Isaac Newton descubrió, al mismo tiempo que
Leibniz, el cálculo infinitesimal, pero también descubrió junto con él —o
supuso descubrir— la realidad de la hipótesis pampsiquista. Newton sentía una gran simpatía por esta teoría. Según él,
espacio y tiempo son sensorios del espíritu universal, y todos los cuerpos
poseen una fuerza activa que puede tranquilamente describirse como voluntad.
Este Newton místico, lamentablemente, quedó opacado por el Newton físico y
matemático, pero la faceta existió.
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martes, 27 de marzo de 2018
lunes, 26 de marzo de 2018
El pampsiquismo de Leibniz
“El reposo —dice Leibniz— no es sino
un movimiento infinitamente pequeño”. Siguiendo en esto a Thomas Hobbes y anticipándose a
la física de partículas moderna, asegura que cualquier compuesto material que a
simple vista parezca detenido, en realidad posee un conatus inherente: aunque no lo percibamos, se mueve. La diferencia
con los físicos actuales estriba en que estos suponen que tales partículas se
mueven por causa de empujes externos, por fuerzas atractivas o repulsivas,
mientras que Leibniz afirma que el conatus
es un principio interno propio de cada partícula, que se mueve —al menos en
ciertas ocasiones— por propio impulso, porque así lo desea[1].
La materia tiene apetitos y también percepción[2].
La filosofía de Leibniz es tan
pampsiquista, tan organicista, que un estudioso de su obra llegó a decir que Leibniz
“es la culminación más perfecta del pensamiento teosófico cosmológico de todos
los tiempos, y sorprende cómo no se ha valorado esta dimensión en su debida
importancia” (Sergio Rodero, "G. W.
Leibniz: de la biología a la metafísica", artículo disponible en internet).
El problema con Godofredo es que su verdadero pensamiento no está tanto en sus
obras editadas en vida sino en sus cartas y manuscritos privados, y entonces es
menester estudiarlo mucho y muy a fondo para descubrir, sin dobleces, la
esencia de su sistema, porque solía escribir y editar no para esclarecer y
esclarecerse sino para congraciarse con sus protectores, y ese tremendo pecado
intelectual solo es disculpable en la medida en que podamos desmalezar el
terreno y encontrar el grano comestible, que por cierto está presente y es
multivitamínico[3].
[1] “¿Podemos acaso dar del alma otra definición
que el movimiento capaz de moverse a sí mismo?” (Platón, Las leyes, cap. X).
[2] Lo de la percepción es
confuso. Leibniz afirmaba que la piedra percibe, pero que no es consciente de
sus percepciones; pero ¿cómo se puede percibir algo sin ser consciente de que
se lo percibe? La percepción implica conciencia de lo percibido; si no, no es
nada. Por eso para mí las piedras, o mejor dicho las moléculas que las
componen, desean y en ocasiones
actúan por propio impulso, pero nada perciben más allá de sus propios deseos y
de los dolores y placeres que estos les provocan.
[3] Respecto del citado Thomas Hobbes, pensador
que algunos estudiosos tildan de más o menos hilozoísta, a mí no me parece que
haya que incluirlo en el grupo, pues alguien que afirma, en su obra capital,
que adscribir apetencias a las cosas inanimadas es absurdo (cf. Leviatán, parte I, cap. II, primer
párrafo), no tiene ningún interés en pasar a la posteridad levantando ese tipo
de banderas.
domingo, 18 de marzo de 2018
Espíritu y materia en el pampsiquismo de Anne Conway
Todo cuerpo es una vida
sentiente. El cuerpo es la parte más grosera y el espíritu la más sutil de una misma
cosa; el cuerpo no es más que el espíritu fijo y condensado, y el espíritu
nada más que el cuerpo volátil y sutilizado.
Anne Conway, Principios
de la más antigua y moderna filosofía
La realidad, para Conway, es espiritual, pero la extensión es también
inherente a esta realidad, de suerte que, con la excepción de Dios, no puede
haber espíritus que no presenten su ingrediente de materia:
La actividad de los
espíritus emanados de Dios ha de ejercerse extensionalmente por razón de su
mutabilidad y limitación; todo espíritu creado, para ser activo, ha de ser él
mismo extenso y denso en alguna medida o grado. Sólo Dios es espíritu
radicalmente inextenso por ser inmutable. De manera que existe
en la naturaleza de las cosas producidas lo que podríamos llamar «PRINCIPIO DE
SUTILIZACION RECURSIVA ASINTÓTICA», que es un principio de continuidad metafísica,
según el cual todo espíritu creado puede ascender y descender gradualmente en
la escala sutilización/densificación, sin llegar nunca al grado infinito de
sutileza, que es solo Dios, ni al grado cero de sutileza —o infinito de
densidad—, ya que de la materia muerta o no-ser no hay ejemplar infinito (Bernardino Orio de Miguel, “Lady Conway. Entre los platónicos de
Cambridge y Leibniz”).
Sostenía Conway que cuanto más sutil y
etéreo es un espíritu, menos materia posee y viceversa. De aquí deduzco que una
persona que pesando setenta kilos, al cabo de algunos días de ayuno pierde,
digamos, unos quince kilos, es una persona que, con toda probabilidad, ha
ganado espiritualidad: cuanto menos masa, más nobleza. Yo he podido comprobar
esto —no de manera científica desde luego, pero igual lo considero una
comprobación— durante mis ayunos de otrora, a través de los cuales, conforme
mis carnes se enmagrecían, mi espíritu se ensanchaba y mis apetitos más bajos
perdían vuelo. Ahora me sucede lo contrario: voy al gimnasio con la intención
de ganar masa muscular, y si la gano, mi espiritualidad se reduce y mis
apetitos más innobles se acrecientan. Un santo gordo, un musculoso altruista,
es una contradictio in adjecto.
lunes, 12 de marzo de 2018
El pampsiquismo de Anne Conway
Las mónadas actúan unas sobre otras a las más lejanas distancias y este es el fundamento de toda la
simpatía y antipatía que ocurre entre las criaturas.
Anne Conway, Principios
de la más antigua y moderna filosofía
Si
el pampsiquismo de Cudworth y de More es controvertido, el de Anne Conway no
deja lugar a dudas. Casi ignorada durante siglos por la filosofía académica,
Conway aparece ahora como una de las intelectuales más originales de su época.
Discípula y amiga de More, su pensamiento se diferenció del de los platónicos
de Cambridge en algunos puntos interesantes. Para ella —nos dice Margaret
Alic—, la naturaleza era una entidad viviente “constituida por mónadas
individuales dotadas de fuerza vital e integradas por el Orden Cósmico. Materia
y espíritu eran intercambiables” (El
legado de Hipatia, p. 20). Tomó de Bruno y de los antiguos –especialmente
del neoplatonismo-- el concepto de mónada y lo incorporó a su sistema, lo que
la convirtió en la precursora de la monadología leibniziana. A su vez, “la
insistencia de Conway en que la materia podía ser transformada monádicamente
en formas más elevadas abrió el camino al desarrollo de las teorías
evolucionistas modernas” (ibíd., p. 21). Murió joven y
no publicó en vida sus ideas, pero su médico personal y amigo íntimo, el
inefable Franciscus Mercurius van Helmont, lo hizo por ella en 1690, y fue
gracias a Van Helmont que le llegaron a Leibniz noticias de esta singular mujer[1].
Fiel a su época, no reniega de
Descartes, pero lo subsume dentro de una propuesta integradora:
Ser cuerpo no es un
atributo real de las cosas, distinto del espíritu; es sólo la inevitable
exteriorización funcional y fenoménica de la actividad del espíritu; no hay,
pues, en el mundo dos clases de sustancias reales e inconmensurables, la «res
extensa» y la «res cogitans»; todo cuerpo es un espíritu sentiente en un
determinado grado de espiritualización/condensación. [...] El resultado es una
concepción energetista y animista del mundo, que pretende salvar la herencia de
la tradición neoplatónica y, a la vez, superar los errores de la «secta
maquinal» de los cartesianos (Bernardino Orio de Miguel,
“Lady Conway. Entre los platónicos de Cambridge y Leibniz”, artículo disponible
en internet).
Conway —comenta otra de sus
exégetas y admiradoras—
asiste al surgimiento de la nueva ciencia y la popularidad de la
explicación mecanicista, la explicación de todos los eventos a través del
movimiento y el impacto, pero ella desea reconciliar mecanicismo y platonismo
[...]. Anne buscó un principio que pudiera dar cuenta de lo espiritual y lo
material en una unidad explicativa de un Universo entendible más como un todo
orgánico y vital que como un mecanismo de relojería compuesto de piezas inertes
de materia. Este principio (unidad) puede considerarse el antecedente claro de
las mónadas de Leibniz, quien habría conocido la obra de la condesa The
Principles of the most Ancient and Modern Philosophy, a través de Van
Helmont, quien presta su nombre para la edición de la obra tras la muerte de
Anne.
[...]
Los cuerpos no solo tienen cantidad y figura, como son definidos por el
esquema mecanicista, sino que además, tienen vida. Y los cuerpos no son solo
movibles localmente o mecánicamente, sino que transmiten y reciben acción
vital. (Inmaculada Perdomo Reyes, “Lady
Anne Conway, filósofa natural”, artículo publicado en internet el 28/2/14).
Y así parece que Leibniz, luego de
anoticiarse de los postulados de Conway, fortaleció sus ideas pampsiquistas:
Mi
posición filosófica es muy cercana a la de la última condesa de Conway, y
mantengo una posición intermedia entre Platón y Demócrito, porque mantengo que
todas las cosas tienen lugar mecánicamente como mantienen Demócrito y Descartes
y en contra de la visión de H. More y sus seguidores, y mantengo al mismo
tiempo, sin embargo, que todo tiene lugar de acuerdo con un principio vital y
de acuerdo a causas finales, que todas las cosas están llenas de vida y
conciencia, de forma contraria a la visión de los atomistas (Leibniz, citado
por Carolyn Merchant en “The Vitalism of Anne Conway: Its
Impact on Leibniz's Concept of the Monad”, artículo publicado por el Journal of
the History of Philosophy, volumen 17,
número 3, julio de 1979, p. 258, disponible en internet).
Revolucionaria
hipótesis: las causas eficientes y las causas finales conviven
armoniosamente, no se repelen. El problema está en saber si la materia, y
nosotros los humanos en tanto que materia, nos movemos debido a causas
eficientes o a causas finales o debido a los dos tipos de causas. Conway era
interaccionista, creía que el espíritu es capaz de mover a la materia, pero yo
adhiero al paralelismo psicofísico y por lo tanto no me está permitida esta
hipótesis. Entonces la duda se me centra en el deseo. ¿Los deseos no mueven
nada? ¿Son solo sensaciones impotentes? Tengo que ponerme a pensar seriamente
en esta cuestión, que presenta varios puntos oscuros.
[1] Como dato de
color podemos decir que Van Helmont “estaba con
ella cuando murió y dispuso que se embalsamara su cuerpo a la espera del regreso de su marido
desde Irlanda. Su cuerpo flotaba en etanol dentro de un ataúd con la tapa de cristal
situado en la biblioteca” (Roger Clarke,
La historia de los fantasmas,
500 años buscando pruebas, capítulo intitulado “Una especie de
América”.)
sábado, 24 de febrero de 2018
El pampsiquismo de los platónicos de Cambridge
El pampsiquismo de los platónicos de
Cambridge es controvertido. Ralph Cudworth, el más conspicuo representante de
este grupo de pensadores religiosos,
explica que la teoría mecanicista
de la materia entendida correctamente conlleva lógicamente a la existencia de
la sustancia incorpórea, como lo hacía su amigo [Henry] More. En True Intellectual System Cudworth afirma
que la sola existencia de la materia en movimiento presupone la noción de algo
no material que la ponga en movimiento. De esta manera, tanto More como
Cudworth concuerdan en comprender lo espiritual como fundamento de lo material.
[...] Este tema se encuentra directamente relacionado con el concepto de
naturaleza plástica, propuesto por el autor, en el cual también se pueden
encontrar características afines al neoplatonismo, en tanto se comprende como
aquello que da unidad y orden al universo, una especie de alma del mundo (Natalia
Strok, “Eriúgena y los Platónicos de
Cambridge”, artículo disponible en Internet).
Sin embargo, según Jerome Schneewind estas naturalezas plásticas actúan
como si tuvieran inteligencia pero sin
conciencia (La invención de la
autonomía, X, 4). Lo mismo entendía William Sorley: la naturaleza plástica que postula Cudworth “persigue fines, pero no
tiene conciencia de ellos” (Historia de
la filosofía inglesa, p. 107). Si además de carecer de inteligencia y de
conciencia, tampoco tienen el atributo del deseo y la potestad de ir en busca
de lo que el deseo exige, el pampsiquismo se ha diluido por completo. Por
desgracia aún no he podido encontrar una traducción al español de la obra
cumbre de Cudworth como para interpretar por propia cuenta lo que quería dar a
entender este pensador cuando hablaba de “naturalezas plásticas”. Por ahora,
suspendo el juicio[1].
[1] (Nota
añadida el 24/3/18.) Cudworth
describe las naturalezas plásticas del siguiente modo: “Son sustancias
incorpóreas, espirituales, inconscientes; causas enérgicas, activas y
operativas, que obran inmediatamente en la materia muerta [...]. El cuerpo no
es más que extensión [...] o masa resistente, nada más que mera exterioridad,
[...] junto con capacidad pasiva; carece de energía interna, autoactividad o
vida; no es capaz de moverse a sí mismo y mucho menos de dirigir
artificialmente su propio movimiento” (Ralph Cudworth, True Intellectual System, citado por Bernardino Orio de Miguel en
“Lady Conway. Entre los platónicos de Cambridge y Leibniz”, artículo disponible
en internet). Después de semejante declaración, quedan pocas dudas respecto del
carácter no pampsiquista de la filosofía de Cudworth.
martes, 13 de febrero de 2018
Más pampsiquismo
De todos los resultados absurdos que se pueden
encontrar en el libro de Chalmers, el pampsiquismo es el más absurdo de todos,
y nos hace pensar que hay algo de radicalmente erróneo en la tesis que lo
implica.
John Searle, El misterio de la conciencia
Dos
cosas que nada tienen en común no pueden ser causa la una de la otra.
Baruch
Spinoza, Ética, 1ª parte, prop. III
Doy
a continuación a publicidad un fragmento de un ensayo del doctor (doctor en
filosofía) José Luis San Miguel de Pablos, incluido en su libro Filosofía de la naturaleza:
[...]
“pampsiquismo” ha sido y es todavía un término que provoca rechazo. Los motivos
de ello son variados, pero a mi entender podrían resumirse en que la idea en
cuestión choca tanto con la tradición del materialismo científico (“el sustrato
último de todo es una materia absolutamente aconsciente”) como con el estricto
dualismo sustancial de una cierta dogmática. Está también la confusión de pampsiquismo con
antropomorfismo: el “todo está lleno de dioses” de Tales, tomado al pie de la
letra. Pero no es eso. No es en absoluto verosímil que, por ejemplo, un
electrón sea un pequeño elfo danzante, pero sí podría serlo que “algo”
elementalísimamente interior esté presente incluso en el electrón, sin –por
supuesto– el más mínimo atributo antropomorfo. Pienso que un argumento de
cierto peso puede ser el siguiente: hace tiempo que quedó obsoleta la
concepción cartesiana del “animal autómata”
y, en el ámbito cristiano, Francisco de Asís ha ido ganando cada vez más
terreno frente a la tradicional dogmática del “solo nosotros tenemos alma y
conciencia”, con lo cual quiero decir que la inmensa mayoría de los hombres y
mujeres de hoy en día admitimos que los animales superiores poseen conciencia
al menos sintiente, siendo no pocos los que --abiertamente en privado y más
comedidamente en el ámbito académico-- sostienen con convicción que algunos la
tienen también afectiva y comunicante. Ahora bien, si los animales superiores
no son máquinas sino entes conscientes, que no deben, por eso mismo, ser
torturados ni maltratados... ¿en qué punto se acaba –o empieza– esa cualidad,
yendo hacia atrás en la escala evolutiva? Dicho de otro modo, ¿cuál es el
primer ser vivo con conciencia sintiente rudimentaria? ¿Es posible acaso fijar
un inicio absoluto de la conciencia animal o, más generalmente, orgánica? La obvia dificultad de concebir o evocar una
conciencia elementalísima no es argumento en contra suficiente, ya que todo el
mundo reconoce que la capacidad humana de representación intuitiva tiene sus
límites. Pienso que en este caso, como en otros, la coherencia es lo que
importa.
Quizás convenga
recordar algunas de las cartas de nobleza de la tradición pampsiquista. No es
simplemente una concepción “arcaica” (y se puede, por lo demás, cuestionar que
todo lo arcaico tenga que ser necesariamente falso). El pensamiento griego
alimentó mayoritariamente una visión pampsíquica del universo de gran
profundidad y sutileza que adelantaba a veces la concepción sistémica de la
naturaleza, como sucedía con el cosmo-organicismo estoico. El alma neoplatónica
del mundo contiene multitud de pequeñas almas que recuerdan las mónadas que,
siglos después, postuló Leibniz. El pilar helénico de nuestra cultura no puede
entenderse despojado de esa metafísica pampsíquica, no siempre ingenua o
supersticiosa, que es una de sus componentes fundamentales.
Diga lo que diga
Searle, la posibilidad de un tejido pampsíquico del universo no es absurda.
Desde la perspectiva que proporciona tal noción, lo evolucionariamente
emergente no sería la esencia silenciosa e indefinible de la conciencia sino su organización en mónadas
–exigida por un cosmos “sistémico”, de estructura compleja y múltiple dentro de
su unidad global– junto con el surgimiento de las propiedades superiores de
sentimiento, pensamiento y reflexividad (o autoconciencia). Es muy cierto que
algunas de las formas más afinadas del emergentismo llegan a sugerir esta misma
concepción, pero la mayoría o no lo hace o bien solo implícitamente y de forma
bastante temerosa. Teilhard constituye por cierto un caso aparte, ya que él sí
defiende con toda claridad este punto de vista, en textos como el siguiente:
El cosmos no podría ser interpretado como un polvo
de elementos inconscientes sobre los que afloraría, incomprensiblemente, la
Vida, como un accidente o un moho. Sino que es, fundamental y primeramente,
vivo, y toda su historia no es, en el fondo, más que un inmenso proceso
psíquico; la lenta pero progresiva unión
de una conciencia difusa, escapando gradualmente a las condiciones “materiales”
con que la oculta secundariamente un estado inicial de extrema pluralidad.
Desde este punto de vista, el Hombre, en la Naturaleza, no es más que una zona
de emersión en la que culmina y se revela, precisamente, esta evolución cósmica
profunda (Pierre Teilhard de Chardin, La
energía humana, Taurus, Madrid, 1963,
p. 25).
La visión del mundo teilhardiana [...]
abre un espacio adecuadísimo para debatir el apasionante tema de la relación
entre psiquismo y materia, entre universo y conciencia (San Miguel de Pablos, Filosofía de la naturaleza, cap. 18 [pp.
282 a 284]).
lunes, 5 de febrero de 2018
Historia del pampsiquismo
El pampsiquismo,
también llamado hilozoísmo (porque las diferencias entre estos términos son de
orden técnico y las voy a despreciar por el momento), constituye una hipótesis
metafísica que incluye básicamente dos proposiciones: 1) que todo ente material
tiene deseos, y 2) que todo ente material tiene voluntad, es decir, que tiene
la capacidad de moverse por sí mismo, sin ayuda de empujes externos, para ir en
busca de la consecución de sus deseos. El más antiguo anunciador de esta
doctrina fue Tales de Mileto. “Algunos afirman que el alma se halla entreverada
en el todo. Posiblemente es este el motivo por el que Tales pensó que todo está
lleno de dioses”, dice Aristóteles desde su tratado Acerca del alma. El
imán, según Tales, posee alma puesto que mueve al hierro. Continuó con esta tendencia Heráclito, para quien el
universo es un “fuego vivo” que se enciende y se apaga con arreglo a leyes.
Para Heráclito todo tiene movimiento propio, la característica principal de
todas las partículas materiales es el dinamismo. También los estoicos
defendieron estas teorías, lo mismo que Platón y su alma del mundo: “Debemos afirmar que este universo llegó a ser verdaderamente un
viviente provisto de alma y razón por la providencia divina” (Timeo,
30-b). Aristóteles se opuso, aunque atribuyó deseos y voluntad a los vegetales.
Los pensadores neoplatónicos reivindicaron en general estas ideas, en especial
Plotino, que no concebía ninguna materia puramente extensa y muerta, pero en la
Edad Media el pampsiquismo se desdibujó por influencia de la doctrina
patrística y de la escolástica, que tendieron a negar el atributo del deseo no
solo a la materia inorgánica sino incluso a los animales, de quienes se decía
que eran como máquinas carentes de sensación y de emociones, meros artefactos
al servicio del hombre. Por suerte apareció, en medio de tan grande
ofuscamiento, Nicolás Copérnico, quien escribió en su obra cumbre lo siguiente:
“Estimo que la gravedad no es otra cosa que una apetencia natural, infundida en
las partes por la divina providencia del creador de todas las cosas” (Las revoluciones de las esferas celestes,
libro I, cap. IX). Se alineó junto a él Francis Bacon; el fundador de la
ciencia moderna veía en todas partes fuerzas vivas, repugnancias y apetitos. “Al modo de los poetas —comenta
Hipólito Taine—, puebla la naturaleza de instintos y de inclinaciones; atribuye
a los cuerpos una verdadera voracidad; al aire una especie de sed por la luz
[...]; a los metales una especie de precipitación por incorporarse a las aguas
fuertes” (Historia de la literatura
inglesa, tomo I, libro segundo, cap. 1, § 3, secc. VI, pp. 357-8). Otro pensador filosófico muy renombrado en aquel
entonces, Lucilio Vanini,
creía, igual que Bacon, que la materia inorgánica posee apetitos. Algo parecido
manifestó Giordano Bruno, agregando que toda la materia se mueve a la vez por
causas eficientes y por causas finales. La necesidad interior de cada ser
—decía— lo lleva a la conservación de sí mismo; todo ser o agente tiende a un
efecto determinado, que es su fin, pues si no tendiera a él, todos los efectos
le serían indiferentes y no produciría ninguno. La teleología y la mecánica
aparecen así reunidas, y la razón misma de la causa eficiente está comprendida
en la causa final. Dentro de esta camada de intelectuales italianos resaltan también Bernardino
Telesio y Tomás Campanella. Telesio decía que todo en el universo es producido
por el calor y el frío actuando sobre la materia: toda masa corpórea “siente”
el calor y el frío. Lo secundó en estas ideas Tomás Campanella, quien se
convirtió en el gran sistematizador de la filosofía pampsiquista del
Renacimiento. Según Campanella todos los seres, orgánicos o no, viven en Dios,
lo desean y lo aman. Del ser de toda cosa es constitutiva una sabiduría innata
por la cual las cosas “gustan”; a las cosas “les place” el ser y “les desplace”
el no ser.
No primó sin embargo este
punto de vista luego de que irrumpiera en escena la filosofía cartesiana con su
mecanicismo a cuestas. Entre Descartes, Hobbes y Spinoza relegaron a un segundo
plano cualquier hipótesis teleológica[1], y por este carril se
deslizó la filosofía occidental desde el siglo XVII hasta el presente, pese a
los esfuerzos de algunos pocos notables pensadores que se le opusieron, como el
grupo de los llamados platónicos de Cambridge, además de Alfred Russell Wallace y
Alfred Whitehead, en Inglaterra; Diderot, Cabanis, Robinet y Teilhard de Chardin en Francia;
Leibniz, Goethe, Schopenhauer, Lotze, Eduard von Hartmann y el ya citado
Fechner en Alemania[2].
Hoy en día los
pensadores “académicos” toman al pampsiquismo como una hipótesis filosófica
hija de los tiempos del animismo prehistórico, hipótesis muerta y sepultada
debido a los avances de la ciencia. Son pocos los pensadores de renombre que se
atreven a defenderlo, la mayoría porque no lo considera viable y una minoría
que sí cree en él pero se guarda sus comentarios por temor a la burla. Contra
todos ellos se levanta, casi solitariamente, el australiano David Chalmers:
"Deberíamos tomar en serio la posibilidad de algún tipo de pampsiquismo:
no parece existir ningún argumento concluyente en contra de este enfoque y
existen varias razones positivas para adoptarlo" (La mente consciente,
cap. 8, secc. 4). No es de ningún modo el pampsiquismo-hilozoísmo un concepto
presocrático pasado de moda que ningún pensador serio y prestigioso podría
sostener hoy en día. La Verdad nunca pasa de moda, nunca se oxida. No estoy
diciendo que tenga yo pruebas de que el pampsiquismo es verdadero; ni me jacto
de tenerlas ni las necesito. Yo intuyo
que la hipótesis pampsiquista es verdadera, nada más que eso. Y que sean
escasos los pensadores que me acompañan en este asunto no es algo que me
moleste. En filosofía la democracia no funciona, raramente son las mayorías las
que dan en la tecla.
[1] Descartes no rechazó la existencia de las causas finales, pero negó
que pudiésemos conocer los designios de Dios, de manera que la investigación
teleológica, en la práctica, se le antojaba inútil.
[2] El hecho de que se adoptara en Occidente, a partir
de Descartes, una concepción puramente mecánica de la naturaleza, trajo, según
Carolyn Merchant, nefastas consecuencias políticas y ecológicas: “Antes de la
revolución científica, la mayoría de la gente común asumía que [...] la tierra
era una madre afectuosa, y que el cosmos estaba vivo, no muerto. [...] La
eliminación del animismo, de los supuestos orgánicos sobre el cosmos constituyó
la muerte de la naturaleza [...]. Debido a que la naturaleza es ahora considerada
como un sistema de partículas muertas, inertes, movidas por fuerzas externas en
lugar de inherentes, el marco mecánico en sí podría legitimar la manipulación
de la naturaleza. Por otra parte, como marco conceptual, el orden mecánico
había asociado un marco de valores basados en el poder, totalmente compatible
con las direcciones tomadas por el capitalismo comercial” (Carolyn Merchant, Ecología Radical: La búsqueda de un mundo habitable, artículo disponible en internet).
sábado, 3 de febrero de 2018
Gustav Fechner y el libre albedrío
Gustav Fechner, al igual que yo, era
pampsiquista. Decía que todos los animales, todas las plantas y todos los
astros tienen alma, pero lo curioso es que les adjudicaba a esas almas, no a
todas pero sí al menos al alma humana, una voluntad libre independiente de la
voluntad divina. Esto constituye una inconsecuencia en su doctrina. Si el
cuerpo de Dios es el mundo, y nosotros somos órganos de dicho cuerpo, ¿no se
deduce de aquí que nosotros, en tanto que órganos, dependemos de las órdenes
del cuerpo para movilizarnos, que carecemos de cualquier autonomía que nos
pueda llevar a desoír las sugerencias del cuerpo íntegro y hacer lo contrario
de lo que nos prescribe? A mí me parece de lo más claro que si adoptamos esta
filosofía de concebir al mundo como un ser vivo y a todas las criaturas como
partes constituyentes de ese ser divino, dichas criaturas no pueden tener algo
así como una voluntad libre, sino que deben depender, deben estar manipuladas
por el ser dentro del cual operan. Sería como si un músculo de nuestro brazo
por ejemplo, quisiera moverse con independencia de las órdenes que recibe del
sistema nervioso. Puede un músculo moverse involuntariamente, pero esto
significa simplemente que se mueve contra la voluntad consciente, nunca en
contradicción con los resortes que, inconscientemente, los nervios activan. Yo
no le ordeno a mi corazón que palpite pero igual palpita, porque se lo ordena
mi cerebro, lo quiera yo o no lo quiera. Y del mismo modo, no puede una
persona, si la estamos considerando como un organismo dependiente de un Todo
que la incluye, no puede realizar actos por propia cuenta, porque el Todo es el
que manda. Fechner no lo creía así, y dedica el capítulo VIII de La cuestión del alma a intentar probar
que la idea del libre albedrío no es incompatible con su sistema. Falla desde
luego, como falló Leibniz en su Teodicea
en similar encrucijada, con la diferencia de que Leibniz me parece que creía, en
su fuero interno, que lo del libre albedrío era un divague y solo defendía esta
idea para congraciarse con la gente que lo leía, mientras que Fechner estaba
convencido de la existencia de la libre voluntad. Como buen creyente, necesitaba
del amor de Dios y del de todas las criaturas, y como mal creyente, creía que
el acto de amar se haría imposible dentro de un mundo determinista. “¿Cómo se
puede amar algo que funciona como una máquina?” (ibíd., p. 146). Si hubiera
comprendido que el amor no pregunta, no interroga, sobre cuestiones
metafísicas, sino que simplemente se presenta, sin consideraciones racionales
de ningún tipo, si hubiera comprendido esto se habría evitado la escritura de
ese largo capítulo que a nada conduce excepto a la sospecha de que lo que le
interesaba no era la recta trabazón de ideas, ni la posibilidad de poder amar y
que lo amen, sino lo que le interesa a la mayoría de los que adhieren a esta
idea eclesiástica de la libre voluntad: el castigo, en esta vida o en la otra,
a todas las personas que consideramos pecadoras.
Otro ídolo que se me cae, y van…[1]
[1] El libre albedrío, en la mente de un
cristiano, suele anexarse a la idea de que debemos actuar bien con el objetivo
de granjearnos algún beneficio (eventualmente el cielo), o evitarnos algún
dolor de cabeza (eventualmente el infierno). Actuar bien desinteresadamente,
sin ningún objetivo a la vista, es un desiderátum que se acerca más al concepto
de gracia divina que al de una voluntad enteramente libre. John Smith, pensador
inglés del siglo XVII, llegó a una parecida conclusión: una vez que vemos que a
Dios no hay que servirlo para ganar algo sino por amor —pensaba—, ya veremos
por qué no necesitamos ni debiéramos reivindicar la posesión de un libre albedrío
de tipo extensivo (cf. Jerome Schneewind, La
invención de la autonomía, X, 5).
viernes, 2 de febrero de 2018
Vida y materia
Gustav Fechner especulaba sobre
cuestiones metafísicas partiendo de proposiciones físicas o científicas, y
afirmaba que este era el único método de hallar alguna verdad trascendente. Yo
creo que existe otro método, mejor que el de la experiencia, para descubrir
verdades trascendentes, y es el método de la intuición; pero no descarto que se
puedan descubrir verdades metafísicas a través de la experiencia o extrapolando
la experiencia. Pongamos por caso el tema del pampsiquismo. Si yo entiendo,
como entienden hoy la mayoría de los biólogos, que la materia orgánica surgió,
a través de alteraciones fisicoquímicas, de la materia inorgánica, parece
lógico suponer que habiendo conciencia en la materia orgánica, esta conciencia
ya estaba conformada en la materia inorgánica de la que la materia orgánica
surgiera. Así, el pampsiquismo, que es una hipótesis completamente metafísica,
porque es indemostrable, se agarra del evolucionismo y se aferra a él como una
prueba de su realidad, prueba no contundente, pero evidentemente razonable. Es
más juicioso decir que la conciencia ya está incluida entre los atributos de lo
inorgánico que afirmar que lo orgánico, al momento de surgir de lo inorgánico,
se “crea” una conciencia, se calza una conciencia como quien se calza los
zapatos, y sale a disfrutarla. Si es verdad eso de que nada sale de la nada, es
probable que las vivencias que los seres superiores experimentamos no nos hayan
surgido evolutivamente de la nada, sino de la materia inerte a partir de la
cual, con toda probabilidad, empezamos a desarrollarnos.
jueves, 1 de febrero de 2018
El cuerpo de Dios
Leo a Gustav Fechner:
Si
el mundo, la tierra a nuestro alrededor, es una tumba, entonces en la muerte el
alma cae con el cuerpo en esa tumba; si el mundo alrededor nuestro es el cuerpo
vivo de Dios, y la tierra alrededor nuestro una parte de ese cuerpo con alma
divina, si lo inferior está incluido en lo superior, y finalmente todo tanto
aquí como allá está incluido en Dios, entonces nuestra muerte es solo un caso
particular del cambio de materia y del cambio de asiento espiritual en el
cuerpo vivo de Dios, una caminata desde la estrecha celda hasta la casa más
amplia (La cuestión del alma, cap.
VII, p. 132).
Una sublime visión poética de la cuestión metafísica por
excelencia. Y por ser tan bella, aumentan las posibilidades de que sea
verdadera.
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