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jueves, 2 de septiembre de 2010

La concepción moral de Jean-Marie Guyau a través del análisis de dos de sus obras (primera parte)

Apéndice II de La ética y la moral:

La concepción moral de Jean-Marie Guyau
a través del análisis de dos de sus obras
[1]







1°) Esbozos de una moral sin obligación ni sanción (1885).

Imaginemos un navío en la tempestad, subiendo y descendiendo sobre la cresta de las olas; la línea que sigue podría ser representada mediante una serie de curvas, en la que una rama señala la dirección del abismo y la otra la superficie de las aguas: si en un momento del trayecto, la curva descendiente se lo llevase definitivamente, sería el índice de que el barco se hunde y va a naufragar. Lo mismo ocurre en la vida, zangoloteada entre las olas del placer y del dolor; si se representan esas ondulaciones mediante líneas y la línea del dolor se alarga más que la otra, es que zozobramos. El trazado que la sensación imprime en nuestra conciencia no es más que una figura representando la marcha misma de la vida; y la vida, para subsistir, debe ser una perpetua victoria del placer sobre el dolor (Jean-Marie Guyau Esbozos de una moral sin obligación ni sanción, p. 39-40).

Los budistas tienen razón al decir que la vida es dolorosa; pero se olvidan de que también es placentera, y lo más importante: que los placeres necesariamente superan a los dolores.

En lo moral, como en lo físico, el ser superior es aquel que une la sensibilidad más delicada a la voluntad más fuerte; en él, el sufrimiento es, sin duda, más vivo, pero provoca una reacción de la voluntad más viva todavía; sufre mucho, pero, asimismo, obra más, y como la acción es siempre goce, éste domina generalmente a su pena (ibíd., p. 40).

El individuo maniacodepresivo está en el último escalón de la evolución humana.

Llegamos a la conclusión de que cierta dosis de felicidad es una condición misma de la existencia. [...] una raza pesimista, y que realizara de hecho su pesimismo, es decir, que aumentara mediante la imaginación la suma de sus dolores, una raza tal, no subsistiría en la lucha por la existencia. Si la humanidad y las otras especies animales subsisten, es, precisamente, porque la vida no es demasiado mala para ellas. Este mundo no es el peor de los mundos posibles, porque, en definitiva, existe y perdura. Una moral del aniquilamiento, propuesta a un ser viviente cualquiera, parece, pues, un contrasentido. En el fondo, es una misma razón la que hace la existencia posible y deseable (p. 42).

Los placeres superiores, que toman cada día mayor parte en la vida humana --placeres estéticos, placer de razonar, de aprender y de comprender, de investigar, etc.-- requieren mucho menos de las condiciones exteriores, y son mucho más accesibles a todos que los placeres netamente egoístas. La felicidad de un pensador o de un artista, es una felicidad barata. Con un pedazo de pan, un libro o un paisaje, se puede gustar un placer infinitamente superior al que experimenta un imbécil en un coche blasonado tirado por cuatro caballos.
Estos placeres son, pues, a la vez más íntimos, más profundos y más gratuitos (sin serlo siempre enteramente). Tienden a dividir a los seres mucho menos que los placeres inferiores.
Así, por una evolución natural, el origen de una gran parte de nuestros placeres, parece volver a pasar del exterior al interior. El sujeto sensible puede hallar en su propia actividad, y a veces independientemente de las cosas, una variada fuente de goces. ¿Podrá deducirse de aquí, que se encerrará en sí mismo y se bastará como se bastaba el sabio estoico? Lejos de ello: los placeres intelectuales se distinguen por ser a la vez los más interiores del ser y los más comunicativos, los más individuales y los más sociales. Reunid a pensadores o estetas (siempre que no existan rivalidades personales entre ellos), se estimarán con mucha mayor rapidez y siempre más profundamente que otros hombres; reconocerán de inmediato que viven en el mismo mundo, el del pensamiento, se sentirán de una misma patria. Ese lazo que se establecerá entre ellos ligará también su conducta y les impondrá en sus relaciones recíprocas una especie de obligación particular, es un lazo emocional, una comunidad producida por la armonía completa o parcial de sensibilidades y pensamientos.
Los placeres humanos, a medida que avanzamos, parecen tomar un carácter cada vez más social y sociable. La idea llega a ser una de las fuentes esenciales de placer. Ahora bien, la idea es una especie de contingente común a todas las cabezas humanas, es una conciencia universal donde están más o menos reconciliadas las conciencias individuales. Al aumentar la parte de la idea en la vida de cada uno, resulta que la parte de lo universal aumenta y tiende a predominar sobre lo individual. Las conciencias se hacen, pues, más penetrables. El que llega hoy al mundo está destinado a una vida intelectual mucho más intensa que hace cien mil años, y, sin embargo, a pesar de esta intensidad de su vida individual, su inteligencia se encontrará, por decirlo así, mucho más socializada; poseerá mucho menos propio, precisamente porque es mucho más rica. Lo mismo en lo que se refiere a su sensibilidad (pp. 103-4-5).

Un ejemplo característico de sentimiento moral impulsivo o irreflexivo, nos ha sido proporcionado por los pobres obreros en una calera de en los Pirineos: habiendo descendido uno de ellos al horno para enterarse de no sé qué desperfecto, cayó asfixiado; otro se precipita a socorrerlo y cae. Una mujer, testigo del accidente, pide ayuda; otros obreros acuden.
Por tercera vez un hombre desciende al horno incandescente y sucumbe instantáneamente. Un cuarto, un quinto, saltan y sucumben. No quedaba más que uno; este avanza y se dispone a saltar, cuando la mujer que se encontraba allí, se aferra a sus vestiduras y, medio loca por el terror, lo retiene en el borde.
Tiempo después, habiéndose trasladado el tribunal al lugar de los hechos para levantar el sumario, se interrogó al sobreviviente acerca de su irreflexiva abnegación, y, al intentar demostrarle gravemente un magistrado la irracionalidad de su conducta, dio esta respuesta admirable: «Mis compañeros se morían; era preciso ir allí» (pp. 108-9).

Este sentimiento moral impulsivo e irreflexivo es el que denota con mayor grado de veracidad la condición ética en la que se halla realmente un individuo. No todos los individuos valientes son a la vez buenos[2], pero todos los buenos son necesariamente valientes, y es precisamente la valentía, la hombría de bien, lo que más salta a la vista en el ejemplo antedicho y lo que casi no aparece dentro de la conducta de muchos teóricos de la moral entre los que yo estoy presente.
Pero no. No sé si es tan así. Presiento que este tipo de individuos son tan buenos para salvar a sus compañeros en desgracia como también serían buenos, en potencia, para colocarse una bomba en el pecho y entrar con ella a la embajada de un país enemigo. Son los kamikazes de la ética. No estoy negando con esto la bondad intrínseca del que se comporta heroicamente, sólo digo que no basta una actitud heroica para deducir instantáneamente la moralidad del individuo interviniente.
Hay que ser valiente, pero también inteligente para discernir los lugares, los tiempos y las circunstancias correctas que nos posibiliten desarrollar nuestra valentía, y también hay que amar al prójimo concientemente para que nuestro amor nos impida utilizar nuestra valentía en contra de otros seres.

Cualquiera que se analice excesivamente, es necesariamente desdichado (p. 125).

¿Será?

Es preciso ver si el peligro, aun independientemente de toda idea de obligación moral, no es un medio útil al desarrollo de la vida misma, un excitante poderoso de todas las facultades, capaz de llevarlas a su máximo de energía, y capaz también de producir un máximo de placer (p. 133).

No se puede disfrutar de la vida sin exponer nuestro estado físico a un permanente peligro. La búsqueda de la seguridad a cualquier precio es uno de los tantos factores que contribuyen a que las sociedades actuales sean aburridas e infelices.

Un grupo de monos acaba de descubrir a un cocodrilo con el cuerpo oculto en el agua y la gran boca abierta a fin de atrapar al que pase a su alcance; parecen ponerse de acuerdo, se aproximan poco a poco y comienzan su juego, siendo por turnos actores y espectadores. Uno de los más ágiles, o de los más imprudentes, llega, de rama en rama, hasta una respetuosa distancia del cocodrilo, se suspende por una pata, y, con la destreza de su raza, avanza, se retira, tan pronto golpeando con una pata a su adversario, como simulando hacerlo. Otros, divertidos por ese juego, quieren tomar parte; pero, como las otras ramas estaban demasiado elevadas, forman la cadena, sosteniéndose unos a otros suspendidos por las patas; de esta forma se balancean, mientras que el que está más próximo al anfibio, lo atormenta a su gusto. A veces, la terrible mandíbula se cierra, pero sin atrapar al audaz mono: entonces se producen gritos de alegría y brincos; pero a veces, una de las patas es alcanzada por la boca del cocodrilo, y el volatinero es arrastrado bajo las aguas con la velocidad del rayo. Entonces toda la bandada se dispersa lanzando gritos y gemidos, lo que no les impide volver a comenzar el juego algunos días, y, quizás, hasta algunas horas después (Henri Mouhot, Viaje por los reinos de Siam y de Camboya, citado por Guyau en la p. 134).

En los animales superiores, el instinto de conservación se ve frecuentemente opacado por el instinto de aventura, lo que a mi criterio indica que para ellos el vivir es un detalle anecdótico: sólo les interesa el placer que puedan experimentar mientras viven. Lo que rara vez hacen los monos es adaptar este instinto aventurero para ponerlo al servicio del instinto de conservación de la especie, o sea, procurarse el placer del peligro pero a través del instinto de riesgo utilitario, cosa que sí saben hacer muy bien los hombres.
La especie humana, poco a poco, dejará de ser guerrera, pero no por eso se volverá cobarde. En vez de arriesgarse para matar a alguien, se arriesgará por salvarlo[3].
Hagamos notar que el placer de la lucha se transforma sin desaparecer, ya se trate de la lucha contra un ser animado (guerra o caza), contra obstáculos visibles (mar, montaña), o contra cosas invisibles (enfermedades que sanar, dificultades de todo género a vencer). La lucha toma siempre el mismo carácter de duelo apasionado. El médico que parte para el Senegal está comprometido a una especie de duelo con la fiebre amarilla. La lucha pasa del dominio de las cosas físicas al intelectual sin perder nada de su ardor y de su exaltación. Puede pasar también al dominio propiamente moral: hay una lucha interior de la voluntad contra las pasiones tan cautivante como cualquier otra, y en la que la victoria produce una alegría infinita (pp. 135-6).

¿Comprendéis ahora por qué Jesús dijo que no venía a traernos paz, sino espada?
Guyau coincide conmigo acerca del futuro del instinto de riesgo utilitario:

El hombre tiene necesidad de sentirse grande, de tener por instantes conciencia de la sublimidad de su voluntad. Esta conciencia la adquiere en la lucha: lucha contra sí mismo y contra sus pasiones, o contra obstáculos materiales e intelectuales. Ahora bien, esta lucha, para satisfacer la razón, debe tener un objeto. El hombre es un ser demasiado racional como para aprobar plenamente a los monos de Camboya que juegan por placer con la boca de los cocodrilos; la embriaguez del peligro existe por momentos en cada uno de nosotros, aun en los más tímidos, pero este instinto del peligro exige ser puesto en acción más razonablemente. [...] La necesidad del peligro y de la lucha, a condición de ser utilizados por la razón, adquiere una importancia moral tanto más grande cuanto que es uno de los raros instintos que no tienen dirección fija: puede ser empleado sin resistencia para todos los fines sociales (p. 136).

Y dos páginas más adelante asegura que

aun en el fondo de la mayoría de los criminales, se halla un instinto precioso desde el punto de vista social y que sería preciso utilizar: el instinto de aventura.

¡Qué desperdicio que gente tan valiente como los chorros se pudra en las cárceles! El sistema judicial suele ser el símbolo de la victoria de los cobardes sobre los valientes.

La sociedad religiosa (y toda moral absoluta parece la última forma de la religión), esa sociedad enteramente unida por una comunidad de supersticiones, es una forma social de las antiguas épocas, que tiende a desaparecer y que sería extraño tomar por ideal. Los reyes se van; los sacerdotes se irán también (p. 155).

Amén. Que se vayan los sacerdotes y que vengan los santos. La vida de Francisco de Asís fue más fructífera que la de todos los papas juntos.

En general, lo que llamamos justicia es una noción completamente humana y relativa; sólo la caridad o la piedad (sin la significación pesimista que le da Schopenhauer) es una idea verdaderamente universal, que no puede ser limitada o restringida por nada (p. 169).

¿Justicia distributiva? ¡Mecachis!: les doy todo a los pobres. ¿Ojo por ojo y diente por diente? ¡Mecachis!: tengo dos mejillas, y una todavía está sin golpear. El único tratado de Derecho en el que se contempla el significado real, no humano, de la palabra justicia, está en el Evangelio.

Si se prescinde de la utilidad social, ¿qué diferencia habrá entre el crimen cometido por el asesino y el crimen cometido por el verdugo? Este último ni siquiera tiene, como circunstancia atenuante, alguna razón de interés personal o de venganza; el homicidio legal resulta completamente más absurdo que el ilegal. El verdugo imita al asesino, como otros asesinos lo imitarán a él mismo, sufriendo a su vez esa especie de fascinación que ejerce el asesinato y que, prácticamente, hace del cadalso una escuela del crimen. Es imposible ver en la «sanción expiadora» algo semejante a una consecuencia racional de la falta; es una simple secuela mecánica, o, para decirlo mejor, una repetición material, una copia cuyo modelo es la falta (p. 175).

Para cualquiera que no piense con los tobillos resulta claro que castigar a los criminales por sus crímenes es un acto tan injusto como el crimen mismo que han cometido. Sin embargo, hay pensadores que, admitiendo esto, suponen que la sanción es necesaria por su utilidad social. Yo creo que tal utilidad social de las cárceles es ilusoria, y dediqué ya varias páginas del libro cuarto de mi diario a intentar esclarecer este asunto[4].

Es preciso reemplazar la justicia estrecha y completamente humana, que rehusa el bien a quien es ya bastante desdichado como para ser culpable, por otra más amplia que dé a todos el bien, y que ignore, no solamente con cuál mano lo da, sino también cuál lo recibe (pp. 181-2).

¡Desdichado de ti, querido Guyau, por haber vivido en una sociedad que no te comprendía!

En el fondo, el deseo de ver castigado al «culpable» parte de un «natural bueno». Se explica, sobre todo, por la imposibilidad del hombre para permanecer inactivo, indiferente ante un mal cualquiera; desea intentar algo, tocar la llaga, ya sea para cerrarla o para aplicarle un revulsivo, y su inteligencia es seducida por esa simetría aparente que nos ofrece la proporcionalidad del mal moral y el mal físico. No sabe que es una de esas cosas que vale más no tocar. Los primeros que hicieron excavaciones en Italia, y que hallaron varias Venus con un brazo o una pierna de menos, experimentaron esa indignación que nosotros sentimos aún hoy ante una voluntad mal equilibrada: quisieron reparar el mal, colocar un brazo tomado de otra parte, añadir una pierna; hoy, más resignados y más tímidos, dejamos las obras maestras tal cual están, soberbiamente mutiladas; nuestra admiración hacia las más bellas obras se produce también con algún sufrimiento: pero preferimos más sufrir que profanar. Este sufrimiento ante un mal, ese sentimiento de lo irreparable, debemos experimentarlo con mayor fuerza todavía ante el mal moral. Únicamente la voluntad interior puede corregirse eficazmente a sí misma, como sólo los lejanos creadores de las Venus de mármol podrían devolverles esos miembros pulidos y blancos que han sido rotos; nosotros estamos constreñidos a la cosa más dura para el hombre: a aguardar el porvenir. El progreso definitivo casi no puede provenir más que del interior de los seres. Los únicos medios que podemos emplear son todos indirectos (la educación, por ejemplo). En cuanto a la voluntad misma, precisamente debería ser sagrada para aquellos que la consideran libre o, por lo menos, espontánea: no pueden intentar intervenir en ella sin contradicción y sin injusticia (pp. 187-8).

Para comenzar a construir sobre las ruinas de algo es menester ante todo demoler ese algo hasta que no quede nada. Si nuestra justicia tuviese al menos uno que otro principio justo, podríamos construir sobre ella, hacerle agregados a la construcción original para que crezca como una planta, desde sus raíces. Pero nuestra planta está ya podrida; preciso es arrancarla de la tierra y plantar una nueva, una que dé frutos comestibles y no rosas con espinas. Yo y mi amigo Guyau nos especializamos de arrancar la malayerba, otros vendrán luego a preparar y abonar el suelo, más tarde llegarán los que plantarán la semilla y, por fin, llegarán los nuevos cristianos encargados de regar el árbol naciente. De regarlo con su sangre si fuera el caso, pero nunca con la sangre de los criminales.

Sigamos la marcha de la sanción penal a través de la evolución de las sociedades. En su origen, el castigo era mucho más fuerte que la falta, la defensa superaba al ataque. Irritad una fiera, os destrozará; atacad a un hombre de mundo, os responderá con un rasgo de ingenio; injuriad a un filósofo, no os responderá nada. Es la ley de economía de la fuerza la que produce ese suavizamiento creciente de la sanción penal. El animal es un resorte groseramente regulado cuya distensión no es siempre proporcional a la fuerza que la provoca; igual ocurre con el hombre primitivo y también con la penalidad de los primitivos pueblos. Para defenderse contra un agresor se lo aplastaba. Más tarde se aperciben de que no hay necesidad de castigar tan duramente; tratan de que la reacción reflejada sea exactamente proporcional al ataque; es el período resumido en el precepto: ojo por ojo, diente por diente --precepto que expresa un ideal todavía infinitamente elevado para los primeros hombres, un ideal al que, nosotros mismos, hoy día, estamos muy lejos de haber llegado completamente, aunque lo superemos desde otros puntos de vista. Ojo por ojo, es la ley física de la igualdad entre la acción y la reacción que debe regir un organismo perfectamente equilibrado y que funcione de una manera muy regular. Sólo con el tiempo se apercibe el hombre de que no es útil, ni siquiera para su conservación personal, que la pena infligida sea absolutamente proporcional al sufrimiento recibido. Tiende, pues, y lo hará cada vez más en el porvenir, a disminuir la pena; economizará los castigos, las prisiones, las sanciones de toda clase; son gastos de fuerza social perfectamente inútiles por cuanto sobrepasan el único fin que lo justifica científicamente: defensa del individuo y del cuerpo social atacado. Hoy día, se reconoce cada vez más que hay dos maneras de herir al inocente: 1) herir al que es absolutamente inocente; 2) herir demasiado al culpable. El rencor mismo, el odio, el espíritu de venganza, ese empleo tan vano de las facultades humanas, tienden a desaparecer para dejar lugar a la comprobación del hecho y la búsqueda de los medios más racionales para impedir que se repita. ¿Qué es el odio? Una simple forma del instinto de conservación físico, el sentimiento de un peligro siempre presente en la persona de otro individuo. Si un perro piensa en algún niño que le ha tirado una piedra, un mecanismo natural de imágenes asocia actualmente para el a la idea del niño, la acción de arrojar la piedra: he ahí la cólera y el rechinar de los dientes. El odio ha tenido, pues, su utilidad y se justifica racionalmente en un estado social poco avanzado: era un precioso excitante del sistema nervioso y, por intermedio de éste, del muscular. En el estado social superior, en que el individuo no tiene ya necesidad de defenderse por sí mismo, el odio no tiene ya sentido. Si uno es robado, se queja a la policía; si es lastimado, pide indemnización por daños y perjuicios. En nuestra época ya no hay más quien pueda experimentar odio, fuera de los ambiciosos, los ignorantes o los tontos (pp. 193-4-5).

Excelente pasaje; pero para mí, quien se queja a la policía o pide indemnización por daños y perjuicios, aunque no llegue a odiar, igual entra en el rubro de los ambiciosos, los ignorantes y los tontos.

Hasta ahora no he visto nunca el relato de ningún hecho con alcance tan significativo. El hecho es un pequeño perrito, cruza de sabueso y perro lobo. Estaba en la edad en que, para su especie, comienza lo serio de los deberes de la vida social. Autorizado para elegir domicilio en mi gabinete de trabajo, se portaba con frecuencia indignamente. Como tutor inflexible, yo siempre le hacía ver lo horrible de su conducta, lo llevaba rápidamente al patio y lo hacía parar sobre las patas de atrás mirando a un rincón. Después de una espera que variaba de acuerdo a la importancia del delito, lo hacía volver. Esta educación le hizo comprender bastante rápidamente ciertos artículos del código de civilización... canina, hasta el punto de que pude creer que se había corregido de su costumbre a olvidarse de las conveniencias. ¡Oh decepción! Un día, al entrar en una habitación, me hallo frente a un nuevo desaguisado. Busco a mi perro para hacerle sentir toda la indignidad de su reincidencia; no está allí. Lo llamo, no viene. Bajo al patio..., estaba allí, parado, en el rincón, con las manos tristemente caídas sobre su pecho, con aire contrito, avergonzado, arrepentido. Me desarmó (Joseph Delboeuf, citado por Guyau en la p. 193).

La fuerza del crimen suele superar a la fuerza de voluntad del criminal, que ya de por sí es menor que la del hombre normal. Está tan dentro suyo que delinque incluso siendo conciente del castigo al que se arriesga; lo toma como un accidente de trabajo en el que cualquier día puede caer, y como los criminales son por lo general bastante valientes, la idea de la sanción no les impide cometer canalladas. ¿Les impedía a los piratas lanzarse a la mar la idea de que tal vez perecieran en la próxima refriega? ¿Dejan los criminales de matar en los Estados Unidos, siendo concientes de que cientos de ellos (en especial los inmigrantes) mueren por año en ejecuciones legales o ilegales? La cleptomanía no es más que la clara autoconcienciación de lo que a la mayoría de los criminales le sucede.
Voy a terminar de hojear este libro tan sabio como poco conocido, y terminaré transcribiendo el alegato que Guyau hace desde las pp. 199-200 y 201, en donde justamente habla de la casi necesidad que tienen los grandes hombres de ser poco conocidos para el grueso de la gente. Más que alegato, esto parece una profecía; y más que profecía, a mí se me hace que ya es realidad:

La estimación pública y la popularidad, tienden a perder su importancia con la marcha misma de la civilización. Entre los salvajes, un hombre popular es un dios o poco menos; en los pueblos civilizados, es todavía un hombre de talla sobrehumana, un «instrumento providencial»; llegará un momento en que será para todos un hombre y nada más. El delirio de los pueblos por los Césares o los Napoleones desaparecerá gradualmente; ya hoy, el renombre de los hombres de ciencia nos parece el único verdaderamente grande y perdurable; ahora bien, como estos son admirados por la gente que los comprende, y sólo pueden ser comprendidos por un pequeño número, su gloria estará restringida a un pequeño círculo. Perdidos en la marea creciente de las cabezas humanas, los hombres de talento se habituarán, pues, a no necesitar para persistir en sus trabajos más que de la estimación de muy pocos y de la suya propia. Se abrirán un camino aquí abajo y lo abrirán para la humanidad, impulsados más por una fuerza interior que por el atractivo de las recompensas. A medida que avanzamos, sentimos con más intensidad que el nombre de un hombre se convierte en poca cosa; sólo nos preocupamos por eso a causa de una especie de puerilidad consciente; pero la obra es, para nosotros mismos, como para todos, lo esencial. Las altas inteligencias, mientras trabajan casi silenciosamente, deben ver con alegría a los pequeños, a los ínfimos, a los que no tienen nombre ni mérito, tener una parte cada vez mayor en las preocupaciones de la humanidad. Nos esforzamos mucho más hoy día por suavizar la suerte de los que son desgraciados, o hasta culpables ya, que por colmar de beneficios a quienes tienen la dicha de ocupar el primer rango en la escala humana: por ejemplo, una ley nueva que concierne a los pobres o al pueblo, podrá interesarnos más que tal acontecimiento ocurrido a un alto personaje; en otro tiempo era todo lo contrario. Las cuestiones individuales y los beneficios al mérito de tal o cual individuo desaparecerán para dejar lugar a las ideas abstractas de la ciencia o al sentimiento concreto de la piedad y la filantropía. La miseria de un grupo social atraerá mucho más la atención, se deseará más todavía aliviar a los que sufren que recompensar de una manera brillante y superficial a los que han obrado bien. La justicia distributiva --que es una justicia completamente individual, completamente personal, una justicia de privilegio (¡si ciertas palabras protestasen cuando se las junta con otras!)-- debe, pues, reemplazarse por una equidad de un carácter más absoluto y que, en el fondo, no es más que la caridad. Caridad para todos los hombres, cualquiera sea su valor moral, intelectual o físico, tal debe ser el último fin perseguido hasta por la opinión pública.
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[1] Análisis incluidos en mis Citas y notas, noviembre de 1998 y abril de 1999.
[2] Ver anotaciones del 17/9/8, p. 287.
[3] Lo que yo entiendo por riesgo utilitario figura en mis anotaciones del 5/9/97, que a continuación transcribo parcialmente:

Llamo instintosis [...] a la exageración patológica de los instintos biológicos, patología que se presenta únicamente en los seres humanos por estar el resto del reino animal impedido en mucha mayor proporción que el hombre del poder de racionalizar o emocionalizar sus impulsos básicos. Un mono, por ejemplo, deambulará por la selva en busca de un árbol bananero movido por su sano instinto de alimentación, y una vez encontrada la planta y saciado su apetito se retirará a descansar o a realizar cualquier otra actividad, pero nunca tenderá, a menos de tener este individuo en particular un principio de instintosis pura (una acentuación del instinto no debida a la interferencia de la razón o las emociones), nunca tenderá este mono a recolectar los frutos que han quedado en el banano para luego proceder a guardarlos en lugar seguro y así evitar que otro ser que a diferencia de él no ha saciado aún su apetito se los devore y lo ponga en la incomodidad de no poder contar en el futuro con una provisión segura de nutrientes, teniendo así que tomarse la molestia de ubicar otro árbol para poder alimentarse. El mono, por no saber tomar los recaudos del caso, se arriesga a sufrir de inanición e incluso a perecer por ella; pero digo yo, ¿qué sería de este simio si no tuviese la necesidad de buscar su alimento cotidiano, si no necesitase agudizar sus sentidos, ejercitar sus músculos, movilizarse dramática pero excitantemente día tras día en esas exploraciones que son su vida misma? El hombre que ha caído víctima de una instintosis en esta materia (en mayor o menor grado todos la padecemos) lleva una vida similar a la de un mono de zoológico: nunca sufrirá los tormentos del hambre, pero tampoco experimentará nunca la sensación única de vivir no en el límite, que ya es pedir mucho, sino a unos cuantos metros de la frontera entre la vida y la muerte; no conocerá los efectos extáticos que los ríos de adrenalina le provocan al espíritu cuando éste les abre sus cauces. Vivirá más cómodo y seguro que los demás, pero no mejor, porque es mejor el hambre que el hastío. Un mono encerrado no se suicida porque es mono y como tal no piensa en lo emocionante que para él no es su trepar por los árboles en busca de bananas; pero un hombre, encerrado ya no por extranjeros sino por su propio deseo en esa estrecha cárcel mental que le impide vivir una vida digna de ser vivida, una vida emocionalmente sublime como no podría vivirla el mono, ¿cómo hace ese hombre para no pensar en lo que se pierde y no pegarse un coherente tiro en la cabeza?
El hombre de hoy siente muy dentro suyo la necesidad de ser una pequeña cucaracha que a campo traviesa desafía los pisotones de la muerte. Los menos osados pretenden suplir su exceso de previsión y la consecuente carencia de riesgos mirando una película de Rambo o paseando en una montaña rusa, pero al final siempre caen en la cuenta de que la ilusión de identificarse con el héroe televisivo es una quimera, y que las emociones criadas en parques de diversiones, así como cualquier emoción a cuyo derecho se accede por dinero, son harto insípidas al paladar del buscador de aventuras. Y después están los otros, los que sabiamente claudican ante la fuerza de su instinto de riesgo y vencen el miedo que produce la instintosis de la previsión, pero que no disciernen la diferencia que hay entre arriesgarse uno mismo y poner en riesgo a los demás, y así van con sus motocicletas japonesas y sus autos deportivos en busca de la esquina que los matará, pero que también matará a otros que no tenían nada que ver con eso. Puede haber incluso gente lo suficientemente valiente y lo suficientemente buena como para burlarse de su instintosis previsional sin provocar con ello un peligro para el prójimo, como quienes se tiran en caída libre desde un avión o escalan el Aconcagua. Admiro a esta clase de gente, lo admito; pero ¿alguien les ha comentado a estos señores que la emoción que experimentan en el riesgo por el riesgo mismo es como un huevo de codorniz al lado del huevo de avestruz que representa la emoción del riesgo utilitario, del riesgo que nos sirve para salvar nuestra propia vida, y el éxtasis: el arriesgarse por salvar la vida de otros, por salvar cualquier vida que peligra? ¡Cuántos litros de adrenalina adulterada se consumen hoy en día!... […]
[4] Ver la sección XI del presente Apéndice.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Conocimiento y virtud

De aquí en adelante publicaré algunas de las secciones del apéndice a La ética y la moral. Comenzaré con la sección I:

Conocimiento y virtud[1]


¿Es bueno que se acumule el saber? Eso depende de si hablamos del saber axiológico relacionado con la ética o si nos remitimos solamente al conocimiento científico ortodoxo. Si hablamos de conocimientos éticos, es decididamente bueno que este saber se acumule. En cambio, si excluimos a la ética del conocimiento científico, este saber y su acumulación en la cabeza de los hombres no es ni bueno ni malo en sí mismo. En este sentido, el conocimiento científico potencia la condición moral del individuo que lo porta. Si el individuo es bueno, el conocimiento científico lo tornará mejor; si es malo, lo empeorará. Imaginemos una escala que midiese la bondad o maldad de los seres que vaya del cero hasta el infinito. El cero representaría el carácter necrofílico absoluto, las cifras infinitamente grandes el carácter biofílico infinitamente desarrollado, y el número uno sería la representación del carácter absolutamente neutral (ni bueno ni malo). Ahora representemos el nivel de conocimiento científico de cada ser con una escala más o menos similar. El individuo con conocimiento científico cero no sabe absolutamente nada, el uno sabe poquísimas cosas, el dos sabe muy poco, el tres sabe poco y así sucesivamente. Ahora elevemos la cifra correspondiente al grado de bondad o maldad individual a la cifra correspondiente al grado de conocimiento científico del sujeto y obtendremos la dimensión numérica real del carácter de cada individuo. Por ejemplo, si tenemos un pulgón con un nivel de bondad de 1,1 (los animales no humanos no pueden alejarse demasiado del 1, ni hacia adelante ni hacia atrás) y un nivel de conocimiento científico de 4 (el conocimiento, si científico, debe ser conciente, por lo que los animales con bajo nivel de conciencia no pueden acceder a puntajes elevados), tendremos en consecuencia un pulgón de carácter 1,46, o mejor dicho un individuo de carácter 1,46, pues este procedimiento hace posible la comparancia entre los caracteres de animales de diferentes especies, de suerte que si encontramos un hombre cuyo nivel de carácter sea inferior a 1,46, tendremos todo el derecho de decir que tal persona tiene un carácter más necrofílico que el del homóptero citado.
Tres son las situaciones que pueden darse: o el individuo es bueno (superior a 1), o es malo (inferior a 1), o es neutral (1). Si es bueno, tendrá mejor carácter cuanto mayor sea su nivel de conocimientos científicos; si es malo, tendrá peor carácter cuanto más sepa (los números fraccionarios positivos menores que 1 se achican si son elevados a una potencia mayor que 1); y si es neutral, permanecerá en su neutralidad por grande o pequeño que sea su conocimiento científico (el 1 elevado a cualquier número la siempre 1). Asimismo, el individuo que carezca de todo conocimiento científico no podrá ser nunca ni bueno ni malo, puesto que todo número elevado a la potencia cero da como resultado el número 1 (pero este caso no se da nunca en la práctica, pues hasta la más diminuta bacteria, en tanto sea capaz de percibir de algún modo cierta parte de la realidad del mundo, posee conocimientos científicos). En los casos en que el conocimiento científico del individuo sea escasísimo pero no nulo (mayor que cero pero menor que uno) se produce una contradicción a los dos primeros principios generales esbozados: un número mayor que el 1 elevado a una potencia constituida por una fracción propia (la de numerador menor que el denominador) da como resultado un número menor al elevado (por ejemplo, 52/3 = 2,92), y un número menor que uno elevado a una potencia similar a la anterior da como resultado un número mayor al elevado (por ejemplo, 0,54/5 = 0,57). Esto significaría que el conocimiento científico, cuando es ínfimo, empeora el carácter del individuo bueno y mejora el del malo; pero teniendo en cuenta que sólo los organismos excesivamente simples podrían ostentar un nivel de conocimiento tan rudimentario, digamos que al menos desde los insectos y hasta llegar al hombre, esta inversión de la regla general no se verifica. Y si aun así la inconsecuencia nos tortura, habrá que anular con algún decreto los números mayores que cero y menores que uno de la escala del conocimiento.
Finalicemos el análisis de la teoría con dos ejemplos concretos que la grafiquen referidos a sendas comparaciones.
Supongamos que tanto Gandhi como Einstein, que según mi opinión fueron los dos seres más biofílicos del siglo XX (al menos entre los que cobraron fama), supongamos que ambos compartían el mismo grado de biofilia. ¿Implicará esto que los dos poseían el mismo grado de condición moral y el mismo nivel de conocimiento científico? No. Gandhi tenía más condición moral que Einstein, y éste más conocimientos científicos que aquél. Coloquémosle a Gandhi 19 en moralidad y un 100 en conocimientos: su nivel de biofilia alcanzará los 2 × 1095 puntos (un 2 seguido de 95 ceros). A Einstein le podría caber entonces un 16,23 en moralidad[2] y un 120 en conocimientos, lo que lo dejaría con el mismo nivel de biofilia que el hindú. Y en el otro extremo, podríamos suponer equivalentes los grados de necrofilia de dos de los personajes más nefastos de este siglo: Adolfo
Hitler y el reverendo Jim Jones[3], pero aclarando que Jones atesoraba mayores conocimientos científicos y a la vez era un poco más bueno que Hitler. Así, si calificamos a Jones con 0,3 en condición moral y un 70 en conocimientos científicos, su grado real de necrofilia será de 2 × 10-37 (un 2 precedido de 37 ceros), el mismo que podría corresponder a Hitler si lo calificásemos con un 0,185 y 50 respectivamente.

Cada vez estoy más convencido de que lo único real en el universo de los fenómenos perceptibles en la cantidad, de que todo puede medirse, de que todo puede relacionarse con todo si se hila lo suficientemente fino...
Imbuido en tales convencimientos hilvané la teoría precedente, que no es más que eso, un hilván que aspira sólo a preparar las telas que otros han de coser. Tocarále a mi sucesor o sucesores realizar la costura propiamente dicha, costura que constará de puntos y nada más que de puntos, pues para no dar puntada sin hilo no se necesita de otra cosa que no sea la aguja de la matemática[4].
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[1] Este ensayo fue escrito en noviembre de 1999 y está incluido en mis Citas y notas.
[2] (Nota añadida el 4/11/3.) Después de leer el libro Einstein de Peter Michelmore e interiorizarme sobre algunos aspectos de la vida del gran físico alemán y sobre algunas actitudes suyas que desconocía o sólo entreveía, tengo que confesar que este 6,23 en moralidad me parece ahora demasiado generoso. Ya no creo que don Alberto haya sido una de las dos celebridades más biofílicas del siglo XX. Este cambio de opinión se debe, en gran parte, a estos cuatro puntos:
1°) Su empedernido tabaquismo. Ninguna persona que aspire a la santidad debe ser dominada por el tabaco o por cualquier otro vicio. Entiéndase la diferencia: no digo que un santo no pueda fumar, sino que no debería ser esclavo del tabaco como lo era Einstein. La siguiente anécdota relatada por David Reichinstein --profesor de química en la Universidad de Zurich y amigo personal del Einstein-- grafica el grosero tabaquismo en el que había caído ya en 1909, a los treinta años de edad:

La señora Einstein había salido y Albert vigilaba a los niños. La puerta del piso estaba abierta para que se secase el suelo, que acababa de ser fregado [...]. Entré en el cuarto de Einstein. Estaba en una actitud serenamente filosófica, con una mano moviendo la cuna en la que estaba un niño [Edward, su segundo hijo, recién nacido]. En la boca, Einstein tenía un cigarro puro malo, malísimo, y en la otra mano un libro abierto. La estufa humeaba de un modo horrible. No sé cómo demonios podía soportar aquello (citado por Michelmore en ibíd., cap. 3).

Dice Michelmore que Reichinstein,

hombre profundamente intelectual, que consideraba a Einstein como a un segundo Sócrates, hallaba sumamente estimulantes las charlas con su nuevo amigo. Pero su actitud de admiración y respeto sentíase a veces perturbada por los repulsivos hábitos de Einstein en cuanto fumador. Quedábase como hipnotizado al ver el modo como Einstein se llevaba a la boca una colilla de puro, desecha, mojada. Una vez, los dos estaban charlando mientras paseaban por una callejuela de las afueras, y a Einstein se le cayó el cigarro en el polvo. El cilindro pardo de tabaco quedó completamente empolvado. Einstein lo contempló un segundo, pareció como si estuviera a punto de pisotear la colilla, luego cambió de parecer y la recogió. Y soplando para limpiar la punta de polvo, se la metió en la boca.
--¡Ah! --gimió dolorosamente Reichinstein--. ¿Y los microbios?
--¡Los microbios me importan un pepino! --Dijo Einstein.

2°) Su ambivalente pacifismo. Dijo Einstein en 1930 en Nueva York: "Si solamente el dos por ciento de los asignados para cumplir el servicio militar anunciasen su decisión de negarse a combatir... los gobiernos serían impotentes. No se atreverían a enviar a la cárcel a un número tan grande de personas" (cap. 8). Pero este grito de rebeldía se sofocaría tres años después al afirmar, en una carta que se publicó en París en un periódico pacifista, que "si yo fuera belga, no rehusaría prestar el servicio militar en las actuales circunstancias. Más bien entraría animado en tal servicio en la creencia de que con ello contribuiría a salvar la civilización europea" (cap. 10). Einstein temía que Hitler invadiese Bélgica; he ahí el motivo de su cambio de ideas. "Aun cuando seguía detestando el militarismo", creía que "la especial situación de Europa hacía del servicio militar un deber en los países democráticos" (palabras de Michelmore, cap. 10). Ahora bien, ¿qué clase de pacifista es aquel que se vanagloria de ello en situaciones "normales" y que deviene belicista ni bien la situación se torna "especial"? Puestos a pacifistas, hay que serlo a todo trance, sin importar que tal o cual peligro se cierna en el horizonte. "Einstein --dice Michelmore-- estaba convencido de que las palabras no detendrían a Hitler". Certero convencimiento, pero ¿qué importancia tiene? El verdadero pacifista no intenta detener o prevenir la violencia mediante palabras, más bien utiliza las palabras con el mero propósito de persuadir o disuadir a los violentos; pero si no logra persuadirlos o disuadirlos, acabada está su tarea. Si la persuasión se transforma en amenaza toda vez que una situación "especial" se presenta, ese persuadidor era en el fondo tan belicista como cualquier vándalo.
Pero su apoyo al servicio militar no es nada comparado con su apoyo a la fabricación de la bomba atómica por parte de los Estados Unidos. Alguien lo convenció de que los alemanes estaban por buen camino en ese sentido y eso fue todo lo que necesitó Alberto para propiciar, con su firma, la masacre de Hiroshima (ver cap. 12). Él, desde luego, no aprobó que se arrojara la bomba en las circunstancias en que se arrojó. Pero aprobó su construcción, que era lo fundamental, lo que sí estaba en sus manos. Lo demás era táctica militar, y ahí las opiniones del Einstein no tenían peso. La ley de causa y efecto nos dice que nuestro "pacifista" científico causó --indirectamente, pero causó-- la muerte de todos esos civiles hiroshimitas y nagasakitas. Es bien sabido que ni los alemanes ni los japoneses tenían en ese entonces noción alguna sobre cómo fabricar ese artefacto; pero aunque la hubiesen tenido, ¿cambia esto algo a los ojos del pacifista? Negativo. Las bombas atómicas podrán lloverle sobre su cabeza y destruir todas sus pertenencias y todos sus afectos; pero sus ideales... Ésos quedarán siempre a salvo de cualquier explosivo. Einstein canjeó sus ideales pacifistas --los más altos ideales que un hombre pueda tener-- por un paraguas.
3°) Su impracticado vegetarianismo. Tenía yo entendido que Einstein había sido más o menos vegetariano, pero luego de leer el libro de Michelmore descubro con pesar que no sólo no lo era, sino que además profesaba un tal desprecio y desinterés por su alimentación que terminó sufriendo agudos dolores e incluso la muerte a causa de ello. Yo creía que Alberto era poco más o menos que un santo, pero un santo jamás mataría --ni con sus propias manos ni encargándoselo a terceros-- a un ser tan inofensivo y sensible como una vaca o un pollo.
4°) Su riqueza material. "El dormitorio de Einstein --dice Michelmore en el cap. 4-- era de sencillez monacal". Y agrega que a veces llevaba "una vida espartana". Sin embargo, este monje-lacedemonio, que vivía incómodamente, tenía unos cuantos dólares acomodados en su cuenta bancaria cuando lo sorprendió la muerte. 65,000 dólares es mucho dinero aun hoy, y lo era mucho más en 1955. Y eso sin contar su casa. Es verdad que tuvo un gesto de desprendimiento al donar el dinero del premio Nobel --unos 40,000 dólares-- a su primera esposa; pero si el gesto hubiese sido, además de desprendido, filantrópico, esa jugosa suma habría caído en manos más humildes... y más numerosas. Los pobres la miraron pasar, y eso, Alberto, no se hace si uno quiere ser canonizado laicamente.
Einstein fue un grande, pero no tenía pasta de santo. Ponerlo a la altura de Gandhi ha sido una gran torpeza.

[3] A quien no lo conozca, le comento que Jim Jones fue un fanático religioso norteamericano que se suicidó en Guyana en 1978 e indujo a suicidarse con él a más o menos novecientos de sus fieles.

[4] Aclaro, para que esta teoría no entre en contradicción con otra de mis teorías fundamentales (la que dice que el poder de captación cognitiva de un individuo es directamente proporcional a su moralidad --o mejor dicho a su eticidad--), aclaro que lo que en esta nueva teoría llamo conocimiento científico no es más que el conocimiento bruto, erudito digamos, con que nuestro cerebro se nutre desde fuera y que es almacenado por la memoria a la espera de que la razón lo analice; es el conocimiento-combustible que utiliza la razón para trabajar, pero la abundancia de estos conocimientos no hace que una razón poco criteriosa funcione, lo mismo que un tanque colmado de la mejor gasolina no basta para que arranque un auto cuyo motor está descompuesto. Siguiendo la metáfora, si el conocimiento científico es el combustible del motor de la razón, el conocimiento ético viene a ser el mecánico experto en automotores --más experto cuanto mayor sea el conocimiento que de la ética universal ostenta el sujeto--, y el comportamiento ético, o sea la ética aplicada, la ética práctica, representa ni más ni menos que el conductor del rodado. Nuestro yo-auto, si quiere llegar lejos en su viaje a través de la vida, necesita gran cantidad de combustible y del bueno (nada de naftas adulteradas), necesita un mecánico que sepa reparar sus desperfectos, y sobre todo, muy sobre todo, necesita de un señor que se siente tras el volante y lo conduzca. Estas tres necesidades son el conocimiento científico, el conocimiento ético y el comportamiento ético respectivamente. (El conocimiento científico, junto con la razón, trabajan a posteriori, intentando demostrar por medio de la lógica los axiomas --indemostrables-- que la captación cognitiva --la intuición científica-- del individuo extrae a priori de algún rincón de su inconciencia.)





martes, 31 de agosto de 2010

Epílogo de La ética y la moral

…Puede caer en la promiscuidad y en la melancolía, como suele suceder con los románticos fallidos.
Billy el fotógrafo
, El año que vivimos en peligro



Decíamos, apoyados en Hildebrand, que el ser humano puede adoptar, en toda etapa de su vida, alguna de estas tres posiciones o actitudes fundamentales: la búsqueda de lo subjetivamente satisfactorio, el bien objetivo para la persona o el mundo de los valores. Los que buscan la satisfacción subjetiva están ciegos ante todo este universo que acabamos de describir. Después están los que buscan el bien objetivo para sí mismos. Esta gente puede percibir valores, y puede utilizar sus propios valores éticos en la tarea de responder a los valores extramorales percibidos. El problema es que son excesivamente racionales (en el sentido práctico del término), y así no es fácil penetrar en los valores más encumbrados y responder a ellos, porque para percibir los mayores valores extramorales hay que poseer las mayores virtudes, y éstas no les nacen, ni mucho menos se les pegan, a las personas egoístas.
Llegamos finalmente a quienes actúan, no digamos en todo momento, pero sí con cierta frecuencia, con la mirada espiritual clavada en el mundo de los valores. Para llegar a este milagro que muchos, comenzando por el gran Epicuro, consideraban imposible de materializar, a saber, las acciones altruistas, realizan estas privilegiadas personas una curiosa prestidigitación racional. Utilizan al máximo su razón pura, la razón que nos permite conocer el mundo y sus valores, y, a la hora de responder a esos valores conocidos, hacen caso omiso de los consejos de su razón práctica, que cuando apunta a los valores --y no siempre lo hace-- sólo es para utilizarlos como medios. Para que un valor extramoral pueda ser aprehendido en sí mismo (aunque siempre conformando un bien) y no como medio, es menester que la razón práctica se subordine a los instintos o a las intuiciones. No que desaparezca, pues eso sería deletéreo para las aspiraciones éticas de la especie, sino que se limite a la fundamental tarea del soslayamiento, del acomodamiento de las circunstancias a los efectos de posibilitar y optimizar una respuesta al valor adecuada. Quienes adoptan una posición fundamental centrada en los valores han podido librarse del fantasma del interés personal y, cuando actúan, su teleología busca el bienestar de la humanidad toda (virtudes vía instinto) o el bien de la biomasa espaciotemporal (virtudes vía intuición o memes). Son ellos los verdaderos responsables de que la bondad, la verdad, la belleza, la cultura y la vitalidad del mundo no queden sepultadas bajo el rancio egoísmo generalizado que se dirige al placer y sólo al placer y no siempre de forma inteligente.
Cuando por algún cambio de circunstancias, o por un golpe del destino, quien solía percibir esos valores por sí mismos deja de hacerlo, su posición fundamental tiende a caer en picada y sin escalas de ningún tipo aterriza en el ámbito de los placeres subjetivos, con los placeres carnales, con los placeres concupiscibles a la cabeza. Y es que aquí los placeres --como Scheler ya lo hizo notar-- se dejan modelar fácilmente por la voluntad, por el propio deseo. Son placeres fáciles de alcanzar por cualquiera que se lo proponga.
Casi todos hemos pasado por esta etapa. Yo hace cinco años que la vivo, y lucho (con fláccido encarnizamiento) contra todos mis estúpidos vicios para que abandonen el sitio de una vez, para que dejen de hostigarme. Pero aún sigo sitiado. Esa es la mala noticia. La buena es que pese al tiempo transcurrido, aún no han podido traspasar mis murallas. No arde Troya todavía.
Pero esta es otra historia, que tal vez a los lectores que valoran o se divierten con mis especulaciones filosóficas no les interese.
Sin embargo la contaré. Pero a partir de mañana.

FIN DEL EXTRACTO


Textos citados en los diferentes capítulos:

Epígrafes introductorios
MONTAIGNE, Michel de: Ensayos (1580 a 1588); Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2003.
NORDAU, Anna y Maxa: Max Nordau; Bs. As., Israel, 1943.
NOVALIS: Estudios sobre Fichte y otros escritos (1797); Madrid, Akal, 2007.



Capítulo 1
AGUSTÍN, San: El sermón de la montaña; Bs. As., Emecé, 1945.
AMIEL, Henri: Diario íntimo (1848 a 1881); Bs. As., Ediciones Modernas Luz, 1933.
AYARRAGARAY, Carlos.: La justicia en la Biblia y en el Talmud; Bs. As., Valerio Abeledo, 1948.
BLACKMORE, Susan: La máquina de los memes (1999); Barcelona, Paidós, 2000.
BORGES, Jorge Luis: Discusión (1932); Madrid, Alianza, 1997.
CAMBA, julio: La casa de Lúculo o el arte de comer (1929); Bs. As., Espasa-Calpe, 1949.
DAWKINS, Richard: El gen egoísta (1976); Barcelona, Salvat, 1985.
DIDEROT, Denis.: Ensayo sobre la vida de Séneca (1779); Bs. As., Losada, 2004.
GARCÍA BLANCO, Manuel: En torno a Unamuno; Madrid, Taurus, 1965.
HOBBES, Thomas: Leviatán (1651); México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1940.
LAFARGUE, Paul: El derecho a la pereza (1883); Bs. As., Longseller, 2003.
LAPLACE, Pierre: Ensayo filosófico sobre las probabilidades (1812); Bs. As., Espasa-Calpe, 1947.
MARÍN, Juan: Lao-Tszé; Bs. As., Espasa-Calpe, 1952.
PAPINI, Giovanni: Gog (1931); Barcelona, Plaza & Janés, 1962.
PLATÓN: Critón; Bs. As., Aguilar, 1982 (6ª edición).
POPPER, Karl: Conocimiento objetivo (1972); Madrid, Tecnos, 1982.
PORCHÈ, François: Tolstoi (1935); Bs. As., Losada, 1958.
PROSE, Francine: Gula (2003); Barcelona, Paidós, 2005.
SÁNCHEZ DE BUSTAMANTE, Teodoro: El infinito; Bs. As., Imprenta de la Universidad de Buenos Aires, 1941.
SÁNCHEZ DRAGÓ, Fernando: Carta de Jesús al Papa; Bs. As., Planeta, 2001.
SCHELER, Max: Muerte y supervivencia (1916); Bs. As., Goncourt, 1979.
SCHOPENHAUER, Arthur: Metafísica del amor sexual (1844); Bs. As., Goncourt, 1975.
--El mundo como voluntad y representación (2 tomos, 1859); Bs. As., El Ateneo, 1950.
SCHWEITZER, Albert: El camino hacia ti mismo (selección de Max Tau y Lotte Herold); Bs. As., Sur, 1958.
SÉNECA: Tratado morales (tomo 2); México D. F., Universidad Nacional Autónoma de México, 1944-46.
SKUTCH, Alexander: Fundamentos morales (1993); San José de Costa Rica, Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2000.
TOLSTOI, León: Placeres crueles; Barcelona, Maucci, s/f.
UNAMUNO, Miguel de: Del sentimiento trágico de la vida (1912); Bs. As., Losada, 1964.
WADDINGTON, Conrad: El animal ético (1960); Bs. As., Eudeba, 1963.



Capitulo 2
ARISTÓTELES: La política; Barcelona, Iberia, 1986 (6ª).
AYARRAGARAY, Carlos.: La justicia en la Biblia y en el Talmud; Bs. As., Valerio Abeledo, 1948.
BIOY CASARES, Adolfo: Borges (1931 a 1989); Barcelona, Destino, 2006.
CICERÓN: Disputas tusculanas (2 tomos); México D. F., Universidad Nacional Autónoma de México, 1979.
GARCÍA BLANCO, Manuel: En torno a Unamuno; Madrid, Taurus, 1965.
KANT, Immanuel: Sobre la paz perpetua (1795); Madrid, Tecnos, 1998 (6ª).
MCDOWELL, Josh: Más que un carpintero; Miami, Unilit, 1997.
NOVALIS: Estudios sobre Fichte y otros escritos (1797); Madrid, Akal, 2007.
PAPP, Desiderio: Filosofía de las leyes naturales; Bs. As., Espasa-Calpe, 1945.
PLATÓN: La República; Barcelona, Edicomunicación, 1994.
STRAUSS, David Friedrich: Nueva vida de Jesús (1835); Bs. As., Biblioteca Nueva, 1943.
UREÑA, Enrique.: Krause, educador de la humanidad; Madrid, Unión Editorial, 1991.
ORTEGA Y GASSET, José: La rebelión de las masas (1930); Madrid, Espasa-Calpe, 1986 (25ª).
POPPER, Karl: La sociedad abierta y sus enemigos (1943); Barcelona, Paidós, 1992.
LUC, Jean-Noel: Diderot; México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1940.



Capitulo 3
BORGES, Jorge Luis: Discusión (1932); Madrid, Alianza, 1997.
CAMPOAMOR, Ramón de: Obras completas; Madrid, San Rafael, 1901 (tomo I).
POPPER, Karl: La sociedad abierta y sus enemigos (1943); Barcelona, Paidós, 1992.
SCHOPENHAUER, Arthur: El arte de insultar (edición de Javier Fernández y José Mardomingo); Madrid, Edaf, 2000.
UNAMUNO, Miguel de: Soledad (1905 a 1906); Bs. As., Espasa-Calpe, 1946.



Capítulo 4
DOSTOIEVSKI, Fedor: Crimen y castigo (1866); Bs. As., Gradifco, 2005.
POPPER, Karl: La sociedad abierta y sus enemigos (1943); Barcelona, Paidós, 1992.
SINGER, Peter.: Ética práctica (1993); Cambridge, Cambridge University Press, 1995.



Capítulo 5
BALLESTEROS Y BERETTA, Antonio: Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, (tomo 2); Barcelona, Salvat, 1945.
COLÓN, Cristóbal: Diario de Colón (edición a cargo de Carlos Sanz); Madrid, Biblioteca Americana Vetustissima, 1962.
COLÓN, Hernando: Historia del almirante don Cristóbal Colón (dos tomos, aprox. 1535); Madrid, Victoriano Suárez, 1932.
GUILLÉN TATO, Julio: La parla marinera en el Diario del primer viaje de Cristóbal Colón; Madrid, Instituto Histórico de Marina, 1951.
FUNES, Jorge: En días del año 1492; (1990); Bs. As., Saturnino Funes, 1991.
MARTÍNEZ-HIDALGO, José María: Las naves del descubrimiento y sus hombres; Madrid, Mapfre, 1992.
MENÉNDEZ PIDAL, Ramón: La lengua de Cristóbal Colón, el espíritu de Santa Teresa y otros estudios sobre el siglo XVI; Bs. As., Espasa-Calpe, 1944 (2ª).
MURO OREJÓN, Antonio: Pleitos colombinos (tomo VIII); Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1964.
RUMEU DE ARMAS, Antonio: Hernando Colón, historiador del descubrimiento de América; Madrid, Instituto de Cultura Hispánica, 1973.
SALES FERRÉ, Manuel: El descubrimiento de América según las últimas investigaciones; Sevilla, Tipografía de Díaz y Carballo, 1893.



Capitulo 6
BARRETT, Rafael: Obras completas (1900 a 1910); Bs. As., Americalee, 1943.
DIDEROT, Denis.: Ensayo sobre la vida de Séneca (1779); Bs. As., Losada, 2004.
LA METTRIE, Julien Offroy de: Anti-Séneca (1748); Bs. As., El cuenco de plata, 2005.
PLATÓN: La República; Barcelona, Edicomunicación, 1994.
SÉNECA: Sobre la felicidad; Madrid, Alianza, 1980.


Capítulo 7
BARRETT, Rafael: Obras completas (1900 a 1910); Bs. As., Americalee, 1943.
DESCARTES, René: Principios de filosofía (1647); Bs. As., Losada, 1951.
HÖFFDING, Harald: Historia de la filosofía moderna (tomo I, 1905); Madrid, Daniel Jorro, 1907.
--La moral (tomo I, 1900); Barcelona, Imprenta de Henrich, 1907.
LEIBNIZ, Gottfried: Teodicea (1710); Bs. As., Claridad, 1946.
--Correspondencia con Arnauld (1686); Bs. As., Losada, 2004.
ROUSSEAU, Jean-Jacques: Escritos polémicos ; Madrid, Tecnos, 1994.
RUSSELL, Bertrand: Historia de la filosofía occidental (tomo II, 1945); Bs. As., Espasa-Calpe, 1947.
SEIFERT, Josef: Superación del escándalo de la razón pura (2001); Madrid, Cristiandad, 2007.
SÉNECA: Epístolas morales a Lucilio (tomo II); Madrid, Gredos, 1989.



Capítulo 8
CHESTERTON, Gilbert: El mundo al revés (1910); Bs. As., La Espiga de Oro, 1945.
FERRARA, Alessandro: La fuerza del ejemplo (2008); Barcelona, Gedisa, 2008.
HOBBES, Thomas: El ciudadano (1642); Madrid, Debate, 1993.
HÖFFDING, Harald: La moral (tomo I, 1900); Barcelona, Imprenta de Henrich, 1907.
--: Historia de la filosofía moderna (tomo II, 1905); Madrid, Daniel Jorro, 1907.
KLINEBERG, Otto: Psicología social (1954); México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1963.
LINTON, Ralp: Estudios sobre el hombre (1936); México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1956 (3ª).
LOCKE, John: Ensayo sobre el entendimiento humano (1690); México, Fondo de Cultura Económica, 1956.
ROUSSEAU, Jean-Jacques: Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1753); Bs. As., Aguilar, 1956.
--Julia o la nueva Eloísa (1760); París, Garnier, s/f.
-- Escritos polémicos; Madrid, Tecnos, 1994.
UNAMUNO, Miguel de: Soledad (1905 a 1906); Bs. As., Espasa-Calpe, 1946.



Capítulo 9
AGUSTÍN, San: Confesiones (¿400?); Bs. As., Longseller, 2000.
AYARRAGARAY, Carlos.: La justicia en la Biblia y en el Talmud; Bs. As., Valerio Abeledo, 1948.
BLAKE, William: El demonio es parco (aforismos seleccionados por Heriberto Yepes); México D. F., Verdehalago, 2006.
BIOY CASARES, Adolfo: Borges (1931 a 1989); Barcelona, Destino, 2006.
HARTMANN, Nicolai: Introducción a la filosofía (1949); México, Universidad de México, 1961.
HILDEBRAND, Dietrich von: Ética (1953); Madrid, Encuentro, 1983.
SINGER, Peter: Ética práctica (1993); Cambridge, Cambridge University Press, 1995.
UNAMUNO, Miguel de: Soledad (1905 a 1906); Bs. As., Espasa-Calpe, 1946.



Capítulo 10
ARISTÓTELES: La política; Barcelona, Iberia, 1986 (6ª).
MONTAIGNE, Michel de: Ensayos (1580 a 1588); Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2003.
ORTEGA Y GASSET, José: La rebelión de las masas (1930); Madrid, Espasa-Calpe, 1986 (25ª).
REYES, Alfonso: Cuestiones gongorinas; Madrid, Espasa-Calpe, 1927.
SPINOZA, Baruch: La reforma del entendimiento (1661); Bs. As., Aguilar, 1971 (5ª).
STEWART, Mattheu: El hereje y el cortesano (2006); s/l, Biblioteca Buridán, 2007.
THOREAU, Henry David: Walden, o la vida en los bosques (1852); México D. F., UNAM., 1996.

Capítulo 11
DESCARTES, René: Principios de filosofía (1647); Bs. As., Losada, 1951.
GÓMEZ, José: El teísmo moral en Kant; Madrid, Cristiandad, 1983.
KANT, Immanuel: Metafísica de las costumbres (1797); Bs. As., CSIC, 1993.
--Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785); Madrid, Espasa-Calpe, 1981 (7ª).
--Crítica de la razón pura (1781); Bs. As., Alfaguara, 1998.
--Crítica de la razón práctica (1788); Madrid, Espasa-Calpe, 1984 (3ª).
--Lecciones de ética (1775 a 1785); Barcelona, Crítica, 2002.
--La religión dentro de los límites de la mera razón (1793); Madrid, Alianza, 1969.
LAQUEUR, Thomas: Sexo solitario (2003); Bs. As., Fondo de Cultura Económica, 2007.
LORENZ, Konrad: Consideraciones sobre las conductas animal y humana (1941 a 1963); Barcelona, Planeta, 1985.
MERTON, Thomas: Nuevas semillas de contemplación; Santander, Sal Terrae, 1993.
ORTEGA Y GASSET, José: El espectador (1916); Madrid, Espasa-Calpe, 1928 (3ª) (tomo I).
RUSSELL, Bertrand: El conocimiento humano (1948); Madrid, Revista de Occidente, 1950.
THOREAU, Henry David: Walden, o la vida en los bosques (1852); México D. F., UNAM., 1996.



Capítulo 12
ARISTÓTELES: Ética nicomaquea; México D. F., Universidad Nacional Autónoma de México, 1954.
HILDEBRAND, Dietrich von: Moralidad y conocimiento ético de los valores (1919); Madrid, Cristiandad, 2006.
REINACH, Adolf: Anotaciones sobre filosofía de la religión (1916/7); Madrid, Encuentro, 2007.



Capitulo 13
AGUSTÍN, San: La ciudad de Dios (dos tomos); Bs. As., Club de Lectores, 1989.
ALBERINI, Coriolano: Escritos de ética (1908 a 1925); Mendoza, Universidad Nacional de Cuyo, 1973.
ARISTÓTELES: Ética nicomaquea; México D. F., Universidad Nacional Autónoma de México, 1954.
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Capítulo 14
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lunes, 30 de agosto de 2010

Hume

Ensayos correspondientes al capítulo 14 (y último) de La ética y la moral:


Capítulo 14
Hume

Tenía Hume una cara ancha y gorda y una boca grande y carente de cualquier expresión que no fuese la de la imbecilidad. Sus ojos eran apagados y mortecinos, y la corpulencia de toda su persona se ajustaba mucho más a la idea de un concejal comedor de pichones que a la de un filósofo refinado.
James Caulfeild (el futuro lord Charlemont), citado por David Edmonds en El perro de Rousseau


Martes 23 de septiembre del 2008/11,22 a.m.
Sería conveniente que definiese algunas de las virtudes y algunos de los vicios que figuran en mis listas y que difieren en ciertos aspectos de la opinión generalizada que despierta cada una de esas palabras.
La virtud de la austeridad esta tomada en un sentido puramente materialístico. Sería entonces la severidad y rigidez en el manejo del dinero, la morigeración extrema de los gastos. De ahí que su antítesis recaiga en el consumismo, que viene a ser el despilfarro del propio dinero en la compra de productos y servicios prescindibles e incluso dañinos. No debe nunca emparentarse este tipo de austeridad con la avaricia. El avaro no gasta porque siente una enfermiza pasión por su dinero, mientras que el austero no gasta porque no necesita gastar, porque disfruta no-gastando (en contraposición del avaro, que disfruta acumulando) y porque su economía se resentiría si gastase más de lo mínimamente indispensable. Tampoco debe relacionarse lo contrario de la austeridad, el consumismo, con la liberalidad, puesto que lo propio de la gente consumista es derrochar, es decir, malgastar su dinero en la compra de todo tipo de bienes y servicios irrelevantes dirigidos hacia sí mismo, mientras que los liberales obsequian sus dineros o sus bienes a otras personas. Desde el momento en que un consumista adquiere un objeto no para su propio deleite sino para regalárselo otro, deja de ser, en ese momento, un consumista para entrar en la categoría de liberal. Es muy común que un consumista practique cada tanto la liberalidad, pero es raro que un liberal sistemático se vuelque al consumismo, el mayor de los vicios menores (junto con la cobardía) y que por ello debe repugnar indefectiblemente a todo espíritu decididamente virtuoso.
Entiendo por comunicabilidad la facilidad en la expresión de las ideas y los sentimientos, tanto sea de palabra, por escrito, mediante gestos, ademanes o lo que fuere. La incomunicabilidad es la dificultad para esta tarea, y no debe confundirse con la cualidad de la impenetrabilidad, que no figura en mis listas pero que defino como la capacidad de ocultar las propias emociones. Es posible que el individuo sea muy comunicativo al emplear un determinado medio y muy poco comunicativo al modificarse la pauta expresiva. Tolstoi decía que los buenos escritores no saben hablar, que no manejan muy bien el lenguaje por vía oral, y Montaigne, cuya comunicabilidad fue magistral con la pluma, se consideraba "mal orador para el común, porque en todo acostumbro a decir lo más extremo y final que sé" (Ensayos, ll, 17).
El término dócil está empleado aquí, exclusivamente, para designar a las personas o animales que reciben fácilmente las enseñanzas impartidas, y el terco viene a ser el individuo completamente refractario a ellas. La virtud de la docilidad no es incompatible con la virtud de la firmeza: se puede ser permeable a la opinión ajena y a la vez mantener la propia con ímpetu y con una cuota imprescindible de dogmatismo. El propio Descartes, el creador de la duda metódica, aconseja no dudar una vez que nos hemos encaminado en una dirección por más que no sepamos a ciencia cierta hacia dónde vamos. Perdidos por perdidos en medio de un bosque, es conveniente tomar cualquier camino y seguirlo derechamente que no deambular sin plan o permanecer parado. Probablemente no llegaremos adonde queríamos llegar, pero al menos llegaremos a algún lado (Discurso del método, parte lll). Eso es firmeza.
Cuando yo hablo de misericordia pienso exclusivamente en la capacidad que presentan ciertos individuos de refrenar una determinación volitiva previa que les ordenaba producir un daño equis a otro individuo ya sometido y como en espera del castigo. La misericordia puede confundirse con la compasión, pero ésta no es una virtud sino una emoción, y ya hemos dicho que las emociones no puede ser virtudes; sólo pueden aspirar, como mucho, a la categoría de respuestas afectivas al valor. La compasión es una respuesta afectiva adecuada --puesto que pertenece al grupo de las emociones amorosas--, mientras que la misericordia es una facultad intelectual que suele venir acompañada del sentimiento compasivo. Su antítesis es la insensibilidad, llamada así en honor a la brevedad pero que puede mejor responder a la frase "dureza de corazón". Así, la insensibilidad es para mí la cualidad que nos impide condolernos del mal ajeno que estamos a punto de causar. Esta especificación es importante para no extender el concepto y hacerlo superponer con otros vicios, con el sadismo sobre todo, y lo mismo le cabe a la misericordia, que si se interpreta de un modo más general ya deja de ser misericordia para entrar derechamente al ámbito de la bondad inteligentemente activa.
El sentido del humor tiene dos facetas. Indica, por un lado, la capacidad de apreciar el costado cómico de casi todo suceso, y por otro se refiere a la comicidad, a la capacidad de hacer reír a los demás. Estas dos facetas aparecen por lo general en forma simultánea, pero puede darse el caso de un gran cómico que viva presa de la melancolía --lo que les sucede, según la creencia popular, a muchos payasos-- o de un gran reidor que sea incapaz de hacer reír a nadie. Su antítesis, el amargor, les cabe a los individuos que presentan una notable ceguera para el hecho cómico (o lo perciben con levedad, sin la fuerza necesaria como para disparar la risa) y a la vez están impedidos de provocarlo. Es el vicio intelectual por excelencia.
La belicosidad es el impulso a la lucha y agresión física y al conflicto, y la mansedumbre nos mantiene siempre al margen de tales contiendas. Pero no es cobardía, porque el cobarde huye del combate dominado por el pánico, mientras que los mansos huyen por principios y sin temor alguno. Si el manso evita una pelea no por principios, sino para no salir dañado, ya sale de la categoría de manso y entra en la de cobarde. El cristiano ideal, según Jesús, es una persona mansa; según Nietzsche, es un cobarde. Y es que el temperamento del manso suele ser tan parecido al del cobarde que no es raro ver pasar a un hombre de la mansedumbre a la cobardía en un abrir y cerrar de ojos y a cada rato. Sólo un santo, un héroe o un sabio puede llegar a ser manso y valiente a la vez. Contentémonos nosotros con ser mansos y no-cobardes, o bien con ser valientes y no-belicosos.
El belicoso, en tanto que tal, no es irascible[1]. La irascibilidad puede llevar a la belicosidad, pero también al medroso resentimiento. No hace falta que defina la irascibilidad pero sí a su antítesis. El contentamiento es una facultad mental muy parecida al sentido del humor. Éste nos hace ver el costado cómico de las cosas; el contentamiento nos muestra su lado alegre, jovial, festivo. El irascible tiende a enojarse por naderías; el contento, por esas mismas naderías, se alegra. Las empresas que uno acomete cuando está enojado surten efectos por lo general nocivos para el prójimo, y lo mismo pero a la inversa cuando se actúa con alegría. Es por eso (y sólo por eso) que la irascibilidad es un vicio y el contentamiento una virtud.
Lo propio cabe decir en relación a la autoestima y el autodesprecio: poseídos de aquélla laboramos mejor para el mundo que sumidos en este. La autoestima difiere de la soberbia en que aquí los valores supuestos como propios no existen objetivamente y allí sí, y el soberbio vive comparándose con los demás, cosa de la que no se cuida el autoestimador, que no es un fariseo (ver la nota al pie de las anotaciones del 14/9/8)[2].
Los demás vocablos de mi lista no difieren, o difieren poco, de la idea general que representan; me ahorraré, por ahora, el trabajo de definirlos.

Algún católico me reprochará el no incluir en mi listado a las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. A esto respondo con lo siguiente. La fe forma parte --la parte más importante-- de la virtud que di en llamar religiosidad. Decir "hombre de poca fe" es para mí casi lo mismo que decir "hombre irreligioso". Sin embargo, todos hemos visto los desastres y terrores que la fe puede causar, de modo que la religiosidad se me presenta como una virtud bien relativa. Pero es una virtud; no caigamos en el error de suponer que sin religiosidad el mundo sería más pacífico y llevadero. Los Bin Laden siempre serán los Bin Laden, y si no matan por Alá matarán por el aumento en el precio del zapallo, por la escasez de mujeres delgadas o por la demostración del teorema de Fermat.
Respecto de la esperanza, su carácter sentimental me impide considerarla una virtud. Y así como la compasión es un sentimiento que tiende a ligarse con las virtudes de la misericordia y la bondad inteligente, la esperanza es el sentimiento propio del individuo paciente y optimista. Y la caridad, desde luego, es el sentimiento propio del individuo bondadoso.

A los pecados capitales los tengo casi cubiertos. La soberbia, como vicio rey, está en la cima de cualquier ranking. La pereza, la lujuria, la codicia (como avaricia) y la ira (como irascibilidad), figuran todas en mi listado de vicios menores. También la gula, sólo que incluida en un término más abarcativo: la incontinencia. Queda solamente la envidia. Pero ésta es un sentimiento: no puede ser un vicio, es uno de los tantos sentimientos enfermizos característicos de ciertos vicios, recalando especialmente sobre los individuos irascibles y sobre los sádicos.

Quedan por considerar las virtudes cardinales en sentido teológico: prudencia, templanza, fortaleza y justicia.
La prudencia es la virtud que posibilita el recto juicio. Puede asimilarse a lo que yo entiendo por ecuanimidad.
La templanza es la virtud que armoniza y refrena nuestros deseos, en especial los concupiscibles. Puede asociarse a lo que yo entiendo por continencia.
La fortaleza consistiría en adherirse firmemente a lo recto, y en el poder resistir el mal y también atacarlo cuando nos arrincona. Es una valentía depurada, en aleación con una dosis de bondad y otro tanto de inteligencia trascendente.
Este recuento termina con la justicia. Y con un breve relato imaginado por David Hume:

Supongamos que, por destino, un hombre virtuoso cayese en una sociedad de forajidos, alejado de la protección de las leyes y del gobierno. ¿Qué conducta debería seguir en esta triste situación? El virtuoso ve que prevalece una rapacidad desesperada, que se desatiende la equidad, que se desprecia el orden y que hay una ceguera tan estúpida en lo que se refiere a las futuras consecuencias, que inmediatamente debe tomar la resolución más trágica y concluir destruyendo el mayor número y disolviendo toda la sociedad restante. Mientras tanto, él no tiene otro recurso que armarse y [...] consultar a los dictados de su autoconservación, sin atender a aquellos que ya no merecen su cuidado y atención (Investigación sobre los principios de la moral, sección tercera).

El relato describe a la perfección lo que haría en ese caso un individuo justiciero. Ajusticiaría. Por ir a favor de su impulso de justicia se pondría en contra de la bondad, de la humildad, de la mansedumbre, de la paciencia, de la serenidad, del optimismo, de la misericordia, de la religiosidad, de la cortesía, de la tolerancia, de la ternura y del contentamiento. Pero una virtud que contradice a otras doce bien reconocidas, ¿es una virtud? Pareciera que no. Pareciera que una virtud que choca frontalmente con otra virtud esconde algo podrido, no digamos ya si choca contra un ejército de virtudes. Entonces, una de dos: o la justicia es una caricatura grotesca de la virtud, o las otras doce cualidades han sido mal escogidas.
Regresemos a la escena que nos propone Hume, pero troquemos a su hombre "virtuoso" por un cristiano primitivo, o por el mismísimo Jesús. Inmediatamente, el relato cobra un final feliz. ¿Que cuál es ese final? No lo sé. Sólo sé que es un final feliz.
o o o


Miércoles 24 de septiembre del 2008/ 9,07 a.m.

Podemos observar justamente [...] que después de haber sido establecidas las leyes de justicia debido a consideraciones de utilidad general, el daño, la opresión y el mal que recibe cualquier individuo, debido a una violación de ellas, son tenidos en cuenta y constituyen una gran fuente de la censura universal que acompaña a todo mal o injusticia. Debido a las leyes de la sociedad, este traje y este caballo son míos y deben continuar perpetuamente en mi posesión: cuento con el goce seguro de ello; si se me priva de ellos, mis esperanzas son defraudadas, me desagrada doblemente y se ofende a todos los espectadores del hecho. Se trata de un mal público, en tanto que son violadas las reglas de la equidad; es un mal privado, en tanto se daña a un individuo. [...] El respeto por el bien general está muy apoyado por el respeto que se guarda al bien particular.
David Hume, op. cit., tercer apéndice

Vamos a dejar algo en claro. Yo no estoy a favor del robo. El ladrón es un ser belicoso, avariento (o consumista), deshonesto, pérfido, irreligioso, descortés, intolerante y desobediente. El ladrón es un hombre vicioso como pocos; y si no puedo afirmar que robar es malo porque ya he dicho que los juicios de valor que incluyen resortes motores (es decir, que implican acciones), si se jactan de ser universales, son siempre falsos, puedo sí expresar la idea de que robar es generalmente malo. Es probable que haya sido un error el no incluir la rapiña dentro de la lista de los 40 principales vicios menores y el respeto por la propiedad ajena dentro de las virtudes. Sí, señor Hume, no se extrañe usted: yo creo en la existencia de la propiedad y creo que es un deber respetarla. Su caballo es su caballo, y yo no se lo voy a quitar por más que usted lo haya robado a otro, o adquirido viciosamente. Lo que aquí hay que diferenciar es el derecho de propiedad y la posesión. La posesión existe (de hecho) y el hombre virtuoso la respeta, pero la respeta no porque venga respaldada por un supuesto derecho de propiedad, sino porque al violarla incurriría en algunos de esos vicios que ya he nombrado o en todos ellos. Que una persona tenga derecho a poseer 200 millones de dólares, 15 mansiones y una flota de automóviles al tiempo que los niños africanos mueren como moscas por carecer de comida, es algo contrario a toda ética civilizada, no entra en una sana cabeza. Dirá Hume que toda ley y todo derecho puede sobrepasar ciertos límites y tornarse perjudicial en ciertos casos, y que hasta las leyes divinas, por las cuales Dios gobierna el mundo, siendo las mejores leyes posibles, prescriben el dolor y la tragedia en no pocas ocasiones (cf. ídem, tercer apéndice), o sea que justifica estos desbandes propietarios como excepciones al bien general que acarrea este derecho en sentido estadístico. Pero estos desbandes, ¿son excepcionales? El 70% de la riqueza material susceptible de ser apropiada legalmente (dinero, muebles e inmuebles, tierras) está en manos del 5% de la población total del globo. El abuso al supuesto derecho de propiedad, lejos de ser una excepción, es la regla. Acierta Hume al afirmar que la manera más indicada para evaluar la moralidad o inmoralidad de un suceso es analizar las consecuencias útiles o agradables, o inútiles o desagradables, que dicho suceso tiende a producir, estadísticamente hablando, en el tejido social que lo enmarca. Pues bien: si ese 70% de la riqueza acumulada gracias al amparo del derecho de propiedad se dispersase por la tierra y recayese, como divino maná, sobre las cabezas de aquellos niños hambrientos y sobre toda cabeza plagada de necesidades extremas, ¿no se produciría un superávit escandaloso de consecuencias útiles o agradables para el grueso de la gente?[3]
Yo creo en la posesión, porque de hecho poseo cosas y las considero mías. Sin embargo, no me considero con derecho a poseerlas. Este derecho es un artificio, lo cual no sería de temer, pues la vida humana se ha ennoblecido desde que los artificios existen; el problema es que dicho artificio es contraproducente y hasta letal para el desarrollo de una civilización avanzada --no así para el desarrollo de una civilización como la nuestra.
¿Se ve claro el punto adonde quiero llegar? No me interesa si el derecho de propiedad ha resultado perjudicial o beneficioso a las anteriores civilizaciones, pero la tendencia señala que cuanto mayor es el cúmulo de riquezas materiales, mayor es el perjuicio (¡la injusticia!) comunal, de modo que la civilización futura, si ha de ser próspera en producción y en alegrías, tendrá que abandonar este derecho, o si quiere conservarlo y conservar también las ganas de vivir, tendrá entonces que abandonar la producción enfermizamente sistemática y retrotraerse a la época de las artesanías.
Desdeñar el derecho de propiedad no implica negar la posesión, sólo implica negar el concepto de injusticia que suele venir anexado a la usurpación. Lo mío seguirá siendo mío, pero no será injusto que me lo usurpen. No tendré derecho a protestar, ni a litigar, frente al robo. No podemos prohibirnos sentir la injusticia; los sentimientos no pueden autocoercerse como las acciones. Lo que sí podemos hacer es negarle realidad ontológica a ese término. De ese modo, seguiremos sintiendo, padeciendo la injusticia, pero ejerceremos una positiva coerción sobre las acciones que habitualmente los hombres ejecutan al considerarse tocados por ella. Si me roban, ¡que me roben! (o que maltraten a mi familia, pues mi cuerpo y mi familia son también mis posesiones). Al no reaccionar frente al sentimiento de injusticia, evito ejercitar la belicosidad, el sadismo, la intolerancia, etc., y ya vimos, con Aristóteles, que el ejercicio incrementa nuestros vicios o virtudes tal como incrementa nuestros músculos. Pero además de no ejercitar estos vicios, adoptando la no-litigación y la no-venganza ejercito la bondad, la mansedumbre, la paciencia y un sinnúmero de cualidades virtuosas que harán de mí un atleta de la ética.
Todos concordamos en que el estudio de la ética tiene por materia no lo que es, sino lo que debería ser.
Las acciones motivadas por el impulso justiciero existen, pero no deberían existir.
Los ladrones existen, pero no deberían existir.
Los justicieros existen, pero no deberían existir.
El derecho de propiedad existe, pero no debería existir.
La posesión personal existe... y debería seguir existiendo.
o o o

Jueves 25 de septiembre del 2008/11,50 y 5 a.m.
Tuvo aciertos y errores David Hume a la hora de investigar sobre la ética.
El primer acierto radica en su empirismo:

Ya es hora de intentar una reforma en todas las disquisiciones morales y rechazar todo sistema de ética, por más útil e ingenioso que sea, que no se funde en los hechos y en la observación (op. cit., sección primera).

A mí me costó aceptar este postulado debido a sus implicancias antimetafísicas. Empecé mis propias investigaciones morales, estas mismas que ya estoy culminando, entrometiendo a la intuición intelectual en este asunto, mas luego fui modificando mi punto de vista y me acerqué al gran David --sin por ello renunciar a mis creencias esotéricas, que se apertrecharon en el nivel conductual o práctico de mi axiología.
Después está su reivindicación del utilitarismo y del hedonismo:

El mérito personal consiste por completo en la posesión de cualidades mentales útiles o agradables a la persona misma o a los demás (ídem, sección novena).

Pero a cada quien lo suyo: no sucede que lo útil o lo agradable sean los parámetros a través de los cuales pueda definirse la bondad o la conducta ética, sino más bien los parámetros necesarios para su verificación. "Todo lo que de algún modo pueda ser valioso --dice Hume--, se clasifica tan naturalmente en la división de lo útil y agradable, que no es fácil imaginar por qué habríamos de indagar más allá o considerar la cuestión como asunto de sutil examen o investigación". El problema estriba en que si bien todas las virtudes tienden a producir actos o acciones útiles o agradables, no todas las acciones ni todos los actos[4] útiles o agradables tienden a ser producidos por una virtud. El cólera, por lo general, causa diarrea. Si yo estoy tratando de descubrir gente colérica en medio de una epidemia, sospecharé de aquellos que presenten ese síntoma, pero nunca se me ocurrirá decir que todos los individuos diarreicos están siendo víctimas del vibrión, pues la diarrea de algunos podría deberse a otros motivos. Remplácese cólera por virtud y diarrea por utilidad o agrado y se descubrirá la falsedad del utilitarismo y del hedonismo cuando pretenden asumir el rol principal en los estudios éticos y no se conforman con la función que les ha tocado. Beber agua cuando se tiene sed es agradable, y ¿qué virtud ha provocado la hidratación? La utilidad de la defecación es incontestable; el valor ético que la posibilita, inencontrable. Se me retrucará que la hidratación y la defecación tienen valor vital y que por eso agradan y son útiles, pero aquí estamos analizando, tanto Hume como yo, el tema de la ética. Afirmar que todo lo que tiende a ser útil o agradable posee valor vital no es lo mismo que referir estas condiciones a los valores éticos.
Pero son verdaderos el utilitarismo y el hedonismo en este sentido: si alguna cualidad mental tiende a producir, estadísticamente hablando, más desagrados que agrados en el tejido social y en el largo plazo, o si tiende a ser más inútil o perjudicial que útil y servicial para los que reciben sus efectos, dicha cualidad es enfermiza, lo que significa que puede tratarse de un vicio o bien de un defecto, pero nunca de una virtud o de un talento. El buen comportamiento, pues, se relaciona directamente con las cualidades mentales útiles o agradables a los demás y sólo a los demás, sin incluir a la persona poseedora de la cualidad, a la que Hume también tomaba en cuenta. Podría suceder que la puesta en práctica de una virtud le cause inconvenientes y desagrados de todo tipo al virtuoso; no por eso dejará de serlo y de llamarse virtud su cualidad. Pero si esa cualidad tiende a causarle inconvenientes y desagrados al prójimo (tomando este prójimo en un sentido tan abarcativo en tiempo y espacio que puede considerarse antitético respecto de la etimología de la palabra), entonces ya, por definición, dejo de considerarla una virtud o un talento y la encuadro dentro de los vicios o los defectos[5].
Lo agradable y útil sirve como verificación del empleo de una virtud, pero estoy hablando de una verificación lo más objetiva que pueda concebirse, lo cual excluye lo que pueda opinar o sentir la masa o relega este factor a un segundo plano. "La noción de la moral --dice Hume, que se presenta más democrático que yo en este aspecto-- implica algún sentimiento común a toda la humanidad, que recomienda el mismo objeto a la aprobación general y que hace que cada hombre o la mayoría de ellos estén de acuerdo en la misma opinión o decisión acerca de él" (ídem, sección novena). Pero esto sólo sirve como aproximación gruesa. Todos aprueban la buena conducta evidente y reprueban los crímenes y atrocidades; el clamor popular no nos hacía falta en estos casos para constatar el carácter virtuoso o vicioso de los hechos. Acepto, con algunas reservas, que el sentimiento popular tiende a coincidir aquí con la investigación objetiva, pero es en los casos más intrincados en donde, o no se deja oír, o equivoca el grito, y como son estos casos justamente los que, por su problematicidad, piden verificación, es de todo punto incorrecto sostener que tal verificación puede caer en manos del sentimiento general, y mucho peor es afirmar que no sólo la verificabilidad, sino la ética en su raíz "está determinada por el sentimiento", y entonces definir la virtud como "cualquier acción moral o cualidad que da al espectador el agradable sentimiento de aprobación. Y el vicio es lo contrario" (ídem, primer apéndice). ¡No, Hume, no! ¡La virtud engendra efectos benéficos, no aprobaciones o vituperios!...[6]. La virtud produce, muchas veces, efectos que navegan soterrados, que resurgen cual cristalino manantial a kilómetros y kilómetros --espaciales o temporales-- de su nacimiento, efectos que no son percibidos por la muchedumbre y que por ende no puede aclamarlos. ¿Y quién negará que los efectos que traslucen algunas virtudes en la superficie --la austeridad, por ejemplo-- puedan resultar chocantes para cierta gente? Y sin embargo ¡cuánto bien producen, por más que sólo puedan apreciarlo unos pocos elegidos!... Este principio de que "toda acción o cualidad de cada ser humano debe ser colocada en una clase o denominación que exprese la general censura o aplauso" (ídem, sección novena) incentivó a Hume a clasificar "toda la serie de virtudes monásticas [...] en la lista de los vicios", pues ¿quién aplaude lo que hacen los monjes a escondidas dentro de sus conventos? Y sin embargo esas virtudes, operando lentamente sobre el propio ejecutor, lo modifican de tal modo que terminan convirtiéndolo en un aceitado instrumento divino, listo para beneficiar al mundo ni bien decida dejar atrás el encierro. Y todo lo que haga en pro de los demás cuando esté libre será efecto de aquellas virtudes que supo aplicarse a sí mismo y que nadie aplaudía[7].
Ahora pasemos al egoísmo.

Hay un principio sobre el cual los filósofos han insistido mucho [...], y es el de que cualquier afecto que podamos sentir o imaginar que sentimos por los demás, no puede ser desinteresado, como tampoco ninguna pasión puede serlo; que la amistad más generosa, por más sincera que sea, es una modificación del amor a sí mismo y que, aun sin saberlo, sólo buscamos nuestra propia satisfacción mientras parecemos hondamente comprometidos en planes por la libertad y la felicidad de la humanidad (ídem, segundo apéndice).

Empieza Hume por negar que los que han levantado este principio hayan sido ellos mismos egoístas en el sentido clásico del término, ensalzando a todos ellos por sus rectos procederes. Sin embargo, no tarda en mostrarse opositor a esta escuela, y los argumentos que despliega en su contra son contundentes:

La hipótesis egoísta [...] es contraria al sentir común y a nuestras nociones más libres de prejuicios [...]. Al observador más descuidado le parece que existen disposiciones tales como la benevolencia y la generosidad y afectos como el amor, la amistad, la compasión y la gratitud. El lenguaje y la observación común han subrayado las causas, objetos y funcionamiento de estos sentimientos, y los han distinguido claramente de las pasiones egoístas.

Menciona como inexplicable dentro de una tal doctrina el llanto del amigo protector que ha perdido a su protegido, y luego el talón de Aquiles del egoísmo doctrinario: el comportamiento animal:

Vemos que los animales son susceptibles de amabilidad, tanto para su propia especie como para la nuestra, y en este caso no hay la menor sospecha de disfraz o de artificio. ¿Explicaremos también todos sus sentimientos a partir de sutiles deducciones de interés personal? Y si admitimos una desinteresada benevolencia en las especies inferiores, ¿mediante qué regla de analogía podemos rechazarla en las superiores?

No hace falta decir que coincido con todo esto, pero yo no sé si al plantear así las cosas comprendió Hume la diferencia de contexto que separa las acciones instintivas de las racionales. Porque podría muy bien el egoísta contestarle que los animales actúan y sienten por instinto, y que la teoría del egoísmo se circunscribe a los humanos porque son los únicos seres que se determinan principalmente por razones. No imagino la respuesta humeana, pero sí puedo dar la mía: el egoísmo es falso porque si bien la razón no puede salir de su influjo, las determinaciones humanas pueden escapar del influjo de la razón. La mayoría de las acciones cargadas de gran virtuosismo se manifiestan por vía intuitiva, memética o instintiva, quedando la razón muy rezagada en este contexto. Este decidido irracionalismo suena exagerado, pero yo no digo que el individuo humano se comporta por lo general irracionalmente, sino sólo cuando es excitado por una virtud superior. Y aun en estos casos, no entienda el lector que la razón está excluida del proceso previo y preordenador de la acción irracional; si así fuera, rara vez la virtud se plasmaría. Un pintor que valiéndose de la virtud cardinal esteticista, decidiese crear una de sus obras, estará, mientras la va creando, acicateado por una intuición o por sus memes[8], pero todos los detalles anteriores a la creación y necesarios para que se produzca (la compra de los lienzos y demás materiales, la programación del día de la ejecución, etc.), dependerán generalmente de la razón del artista, que ordenará todos estos requisitos con gran esmero en la suposición --que tal vez resulte cierta-- de que pintar le causará placer o podrá evitarle algún dolor. La razón arma, configura la logística de la virtud, y luego la virtud entra en acción por otra vía. Es como el caso del hipnotizado al que se le ha ordenado que cuando despierte del trance, abra la ventana de la pieza ni bien escuche cierta palabra. Al oírla, inventará cualquier excusa --que él mismo considerará oportuna-- para cumplir la orden, como "¡qué calor que hace!", o "me siento mareado, necesito aire", y al instante, sorteando racionalmente cualquier obstáculo que se lo impidiese, abrirá la ventana. Pero la verdadera teleología de la acción será hipnótica y no racional.
Desde ya que hay virtudes que se manifiestan racionalmente, porque no hay incompatibilidad entre ciertas acciones éticamente deseables y el egoísmo. Si a mí me incomoda llegar tarde a una cita, utilizaré, con conciencia y razón, la virtud de la puntualidad para evitar esa situación; evitaré los disgustos ajenos de quienes me aguardan pero indirectamente, porque mi plan es evitar mi propio disgusto. Es egoísmo, pero el beneficio hacia los demás no ha desaparecido y por lo tanto es una buena acción. Sin embargo, cuando se trata de virtudes más elevadas que la mera puntualidad, la vía de manifestación tiende a escapar del racionalismo. Es que como bien decía Scheler, nosotros actuamos en sentido ético cuando, presas de una virtud, damos cumplimiento a un valor que no es una virtud, a un valor extramoral. El pintor del ejemplo no pinta con atención a su virtud, sino enfocado en el valor estético –o en el valor cultural-- que desea darle al cuadro. Cumplimenta este valor estético, crea belleza, debido a su virtud esteticista, pero esta virtud no se habría "enfocado" de modo adecuado si el pintor, en vez de apuntar al valor por sí mismo, hubiese querido pintar simplemente para ganar dinero, o en función de cualquier otro motivo racional, de teleología egoísta. Se puede ser puntual para evitar los reproches de impuntualidad o se puede ser puntual por respeto a las personas que nos esperan. En el primer caso, el valor de las personas que nos esperan --valor ontológico, extramoral-- es desdeñado o a lo sumo utilizado como herramienta de supresión de dolores; en el segundo caso es ese valor por sí mismo el que motiva nuestro apuro, y entonces ya no puede decirse que la puntualidad operó aquí racionalmente. ¿Operó intuitivamente? Sería exagerado admitirlo, por lo cual tengo que suponer que las acciones éticas no egoístas que se valen de virtudes relativas tienen siempre (si es que la virtud relativa no está al servicio, como punta de lanza, de una virtud absoluta), tienen siempre una vía de operación instintiva. Cuando una virtud relativa opera directamente apuntando al valor extramoral que el individuo desea concretar, la operación es instintiva siempre, y es racional cuando la virtud se aplica sobre un deseo egoísta que se valdrá del valor extramoral para concretarse. Pero esta aplicación de una virtud sobre un deseo personal no puede darse cuando se trata de virtudes relativas de gran jerarquía. Así, por ejemplo, no se puede practicar la valentía en función de que los demás nos adulen por ello: se es valiente debido a la percepción de un valor extramoral que pide realizarse, o no se es valiente en absoluto. Y volvemos a lo mismo de antes: no es que la valentía humana, por ser instintiva, tenga que manifestarse salvajemente y sin concierto. La decisión de alistarse como soldado en una guerra será instintiva (el valor valentía enfocado en el supuesto valor extramoral denominado patria), pero los aprontes previos al alistamiento y a los combates podrán servirse sin contradicción de decisiones racionales.
La razón --la razón práctica, aclaremos-- ha salido muy maltrecha, malherida, como atropellada por este tren de la eticidad al que se quiso trepar cuando ya estaba en movimiento. Y es que los seres vienen siendo buenos y vienen siendo malos desde mucho antes de que nosotros, con nuestra razón a cuestas, existiéramos. Pero entonces ¿por qué los animales son tan moderados en sus bienandanzas y el hombre alcanzó la santidad? Porque el animal no tiene, para guiar sus virtudes instintivas, esa racionalidad que por sí misma tan poco puede hacer. ¡Razón práctica, humíllate ante los instintos que se subliman en virtudes! ¡Sírveles, con la cabeza gacha, y acepta tu destino!
o o o

Viernes 26 de septiembre del 2008/9,50 y 5 a.m.
Hace un año y pico, el 16 de agosto del 2007, enumeré por primera vez mis cuatro virtudes cardinales y las dispuse gráficamente como formando los ángulos de un rombo erguido, con la virtud suprema de la bondad inteligentemente activa a la cabeza y la humildad cubriendo la superficie toda de la figura: [por motivos técnicos no puedo copiar esta imagen]


Luego enumeré algunas de las virtudes relativas o temperamentales y adopté la convención de ubicarlas en los lados de la figura. Cuatro son estos lados y cuarenta las virtudes relativas principales, de modo que conviene ubicarlas de a diez por lado:


VERACIDAD INTELIGENCIA TRASCENDENTE
· Firmeza responsabilidad
Determinación liberalidad
Cinismo mansedumbre
Laboriosidad puntualidad
Honestidad continencia
Obediencia tolerancia
Lealtad misericordia
espíritu de sacrificio religiosidad
solidaridad paciencia
· valentía autenticidad
BONDAD BONDAD

VERACIDAD INTELIGENCIA TRASCENDENTE
autenticidad ecuanimidad
autoestima madurez
optimismo serenidad
docilidad pulcritud
servicialidad perseverancia
gratitud sigilosidad
sencillez cortesía
pureza sexual ternura
contentamiento sentido del humor
amistosidad comunicabilidad
ESTETICISMO CENTRÍFUGO ESTETICISMO CENTRÍFUGO

Las virtudes relativas que aparecen muy próximas a una virtud absoluta pueden combinarse con ésta y manifestarse por vía intuitiva o memética. Para la bondad, este polo de atracción incluye las tres virtudes más próximas de cada lado, que son las de mayor importancia después de las virtudes absolutas: valentía, austeridad, solidaridad, paciencia, espíritu de sacrificio y religiosidad. Los polos metapsicológicos de la inteligencia trascendente y la veracidad pueden a su vez "chupar" cuatro virtudes relativas cada uno: responsabilidad, ecuanimidad, liberalidad y madurez, y firmeza, autenticidad, determinación y autoestima. El polo metapsicológico del esteticismo centrífugo es el de menor intensidad: sólo pueden asimilársele las virtudes de la amistosidad y la comunicabilidad. Esto no significa que siempre que se actúa motivado por estas virtudes desplazantes tenga lugar un procedimiento intuitivo o memético; en ocasiones normales, dichas virtudes eligen la vía instintiva.
Luego de las virtudes desplazantes vienen las virtudes instintivas propiamente dichas. Éstas se manifiestan por instinto la mayoría de las veces, y en raras ocasiones por la vía racional. Las más próximas a la bondad son: misericordia, lealtad, tolerancia y obediencia. Las virtudes instintivas cercanas al esteticismo centrífugo también son cuatro: sentido del humor, contentamiento, ternura y pureza sexual. Los otros polos presentan tan sólo dos virtudes instintivas cada uno: la mansedumbre y la serenidad en el caso de la inteligencia trascendente, y el cinismo y el optimismo en el caso de la veracidad.
Por último nos quedan las virtudes racionales, que tienden a manifestarse a través de la razón, aunque no es imposible que utilicen la vía instintiva. Son éstas, además, las virtudes que más se acercan al concepto aristotélico del aprendizaje por hábito: la potencia del impulso virtuoso se va incrementando conforme lo vamos llevando a la práctica. Las virtudes racionales que se aproximan a la inteligencia trascendente son: puntualidad, pulcritud, continencia y perseverancia. Próximas a la veracidad: laboriosidad, docilidad, honestidad y servicialidad. Próximas al esteticismo centrífugo: sencillez, cortesía, gratitud y sigilosidad. No existen este tipo de virtudes en las proximidades de la bondad.
o o o

[1] Ejemplo de animal belicoso pero no iracundo es la hiena; ejemplo de animal iracundo pero no belicoso es la abeja.

[2] Contra el autodesprecio de Santa Teresa, he aquí la sensatez de Montaigne: "No se crea el hombre inferior a lo que vale. El juicio debe mantener sus derechos en todo, y es de razón que vea en eso, como en lo demás, lo que la verdad le representa. El que sea César, júzguese audazmente el mayor caudillo del mundo" (Ensayos, II, 17).
[3] Y no me vengan con eso de que "tomarían su maná, se saciarían y, cuando se acabase, volverían a su anterior indigencia". ¡Estúdiense las leyes de producción, señores! ¡Con un 10% de lo producido actualmente podría vivir bien comida y bien abrigada la totalidad de las personas!
[4] La principal diferencia entre acciones y actos radica, como ya se aclaró más arriba, en que las primeras presentan causación voluntaria y los segundos involuntaria.
[5] Los talentos éticos son virtudes pequeñas, y los defectos éticos son pequeños vicios. Son cualidades no tan virtuosas ni tan viciosas.

[6] Y si se desea conocer qué hay detrás de los vagos términos "beneficio" o "utilidad", digo que hay placer maximizado y escarchado (repartido uniformemente). Hasta aquí puedo remontarme. La definición de placer escarchado sólo es extensiva: observando (o imaginando) buena cantidad de casos, el concepto cobra significado.
[7] Nombra Hume al celibato, al ayuno, la penitencia, la mortificación, la abnegación, la humildad y el silencio como las virtudes monásticas que son en realidad viciosas. Según mi punto de vista, las únicas actitudes que implican vicio en esta lista son la penitencia y la mortificación (implican autodesprecio).
[8] ¿He dicho ya que las virtudes cardinales, además de intuitivamente, pueden operar meméticamente? Si no lo dije, lo digo ahora.