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jueves, 30 de enero de 2014

LA TEMPERAMENTOLOGIA EVOLUTIVA DE FOUILLEE

El carácter innato no es más que el punto de partida de una evolución nueva, realizada por el individuo mismo y que se expresa en el carácter adquirido.
Alfred Fouillée, Temperamento y carácter, p. 9

Según creo, este carácter adquirido --que puede llegar, en ciertos casos, a modificar radicalmente al carácter innato de una persona-- se adquiere tanto más pasivamente cuanto más vanidoso es el individuo en cuestión y tanto más activamente cuanto mayor es su grado de humildad[1]. Por eso los niños son mucho más influenciables socialmente que los adultos: ¿acaso hay alguien más vanidoso que un impúber o un adolescente?

El hombre no está hecho [completamente] de antemano, se hace: lo propio de su naturaleza es poder siempre añadir algo a su naturaleza.
Ibíd., pp. 10-11

Cuando joven, el ser humano tiende a modificar su carácter innato en la forma pasiva descrita por Fouillée; conforme va creciendo, tiende a seguir modificándolo, pero ahora de modo más activo. Claro que hay octogenarios que siguen siendo tan influenciables como un joven de quince años, pero estas son excepciones dentro de la generalidad.

El humor es el primer y general efecto del estado entero del organismo en la conciencia; es el bienestar o malestar resultante del sentido vital.
Ibíd., p. 34

El humor o estado de ánimo que una persona presenta en determinado momento depende de cinco factores claramente definidos: 1) los acontecimientos de orden fisiológico que se dan en el organismo de dicha persona en ese instante, 2) los acontecimientos de orden físico que se dan en el universo en ese instante, 3) los acontecimientos de orden social que se dan en el universo en ese instante, 4) los acontecimientos psicológicos que se dan en su espíritu en ese instante y que son consecuencia directa de las tres clases anteriores de acontecimientos que lo influyen en ese instante, sumados, gracias a la memoria, los acontecimientos pasados y sumados también los acontecimientos físicos, fisiológicos o sociales que su mente pronostica para el futuro, y 5) la capacidad de intuición que presente la persona en ese instante, capacidad que, si bien dependió para formarse de factores físicos, fisiológicos y sociales y del conjunto todo de la conciencia que los cobija, en el momento de intuir no depende absolutamente de nada que no sea el inconsciente colectivo profundo, lugar común desde donde surgen las intuiciones que todo ser es capaz de asimilar en mayor o menor medida. Según el grado de madurez de cada persona, su estado de ánimo en un momento dado está determinado más por el ítem 1 que por cualesquiera de los otros en los casos de la más aguda carencia de personalidad, o más por los ítems 1 y 2 cuando el sujeto es levemente personal, o más por 1, 2 y 3 cuando es moderadamente personal, o más por 4 cuando tiende a ser regularmente personal, o, finalmente, su estado de ánimo estará determinado más que nada por 5 en los casos en que el individuo presente una personalidad magníficamente desarrollada.

El sensitivo demasiado nervioso está expuesto, al desequilibrarse y debilitarse más y más, a devenir melancólico. Bajo este último nombre designaban los antiguos a los nerviosos.
Ibíd., p. 51

La melancolía es una enfermedad que afecta directamente al estado de ánimo y es típica de los individuos predominantemente cerebrotónicos. Un remedio eficaz para combatirla es el de ponerse a trabajar en alguna tarea socialmente útil y que no requiera de discernimientos intelectuales complejos.

Hay nerviosos alegres y nerviosos tristes; solamente que los alegres tienen generalmente accesos de tristeza; además, por poco que se debiliten y se separen más y más del tipo sanguíneo, están expuestos a acabar por ser más frecuentemente tristes que alegres.
Ibíd., pp. 51-2

Los individuos predominantemente cerebrotónicos son tan alegres como los predominantemente somatotónicos. Lo que pasa es que cuando un somatotónico está contento lo hace saber ruidosamente, mientras que el cerebrotónico tiende a guardar su alegría dentro de sí mismo y entonces nadie que no sea él la nota. Y en relación a sus tristezas, son de categorías completamente diferentes: el cerebrotónico agoniza en la melancolía; el somatotónico, en la impotencia. No viene aquí al caso, pero cerremos diciendo que la mayor causa de tristeza en los viscerotónicos se da cuando mantienen insaciado un deseo de venganza.

Existen movimientos que parten de los centros nerviosos y del cerebro, en lugar de ser una respuesta a las excitaciones visibles del exterior; tales son los que Bain llama movimientos espontáneos. Su espontaneidad no es, por lo demás, más que aparente y no implica un poder de escape al determinismo; implica sólo un movimiento cuya causa está en las excitaciones internas, no externas. En este sentido la actividad espontánea es la característica de la vida y del querer vivir.
Ibíd., p. 62

Estos movimientos espontáneos son los que Vaz Ferreira confundió con el libre albedrío. Obviamente no implican responsabilidad alguna por parte del individuo en cuyo seno se operan, y éste es el punto clave que no entendió ni quiso entender el catedrático uruguayo.

Si queréis sacar el horóscopo de una existencia humana, no es en las constelaciones celestes donde hay que leerlo, sino en las acciones y reacciones del sistema astronómico interior; no estudiéis la conjunción de los astros, sino la de los órganos.
Ibíd., p. 85

Guiándome por las estrellas, predigo que no faltan muchos siglos para que esos chantas que se hacen llamar astrólogos sean remplazados por los fisiotemperamentólogos, científicos que nos dirán, con un grado mucho más probable de certeza, los caminos por donde podrá llevarnos la vida de acuerdo a nuestra constitución temperamentosa.

Hay sujetos de una salud en apariencia excelente, que presentan, sin embargo, accesos de melancolía con una periodicidad pronunciada. [...] Durante el acceso, que puede durar horas, días, semanas, esos individuos devienen apáticos, indiferentes en sus gustos; su pensamiento se esteriliza, su actividad se suspende. Pasada la crisis, cambian como por encanto.
Ibíd., pp. 87-8

Es una descripción casi exacta de lo que a mí me sucede con llamativa frecuencia.

Si las mujeres son, en general, más prontas en deducir conclusiones y más aferradas a sus creencias, es que muchos siglos de cultura inferior ha mantenido el cerebro femenino, en el promedio y en el conjunto, en un grado inferior de complejidad y de plasticidad.
Ibíd., p. 155

Pero a su vez, las mujeres han desarrollado en su espíritu (seguramente por haber tenido la tarea biológica de alimentar y cuidar a sus hijos) pasiones mucho más profundas y duraderas que las del hombre promedio. El hombre tiende a ser más intelectivo (que no es necesariamente lo mismo que ser más inteligente) que la mujer, y la mujer tiende a ser más pasional que el hombre; por eso no es válido decir que el hombre tiende a ser superior a la mujer o viceversa; sólo es superior el hombre menos intelectivo y más pasional que el común de los hombres, y sólo es superior la mujer menos pasional y más intelectiva que el común de las mujeres.

¿De dónde proviene el desacuerdo que a veces subsiste entre la idea moral y el acto? Proviene frecuentemente de que esta idea no es completa ni absolutamente demostrativa. Nunca veréis a un matemático enseñar que dos más dos son cuatro y arreglar sus actos como si fuesen cinco; no veréis a un físico enseñar que los cuerpos son pesados y arrojarse por la ventana con la esperanza de no caer: y es que en ellos las ideas son certidumbres. Si un moralista, por el contrario, no es necesariamente moral, obedece a que su inteligencia, por muy desenvuelta que esté, no puede deducir con certeza la armonía de su bien personal con el bien universal.
pp. 166-7

Correcto: la sola persuasión de que somos más pesados que el aire nos impide tirarnos por la ventana, y del mismo modo, si estuviésemos bastante persuadidos de que procurándole placeres y evitándole dolores al prójimo no hacemos otra cosa que procurarnos placeres y evitarnos dolores nosotros mismos, entonces, por el solo peso de la idea, se nos extinguiría el egoísmo y nos florecería de un saque la generosidad hacia toda especie viviente. Por eso considero que un pensador que desee divulgar sus pensamientos no debe sacrificar en el altar del rigor lógico al siempre maltratado recurso de la retórica, sino que, muy por el contrario, si ha nacido o se le ha incorporado el don de la persuasividad --que no tiene nada que ver con la sofística--, lo mejor que puede hacer es colorear la verdad lógica para que resulte, además de verdadera, bella, y entonces atraiga con su néctar a esos pobres desorientados que necesitan imperiosamente persuadirse de que ser malo no es negocio[2].

Según los fisiólogos, la unión de los sexos tiene por efecto el rejuvenecimiento. Después de cierto número de divisiones asexuadas, las células se usan, envejecen, y no pueden dividirse ulteriormente, a menos de recibir una nueva juventud por su unión con una célula de sexo diferente.
Ibíd., p. 178

Si una simple célula rejuvenece al unirse sexualmente, ¡cuánto más rejuveneceremos nosotros al unirnos con la mujer amada!

Existe algo más justo aún que la justicia, y es la bondad.
Ibíd., p. 219

Quien es bueno, es por ese solo hecho más justo que cualquier erudito jurisconsulto.

Los estudios de Derecho son, entre otros, los que atraen menos mujeres.
Ibíd., p. 242

Eso es porque las mujeres tienden a poseer un concepto de justicia mucho más elevado que el de los hombres. Su justicia suele ir de la mano con el perdón.

La circulación de la sangre se hace más activa con el frío.
Ibíd., p. 271

Si nuestro ritmo cardíaco tiende a subir con el frío, y si es verdadera mi teoría sobre la relación directa existente entre la duración de la vida de un ser humano y la cantidad de veces que ha latido su corazón (teoría expuesta en el desprendimiento VII de mi libro segundo), entonces hay que deducir que los climas fríos, por sí mismos, tienden a limitar el tiempo de vida de los hombres en mayor medida que los climas cálidos[3].

Un esquimal consume al día un número increíble de carne o grasa, o bebe aceite de ballena como nosotros bebemos agua. [...] El chaambi del Sahara no gasta en un mes el doble peso de los alimentos necesarios al esquimal para un solo día.
Ibíd., p. 271

Nosotros, los "esquimales civilizados" que vivimos en países no tropicales, para recuperar las calorías perdidas por el frío que nos sitia recurrimos a las reservas alimenticias de los países tropicales, en donde la tierra es pródiga, y así hacemos posible la paradoja de que países como el Brasil o la India, dos de los mayores exportadores de alimentos, tengan a su vez a gran parte de su población sumida en el hambre y la indigencia. El fantasma de la carencia mundial de recursos alimenticios no es más que eso, un fantasma carente de realidad; sólo hace falta que los que insisten en vivir en la era glacial se acerquen un poco más a los trópicos y comiencen, por ese solo hecho, a consumir una cantidad menor de calorías; las leyes del mercado, sabias como siempre, se ocuparán de distribuir el excedente calórico entre quienes más lo necesiten.

Fisiológicamente, el hombre primitivo era más bien un frugívoro que un carnívoro; puede, pues, creerse con Darwin, que era dulce, no feroz.
Ibíd., p. 274

El paso del hombre del frugivorismo al carnivorismo fue un paso evolutivo e involutivo a la vez. Fue evolutivo porque lo predispuso al pensamiento utilitario al obligarlo a crear armas con las que cazar a sus presas, pero fue también involutivo porque lo rebajó moralmente al obligarlo matar y provocar dolor para poder sobrevivir. Pero como la evolución del hombre se produce por un ida y vuelta constante (podría visualizarse bastante bien con la imagen de un resorte, cuya vueltas se superponen unas con otras al tiempo que se van elevando), no tardaremos muchos milenios en regresar al frugivorismo, con la obvia ganancia moral que esto nos traerá y sin perjuicio de nuestra bien adquirida inteligencia utilitaria, que para ese entonces ya se habrá subordinado casi por completo a nuestra inteligencia trascendente[4].

La independencia primera de la religión y de la moral está bien demostrada; se manifiesta en todos los pueblos salvajes y las más antiguas religiones. La moral tiene por punto de partida ciertas obligaciones familiares y sociales, condiciones elementales de la vida común; la religión tiene por punto de partida la creencia en seres superiores, aunque análogos a nosotros, que intervienen de una manera misteriosa en nuestro destino. Las condiciones del bien moral y las hipótesis sobre el destino no son cosas distintas. Solamente después es cuando la religión se convierte en una sanción moral.
Ibíd., pp. 277-8

La religión, al igual que las especies, va evolucionando. Esta evolución hace que se inviertan su valores primitivos, y entonces sucede que hoy el verdadero religioso se ocupa más de asuntos morales que de hipótesis escatológicas, y casi que descarta esa creencia en seres superiores y a la vez análogos a nosotros. La moral es hoy a la verdadera religión lo que la lógica es a la verdadera filosofía[5].

Si apreciamos en su conjunto una raza que ha llegado a la superioridad, hallamos más cerebros susceptibles de grandes diferencias, con relación a la capacidad media; quiero decir, mayor fecundidad en genios y talentos. Gustavo Le Bon ha observado perfectamente esto; entre mil europeos tomados al azar, 995 no serán superiores intelectualmente al mismo número de indios elegidos de igual modo, pero lo que se encontrará entre los primeros y no entre los segundos, es uno o muchos hombres de actitudes excepcionales. La diferencia, pues, entre las razas superiores y las semi civilizadas, no está en que haya una desigualdad intelectual media, sino en que la raza inferior no cuenta con individuos capaces de elevarse más allá de un cierto nivel.
Ibíd., pp. 281-2

Esos individuos son los encargados de llevar a buen término la evolución cultural de una sociedad, que es paralela a la evolución del hombre propiamente dicha. Mi teoría del jardín de infantes (ver anotaciones del 15/8/97) cobra mayor vitalidad en mi cerebro luego de haber leído este párrafo de Fouillée.

La selección se ha operado en la raza negra sobre todo a través de largos siglos en favor de los más capaces para nutrirse bien, y también para vencer a los demás, sea por el valor, sea por la violencia y la ferocidad. Por muchas causas, en la raza blanca, la selección se ha operado en sentido distinto; era imposible que estas dos evoluciones dieran por resultado igualdad de formas cerebrales y mentales. Procedan o no los negros del mismo tronco, las herencias acumuladas han hecho de aquellos una raza inferior en la actualidad.
Ibíd., p. 283

Los negros son en general menos inteligentes que los blancos, pero eso no significa que sean una raza inferior. Los morochos tienden a ser más valientes y más resistentes físicamente que nosotros, y también suelen tener sus órganos sensoriales más desarrollados que los nuestros; ¿no son éstas razones de peso que compiten con la inteligencia cuando de saber quién es inferior o superior se trata? El verdadero barómetro autorizado a medir la superioridad de unos individuos por sobre otros no está en la inteligencia, ni en el valor, ni en la simpatía, sino en el conjunto total de esta trilogía de virtudes y sus derivadas representado por la Ética, o sea, el conjunto de normas morales común a toda especie que se enderezan a procurar el mayor bien posible y a evitar el mayor dolor posible a todo lo vivo, independientemente de su especie. Una raza es superior a otra sólo si es más ética, y no está probado que los blancos seamos más éticos que los negros.

Un cerebro más voluminoso, más pesado y complejo, necesita más número de años para su entera formación; por eso el hombre llega más tarde a su madurez que los restantes mamíferos, más tarde el hombre civilizado que el salvaje, el blanco que el negro. La pubertad es más temprana en las razas inferiores: esto es prueba de una naturaleza menos plástica, rígida e inmutable prematuramente.
Ibíd., pp. 291-2

Saber esto es un consuelo, ya que dentro de tres meses cumpliré treinta años y aún sigo viviendo con mis padres...

En las regiones tropicales el temperamento [de los blancos] se modifica y a causa de esto el carácter también; puede apreciarse singularmente que la sangre se empobrece y los nervios se debilitan; a consecuencia de ello la inteligencia se empereza y la voluntad se rinde. Además, con frecuencia es imposible la aclimatación. Un viajero americano ha podido apreciar recientemente la obra de los colonos alemanes establecidos en el Brasil. Nos encontramos, dice, al colono alemán, después de una experiencia de dos años, sentado a la sombra de una higuera plantada por un predecesor portugués; para cumplir su misión ha buscado un negro; si pasáis por allí algunos años después, no encontraréis más que al negro, el colono alemán o ha muerto víctima de la fiebre, o se ha marchado. Según otro viajero, a lo largo del Amazonas las familias de raza blanca pura, comienzan a extinguirse a la tercera generación; y luego son víctimas del escrofulismo, sin remedio posible. En Guatemala, es poca la sangre española que queda; en México, el número de europeos es insignificante comparado con la población indígena. Creían ser indefinidamente móviles los límites de las razas y por el contrario parecen inmutables y confundidos con los límites mismos de las zonas terrestres.
Ibíd., pp. 300-1

Hace un siglo que Fouillée ha dicho esto, y el paso del tiempo en América parece darle la razón: los individuos predominantemente blancos son mayoría sólo en Canadá, Estados Unidos, Chile, Argentina y Uruguay, o sea en los extremos norte y sur del continente, o sea en las zonas más frías. Esto indica claramente que la fisiología del hombre blanco no está en general adaptada para la vida en climas cálidos. Si es cierto, como yo pienso, que el hombre del futuro vivirá en un eterno verano, yendo de un hemisferio a otro tal como las gaviotas, entonces es forzoso que tendrá una constitución más parecida a la de los negros o a la de los indoamericanos que a la de los blancos o los orientales. Pero que se parezca más a los negros o a los indios en su físico y en su fisiología no quita que tal vez se parezca más a los blancos y a los asiáticos en su espiritualidad.

Los adelantos de la medicina microbiológica nos preparan, seguramente, progresos y descubrimientos sorprendentes. Para hacer posible la estancia de los europeos en países tenidos hoy por inhabitables, bastará el exacto conocimiento de los gérmenes morbosos que causan las enfermedades de los países cálidos y la vacunación apropiada al caso.
Ibíd., p. 309

¡Iluso! Es como esas personas que quieren eliminar a las cucarachas a base de insecticidas desconociendo que las nuevas generaciones cucarachiles habrán adaptado sus anticuerpos de tal forma que podrán utilizar ese insecticida como desodorante. Los gérmenes patógenos se combaten mejor criando anticuerpos, no con vacunas. Las vacunas son como el antedicho insecticida: son efectivas en un primer momento, pero a la larga fortifican al germen que pretendían erradicar; o si lo erradican, propician que venga en su reemplazo un germen aún más problemático. Si los europeos quieren vivir en zonas cálidas, tendrán que comenzar por respirar aire puro y alimentarse sanamente; no hay otro camino para lograr que las defensas del cuerpo humano se fagociten definitivamente a los intrusos.

No depende nuestra suerte futura sólo de nuestra ciencia e inteligencia, sino más bien de nuestra moralidad y voluntad.
Ibíd., p. 316

Cierto. Por eso el pensador actual debe ocuparse principalmente de ir en busca de la moral universal, para luego, si descubre o cree descubrir alguna de sus partes, intentar persuadir a los demás acerca del tesoro que supuestamente ha encontrado.

La preponderancia, pertenecerá a la raza que posea inteligencia más elevada y voluntad más resuelta y disciplinada.
Ibíd., p. 316

¿No te olvidás de algo, Alfredo? Ninguna raza humana podrá levantar por sobre las otras la bandera de la evolución si no corre por sus venas la pasión ardiente del amor.

Cuanto más primitivas son las razas y la sociedad, tanto más decisiva es la acción que ejercen sobre sus individuos.
Ibíd., p. 317

En una sociedad musulmana radical todos tienen un concepto de Dios casi exacto al de sus semejantes, y lo mismo sucede en una sociedad judía fundamentalista: son dos ejemplos de sociedades inferiores[6]. El hombre del futuro será tan individual respecto de su sociedad y de sus semejantes que difícilmente podrá coincidir con otro en todos los aspectos de cualquier idea no matemática o puramente lógica que tenga en su cabeza, y mucho menos en la idea de Dios, que es, en tanto que idea, la menos matemática y la menos lógica de todas.



[1] (Nota añadida el 3/12/13.)  El vanidoso lo que busca es agradar a los demás; por eso adquiere las formas, los modos y la ideología de su entorno y no una ideología propia que pudiera, eventualmente, chocar con la de su sociedad o familia. El humilde, por el contrario, lo último que busca es aprobación, y entonces aparece mejor pertrechado para absorber de manera objetiva y sin espurios intereses la realidad circundante.
[2]  (Nota añadida el 24/12/13.) El obispo Richard Cumberland, considerado por muchos como el primer pensador utilitarista, coincide con esta línea argumentativa: "La mayor benevolencia posible de cada agente para con todo constituye la condición más dichosa de todos y cada uno de los benevolentes, por cuanto esté en su poder; y tal es el requisito indispensable para alcanzar la más dichosa condición que fuere posible; por tanto, el bien común es la ley suprema (De Legibus Naturae, 1, IV).
[3] Si bien no tengo noticias que afirmen que los países cálidos la gente vive en promedio más años que en los fríos --las estadísticas en todo caso sugieren lo contrario--, esto se debe a que los países fríos tienden a ser económicamente más prósperos que los cálidos, y la desnutrición y la enfermedad, que son consecuencia directa de la pobreza, contrapesan en los países tropicales el beneficio biológico de vivir bajo el sol todo el año.
[4] El concepto de inteligencia trascendente lo desarrollé en mis anotaciones del 20/7/97.
[5] (Nota añadida el 5/1/14.) Parece que el primer pensador occidental que le dio a la moralidad un lugar de privilegio en la religión fue Pelagio, mientras que el primer pensador moderno que sustentó esta hipótesis fue el sacerdote Benjamín Whichcote. Según Whichcote, la moralidad es el corazón de la religión, afirmando que si la religión constase de veinte partes, diecinueve partes corresponderían a la moral (cf. J. B. Schneewind, La invención de la autonomía, X, 1 [p. 244]).

[6] No me atrevo a decir que tanto los judíos como los musulmanes tienden a ser, en su individualidad, inferiores a los habitantes de otros pueblos, pero estoy persuadido de que sus estructuras sociales son bastante más retrógradas que las nuestras e incluso que las de algunos conglomerados semisalvajes. Si no se ponen a trabajar de aquí a poco en la evolución de su cultura y sus creencias, entonces sí la cultura misma los arrastrará consigo y terminarán extinguiéndose.

martes, 21 de enero de 2014

Contribuciones del método científico al problema de la ética (segunda y última parte)

Termino de glosar el ensayo de Poincaré intitulado "La moral y la ciencia".
¿Puede la moral ser tratada científicamente? Poincaré responde que sí:
 
No hay ningún fenómeno que no pueda ser objeto de las ciencias, puesto que no hay ninguno que no pueda ser observado. Los fenómenos morales no se sustraen a ello más que los otros. El naturalista estudia las sociedades de las hormigas y de las abejas, y lo hace con serenidad; del mismo modo, el sabio trata de juzgar a los hombres como si no fuera un hombre; se coloca en el lugar de un imaginario lejano habitante de Sirio para quien las ciudades terrestres no serían más que hormigueros (Últimos pensamientos, pp. 156-7).
 
Esta "ciencia de las costumbres"
 
será primero puramente descriptiva; nos hará conocer las costumbres de los hombres y nos dirá lo que ellas son, sin hablarnos de lo que deberían ser. Después será comparativa; nos paseará por el espacio para hacernos comparar las costumbres de los diferentes pueblos, las del salvaje y las del hombre civilizado; y también por el tiempo para hacernos comparar las de ayer con las de hoy. Finalmente, tratará de volverse explicativa. He ahí la evolución natural de toda ciencia.
 
Estas investigaciones de campo nos permitirán llegar a la conclusión de que todas y cada una de las sociedades que han perdurado en el tiempo mantuvieron algún tipo de ley moral interna, y la explicación de este fenómeno la encuentra Poincaré dentro de la hipótesis darwinista: la selección natural --dice-- hace desaparecer, a la corta o a la larga, a cualquier pueblo que haya pretendido sustraerse a los influjos de un código básico de comportamiento. Lo que esta ciencia de las costumbres no puede hacer, dice Poincaré, es aseverar cuál de estos pueblos posee una ley moral más apropiada, más ética, que la ley moral de sus vecinos espaciales o temporales[1]. No es, pues, una moral esta ciencia descriptiva, comparativa y explicativa, "ni lo será nunca; no puede remplazar a la moral, del mismo modo que un tratado de fisiología de la digestión no puede remplazar a una buena comida". No es una moral, pero puede suministrarnos algunos indicios, a nosotros los eticistas, a la hora de ir en busca de aquella moral "perfecta", aquella que se ajuste más de lleno a lo que la ética universal dictamina.
Termina Poincaré su alegato en favor de una colaboración o interrelación entre la moral y la ciencia con una especie de dilema:
 
La ciencia es determinista y lo es a priori; postula el determinismo porque no podría existir sin él. También lo es a posteriori. Y, si ha comenzado por postularlo, como una condición indispensable de su existencia, enseguida lo demuestra precisamente existiendo, y cada una de sus conquistas es una victoria del determinismo.
 
Coincido con Poincaré: la ciencia es determinista a priori. Albert Einstein opinaba igual; y cuando parecía --mecánica cuántica de por medio-- tambalear este postulado, supo decir el genial judío que si tuviese que abandonar su convicción acerca de la estricta causalidad que rige todos los sucesos, "preferiría ser zapatero, incluso ser empleado en un garito, antes que ser físico"[2]. Y es este determinismo científico lo que preocupaba a Poincaré, porque asumía, tal como lo asumieron y lo asumen prácticamente todos los moralistas occidentales a partir de Kant, que la ética necesita del libre albedrío para bien desarrollarse:
 
La ciencia, con razón o sin ella, es determinista; en todas partes donde penetra, hace entrar al determinismo. Mientras se trate de física, o aun de biología, eso importa poco; el dominio de la conciencia permanece inviolado. ¿Qué ocurrirá el día en que la moral se convierta a su vez en el objeto de la ciencia? Se impregnará necesariamente de determinismo y eso, sin duda, será su ruina (ibíd., p. 158).
 
Sin duda --afirma Poincaré--, el determinismo es la ruina de la moral. ¿Sin duda? Comienza Poincaré reafirmando el dogma, el dogma kantiano que tiene, me parece, mucho más de invención que de descubrimiento, para luego, como buen epistemólogo que era, comenzar a dubitar. Después de todo, es posible que el determinismo no sea "el cuco de la ética", tal como nos lo han pintado:
 
Si un día la moral debe ajustarse al determinismo, ¿podrá adaptarse sin morir? Indudablemente, una revolución metafísica tan profunda tendría mucho menos influencia de lo que se piensa sobre las costumbres. Se sobrentiende que la represión penal no está en discusión; lo que se llamaba crimen o castigo, se llamará enfermedad o profilaxis; pero la sociedad conservará intacto su derecho que no es el de castigar, sino simplemente el de defenderse. Lo más grave es que las ideas de mérito y demérito deberían desaparecer o transformarse. Pero se continuaría amando al hombre de bien, como se ama a todo lo bello; ya no se tendría el derecho de odiar al hombre vicioso que solo inspiraría repugnancia; pero ¿es muy necesario esto? Es suficiente que no deje de odiarse al vicio (pp. 158-9).
 
¡En la tecla, Enrique! Ya no se odiaría al hombre vicioso, simplemente se odiaría al vicio. Y se continuaría amando al hombre de bien, "como se ama a todo lo bello". Es decir, desaparecería el odio hacia los hombres, conservándose el amor al hombre de bien. Acierta también al caracterizar a este cambio de paradigma como una "revolución metafísica", porque será, sin duda, la revolución metafísica más grande que pueda producirse dentro de una teoría filosófica; y también acierta cuando entiende que tal revolución, en el quehacer cotidiano del hombre común, no tendrá gran influencia, porque cuando el hombre actúa en un sentido ético o inético no se anda preguntando si con sus actos o sus acciones modifica o no modifica el destino del universo, o abre una puerta a un universo paralelo que no estaba contemplado en el plan divino: actúa y ya; y si se pregunta estas cosas, en todo caso se las pregunta después de actuar y no antes.
 
Todo marcharía como en el pasado; el instinto es más fuerte que todas las metafísicas, y aun cuando se lo hubiera demostrado, aun cuando se conociera el secreto de su fuerza, su poder no se habría debilitado. ¿Acaso la gravitación es menos irresistible después de Newton? Las fuerzas morales que nos conducen seguirán haciéndolo.
 
Y la idea, el pensamiento de que somos libres mientras actuamos, no desaparecerá, precisamente porque mientras actuamos no filosofamos. Nuestras acciones, en el momento de ejecutarlas, siempre se nos aparecerán como libres y está muy bien que así sea.
 
Si la misma idea de libertad es una fuerza, como lo dijo Fouillée, esta fuerza apenas sería disminuida si los sabios demostrasen alguna vez que solo descansa sobre una ilusión. Esta ilusión es demasiado tenaz para ser disipada por algunos razonamientos. Aun por mucho tiempo, el determinista más intransigente continuaría diciendo en la conversación cotidiana: «Yo quiero», y aun «Yo debo»; hasta llegaría a pensarlo con la parte más potente de su alma, la que no es consciente ni razona. Es tan imposible dejar de actuar como un hombre libre cuando se actúa, como no razonar como un determinista cuando se trabaja en la ciencia.
 
Brillante. Solo con argumentos como estos, plenos de sentido (no tanto de sentido común pero sí de sentido) y cargados de la más fina psicología, podrá derribarse desde la base aquel dogma que relaciona de manera necesaria a la ética con la libre voluntad o el libre albedrío. El "fantasma" del determinismo
 
no es, pues, tan temible como se dice, y quizás haya también otras razones para no temerle; es posible que en lo absoluto todo se concilie y que a una inteligencia absoluta, las dos actitudes, la del hombre que actúa como si fuera libre y la del hombre que piensa como si la libertad no existiera en ninguna parte, parezcan igualmente legítimas (pp. 159-60).
 
Lo que Kant ha unido --la ética y el derecho penal--, ¡que los hombres lo separen! La escisión más profunda de la metafísica contemporánea... ha comenzado.



[1] Esta descripción y comparación entre las diferentes leyes morales propugnadas por las diferentes sociedades, este comprender que los códigos de conducta puede ser muy disímiles entre unos y otros pueblos, no tiene por qué llevarnos a la aceptación del relativismo ético en un sentido epistemológico (ver al respecto mis anotaciones del 7/8/8).
[2] Citado por Ilya Prigogine en El fin de las certidumbres, p. 209.

domingo, 12 de enero de 2014

Contribuciones del método científico al problema de la ética (primera parte)

Una nueva contribución al problema de si la ética debe tratarse o no como una ciencia, o si la ciencia tiene algo que aportar dentro del ámbito de la ética.
¿Es una vana ilusión la idea de una ética demostrada "matemáticamente", tal como la propusieron Hobbes, Locke, Spinoza y algunos otros pensadores posteriores? Henri Poincaré responde que sí, que es una ilusión, porque en cuestiones de ética lo que prima no es la razón sino el sentimiento:
 
Toda moral dogmática, toda moral demostrativa, están destinadas de antemano a un fracaso seguro; ocurre como con una máquina que tuviese transmisiones de movimientos y careciera de energía motriz. El motor moral, el que puede poner en movimiento a todo ese aparato de bielas y engranajes, no puede ser sino un sentimiento. No se nos puede demostrar que debemos sentir piedad por los desgraciados; pero póngasenos en presencia de miserias inmerecidas, espectáculo ¡ay! demasiado frecuente, y experimentaremos un sentimiento de rebeldía; nacerá en nosotros una energía indefinible que no escuchará ningún razonamiento y nos arrastrará irresistiblemente y a pesar nuestro (Últimos pensamientos, capítulo VIII, "La moral y la ciencia").
 
Yo estoy en general de acuerdo con este aserto, pero acotaría que no son los sentimientos per se los que movilizan nuestras energías éticas, sino la percepción axiológica, la percepción de algún valor a cumplimentar --percepción que necesariamente llega acompañada de sentimientos. Y además debo aclarar que esta inincumbencia de la razón en las "ligas mayores" de la ética es atinada siempre cuando se hable de lo que yo llamo la parte práctica de la ética, es decir, los actos y las acciones. En cuanto a la parte teórica de la ética, es decir, a la indagación acerca de lo que es bueno y lo que es malo, aquí sí juzgo pertinente y necesario el concurso de la razón y la experiencia.
Este desdén por las demostraciones en cuestiones de moral podría inducir a creer que Poincaré desestima las contribuciones que la ciencia puede aportar en esta materia, pero esto no es tan así. Si bien entiende que "la ciencia no puede [...] crear por sí sola una moral", sugiere que la ciencia, o más bien la habituación al procedimiento científico, puede ejercer una "acción indirecta" que permita ampliar las perspectivas éticas del individuo. Fiel a su emotivismo, opina que si la ciencia no puede ayudarnos demasiado en estas cuestiones, lo que sí puede ayudarnos es el amor a la ciencia y lo que este amor implica dentro del espíritu del científico. La ciencia, dice,
 
nos pone en relación constante con algo más grande que nosotros; nos ofrece un espectáculo siempre renovado y cada vez más amplio. Detrás que lo que nos muestra de grande, nos hace adivinar algo más grandioso todavía. Este espectáculo nos causa placer, pero un placer moralmente sano, porque por él nos olvidamos de nosotros mismos.
 
El amor a la ciencia es desinteresado, lo mismo que tiene que ser desinteresado el accionar ético en asuntos trascendentes. Luego --razona Poincaré--, si nos habituamos a olvidarnos de nosotros mismos para adentrarnos en los laberintos de la ciencia, a la larga seguramente nos desinteresaremos de nosotros mismos para auxiliar a nuestro entorno:
 
Quien haya apreciado o haya observado, aunque sea de lejos, la espléndida armonía de las leyes naturales, estará mejor dispuesto para despreciar sus pequeños intereses egoístas; tendrá un ideal que preferirá a sí mismo. Ese es el único terreno en que se puede construir una moral. Por este ideal, trabajará sin escatimar esfuerzos y sin esperar ninguna de esas groseras recompensas que son esenciales para ciertos hombres. Cuando haya adquirido así el hábito del desinterés, este hábito lo acompañará por doquier; su vida entera quedará como perfumada por él.
 
Y viene aquí lo más interesante, lo más ambicioso de esta comparación entre el científico y el santo, y es su amor incondicionado y reverente hacia la verdad. Porque al científico
 
la pasión que lo inspira es el amor a la verdad; un amor así, ¿no es toda una moral? ¿Hay algo más importante que combatir la mentira, ya que es uno de los vicios más frecuentes en el hombre primitivo y uno de los más degradantes? Y bien, cuando hayamos adquirido el hábito de los métodos científicos, de su escrupulosa exactitud, y sintamos horror por toda modificación hecha a la experiencia; cuando estemos acostumbrados a tener como el mayor deshonor, el reproche por haber alterado un poco, aun inocentemente, nuestros resultados; cuando eso se haya convertido para nosotros en un hábito profesional indeleble, en una segunda naturaleza, ¿no mostraremos en todas nuestras acciones esa preocupación por la sinceridad absoluta, hasta el punto de no explicarnos más por qué otros hombres son impulsados a mentir? ¿Y no es éste el mejor medio para adquirir la más rara y difícil de todas las sinceridades, la que consiste en no engañarse a sí mismo?
 
Lamentablemente, los científicos al estilo Poincaré, que andan en busca de la verdad y solo de la verdad, me parece que ya van escaseando, siendo remplazados por aquellos científicos que solo buscan respaldar las ideas, los proyectos y las economías del patrocinador de turno. Pero es ésta una cuestión puramente tangencial y a la moda, que no conmueve en su base la analogía y la deducción que Poincaré nos regala: aquel que se acostumbra a no mentir dentro de su ámbito y profesión, a tenerle asco a la mentira y al falseamiento de datos, a la larga terminará por aborrecer a la mentira en todo ámbito y en toda circunstancia. Aristóteles, con su ideal del virtuosismo por acostumbramiento, estaría de acuerdo.
Pero lo más interesante de la reflexión poincareneana se deja ver en la última pregunta que nos desliza, sugiriendo, ya sin ninguna base científica, ni lógica ni experimental, por una pura y maravillosa corazonada metafísica, que el hecho de aborrecer la mentira y de decir siempre y en toda circunstancia la verdad conspira para que se vaya corriendo, de delante de nuestros ojos, ese velo de Maya que ofusca nuestro entendimiento en todos los órdenes, no solo ante los problemas de la ética, y que no nos permite pensar y vivir como piensan los sabios y como viven los santos --si es que existen los sabios o los santos en estas épocas y en estas latitudes. Y aquí coincide, en esta aseveración que, repito, es más bien metafísica que no lógica o empírica (al menos hasta que se haga una completa --y muy difícil de implementar-- investigación de campo a este respecto), aquí coincide con Poincaré un pensador contemporáneo suyo que también supo ver esta verdad, o esto que a nosotros tres nos parece ser verdad:
 
Eso que llamamos realidad, verdad objetiva o lógica, no es sino el premio concedido a la sinceridad, a la veracidad. Para quien fuese absolutamente y siempre veraz y sincero, la Naturaleza no tendría secreto alguno. ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios! Y la limpieza de corazón es la veracidad, y la verdad es Dios (Miguel de Unamuno, Soledad, pág. 161, ensayo titulado “¿Qué es verdad?”).
 
¡Decid la verdad siempre, tu propia y subjetiva verdad, y la verdad objetiva, la verdad científica o epistemológica, y hasta la verdad ética, todas estas verdades danzarán en corro alrededor de ti, y no tendrás más que extender la mano para acariciarlas! Y serás más sabio desde luego, porque te atosigarás de verdades, pero también serás más santo, porque la veracidad, el ser veraz, forja, a través de misteriosos procedimientos, generosidad y buen proceder:

Dejad la reforma de todo vicio, de toda flaqueza; humillaos al azote de la soberbia, de la ira, de la envidia, de la gula, de la lujuria, de la avaricia; pero proponeos no mentir nunca ni por comisión ni por omisión; proponeos no sólo no decir mentiras, sino tampoco callar verdades; proponeos decir la verdad siempre y en cada caso, pero sobre todo cuando más os perjudique y cuando más inoportuno lo crean los prudentes, según el mundo: hacedlo así y estaréis salvos, y todos esos pecados capitales no podrán hacer mella en vuestras almas. [...] Abrigo la fe de que todos, absolutamente todos los males que creemos son la causa de nuestras miserias, [...] todos desaparecerían si fuéramos veraces" (Miguel de Unamuno, ibíd., pp. 154 y 162).
 

No es pequeño, pues, el aporte que la ciencia, o el amor a la ciencia, puede ofrecer a la ética y a la humanidad --siempre y cuando todavía creamos, como creyeron desde siempre los grandes científicos, no contaminados de posmodernismo, que la verdad existe y puede, si no tocarse, al menos perseguirse y arrinconarse. El amor a la verdad y el asco a la mentira lo es todo, literalmente todo.

jueves, 9 de enero de 2014

El estoico Epicteto y el banquete de la vida

Cada tanto vienen hacia mí estas palabras de mi maestro Epicteto:
 
Recuerda que en la vida debes comportarte como en un banquete. ¿Te ofrecen algo? Extiende tu mano y toma tu parte con moderación. ¿Ha pasado de largo? No lo detengas. ¿Aun no ha sido ofrecido? No extiendas tu deseo hacia ello; espera que llegue a ti. Haz esto en relación con hijos, esposa, cargos públicos, riquezas, y llegarás a ser un digno participante del banquete de los dioses (Enquiridión, 15).
 
Y me siento aliviado. Porque lo que de burgués tengo en estos momentos --y es mucho, demasiado--, no lo tengo por haber dirigido mi deseo hacia ello, sino porque se me ha ofrecido en bandeja, y yo solo tuve que extender mi mano.
Ahora continúo la cita en donde la dejé:
 
Pero si ni siquiera tomas las cosas que otros ponen ante ti y puedes rechazarlas, no sólo serás un participante del banquete de los dioses sino también de su Imperio. Porque precisamente por hacer esto es que Diógenes y Heráclito fueron, con justicia, llamados divinos.
 

Y ahora me siento asfixiado. Porque yo alguna vez supuse --¡iluso, iluso y soberbio!-- que podría llegar a esas alturas, que podría rechazar el lujo, el boato, el acopio de objetos innecesarios que, aun sin buscarlos, se me ofreciesen tentadoramente. Que podría, en fin, participar del Imperio de los dioses. No pudo ser. Habrá que conformarse con estar sentado a su mesa y cuidar la silla a como dé lugar.

martes, 24 de diciembre de 2013

El derecho de propiedad como partero de la injusticia

El eje del mal es la propiedad. […] El hombre debe renunciar a esa propiedad o sufrir y hacer sufrir.
 León Tolstoi, ¿Qué debemos hacer?

Luego de fijar su posición respecto del paralelismo entre la ética y la matemática, John Locke nos ilustra con un ejemplo que a mí, particularmente, me ha servido de mucho para clarificar un concepto que considero capital. Afirma que

no hay injusticia donde no haya propiedad, es una proposición tan cierta como cualquier demostración que se encuentre en Euclides; porque, como la idea de propiedad es la de un derecho a algo, y como la idea a la que damos el nombre de injusticia es la invasión o la violación de ese derecho, resulta evidente que una vez establecidas esas ideas, y una vez anexados a ellas esos nombres, podré saber que esa proposición es verdadera con la misma certidumbre con que sé que un triángulo tiene tres ángulos iguales a dos rectos (Ensayo sobre el entendimiento humano, IV, III, 18).


Ya desde hace tiempo venía yo sospechando que el derecho de propiedad es algo que ninguna persona bien nacida podría reivindicar, y lo mismo sospechaba no sólo que lo que decía Sócrates en relación a la injusticia, que es peor cometerla que padecerla, es algo muy profundo, sino que en verdad la injusticia no puede ser padecida objetivamente porque no existe, y que quienes creen estar padeciéndola son víctimas de una ilusión a la que son conducidos por su propio egoísmo y orgullo. Sin embargo, esta relación tan directa entre injusticia y propiedad no la tenía tan explicitada en mi cabeza. Quien no considere nada de lo que posee como algo de su propiedad, ni siquiera su familia o su mismo cuerpo, o sus ideas, nunca sentirá que ha sufrido una injusticia si es que alguien o algo le arrebata estos bienes. Así, no sólo los robos y hurtos, sino los asesinatos, violaciones y demás delitos hacia la persona dejan de ser considerados injustos por estos bienhechores de la humanidad. Que el instinto de apropiación es parte de la naturaleza humana y que su raigambre se remonta desde los bestiales instintos de territorialidad es cosa palpable, pero eso sólo indica que aquel que deseare desdeñarlo deberá luchar contra poderosas fuerzas internas. De ningún modo el derecho de propiedad queda legitimado éticamente por el hecho de haberse afincado muy dentro de nosotros; si así lo supusiéramos, estaríamos cometiendo lo que los pensadores filosóficos denominan "falacia naturalista": la inclusión de conceptos pertenecientes a una ciencia natural --en este caso la biología-- dentro de una esfera --la ética-- en la cual no tienen competencia. Se tiene por la mayor falacia naturalista cometida por la filosofía  la que inició Herbert Spencer al proclamar que la lucha despiadada por la existencia, que a menudo sucede dentro del reino salvaje, es algo deseable dentro de una sociedad humana, pero lo cierto es que tal punto de vista, completamente miope, es un grano de arena en el desierto de yerros filosóficos en comparación con la hipóstasis masiva del concepto justicia que se viene realizando desde los comienzos mismos de la historia del pensamiento sistemático. Hoy no hay nadie o casi nadie que avale seriamente a Spencer en este rubro, pero tampoco hay nadie o casi nadie que se atreva a desdeñar, en sentido ético, el concepto de justicia, considerado muchas veces como la mismísima base de cualquier teoría que se ocupe del comportamiento humano. Ni siquiera los pensadores de orientación teológica, que deberían, por una cuestión de compatibilización evangélica, desconfiar al menos un poco de tal presupuesto, pueden evitar caer presas del agujero negro de la ciencia mayor. Y es que la Iglesia, como institución, necesita conservar sus propiedades inmuebles o muebles, y por eso necesita que la injusticia como concepto ético tenga sentido y sentido negativo. Necesita ver en la injusticia un disvalor. Tapadas, bien tapadas quedan las anécdotas de la vida del mayor santo cristiano, como aquella que indicaba que una vez establecido en una ermita o incluso en una modesta parroquia, a la menor invasión por parte de algún malviviente Francisco rehuía el conflicto y abandonaba el lugar sin escándalos y sin resentimientos o reproches. Lejos de considerarse víctima de una injusticia, rezaba por la bienaventuranza de los okupas. Y esto, que superficialmente parece un procedimiento y un modo de ser dignos de un orate, es algo tan lógico como el teorema de Pitágoras: como no se consideraba propietario de nada, Francisco era incapaz de suponer que había sido tratado injustamente. ¿Ceguera para el valor justicia? No: palmario discernimiento entre la esfera de los valores y la esfera de los deseos instintivos. La intromisión más punzante y extendida de un apetito dentro del campo del conocimiento puro, la intromisión más nefasta por endémica e hipercorrosiva, está representada por el derecho de propiedad en el sentido lato que aquí le atribuyo.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Pierre Simon Laplace y yo

Todos los acontecimientos, aun aquellos que por su insignificancia parecen no depender de las grandes leyes de la naturaleza, constituyen una sucesión tan necesaria como las revoluciones del Sol. Ignorando los vínculos que los ligan al sistema entero del universo, se los ha hecho depender de causas finales o del azar, según que ocurrieran y se sucedieran con regularidad o sin orden aparente; pero esas causas imaginarias han retrocedido gradualmente con los límites de nuestros conocimientos y desaparecen por completo frente a la sana filosofía que no ve en ellas más que la expresión de nuestra ignorancia respecto de las verdaderas causas.
Pierre Simón Laplace, Ensayo filosófico sobre las probabilidades, p. 12

Coincido[1].

Debemos considerar el estado presente del universo como efecto de su estado anterior y como la causa del que debe seguirlo. Una inteligencia que, en un instante dado, conociera todas las fuerzas de las que la naturaleza está animada y la situación respectiva de los seres que la componen, si por otra parte ella fuese suficientemente vasta para someter a análisis estos datos, abrazaría en la misma fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los de los más ligeros átomos; nada sería incierto para ella, y el porvenir, como el pasado, estaría presente ante sus ojos.
Ibíd., p. 13

El tiempo es una ilusión, no existe. El universo puede representarse como un cono que gira sobre su eje de simetría. Este movimiento representa a su vez la movilidad que los hombres le atribuimos al tiempo. Pero no todos los hombres se ilusionan con esta movilidad en el mismo grado. Los que viven lejos del eje se mueven más que los que viven cerca; los primeros se fijan sólo en cuestiones transitorias, mientras que los segundos se interesan más por aquellos sucesos que no obedecen a la moda ni son originados por ésta, es decir, son los individuos que ponen su atención en lo atemporal, en lo imperecedero. Conforme más se acercan al eje, menos se mueven, pero sólo podrían no moverse en absoluto si fuesen parte del Vértice, que es el punto en el cual la ilusión del tiempo desaparece por completo. La unión con el Vértice rompería tanto la ilusión del tiempo como la de la veracidad absoluta de nuestras percepciones o la de la infalibilidad de nuestros razonamientos. En el Vértice, y sólo en el Vértice, las cosas son como parecen, son realidad. Pero no hará falta que la humanidad se esfuerce por alcanzar este Vértice; si mal no intuyo, las causas nos acercan irresistiblemente hacia Él, y tampoco nos servirá la otra ilusión, la de que somos libres para caminar más rápido o más lento por esa escalera mecánica que nos hace subir y a la cual tenemos clavados nuestros zapatos.
Supongamos que un hecho nos sea transmitido por veinte testigos, de manera que el primero lo haya transmitido al segundo, el segundo al tercero y así sucesivamente; supongamos además que la probabilidad de cada testimonio sea igual a 9/10: la del hecho, resultante de los testimonios, será menor que 1/8. Nada mejor que comparar esta disminución de la posibilidad con la extinción de la nitidez de los objetos por la interposición de varios trozos de vidrio; un número poco considerable de ellos basta para impedir la visión de un objeto que un solo trozo permite percibir claramente. Los historiadores no parecen haber prestado bastante atención a esta degradación de la probabilidad de los hechos, cuando se los contempla a través de un gran número de generaciones sucesivas; muchos acontecimientos históricos, reputados como ciertos, serían por lo menos dudosos, si se los sometiera a dicha prueba.
Ibíd., p. 23

Esto mismo es lo que me parece que ha sucedido con la historia de la vida de Jesús: entre la que nos ha llegado a través de los libros y la verdadera, se han interpuesto un sinnúmero de borrosos cristales. Por eso digo que la mejor forma de conocer a Jesús es intuirlo. Hasta que las ciencias arqueológicas avancen lo suficiente, la intuición es nuestro mecanismo más confiable si queremos alimentar nuestro espíritu con pan de trigo y no con el pan de paja que se tragan los que no desgranan lo creíble de lo increíble y suponen que la Biblia y su Evangelios son cien por ciento verdaderos.

... la teoría de las probabilidades aconseja evitar todo cambio; sobre todo es necesario evitar los cambios bruscos que, tanto en el orden moral como el físico, jamás se operan sin una gran pérdida de fuerza viva.
Ibíd., p. 123

Los cambios sociales realmente revolucionarios se manifiestan gradualmente, de suerte que ninguna generación, por sí misma, puede ser capaz de llevarlos a cabo. Es más: ni siquiera puede ser capaz de percibirlos claramente, tal como nadie puede percibir claramente la rotación de la aguja horaria de un reloj si se queda fijo mirándola. La aguja inevitablemente se revoluciona, pero no pegando saltos sino imperceptiblemente. Las revoluciones políticas son saltos que nunca contribuyen al verdadero progreso social. Toda revolución política, de izquierda o de derecha, es intrascendente a los efectos históricos en el largo plazo. Son simples puntos negros en la historia de la Historia, que si bien no sirven para modificar la base de la condición moral de un pueblo, le servirán a la futura conciencia colectiva cuando se acumulen en tal cantidad en su memoria que nadie ya dude en asociar el concepto de revolución política con la palabra error. Cuando alguien es retardado necesita quemarse muchas veces para comprender, al fin, que el fuego quema.
O ¿no será que los cambios sociales profundos son como el desplazamiento imperceptible de los continentes, siendo entonces las revoluciones políticas los terremotos que inevitablemente surgen de cuando en cuando merced a ese desplazamiento? Si es así, las revoluciones políticas serán inevitables mientras la humanidad continúe moviéndose hacia el progreso. Pero esto no invalida la idea que tengo acerca del comportamiento de los revolucionarios políticos. Es más, la confirma: ¿puede haber sujeto más cretino que aquel que propicia un terremoto?[2]

Indudablemente, para condenar a un acusado, los jueces necesitan las pruebas más seguras de su delito. Pero una prueba moral siempre es sólo una probabilidad, y la experiencia ha mostrado demasiado los errores de que son susceptibles los juicios criminales, y aún aquellos que parecen más justos. La imposibilidad de reparar estos errores es el argumento más sólido de los filósofos que han querido proscribir la pena de muerte. Tendríamos, pues, que abstenernos de juzgar si hubiera que esperar la evidencia matemática. Pero el juicio se impone por el peligro que resultaría de la impunidad del crimen.
Ibíd., p. 145

¿Para quién resultaría peligrosa la impunidad del crimen? Ciertamente que no para los filósofos; ellos no adoptan actitud alguna que pueda molestar a los criminales y encolerizarlos, ni poseen nada que el criminal sea capaz de arrebatar de sus manos. Y lo mismo para los santos y los revolucionarios. ¿Quiénes son entonces los que les tienen miedo a los criminales? ¡Los criminales legales, por supuesto! (Ver anotaciones del 28/5/98). Sigue a continuación Laplace:

Este juicio se reduce, si no me equivoco, a la solución de la cuestión siguiente: ¿Tiene la prueba del delito del acusado el alto grado de probabilidad necesario para que los ciudadanos tengan que temer menos los errores de los tribunales, si es inocente y condenado, que sus nuevos atentados y los de los desdichados a quienes enardecería el ejemplo de su impunidad, si fuera culpable y absuelto? La solución de esta cuestión depende de muchos elementos muy difíciles de conocer. Tal es la inminencia del peligro que amenazaría a la sociedad si el criminal acusado quedara impune. A veces este peligro es tan grande que el magistrado se ve obligado a renunciar a las formas prudentemente establecidas para la seguridad de la inocencia.

Aquí Laplace admite lo que todo amante del derecho penal sabe pero no quiere decir en público: que el objetivo de los sistemas judiciales coercitivos es mantener a cualquier precio el orden establecido, incluso a costa de tener que castigar con la prisión o con la muerte a muchísimas personas legalmente inocentes que inevitablemente deben caer en la telaraña que se forma cuando un juez basa sus sentencias --como ocurre en el cien por ciento de los casos-- en meros postulados probabilísticos, sin ningún viso de absoluta certeza. Una sociedad tiende a ordenarse mejor --dice Laplace-- cuanto menor es el número de criminales libres y también cuanto menor es la cantidad de inocentes condenados que hay en ella. Si hubiese que estar "absolutamente seguro" de que el acusado es enteramente responsable del delito que se le atribuye, el juez no podría condenar nunca a nadie, porque la certeza absoluta es imposible de alcanzar. ¿Qué hacer entonces? Pues bien, condenemos a todo aquel que probablemente o muy probablemente (pero no seguramente) sea culpable de infringir determinada ley, y que se la aguanten piola los inocentes que tuvieron la desgracia de ir en contra de las matemáticas. Es como si el juez fuese a visitar a cada uno de los habitantes de un pueblo con un dado en la mano diciéndole: "Elija un número. Si sale, será usted condenado". "¡Yo no he cometido ningún delito!", replicará el jugador. "Eso no viene al caso. Nuestro objetivo es mantener el orden social; que usted sea o no culpable no es más que un detalle anecdótico". Si el precio a pagar por mantener "ordenada" una sociedad es el de castigar inevitablemente a unos cuantos inocentes, poniéndolos por error en la misma bolsa de los delincuentes..., ¡paso! Prefiero el "desorden" de un país sin castigos al orden aparente de una sociedad que trata a los individuos que la componen como simples agentes abstractos, como simples números susceptible de ser encarcelados sin delito si es que la ley de las probabilidades no quiso en algún caso ser demasiado precisa.
Por otra parte, no creo que la forma más efectiva de combatir el crimen sea incrementar en cantidad y calidad los castigos de la ley, aun si el sistema judicial se ha perfeccionado lo suficiente como para no aplastar a su paso a casi ningún inocente. Estados Unidos tiene sistema penitenciario más extenso y organizado del mundo, mismo que se ocupa, entre otros menesteres, de hacer pasar a mejor vida a cientos de personas anualmente; y a pesar de eso (tal vez sea mejor decir gracias a eso) el cociente que se registra en esa tierra dividiendo el número total de criminales (libres o en prisión) por el número total de habitantes (criminales o no criminales) es, me parece, mayor al de cualquier otra sociedad civilizada[3]. Se me dirá que este cociente tendrá sin cuidado a los norteamericanos siempre que su sistema penitenciario siga creciendo lo suficiente como para poder encerrar o aniquilar a la mayoría de los criminales y mantener así las calles relativamente limpias; pero si seguimos este tren, que es un tren que por fuera parece funcionar correctamente pero que por dentro tiene sus piezas cada vez más corroídas, se llegará a un punto en el que la mayoría de los habitantes estarán presos y sólo una pequeña minoría vivirá libre y "ordenadamente". Desde luego nunca podría llegarse a esto sin que antes el sistema carcelario reviente y comience a desperdigar criminales al ritmo de la onda expansiva, lo que me hace suponer que el imperio norteamericano, de no experimentar una torcedura drástica en su rumbo, inexorablemente se precipitará contra el abismo a más tardar dentro de tres o cuatro siglos. En una sociedad estructurada como la norteamericana, que basa la totalidad de su andamiaje en un sistema de premios y castigos externos a la conciencia de cada ser --externos no en el sentido de que no le influyen sino porque no es la propia conciencia la que los origina--, en una sociedad así se puede vivir muy ordenadamente si recortamos la palabra orden y la relacionamos exclusivamente con el mundo de las actividades económicas, pero sí queremos ampliar ese orden y llevarlo al nivel de las actividades psicológicas..., encontraremos que sólo unos pocos iluminados podrían vivir psicológicamente ordenados en ese ambiente, y como todo está relacionado con todo, esta carencia de orden psicológico a la corta o a la larga rebasará incluso al orden aparente y engañador de ese gran paraíso económico cuyo motor fabrica criminales en número mayor a la cantidad que consume.
Respecto a eso de considerar inmoral todo sistema jurídico coercitivo por el hecho evidente de estar basado en probabilidades y no en certezas, de modo que inexorablemente deban caer por error algunos inocentes en la volteada, alguno me refutará diciendo que, si el mundo razonara como yo, habría por ejemplo que prohibirle a la gente que tome sol porque se ha comprobado que muchos tomadores de sol han contraído cáncer de piel o se han muerto insolados. Mi contrarrefutación es muy sencilla, y se basa en que a mí el Estado no me obliga a tomar sol y a bancarme las consecuencias si es que me insolo; yo tomo sol por propia voluntad, y si me insolo es pura y exclusivamente por mi culpa, mientras que en el primer caso el Estado me obliga a insertarme dentro del sistema jurídico que el mismo Estado admite que no es infalible, o sea que me está obligando, a mí y a todos los habitantes que no han cometido delito alguno, a participar de un sorteo en el que el premio mayor es una estadía con todos los gastos pagos en la cárcel de Devoto. Entre todos los argentinos que en este verano que se acerca se asolearán en la playa, habrá unos pocos que muy probablemente perecerán insolados; y del mismo modo, entre todos los argentinos que hoy pasean por la calle habrá unos pocos que muy probablemente serán condenados por la justicia siendo inocentes del crimen que se les imputa. La diferencia está en que los insolados habrán muerto por ser ellos mismos negligentes, mientras que los condenados sin crimen no son más que víctimas inocentes de aquellos sádicos extremos que juegan a ser Dios pero que no son más que pobres tipos a los que la sociedad llama jueces.

Somos inducidos naturalmente a creer que el orden según el cual vemos renovarse las cosas sobre la Tierra ha existido en todos los tiempos y subsistirá siempre.
Ibíd., pp. 179-80

Coincido, pero no tanto tomando como referencia el orden terrestre sino el del universo en general. Es posible que algún día lejano se acabe la vida en este planeta, mas en el universo entero la vida no se acabará nunca. Tómese lo antedicho como un apoyo a la teoría de que hay vida extraterrestre, o bien como un apoyo a la teoría que dice que algún día los terrícolas tendremos la capacidad de trasladarnos y vivir en otros planetas. O bien también como un apoyo a la teoría --bien poco científica-- de que nuestro Sol jamás se apagará.

Aunque existe mucha analogía entre la organización de las plantas y la de los animales, no parece sin embargo suficiente para extender a los vegetales la facultad de sentir; pero nada autoriza a rehusársela.
Ibíd., de. 210

Yo siento que los vegetales sienten, y además pienso que piensan.

Como el Sol, por la acción benefactora de su luz y su calor, hace desarrollar los animales y las plantas que cubren la Tierra, por analogía juzgamos que produce efectos semejantes sobre los otros planetas; no es natural pensar que la materia, cuya actividad vemos desarrollarse en tantas formas, sea estéril sobre un planeta tan enorme como Júpiter que, como el globo terrestre, tiene sus días, sus noches y sus años, y sobre el cual las observaciones indican cambios que suponen fuerzas muy activas. Sin embargo, sería extender demasiado la analogía, concluir de ella la semejanza de los habitantes de los planetas y la Tierra. El hombre, hecho para la temperatura de que goza y para el elemento que respira, no podría, según toda apariencia, vivir en los demás planetas. Pero ¿no debe haber una infinidad de organizaciones relativas a las diversas constituciones de los globos de este universo? Si la sola diferencia de elementos y climas introduce tanta paridad en las producciones terrestres, cuanto más deben diferir las de los diversos planetas y sus satélites. La imaginación más activa no puede formarse ninguna idea de ello, pero su existencia es muy verosímil.
Ibíd., de. 210-11

Junto con Laplace, cada vez creo más en la existencia de vida extraterrestre, sobre todo extravialáctica.

Por una notable analogía somos llevados a considerar las estrellas como otros tantos soles, dotados como el nuestro de un poder atractivo directamente proporcional a la masa e inversamente al cuadrado de la distancia. En efecto, como se ha demostrado que ese poder existe en todos los cuerpos del sistema solar y las moléculas más pequeñas, da la impresión de pertenecer a toda la materia.
Ibíd., p. 211

Las almas de los hombres también obedecen al principio de gravitación universal: se atraen irresistiblemente según sean sus masas y la distancia que las separa. Sostengo esto aun a riesgo de que se me considere metafísicamente como materialista (¿no será que quienes están en contra del materialismo moral tienden a creer en el materialismo metafísico, lo mismo que los que descreen del libre albedrío son los más entusiastas amantes de la libertad de los individuos?).

El método más seguro que nos puede guiar en la búsqueda de la verdad, consiste en elevarse por inducción de los fenómenos a las leyes y de las leyes a las causas. Las leyes son las relaciones que vinculan entre sí los fenómenos particulares; cuando hacen conocer el principio general de las fuerzas del que derivan, se verifica, sea por experiencias directas cuando ello es posible, sea examinando si satisface a los fenómenos conocidos; si por un análisis riguroso se los ve a todos derivar de ese principio hasta en sus menores detalles, si por otra parte ellos son muy variados y numerosos, entonces la ciencia adquiere el más alto grado de certeza y perfección que puede alcanzar. Tal ha ocurrido con la astronomía a causa del descubrimiento de la gravitación universal. La historia de las ciencias muestra que esta lenta y penosa marcha de la inducción, ha sido siempre la de los inventores. La imaginación, impaciente por remontarse a las causas, se complace en crear hipótesis y a menudo desnaturaliza los hechos para someterlos a su obra; en tales ocasiones, las hipótesis son peligrosas. Pero cuando sólo se las considera como medios de vincular entre sí los fenómenos para descubrir sus leyes, cuando evitando atribuirles realidad se las rectifica sin cesar mediante nuevas observaciones, ellas pueden conducir a las causas verdaderas o, por lo menos, ponernos en condiciones de deducir de los fenómenos observados aquellos que deben haberlos originado en las circunstancias dadas.
Ibíd., p. 212

Pero ¿se puede llegar a deducir una ley ateniéndonos meramente a coleccionar datos presupuestos como correctos y correlacionarlos con las más precisas observaciones y las más porfiadas y repetidas experiencias? ¿No nos hace falta además un cartel mental que nos señale, si bien borrosamente, el camino más firme y seguro que deberíamos tomar si queremos llegar a cierta verdad relativa? ¿Podríamos caminar correctamente hacia una verdad relativa sin tener a priori cuando menos un desdibujado mapa del camino, y más aún, una desdibujada idea del punto hacia el cual nos acercamos? Yo creo que sin esas ideas indicadoras (sea el individuo consciente o no de ellas) el conocimiento científico giraría loco y no llegaría nunca a descifrar nada. Todo investigador basa sus investigaciones en la fe que, antes de iniciarlas, tiene respecto de la veracidad de una ley o causa no demostrada suficientemente por la ciencia. Aquel que diga que investiga sin el incentivo de un idea que sospecha verdadera y que le orienta sus investigaciones... es un mentiroso si es consciente de su sospecha, o es una nueva víctima de los falsos racionalistas si su conciencia ordinaria desconoce tal inclinación. Esa sospecha que, según creo, existe antes de comenzar toda investigación, no es otra cosa que lo que yo llamo intuición, intuición científica en este caso, que se diferencia de la intuición moral en que la primera se ocupa de traer a nuestra conciencia el vislumbre de una verdad que se halla oculta para nuestra razón ordinaria, mientras que la segunda es la que nos ayuda, en ciertas encrucijadas de la vida, a tomar la decisión más conveniente[4], o sea la que nos proporcionará un placer más útil y duradero tanto a nosotros mismos como a todos los seres que nos rodean. En síntesis, la intuición científica nos orienta hacia la Verdad, mientras que la intuición moral nos enseña en dónde buscar el Bien --teniendo en cuenta, claro está, que el Bien no es otra cosa que la Verdad vista desde otro ángulo. (No debemos olvidar que toda intuición depende del grado ético alcanzado por el individuo que intuye, haciéndose más clara o más oscura según la claridad u oscuridad del carácter del sujeto. Si el tipo es decididamente malo, las intuiciones no se hacen presentes y en su reemplazo aparecen los presentimientos truchos --ver anotaciones del 20/3/98.)
Esta inveterada disputa filosófica sobre si existe o no la posibilidad de un tipo de conocimiento a priori, independientemente de la experiencia y la observación de los sentidos, me parece que se ha inclinado decididamente a favor del "apriorismo" gracias a la invención de las computadoras. "El hombre es un pensador lento, desordenado y brillante; la computadora es rápida, exacta y estúpida", decía W. A. Kelly. Pero ¿por qué es estúpida la computadora? ¿Por qué tiene la capacidad de procesar, ordenar e interrelacionar millones de datos con una precisión y velocidad impensadas para cualquier cerebro humano y sin embargo es incapaz de descubrir, por ejemplo, la vacuna contra el sida? Todos saben que si algún día se descubriese un antídoto contra este flagelo, el descubrimiento sería llevado a cabo por un ser humano o un grupo de seres humanos, pero nunca por una computadora, ni siquiera por la computadora tecnológicamente más avanzada. Esto es así porque para poder descubrir o inventar algo hace falta, además de la capacidad de acumular en una memoria una cantidad considerable de datos útiles y además de la capacidad de interrelacionar esos datos, hace falta también una intuición que parta no del razonamiento hacia el hallazgo, sino del hallazgo (aún desconocido racionalmente) hacia el razonamiento, actuando como un imán que atrae a la razón en la dirección correcta. Las computadoras sólo son capaces de alcanzar verdades de orden matemático, y esto es porque la matemática es la única ciencia que se deduce por sí misma con la mera combinación correcta de datos. La matemática es la ciencia más sencilla. Es la única capaz de llegar a verdades absolutas y probadas, en contraste con las demás ciencias, que sólo pueden alcanzar verdades relativas y probables. Las computadoras van perdiendo utilidad conforme uno pasa de las ciencias exactas a las naturales y de las naturales a las sociales, siendo absolutamente inútiles en el terreno de la ciencia moral, cuyas verdades son relativísimas[5] y dependen casi exclusivamente de la intuición en desmedro de los argumentos racionales. Si un individuo dependiera sólo de los datos aportados por sus sentidos y almacenados en su memoria, a la hora de sacar conclusiones no podría más que limitarse al terreno de la ciencias exactas, igual que las computadoras, que dependen total y exclusivamente de los datos que descansan en sus archivos. Conforme su poder intuitivo avance, este sujeto podrá valerse de otras herramientas de menor exactitud pero mayor alcance, como el principio de inducción por ejemplo, indispensable a la hora de trabajar en el campo de las ciencias naturales. Y si su intuición es grande, podrá elaborar interesantes hipótesis (hasta cierto punto verdaderas) en el marco de las ciencias sociales y morales. Teniendo siempre a la vista la relación directa que creo ver entre la bondad de un hombre y su poder intuitivo, colijo que son los mejores y los peores sujetos los que tienden a ocuparse de temas sociales y morales --los mejores por tener fuertes intuiciones y los peores por tener fuertes presentimientos truchos que ellos confunden con intuiciones--, siendo los individuos de carácter mediocre los que, por carecer de intuiciones o presentimientos truchos en grado elevado, les dan más importancia a la ciencias exactas y naturales que a las otras que miran de reojo sin sentirse ni estar capacitados para investigarlas.
No podemos hacer que las computadoras intuyan, pero sí podemos lograr que los científicos, que son los que más descreen del poder de la intuición, comiencen de una vez por todas a utilizarlo con mayor asiduidad. Para esto sólo es necesario que, generación tras generación, se vayan persuadiendo de que la intuición existe. De este modo, por la sola persuasión de esta verdad, sus intuiciones aumentarán, y entonces veremos cada vez más científicos que sientan la necesidad de supeditar sus avances en la ciencia natural a los dictados de la madre de las ciencias: la ciencia de la moral. El "mundo tecnológico" ya no caminará tan deprisa, lo admito; pero pago este precio con tal de vivir en un mundo en el que sean los científicos los que me hablen de su conocimiento de Dios en vez de los charlatanes que hoy tienen ese monopolio y entre los cuales me incluyo.



[1] (Nota añadida el 7/4/13.) Coincidía en aquel entonces (1998). Ahora no, porque ahora creo en las causas finales en pie de igualdad con las causas eficientes.
[2]  El historiador estadounidense Clarence Crane Brinton prefiere considerar a las revoluciones políticas no como terremotos, sino como accesos febriles: "Durante la gestación o antes de estallar la revolución, en el antiguo régimen, aparecerán en la sociedaddes signos de la perturbación que se acerca. [...] Viene luego un periodo en que los síntomas se declaran, y es cuando podemos decir que ha empezado la fiebre de la revolución. Ésta no actúa con regularidad, sino que adelantamos y retrocedemos hasta llegar a la crisis, acompañada con frecuencia de un delirio, norma de los revolucionarios más violentos: el reinado del Terror. Tras la crisis viene un período de convalecencia, a menudo interrumpido por una o dos recaídas. Por último, la fiebre cesa y el enfermo queda inmunizado [...] frente a un ataque similar, pero sin convertirse, ciertamente, en un nuevo hombre. El paralelismo llega hasta el final, puesto que las sociedades que soportan el ciclo completo de la revolución son quizá las más fuertes frente a ella, pero sin resurgir en modo alguno transformada por completo". Esta interesante analogía no es, según el autor, peyorativa: "Al utilizar términos sacados de la Medicina es probable, cuando menos, despertar en muchos lectores sentimientos que inducen otras falsas interpretaciones. Parece como si condenamos las revoluciones al compararlas con una enfermedad. [...] probablemente será inútil hacer protesta de nuestra buena intención, pero no podemos por menos de dejar constancia de que de ninguna manera se puede atribuir una idea de repulsión por las revoluciones en general. [...] Tal vez tenga mayor fuerza persuasiva para los desconfiados el hecho de que, biológicamente, la fiebre es en sí misma algo conveniente, antes que lo contrario, para el organismo que la supera. O dicho en términos oratorios: la fiebre destruye a los malvados y a las instituciones dañinas o inútiles. Si se analizan más de cerca y con ecuanimidad, nuestro esquema conceptual puede incluso ofrecer aspectos más bien favorables que lo contrario respecto de las revoluciones en general" (Anatomía de la revolución, cap. I, secc. III). Si esta comparancia tiene visos de certeza, ante una sociedad enferma sería deseable provocar la fiebre... siempre y cuando no se cure sola por medios menos drásticos y más inconscientes, como los que suele utilizar el cuerpo para sanarse sin que siquiera lo notemos.
Pero si la curación necesita ser traumática, no creamos que luego de la misma saldremos con superávit. Como dice Crane Brinton, después de una violenta fiebre quedamos fortalecidos e inmunizados, pero no transformados. Según este punto de vista, las revoluciones políticas, en algunos casos, pueden curar a la sociedad, pero nunca elevarla.

[3] (Nota posterior.) Según la agencia noticiosa Efe (ver diario Clarín del 4/12/97, p. 43), Rusia es el país con mayor número de presos en el planeta (1,300,000). Teniendo en cuenta que la población rusa total es de unas 150 millones de personas, el antedicho cociente será necesariamente mayor aquí que en Estados Unidos, como no sea que la cantidad de criminales no presos sea excesivamente mayor en el país de América que en el euroasiático, o que contemos como criminales también a los criminales "legales" (ver anotaciones del 28/5/98).
[4] Que nuestras decisiones estén o no predeterminadas por la cadena causal es algo que en la práctica no influye en forma directa en el momento de tomarlas. Cuando uno toma concientemente una decisión, el único interés que inexorablemente lo guía es el de su propio placer. La sospecha de que tal decisión es ilusoria no es más que uno de los ingredientes --si bien uno de los más poderosos-- del cóctel que a todo efecto práctico es preparado exclusivamente por nuestra voluntad con vistas a su mayor bienestar.
[5] Una verdad moral es tan absoluta como la verdad matemática; la que se hace relativa es nuestra capacidad de percibirla tal como es en sí misma, problema éste que no existe en el mundo de los números.