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lunes, 14 de enero de 2013

LA CIENCIA SOCIAL DE SPENCER



La historia no confirma la opinión bastante generalizada de que el calor es un obstáculo para el progreso.
Herbert Spencer, La ciencia social, p. 19

El calor no sólo no es obstáculo sino que es una condición necesaria para el progreso moral, que poco tiene que ver con el progreso tecnológico que sí se hace fuerte hoy en las zonas frías más que en las cálidas. Pero este es un tema complejo del cual tal vez hable otro día, pues hoy no tengo ganas.

Los pueblos que viven en una atmósfera húmeda son menos enérgicos y menos vigorosos. Todas las razas conquistadoras del mundo antiguo, arianos, semitas, mongoles, han salido de la "región si lluvia", que partiendo del Egipto se extiende a través de la Arabia, Persia y Tíbet hasta Mongolia; aquellas razas tan distintas tenían un carácter común, la energía, que debían indudablemente a su larga permanencia en una comarca caliente y seca, puesto que la perdieron después de haberse establecido en países más húmedos y fueron a su vez conquistados por una nueva ola de invasores que venían también de la "región si lluvia".
Ibíd., pp. 19-20

¿No estarás confundiendo, Heriberto, la energía con la crueldad? Quienes viven en zonas desérticas llevan una existencia dura y arisca; eso condiciona el temperamento social (los individuos sutiles y románticos tienden a no sobrevivir), y en consecuencia estas sociedades se tornan duras, sádicas y guerreras.

La vanidad del salvaje es mucho mayor que la del hombre civilizado. Se ocupa de su adorno más que una de nuestras elegantes contemporáneas: sufre para hermosearse el cruel martirio de las picaduras con que embadurnan su cuerpo de groseras imágenes, o bien cuelga de su labio inferior un pesado trozo de madera. Para merecer la aprobación de sus vecinos, sigue la moda, no sólo en las picaduras, que hasta la invención de los vestidos era el único adorno posible, sino de sus costumbres y en sus opiniones. La opinión [de los demás] es tiránica entre los salvajes; nadie trata de sustraerse a su yugo.
Ibíd., p. 28

La conclusión es terminante: quien sigue los dictados de la moda y la opinión ajena en lugar de atenerse a lo que su propio yo le aconseja, es un primitivo salvaje. Sigue Spencer:

De aquí una gran fijeza en las costumbres: "Queremos hacer lo que han hecho nuestros padres", dicen ellos. Este mismo carácter se encuentra, aunque menos pronunciado, en nuestras clases inferiores; aborrecen también las innovaciones; un alimento nuevo les desagrada.

Y una idea nueva, ni te cuento.

... De tan diversas pruebas puede decirse que el hombre primitivo no era en realidad ni bueno ni malo; que se dejaba dominar por la emoción del momento, y que las explosiones de cólera se sucedían en él rápidamente a los más benévolos sentimientos.
Ibíd., p. 30

¡Exacto!: el hombre primitivo no era ni bueno ni malo. Le agradezco a Spencer esta posibilidad que me da de rectificar el juicio que anteriormente yo tenía respecto de los primeros humanos, a saber, que eran buenos por naturaleza. La condición humana no partió ni de un punto positivo ni de uno negativo moralmente hablando. Partió de un punto neutro, para comenzar luego a desarrollarse, por medio de la selección natural, sus códigos de conducta, los cuales han puesto al hombre a la vanguardia de toda especie animal en lo que a sus balanzas éticas y hedonistas (relación dolor-placer) se refiere.

El niño es imprevisor como el salvaje; obra por el primer impulso y busca la aprobación de otros; esta es una nueva prueba en apoyo de la teoría de la evolución, según la cual el hombre civilizado, en su desarrollo individual, pasa por todas las fases que ha presentado su raza.
Ibíd., pp. 30-1

Pero nuestra raza de "hombres civilizados", ¿no está todavía en la niñez? La mayoría de nosotros sigue, como los habitantes de las tribus salvajes, obrando por el primer impulso y buscando la aprobación de los otros. Y si bien somos más previsores, nuestros recaudos abarcan solamente los objetos materiales, dejando siempre a nuestro espíritu navegando a la deriva en el mar del futuro.

El salvaje ve las cosas tales como se le presentan; no raciocina ni sobre sus causas ni sobre sus consecuencias; así, no se forma ideas nuevas; hace lo que ha visto hacer; imita, no inventa. La actividad de la reflexión se haya en él en razón inversa de la actividad de la percepción.
Ibíd., pp. 32-3

El hombre del futuro tendrá el poder de percepción del antiguo salvaje y a la vez el poder de reflexión del pensador moderno.

La teoría del progreso continuo admitida sin restricción, es casi tan insostenible como la decadencia continua, y frecuentemente el progreso de ciertos tipos determina la degradación de otros. Tal es el caso en que una raza superior empuja a una raza inferior a localidades desfavorables, lo que motiva que ésta retroceda visiblemente en el camino de su progreso.
Ibíd., p. 38

Según intuyo, la teoría del progreso continuo es verdadera, porque me late que en el futuro las razas no necesitarán empujarse unas a otras, y entonces evolucionarán coordinada y ascendentemente todos los individuos en su conjunto. Y cuando hablo de individuos no me refiero exclusivamente a los hombres, sino también a todas las demás especies.

Si el miedo a los vivos es el origen de la autoridad política, el miedo a los muertos es la raíz de la autoridad religiosa.
Ibíd., p. 91

Pero todo miedo indica que algo no está bien. Luego, las autoridades políticas y religiosas no están bien.

El curso futuro de la evolución suprimirá el adulterio.
Ibíd., p. 182

Porque el curso futuro de la evolución es el Amor, y quien ama a su complemento no se aburre de acostarse con él.

miércoles, 9 de enero de 2013

El mecanicismo y su fobia teleológica


Acabo de terminar la lectura de un libro bastante interesante: Historia de un Ave Fénix. El mecanicismo, desde sus orígenes hasta la actualidad, escrito por Guillermo Boido y Eduardo Flichman. Según los autores, el mecanicismo clásico, que se hizo fuerte a partir de los siglos XVIII y XIX debido al avance del conocimiento científico y de los adelantos tecnológicos, sufrió un duro revés en el siglo XX a partir de las teorías relativista y cuántica de la física, en las cuales se otorga categoría de entidad a los campos de fuerza, en pie de igualdad con la clásica y única entidad aceptada por los mecanicistas, la materia. Los campos de fuerza carecen de materia y sin embargo se mueven por el espaciotiempo, lo cual pondría en cuestión el paradigma clásico de las hipótesis que admiten, para cualquier movimiento, la sola explicación de la interacción mecánica  entre cuerpos. Esta objeción al mecanicismo clásico fue  parcialmente subsanada, nos cuentan los autores, mediante una teoría denominada "mecanicismo con base ampliada".  Así, en lugar de afirmar que la base del mecanicismo es la explicación de todo fenómeno  a través de una hipótesis mecánica, esta nueva teoría dice que todos los fenómenos que se suceden en el espaciotiempo se explican o pueden explicarse a partir de teorías de la física y de la química; y como los campos de fuerza, tengan o no tengan materia que mover, se encuadran dentro de la física, el mecanicismo queda, así, salvado, o resucitado, como el ave Fénix. No es tan descabellado, pues, considerarse mecanicista en pleno siglo XXI.
Y ahora la pregunta que se cae de madura: ¿me considero yo un pensador mecanicista? Según el Diccionario filosófico de Ferrater Mora, "mecanicismo se llama a la teoría que reduce todos los hechos a procesos puramente mecánicos y, por lo tanto, que elimina el dinamismo del ser y niega la finalidad de los aconteceres". Lo de los procesos "puramente mecánicos" ya hemos visto que puede reemplazarse, sin eliminar el espíritu de la hipótesis mecanicista, por "procesos fisicoquímicos", y entonces yo podría, en este caso, adherir al mecanicismo. Pero el tema es que yo afirmo que estos procesos fisicoquímicos conllevan una intrínseca finalidad, una intrínseca teleología; y como el desprecio por la teleología es, según Ferrater mora y según también Guillermo Boido y Eduardo Flichman, la nota distintiva de cualquier tipo de mecanicismo, me veo entonces en la obligación de renegar de esta escuela de pensamiento que, por suscribir desde sus comienzos y hasta el comienzo de la teoría cuántica a la hipótesis del estricto determinismo de todo acontecimiento, se me hacía tan simpática.
Mi reduccionismo fisicoquímico, entiéndase bien, depende de mi adhesión al paralelismo psicofísico, de suerte que lo que yo digo es que los entes materiales (o los campos de fuerza) y sus relaciones dependen pura y exclusivamente de procesos fisicoquímicos, pero no sucede lo mismo con las vivencias, que pertenecen al costado psíquico del mundo, costado que de ningún modo se toca ni se relaciona con su costado físico o fisicoquímico. Pero dejando de lado el tema de las vivencias, los propios sucesos o procesos espaciotemporales, tanto los que se operan en la materia orgánica como en la inorgánica, no por obedecer a leyes fisicoquímicas dejan de ser teleológicos u orientados a un fin específico. Las leyes que determinan el crecimiento de un árbol son pura y exclusivamente fisicoquímicas, pero además de fisicoquímicas, son teleológicas. Y esto mismo sucede con las leyes que determinan el movimiento de los hombres y de los pueblos, y también --cosa curiosa y harto difícil de interpretar-- con las leyes que determinan el movimiento de las mareas, de los planetas o de la corriente eléctrica. Nada sucede por azar, todo tiene una finalidad en la naturaleza, sólo que la naturaleza, la naturaleza física, no lo sabe ni podría saberlo; los que podemos saberlo (o en todo caso conjeturarlo) somos nosotros, a partir de nuestro costado psíquico o vivencial.
Ahora bien; esta imbricación teleológica que le atribuyo a la física y a la química no tiene por qué ser tenida en cuenta en el marco de las investigaciones científicas rigurosas, y hasta es conveniente que no lo sea, para evitar malentendidos. El científico especialista en ciencias "duras" hará bien en continuar investigando a partir de meras causas eficientes y desdeñando las causas finales, las cuales sólo lo estorbarían --a no ser que quisiese abrir su espectro hacia las cuestiones metafísicas. La teoría de las causas finales, científicamente hablando, sólo debería sostenerse en el terreno de las ciencias "blandas" (psicología, sociología y sus derivadas), y quizá también en la biología --aunque no estoy cierto de su conveniencia en este terreno. Las preguntas que debe hacerse el físico, el químico, el astrónomo, el geólogo, el ingeniero, deben comenzar con un "por qué", nunca con un "para qué", por mucho que este "para qué" tenga fundamental incumbencia dentro de esas mismas disciplinas en un sentido metafísico. E inversamente, el psicólogo, el sociólogo, el antropólogo, deben preguntarse con qué finalidad se hizo esto o lo otro y no tanto por qué causa sucedió esto o lo otro, si bien esta última pregunta no es tan improcedente aquí como el "para qué" dentro de las ciencias duras. Y en la biología, en la magna biología... dejo por ahora las puertas abiertas para que cada quien adopte la causación que le plazca. Darwin tomó como patrón la causación eficiente, Lamarck prefirió basar sus hipótesis en las causaciones finales; y cada cual, partiendo de tan distintas (aunque no antitéticas) posiciones, aportó lo suyo para mejorar la hipótesis general del transformismo. Se puede, pues, estudiar la biología evolucionista desdeñando la teleología... siempre y cuando no se decida hacer, además de biología, filosofía. Si nos metemos a filósofos y procuramos entender la evolución en su sentido más lato y trascendente, nos resultará imprescindible, me parece, la hipótesis finalista con todas sus consecuencias. El azar y la aleatoriedad quedan así restringidas a la teoría de la evolución en un sentido científico, y descartadas de dicha teoría cuando se la explica en sentido filosófico. Quienes pretendan "ontologizar" el azar y la aleatoriedad, otorgándoles credenciales metafísicas (como algunos físicos trascendentalizadores del principio de incertidumbre de Heisenberg), deberán remar fuerte y acomodar esta hipótesis dentro de una metafísica general que, me imagino, se le presentaría al lector como algo bastante caótico de comprender y asimilar.
En fin, este libro sobre el mecanicismo que acabo de leer me ha dado la excusa para explayarme sobre este tema, fundamental dentro de mi esquema de ideas, de la relación entre el determinismo fisicoquímico operante dentro de la naturaleza espaciotemporal y el determinismo teleológico operante dentro de la naturaleza espiritual de cada ente. El determinismo, junto con la matematización platonizante del mundo de los fenómenos, me acercó al mecanicismo, pero la repulsa del mecanicismo por cualquier tipo de teleología terminó por enemistarme con él, y el divorcio se ha hecho inevitable. No importa; al fin y al cabo el mecanicismo es primo hermano del cientificismo, y con esa prole...




jueves, 3 de enero de 2013

Los diez grandes cánceres que inficionan a la filosofía contemporánea


¿Ha muerto la filosofía? Algunos dicen que sí; otros dicen que está moribunda; los menos, afirman que goza de buena salud. Entre los que la perciben agonizante, estoy yo, y está también el nonagenario Mario Bunge, quien se tomó el trabajo --por si de verdad la filosofía termina muriendo-- de realizarle una autopsia prematura[1], detectando con ella los diez cánceres que hoy día la mantienen postrada y anhelante. Veámoslos uno por uno:

 El primero de los males es la profesionalización excesiva. Antes, el filosofar era cosa de aficionados, de amantes de la sabiduría. Desde hace un par de siglos, la filosofía es una profesión como cualquier otra. Además, hoy hay tantos puestos de profesor de filosofía que, inevitablemente, muchos de ellos son ocupados por personas sin vocación. Para peor, están obligados a publicar para poder conseguir empleo o ascenso.
Con la comunidad científica ocurre otro tanto: está llena de funcionarios que, en otros tiempos, hubieran sido competentes artesanos, escribientes o abogados. El resultado inevitable de la profesionalización de la filosofía y de la ciencia es la pérdida de calidad.

Coincido con este primer diagnóstico: la profesionalización en filosofía es nefasta. Sócrates ya se lo había advertido a los sofistas, pero éstos no le hicieron caso y siguieron cobrando dinero por sus lecciones. Los profesores de filosofía son los nuevos sofistas.


El segundo mal es la confusión entre hacer filosofía y contar su historia. No hay duda de que el conocimiento del pasado de su disciplina es más importante para el filósofo que para el químico o el biólogo, porque muchos problemas filosóficos tienen raíces antiguas y siguen abiertos.
La historia de la filosofía es una herramienta para filosofar; pero ocurre demasiado a menudo que el medio se toma por fin. La consecuencia es que marchamos mirando para atrás. Esta es una aberración. Al fin y al cabo, los historiadores de la filosofía se ocupan de filósofos originales, no de historiadores de la filosofía.

También coincido aquí, aunque esta patología no es ni por asomo tan perniciosa como la primera.

El tercer mal es la confusión entre profundidad y oscuridad. Es verdad que es difícil entender un pensamiento profundo; pero también es verdad que es fácil hacer pasar una perogrullada, o incluso un absurdo, por un pensamiento profundo. Para esto basta utilizar expresiones confusas o retorcidas.
Por ejemplo, al escribir que “el mundo mundea”, que “el tiempo es originariamente la maduración de la temporalidad” y disparates similares, Martin Heidegger se hizo pasar por un pensador profundo. De no ser catedrático alemán, la gente lo habría tomado por loco, cuando no fue sino un charlatán.

Nueva coincidencia. Los alemanes han sembrado de oscuridades el terreno filosófico y muchos de nosotros hemos mordido el anzuelo. En esta problemática lista yo incluiría a Hegel, a Fichte, a Krause, a Kant por momentos, y por supuesto a Heidegger. ¡Y eso que no nombro a los franceses y a los afrancesados del siglo XX!

El cuarto mal es la obsesión por el lenguaje, que aqueja tanto a los filósofos analíticos como a los existencialistas[1]. Por supuesto que el filósofo debe cuidar el lenguaje, pero en esto no se distingue del matemático, el geólogo, el escritor o el periodista. Además, una cosa es escribir correctamente y con claridad, y otra tomar el lenguaje como tema central de la reflexión filosófica y, para peor, sin hacer caso de los trabajos de los expertos en la materia, o sea, los lingüistas.
.Al filósofo no le interesa saber cómo se usa esta o aquella palabra en tal o cual comunidad lingüística. Sin duda, puede interesarle la idea general de lenguaje, pero solo como una de tantas ideas generales. Si se limita al lenguaje, irrita al lingüista y aburre a todos. El resultado es que no enriquece la lingüística ni la filosofía.


[1] Me parece que aquí Bunge se refiere, más que a los existencialistas en general, a ese subgrupo dentro del existencialismo llamado filosofía hermenéutica


Nueva coincidencia. Este diagnóstico de Bunge se va tornando brillante.

El quinto mal es el subjetivismo. Este es el conjunto de doctrinas filosóficas que niegan la realidad objetiva del mundo y la posibilidad de alcanzar verdades objetivas. Ejemplos modernos de subjetivismo son la fenomenología o egología (teoría del yo) de Husserl; la tesis positivista según la cual no hay hechos físicos, sino solo observaciones, y la tesis relativista conforme a la cual cada grupo social construye sus propias verdades, sin que haya modo racional de zanjar entre ellas.
El subjetivismo es comodísimo. Si el mundo es lo que yo imagino, no tengo por qué tomarme el trabajo de estudiarlo; y, si no hay verdades objetivas, no tenemos por qué esforzarnos por encontrarlas. El resultado neto es la devaluación de la investigación científica.

Coincido palmariamente, pero en este punto parece Bunge un tanto inconsecuente, puesto que su cruzada por la objetividad de las verdades no llega al terreno de la ética ni a ningún tipo de valoración. "Si algo es valioso --dice Bunge--, lo es para una unidad social U, en algún respecto R, en alguna circunstancia C, y con un conocimiento de fondo K. Nada es valioso a secas ni bueno en sí mismo: no hay valores y bienes intrínsecos y absolutos" (Ética y ciencia, apéndice III, 1). No digo que la posición de Bunge en este asunto sea enteramente contradictoria, pero esta ambivalencia al pasar de un campo al otro de la especulación filosófica es llamativa. Los engranajes chirrían, el sistema se resiente.

El sexto de los males que aqueja a la filosofía es la atención exagerada que presta a problemas ínfimos y a juegos académicos, tales como las especulaciones sobre mundos posibles. Esta preferencia por lo menudo justifica el viejo dicho cínico: “La filosofía es aquello con lo cual, y sin lo cual, el mundo queda tal y cual”.

Mi coincidencia hasta aquí es total.

El séptimo de los males anotados es el abuso del formalismo sin sustancia, y su complemento, el abuso de lo sustancioso informe. Quienes cometen el primer pecado suelen ser lógicos que creen que la lógica formal no solo es necesaria sino que basta para filosofar. En el segundo pecado caen quienes no advierten que el tratamiento preciso de problemas profundos exige el uso de algunas herramientas formales lógicas o incluso matemáticas. [...]

Correcto, correctísimo y muy actual. Y tengo que decir, nobleza obliga, que yo he caído con bastante frecuencia en el segundo pecado que Bunge describe.

El octavo mal es el desdén por la construcción de sistemas filosóficos, so pretexto de que todos los sistemas anteriores, tales como los de Leibniz y Hegel, han fracasado. Esto es como renegar de la física porque cada una de las teorías físicas ha resultado defectuosa. Lo malo no es el esfuerzo de sistematización en sí, sino tal o cual resultado.
Necesitamos sistematizar nuestras ideas porque las ideas aisladas son apenas inteligibles, y porque el propio mundo es un sistema antes que un agregado de objetos desconectados. Una idea cualquiera “arrastra” o “atrae” a otras ideas, así como todo cuerpo atrae a otros cuerpos. Por ejemplo, la idea de negación es incomprensible sin las ideas de proposición y de afirmación.
A partir de Einstein, la idea de tiempo es incomprensible sin relación con las ideas de acontecimiento, materia y espacio. Por estos motivos, necesitamos sistemas conceptuales, o sea, teorías, y debemos construir puentes entre estas. La filosofía no escapa a la necesidad de sistematizar.

¡Bien! ¡Por este puntual diagnóstico merece Bunge que lo aplauda hasta que me ardan las manos! El desdén por el sistema se hizo fuerte a partir de Nietzsche y ha sido una fuente inagotable de desdichas para la filosofía y para sus cultores, porque un pensador filosófico sin ansias de sistema se asemeja a un futbolista que no desea participar en el equipo seleccionado de su país, o a un físico teórico que no sueña con encontrar ecuaciones unificadoras. Quienes reniegan de la sistematización en filosofía lo hacen, consciente o inconscientemente, más que por convicción, por impotencia.

El noveno mal es el desinterés por la ciencia y la técnica. Este desinterés lleva a formular especulaciones escandalosamente anacrónicas. [...]

También coincido, aunque si este desinterés se torna interés excesivo, comienza una nueva patología.
Por último , la mayoría de los filósofos vive en la torre de marfil, sin interesarse por los problemas sociales. Por ejemplo, la mayoría de los éticos se desinteresa de los problemas morales que a todos nos plantean la tiranía y la guerra, la pobreza y el deterioro ambiental. Por consiguiente, sus análisis son de interés puramente académico.
Se cierra el diagnóstico con diez totales coincidencias entre el autor del ensayo y éste que lo glosa --aunque según mi opinión, los pensadores éticos cometen otro error mucho más imperdonable que el de desinteresarse de los problemas morales concretos de la sociedad en que habitan, y es el de no tener mayor interés en convertirse ellos mismos en mejores personas, antes que en mejores eticistas.
Es Bunge un pensador polémico, y por su estilo frontal y desinhibido se ha granjeado la animadversión de un buen número de gente. Ser polémico y agresivo es peligroso, porque si se yerra el tiro puede venir la respuesta certera y clavarse justo entre los ojos del agresor. Es peligroso si se yerra el tiro, pero Bunge ha tirado diez veces y las diez veces acertó. Algunos pensarán que ha errado, y que por ello ha quedado en ridículo y ha perdido prestigio académico. Para mí es al revés: ahora, gracias a este pequeño artículo, lo aprecio mucho más que por cualesquiera de sus otras contribuciones al quehacer filosófico.
Cierro con las palabras finales de Bunge:

 En resolución, la filosofía de nuestro tiempo está aquejada de diez males. Cualquiera de ellos hubiera bastado por sí solo para postrarla; los diez morbos juntos la han puesto gravemente enferma; pero enfermedad no es lo mismo que muerte. Más aún, el diagnóstico acertado de una enfermedad precede al tratamiento eficaz, y por ello puede ser la primera fase de la recuperación.
La filosofía no morirá mientras queden personas curiosas por problemas generales cuya solución no tenga otra utilidad que la de ayudarnos a comprender la realidad, en particular al ser humano. El que no todos estos individuos sean catedráticos de filosofía, poco importará a la larga. Tampoco Descartes fue catedrático y, sin embargo, fue el padre de la filosofía moderna. Lo que realmente importa para la salud de la filosofía es mantener viva la curiosidad por las ideas generales. Como reza el dicho popular, “no está muerto quien pelea”.



[1] "Autopsia prematura de la filosofía" es el nombre de este ensayo de Bunge del cual extraeré algunos párrafos. Figura en su libro Elogio de la curiosidad, pp. 210 a 217.

martes, 1 de enero de 2013

Nuevo aniversario del comienzo de la revolución cubana


La hipótesis comunista continúa siendo la buena hipótesis, no veo ninguna otra. Si tenemos que abandonar esta hipótesis, ya no vale la pena hacer nada en absoluto en el campo de la acción colectiva. Sin el horizonte del comunismo, sin esta Idea, no hay nada en el devenir histórico y político que tenga algún interés para un filósofo.
Alain Badiou, ¿Qué representa el nombre de Sarkozy?
                                      
Hoy se cumplen 54 años del comienzo de la revolución política más pintoresca e idealista del siglo XX. La mayoría de los periódicos de Buenos Aires hacen un balance negativo de dicho episodio. El diario La Nación, por ejemplo, afirma en la tapa del suplemento "Enfoques" del 28/12/8 que "tras medio siglo de gobierno castrista, sin rumbo político y acosada por la pobreza, la falta de desarrollo y la censura, Cuba está hoy lejos de haber cumplido con las promesas de la revolución". Quieren los dueños de estos periódicos que Cuba elimine los totalitarismos e ingrese a la sana democracia titiriteada por Norteamérica tal como es el caso de casi todos los demás países del continente. Se fomentarían entonces en esta isla caribeña, para regocijo de los amantes del capitalismo bien entendido, vastos planes de analfabetización general comparables a los que implementan otros grandes referentes de la región, y se procuraría que las tasas de mortalidad infantil alcancen, por lo menos, el nivel que ostentan en los países pioneros de Latinoamérica como Brasil o la Argentina. Por último, el tema de los hospitales públicos: es hora ya de que comiencen a funcionar mal y a discriminar a la gente que se acerca a ellos, priorizando la atención de los políticos y periodistas extranjeros que buscan poner fin a sus dolencias en esas latitudes por no confiar en los establecimientos médicos de su zona de influencia.
Pero supongamos que sí, que la revolución cubana fracasó. ¿Habrá sido que fracasó porque la idea central que la cruzaba del comienzo al fin era descabellada, inmoral o errónea? No me parece. Si fracasó, fracasó como fracasa un hombre que quiere respirar mientras otros energúmenos más corpulentos le tapan la nariz y la boca con sus manos. Le han bloqueado las vías respiratorias y ha fallecido; es asesinato, no fracaso. ¡Y todo por querer respirar un poco de aire puro!

Había en Latinoamérica, tierra de ovejas negras, una ovejita gris que se paseaba con alegría y cadencia por entre sus compañeras, que la observaban con indignación. Esa ovejita gris ya no está, y el rebaño de ovejas negras lanza por fin balidos de alivio. ¡Adónde iremos a parar, si ya ni tonos grises nos quedan!

sábado, 29 de diciembre de 2012

EL METAFISICO DARWIN





A mi modo de ver no hay ninguna ventaja y sí muchas desventajas entre las conferencias y las lecturas.
Charles Darwin, Autobiografía, p. 20

Eso es porque en las conferencias tenés que cazar al vuelo lo que se dice, sin tener tiempo de pensarlo ni de rebobinarlo, alternativas que sí ofrece la lectura. A nadie le cambió la vida una conferencia, pero a muchos se las cambió un libro.

Mi mente parece haberse convertido en una especie de máquina para extraer leyes generales a partir de las grandes colecciones de hechos.
Ibíd., p. 91, en donde aclara que, en contraposición a eso, se le atrofió "la parte del cerebro de la cual dependen los gustos más elevados. [...] La pérdida de esto justos --continúa-- es una pérdida de felicidad y posiblemente es perjudicial para la inteligencia y más probablemente para el carácter moral, pues debilita la parte emocional de nuestra naturaleza".

La teoría de la Evolución es completamente compatible con la creencia en Dios, pero se debe recordar que diferentes personas tienen diferentes definiciones de lo que entienden por Dios.
Ibíd., p. 169

Dios es la Verdad. Luego, si la teoría de la evolución es verdadera, es necesario pensar detenidamente en ella y en cómo perfeccionar sus puntos oscuros si es que deseamos tener una idea de Dios que se asemeje al dios real.

Reflexionando más ampliamente en que para hacer creer a cualquier hombre sano los milagros en que se apoya la cristiandad sería un requisito imprescindible presentar las pruebas más claras de los mismos --y que cuanto más conocemos las leyes fijas de la naturaleza, menos creíbles resultan los milagros--, que los hombres en aquel tiempo eran ignorantes y crédulos hasta un grado casi incomprensible para nosotros --que no puede demostrarse que los Evangelios hayan sido escritos simultáneamente con los acontecimientos-- que difieren en muchos detalles importantes a mi parecer, para que se puedan admitir como las acostumbradas inexactitudes de los testigos oculares; por reflexiones tales como éstas, que no las menciono por creer que tienen la menor novedad o valor, sino porque influyeron sobre mí, llegue gradualmente a no creer en el cristianismo como una revelación divina.
Ibíd., pp. 170-1

Sigue Darwin:

Este descreimiento se deslizó sobre mí a una velocidad muy pequeña, pero al final fue completo. La velocidad fue tan lenta que no sentí ninguna angustia.

Por mi parte, mi descreimiento es grande, pero no "completo". Creo que siempre me persistirá aunque más no sea una pequeña duda sobre si Jesús pudo haber sido un enviado de Dios.

Algunos escritores están verdaderamente tan impresionados por la cantidad de sufrimientos que existen en la tierra, que dudan, si miramos a todos los seres sensibles, si hay más miseria que felicidad; si el mundo, en su conjunto, es bueno o malo. A mi parecer, predomina decididamente la felicidad, pero esto sería muy difícil de probar. Si se concede la verdad de esta conclusión, armoniza bien con los efectos que podremos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de cualquier especie tuvieran habitualmente que sufrir en un grado extremo, desdeñarían el propagar su especie; pero no tenemos ninguna razón para pensar que esto ha ocurrido, por lo menos frecuentemente. Además, algunas otras consideraciones nos inducen a pensar que todos los seres sensibles han sido formados así para gozar, como regla general, de la felicidad.
Ibíd., pp. 172-3 (subrayado mío)

La selección natural, junto con la selección sexual --que es su complemento y que cobra más importancia cuanto más evolucionada sea una especie-- son la prueba más acabada de que los organismos sensibles se encaminan todos ellos hacia una futura felicidad, o al menos hacia una época de no-dolor --que sin embargo tal vez no pueda nunca ser alcanzada en forma absoluta (esto si consideramos verdadera la infinitud del concepto del tiempo).

Todos los que piensan, como lo hago yo, que todos los órganos corpóreo-sentimentales (excepto aquellos que no son ni ventajosos ni desventajosos para el poseedor) de todos los seres se han ido desarrollando por medio de la selección natural, por la supervivencia de los más aptos juntamente con el uso o la costumbre [Darwin incluye a la selección sexual dentro de la selección natural], admitirán que estos órganos han sido formados para que sus poseedores puedan competir con éxito con otros seres y aumentar de esta manera su número. Ahora bien, un animal puede ser inducido proseguir el curso de la acción que sea más beneficiosa para su especie haciéndole sufrir dolores, hambre, sed o temor, o por medio del placer, como al comer y al beber, y la propagación de las especies, etc., o por ambos medios combinados, como en la busca del alimento. Pero el dolor o el sufrimiento, de cualquier clase que sea, si se prolonga demasiado, ocasiona una depresión y disminuye el poder de acción, no obstante está bien adaptado para que los seres se protejan contra cualquier grande o súbito peligro. Por otra parte, las sensaciones agradables pueden prolongarse sin que ocasionen ningún efecto deprimente; al contrario, estimulan a todo el organismo para una acción aumentada. En consecuencia, ha sucedido que la mayor parte de los seres sensibles se han desarrollado de tal manera, por medio de la selección natural, que las sensaciones agradables vienen a ser las más naturales. Vemos esto en el placer de nuestras comidas diarias, y especialmente en el placer derivado de la sociabilidad y del amor a nuestras familias. La suma de todos estos placeres, los cuales son habitual o frecuentemente periódicos, dan --yo difícilmente pueda dudarlo-- a la mayor parte de los seres sensibles un exceso de felicidad sobre la desgracia, aunque muchos pueden, en ocasiones, sufrir grandemente. Tal sufrimiento es perfectamente compatible con la idea de la Selección Natural, que no es perfecta en su acción, pues tiende solamente a hacer a cada especie todo lo más apta posible en la batalla por la existencia con las otras especies, en circunstancias maravillosamente complejas y cambiantes.
Ibíd., pp. 133-4

¡Brillante, Charles! Yo agrego lo siguiente: Si bien todas las especies sensibles, tomadas cada una en su conjunto, gozan más de lo que sufren, es forzoso que seguirán sufriendo mientras necesiten alimentarse entre sí para sobrevivir (la especie depredadora sufrirá frecuentemente hambre por escasez de presas asesinables y la especie depredada sufrirá en la depredación misma). Por eso la evolución del mundo sensible, si es que evoluciona hacia la optimización de los placeres y la disminución de los dolores, deberá ocuparse tarde o temprano de adaptar todo sistema digestivo al consumo de especies suficientemente abundantes en la naturaleza como para no escasear casi nunca y a la vez suficientemente insensibles como para no percibir en gran medida el dolor de la depredación. Esos requisitos sólo los cumplen determinadas especies VEGETALES.

Nadie niega que hay una gran cantidad de sufrimiento en el mundo. Algunos han tratado de explicar esto, en relación al hombre, imaginando que sirve para su mejoramiento moral. Pero el número de hombres en el mundo no es nada en comparación con el de todos los otros seres sensibles, y éstos sufren a menudo extraordinariamente sin ningún mejoramiento moral. Este viejísimo argumento de la existencia del sufrimiento contra la existencia de una Primera Causa inteligente, me parece a mí muy fuerte; mientras que, como acabo de señalar, la presencia de muchos sufrimientos concuerda bien con la idea de que todos los seres orgánicos se han desarrollado mediante la variación y la selección natural.
Ibíd., pp. 174-5

Y me lo estás contagiando, amigo Charles, ese tu descreimiento acerca de la existencia de una Primera Causa inteligente --aunque la palabra "inteligente" en mi caso está de más, ya que menos todavía creo en una Primera Causa azarosa. Lo que me parece hoy, primero de junio del '98, es que el Universo siempre estuvo y estará, y junto con él la Vida, y por lo tanto no hay Causa Primera de ninguna índole, ni inteligente ni azarosa.

En la actualidad, el argumento más usual de la existencia de un Dios inteligente surge de la profunda convicción interna y de los sentimientos que experimentan la mayor parte de las personas.
ibíd., p. 175

Correcto: uno intuye a Dios. Pero en mi caso hay una salvedad: yo no creo en un Dios inteligente; para mí, Dios es la inteligencia. Sigue Darwin:

Al principio, por sentimientos análogos a los que acabo de referir, fui llevado (aunque no creo que el sentimiento religioso estuvo nunca vigorosamente desarrollado en mí) a la firme convicción de la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Escribí en mi Diario, mientras estaba en medio de la grandeza de la selva brasileña, "no es posible dar una idea adecuada de los elevados sentimientos de maravilla, admiración y devoción que llenan y animan nuestra mente". Recuerdo bien mi convicción de que hay algo más en el hombre que la simple respiración de su cuerpo; pero ahora las escenas más grandiosas no darían lugar a que ninguno de estos sentimientos y convicciones surgiesen en mi pensamiento. Verdaderamente, puede decirse que soy lo mismo que un hombre que se ha tornado daltónico y a quien la creencia universal de los hombres de la existencia del rojo hace que su precedente pérdida de percepción no pueda considerarse, en modo alguno, como una prueba de valor. Este argumento sería válido si todos los hombres de todas las razas tuvieran la misma convicción íntima de la existencia de Dios; pero nosotros sabemos que este no es ni con mucho el caso. Por tanto no puedo comprender por qué tales convicciones y sentimientos íntimos han de ser de ningún peso como pruebas de que realmente existe. El estado de ánimo que al principio provocaban en mí las grandes escenas y que estaba íntimamente relacionado con la creencia en Dios, no difería esencialmente de lo que se llama a menudo el sentido de lo sublime; y por muy difícil que pueda ser el explicar la génesis de esta sensación, difícilmente puede adelantarse como un argumento de la existencia de Dios, lo mismo que las vigorosas aunque vanas sensaciones similares despertadas por la música.
Ibíd., pp. 175-6

Respecto, Charles, de tu colorido ejemplo del daltónico que no ve el rojo pero que sabe que existe porque los demás lo ven, funcionará reemplazando al color rojo por Dios el día en que la mayoría de los hombres carezca no sólo de la enfermedad del daltonismo, sino también de la enfermedad de su moral, que es la que le impide ver los colores más luminosos tal como son en sí mismos. Y respecto de la existencia de las sensaciones sublimes, como la que te participó en medio de la selva o al escuchar música, por cierto que no son éstas pruebas indiscutidas de la existencia de un Dios inteligente y creador. Pero hacé como yo: considerá las sensaciones sublimes que nos producen la percepción de la naturaleza y los hechos artísticos no como pruebas de la existencia de Dios, sino como Dios mismo. Así, cada vez que te amanezcan en el espíritu esas sensaciones sublimes comunes a todo ser moralmente fresco, podrás gritar, sin temor a estar mintiendo, ¡¡Dios existe!!

Con respecto a la inmortalidad, nada me demuestra [tan claramente] que es un pensamiento fuerte y casi instintivo, como la consideración de la idea, sustentada ahora por la mayor parte de los físicos, de que el sol y los planetas llegarán con el tiempo a ser demasiado fríos para permitir la vida, a menos, verdaderamente, que algún gran cuerpo se estrelle contra el sol y les dé nueva vida. Creyendo, como lo pienso yo, que el hombre será en un futuro distante una criatura mucho más perfecta de lo que es en la actualidad, es un pensamiento intolerable el de que él y todos los otros seres sensibles estén sentenciados a una aniquilación completa tras este largo y lento progreso continuado. Para aquellos que admiten la inmortalidad del alma humana, la destrucción de nuestro mundo no les parecerá tan espantosa.
Ibíd., p. 176

¡Ahh, la inmortalidad del alma!... Todas las almas nobles creen en ella.

Otra fuente de convicción de la existencia de Dios, relacionada con la razón y no con el sentimiento, me pareció que tenía mucho más peso. Ésta se desprende de la extraordinaria dificultad o más bien imposibilidad de concebir este inmenso y maravilloso universo, inclusive el hombre, con su capacidad de reflexionar sobre el pasado y el futuro, como el resultado de una casualidad ciega o de la necesidad. Cuando reflexionaba de esta manera, me sentía inclinado a considerar una Causa Primera, dotada de una inteligencia en ciertos aspectos análoga a la del hombre y merecí ser llamado teísta. Esta conclusión estaba firmemente arraigada en mi mente, por lo que puedo recordar, por el tiempo en que escribí el Origen de las especies, y desde entonces ha venido debilitándose gradualmente con muchas fluctuaciones. Pero entonces surge la duda: ¿puede creerse a la mente del hombre, que se ha desarrollado, a mi parecer, a partir de una mente tan rudimentaria como la que poseen los animales inferiores, cuando imagina tan grandes conclusiones?
ibíd., pp. 176-7

A mi parecer, en estos temas tan profundos conviene creer muy poco en los razonamientos discursivos y en los hechos de la experiencia científica, pero se le puede dar un poco más de crédito a la intuición que guía a los teóricos y a los pragmáticos hacia el objetivo que intentan esclarecer.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Bertrand Russell, o el anticristo



Para mí, hay un defecto muy serio en el carácter moral de Cristo, y es que creía en el infierno. Yo no creo que ninguna persona profundamente humana pueda creer en un castigo eterno.
Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano, p. 28

Yo tampoco, y precisamente por eso es que no creo que Jesús haya creído en el infierno. Lo que pasa, Bertrand, es que vos leés los escritos inciertos, como lo son los Evangelios, guiándote puramente por lo que perciben tus ojos, despreciando (tal vez por no poseerla) a la intuición, que es la que te indica, en el caso éste del Nuevo Testamento, en dónde la escritura coincide más o menos con los hechos reales y en dónde los judíos devenidos cristianos que lo redactaron incluyeron algunos de sus tontos dogmas. No te olvides nunca de que los primeros cristianos nacieron en el seno del judaísmo, y que les hubiera sido muy difícil cortar de raíz los dogmas hebreos y apegarse sin miramientos a lo que Jesús hacía y decía, que era generalmente lo contrario de lo expuesto en los libros sagrados judíos. Si Jesús había de ser popular entre los judíos --cosa que los incipientes cristianos querían--, era necesario hacerlo aparecer en las nuevas escrituras como alguien que odiaba la maldad y deseaba que los inmorales se pudriesen eternamente. Por eso se inventaron todas esas imprecaciones que se supone dijo, como la de "¡serpientes, raza de víboras! ¿Cómo será posible que evitéis el ser condenados al fuego del infierno? (Mateo 23. 33)". ¿Puede alguien que no sienta un odio implícito al cristianismo suponer que Jesús fuera capaz de expresarse en estos términos?

Cristo, tal como lo pintan los Evangelios, sí creía en el castigo eterno, y uno se topa repetidamente con una furia vengativa contra los que no escuchaban sus sermones, actitud común en los predicadores y que dista mucho de la excelencia superlativa. No se halla, por ejemplo, esa actitud en Sócrates. Es amable con la gente que no le escucha; y eso es, a mi entender, más digno de un sabio que la indignación. Probablemente todos recuerdan las cosas que dijo Sócrates al morir y lo que decía generalmente a la gente que no estaba de acuerdo con él.
Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano, p. 28


Tomemos una posición coherente, Bertrand: o no creemos nada de lo que dicen los Evangelios, o creemos sólo lo que de sensato tienen. Porque creer en el Jesús que ofrecía su otra mejilla cuando le abofeteaban la primera y creer al mismo tiempo que este Jesús se indignaba con quienes no lo escuchaban es creer que el azúcar puede endulzar y salar a la vez. Si Jesús se indignaba con quienes no lo escuchaban, entonces ese mismo Jesús le rompía los dientes a quien lo abofeteaba. Si, en cambio, no se inmutaba ante las agresiones, entonces menos se inmutaba si alguien no quería escucharlo. En alguno de estos dos pasajes se nos está mintiendo, y es raro que vos, Bertrand, no percibas la mentira[1]. Por otra parte, ¡¿cómo podés contraponer a la figura de Jesús la de Sócrates, si cualquiera puede darse cuenta de que Sócrates fue uno de sus principales espejos?! ¿No te preguntaste nunca qué fue de su vida durante sus años de juventud de los que los Evangelios no hablan? Investigá un poco, e investigate un poco, y tal vez descubras que anduvo estudiando filosofía griega con grandes maestros, que a su vez lo llevaron a conocer el Oriente budista, taoísta, confuciano y mazdeísta, en donde pasó largos años. El filósofo Jesús no nació de un repollo, Bertrand. Tuvo padres, y Sócrates fue uno de ellos
 [2].

... Luego, Cristo dice: "enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y quitarán a su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran la maldad; y los arrojarán en el horno del fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes". Y continúa extendiéndose con los gemidos y el rechinar de dientes. Esto se repite en un versículo tras otro, y el lector se da cuenta de que hay un cierto placer en la contemplación de los gemidos y el rechinar de dientes, pues de lo contrario no se repetiría con tanta frecuencia.
Ibíd., p. 29

Pero ¿quién era el que se deleitaba repitiendo esa frase, Jesús, o el que escribió los Evangelios, que es el único del que ciertamente sabemos que la empleaba constantemente? Los judíos estaban acostumbrados a la hecatombe; sacrificaban bueyes y corderos en cuanta oportunidad les dieran. Creía esa raza bárbara que estos sacrificios agradaban a su Dios Jehová, y por lo tanto los gemidos que lanzaban los pobres animales eran como música para el alma de los sacrificadores, porque anunciaban la muerte que serviría, o bien de ofrenda, o bien como expiación de los propios pecados. No sería raro entonces que los judíos se sintieran bien al escuchar esos lamentos, y que les hicieran propaganda en cuanto lugar pudieran, incluidos los versículos del Nuevo Testamento.

Luego está la curiosa historia de la higuera, que siempre me ha intrigado. Recuerdan lo que ocurrió con la higuera. "Tuvo hambre. Y como viese a lo lejos una higuera con hojas, en camino se halla por ver si encontraba en ella alguna cosa: y llegando, nada encontró sino follaje; porque no era a un tiempo de higos; y hablando a la higuera le dijo: «nunca jamás, ya nadie tomará fruto de ti»... y Pedro... le dijo: «Maestro, mira cómo la higuera que maldijiste se ha secado». Esta es una historia muy curiosa, porque que ya no era la época de los higos, y en realidad no se puede culpar al árbol. Yo no puedo pensar que, ni en virtud ni en sabiduría, Cristo esté tan alto como otros personajes históricos. En estas cosas, pongo por encima de él a Buda y a Sócrates.
Ibíd., p. 30

En lo único en que Buda y Sócrates superaron a Jesús es en haberse sabido rodear de discípulos que supieran escribir y así poder retratar sus vidas más o menos verídicamente. Jesús no tuvo un Platón o un Ananda como aprendiz; su reputación histórica sería hoy mucho más admirable de haber tenido esa suerte. Y respecto a la historia de la higuera, quien crea que Jesús era capaz de putear a un árbol porque éste no tenía frutos en la época en que nunca los tiene...; quien crea que, además de putearlo, era capaz de secarlo mágicamente, sin tomarse la molestia de quitarles la humedad a sus raíces por algún medio que no entre en contradicción con las leyes de la naturaleza...; quien crea que esta historia es verdadera, cree también que los chinos viven cabeza abajo y agarrados a los árboles para no caer al vacío.

Uno halla, al considerar el mundo, que todo el progreso del sentimiento humano, que toda mejora de la ley penal, que todo paso hacia la disminución de la guerra, que todo paso hacia un mejor trato de las razas de color, que toda mitigación de la esclavitud, que todo progreso moral realizado en el mundo, ha sido obstaculizado constantemente por las iglesias organizadas del mundo. Digo deliberadamente que la religión cristiana, tal como está organizada en sus iglesias ha sido, y es aún, la principal enemiga del progreso moral del mundo.
Ibíd., p. 31

Hay una confusión en tu cráneo, Bertrand. La Iglesia como institución no sólo no es algo sinónimo a la verdadera religión, sino que además, como regla casi general, se le contrapone. Vos sos el típico ejemplo del que razona de la siguiente manera: "La Iglesia es corrupta e inmoral; luego, Dios no existe". Por supuesto que tu conciencia negará este infantilismo y lo cubrirá de racionalizaciones, pero ¿sabés una cosa?: no le creo a tu conciencia más que a tus impulsos de desprecio, que por otra parte son exagerados, porque de creer, como creo yo, que la iglesia fomenta ciertos vicios en el corazón de la gente, a creer que es "la principal enemiga del progreso moral del mundo", hay un abismo, un abismo de odio que no sé en dónde lo aprendiste, pero seguramente no te lo enseñó un cura.

A todos los muchachos les interesan los trenes. Supongamos que se les dice que el interés por los trenes es malo; supongamos que se les venden los ojos siempre que están en un tren o en una estación de ferrocarril; supongamos que nunca se permita que la palabra "tren" se mencione en presencia suya, y se mantenga un misterio impenetrable en cuanto a los medios por los cuales se les transporta de un lugar a otro. El resultado no sería hacer que cesase el interés por los trenes; por el contrario, los muchachos se interesarían más por ellos, pero tendrían una morbosa sensación de pecado, porque este interés se les ha presentado como indecente. Todo muchacho con inteligencia activa, puede, por este medio, convertirse en un neurasténico. Esto es precisamente lo que se hace en materia de sexo; pero, como el sexo es más interesante que los trenes, los resultados son aún peores. Casi todo adulto de la comunidad cristiana tiene una enfermedad nerviosa como resultado del tabú en el conocimiento del sexo cuando era muchacho. Y este sentimiento de pecado, implantado artificialmente, es una de las causas de la crueldad, timidez y estupidez en las etapas posteriores de la vida. No hay motivo racional de ninguna clase para impedir que el niño se entere de un asunto que le interesa, ya sea sexual o de otra clase. Y no tendremos jamás una población sana hasta que este hecho haya sido reconocido en la primera educación, cosa imposible mientras las iglesias dominen la política educacional.
Ibíd., p. 38

¡Bien, Bertrand! Ya ves que, de vez en cuando, coincidimos. Lo que sí, te faltó jugarte un poco más. Te faltó el grito final, el que todos nuestros jóvenes y no tan jóvenes esperan escuchar de parte de un pensador reconocido, y que dice más o menos así: ¡Adolescentes del mundo, masturbaos!

El énfasis cristiano acerca del alma individual ha tenido una profunda influencia sobre la ética de las comunidades cristianas. Es una doctrina fundamentalmente afín a la de los estoicos, nacida, como la de ellos, en comunidades que no podían tener ya esperanzas políticas.
Ibíd., p. 42

Y vos, Bertrand, ¿tenías esperanzas políticas? ¿Sí? ¡Iluso! Después de observar los acontecimientos políticos que signaron desde siempre a la humanidad, ¿quién es más ingenuo, el que cree en la inmortalidad del alma o el que hace votos por una sociedad ideal constitucionalmente regida?[3]

Cuando un hombre actúa de forma que nos molesta, queremos pensar que es malo, y nos negamos a hacer frente al hecho de que su conducta molesta es un resultado de causas antecedentes que, si se las sigue lo bastante, le llevan a uno más allá del nacimiento de dicho individuo, y por lo tanto a cosas de las cuales no es responsable en forma alguna.
Ibíd., p. 48

¡Hasta que dijiste algo trascendente!

No podemos suponer que el pensamiento del individuo sobreviva a la muerte corporal, ya que ésta destruye la organización del cerebro y disipa la energía que utilizaban los conductos cerebrales.
Ibíd., p. 56

Y ¿quién te dijo que la inmortalidad del alma de un individuo equivale a la inmortalidad de su pensamiento? No sé qué sea lo que me sobrevivirá cuando yo muera, ni tengo la certeza de que algo va a sobrevivirme; pero me parece que si hay algo que queda, ese algo no es mi conciencia ordinaria.

No puedo probar que mi concepto de la vida buena sea acertado; sólo puedo exponer mi punto de vista, esperando que lo acepte la mayor cantidad de gente posible.
Ibíd., p. 62

Lo mismo digo.

La educación ética consiste en fortalecer ciertos deseos y debilitar otros.
Ibíd., p. 67

Brillante definición. De paso, digamos que la educación ética es el asunto más noble de todos cuantos ha de encargarse la sociedad.

Pensamos mal de la gente que es derrochadora o temeraria, aun cuando sólo se hagan daño a sí mismos.
Ibíd., p. 68

Los derrochadores se hacen daño a sí mismos pero también a otros, ya que el dinero que emplean en la compra de artículos innecesarios podría muy fácilmente transformarse en comida o abrigo destinados a los niños que diariamente sufren hambre y frío y hasta mueren por eso.

Las guerras […] son el producto de la pasión, no de la razón.
Ibíd., pp. 68-9

No todas las guerras son el producto de las bajas pasiones; hay también guerras producidas por las bajas razones e incluso por los bajos instintos. Generalmente la guerra es el efecto causado por una ingesta colectiva de un cóctel que tiene todos estos ingredientes, aunque en proporciones diversas según el caso.

Un cierto porcentaje de niños tiene el hábito de pensar; uno de los fines de la educación es curarlos de dicho hábito.
Ibíd., p. 72

Lamentablemente es así en algunos casos. Y lo mismo para los jóvenes en las universidades.

Todos los que se han molestado en estudiar la psicología morbosa saben que la virginidad prolongada es, en general, extraordinariamente dañina para las mujeres.
Ibíd., p. 72

Y también, en general, para los hombres.

El fin del moralista es mejorar la conducta del hombre.
Ibíd., p. 80

El verdadero moralista no aspira a mejorar la conducta del hombre sino al hombre completo, que es mucho más que su mera conducta.

La ciencia tiene que aprender con el tiempo a moldear nuestros deseos de modo que no choquen con los de otra gente hasta el punto en que lo hacen ahora; entonces podremos satisfacer una mayor proporción de nuestros deseos. En ese sentido, pero sólo en ese sentido, nuestros deseos se habrán hecho "mejores".
Ibíd., p. 88

Esa es la misión de la ciencia moral.

El mundo en que vivimos puede ser entendido como resultado de la confusión y el accidente; pero, si es el resultado de un propósito deliberado, el propósito tiene que haber sido el de un demonio.
Ibíd., p. 94

Nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira. Quienes son más infelices que felices ven el mundo a través de un cristal opaco que les sugiere un gobierno azaroso o demoníaco; quiénes son más felices que infelices ven el mundo a través de un cristal de brillantes colores que les sugiere que detrás de la máquina está la fuerza del Amor. Pero para llegar a ver la Verdad, es necesario prescindir de todo cristal, de los opacos y de los brillosos, y ver el mundo tal cual es, sin intermediaciones. Mejor así, porque ¿para qué queremos ver a un tipo disfrazado de Rey Momo cuando el tipo disfrazado es el Rey Momo en persona?

Cuando un niño sube los estantes de la cocina y rompe toda la porcelana, los padres suelen enfadarse. Sin embargo, su actividad es esencial para su desarrollo físico. En un medio hecho para los niños, tales impulsos sanos y naturales no necesitan ser contenidos.
Ibíd., de. 142

Viene al caso una frase de Gordon Shumway, el célebre filósofo melmaciano: "Las tradiciones son como los platos: se hicieron para romperse".

El Estado de Nueva York sostiene oficialmente aún [1930] que la masturbación produce locura.
Ibíd., de. 144

Sí, produce locura... a quien la desea y la reprime.

La mayoría de los moralistas han tenido tal obsesión del sexo que han descuidado otras clases de proceder éticamente laudables y mucho más útiles socialmente.
Ibíd. , p. 157

La riqueza material, por ejemplo, es mil veces más nefasta social e individualmente que la promiscuidad sexual.


[1] (Nota añadida el 8/11/12.) "Dice Voltaire, ¿estamos seguros de que Jesús dijese realmente todo lo que los Evangelios ponen en boca suya? ¿Y sabemos, además, qué sentido atribuiría a sus palabras, las cuales, por lo demás, no han llegado a nosotros en su propia lengua y que, siendo como son metafóricas muchas de ellas, admiten las más diversas interpretaciones? [...]. A su juicio, las supuestas sentencias de Cristo cuyo sentido deja menos margen a la duda y a la discusión son aquellas en que se predica el amor de Dios y el amor del prójimo, es decir, la moral común" (David Friedrich Strauss, Voltaire, p. 200).
[2] (Nota añadida el 10/3/6.) Yo no soy el único, ni mucho menos, que compara y equipara la figura del genio judío con la del genio griego; ahí está, por ejemplo, David Friedrich Strauss afirmando que "este Sócrates, que no fue un filósofo encerrado y limitado a un auditorio de escuela, sino un maestro popular y familiar, cuya vida es la expresión acabada de la virtud y de la verdad por el enseñada, que murió mártir de sus convicciones, de sus esfuerzos y la ceguera de sus conciudadanos; este Sócrates ofrece relaciones con Jesucristo, que siempre han admirado los espíritus reflexivos. En efecto, a pesar de la profunda diferencia proveniente del contraste de los dos pueblos y las dos religiones, toda la antigüedad anterior al cristianismo, sin exceptuar la antigüedad hebraica, no presenta figura alguna que tenga más analogía que Sócrates con Jesucristo" (Nueva vida de Jesús, secc. XXIX).
[3] (Nota añadida el 9/11/12.) La palabra "ideal" tal vez esté aquí mal empleada. Russell, me parece, nunca fue partidario de los idealismos sociales ni de las utopías.