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miércoles, 11 de julio de 2018

El patriotismo de Pessoa


A sus veinte años, habiendo regresado hacía tres a Lisboa para nunca más alejarse, se le despierta a Pessoa un sentimiento nacionalista que en su adolescencia no había tenido. En octubre de 1908 escribe en su diario:

Mi intenso sufrimiento patriótico, mi intenso deseo de mejorar la situación de Portugal suscitan en mí —¡cómo expresar con qué ardor, con qué intensidad, con qué sinceridad!— mil proyectos que, aun si realizables por un solo hombre, exigirían de él una característica que en mí es puramente negativa: fuerza de voluntad [...]. Nadie sospecha mi amor patriótico, más intenso que el de toda la gente que encuentro, de toda la gente que conozco (EEAA, p. 42).

Su mayor “proyecto patriótico” era escribir un ensayo titulado "Portuguese Regicide" (Regicidio portugués), “para provocar aquí una revolución”. Revolución que, en efecto, ocurrirá dos años después, para su satisfacción en un principio, y para su decepción después.
Mal podría criticar este amor patriótico veinteañero, porque a esa edad yo también lo tenía —aunque no tan acentuado como el de Pessoa—. Lo grave sería, en un pensador filosófico, mantener ese patriotismo en la edad madura. “No tengo —dirá luego Pessoa, por boca de Bernardo Soares— ningún sentimiento político o social. Tengo, sin embargo, en un sentido, un alto sentimiento patriótico. Mi patria es la lengua portuguesa” (LDD, § 12). Aquí ya avanzamos algo. Por de pronto, ya no quiere provocar revoluciones políticas, sino de otro tipo, y por cierto que en algunos de sus lectores las provocó. En lo que a mí respecta, no tengo patria geográfica. Tampoco diría que mi patria es la lengua española. La lengua española no es mi patria sino mi hogar, el pequeño refugio en donde me guarezco de las inclemencias de mi actualidad.

martes, 10 de julio de 2018

Fernando Pessoa: ¿vivir de las letras o vivir para las letras?


En agosto de 1907 muere Dionísia, la abuela loca de Pessoa. De resultas de ello recibe una pequeña herencia, que utiliza en su totalidad para comprar una imprenta con la idea de publicar sus propios libros:

A fines de 1907 la imprenta está lista para entrar en funcionamiento, pero parece haberlo hecho por poco tiempo o no llegar siquiera a iniciar su actividad. ¿Qué ocurrió? Los biógrafos tienen que recurrir a las hipótesis. Sin duda, Pessoa no supo hacerse una clientela, ni gestionar su empresa, ni siquiera utilizar las máquinas. Muy pronto renunció a continuar con la experiencia. Arruinado, se ve obligado a buscar otro medio de ganarse la vida.

Sin embargo, este prematuro fracaso (tenía apenas diecinueve años)

no le impedirá en adelante, y de vez en cuando, tener iniciativas intempestivas. Elaborará proyectos imposibles y rechazará buenas ofertas. Se sentirá humillado ante las negativas de empresarios y editores. Sus ocasionales éxitos (las revistas Orpheu y Athena, las ediciones Olisipo) no conseguirán hacerle olvidar su condición de poeta maldito (Robert Bréchon, Extraño extranjero[1], pp. 98 y 99).

Quiso siempre, y jamás lo logró, ganarse el pan con el sudor de sus dedos, esto es, ser un poeta mercenario. Las circunstancias, por fortuna para nosotros, se lo impidieron, porque su producción literaria, una vez echado a rodar el factor económico, habría disminuido en calidad. Inconscientemente, por más que Pessoa no lo hubiese querido, entraría a tallar lo que gusta, lo que vende, en detrimento de la calidad literaria que tal vez, en un principio, no sirve para acrecentar las arcas del que escribe. Lo que otros poetas, más cerebrales, comprenden desde el inicio mismo de su carrera, lo entendió Pessoa a la fuerza. A él le cuadrará perfectamente lo que escribió Juan López Núñez en su Bécquer, biografía anecdótica: “…Y perdido en la dilucidación íntima de su derrotero iba comprendiendo la verdad siniestra de que los poetas no viven de los versos, sino estos de los primeros”.


[1] De aquí en adelante, este libro será citado como RB.

lunes, 9 de julio de 2018

Lo que me interesa de Pessoa


Mientras vivió, a Pessoa se lo respetó más como crítico literario que como poeta (cf. Carlos Taibo, Como si no pisase el suelo[1], p. 177). Después, su crítica literaria pasó a un segundo plano y prevaleció su poesía. A mí de Pessoa no me interesa ni la crítica literaria ni la poesía. La crítica literaria de la que se ocupa no me concierne; su poesía sí, pero como está en inglés o en portugués, y yo desconozco esos idiomas, poco la leo, porque el verso pierde mucho traducido. Lo único que me interesa sobremanera son sus ensayos, sus cartas, sus diarios o semidiarios y su vida en general, impregnada por esa pasión por la escritura que yo también poseo.


[1] De aquí en adelante, este libro será citado como CT.

domingo, 8 de julio de 2018

Pessoa y la separación entre la vida práctica y la especulativa


Entre tantos “proyectos de vida” que sentaba por escrito Pessoa, encuentro este: “Organizar en perfecto paralelismo mi vida práctica y mi vida especulativa, de manera que la primera nunca pueda perjudicar a la segunda” (EEAA, p. 96). Yo nunca pude lograrlo: siempre mi vida práctica se interpuso en mi vida especulativa --con la sola excepción del año 1997--. Pero también me sucede lo inverso, que mi vida especulativa perjudica a mi vida práctica, y la perjudica tanto que estoy a punto de ingresar a un práctico colapso. Si el colapso se produce, no sé qué será de mi vida especulativa, si recobrará vitalidad o languidecerá. Y no sé tampoco qué sucederá con mis estados de ánimo.

sábado, 7 de julio de 2018

El temperamento femenino de Pessoa


“No encuentro dificultad en definirme” —dice Fernando Pessoa—:

Soy un temperamento femenino con una inteligencia masculina. Mi sensibilidad y los movimientos que de ella proceden, y es en eso que consisten el temperamento y su expresión, son de mujer. Mis facultades de relación —la inteligencia, y la voluntad, que es la inteligencia del impulso— son de hombre.

Cataloga esta condición como “una inversión sexual frustrada”. Frustrada porque se detiene en el espíritu. Pero

en los momentos de meditación sobre mí, me inquietó [...] que esa disposición del temperamento no pudiera un día descenderme al cuerpo (EEAA, pp. 98-9).

Este temperamento invertido lo tenían también, según Pessoa, Shakespeare y Rousseau, con la diferencia de que estos dos grandes literatos no supieron o no quisieron impedir el descenso del temperamento al cuerpo, y así Shakespeare incursionó en la homosexualidad y Rousseau cayó en un “vago masoquismo”[1].
Yo también, al igual que Pessoa, tengo sensibilidad femenina e inteligencia masculina, y al igual que Shakespeare y Rousseau, permití que mi temperamento descendiera y se instalara en mi cuerpo. ¿Será esto humillante, como lo sospechaba Pessoa, o será un simple sinceramiento que nos libera de una impedimenta que no es deseable para el escritor tener que llevar sobre su espalda? Lo humillante no es la homosexualidad sino la concupiscencia desmadrada, sin importar hacia qué objeto se dirige. “Bastaba el deseo [de tener sexo con un hombre] para humillarme”, confiesa Pessoa. A mí me humilla cualquier tipo de deseo libidinoso, yo no discrimino. Y como el deseo y el acto me humillan lo mismo, voy directo al acto, que tiene la ventaja de ser, respecto al deseo, bastante más placentero.


[1] Pessoa abonaba la teoría según la cual Shakespeare el poeta no era en realidad la misma persona que Shakespeare el actor, sino que detrás de este se escondía sir Francis Bacon —y era a Bacon a quien consideraba homosexual— (cf. F. Pessoa, Escritos sobre genio y locura, p. 264).

viernes, 6 de julio de 2018

El baúl de Pessoa


“Como el tímido jugador que era, Pessoa hizo una sola apuesta, poniendo todo en un baúl (también de apariencia humilde, sin adornos, discreto) que lanzó a la suerte postrera” (Richard Zenith, prefacio a EBI). Yo también guardaba mis cuadernos de anotaciones en un baúl discreto y sin adornos. Ahora, digitalizados, todo lo que antes cabía en mi baúl quedó reducido al tamaño de un pendrái. Son los milagros de la tecnología[1].


[1] Carlos Taibo nos acerca más precisiones acerca del famoso baúl: “En realidad no solo estaba el arca. Había también una pequeña maleta con 25 paquetes, así como otros tantos sobres numerados que reposaban en un armario. En total se trataba de más de 27000 documentos; de ellos 18816 eran autógrafos de Pessoa, 3948 textos escritos a máquina, 2662 una combinación de las dos categorías anteriores, 29 cuadernos y 893 copias originales del poeta. Había que sumar a todo lo anterior materiales correspondientes a terceras personas: 267 textos autógrafos ajenos, 291 copias hechas por Pessoa, 893 fragmentos impresos, 24 folletos y similares, y 289 recortes de periódicos” (Como si no pisase el suelo, p. 205).

jueves, 5 de julio de 2018

Pessoa y la cuestión de la publicación


Querido Max, mi último deseo: Todo lo que dejo detrás de mí [...] es para ser quemado sin leer.
Franz Kafka, carta a Max Brod

Publicar o no publicar, esa es la cuestión. Cuestión que queda zanjada asumiendo que la concesión al acto de publicar es una debilidad malsana que haríamos bien en resistir con todas nuestras energías si lo que pretendemos es crecer como escritores y como personas.

El único destino noble de un escritor al que se publica es no tener la celebridad que merece. Pero el verdadero destino noble es el del escritor al que no se publica. No digo que no escriba, porque quien no escribe no es escritor. Digo del que por naturaleza escribe, y por condición espiritual no ofrece lo que escribe (Bernardo Soares, LDD, § 209).

Entre los escritores, los mejor dotados espiritualmente no querrán que los demás los lean. Escriben para ellos mismos. Pero si los mejores escritores no son jamás leídos, la que sufre una dolorosa derrota es la cultura, que debe conformarse con los escritores mediocres. Por eso es que aquí se presenta un conflicto entre los valores culturales y los éticos: mis valores culturales me sugieren publicar, mis valores éticos me lo niegan. ¿Qué hacer? En principio, no tomar el asunto a la tremenda, porque no va la vida de nadie en ello. Pero si tuviese que adoptar una postura, y pudiese mantenerla pese a las tentaciones de la notoriedad, no publicaría nada en vida, pero tampoco daría la orden, como Kafka, de que quemasen mi obra. Antes al contrario: dispondría la situación lo más favorablemente posible como para que mis escritos cobrasen difusión una vez muerto. Para Pessoa, para el Pessoa teórico (encarnado aquí por su heterónimo[1] Bernardo Soares), este consentimiento sería inapropiado. “Colaborar, vincularse, actuar con los otros, es un impulso metafísicamente mórbido” (ibíd., § 209). Yo también soy solipsista, también creo que los demás no existen, mas no por eso me voy a privar de interactuar con todas esas ensoñaciones y prestarles mi apoyo en lo que fuera menester. “Escribir —continúa Pessoa en ese mismo parágrafo— es crear un mundo exterior para recompensa [...] evidente de nuestra índole de creadores. Publicar es dar ese mundo exterior a los demás; ¿pero para qué? [...] ¿Qué tienen que ver los demás con el universo que hay en mí?” No sé qué tienen que ver, solo sé que a los demás les gusta conocer, y sobre todo conocer lo esencial de las personas, y si yo no doy a conocer mis pensamientos y mis sentimientos jamás conocerán lo que de mí más interesa. Ni mi familia ni mis allegados me conocen tan bien como quien me lee, y si yo ansío y me desespero tanto por encontrar conocimientos, es filantropía pura facilitar conocimientos a otros que como yo los necesitan. Que los que no me leen conozcan mi cara, mi voz y mis flatulencias; los que se quedarán siempre con la mejor parte serán quienes me conozcan interiormente, y esos serán los que me hayan leído. Si esto es metafísicamente mórbido no lo sé; culturalmente creo que es lo que corresponde.



[1] El significado del vocablo heterónimo en la literatura de Pessoa lo explica él mismo en un artículo publicado en diciembre de 1928 en la revista portuguesa Presencia, nº 17, con el título de “Tabla bibliográfica” (AP 2700): “Lo que Fernando Pessoa escribe pertenece a dos categorías de obras a las que podemos llamar ortónimas y heterónimas. No se podría decir que son autónimas y seudónimas, porque realmente no lo son. La obra seudónima es del autor en su persona salvo por el nombre que firma; la heterónima es del autor fuera de su persona, es de una individualidad completa fabricada por él, como lo serían los parlamentos de cualquier personaje de un drama suyo”.

miércoles, 4 de julio de 2018

La impostura de Pessoa en relación a la fama en vida


Quiero gozar del reposo del andén del alma que tengo/
 antes de ver avanzar hacia mí la llegada de hierro/
 del tren definitivo.
Álvaro de Campos, “LÀ-BAS, JE NE SAIS OÙ”

Esta actitud de Pessoa de pretender eludir la gloria en vida era, según Richard Zenith, una impostura. Parece que hizo todo lo posible desde su juventud para lograr la celebridad y, al no conseguirla, renegó de ella, como la zorra de la fábula que no puede alcanzar las uvas.

Tal vez por el temor de llegar a la tumba sin conocer la fama tan largamente codiciada (aun con la eventual banalización que eso implicaría), Pessoa, imbatible, convirtió la falta de fama en vida en una condición casi indispensable para obtener la inmortalidad, la cual, según el razonamiento de Eróstrato, solo puede ser otorgada póstumamente (Richard Zenith, prefacio al Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad  de Pessoa[1]).

Que esto era así lo demuestra hasta cierto punto una carta que Pessoa le escribió (y que nunca envió) a João elegir uno Simões, crítico literario que en junio de 1929 publicó el primer estudio sobre su poesía realizado en Portugal. Luego de leer las veinte páginas del artículo, escribe Pessoa:


Los acasos de la vida a la que llamo mía, o la fatalidad superior que dirige todas las apariencias de los acasos, han hecho que, hasta ahora, yo haya sido una personalidad objetivamente oscura. La clara afección de sus palabras como que me libera de lo que podría con justicia considerar la madrugada de ninguna cosa. Por primera vez siento nítidamente el sol de las almas externas a la mía, y no sé cómo agradecerle el dorado matinal de esta sensación.

No parece estar apesadumbrado por este acicate a su popularidad en vida, sino más bien contento.

Su estudio me da, con el augurio de celebridad, un momento, por lo menos soñado, de liberación. Porque para mí —se lo confieso sin escrúpulo— solo la celebridad (la amplia celebridad) sería el sinónimo psíquico de libertad. Extraería mi reposo de aquello que otros conciben como una excitación.

A sus cuarenta años, no ve la hora de que la fama golpee su puerta, porque sospecha que con ella llegará el esperado alivio de sus consabidos desasosiegos. Por eso le agradece infinitamente a Simões esta posibilidad que le otorga de ser tenido en consideración por el ambiente literario portugués:

Puede ser que un día yo llegue a ser realmente célebre, en los términos y las condiciones en que deseo que eso sea tratado [...] con el Destino. Si eso sucediera, no olvidaré, ni podría olvidar, que su estudio fue el primer aviso, que me concedió la Suerte, de la vigilancia de los Dioses por aquellos que los reconocen como la sustancia del alma (carta de Fernando Pessoa a João Gaspar Simões, citada en Escritos autobiográficos, automáticos y de reflexión personal[2], pp. 105 a 107).

En 1915 pensaba que la celebridad era una debilidad. Catorce años después, cuando esa debilidad se le hace carne, se alegra por ello, y su vida se hace menos tormentosa: se comienza a hacer justicia con su talento. Esto habla mal de Pessoa como hombre de principios, pero no dice nada sobre el principio mismo, a saber, que no es aconsejable, a efectos literarios, ser famoso en vida. Y es que ser famoso, para un escritor que vivió toda su vida como un don nadie, es una tentación que difícilmente pueda resistir. Y tal vez sea cierto que este reconocimiento tardío le mejoró la vida, lo cual tampoco iría en contra de la idea que defiendo, que no es tanto la de que la fama en vida te arruina la felicidad, sino que te arruina el estilo y las ideas, o si no los arruina los abolla.
La esperanza de Pessoa era la de ser famoso para tranquilizar su espíritu, vapuleado durante años debido a su endémica soledad. Enhorabuena si esta tranquilidad le llegó con el tibio reconocimiento que obtuvo en sus últimos años; pero a nosotros sus lectores ¡qué nos importa su tranquilidad! Nos importa que siga escribiendo como escribía cuando era un ignoto. Y eso es precisamente lo que peligra, no la sicología del escritor, sino la forma y el fondo de lo que escribe, desde el momento en que se transforma en una celebridad[3].


[1] De aquí en adelante, este texto aparecerá citado como EBI.
[2] De aquí en adelante, este texto aparecerá citado como EEAA.
[3] Según su amigo Casais Monteiro, si Pessoa no llegó a ser todo lo célebre que pudo ser en vida, esto sucedió por voluntad propia, no porque las circunstancias se lo impidieran: “Quiso ser pobre, para ser independiente, […] quiso estar solo, para ser libre, […] quiso vivir y morir oscuro [...]. Implacablemente fiel, sí, al destino, que quiso para sí, de no vender su libertad a cambio de nada [...]. Supo abdicar de las pobres satisfacciones de la gloria, vivir oscuro, sabiendo muy bien quién era y cuánto valía. Y cuando lo evoco así, tan puro en la suprema grandeza de la atención a la obra y de la indiferencia hacia esta miseria en que los hombres convirtieron la vida, mejor me siento en lo que respecta al significado del culto a su memoria, y de aquello que invoca su ejemplo” (Adolfo Casais Monteiro, Estudios sobre la Poesía de Fernando Pessoa, citado por Carlos Taibo en Como si no pisase el suelo, p. 81). Agrega Casais Monteiro que al poeta le hubiera resultado muy sencillo convertirse en un reconocido escritor en el medio literario portugués: hubieran bastado unas pocas concesiones que, sin embargo, Pessoa evitó.

martes, 3 de julio de 2018

La inmortalidad a los ojos de Pessoa


Pessoa mantuvo afincada la idea de que siendo un hombre de talento su obra habría de perdurar. La modeló con la vanidad íntima de reconocerse genial.
Carlos Enrique Ruiz, Meditación acerca del desasosiego de Pessoa

Me pareció siempre que la virtud estaba en obtener lo que no era posible alcanzar, en vivir donde no se está, en estar más vivo después de muerto que mientras se vive, en conseguir, en fin, algo difícil, absurdo, en vencer, como obstáculo, la propia realidad del mundo.
Bernardo Soares, Libro del desasosiego

Existen varios tipos de inmortalidad. La más anhelada es la de la conciencia individual. A esta inmortalidad se refería Unamuno cuando gritaba “¡queremos bulto y no sombra de inmortalidad!”. La inmortalidad sombría sería la de los monistas o panteístas, cuya doctrina predica la fusión de la conciencia individual con Dios o con el Todo, perdiéndose en Él y disgregándose luego de que el cuerpo muere. Pero también existe otra sombra de inmortalidad para Unamuno, y es la de los que sobreviven en sus obras. Platón es inmortal, pero no su conciencia sino su palabra. Este tipo de inmortalidad, que Unamuno desdeñaba en comparación con la inmortalidad de la conciencia[1], es la que más atraía a Pessoa.
La inmortalidad de mis obras —decía Unamuno— no me interesa, porque mi yo, mi conciencia, no se va a enterar de tal inmortalidad, no la disfrutará. A esto responde Pessoa lo siguiente:

Si me dijeran que es nulo el placer de durar después de haber dejado de existir, responderé, primero, que no sé si lo es o no, porque no conozco la verdad sobre la supervivencia humana; responderé, después, que el placer de la fama futura es un placer presente —lo futuro es solamente la fama. Y es un placer de tanto orgullo que no tiene igual, cuando comparado con cualquiera de los que pueda dar una posesión material. Puede ser, de hecho, ilusorio, pero sea lo que fuere, es más amplio que el placer de gozar solo de lo que está aquí (Libro del desasosiego[2], § 145, escrito el 2/2/1931).

Podría suceder —no lo sabemos— que el fallecido, desde el más allá, pueda percibir de algún modo lo que continúa sucediendo en el más acá, y pueda así solazarse con las obras que ha dejado a la posteridad, solazarse con el goce que sus creaciones provocan en quienes ahora las disfrutan. Este goce metafísico estaría vedado a quienes ninguna obra perdurable han legado a las futuras generaciones. Y si este punto es demasiado conjetural, el segundo no lo es tanto: saberse o sospecharse arquitecto de una obra imperecedera es placer presente y no futuro. Se disfruta aquí y ahora, sin importar lo que suceda después de la muerte. Pessoa disfrutaba no poco con esta sospecha; yo también, y es la que me mueve a seguir leyendo y escribiendo.

El lustrabotas de la plaza no puede suponer que el futuro se deleite con sus cuadros, ya que no pintó ninguno. Yo, sin embargo, que en la vida transitoria no soy nada, puedo gozar la visión del futuro leyendo esta página, pues efectivamente la escribo; puedo enorgullecerme, como de un hijo, por la fama que tendré, porque al menos, cuento con qué tenerla (ibíd., § 145).

Que los demás disfruten de sus posesiones materiales, de sus familias y de sus amistades: nosotros disfrutamos anticipando el goce intelectual y estético que experimentarán las postreras generaciones al leernos. En el caso de Pessoa, este placer anticipado estaba plenamente justificado. Confío que en mi caso también lo esté.


[1] “Al nombre se sacrifica no ya la vida, la dicha [...].  Hay quien anhela hasta el patíbulo para cobrar fama, aunque sea infame. [...] Y este erostratismo, ¿qué es en el fondo, sino ansia de inmortalidad, ya que no de sustancia y bulto, al menos de nombre y sombra? [...] El que desprecia el aplauso de la muchedumbre de hoy, es que busca sobrevivir en renovadas minorías durante generaciones. «La posteridad es una superposición de minorías», decía Gounod. Quiere prolongarse en tiempo más que en espacio. [...] Queremos salvar nuestra memoria, siquiera nuestra memoria. ¿Cuánto durará? A lo sumo lo que durase el linaje humano. ¿Y si salváramos nuestra memoria en Dios?” (Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, cap. III).
[2] De aquí en adelante, este texto aparecerá citado como LDD.

lunes, 2 de julio de 2018

La persecución de la gloria según Fernando Pessoa


Una reflexión de Fernando Pessoa sobre la fama y sobre quienes la persiguen:

A veces, cuando pienso en los hombres célebres, siento por ellos toda la tristeza de la celebridad. La celebridad es una grosería. Por eso debe herir a un alma delicada. Es una grosería porque estar en evidencia, ser mirado por todos inflige a una criatura delicada una sensación de parentesco exterior con las criaturas que arman escándalo en las calles, que gesticulan y hablan alto en las plazas. El hombre que se vuelve célebre se queda sin vida íntima: se vuelven de cristal las paredes de su vida doméstica, es siempre como si fuese excesivo su traje; y aquellas sus mínimas acciones—ridículamente humanas a veces— que él quisiera invisibles, las coloca en la lente de la celebridad para espectaculares pequeñeces, con cuya evidencia su alma se arruina o se fastidia. Se necesita ser demasiado grosero para poder ser célebre por voluntad propia.

Por eso firmaba sus trabajos con seudónimos, para evitar el calvario que le significa, a un ser sensible, el que reparen en él mientras camina tranquilamente por las aceras. Pero hay más:

Después, más allá de la grosería, la celebridad es una contradicción. Pareciendo que da valor y fuerza a las criaturas, apenas las desvaloriza y las enflaquece. Un hombre de genio desconocido puede gozar la voluptuosidad suave del contraste entre su oscuridad y su genio; y puede, pensando que sería célebre si quisiera, medir su valor con su mejor medida, que es él mismo. Pero, una vez conocido, no está más en su mano revertir la oscuridad. La celebridad es irreparable. De ella como del tiempo, nadie vuelve atrás o se desdice. Y es por esto que la celebridad es una debilidad también. Todo hombre que merece ser célebre sabe que no vale la pena serlo. Dejarse ser célebre es una debilidad, una concesión a los bajos instintos, femeninos o salvajes, de querer darse en las vistas y en los oídos.
Pienso en esto a veces coloridamente. Y aquella frase de “hombre de genio desconocido” es el más bello de todos los destinos, se me vuelve innegable; me parece que ese es no solo el más bello, sino el mayor de los destinos (diario íntimo de 1915, citado en http://arquivopessoa.net/textos/2207)[1].

“Dejarse ser célebre es una debilidad”. ¿Yo tengo esa debilidad? Un poco, pero me favorece la circunstancia de no ser leído por nadie. Sin embargo yo quiero que me lean, busco que me lean, lo que indica, pese a esconderme también bajo un seudónimo, que busco la celebridad. Por mi bien, y sobre todo por el bien de mi literatura, espero no encontrarla.


[1] De aquí en adelante, la página portuguesa arquivopessoa.net/textos aparecerá como AP, seguida por el número del texto que se cita.