikipedia, Guerra y paz "es una de las obras cumbres de la literatura rusa y sin lugar a dudas de la literatura universal", pero Tolstoi no compartía esta opinión. En una carta fechada el 6/1/1871 dirigida a su amigo Afanasi Fet, se lee:

Ya no estoy escribiendo y nunca más volveré a escribir prolijas paparruchas del tipo Guerra y paz. Acepto mi culpa, y juro que no volveré a hacerlo nunca más (Correspondencia, p. 312).

Más tarde confirma este juicio --o mejor dicho lo potencia-- desde una carta dirigida a Alexandra Tolstaia que data de finales de enero o principios de febrero de 1873:

No piense que no fui sincero cuando le dije que en este momento Guerra y paz me resulta repugnante. Hace unos días tuve que echarle una mirada para decidir si debo hacer o no correcciones para la nueva edición, y soy incapaz de transmitirle el arrepentimiento y la vergüenza que sentí al revisar muchos de los pasajes. Era un sentimiento semejante al que experimenta una persona cuando ve las huellas de una orgía en la que participó (ibíd., p. 336).

Y sobre el final de su vida, cuando lo único que le interesaba era la propagación de la ética cristiana, asienta en su diario:

Personas que deberían odiarme porque destruyo sus puntos de vista cuasi religiosos, me aman por tonterías como Guerra y paz, etcétera, que consideran muy importantes (6/12/1908).

Con Ana Karenina sucedió algo parecido, o peor, porque no había culminado de concebirla cuando ya comenzó a detestarla:

... Ahora me voy a poner a la aburrida y trivial Ana Karenina y le ruego a Dios que me conceda la fuerza que necesito para sacármela de encima lo más rápidamente posible para liberar el espacio: me hace mucha falta el tiempo libre, no para dedicarme a mis tareas pedagógicas, sino a otras, por las que me siento todavía más atraído. [...] ¡Dios mío, si alguien pudiera terminar Ana Karenina por mí! Me resulta insoportablemente repulsiva (cartas a Nikolái Strájov del 25/8 y 8/11/1875; Correspondencia, pp. 362 y 365).


Las otras tareas, para las cuales requería Tolstoi mayor tiempo libre, eran sus escritos religiosos. Su tarea evangélica comenzaría en noviembre de 1875 con un ensayo sobre el significado de la religión y terminaría 35 años después, junto con su vida. Por eso despreció y renegó de estas dos novelas, porque no había en ellas moraleja ni mensaje religioso, ni mucho menos cristianismo primitivo. Todo lo que no fuese difundir el mensaje de Jesús, de Jesús y de tantos otros que lo precedieron y lo sucedieron, el mensaje de la no violencia y de la irresistencia al mal, le fue pareciendo Tolstoi, con el correr de los años, cosa sin importancia, paparrucha. Muchos otros, sin dudas la mayoría en este momento, opinan lo contrario. Alejandro Dolina por ejemplo, entiende que Tolstoi ha sido grande, uno de los más grandes escritores que jamás hayan existido, por haber escrito fundamentalmente Guerra y paz y Ana Karenina. Dice que como escritor ha sido un gigante, pero lo tiene en poca estima en cuanto a su rol de pensador filosófico y divulgador religioso. Yo no soy capaz de criticar a Tolstoi en tanto escritor porque no he leído ninguna de estas dos obras que, se supone, constituyen la cima de su genio y su talento; pero sí soy capaz de criticar al otro Tolstoi, al que no se detenía en paparruchas, y lo juzgo genial y talentoso, no por la forma, que es excelente desde luego, sino por el fondo, por el poso de verdad que mora debajo de su prístino licor, bebida vieja elaborada en un nuevo alambique ruso y no apta para paladares groseros. Los paladares groseros, frente a una banana, siempre se comportarán desechando el fruto y comiéndose la cáscara. No digo que leer Guerra y paz o Ana Karenina constituya una experiencia similar a deglutir una cáscara de banana; digo que dedicarles tiempo a estas obras en lugar de dedicárselo a los ensayos y los artículos posteriores de Tolstoi es algo parecido a despreciar una fruta madura, la más dulce y nutritiva fruta, con la excusa de que la cáscara es más colorida y aromática. ¡Que les aproveche, ordinarios comensales! Y cuidado con las consecuencias, con la metabolización del producto, porque tal vez no sea una cáscara de banana, sino de nuez o de almendra, lo que ingieren para matar el hambre. Desechen el fruto y riéguenlo a su paso, así quedará más para nosotros, para los que no nos deslumbramos con el exterior sino con el más interior de los alimentos.

martes, 27 de mayo de 2014

Tolstoi: el rey de los cristianos y el rey de los hipócritas

Se queja Tolstoi de que recibe "telegramas con amenazas y cartas terriblemente insultantes. Para mi vergüenza debo reconocer que eso me aflige" (Diarios, 20/10/1907). Y también, más adelante: "Han llegado cartas injuriosas, y son muchas. Me siento triste" (20/7/1908). Muchos de estos insultos eran de los propios adeptos del tolstoismo, motivados por la actitud hipócrita de Tolstoi, que alababa la pobreza y vivía en medio del lujo, la molicie y la riqueza. A esta gente le contesta Tolstoi con las siguientes inolvidables y entrañables palabras:


"... Pero, se me objetará, si cree usted que no hay vida prudente fuera del cumplimiento de la doctrina cristiana, ¿por qué no la cumple usted? Yo contesto: Soy culpable, y merezco que me desprecien. Pero añado, no tanto para justificarme como para explicar mi inconsecuencia: Comparad mi vida anterior con la de hoy y veréis que trato de vivir según la ley de Dios. No he hecho ni una milésima parte de lo que hay que hacer, y me siento confuso por ello; pero he dejado de hacerlo, no porque haya querido, sino porque no he podido. Enseñadme cómo puedo sustraerme de las tentaciones que me rodean, auxiliadme, y cumpliré los mandamientos. […] Acusadme si queréis. Yo mismo me acuso; pero no abominéis del camino que sigo, y que indico a los que me preguntan por el camino recto. Si conozco el camino que conduce a mi casa, y lo sigo tambaleándome como un hombre ebrio, ¿quiere decir esto que el camino sea malo? Indicadme otro, o sostenedme por el verdadero, como yo estoy dispuesto a sosteneros. Pero no me rechacéis, no os regocijéis al ver mi falta, no gritéis con alegría: «¡Mirad, dice que va a su casa y cae en el lodazal!» ¡No, no os alegréis, ayudadme y sostenedme! […] Auxiliadme; mi corazón se desgarra al pensar que todos estamos extraviados, y cuando yo realizo cuantos esfuerzos puedo para salir de tal situación, vosotros, a cada uno de mis tropiezos, en vez de sentir compasión, me señaláis con el dedo, gritando: «¡Ved, cae en el mismo lodazal que nosotros!» He aquí cómo entiendo la doctrina cristiana y el modo de seguirla. Hago cuanto puedo para lograrlo, y a cada falta, no sólo me arrepiento, sino que pido ayuda para repararla, y veo con alegría que hay quienes siguen el mismo camino que yo, y de quienes escucho los consejos" (“Profesión de fe”, párrafos finales de su libro Placeres crueles).

domingo, 4 de mayo de 2014

El llamamiento hacia la vida mendicante


Hace un momento salí a dar un paseo a caballo, y sentí inmensas ganas de irme como mendigo; cuánto podría disfrutar agradeciendo y amando a todo el mundo.
León Tolstoi, Diarios (1895-1910), 3/6/1908

Un discípulo le pide a Tolstoi que sea consecuente con sus ideas y que huya de la vida que viene llevando. La carta, proveniente de San Petersburgo, tiene fecha del 2 de febrero de 1910:


A Lev Nikolaievich Tolstoi:
Querido maestro, qué lejos queda mi admiración por esta ciudad. Sus amplias avenidas y gigantescas plazas no son nada cuando regreso a la pensión después de haber bebido en los peores burdeles y haber fornicado con las peores mujeres. Doy rodeos y me alejo de los altos edificios para poder ver el brillo de las estrellas que la luz de gas me oculta. Entonces echo de menos los paseos junto al estanque de Yasnaia Poliana, cuando yo era sólo un chiquillo huérfano acogido en su escuela, la paz infantil que usted me proporcionó y que de ningún modo puedo encontrar en las tabernas de la gran capital rusa. Yo quisiera vivir en la pobreza y caminar de aldea en aldea: maestro, renuncie a su título de conde y reparta los bienes que posee entre sus familiares y los pobres, que los necesitan más que usted. Piénselo. Yo un día me iré de aquí. ¿Por qué no puede hacer usted lo mismo?
Suyo,
Boris S. Mandzhos

La respuesta de Tolstoi no se hizo esperar:


 [Yasnaia Poliana] A Boris S. Mandzhos
Su carta me ha conmovido profundamente. Lo que usted me recomienda que haga constituye el más acariciado de mis sueños, pero hasta el momento no he podido llevarlo a cabo. Son muchas las razones para ello (pero de ninguna manera que me compadezca yo de mí mismo). La principal es que no es algo que haya que hacer para causar efecto en los demás. Eso no está en nuestro poder y no es eso lo que ha de regir nuestras acciones. Es algo que se puede y se debe hacer únicamente cuando sea indispensable, no con fines externos, sino para la satisfacción de una exigencia interior del espíritu, cuando permanecer en la situación en la que uno está se vuelve tan moralmente imposible como físicamente es imposible no toser cuando se ha quedado uno sin aliento. Y yo cada día me aproximo más a esa situación.
Lo que usted me recomienda hacer, renunciar a mi posición social, a mis bienes, y distribuirlos entre quienes se consideren con derecho a poseerlos después de mi muerte, es algo que ya hice hace veinticinco años. Pero el hecho de que viva yo en familia, con mi hija y mi mujer, en unas condiciones de lujo terribles, vergonzosas en medio de la miseria que hay alrededor, me atormenta continuamente y cada vez de manera más punzante, y no pasa un día sin que no considere aquello que usted me recomienda.
Le agradezco reiteradamente su carta. Sólo se la mostraré a una persona. Le pido que no muestre usted mi carta a nadie.
Sinceramente suyo,
Lev Tolstoi


Es así; la decisión suprema no debería tomarse de acuerdo a considerandos externos, sino cuando nos queme tanto la indecencia de nuestra vida que sintamos una necesidad imperiosa de modificarla. Y eso le sucedió a Tolstoi unos pocos meses después de haber recibido esa carta, a los 82 años de edad. ¿A mí me llegará esa quemazón algún día? Por ahora no la siento en absoluto.

lunes, 7 de abril de 2014

Tolstoi, ¿cristiano o anarquista?

"Me consideran anarquista --protesta Tolstoi--, pero no soy anarquista, soy cristiano (Diarios, 24/8/1906). Mejor, León, habría sido si hubieses dicho "soy cristiano y anarquista", porque la quintaesencia de la doctrina cristiana no es otra cosa que el más fino y acendrado anarquismo. Anarquismo consecuente, que no pretende tomar el poder, en oposición a ese otro diz que anarquismo político, que afirma estar en contra de todo gobierno pero que actúa siempre seducido por la posibilidad de dominar a quienes queden debajo, es decir, gobernar.

viernes, 1 de febrero de 2013

SPONG, EL ANTIDOGMA




Desde mi punto de vista, afirmar que la Biblia constituye en todo su detalle literal la palabra de Dios, libre de todo error, no es más que una ignorancia bíblica.
John Shelby Spong, Jesús, hijo de mujer, p. 17

Bueno sería que mi amigo Bertrand Russell tomara en cuenta esta sentencia.

Conozco a miles de personas que permanecen en el seno de la Iglesia por costumbre o por esperanza, pero lo hacen a costa de desconectar sus mentes.
Ibíd., p. 18

Yo era una de ellas.

No creo que María fuera literalmente una virgen, en ningún sentido biológico. No creo que a los hombres y mujeres contemporáneos se les pueda presentar con credibilidad a alguien a quien se conoce como una madre virgen, calificándola como una mujer ideal. No creo que la historia de la virginidad de María haya realzado la imagen de la madre de Jesús. Antes al contrario, estoy convencido de que la historia ha desvirtuado la humanidad de María, y se ha convertido en un arma en manos de aquellos cuyos prejuicios patriarcales distorsionan la humanidad de todos, en general, y de las mujeres en particular.
Ibíd., pp. 24-5

Coincido; pero ese "no creo que la historia de la virginidad de María haya realzado la imagen de la madre de Jesús", ¿no podría extenderse hacia un "no creo que la historia de la divinidad de Jesús haya realzado la imagen de Jesús como filósofo"?

Nada menos que una persona como el Papa Juan Pablo II ha apoyado un documento y una actitud que proclama: "Las mujeres no serán nunca sacerdotes en la Iglesia Católica romana porque Jesús no eligió a ninguna mujer como discípulo". Presento esto como un abuso literal de las Sagradas Escrituras. En el orden y las costumbres sociales del siglo primero de nuestra era, resulta inconcebible tener a una mujer como miembro de un grupo de discípulos de un rabino o maestro itinerante. El papel de la mujer se hallaba circunscrito con demasiada claridad como para atreverse siquiera a imaginar algo así. Aquí, sin embargo, el literalismo bíblico es ecléctico antes que minucioso. Quizás al obispo de Roma todavía no se le ha ocurrido pensar que Jesús tampoco eligió a ningún discípulo polaco, a pesar de lo cual eso no excluyó del sacerdocio a un muchacho polaco llamado Karol Josef Wojtila, que más tarde se convertiría en Juan Pablo II.
Ibíd., p. 28

¡Brillante, Yon! ¡Péguele duro al machismo eclesiástico!

En las mitologías del mundo hay muchas historias que cuentan con partes paralelas y familiares de la tradición cristiana. Las figuras divinas nacen de madres vírgenes, los héroes míticos mueren, resucitan y regresan a los cielos en ascensiones cósmicas. Cuando leemos estas tradiciones en el contexto de los escritos egipcios sagrados, no se nos ocurre literalizar las historias de Isis y Osiris. Sabemos que, en este caso, nos encontramos ante mitos antiguos. Y, sin embargo, evitamos hacer lo mismo cuando se trata de nuestra propia fe.
Ibíd., p. 31

Ha llegado el momento de que la Iglesia reconozca la certidumbre como un vicio, que aprenda a desecharlo y abrace la incertidumbre como una virtud. Ha llegado el momento de que la Iglesia abandone su actitud neurótica de traficar con un débil sistema de seguridad religiosa tras otro, y permita a sus fieles sentir el viento vigorizador de la inseguridad, para que los cristianos puedan comprender realmente lo que significa caminar por la fe.
Ibíd., p. 34

¿Puede escapar la Iglesia del hábito de controlar el comportamiento, y pasar a convocar a la gente para que sean los seres santos y completos, tal como Dios los ha creado?
Ibíd., p. 34

No hubo nacimiento virginal biológicamente literal, ni superación milagrosa de la esterilidad en el nacimiento de Juan el Bautista, ni ángel Gabriel que se le apareciera a Zacarías o María, ni Zacarías se quedó sordomudo, ni coros angélicos que poblaran los cielos para anunciar el nacimiento de Jesús a los pastores de las montañas, ni viaje a Belén, ni presentación o purificación en Jerusalén, ni historia del templo durante la infancia de Jesús. De hecho, y con toda probabilidad, Jesús nació en Nazaret de una forma muy normal, como hijo de María y José, o bien fue un hijo ilegítimo que José justificó al reconocerlo como hijo propio.
Ibíd., pp. 166-7

¡Por fin alguien que estudia las Escrituras sin el corpiño del dogma en los ojos!

No, no estamos solos. No somos un simple accidente del proceso físico y estúpido de la evolución.
Ibíd., p. 167

No, no estamos solos. Dios existe. Y sin embargo, Dios no está con nosotros. Esta en nosotros, que no es lo mismo. Y el proceso de la evolución, de estúpido no tiene absolutamente nada.

Los verdaderos enemigos de un sistema de fe no son quienes hacen doblar la rodilla a la tradición, sino quienes la congelan, los cuales, al no ser capaces de cambiar y crecer, transforman los símbolos en momias y hacen imposible que quienes viven en un mundo cambiante permanezcan con integridad en el seno de ese hogar de fe.
Ibíd., p. 180

¡Clap, clap, clap, clap..!

Resulta a un tiempo divertido y triste observar cómo los líderes eclesiásticos actuales se mueven cautelosamente alrededor de la pregunta de cómo comprender la afirmación eclesiástica tradicional de que la Biblia es la palabra de Dios, pues en el fondo de sus corazones saben muy bien que esa afirmación ya no es sostenible de ninguna forma literal. La legitimidad de la esclavitud, el estatus de objeto de la mujer, el concepto de la Tierra plana, la comprensión de la epilepsia como posesión por el demonio, todo ello afirmado en la Biblia, son ideas que, simplemente, no se aceptan en el siglo XX. Lo que sucede es que la mayoría de los líderes religiosos no tienen la honestidad para decirlo públicamente. En consecuencia, lo que exponen no es más que retórica que utiliza las palabras tradicionales, pero sugieren que significan algo muy diferente a lo que significaron en el pasado. Es una estrategia comprensible, pero así nunca se conseguirá nada. Esas prácticas nos hacen pensar en batallas de retaguardia en las que se liberan escaramuzas dentro de un inevitable movimiento de retirada.
Ibíd., p. 181

El corazón no puede rendir culto a lo que ha rechazado la mente.
Ibíd., de. 182

La frase: "Sufrió bajo Poncio Pilatos, fue crucificado, murió y fue enterrado" es la única que ata el cristianismo a la historia. Todo lo demás que existe en los credos no constituye sino un intento por poner en palabras una experiencia de Dios que estaba más allá de la historia, y por explicar teológicamente quién fue el que sufrió y murió, por qué tuvo importancia y por qué tuvo su vida un significado que va mucho más allá de sus límites históricos y finitos.
Ibíd., p. 183

Y hasta existe gente, como yo por ejemplo, que admite que duda incluso de la existencia histórica de Jesús --aunque ciertamente, hay que aclararlo, mi duda es mínima[1].


[1]  Y las dudas de los siguientes historiadores y escritores parece que también eran mínimas:
·                                  Flavio Josefo, historiador judío:

“Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y a muchos gentiles. Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos”. (Antigüedades Judías 18,3,3)
·                                  
Tácito 
Historiador y consul romano 

“Por lo tanto, aboliendo los rumores, Nerón subyugó a los reos y los sometió a penas e investigaciones; por sus ofensas, el pueblo, que los odiaba, los llamaba “cristianos”, nombre que toman de un tal Cristo, que en época de Tiberio fue ajusticiado por Poncio Pilato; reprimida por el momento, la fatal superstición irrumpió de nuevo, no sólo en Judea, de donde proviene el mal, sino también en la metrópoli , donde todas las atrocidades y vergüenzas del mundo confluyen y se celebran”. (Anales, 15:44:2-3)
·                                  
 Suetonio 
Historiador romano 

“A los judíos, instigados por Chrestus, los expulsó de Roma por sus hábitos escandalosos”. (De Vita Caésarum. Divus Claudius, 25.)
 Luciano de Samosata 
Escritor satírico romano, habla despectivamente de los cristianos en su obra La muerte del Peregrino: 

...lo utilizaban como legislador y le daban el título de jefe. Después, por cierto, de aquel a quien el hombre sigue adorando, que fue crucificado en Palestina por haber introducido esta nueva religión en la vida de los hombres.
 Julio Africano recoge la mención que un tal Talo, que parece ser un historiador romano o samaritano del s. 1 dC., hace de las tinieblas que sobrevinieron a la muerte de Jesús explicándolas como un fenómeno natural: "En su tercer libro de historias, Talo llama a estas tinieblas un eclipse de sol. Contra la sana razón, a mi juicio".

Justino Mártir hace referencia a los Hechos de Poncio Pilatos: “Y después que fue crucificado echaron suertes sobre su vestidura, y los que le crucificaron se repartía entre ellos. Y que estas cosas ocurrieron, podéis comprobarlo a partir de los Hechos de Poncio Pilatos”. (La Primera Apología, cap. 35)

jueves, 6 de diciembre de 2012

Bertrand Russell, o el anticristo



Para mí, hay un defecto muy serio en el carácter moral de Cristo, y es que creía en el infierno. Yo no creo que ninguna persona profundamente humana pueda creer en un castigo eterno.
Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano, p. 28

Yo tampoco, y precisamente por eso es que no creo que Jesús haya creído en el infierno. Lo que pasa, Bertrand, es que vos leés los escritos inciertos, como lo son los Evangelios, guiándote puramente por lo que perciben tus ojos, despreciando (tal vez por no poseerla) a la intuición, que es la que te indica, en el caso éste del Nuevo Testamento, en dónde la escritura coincide más o menos con los hechos reales y en dónde los judíos devenidos cristianos que lo redactaron incluyeron algunos de sus tontos dogmas. No te olvides nunca de que los primeros cristianos nacieron en el seno del judaísmo, y que les hubiera sido muy difícil cortar de raíz los dogmas hebreos y apegarse sin miramientos a lo que Jesús hacía y decía, que era generalmente lo contrario de lo expuesto en los libros sagrados judíos. Si Jesús había de ser popular entre los judíos --cosa que los incipientes cristianos querían--, era necesario hacerlo aparecer en las nuevas escrituras como alguien que odiaba la maldad y deseaba que los inmorales se pudriesen eternamente. Por eso se inventaron todas esas imprecaciones que se supone dijo, como la de "¡serpientes, raza de víboras! ¿Cómo será posible que evitéis el ser condenados al fuego del infierno? (Mateo 23. 33)". ¿Puede alguien que no sienta un odio implícito al cristianismo suponer que Jesús fuera capaz de expresarse en estos términos?

‎Cristo, tal como lo pintan los Evangelios, sí creía en el castigo eterno, y uno se topa repetidamente con una furia vengativa contra los que no escuchaban sus sermones, actitud común en los predicadores y que dista mucho de la excelencia superlativa. No se halla, por ejemplo, esa actitud en Sócrates. Es amable con la gente que no le escucha; y eso es, a mi entender, más digno de un sabio que la indignación. Probablemente todos recuerdan las cosas que dijo Sócrates al morir y lo que decía generalmente a la gente que no estaba de acuerdo con él.
Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano, p. 28


Tomemos una posición coherente, Bertrand: o no creemos nada de lo que dicen los Evangelios, o creemos sólo lo que de sensato tienen. Porque creer en el Jesús que ofrecía su otra mejilla cuando le abofeteaban la primera y creer al mismo tiempo que este Jesús se indignaba con quienes no lo escuchaban es creer que el azúcar puede endulzar y salar a la vez. Si Jesús se indignaba con quienes no lo escuchaban, entonces ese mismo Jesús le rompía los dientes a quien lo abofeteaba. Si, en cambio, no se inmutaba ante las agresiones, entonces menos se inmutaba si alguien no quería escucharlo. En alguno de estos dos pasajes se nos está mintiendo, y es raro que vos, Bertrand, no percibas la mentira[1]. Por otra parte, ¡¿cómo podés contraponer a la figura de Jesús la de Sócrates, si cualquiera puede darse cuenta de que Sócrates fue uno de sus principales espejos?! ¿No te preguntaste nunca qué fue de su vida durante sus años de juventud de los que los Evangelios no hablan? Investigá un poco, e investigate un poco, y tal vez descubras que anduvo estudiando filosofía griega con grandes maestros, que a su vez lo llevaron a conocer el Oriente budista, taoísta, confuciano y mazdeísta, en donde pasó largos años. El filósofo Jesús no nació de un repollo, Bertrand. Tuvo padres, y Sócrates fue uno de ellos
 [2].

... Luego, Cristo dice: "enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y quitarán a su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran la maldad; y los arrojarán en el horno del fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes". Y continúa extendiéndose con los gemidos y el rechinar de dientes. Esto se repite en un versículo tras otro, y el lector se da cuenta de que hay un cierto placer en la contemplación de los gemidos y el rechinar de dientes, pues de lo contrario no se repetiría con tanta frecuencia.
Ibíd., p. 29

Pero ¿quién era el que se deleitaba repitiendo esa frase, Jesús, o el que escribió los Evangelios, que es el único del que ciertamente sabemos que la empleaba constantemente? Los judíos estaban acostumbrados a la hecatombe; sacrificaban bueyes y corderos en cuanta oportunidad les dieran. Creía esa raza bárbara que estos sacrificios agradaban a su Dios Jehová, y por lo tanto los gemidos que lanzaban los pobres animales eran como música para el alma de los sacrificadores, porque anunciaban la muerte que serviría, o bien de ofrenda, o bien como expiación de los propios pecados. No sería raro entonces que los judíos se sintieran bien al escuchar esos lamentos, y que les hicieran propaganda en cuanto lugar pudieran, incluidos los versículos del Nuevo Testamento.

Luego está la curiosa historia de la higuera, que siempre me ha intrigado. Recuerdan lo que ocurrió con la higuera. "Tuvo hambre. Y como viese a lo lejos una higuera con hojas, en camino se halla por ver si encontraba en ella alguna cosa: y llegando, nada encontró sino follaje; porque no era a un tiempo de higos; y hablando a la higuera le dijo: «nunca jamás, ya nadie tomará fruto de ti»... y Pedro... le dijo: «Maestro, mira cómo la higuera que maldijiste se ha secado». Esta es una historia muy curiosa, porque que ya no era la época de los higos, y en realidad no se puede culpar al árbol. Yo no puedo pensar que, ni en virtud ni en sabiduría, Cristo esté tan alto como otros personajes históricos. En estas cosas, pongo por encima de él a Buda y a Sócrates.
Ibíd., p. 30

En lo único en que Buda y Sócrates superaron a Jesús es en haberse sabido rodear de discípulos que supieran escribir y así poder retratar sus vidas más o menos verídicamente. Jesús no tuvo un Platón o un Ananda como aprendiz; su reputación histórica sería hoy mucho más admirable de haber tenido esa suerte. Y respecto a la historia de la higuera, quien crea que Jesús era capaz de putear a un árbol porque éste no tenía frutos en la época en que nunca los tiene...; quien crea que, además de putearlo, era capaz de secarlo mágicamente, sin tomarse la molestia de quitarles la humedad a sus raíces por algún medio que no entre en contradicción con las leyes de la naturaleza...; quien crea que esta historia es verdadera, cree también que los chinos viven cabeza abajo y agarrados a los árboles para no caer al vacío.

Uno halla, al considerar el mundo, que todo el progreso del sentimiento humano, que toda mejora de la ley penal, que todo paso hacia la disminución de la guerra, que todo paso hacia un mejor trato de las razas de color, que toda mitigación de la esclavitud, que todo progreso moral realizado en el mundo, ha sido obstaculizado constantemente por las iglesias organizadas del mundo. Digo deliberadamente que la religión cristiana, tal como está organizada en sus iglesias ha sido, y es aún, la principal enemiga del progreso moral del mundo.
Ibíd., p. 31

Hay una confusión en tu cráneo, Bertrand. La Iglesia como institución no sólo no es algo sinónimo a la verdadera religión, sino que además, como regla casi general, se le contrapone. Vos sos el típico ejemplo del que razona de la siguiente manera: "La Iglesia es corrupta e inmoral; luego, Dios no existe". Por supuesto que tu conciencia negará este infantilismo y lo cubrirá de racionalizaciones, pero ¿sabés una cosa?: no le creo a tu conciencia más que a tus impulsos de desprecio, que por otra parte son exagerados, porque de creer, como creo yo, que la iglesia fomenta ciertos vicios en el corazón de la gente, a creer que es "la principal enemiga del progreso moral del mundo", hay un abismo, un abismo de odio que no sé en dónde lo aprendiste, pero seguramente no te lo enseñó un cura.

A todos los muchachos les interesan los trenes. Supongamos que se les dice que el interés por los trenes es malo; supongamos que se les venden los ojos siempre que están en un tren o en una estación de ferrocarril; supongamos que nunca se permita que la palabra "tren" se mencione en presencia suya, y se mantenga un misterio impenetrable en cuanto a los medios por los cuales se les transporta de un lugar a otro. El resultado no sería hacer que cesase el interés por los trenes; por el contrario, los muchachos se interesarían más por ellos, pero tendrían una morbosa sensación de pecado, porque este interés se les ha presentado como indecente. Todo muchacho con inteligencia activa, puede, por este medio, convertirse en un neurasténico. Esto es precisamente lo que se hace en materia de sexo; pero, como el sexo es más interesante que los trenes, los resultados son aún peores. Casi todo adulto de la comunidad cristiana tiene una enfermedad nerviosa como resultado del tabú en el conocimiento del sexo cuando era muchacho. Y este sentimiento de pecado, implantado artificialmente, es una de las causas de la crueldad, timidez y estupidez en las etapas posteriores de la vida. No hay motivo racional de ninguna clase para impedir que el niño se entere de un asunto que le interesa, ya sea sexual o de otra clase. Y no tendremos jamás una población sana hasta que este hecho haya sido reconocido en la primera educación, cosa imposible mientras las iglesias dominen la política educacional.
Ibíd., p. 38

¡Bien, Bertrand! Ya ves que, de vez en cuando, coincidimos. Lo que sí, te faltó jugarte un poco más. Te faltó el grito final, el que todos nuestros jóvenes y no tan jóvenes esperan escuchar de parte de un pensador reconocido, y que dice más o menos así: ¡Adolescentes del mundo, masturbaos!

El énfasis cristiano acerca del alma individual ha tenido una profunda influencia sobre la ética de las comunidades cristianas. Es una doctrina fundamentalmente afín a la de los estoicos, nacida, como la de ellos, en comunidades que no podían tener ya esperanzas políticas.
Ibíd., p. 42

Y vos, Bertrand, ¿tenías esperanzas políticas? ¿Sí? ¡Iluso! Después de observar los acontecimientos políticos que signaron desde siempre a la humanidad, ¿quién es más ingenuo, el que cree en la inmortalidad del alma o el que hace votos por una sociedad ideal constitucionalmente regida?[3]

Cuando un hombre actúa de forma que nos molesta, queremos pensar que es malo, y nos negamos a hacer frente al hecho de que su conducta molesta es un resultado de causas antecedentes que, si se las sigue lo bastante, le llevan a uno más allá del nacimiento de dicho individuo, y por lo tanto a cosas de las cuales no es responsable en forma alguna.
Ibíd., p. 48

¡Hasta que dijiste algo trascendente!

No podemos suponer que el pensamiento del individuo sobreviva a la muerte corporal, ya que ésta destruye la organización del cerebro y disipa la energía que utilizaban los conductos cerebrales.
Ibíd., p. 56

Y ¿quién te dijo que la inmortalidad del alma de un individuo equivale a la inmortalidad de su pensamiento? No sé qué sea lo que me sobrevivirá cuando yo muera, ni tengo la certeza de que algo va a sobrevivirme; pero me parece que si hay algo que queda, ese algo no es mi conciencia ordinaria.

No puedo probar que mi concepto de la vida buena sea acertado; sólo puedo exponer mi punto de vista, esperando que lo acepte la mayor cantidad de gente posible.
Ibíd., p. 62

Lo mismo digo.

La educación ética consiste en fortalecer ciertos deseos y debilitar otros.
Ibíd., p. 67

Brillante definición. De paso, digamos que la educación ética es el asunto más noble de todos cuantos ha de encargarse la sociedad.

Pensamos mal de la gente que es derrochadora o temeraria, aun cuando sólo se hagan daño a sí mismos.
Ibíd., p. 68

Los derrochadores se hacen daño a sí mismos pero también a otros, ya que el dinero que emplean en la compra de artículos innecesarios podría muy fácilmente transformarse en comida o abrigo destinados a los niños que diariamente sufren hambre y frío y hasta mueren por eso.

Las guerras […] son el producto de la pasión, no de la razón.
Ibíd., pp. 68-9

No todas las guerras son el producto de las bajas pasiones; hay también guerras producidas por las bajas razones e incluso por los bajos instintos. Generalmente la guerra es el efecto causado por una ingesta colectiva de un cóctel que tiene todos estos ingredientes, aunque en proporciones diversas según el caso.

Un cierto porcentaje de niños tiene el hábito de pensar; uno de los fines de la educación es curarlos de dicho hábito.
Ibíd., p. 72

Lamentablemente es así en algunos casos. Y lo mismo para los jóvenes en las universidades.

Todos los que se han molestado en estudiar la psicología morbosa saben que la virginidad prolongada es, en general, extraordinariamente dañina para las mujeres.
Ibíd., p. 72

Y también, en general, para los hombres.

El fin del moralista es mejorar la conducta del hombre.
Ibíd., p. 80

El verdadero moralista no aspira a mejorar la conducta del hombre sino al hombre completo, que es mucho más que su mera conducta.

La ciencia tiene que aprender con el tiempo a moldear nuestros deseos de modo que no choquen con los de otra gente hasta el punto en que lo hacen ahora; entonces podremos satisfacer una mayor proporción de nuestros deseos. En ese sentido, pero sólo en ese sentido, nuestros deseos se habrán hecho "mejores".
Ibíd., p. 88

Esa es la misión de la ciencia moral.

El mundo en que vivimos puede ser entendido como resultado de la confusión y el accidente; pero, si es el resultado de un propósito deliberado, el propósito tiene que haber sido el de un demonio.
Ibíd., p. 94

Nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira. Quienes son más infelices que felices ven el mundo a través de un cristal opaco que les sugiere un gobierno azaroso o demoníaco; quiénes son más felices que infelices ven el mundo a través de un cristal de brillantes colores que les sugiere que detrás de la máquina está la fuerza del Amor. Pero para llegar a ver la Verdad, es necesario prescindir de todo cristal, de los opacos y de los brillosos, y ver el mundo tal cual es, sin intermediaciones. Mejor así, porque ¿para qué queremos ver a un tipo disfrazado de Rey Momo cuando el tipo disfrazado es el Rey Momo en persona?

Cuando un niño sube los estantes de la cocina y rompe toda la porcelana, los padres suelen enfadarse. Sin embargo, su actividad es esencial para su desarrollo físico. En un medio hecho para los niños, tales impulsos sanos y naturales no necesitan ser contenidos.
Ibíd., de. 142

Viene al caso una frase de Gordon Shumway, el célebre filósofo melmaciano: "Las tradiciones son como los platos: se hicieron para romperse".

El Estado de Nueva York sostiene oficialmente aún [1930] que la masturbación produce locura.
Ibíd., de. 144

Sí, produce locura... a quien la desea y la reprime.

La mayoría de los moralistas han tenido tal obsesión del sexo que han descuidado otras clases de proceder éticamente laudables y mucho más útiles socialmente.
Ibíd. , p. 157

La riqueza material, por ejemplo, es mil veces más nefasta social e individualmente que la promiscuidad sexual.


[1] (Nota añadida el 8/11/12.) "Dice Voltaire, ¿estamos seguros de que Jesús dijese realmente todo lo que los Evangelios ponen en boca suya? ¿Y sabemos, además, qué sentido atribuiría a sus palabras, las cuales, por lo demás, no han llegado a nosotros en su propia lengua y que, siendo como son metafóricas muchas de ellas, admiten las más diversas interpretaciones? [...]. A su juicio, las supuestas sentencias de Cristo cuyo sentido deja menos margen a la duda y a la discusión son aquellas en que se predica el amor de Dios y el amor del prójimo, es decir, la moral común" (David Friedrich Strauss, Voltaire, p. 200).
[2] (Nota añadida el 10/3/6.) Yo no soy el único, ni mucho menos, que compara y equipara la figura del genio judío con la del genio griego; ahí está, por ejemplo, David Friedrich Strauss afirmando que "este Sócrates, que no fue un filósofo encerrado y limitado a un auditorio de escuela, sino un maestro popular y familiar, cuya vida es la expresión acabada de la virtud y de la verdad por el enseñada, que murió mártir de sus convicciones, de sus esfuerzos y la ceguera de sus conciudadanos; este Sócrates ofrece relaciones con Jesucristo, que siempre han admirado los espíritus reflexivos. En efecto, a pesar de la profunda diferencia proveniente del contraste de los dos pueblos y las dos religiones, toda la antigüedad anterior al cristianismo, sin exceptuar la antigüedad hebraica, no presenta figura alguna que tenga más analogía que Sócrates con Jesucristo" (Nueva vida de Jesús, secc. XXIX).
[3] (Nota añadida el 9/11/12.) La palabra "ideal" tal vez esté aquí mal empleada. Russell, me parece, nunca fue partidario de los idealismos sociales ni de las utopías.