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sábado, 20 de julio de 2019

El primer encontronazo entre Ludwig Wittgenstein y Bertrand Russell


Tuvo problemas Wittgenstein cuando se decidió a publicar su Tractatus. Como por aquel entonces era un desconocido, ningún editor se arriesgaba a perder dinero con aquel libro ininteligible. Tenía un único as en la manga: Bertrand Russell, que ya era considerado uno de los más importantes pensadores filosóficos de Inglaterra. La prestigiosa editorial Reclam de Leipzig, al enterarse de que el libro venía recomendado por Russell, aceptó publicarlo con la condición de que el propio Russell le anexara una extensa introducción. Así se lo pidió Wittgenstein a su amigo, pero cuando en abril de 1920 recibió su encargo, Wittgenstein se enfureció y se negó a incluir esa introducción. Los motivos de la cólera eran muy concretos:

Russell había escrito que, aunque Wittgenstein había delimitado con nitidez lo decible, había conseguido, no obstante, decir una gran cantidad de cosas sobre lo que no podía ser dicho. También le reprochaba el que hubiera dejado traslucir sus opiniones sobre la ética, aunque había relegado a esta a la región mística e inexpresable (Wilhelm Baum, Ludwig Wittgenstein, pp. 116-7).

Vio Russell en el Tractatus lo mismo que yo veo en la filosofía toda de este vienés: una total y descarada contradicción performativa. Dice que es mejor callar ante tal o cual tema, pero él mismo no calla; enseña que de la ética no se puede hablar, pero habla hasta por los codos[1]. Russell no podía ser condescendiente con su alumno y escribir su introducción sin mencionar estos errores; su honestidad intelectual se lo impedía. Desairó a un amigo, pero ganó credibilidad filosófica[2].


[1] "Dice absurdos, numerosas afirmaciones hace, / siempre su voto de silencio rompe: / de ética y estética habla noche y día, / y de las cosas dice si son buenas o malas, erróneas o acertadas. / [...] ¿Quién, en cualquier materia, ha visto alguna vez / a Ludwig abstenerse de sentar cátedra? / En todas las reuniones nos acalla a gritos, / y detiene nuestra frase tartamudeando la suya; / discute sin cesar, áspero, airado y con voz sonora, / seguro de que tiene razón, y de su rectitud orgulloso" (poema de Julian Bell, destacado alumno del  King's College en 1929, dedicado a Wittgenstein, que había regresado a Cambridge, y citado en RM, p. 245).
[2] (Nota añadida el 26/4/19.) Buscando en internet encontré la extensa introducción de Russell al Tractatus (correspondiente a la edición inglesa de 1922). He aquí el párrafo que enfureció a Wittgenstein, que aparece sobre el final del texto: "El verdadero método de enseñar filosofía, dice, sería limitarse a las proposiciones de las ciencias, establecidas con toda la claridad y exactitud posibles, dejando las afirmaciones filosóficas al discípulo, y haciéndole patente que cualquier cosa que se haga con ellas carece de significado. Es cierto que la misma suerte que le cupo a Sócrates podría caberle a cualquier hombre que intentase este método de enseñanza; pero no debemos atemorizarnos, pues este es el único método justo. No es precisamente esto lo que hace dudar respecto de aceptar o no la posición de Wittgenstein, a pesar de los argumentos tan poderosos que ofrece para apoyarlo. Lo que ocasiona tal duda es el hecho de que después de todo, Wittgenstein encuentra el modo de decir una buena cantidad de cosas sobre aquello de lo que nada se puede decir, sugiriendo así al lector escéptico la posible existencia de una salida, bien a través de la jerarquía de lenguajes o bien de cualquier otro modo. Toda la ética, por ejemplo, la coloca Wittgenstein en la región mística inexpresable. A pesar de eso es capaz de comunicar sus opiniones éticas. Su defensa consistiría en decir que lo que él llama «místico» puede mostrarse, pero no decirse. Puede que esta defensa sea satisfactoria, pero por mi parte confieso que me produce una cierta sensación de disconformidad intelectual" (citado por Antoni Defez en “Religión y misticismo en Russell”, Thémata, revista de filosofía, número 44, año 2011; artículo disponible en internet).

lunes, 20 de marzo de 2017

El solipsismo solapado de Berkeley

Otro que comenzó razonando rectamente para luego desbarrancar fue el obispo Berkeley. La argumentación de Berkeley contra el materialismo filosófico que ya, en aquellas épocas, comenzaba a ganar adeptos, era, a los ojos de Bertrand Russell, “capaz y válida”, pero ¿adónde conduce un idealismo filosófico absoluto como el que él sostenía? Conduce, si hemos de ser consecuentes, al solipsismo, y esta hipótesis es tan impropia para el sentido común de los lectores, y más impropia todavía para la Iglesia a la que Berkeley pertenecía, que no tuvo más remedio que anexarle una hipótesis auxiliar bastante curiosa:

Le parece ridículo suponer que árboles y casas, montañas y ríos, el sol y la luna y las estrellas, solo existen cuando los miramos, que es lo que sugiere su primera afirmación. Piensa que debe de existir alguna permanencia en los objetos físicos, y alguna independencia con respecto a los seres humanos. Esto lo demuestra suponiendo que el árbol es realmente una idea que existe en la mente de Dios, y que, por lo tanto, continúa existiendo cuando ningún ser humano lo mira. Las consecuencias de su propia paradoja, si las aceptara francamente, le habrían parecido espantosas; pero por medio de un repentino giro, rescata la ortodoxia y algunos trozos de buen sentido (Bertrand Russell, Ensayos impopulares, p. 68, “Los motivos ulteriores de la filosofía”).

Eso pasa cuando se razona dentro del marco de una filosofía ya prefabricada como lo es la de la Iglesia. Se puede dentro de ella estirar algunos dogmas para ensanchar el espacio, pero no se pueden traspasar. Y lo mismo cuando se filosofa teniendo la precaución de no herir el sentido común de los no filosofantes. He ahí la importancia de ser un librepensador para no caer en estas trampas argumentativas.
Yo soy un solipsista que no encuentra ilógica ni disparatada ni herética esta postura, y como no tengo que rendirle cuentas a ninguna institución por las consecuencias derivadas de mis argumentos, no necesito de hipótesis auxiliares que las mitiguen.

Cabe aclarar que mi solipsismo se circunscribe al universo de los fenómenos, quedando el nóumeno a salvo de toda subjetividad, como ya lo expliqué desde un apéndice al libro cuarto de mi diario, titulado “La revancha de Berkeley”.

domingo, 19 de marzo de 2017

Bertrand Russell y el dogmatismo ciego

Hace poco (12/9/16) cité la opinión de Deleuze respecto de lo que él supone que sería la función principal de la filosofía: entristecimiento de las personas. No la comparto; prefiero la postura de Bertrand Russell: la principal función de la filosofía es la de disipar la certidumbre. Por eso el dogmatismo ciego, lo mismo que el escepticismo absoluto, son antifilosóficos, ya que “el uno está seguro de saber, el otro de no saber” (Ensayos impopulares, “Filosofía para legos”). En filosofía nunca se está seguro de nada, y es tan funesto creer que se sabe algo a ciencia cierta como creer que no sabemos absolutamente nada de ningún tema relevante.
René Descartes, el padre de la filosofía moderna, intentó basar su filosofía en postulados indubitables suministrados por la razón y no a partir de revelaciones bíblicas. El problema fue que no lo consiguió, y era por fuerza que no lo conseguiría, porque como ya dijimos, los dogmas son lo contrario de la filosofía, y da lo mismo si son dogmas engendrados por una revelación religiosa como por una persona que piensa, observa y experimenta. Su famosa máxima, “pienso, luego existo”, es, según Russell, de gran valor filosófico y muy probablemente verdadera, pero cuando quiso deducir de ella otros postulados un tanto más complejos, su pensamiento comenzó a teñirse de ortodoxia. Hasta el momento del “pienso, luego existo”, nos dice Russell,

todo iba bien. Pero desde ese instante su obra pierde toda su perspicacia crítica, y acepta un sinfín de máximas escolásticas a favor de las cuales no se puede alegar más que la tradición de las escuelas. Cree que existe, dice, porque eso lo ve muy clara y muy distintamente; saca en conclusión, pues, "que puedo tomar por regla general que las cosas que concebimos con suma claridad y muy distintamente son todas ciertas". Comienza entonces a concebir toda clase de cosas "con suma claridad y muy distintamente", tales como que un efecto no puede tener mayor perfección que su causa. Puesto que puede formarse una idea de Dios (es decir, de un ser más perfecto que él), esta idea debe de haber tenido otra causa más perfecta que él, causa que sólo puede ser Dios; por lo tanto, Dios existe. Puesto que Dios es bueno, Él no engañaría perpetuamente a Descartes; entonces, los objetos que Descartes ve cuando está despierto deben de existir realmente. Y así sucesivamente. Toda la cautela intelectual es arrojada por los aires (Ensayos impopulares, “Los motivos ulteriores de la filosofía”).

Russell piensa que lo que lleva a Descartes a desbarrancar y a suponer que ha encontrado verdades indubitables por doquier es el deseo de que tales postulados, en los que él creía por uno u otro motivo, sean verdaderos. El deseo de que algo sea cierto, en filosofía, es para Russell funesto, porque nos inclina sentimentalmente a buscar razones donde no las hay, a justificar lo injustificable solo porque a nosotros nos place. Y lo peor de todo es que el pensador realiza estas maniobras inconcientemente, pensando que razona recta y cabalmente. No es que quiera engañarnos, es que se engaña sí mismo, y los que lo leemos y aprobamos sus sofismas caemos también en la enredadera.

En un hombre cuyos poderes de razonamiento son buenos, los argumentos falaces son prueba de inclinación tendenciosa. Cuando Descartes se encuentra escéptico, todo lo que dice es agudo y convincente, y hasta su primer paso constructivo, la prueba de su propia existencia, tiene mucho en su favor. Pero todo lo que sigue es flojo, descuidado y apresurado, revelando de este modo la deformante influencia del deseo.


Concuerdo con Russell respecto de lo inconveniente que resulta que se inmiscuya el deseo dentro de nuestro sistema de pensamientos racio-empíricos, no intuitivos. Respecto de nuestras ideas intuitivas, es decir, de nuestras ideas metafísicas, no se puede decir lo mismo, porque aquí es el deseo el que lleva la voz cantante, como ya lo aclaré en mis anotaciones del 25/7/8. El error de Descartes no consistió en desear que Dios exista, sino en creer que había demostrado su existencia por medio de argumentos racionales.

domingo, 5 de febrero de 2017

Pragmatismo y capitalismo

Dijo Max Horkheimer:

El pragmatismo, al intentar la conversión de la física experimental en el prototipo de toda ciencia y el modelamiento de todas las esferas de la vida espiritual según las técnicas de laboratorio, forma pareja con el industrialismo moderno, para el que la fábrica es el prototipo del existir humano, y que modela todos los ámbitos culturales según el ejemplo de la producción en cadena sobre una cinta sinfín o según una organización oficinesca racionalizada. Todo pensamiento, para demostrar que se lo piensa con razón, debe tener su coartada, debe poder garantizar su utilidad respecto de un fin. Aun cuando su uso directo sea “teórico”, es sometido en última instancia a un examen mediante la aplicación práctica de la teoría en la cual funciona. El pensar debe medirse con algo que no es pensar; por su efecto sobre la producción o por su influjo sobre el comportamiento social (Crítica de la razón instrumental, cap. I, p. 49).

No se sabe si William James elaboró su teoría pragmatista para congraciarse con el capitalismo de su país o si el capitalismo de su país adoptó la filosofía de James luego de convencerse de que el resto de las filosofías en danza no congeniaban con él. Lo único que se sabe a ciencia cierta es que la filosofía de James y el espíritu del capitalismo van de la mano y son inseparables. El capitalismo es el egoísmo trasplantado al terreno de la política; el pragmatismo (por más que Dewey proteste) es el egoísmo trasplantado al terreno de la filosofía. No es que el capitalismo, por su propia influencia, produzca gentes egoístas: es que las gentes egoístas tienden a buscar refugio y cobijo en el capitalismo. Y no es que la teoría de James se proponga eliminar el altruismo: es que los que descreen del altruismo y piensan solamente en su propio bienestar suelen ser pragmatistas en el sentido práctico y también filosófico de la palabra[1].



[1] Bertrand Russell opinaba que el pragmatismo es una filosofía superficial, propia de un país inmaduro (cf. Richard Rorty, ¿Esperanza conocimiento?, p. 7). Coincido: Estados Unidos es un país filosóficamente inmaduro. Para otras cuestiones está mucho más maduro que cualquier país europeo.

domingo, 29 de enero de 2017

¿A quién le interesa el pragmatismo?

Los servicios de la religión, su utilidad para el individuo y la utilización que de ellos hace el propio individuo en el mundo constituyen los mejores argumentos de veracidad.
William James, Las variedades de la experiencia religiosa [p. 503]

“Mi reino no es de este mundo” decía Jesús. Algo parecido dicen los filósofos, los auténticos filósofos. El problema, para estos auténticos filósofos, es el de traducir a conceptos o sentires de este mundo ese reino trasmundano. Pero aparece William James y dice que no, que el reino de la filosofía es propiamente de este mundo, que de aquí, y solo de aquí, se debe extraer el jugo filosófico a partir del cual modularemos nuestras ideas. Y si aparece lo metafísico, lo que no tiene una explicación estrictamente racional y científica, no lo niega ni lo desestima: lo pone al servicio de lo que a él más le interesa: la retribución. Si la metafísica retribuye, existe. “Mi reino —diría James— es propiamente de este mundo. Y si existe algo que no es de este mundo, yo lo amoldo a él y lo utilizo para mi propio beneficio y el de mis semejantes”. Este es el pragmatismo de William James, una filosofía hecha al gusto de quienes desean medrar en la tierra. Pero para los que no deseamos medrar en este mundo sino en el otro —y no me refiero al mundo de ultratumba sino al mundo del pensamiento—, el programa que James nos ofrece nos parece insulso y mostrenco. Si a los pragmatistas les sirve, adelante. A mí me resulta demasiado poco ambicioso[1].



[1] Y ¿qué implica el objetivo de buscar verdades prácticas, que sirvan para medrar en la tierra? Implica competir con nuestros coterráneos y vencerlos, eventualmente por las armas. Por eso el pragmatismo, más que una filosofía para los pueblos democráticos, es una filosofía ideal para las naciones voraces e imperialistas. Esto lo hizo notar muy a tiempo, antes de que se esparciera el peligroso virus, el inefable Bertrand Russell: "El culto de la fuerza, tal como lo encontramos en Nietzsche, no se encuentra en la misma forma en William James, que, pese a ensalzar la voluntad y la vida de acción, no desea que la acción sea belicosa. Pese a todo, el individualismo excesivo de la teoría pragmática de la verdad se relaciona intrínsecamente con el recurso a la fuerza. Si existe una verdad no-humana, que un hombre puede conocer y otro no, existe un criterio exterior a los contendientes al que podemos exigir que se someta la disputa [...]. Pero si, por el contrario, el único medio de descubrir cuál de los contendientes tiene razón, es esperar y ver quién tiene éxito para decidir la cuestión, no hay más principio que el de la fuerza" (Ensayos filosóficos, p. 155, “El pragmatismo”). Según Russell, la filosofía que está directamente relacionada con los regímenes democráticos no es el pragmatismo sino el empirismo (cf. Sus Ensayos impopulares, p. 30, "Filosofía y política"). Por eso rescata y elogia el radical empirismo de James, pero le molesta que le haya anexado esa extraña concepción de la verdad que lo echa todo a perder.

martes, 2 de abril de 2013

El albedrista Daniel Dennett



Si el libre albedrío significa tanto para nosotros, debe ser porque no tenerlo sería terrible y porque puede haber razones para dudar de su existencia (Daniel Dennett, La libertad de acción, p. 18).

No tenerlo, o mejor dicho, tener la certeza de no tenerlo, no sólo no sería terrible sino que nos haría participar de lo sublime que mora en lo eterno. Y eso de que "puede haber razones para dudar de su existencia" es muy tibio: hay muchísimas razones, o si se quiere infinitas razones, y sobre todo muchísimas (o infinitas) intuiciones, que nos sugieren que la libertad de acción es una quimera.

Tenemos experiencia de cosas que son indiscutiblemente horribles y tememos que algunas de ellas constituyan nuestro destino; por eso, nos asusta la falta de libre albedrío (ibíd., p. 18).

Precisamente: el libre albedrío les interesa sólo a los cagones. El estoicismo, la resignación ante lo inevitable, muestra, en la otra punta, el grado de valentía de una persona.

Las cárceles son horribles. Hay que evitar las cárceles. El que no lo entiende así no es uno de los nuestros (p. 20).

Sí, las cárceles son horribles. Pero ¿no son los partidarios del libre albedrío, con su sentido de la responsabilidad a cuestas, los que más se preocupan por encarcelar a todos esos criminales que "por propia voluntad" "eligen" ser idiotas e infelices? Las cárceles son horribles, por eso el determinista las desdeña mientras que el albedrista, el supuesto ideólogo de la libertad, las necesita para acomodar en ellas, sin piedad ninguna, a las piezas sueltas que nunca encajan en su sistema.

Nozick escribe: «Sin libre arbitrio nos sentimos disminuidos, meros juguetes de fuerzas externas». ¡Qué indigno, no ser más que un juguete! (p. 21).

Mi sobrinito Franco tiene muchos juguetes, pero ninguno de ellos me merecería el calificativo de "indigno". Sí calificaría de indigno, o por lo menos de poco criterioso, al juguete que, despertando de su inercia, quisiese convencerme de que el trencito maneja a Franco y no Franco al trencito.

Si la ciencia nos demostrara que no hay, en verdad, oportunidades, ¿no nos conduciría esto --o debería conducirnos-- a abandonar todo tipo de deliberación? (p. 27).

¡Sí! Si el determinismo se demostrase, ya nadie se preocuparía por nada, trataría cada uno de vivir lo más placenteramente posible al saberse incapaz de torcer su destino. ¿Es esto indeseable? ¡Es maravilloso! Porque vivir para el placer no es dormir veinte horas y atragantarse de hamburguesas en las cuatro restantes como algunos suponen. El verdadero placer es el placer de amar, y a eso nos dedicaremos cuando abandonemos la soberbia pretensión de querer mejorar el mundo.

¿Qué efecto tendría, o debería tener, la aceptación de una tesis general del determinismo sobre nuestras actitudes normales de participación en relaciones interpersonales, tales como la gratitud o el resentimiento? (p. 28).

Elemental: nadie estaría agradecido a nadie de nada, con lo que desaparecerían los insufribles zalameros, y nadie estaría resentido con nadie por nada, con lo que desaparecería el odio. Un panorama desolador, ¿no, Daniel?

Vivir en un mundo determinista sería lo mismo que convertirse en el espectador de una obra teatral en la que también se participa, sin otra opción que la de desempeñar el papel asignado (Alfred Ayer, citado por Dennett en p. 49).

Pero no es tan así, porque si bien somos meros actores imposibilitados de modificar el libreto, hay una diferencia entre la gente común y los actores teatrales, ya que éstos conocen muy bien el rol del personaje que están siguiendo y del cual no pueden apartarse, mientras que nosotros, no pudiendo tampoco apartarnos, no tenemos sino una muy escasa idea del papel que representaremos en el escenario de la vida. Esta diferencia es esencial. Es como si a un actor se le dijese que haga lo que se le cante durante el desarrollo de la obra. Si el actor preguntase: "¿Pero cómo? ¿No era que había que seguir un libreto?", se le responderá: "Haz lo que se te cante, porque haciendo lo que se te cante automáticamente seguirás el libreto, aunque no lo conozcas. Aquí lo tengo, aquí tengo el libreto. ¿Quieres que te lo muestre? Es muy sencillo. Y muy breve..." Entonces el actor, completamente intrigado, abrirá el manuscrito, que constará de una sola página, y en esa página existirá una sola frase, una frase de seis palabras que será la totalidad del libreto. El actor leerá: "Haz lo que se te cante".

En cierta ocasión le preguntaron a Hobbes: «Si la voluntad de las personas está determinada, ¿para qué presentarles razones?»; Hobbes respondió: «Porque de esa manera pensamos que los induciremos a tener la voluntad que no tienen» (pp. 49-50).

A ver si nos entendemos, muchachos. Si yo le presento razones a alguien, es muy posible que ese alguien, persuadido por mis argumentos, modifique la tendencia con la que hasta entonces guiaba (o creía que guiaba) su voluntad. Esto es perfectamente compatible con la teoría determinista, porque el individuo solamente modificó la tendencia que parecía dominar a su voluntad, pero de ningún modo modificó su voluntad misma, la cual se seguirá cumpliendo inexorablemente a pesar de que ayer deseaba ser malo y hoy desea ser bueno o viceversa. Alguien me preguntará: "Pero en el caso de los argumentos morales, que es lo mismo que decir argumentos a secas, ya que todo argumento se endereza a procurar el bien o el mal de determinado grupo; en el caso de estos argumentos, decía, ¿para qué un partidario del determinismo debería molestarse en enunciarlos o mismo en cumplirlos, si total, según él, todo está ya determinado, o sea que nada cambiará realmente si él o los demás se portan bien o mal ante su prójimo?" Gran pregunta, y felicito al que me la haya hecho, porque en su respuesta se centra el quid de toda la cuestión del determinismo. En primer lugar, la teoría del determinismo es sólo eso, una teoría, y por lo tanto ningún partidario de ella, por fanático que sea, está completamente seguro de que el determinismo estricto se cumple siempre. Admitiendo entonces la posibilidad, por pequeña que nos parezca, de que nuestras decisiones puedan realmente mejorar o empeorar la vida de los vivos en su conjunto en el tiempo y en el espacio, admitiendo esta posibilidad el determinista se ve coaccionado por su propia conciencia a los efectos de ir en busca de la moral universal para luego aplicarla en su propia vida y también para darla a conocer a quien no la perciba en forma clara y definida y por lo tanto, teniendo deseos de aplicarla, no la aplica. Pero el determinista, en tanto que determinista, es amoral, y por lo tanto no le interesa (racionalmente) la felicidad del prójimo. ¿Qué es lo que le interesa entonces al determinista puro? Sencillo: sabiendo, o creyendo saber, que nada modifica nada, el determinista puro se pre ocupa --que no es lo mismo que decir que se preocupa, ya que el determinista puro no conoce la preocupación--, se pre ocupa sólo de su propio bienestar, no tiene ningún otro objetivo más que el de experimentar los mayores y más refinados placeres. Pero ¿cuáles son los mayores y más refinados placeres que un ser pueda experimentar? Nuevamente sencillo: son los que nos asaltan inmediata o mediatamente al procurarle un placer mayor o más refinado a nuestro prójimo, ya sea a un prójimo individual y presente como a otro infinito en número y en duración. En resumen, lo que tenemos de albedristas nos guía hacia el Bien a fuerza del temor al remordimiento, mientras que lo que tenemos de deterministas nos guía también hacia el Bien, pero no por coacción, sino por el puro placer de experimentarlo. Si la teoría del determinismo es verdadera, esta diferencia de medios a emplear para llegar al mismo fin se debe a que el determinista es sabio respecto del funcionamiento del universo y en consecuencia sabe optar por el medio correcto para llegar a su Vértice, que es el Bien, mientras que el albedrista desconoce o reniega de este funcionamiento, y en su ignorancia o rebeldía se ciega cuando elige el camino de la obligación moral suponiendo que por él se llega con menos tropiezos a la meta suprema.

De acuerdo con la ortodoxia actual, reina el indeterminismo en el nivel subatómico de la mecánica cuántica (p. 156).

Pero este indeterminismo subatómico, según creo, no tiene jurisdicción ni en la macrofísica ni en nuestro cerebro. Einstein nunca se convenció de que el supuesto azar reinante en la microfísica pudiera trasladarse a la cadena de causas y efectos y desbaratarla; y Russell, también partidario del determinismo, graficó la relación entre la física cuántica y la macrofísica diciendo que los electrones que conforman una determinada porción de materia se comportan como un grupo de danzarines dentro de una habitación cerrada: podrán bailar a su antojo en cualquier dirección, pero no por eso la habitación se moverá también según sus caprichos[1]. La microfísica podrá ser todo lo azarosa que se quiera[2], pero esto, a la macrofísica, incluidos en ella los procesos cerebrales, no le incumbe ni la desestabiliza.

La pregunta metafísica tradicional [sobre si alguien, bajo las mismas circunstancias en que hizo algo, tendría entera libertad de haber hecho algo distinto] no sólo es imposible de responder: la respuesta, si la hubiera, sería inútil (p. 157).

Puede que sea imposible de responder basándonos en la lógica, pero puede acertarse si nos atenemos a nuestras intuiciones. Y eso de que la respuesta, de saberse, sería inútil, es tener muy poca consideración para con una inmensidad de personas, y sobre todo para con los condenados a muerte por los diferentes sistemas judiciales imperantes.

Supongamos que he cometido un acto deleznable. ¿A quién le importa si podría haber hecho otra cosa exactamente en las mismas circunstancias y en el mismo estado mental? No pude hacerlo y es demasiado tarde para reparar el daño (p. 163).

Pero si quien se siente agredido por mi acto es un determinista, no me considerará responsable, y entonces no me guardará rencor, y entonces no querrá vengarse, con lo que se pone punto final a la cadena de efectos dañinos que culminó con mi detestable acto. En cambio, si el individuo agredido me juzga responsable, seguramente (salvo que sea un santo) me odiará, me guardará rencor y querrá vengarse de mí, con lo que la cadena de efectos dañinos no habrá terminado sino comenzado (o recomenzado) a partir de mi acto detestable. Todo acto tiene infinidad de consecuencias, pero en una sociedad que crea más en el determinismo que en el libre albedrío, estas consecuencias serán más benéficas que perjudiciales aun si el acto es detestable, mientras que en una sociedad albedrista --como todas las que existen y han existido[3]--, las consecuencias del mal suelen ser males mayores y se distribuyen como perdigones disparados con una escopeta en la propia conciencia de sus habitantes --excepto que sus habitantes sean además de albedristas, mayormente santos, pero esto es más improbable aún que la instalación, en la conciencia de la masa del pueblo, de la creencia en el determinismo.

¿Por qué desearemos con tanta vehemencia que los demás sean responsables? ¿Podría tratarse de un rasgo inherente a nuestra persona, un rasgo vengativo racionalizado y presentado bajo una apariencia civilizada gracias al barniz de una doctrina moral? (p. 176).

Creo que sí.

La decisión de escribir un libro [...] puede parecer una petición de principio en favor del libre albedrío. Si este es el caso, entonces quienes han escrito artículos y libros negando la realidad del libre albedrío se hallan en una situación aún más embarazosa: tienen que aconsejar al lector (o al menos simular que lo hacen) que aconsejar es inútil (p. 177).

Quien niega la realidad del libre albedrío, hace siempre lo que más en gana le viene, lo que sospecha que le proporcionará un mayor placer. Si sospecha que el escribir libros negando la realidad del libre albedrío es algo que le provocará grandes placeres o le evitará grandes dolores, entonces los escribe, independientemente de su creencia en que con esta escritura no se modificará nada de lo que ya está establecido universalmente[4].

Si el nihilismo fuera verdadero, todos los juicios de valor serían ilusorios. Hechos concretos tales como el dolor o la desgracia de las personas no significarían nada y lamentarnos de los problemas sería tan desatinado como lamentarnos de que la raíz cuadrada de dos no sea uno y medio (p. 178).

Lamentarnos de los problemas de los demás es malo, porque nos hace sufrir, y todo lo que nos hace sufrir, según creo, es malo[5]. Pero no lamentarnos de la situación de los que sufren no significa no sentir compasión por ellos. La compasión tiene dos propiedades muy significativas: es irracional, no podemos elegir a quién con padeceremos y a quién no, ni podemos determinar en qué circunstancias nos sentiremos compasivos ante una desgracia y en cuáles no. Esta irracionalidad es la que hace de la compasión algo independiente de toda creencia, incluida la creencia en el determinismo. La segunda propiedad de la compasión es que, contrariamente a lo que sucede con la lamentación, le procura placer al que la experimenta. Esto es algo que muchos refutarán, pero quien ha sentido verdadera compasión ante algún dolor sufrido por otro sabe que esa es una de las sensaciones más indescriptibles que puedan existir, y que si bien su gusto es agridulce, su base de sustentación, que es el amor, es netamente placentera. El determinista no se mueve merced a juicios de valor, que son enteramente racionales, ni merced a dolorosas lamentaciones; al determinista lo guía el impulso deliciosamente irracional de la compasión[6].

¿Somos igualmente responsables de nuestras buenas y malas acciones? Según Kant, existe una asimetría: sólo somos responsables de lo que hacemos bien[7]. Sócrates fue el primero en plantear el tema en su afirmación «paradójica» de que nadie desea hacer el mal a sabiendas. Desde entonces, se ha convertido en un tema perenne del debate filosófico, aunque se lo haya planteado de una manera indirecta y caprichosa. ¿De qué tenemos miedo? Tememos, ciertamente, que nadie merezca el castigo que la sociedad le inflige, ya que todos los malhechores ipso facto se engañan, padecen desórdenes mentales o son, en cierto sentido, radicalmente ignorantes (p. 179).

Pero ¿quiénes son los que temen que los criminales anden sueltos? Si no tengo propiedades, no temeré a los ladrones, porque nada pueden robarme; si no creo en el infierno ni en el aniquilamiento total de los seres después de la muerte corporal, no temeré a los asesinos, porque no me importará demasiado que me maten o que maten a mis seres más queridos; si soy lo suficientemente valiente como para soportar sin quebrantos los padecimientos físicos, no temeré a los sádicos, porque sus torturas no determinarán mi estado de ánimo. En resumen, sólo los propietarios, los ingenuos, los ateos y los cobardes temen que los criminales anden sueltos, y racionalizan este temor bajo la forma del libre albedrío para tener una excusa que avale las cárceles y la pena de muerte[8].

Podemos individualizar con rapidez la clase de males que nos gustaría reducir a un mínimo; tenemos motivos para suponer que si se prohíben las causas y se refuerza la prohibición mediante sanciones, disminuirá seguramente la frecuencia de esos males en nuestra sociedad (p. 181).

Sí, es muy probable que si les prohibiésemos a las personas realizar determinado acto indecoroso valiéndonos de una ley y las amenazásemos con sanciones si no la cumplieren, estas personas cumplan esa ley y se comporten bien en esa circunstancia; pero se habrán comportado bien por obligación, no por deseo, y por lo tanto su deseo de comportarse mal, habiendo encontrado cerrada esa válvula específica, se canalizará mediante otra faceta de su comportamiento, que nadie garantiza que será menos dañina que la que acabamos de clausurar mediante amenazas. Ejemplo: un ladrón de autos se topa con la desagradable novedad de que se ha inventado un dispositivo infalible que electrocuta sin miramientos a todo aquel que maneje un auto sin su correspondiente chip antielectrocución, que es un módulo que se inserta en el cerebro del conductor ni bien compra legalmente su auto. El ladrón de autos, figurándosele ya imposible continuar con su trabajo habitual, ¿se volverá sólo por eso una buena persona y dejará de sentir deseos de robar? Creo que no. Más bien, se dedicará de ahí en adelante a robarles la jubilación a las viejas que salen del banco, delito que a lo sumo le propiciará un carterazo pero nunca una descarga de cinco mil voltios. Ahora bien; ¿qué era mejor, o, para decirlo con mayor propiedad, qué era menos malo: que el ladrón se dedicase a robar a quienes disponen de un cierto poder adquisitivo, como los propietarios de un automóvil, o que se dedicase a sacarles a las viejas el único sustento de que disponían para comprar su comida? Eso, ni más ni menos, es lo que hace todo sistema legislativo coercitivo: protege del crimen al poderoso a costa de canalizar el accionar criminal hacia las capas sociales menos influyentes. Los crímenes contra las propiedades automotrices habrán mermado, pero el crimen, en el sentido lato de la palabra, no habrá decrecido (probablemente habrá aumentado), y se habrá vuelto más insensible socialmente. Y lo más importante: el carácter del criminal no habrá mejorado; todo indica que la coacción de la ley lo habrá empeorado.

En un mundo ideal, las personas disciernen cuanto es correcto hacer y lo hacen sólo por esa razón [por la razón, digo yo, de que les provoca placer comportarse correctamente]. No se necesitan leyes ni tampoco un sistema de sanciones. Todos se comportan como ángeles. En una palabra, es el cielo en la tierra. En un mundo un poco menos ideal (digamos «un peldaño más abajo») necesitaremos un sistema de leyes a causa de la agresividad y el egoísmo de las personas (si son como nosotros). Pero el sistema será perfectamente disuasorio porque las personas serán muy racionales (a diferencia de nosotros). Todo el mundo considerará obvio, tan obvio como tener una nariz en el medio de la cara, que el delito no produce beneficios y, por lo tanto, no se cometerán delitos (pp. 181-2).

Rescato la idea de un sistema legal disuasivo-persuasivo. No siempre estamos en condiciones de saber qué es lo que nos conviene hacer o no hacer ante determinada circunstancia; por eso en una sociedad anarquista no perfecta la legislación será indispensable, ya que los legisladores se especializarán en un determinado rubro (educación infantil, control del tránsito vehicular, alimentación, etc.) y entonces estarán en condiciones de opinar sobre su tema con mayor autoridad que el ciudadano común no especializado. Pero he dicho la palabra clave: opinar, sin que haya ningún tipo de coacción que obligue al ciudadano a comportarse tal como el legislador sugiere. Las leyes serán, en esta sociedad anarquista, meramente persuasivas (cuando sugieran al ciudadano la conveniencia de hacer algo) o meramente disuasivas (cuando sugieran al ciudadano la conveniencia de no hacer algo). En la actualidad, hay carteles en algunos parques que rezan: "Prohibido pisar el césped". En una sociedad anarquista no perfecta estos carteles dirían: "Este césped decrecerá si se pisa; se sugiere no hacerlo", dejando entera libertad a las personas para pisarlo o abstenerse de ello. Del mismo modo, los legisladores especializados en educación infantil sugerirán a los padres que manden a sus hijos a la escuela, pero no los obligarán a ello, porque cada padre tiene el derecho de decidir la educación que recibirá su hijo, y muchos habrá con el tiempo y el talento suficientes como para educar a sus propios hijos de manera más completa y efectiva que la utilizada por los colegios. Los contreras suelen graficar una sociedad anarquista como una ciudad repleta de automóviles y sin semáforos. Pero una sociedad anarquista no aboliría los semáforos; los dejaría tal como están, sólo que le daría al conductor entera libertad para obedecerlos o violarlos. Si los conductores tienen dos dedos de frente y aman la vida, los obedecerán; si son estúpidos y aman la muerte... no viene al caso el ejemplo, porque con esa clase de gentes nunca sería posible que una sociedad anarquista naciese.

Desde luego, cabe esperar objeciones a nuestra convicción de que tenemos libre albedrío, y serán bienvenidas pues lo que nos interesa, en definitiva, es conocer la verdad (p. 195).

Más que conocer la verdad, me late que lo que a vos te interesa, Daniel (bien que inconcientemente según creo), es lo mismo que les interesa a muchos de tus compatriotas norteamericanos: seguir siendo rico y poderoso a costa de castigar a quienes no lo son. Si no es así, lo siento; de todos modos no me creo responsable de lo dicho --aunque vos y tú "justicia" seguramente me apalearían por decir tantas inmoralidades...



[1] Cf. Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano, cap. 2, secc. 6: “Bajo la influencia de esta reacción contra la ley natural, algunos apologistas cristianos se han valido de las últimas doctrinas del átomo, que tienden a mostrar que las leyes físicas en las cuales habíamos creído hasta ahora tienen sólo una verdad relativa y aproximada al aplicarse a grandes números de átomos, mientras que el electrón individual procede como le agrada. Mi creencia es que esta es una fase temporal, y que los físicos descubrirán con el tiempo las leyes que gobiernan los fenómenos minúsculos, aunque estas leyes varíen mucho de las de la física tradicional. Sea como fuere, merece la pena observar que las doctrinas modernas con respecto a los fenómenos menudos no tienen influencia sobre nada que tenga importancia práctica. Los movimientos visibles, y en realidad todos los movimientos que constituyen alguna diferencia para alguien, suponen tal cantidad de átomos que entran dentro del alcance de las viejas leyes. Para escribir un poema o cometer un asesinato (volviendo a la anterior ilustración) es necesario mover una masa apreciable de tinta o plomo. Los electrones que componen la tinta pueden bailar libremente en torno de su saloncito de baile, pero el salón de baile en general se mueve de acuerdo con las leyes de la física, y sólo esto es lo que concierne al poeta y a su editor. Por lo tanto, las doctrinas modernas no tienen influencia apreciable sobre ninguno de los problemas de interés humano que preocupan al teólogo. Por consiguiente, la cuestión del libre albedrío sigue como antes”.
[2] Pero dudo de que lo sea, y en mi duda me acompañan eminentes pensadores. El uruguayo Vaz Ferreira --quien por otra parte creía en la libertad de la voluntad humana--, en su libro Los problemas de la libertad y los del determinismo, p. 167, negó con las siguientes palabras que el principio de incertidumbre de Heisenberg tuviese "un alcance ontológico" respecto de la teoría determinista: "De la imposibilidad, o, si se quiere hacer reservas, de la impotencia para determinar al mismo tiempo la posición del corpúsculo y su estado de movimiento, debido a que, en esa micro-escala, la observación altera las condiciones del fenómeno; de esto, que es sólo de hecho, o de posibilidades prácticas --o sea de ciencia--, se sacaría en consecuencia el indeterminismo en sí --o metafísico-- que es de posibilidades en sí; metafísico, ontológico: la trascendentalización ilegítima".Y asimismo, el físico Albert Einstein calificaba de "falta de sentido objetable" la utilización de la mecánica cuántica en apoyo de la hipótesis del libre albedrío: "El indeterminismo es un concepto completamente ilógico. ¿Qué es lo que se quiere significar con indeterminismo? Si yo digo que la duración vital media de un átomo radioactivo es tal y cual, trátase de un juicio que expresa cierto orden, Gesetzlichkeit. Pero esta idea no envuelve en sí la idea de la causalidad. Nosotros le llamamos ley de promedios; pero no toda ley de este tipo necesita tener una significación causal. Al mismo tiempo, si yo digo que la duración media de la vida de tal átomo es indeterminada, en el sentido de no ser causada, estoy diciendo una falta de sentido. Puedo decir que yo me encontraré con usted en el día de mañana en algún tiempo indeterminado. Pero esto no significa que el tiempo no esté determinado. Llegue yo o no, el tiempo llegará. Aquí existe una confusión del mundo subjetivo con el objetivo. El indeterminismo que pertenece la física de los cuantos es un indeterminismo subjetivo. Debe estar relacionado con algo, otro indeterminismo carece de significación y está relacionado con nuestra propia incapacidad para seguir el curso de los átomos individuales y prever sus actividades. Decir que la llegada de un tren a Berlín es indeterminada, es afirmar un contrasentido, a no ser que usted lo diga refiriéndose a que no conocemos en qué momento llegará. Si llega, está determinado por algo. Y otro tanto ocurre cuando se trata del curso de los átomos" (citado por Max Plank en ¿Adónde va la ciencia?, p. 221).
[3] Hay algunas sociedades hinduistas o musulmanas en cuyo seno la idea del fatalismo, que es algo muy parecido al determinismo, está muy arraigada; pero, desgraciadamente, muy pocos de estos habitantes emparentan su fatalismo con la ley de causa y efecto, que es la que verdaderamente induce a suponer que nadie es responsable de sus actos.
[4] Y respecto de aquello de que "aconsejar es inútil" en el marco de una ideología determinista, no lo creo tan así, y tampoco lo creía Bertrand Russell: "El hecho de que juzguemos una dirección de actuación objetivamente justa, puede ser la causa de que la elijamos. Así, antes de que hayamos decidido cuál de los acciones consideramos justa, cualquiera de las dos es posible, en el sentido de que una u otra resultará de nuestra decisión de lo que consideramos justo. Este sentido de posibilidad es importante para el moralista e ilustra el hecho de que el determinismo no hace inútil la deliberación moral" (Ensayos  filosóficos., p. 55).

[5] (Nota añadida el 28/6/5.) Esto es erróneo: no todo lo que nos hace sufrir es malo. El amor, por ejemplo, suele ser la causa de innumerables padecimientos.
[6] (Nota añadida el 27/2/13.) "¿Cómo es posible? --se preguntarán algunos--, ¿me causará placer el hecho de ver a mi esposa o a mi hija enfermas?" Respondo a eso que no, que no me causará placer, y no me causará placer porque no es en estos casos en donde yo ubico a la compasión. Lo que siento al ver a mi hija o a mi esposa enferma es tristeza y abatimiento, pero no compasión. La compasión la reservaría para esos acontecimientos en que el shock doloroso percibido por el individuo compasivo se presenta de forma aguda y sorpresiva. En esos casos, y sólo en esos, aparecería esa sensación agridulce de la que estaba hablando.
[7] (Nota añadida el 25/1/10.) Esta no era la verdadera opinión de Kant, y por hacerle caso a este señor tuve durante muchos años una idea equivocada de lo que significaba el libre albedrío a los ojos del pensador de Königsberg. Remito a los interesados en este asunto a las anotaciones de mi diario del día 17/10/7.
[8] (Nota añadida el 4/3/13.) Habiendo publicado esta cita y esta nota en feisbuc, recibí la siguiente crítica: « ¿Es en serio?... ¿Los cobardes tienen miedo? Vaya descubrimiento. Y los ateos: "racionalizan este temor bajo la forma del libre albedrío". ¿Los "ateos"?... ¿Libre albedrío?...Me perdí en tu salto explicativo; déjame ponerlo así: 1.-Daniel Dennett (según la cita) hace dos preguntas: a) ¿Somos igualmente responsables de nuestras buenas y malas acciones?, y b) ¿De qué tenemos miedo? La pregunta "b" se relaciona directamente con la respuesta que da de la pregunta "a"; y tu te quedas tan sólo con la pregunta "b" y tu mala lectura de la respuesta para dar el salto explicativo hacia el miedo al delincuente...que según tu interpretación, el miedo proviene de que ciertas personas por sus "naturalezas" intrínsecas temen algo, a saber: "En resumen, sólo los propietarios, los ingenuos, los ateos y los cobardes temen". Explícame esta referencia: Lo que realmente dice Dennett, y lo que tú crees que dice, y la conclusión, o más bien juicio, a que llegas». A esto respondí lo siguiente: «Se me acusa de afirmar una perogrullada: "los cobardes tienen miedo". Este aserto es, efectivamente, tautológico, sólo que yo no dije eso. Yo dije: "los cobardes temen que los criminales anden sueltos". Este aserto no es tautológico, porque un cobarde, en tanto que cobarde, no necesariamente debe temer a todo lo que existe. Podrían existir cobardes que no temiesen que los criminales anden sueltos; que temiesen al coco, a la policía, a las arañas, a las viejas que caminan por la calle, etc., pero no a los criminales. Luego, mi aserto no es una tautología». «Ahora las preguntas de Dennett. A Dennett no le interesa si somos o no responsables de hacer el bien, sino si somos o no responsables de hacer el mal, porque ahí está la cuestión del castigo. Dice que para Kant existe asimetría: somos responsables al hacer el bien pero no al hacer el mal. Aquí Dennett comete un error imperdonable para un pensador filosófico, como es el adjudicar posiciones a otro filósofo que tal filósofo nunca barajó. En efecto, para Kant no hay asimetría ninguna: somos tanto responsables al hacer el bien como al hacer el mal (cf. su ensayo "La religión dentro de los límites de la mera razón"). Pero como Dennett supone que para Kant no somos libres al hacer el mal, se pregunta: "¿de qué tenemos miedo?", es decir, ¿por qué tememos que los hombres no sean responsables al hacer el mal? Y se responde: tememos que los malhechores no sean responsables y por ende sea injusto castigarlos. Es decir, deseo castigar a los malhechores, pero deseo hacerlo con justicia, y si ellos no son responsables de hacer maldades, entonces los castigaría sin justicia; a eso tenemos miedo según Dennett». «Entonces yo digo: si tenemos miedo de castigar a gente que no es responsable en absoluto, entonces no la castiguemos y listo. Quedarían los crímenes impunes y las calles se llenarían de delincuentes. ¿Cundiría el pánico en esta hipotética situación? Yo digo que predominaría el pánico sólo en aquellos que temen a los delincuentes, y entonces comento quiénes son estas personas, los que temen a los delincuentes. ¿Qué hacen los delincuentes? 1) Roban cosas; ergo, si no poseo nada que puedan robarme, no los temeré por este lado. 2) Asesinan gente; ergo, si me interesa muy poco mi vida y la vida de mis seres queridos, por estar realmente convencido que esta vida es pasajera y que nos espera un más allá eterno en donde los delincuentes no existen, no temeré a estos delincuentes por este lado. 3) Les agrada torturar e infligir dolor; ergo, si soy partidario de la filosofía estoica en la teoría y en la práctica, y me he preparado concienzudamente, a la manera de Epicteto, para soportar sin quebranto los más terribles padecimientos, entonces no temeré a los criminales por este lado. Si soy propietario, temeré a los criminales; si no creo en la vida después de la muerte y pienso que esta vida terrenal lo es todo, también temeré a los criminales que quieren arrebatármela; si me aterran los padecimientos físicos, también temeré a los criminales que se solazan con estas prácticas. ». «Respecto de que el libre albedrío es un término teológico y no debe utilizarse en psicología, o que los ateos, por definición, no pueden creer en el libre albedrío, ante todo esto cito la definición del libre albedrío de la real academia española: "Potestad de obrar por reflexión y elección; libertad de resolución". No hay ninguna mención a Dios, ni a la teología ni a nada que se le parezca, sólo a la reflexión y a la elección. Ergo, un ateo puede perfectamente creer en el libre albedrío. Espero haber sido lo suficientemente claro ». Y a otros que me preguntaban si yo nunca le he temido a un delincuente, y si cumplo al pie de la letra todos estos preceptos que postulo, les contesté lo siguiente: «¡Por supuesto que yo también temo a los delincuentes! Y es que lo que yo planteo es un ideal, el ideal de la persona perfectamente santa, sabia y revolucionaria. ¿Está mal plantear ideales? Y no, yo no siempre actúo de acuerdo a lo que profeso; soy lo que se dice un reverendo hipócrita. ¿Y por qué no actúo así? Porque mis ideas son demasiado elevadas para mí, porque me quedan grandes. Pero en vez de rebajar mis ideas para que coincidan con mi pobre persona, que es lo que se estila en estos casos, mantengo mis ideas y mis ideales bien en lo alto y no me desespero demasiado por no poder alcanzarlos en la práctica. Y me parecen muy sensatos vuestros campesinos mexicanos que temen a Dios y a la vez a los criminales, me parecen sensatos y buena gente, pero están muy lejos de ser las personas ideales que yo concibo, que concibo en la teoría, que parece que últimamente la teoría no tiene cabida en este foro y sólo hay que atenerse a lo que la práctica dice. La práctica dice que todo el mundo le teme a los criminales, entonces ¡a temerles nosotros también, y a sentirnos orgullosos de ese temor! y entonces, a actuar en consecuencia, encarcelándolos, condenándolos a muerte o directamente linchándolos, práctica que, tengo entendido, todavía no ha sido erradicada de vuestro país. Sigan ustedes en esa tesitura y yo en la mía, que ni ustedes ni yo cambiaremos de opinión de un día para el otro».

miércoles, 6 de febrero de 2013

¿Es posible la ética en un mundo determinista?

Dijo un eminente parasicólogo:

Sin libre volición no puede haber moralidad, ni verdadera democracia, ni siquiera la ciencia misma como libre investigación. […] Todo sistema moral reposa sobre la libertad del individuo, vale decir, sobre el libre albedrío .

Poco importa si el lector está al tanto de quién fue este sujeto; no interesa, porque la gran mayoría de los pensadores modernos habrían dicho lo mismo: sin libre albedrío no es posible la ética. ¿Es esto cierto?
Leamos ahora el siguiente párrafo escrito por Bertrand Russell:

La parte de la ética que se ocupa, no ya de la conducta, sino del significado de bien y mal y de las cosas que son intrínsecamente buenas o malas es absolutamente independiente de la libertad de la voluntad. La causalidad pertenece a la descripción del mundo existente; y sabemos que no es posible inferir lo que es bueno de lo que existe. Consiguientemente, el que la causalidad rija siempre, a veces o nunca es algo totalmente irrelevante en la consideración de bienes y males intrínsecos .

Sabias palabras: al estudio de la ética, a la investigación de lo que es bueno y lo que es malo, no le interesa en absoluto el hecho de que la conducta humana esté o no fatalmente determinada. Pero continuemos con el párrafo de Russell en donde lo dejamos:

Sin embargo, cuando llegamos a la conducta y a la noción de deber, no podemos estar seguros de que el determinismo no introduzca diferencia alguna. Vimos ya que la acción objetivamente justa puede ser definida como la que, entre todas las que son posibles en las circunstancias dadas, en conjunto producirá probablemente las mejores consecuencias. Consiguientemente, la acción objetivamente justa ha de ser, en cierto sentido, posible. Pero si el determinismo es cierto, hay un sentido en el cual ninguna acción es posible, salvo la realmente realizada. De ahí que, si los dos sentidos de posibilidad son lo mismo, la acción realmente realizada es siempre objetivamente justa, pues es la única acción posible y, por tanto, no hay ninguna otra acción posible que pueda tener mejores resultados. Surge aquí, me parece, una dificultad real.

Se impone entonces una separación entre el estudio de la ética y su aplicación práctica, entre lo que pensamos que es bueno y lo que pensamos que es malo, por un lado, y lo que hacemos, de acuerdo a esos conocimientos, por el otro. En esta última parte de la ética, en su parte práctica, es en donde las nociones de determinismo y de libre albedrío intervienen. Si creemos en el libre albedrío, podremos actuar en sentido ético suponiendo que lo hacemos por deber y con justicia; la creencia en el determinismo, en cambio, desarticula estos dos conceptos y los vuelve ilusorios, pero no por eso desarticula la noción misma de comportamiento ético como generalmente se supone. Simplemente sucede que el determinista cree actuar no en base a imperativos categóricos deducidos racionalmente, ni tampoco suponiendo que su accionar es “justo”, sino atraído por la fuerza de los valores que, con su acción, intenta cumplimentar. Su supuesta “autonomía” se desvanece, pero no su eticidad . El hombre, lo mismo que cualquier otra criatura, es necesariamente heterónomo. La autonomía pertenece a los valores, que arrastran al hombre a comportarse bien (si los ha sabido captar correctamente) o a comportarse mal (si no pudo superar la ceguera axiológica). Este punto es controvertido, pues ninguno de los dos grandes axiólogos del siglo XX, ni Max Scheler ni Nicolai Hartmann, entendieron así las cosas. El que sí las entendió de esta manera fue nuestro compatriota Carlos Astrada:

En la ética material de los valores, en la que la esencia de la moralidad se define por la realización de los mismos, es decir, de su contenido moralmente valioso, el acento tiene que recaer necesariamente en el valor, esfumándose la iniciativa moral de la persona .

Vio muy bien Astrada la incoherencia, pero ¿qué hizo al respecto? ¿Criticó a esos axiólogos por su condición de albedristas? ¡No!: criticó a esos albedristas por su condición de axiólogos:

Sin autonomía de la persona, o sea, sin la absoluta espontaneidad que es la libertad como poder ser, no hay principio moral con plenitud de validez, no hay fundamento inconcuso para una ética que pueda y deba imponerse como tal a la conciencia de los hombres (ibíd., p.133).

El deseo de ser metafísicamente libres puede llevarnos a incoherencias lógicas o, lo que es peor, a enceguecernos frente al valor de una teoría inmarcesible.
      "El concepto de libertad --nos dice Astrada-- constituye el corazón mismo del problema de la ética" (p. 112). Concuerdo con él en el sentido de que lo primero que hay que hacer antes de comenzar una investigación de este tipo es fijar una clara hipótesis de trabajo: hay libertad o no hay libertad. No quiero decir que no podamos nunca dudar sobre si en verdad la libertad existe o no, sino que la teoría ética debe quedar estructurada sobre uno u otro presupuesto y no zigzaguear entre ambos como sí puede hacerlo el pensador que la desarrolla. Pues bien: esta fijación fundamental no aparece nunca en la Ética de Scheler, y está muy bien que Astrada (p.112) le critiqué la omisión . Y lo mismo es atinente su crítica del valor que Scheler adjudica a las personas como supuestos entes autónomos:

Scheler intenta, en vano, fundar el concepto de la autonomía de la persona sobre el valor y los actos personales en función de éste, y dirigidos al mismo. [...] Nos dice que sólo la persona autónoma y sus actos pueden poseer el valor de un ser y un querer moralmente relevantes. [...] Ahora bien, si los valores morales se imponen a la persona con independencia de ella y desde un plano (el «mundo de los valores») de absoluta objetividad, los actos personales dirigidos al valor no pueden ser autónomos. La aceptación de los valores morales por parte de la persona --cuya función se reduce a reconocerlos, aprehenderlos y realizarlos-- le arrebata necesariamente su supuesta autonomía; esa aceptación implica, en lo que respecta a la realidad moral, una relación de dependencia y hasta una sumisión de la persona. La ética de los valores se resuelve fatalmente en una ética heterónoma. [...] para la ética material axiológica, lo esencial no es el acto personal autónomo, sino el reconocimiento y realización de lo valioso objetivo, la sumisión al valor, mediante los cuales es sustraída a la persona su autonomía [...]. Si la persona tiene que adherir a valores morales y someterse a la absoluta objetividad de los mismos, el acto que tal adhesión implica no puede llamarse autónomo. La ética material de los valores, al reconocer a éstos plena y absoluta autonomía, es, pues, una ética heterónoma carente de verdadero fundamento desde que desconoce la autonomía de la persona (pp.113-4, el subrayado es mío).

Brillante todo el desarrollo de la crítica excepto en la conclusión final. ¿Por qué una ética que desconoce la autonomía de la persona tiene necesariamente que carecer de verdadero fundamento? A mis ojos aparece nuevamente, como resucitado desde los tiempos de Galileo, como redivivo luego de la paliza que Darwin le propinara, el inmortal prejuicio antropocentrista que quiere hacer del hombre un ente más importante aún de lo que ya lo es indiscutiblemente. Si la persona humana no es el fundamento último de la ética, dice Astrada, dicha ética es errónea. Gira la ética en derredor del hombre y no el hombre alrededor de la ética. El existencialismo parece llevar las de ganar, pero no festejen anticipadamente, que ya está llegando el nuevo Copérnico que pondrá al sentido común y a las sensaciones "evidentes" en el lugar filosófico que les corresponde[1].


[1] Es el sentido común el que sugiere que los humanos somos autónomos, puesto que autónomos nos sentimos. Pero ¿quién autorizó al sentido común a opinar en cuestión tan intrincada? Según el Diccionario filosófico de Voltaire, el sentido común es un "estado intermedio entre la estupidez y el ingenio", y decirle a un hombre que tiene sentido común es más una injuria que un halago, "porque es significar que no es completamente estúpido, pero que carece de inteligencia”. Utilizar el sentido común en el ámbito de la filosofía es tan peligroso como intentar el cruce del océano Pacífico valiéndose de un kayak.

Textos citados

Astrada, Carlos: La ética formal y los valores; La Plata, Universidad de la Plata, 1938.
Llambías de Azevedo, Juan: Max Scheler (1965); Bs. As., Nova, 1966.
Rhine, Joseph: El alcance de la mente (1947); Buenos Aires, Paidós, 1974 (3ª).
Russell, Bertrand: Ensayos filosóficos (1910); Madrid, Alianza, 1985 (7ª).
Voltaire: Diccionario filosófico (seis tomos, 1764); Valencia, F. Sempere, s/f.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Bertrand Russell, o el anticristo



Para mí, hay un defecto muy serio en el carácter moral de Cristo, y es que creía en el infierno. Yo no creo que ninguna persona profundamente humana pueda creer en un castigo eterno.
Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano, p. 28

Yo tampoco, y precisamente por eso es que no creo que Jesús haya creído en el infierno. Lo que pasa, Bertrand, es que vos leés los escritos inciertos, como lo son los Evangelios, guiándote puramente por lo que perciben tus ojos, despreciando (tal vez por no poseerla) a la intuición, que es la que te indica, en el caso éste del Nuevo Testamento, en dónde la escritura coincide más o menos con los hechos reales y en dónde los judíos devenidos cristianos que lo redactaron incluyeron algunos de sus tontos dogmas. No te olvides nunca de que los primeros cristianos nacieron en el seno del judaísmo, y que les hubiera sido muy difícil cortar de raíz los dogmas hebreos y apegarse sin miramientos a lo que Jesús hacía y decía, que era generalmente lo contrario de lo expuesto en los libros sagrados judíos. Si Jesús había de ser popular entre los judíos --cosa que los incipientes cristianos querían--, era necesario hacerlo aparecer en las nuevas escrituras como alguien que odiaba la maldad y deseaba que los inmorales se pudriesen eternamente. Por eso se inventaron todas esas imprecaciones que se supone dijo, como la de "¡serpientes, raza de víboras! ¿Cómo será posible que evitéis el ser condenados al fuego del infierno? (Mateo 23. 33)". ¿Puede alguien que no sienta un odio implícito al cristianismo suponer que Jesús fuera capaz de expresarse en estos términos?

Cristo, tal como lo pintan los Evangelios, sí creía en el castigo eterno, y uno se topa repetidamente con una furia vengativa contra los que no escuchaban sus sermones, actitud común en los predicadores y que dista mucho de la excelencia superlativa. No se halla, por ejemplo, esa actitud en Sócrates. Es amable con la gente que no le escucha; y eso es, a mi entender, más digno de un sabio que la indignación. Probablemente todos recuerdan las cosas que dijo Sócrates al morir y lo que decía generalmente a la gente que no estaba de acuerdo con él.
Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano, p. 28


Tomemos una posición coherente, Bertrand: o no creemos nada de lo que dicen los Evangelios, o creemos sólo lo que de sensato tienen. Porque creer en el Jesús que ofrecía su otra mejilla cuando le abofeteaban la primera y creer al mismo tiempo que este Jesús se indignaba con quienes no lo escuchaban es creer que el azúcar puede endulzar y salar a la vez. Si Jesús se indignaba con quienes no lo escuchaban, entonces ese mismo Jesús le rompía los dientes a quien lo abofeteaba. Si, en cambio, no se inmutaba ante las agresiones, entonces menos se inmutaba si alguien no quería escucharlo. En alguno de estos dos pasajes se nos está mintiendo, y es raro que vos, Bertrand, no percibas la mentira[1]. Por otra parte, ¡¿cómo podés contraponer a la figura de Jesús la de Sócrates, si cualquiera puede darse cuenta de que Sócrates fue uno de sus principales espejos?! ¿No te preguntaste nunca qué fue de su vida durante sus años de juventud de los que los Evangelios no hablan? Investigá un poco, e investigate un poco, y tal vez descubras que anduvo estudiando filosofía griega con grandes maestros, que a su vez lo llevaron a conocer el Oriente budista, taoísta, confuciano y mazdeísta, en donde pasó largos años. El filósofo Jesús no nació de un repollo, Bertrand. Tuvo padres, y Sócrates fue uno de ellos
 [2].

... Luego, Cristo dice: "enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y quitarán a su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran la maldad; y los arrojarán en el horno del fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes". Y continúa extendiéndose con los gemidos y el rechinar de dientes. Esto se repite en un versículo tras otro, y el lector se da cuenta de que hay un cierto placer en la contemplación de los gemidos y el rechinar de dientes, pues de lo contrario no se repetiría con tanta frecuencia.
Ibíd., p. 29

Pero ¿quién era el que se deleitaba repitiendo esa frase, Jesús, o el que escribió los Evangelios, que es el único del que ciertamente sabemos que la empleaba constantemente? Los judíos estaban acostumbrados a la hecatombe; sacrificaban bueyes y corderos en cuanta oportunidad les dieran. Creía esa raza bárbara que estos sacrificios agradaban a su Dios Jehová, y por lo tanto los gemidos que lanzaban los pobres animales eran como música para el alma de los sacrificadores, porque anunciaban la muerte que serviría, o bien de ofrenda, o bien como expiación de los propios pecados. No sería raro entonces que los judíos se sintieran bien al escuchar esos lamentos, y que les hicieran propaganda en cuanto lugar pudieran, incluidos los versículos del Nuevo Testamento.

Luego está la curiosa historia de la higuera, que siempre me ha intrigado. Recuerdan lo que ocurrió con la higuera. "Tuvo hambre. Y como viese a lo lejos una higuera con hojas, en camino se halla por ver si encontraba en ella alguna cosa: y llegando, nada encontró sino follaje; porque no era a un tiempo de higos; y hablando a la higuera le dijo: «nunca jamás, ya nadie tomará fruto de ti»... y Pedro... le dijo: «Maestro, mira cómo la higuera que maldijiste se ha secado». Esta es una historia muy curiosa, porque que ya no era la época de los higos, y en realidad no se puede culpar al árbol. Yo no puedo pensar que, ni en virtud ni en sabiduría, Cristo esté tan alto como otros personajes históricos. En estas cosas, pongo por encima de él a Buda y a Sócrates.
Ibíd., p. 30

En lo único en que Buda y Sócrates superaron a Jesús es en haberse sabido rodear de discípulos que supieran escribir y así poder retratar sus vidas más o menos verídicamente. Jesús no tuvo un Platón o un Ananda como aprendiz; su reputación histórica sería hoy mucho más admirable de haber tenido esa suerte. Y respecto a la historia de la higuera, quien crea que Jesús era capaz de putear a un árbol porque éste no tenía frutos en la época en que nunca los tiene...; quien crea que, además de putearlo, era capaz de secarlo mágicamente, sin tomarse la molestia de quitarles la humedad a sus raíces por algún medio que no entre en contradicción con las leyes de la naturaleza...; quien crea que esta historia es verdadera, cree también que los chinos viven cabeza abajo y agarrados a los árboles para no caer al vacío.

Uno halla, al considerar el mundo, que todo el progreso del sentimiento humano, que toda mejora de la ley penal, que todo paso hacia la disminución de la guerra, que todo paso hacia un mejor trato de las razas de color, que toda mitigación de la esclavitud, que todo progreso moral realizado en el mundo, ha sido obstaculizado constantemente por las iglesias organizadas del mundo. Digo deliberadamente que la religión cristiana, tal como está organizada en sus iglesias ha sido, y es aún, la principal enemiga del progreso moral del mundo.
Ibíd., p. 31

Hay una confusión en tu cráneo, Bertrand. La Iglesia como institución no sólo no es algo sinónimo a la verdadera religión, sino que además, como regla casi general, se le contrapone. Vos sos el típico ejemplo del que razona de la siguiente manera: "La Iglesia es corrupta e inmoral; luego, Dios no existe". Por supuesto que tu conciencia negará este infantilismo y lo cubrirá de racionalizaciones, pero ¿sabés una cosa?: no le creo a tu conciencia más que a tus impulsos de desprecio, que por otra parte son exagerados, porque de creer, como creo yo, que la iglesia fomenta ciertos vicios en el corazón de la gente, a creer que es "la principal enemiga del progreso moral del mundo", hay un abismo, un abismo de odio que no sé en dónde lo aprendiste, pero seguramente no te lo enseñó un cura.

A todos los muchachos les interesan los trenes. Supongamos que se les dice que el interés por los trenes es malo; supongamos que se les venden los ojos siempre que están en un tren o en una estación de ferrocarril; supongamos que nunca se permita que la palabra "tren" se mencione en presencia suya, y se mantenga un misterio impenetrable en cuanto a los medios por los cuales se les transporta de un lugar a otro. El resultado no sería hacer que cesase el interés por los trenes; por el contrario, los muchachos se interesarían más por ellos, pero tendrían una morbosa sensación de pecado, porque este interés se les ha presentado como indecente. Todo muchacho con inteligencia activa, puede, por este medio, convertirse en un neurasténico. Esto es precisamente lo que se hace en materia de sexo; pero, como el sexo es más interesante que los trenes, los resultados son aún peores. Casi todo adulto de la comunidad cristiana tiene una enfermedad nerviosa como resultado del tabú en el conocimiento del sexo cuando era muchacho. Y este sentimiento de pecado, implantado artificialmente, es una de las causas de la crueldad, timidez y estupidez en las etapas posteriores de la vida. No hay motivo racional de ninguna clase para impedir que el niño se entere de un asunto que le interesa, ya sea sexual o de otra clase. Y no tendremos jamás una población sana hasta que este hecho haya sido reconocido en la primera educación, cosa imposible mientras las iglesias dominen la política educacional.
Ibíd., p. 38

¡Bien, Bertrand! Ya ves que, de vez en cuando, coincidimos. Lo que sí, te faltó jugarte un poco más. Te faltó el grito final, el que todos nuestros jóvenes y no tan jóvenes esperan escuchar de parte de un pensador reconocido, y que dice más o menos así: ¡Adolescentes del mundo, masturbaos!

El énfasis cristiano acerca del alma individual ha tenido una profunda influencia sobre la ética de las comunidades cristianas. Es una doctrina fundamentalmente afín a la de los estoicos, nacida, como la de ellos, en comunidades que no podían tener ya esperanzas políticas.
Ibíd., p. 42

Y vos, Bertrand, ¿tenías esperanzas políticas? ¿Sí? ¡Iluso! Después de observar los acontecimientos políticos que signaron desde siempre a la humanidad, ¿quién es más ingenuo, el que cree en la inmortalidad del alma o el que hace votos por una sociedad ideal constitucionalmente regida?[3]

Cuando un hombre actúa de forma que nos molesta, queremos pensar que es malo, y nos negamos a hacer frente al hecho de que su conducta molesta es un resultado de causas antecedentes que, si se las sigue lo bastante, le llevan a uno más allá del nacimiento de dicho individuo, y por lo tanto a cosas de las cuales no es responsable en forma alguna.
Ibíd., p. 48

¡Hasta que dijiste algo trascendente!

No podemos suponer que el pensamiento del individuo sobreviva a la muerte corporal, ya que ésta destruye la organización del cerebro y disipa la energía que utilizaban los conductos cerebrales.
Ibíd., p. 56

Y ¿quién te dijo que la inmortalidad del alma de un individuo equivale a la inmortalidad de su pensamiento? No sé qué sea lo que me sobrevivirá cuando yo muera, ni tengo la certeza de que algo va a sobrevivirme; pero me parece que si hay algo que queda, ese algo no es mi conciencia ordinaria.

No puedo probar que mi concepto de la vida buena sea acertado; sólo puedo exponer mi punto de vista, esperando que lo acepte la mayor cantidad de gente posible.
Ibíd., p. 62

Lo mismo digo.

La educación ética consiste en fortalecer ciertos deseos y debilitar otros.
Ibíd., p. 67

Brillante definición. De paso, digamos que la educación ética es el asunto más noble de todos cuantos ha de encargarse la sociedad.

Pensamos mal de la gente que es derrochadora o temeraria, aun cuando sólo se hagan daño a sí mismos.
Ibíd., p. 68

Los derrochadores se hacen daño a sí mismos pero también a otros, ya que el dinero que emplean en la compra de artículos innecesarios podría muy fácilmente transformarse en comida o abrigo destinados a los niños que diariamente sufren hambre y frío y hasta mueren por eso.

Las guerras […] son el producto de la pasión, no de la razón.
Ibíd., pp. 68-9

No todas las guerras son el producto de las bajas pasiones; hay también guerras producidas por las bajas razones e incluso por los bajos instintos. Generalmente la guerra es el efecto causado por una ingesta colectiva de un cóctel que tiene todos estos ingredientes, aunque en proporciones diversas según el caso.

Un cierto porcentaje de niños tiene el hábito de pensar; uno de los fines de la educación es curarlos de dicho hábito.
Ibíd., p. 72

Lamentablemente es así en algunos casos. Y lo mismo para los jóvenes en las universidades.

Todos los que se han molestado en estudiar la psicología morbosa saben que la virginidad prolongada es, en general, extraordinariamente dañina para las mujeres.
Ibíd., p. 72

Y también, en general, para los hombres.

El fin del moralista es mejorar la conducta del hombre.
Ibíd., p. 80

El verdadero moralista no aspira a mejorar la conducta del hombre sino al hombre completo, que es mucho más que su mera conducta.

La ciencia tiene que aprender con el tiempo a moldear nuestros deseos de modo que no choquen con los de otra gente hasta el punto en que lo hacen ahora; entonces podremos satisfacer una mayor proporción de nuestros deseos. En ese sentido, pero sólo en ese sentido, nuestros deseos se habrán hecho "mejores".
Ibíd., p. 88

Esa es la misión de la ciencia moral.

El mundo en que vivimos puede ser entendido como resultado de la confusión y el accidente; pero, si es el resultado de un propósito deliberado, el propósito tiene que haber sido el de un demonio.
Ibíd., p. 94

Nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira. Quienes son más infelices que felices ven el mundo a través de un cristal opaco que les sugiere un gobierno azaroso o demoníaco; quiénes son más felices que infelices ven el mundo a través de un cristal de brillantes colores que les sugiere que detrás de la máquina está la fuerza del Amor. Pero para llegar a ver la Verdad, es necesario prescindir de todo cristal, de los opacos y de los brillosos, y ver el mundo tal cual es, sin intermediaciones. Mejor así, porque ¿para qué queremos ver a un tipo disfrazado de Rey Momo cuando el tipo disfrazado es el Rey Momo en persona?

Cuando un niño sube los estantes de la cocina y rompe toda la porcelana, los padres suelen enfadarse. Sin embargo, su actividad es esencial para su desarrollo físico. En un medio hecho para los niños, tales impulsos sanos y naturales no necesitan ser contenidos.
Ibíd., de. 142

Viene al caso una frase de Gordon Shumway, el célebre filósofo melmaciano: "Las tradiciones son como los platos: se hicieron para romperse".

El Estado de Nueva York sostiene oficialmente aún [1930] que la masturbación produce locura.
Ibíd., de. 144

Sí, produce locura... a quien la desea y la reprime.

La mayoría de los moralistas han tenido tal obsesión del sexo que han descuidado otras clases de proceder éticamente laudables y mucho más útiles socialmente.
Ibíd. , p. 157

La riqueza material, por ejemplo, es mil veces más nefasta social e individualmente que la promiscuidad sexual.


[1] (Nota añadida el 8/11/12.) "Dice Voltaire, ¿estamos seguros de que Jesús dijese realmente todo lo que los Evangelios ponen en boca suya? ¿Y sabemos, además, qué sentido atribuiría a sus palabras, las cuales, por lo demás, no han llegado a nosotros en su propia lengua y que, siendo como son metafóricas muchas de ellas, admiten las más diversas interpretaciones? [...]. A su juicio, las supuestas sentencias de Cristo cuyo sentido deja menos margen a la duda y a la discusión son aquellas en que se predica el amor de Dios y el amor del prójimo, es decir, la moral común" (David Friedrich Strauss, Voltaire, p. 200).
[2] (Nota añadida el 10/3/6.) Yo no soy el único, ni mucho menos, que compara y equipara la figura del genio judío con la del genio griego; ahí está, por ejemplo, David Friedrich Strauss afirmando que "este Sócrates, que no fue un filósofo encerrado y limitado a un auditorio de escuela, sino un maestro popular y familiar, cuya vida es la expresión acabada de la virtud y de la verdad por el enseñada, que murió mártir de sus convicciones, de sus esfuerzos y la ceguera de sus conciudadanos; este Sócrates ofrece relaciones con Jesucristo, que siempre han admirado los espíritus reflexivos. En efecto, a pesar de la profunda diferencia proveniente del contraste de los dos pueblos y las dos religiones, toda la antigüedad anterior al cristianismo, sin exceptuar la antigüedad hebraica, no presenta figura alguna que tenga más analogía que Sócrates con Jesucristo" (Nueva vida de Jesús, secc. XXIX).
[3] (Nota añadida el 9/11/12.) La palabra "ideal" tal vez esté aquí mal empleada. Russell, me parece, nunca fue partidario de los idealismos sociales ni de las utopías.