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martes, 18 de febrero de 2020

La paja en el ojo ajeno y la viga en el propio


Jesús, en el Evangelio de Lucas (6:41), recomienda no criticar a los demás, porque uno suele ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Arthur Schopenhauer entiende que aquella crítica puede ser productiva, quizá no tanto para el criticado como para el propio criticón:

Aquellos que tienen la inclinación y la costumbre de someter con calma, con recogimiento, a una crítica mordaz y atenta el comportamiento exterior, el modo de vida en general de los otros, trabajan con ello en su propia mejora y perfeccionamiento [...]. El Evangelio moraliza de forma ejemplar sobre la astilla en el ojo ajeno y la viga en el propio: pero la naturaleza del ojo lleva consigo el hecho de que el ojo mira hacia fuera y no hacia adentro; de ahí que observar y censurar los errores en los otros resulte un método muy apropiado para interiorizar nuestros propios errores. Para contribuir a nuestra enmienda precisamos un espejo (El arte de envejecer, § 15).

Muy acertada reflexión, a la que agrego el consejo de que la crítica sea directa y no a modo de chisme que se esparce con el viento. No siempre, por desajustes de tiempo o espacio, podemos criticar a una persona frente a frente, pero cuando la posibilidad existe no hay que desaprovecharla.

lunes, 16 de julio de 2018

Pessoa y su antipatía por la figura de Jesús


Evidentemente no sentía Pessoa simpatía por la figura de Jesús. Lo consideraba “un degenerado [...] asexual” que “era incapaz de una reflexión sana” (Escritos sobre genio y locura[1], p. 15). Pero ¿a qué se referirá Pessoa cuando habla de una reflexión sana? ¿Son documentos suficientes los Evangelios como para descubrir a través de ellos la capacidad reflexiva de Jesús? A la primera pregunta respondo que no sé; a la segunda, respondo que probablemente sí. Yo creo que los Evangelios, y muy en especial el sermón de la montaña, son suficientes para entrever la capacidad reflexiva de Jesús, la cual me parece —y es un término que juzgo particularmente preciso para caracterizar esa capacidad y esa filosofía— de una sanidad palmaria.
Se pregunta también Pessoa si Jesús fue dios u hombre, y se responde lo segundo. “Si fue un hombre —continúa—, fue un hombre anormal”. Los hombres anormales pueden ser de tres clases: genios, locos o criminales. “No fue un genio ni un criminal”, ergo, Jesús fue un loco. “¡Hombres de Occidente, por veinte siglos habéis adorado a un loco!” (ibíd., pp. 201 a 203). Yo coincido con Pessoa en que Jesús fue un hombre y solo un hombre, y también coincido en que fue un hombre anormal, pero no fue un loco sino un genio. Y lo que Pessoa considera la patentización cabal y certera de su desvarío, su ética (“su sistema de valores es igualmente anormal, muy anormal”, p. 205), es la patentización de su genialidad. La ética de Jesús es anormal, ciertamente, pero anormal por genial, no por insensata.


[1] De aquí en adelante, este libro será citado como EGL.

domingo, 15 de julio de 2018

Pessoa y la responsabilidad moral


“Cuando era cristiano”, dice Pessoa,

pensaba que los hombres eran responsables por el mal que hacían; odiaba a los tiranos, maldecía a los reyes y a los curas. Cuando me liberé de la influencia inmoral, falsa, de la filosofía de Cristo, odié la tiranía, la realeza, el sacerdocio; el mal en sí mismo. De los reyes y curas tuve piedad, porque eran hombres (EEAA, p. 30).

Identifica la figura de Cristo con el libre albedrío y por eso la juzga inmoral, pero yo no creo que Jesús se haya puesto nunca a pensar en el problema del libre albedrío del modo en que lo pensamos nosotros, ni mucho menos creo que odiase a los tiranos, a los reyes y a los sacerdotes. De todos modos el razonamiento de Pessoa, si excluimos esta alusión a la “filosofía de Cristo”, creo que es acertado.

miércoles, 22 de junio de 2016

El papa Francisco y la política

Y hablando de asuntos del César y asuntos de Dios, ¿por qué, che Papa, te has decantado por los primeros en detrimento de los últimos? Te has metido en política hasta la verija, y has mostrado un particular interés por la marcha de la economía de nuestro país. Claro, para eso sos Papa, no voy a suponer ahora que los papas se eligen con el propósito de no influir en los acontecimientos políticos del siglo que les toca en suerte; pero como vos te has hecho llamar Francisco pensé que la tendencia cambiaría. Me equivoqué.
Existe una teoría que afirma que Jesús ha sido un guerrillero zelote, o que simpatizaba con este movimiento. ¿Tiene visos de certeza esta teoría? Creo que no, y el propio Jesús la desmiente:

...Esa interpretación de mis actos, esa manipulación de mi doctrina, esa tergiversación de mi mensaje, esa brutal deformación de mi identidad y personalidad, me espanta, hijo mío, me espanta... Ya me veo --¡maldición!-- en pasquines, carteles, camisetas y banderolas tremolantes blandidas por los cachorros, hijos de papá, becarios y gamberretes reaccionarios de las jaurías del movimiento contra la globalización en las augustas narices de los señores del capital, del Banco Mundial, de las Naciones Unidas al servicio de la Casa Blanca y del Pentágono, de la Unión Europea y de otros puertos o rascacielos de arrebatacapas. Lobos, Wojtila, todos ellos, aunque con distintos collares, colmillos, espumarajos, armas y grilletes [...]. E inclúyase, Papa de Roma, en la lista a los llamados «teólogos de la liberación», que no ofician, como ellos creen, en los altares de la caridad y la esperanza, sino en los de la ciega fe puesta al servicio de los asuntos del César. Tanto da que este lo sea --para la galería y el juego de las urnas-- de derechas, de centro o de izquierdas. Al alma no le importan tales naderías, que son solo ilusión, engaño, maya, aire en el aire, viento en el viento, nubecillas que llegan, pasan y se van (Jesús de Nazaret, citado por Fernando Sánchez Dragó en Carta de Jesús al Papa, p. 138).


Esta carta del mismísimo Jesús de Nazaret ha sido dirigida no al papa Francisco sino a Juan Pablo II, pero bien puede aplicarse al primero. No porque Francisco suponga que Jesús fue guerrillero sino porque me parece que supone que a Jesús lo guiaban móviles políticos. Si no lo supone así, entonces que tampoco él sea guiado por estos móviles, porque embarcándose en este juego está traicionando el espíritu evangélico. Y si lo quiere traicionar, que lo traicione con estilo, haciendo patente de una vez por todas lo que todos los que algo de cristiano tenemos esperábamos que hiciera: distribuir la riqueza material de la Iglesia en manos de quienes más la necesitan, tal como Jesús recomienda en Mateo 19:21. Hace ya más de tres años que asumió como papa y todavía sigo esperando este gesto, todavía sigo esperando que el cardenal Bergoglio se transforme, saliendo al balcón que da a la Plaza de San Pedro, en el Papa Kiril Lakota. Pero mis esperanzas languidecen. Ya sé que él no es el amo del universo, que ni siquiera es el amo del Vaticano y que por tanto, por mucha voluntad que tenga de repartir los dineros de la Iglesia, tal vez no pueda lograrlo si no lo acompañan los de su entorno. ¡Pero al menos que lo intente, que lo diga, que remueva el avispero! (o el obispero, para ser más exactos). Si tanto desea influir políticamente, he ahí la receta magistral. Pero como no la emplea, mejor que se dedique a los asuntos de Dios como se dedicaba el verdadero Francisco.

domingo, 19 de junio de 2016

El dudoso catolicismo de José López

José López es un ferviente católico; las monjitas del convento en donde quiso esconder el botín lo tenían en gran estima. Es católico, pero no cristiano; deduzco esto porque ya sabemos lo que opinaba Jesús de las personas adineradas. Seguramente los párrafos de la Biblia que más disfruta López son los salmos, especialmente el 112: "¡Aleluya! Cuán bienaventurado es el hombre que teme a Jehová [...]. Bienes y riquezas hay en su casa, y su justicia permanece para siempre". El salmista dice, o sugiere, que las riquezas terrenales constituyen fiel testimonio de la devoción religiosa de un buen judío. José López es entonces admirador de David, no de Jesús. Y, de paso, digamos que Jesús, cuando dijo "no penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir" (Mateo 5:17), seguramente nos estaba tomando para la chacota.

domingo, 19 de abril de 2015

San Francisco de Asís, por encima de Jesús

La visión judaica considera que el animal es un producto fabricado para uso del hombre. Pero, por desgracia, las consecuencias de ello se hacen sentir hasta el día de hoy, ya que se han trasladado al cristianismo, al que por esa razón deberíamos dejar de elogiar diciendo que su moral es la más perfecta de todas. Esa moral tiene verdaderamente una grande y esencial imperfección: que limita sus preceptos a los hombres y deja el mundo animal sin derechos.
Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipómena, II, 394

¡Fíjese en la compasión de Gautama! No se limitaba al género humano, sino a todos los seres vivientes. ¿No se inunda de amor nuestro corazón al pensar en el cordero alegremente instalado sobre sus hombros? En la vida de Jesús no se advierte ese mismo amor por todos los seres vivos.
Mohandas Gandhi, Autobiografía, 2, XXII [p. 165]

No, no hubo nadie anterior a Jesús que predicara una ética tan pura y trascendente como la que irradia el sermón de la montaña; pero ¿y después? Jesús predicó una ética casi perfecta, y en ese casi pueden integrarse una serie de innumerables consideraciones menores... y una consideración mayor: el amor hacia todos los seres de la creación, humanos y no humanos. El amor hacia todo lo creado, incluso hacia esas cosas que, en nuestra ignorancia, sospechamos que carecen de vida. Más de mil años tuvieron que pasar para que llegase aquel que ampliaría el concepto del amor cristiano hacia esos límites que a Jesús no le interesaron. Me refiero, claro está, a San Francisco de Asís. Y aquí le cedo la posta a un especialista en el tema, al axiólogo por antonomasia, al maestro de maestros en el arte de discurrir sobre la ética: mi admirado Max Scheler. Él sabrá sugerirnos mejor que yo --pese a su estilo un tanto ingrato-- si lo que Francisco propuso es una herejía dentro del cristianismo, o una profundización y evolución del mismo, o un retroceso.

Lo que, aún tratándose sólo de un superficial ocuparse con Francisco de Asís [...], nos sorprende enseguida, es que llama "hermanos" y "hermanas" suyos también al Sol y a la Luna, al agua y al fuego, y también a los animales y plantas de toda especie --es que lleva a cabo una expansión de la emoción específicamente cristiana del amor a Dios como Padre y al hermano y prójimo "en" Dios, a la entera naturaleza infrahumana; y al mismo tiempo lleva a cabo o parece llevar a cabo una elevación de la naturaleza hasta la luz y el brillo de lo sobrenatural. ¿No era esto una grave herejía, visto desde la doctrina cristiana tradicional y practicada en la historia entera del cristianismo, doctrina que había puesto a una tan enorme distancia de la naturaleza al hombre, ya como "ser racional", pero todavía más como vaso de la gracia sobrenatural y como una familia elevada muy por encima de toda razón y naturaleza por obra del acto redentor de Cristo, El Hijo del Hombre y de Dios? ¿Y si no una herejía del intelecto --en este santo poco inclinado al mero "intelecto", ciencia y escolástica-- al menos una grave herejía del corazón? Tiene que haber muy profundas razones para que no fuese sentida así la actitud espiritual del santo, fundamentalmente nueva frente a todos los tiempos anteriores. Aunque seguramente no faltó en el contorno del santo la conciencia de la gran rareza, de la novedad y lo insólito de su actitud. Tomás de Celano llega a denunciar la frase, digna de atención palabra por palabra: "llamaba sus hermanos a todas las criaturas, y de un modo y manera desusados, para los demás totalmente herméticos, penetraba con la aguda mirada del corazón hasta lo más hondo de cualquier criatura, como si ya hubiese entrado en la libertad y la gloria de los hijos de Dios". De hecho me parece San Francisco no tener en esto ningún precursor dentro de la historia entera del cristianismo en occidente. [...] en el Evangelio se encuentran cosas y procesos naturales infrahumanos --hasta donde yo sé-- también en aquellos pasajes que denuncian el novísimo y profundísimo amor a la naturaleza y purísima comprensión de ella que tenía el Salvador, pero sólo citados como parábolas --como parábolas de relaciones y lazos que existen propiamente entre el hombre y Dios u hombre y hombre. Ni con mi propia busca, ni consultando insistentemente a conocedores científicos de la Biblia he logrado encontrar un solo pasaje que se remonte por encima de esta naturaleza parabólica y que se refiera a una unificación afectiva cósmica con una cosa natural, ni siquiera a una emoción de amor, ni menos a un deber de amor, a la naturaleza como tal, sustantivo, autóctono, independiente de la acción sobre el hombre o de la consideración del hombre [...]. Pero lo decisivo es que en San Francisco no se puede seguir hablando de mera parábola o símbolo en este sentido. [...] Esto más bien es lo nuevo, lo "desusado", en la relación emocional de San Francisco con la naturaleza: que las cosas y los procesos naturales cobran un sentido expresivo propio sin relación parabólica al hombre ni en general a las cosas humanas; que también el Sol, la Luna, el viento, etc., que en rigor no necesitan para nada de un amor solícito o misericordioso, son vividos y saludados por el alma como hermanos y hermanas; que las criaturas están referidas en metafísica solidaridad [...] de un modo inmediato a su Creador y "Padre", como seres existentes por sí y de un valor enteramente propio (en relación al hombre): esto es lo nuevo, lo sorprendente, lo raro, lo antijudío de su actitud (Max Scheler, Esencia y formas de la simpatía, secc. A, cap. V).

Para los judíos, los animales sólo eran "cosas", instrumentos de los cuales la gente podía servirse. Era ridículo que alguien pudiese o quisiese brindarles su amor a esos "objetos". Y Jesús, cuya mentalidad tornóse antijudía en muchos aspectos, no pudo librarse aquí de sus raíces. Francisco se hizo uno con los animales, uno con la naturaleza, uno con el universo entero; pero sería incorrecto suponer que todas estas unificaciones avalan la sospecha de que el santo abrazara el panteísmo.

En él estamos tan lejos de la unificación afectiva índica, o unificación en el dolor, y de la unificación afectiva griega, o unificación en la alegría, como de la unificación afectiva del panteísmo naturalista y dinámico del subsiguiente Renacimiento.

No, no es Francisco panteísta. Y sin embargo

se ha llevado a cabo en San Francisco una interpretación afectiva e intuitiva de la relación entre la naturaleza, el hombre y Dios, no sólo gradual, sino esencial y cualitativamente distinta --no comparable con nada de lo que encontramos en occidente desde los tiempos más antiguos del cristianismo, y que está en la más rigurosa oposición a todo el anterior sentimiento de la naturaleza en el cristianismo primitivo, en la patrística e incluso en la Edad Media posterior. Esto "nuevo" es difícil de traducir en conceptos --y sin embargo fácil de ver y de sentir hasta para un niño. [...] La naturaleza no es concebida al modo de la escolástica, como un reino de cosas y fuerzas formales rigurosamente separadas unas de otras [...], sino como una totalidad viviente que se halla en los fenómenos visibles de la naturaleza en una relación análoga aproximadamente a la del todo de la faz humana con sus distintos movimientos expresivos: es una vida divina la que toma cuerpo en sus cosas, la que se "expresa" en sus fenómenos y procesos. [...] Dios no es sólo vivido y pensado como señor y creador de la naturaleza infrahumana y "padre" sólo para el hombre (a través de Cristo), sino también como padre bondadoso y directo de las cosas naturales, [...] de este modo fue plenamente quebrantada en su núcleo mismo por San Francisco la exclusivista idea de la dominación del hombre sobre la naturaleza, propia de judíos y romanos, que en el Evangelio no está superada, sino sólo mitigada. Más aún: cuando en cierta medida justifica, fundamenta y vivifica su interpretación y amor de la naturaleza frecuentemente con palabras de la Sagrada Escritura, me parece que lo que hace es mucho más infundir en estas palabras del evangelista un sentido más que parabólico y atribuir con frecuencia falsamente su genuina unificación afectiva a los escritores evangélicos.

Infunde nuevos sentidos a la vieja doctrina; ¿no es lo mismo que hizo Jesús con la ley hebrea, mientras afirmaba a diestra y siniestra que no la estaba derogando sino complementando? Pero la derogó, por cierto que la derogó. Los judíos, rechazando a este nuevo profeta, dieron cuenta de que los cambios implementados no eran sentidos como complementos sino como redondas refutaciones. Francisco de Asís, teológicamente hablando, estuvo también a un paso de salirse de la ortodoxia que lo cobijaba. Pero no se salió; al menos así lo piensa Scheler:

Este es el gran misterio de San Francisco: que a pesar de esta resurrección, preñada de consecuencias, de una genuina unificación afectiva con una vida divina intuida en su unidad y que se limita a tomar cuerpo en las cosas naturales, ni la idea cristiana de Dios, ni el amor de Jesús y la "imitación de Cristo", exaltada literalmente en San Francisco --como se ha dicho con razón-- hasta la "embriaguez de Jesús" (y hasta las llagas visibles), han resultado menoscabados en lo más mínimo en su ser-personal espiritual y acosmístico, sino que justamente sobre la base de esta nueva unificación afectiva con la vida de la naturaleza, para su tiempo de todo punto original y "desusada", se alzan en todo su rigor, aspereza y sequedad ascética, con perfecta continuidad orgánica.

Aquí coincido con Scheler: San Francisco no se salió del cristianismo. Su doctrina es netamente, fundamentalmente cristiana. Francisco complementó el mensaje de Jesús, pero lo complementó de tal manera que ya no nos queda la opción de volver atrás. Siempre hablando sobre la ética, no sobre la metafísica, si me dan a elegir entre Jesús y Francisco, me quedo con Francisco. Y es que Jesús --y ahora sí entrometo a la metafísica-- era demasiado teísta, y ese teísmo rígido perjudicaba la correcta lubricación que ha de haber entre los diferentes engranajes de la creación. San Francisco, sin caer en el panteísmo, alargó su teísmo en la medida justa y necesaria para lograr esa fluida comunicación con el entorno, al que no hay que dominar (¡la tierra grita cuando la dominan!), sino amar:

Si San Francisco hubiera sido teólogo y filósofo, lo que no ha sido --felizmente para él y todavía más felizmente para nosotros--, si hubiera intentado reducir a conceptos rigurosos su visión de Dios y del mundo, que se limitó a ver, vivir y poner por obra, es seguro que jamás hubiera resultado "panteísta"; pero sí que habría tenido que aceptar en sus conceptos un tanto de "panenteísmo".

Sólo el panenteísmo nos aleja de los fundamentalismos religiosos y a la vez nos acerca a la ecología. Siendo el teísmo duro un casi sinónimo de la palabra dominio, y no dominio interior sino externo, de personas y de objetos, ya me parece ver a estos dos demonios modernos, hijos de la ideología de la dominación: el terrorismo y el consumismo, me parece verlos, digo, alejarse de la mano --porque son hermanos, pese a su distanciamiento geográfico-- conforme la idea panenteística franciscana comience a calar las almas de aquellos hombres que hoy se dedican a "trabajar", a modificar entornos, y que una vez iluminados se ocuparán solamente de trabajarse por dentro, de dominarse a sí mismos. Y el medio ambiente, y los edificios en torre, agradecerán por fin el poder bajar la guardia.
Esto sucederá cuando la venida de nuestro glorioso salvador San Francisco. Un revolucionario mayor que aquel gran subversor que fue Jesucristo, con una mente tan poderosa y enigmática que resulta inclasificable. ¿Inclasificable? Scheler hará por nosotros el intento:


¿Como concebirlo psicológicamente? Se trata de un singular encuentro de "eros" y "agape" [...] en un alma prístinamente santa y genial; finalmente, de una forma de compenetración tan total de ambos, que representa el mayor y más sublime ejemplo de simultáneas "espiritualización de la vida" y "vivificación del espíritu" que ha llegado a mi conocimiento. Nunca más ha vuelto a alcanzarse en la historia de occidente una forma de las potencias simpáticas del alma como la que existió en San Francisco. Nunca más tampoco la unidad y rotundidad de su simultánea repercusión en la religión, la erótica, la acción social, el arte y el conocimiento.

viernes, 17 de abril de 2015

La originalidad de la ética evangélica

La ética de Jesús es la que más de cerca toca la perfección. Pero esta ética, ¿es original? ¿No había sido ya expuesta por otros pensadores en otras latitudes? Hubo, ciertamente, precursores; pero ya veremos, de la mano de Papini, que el ingrediente fundamental de la ética cristiana, el amor, nace con ella y con ella se desarrolla como potencia suprema. No es que antes de Jesús la gente no supiera amar, pero el rango, la jerarquía ontológica y el alcance universalista que Jesús le otorga al amor constituyen la originalidad y el auténtico avance de tal doctrina por encima de las anteriores.
La historia comienza en China:

Cuatro siglos antes de Cristo, un sabio de la China, Me-ti, escribió todo un libro, el "Kie-siang-nigai", para decir que los hombres deberían amarse. "El sabio que quiera mejorar el mundo puede mejorarlo sólo conociendo con certeza el origen de los desórdenes [...] ¿Por qué nacen los desórdenes? Nacen porque no se aman los unos a los otros. [...] Si se llegara al recíproco amor universal, los Estados no reñirían, las familias no serían turbadas, los ladrones desaparecerían, los príncipes, los súbditos, los padres y los hijos serían respetuosos, indulgentes y el mundo mejoraría".
Para Me-ti el amor --o, para traducir mejor una benevolencia hecha de respeto y de indulgencia-- es la argamasa que debe tener más unidos a los ciudadanos con el Estado. Es un remedio contra los males de la convivencia: una panacea social.
"Paga las ofensas con la cortesía", sugiere tímidamente el misterioso Lao-Tsé. Pero la cortesía es prudencia o mansedumbre, mas no es amor.

Ni Me-ti ni Lao-Tsé elevaron sus prédicas hacia el sentimiento más puro existente sobre la tierra. Y otro chino renombrado de aquellos tiempos, el señor Confucio, si bien habló del amor, lo mutiló reduciéndolo a un selecto círculo:

El viejo Confucio enseñaba una doctrina que [...] consistía en la rectitud del corazón y el amar al prójimo como a nosotros mismos. Adviértase bien: al prójimo y no al lejano, al extraño, al enemigo. Como a nosotros mismos; y no más que a nosotros mismos. Confucio predicaba el amor filial y la benevolencia general, necesaria para la buena marcha de los reinos, pero no pensaba en condenar el odio. En los propios "Lun-yú", donde se leen las palabras de su discípulo Tseng-tse, encontramos estas otras, tomadas del más antiguo texto confuciano, el "Ta-hio": "Sólo el hombre justo y humano es capaz de amar y odiar a los hombres como conviene".

Si nos quedamos en esa misma época pero saltamos desde la China a la India, nos encontramos con el Buda, que si bien, a diferencia de los chinos, hizo una prédica encendida y omniabarcativa del amor, sólo lo veía como un medio y no como un fin en sí mismo:

Gautama recomendó el amor por los hombres, por todos los hombres, aun por los miserables y despreciados. Pero el mismo amor se debe tener por los animales, por los ínfimos entre los animales, por todos los seres vivientes. En el budismo el amor del hombre al hombre no es más que un ejercicio saludable para desarraigar totalmente el amor de sí mismo, el primero y más fuerte sostén de la existencia. Buda quiere suprimir el dolor; y para suprimir el dolor no encuentra otro medio mejor que sumergir las almas personales en el alma universal, en el nirvana, en la nada. El budista no ama al hermano por amor del hermano sino por amor de sí mismo, es decir, para apartar el dolor, para vencer el egoísmo, para encaminarse al aniquilamiento. Su amor universal es frío, interesado, egoísta: una forma de la indiferencia estoica tanto en presencia del dolor como de la alegría.

¿Y Zaratustra? No, no es referencia:

Zaratustra dejó una Ley a los iraníes. Esta ley manda a los devotos de Ahura Mazda que sean buenos con sus compañeros de fe: darán un vestido a los desnudos y no negarán el pan al trabajador hambriento. Estamos siempre en la caridad material para con aquellos que nos pertenecen y nos sirven y están próximos. De amor no se habla.

Ni tampoco los judíos:

Se ha dicho que Jesús no añadió nada a la Ley mosaica y que solamente ha repetido con mayor énfasis los viejos mandamientos. [...] "Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque vosotros fuisteis también extranjeros en la tierra de Egipto" (Éxodo 22. 21). Es un principio: no hagas mal al extranjero, en recuerdo del tiempo en que tú también lo fuiste. Pero el extranjero que vive entre nosotros no es el enemigo y el no angustiarlo no significa ayudarlo. El Éxodo ordena que no se lo angustie. El Levítico es más generoso: "Si un extranjero habitase en tierra vuestra y fijare su demora entre vosotros, no lo zaheriréis. Como un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo (Levítico 19. 33-34). Siempre el extranjero, el extranjero que vive entre vosotros y se hace vuestro conciudadano y se convierte en uno de vosotros, amigo vuestro.
Leemos en el mismo libro: "No busques la venganza ni te acuerdes de las injurias de tus conciudadanos" (19. 18). Es otro paso adelante no hacer mal a quien te ofende con tal de que sea de tu nación. Hemos llegado si no al perdón, al olvido generoso aunque reservado para los próximos solamente.
"Amarás al amigo como a ti mismo" (Ibíd.). Al amigo, es decir, al prójimo, al conciudadano que es hermano tuyo de raza, el que puede ayudarte. Pero ¿y al enemigo? Hay algo también para el enemigo: "Si encontrares buey o asno perdido de tu enemigo, vuélveselo a llevar" (Éxodo 23. 4). [...] ¡Oh gran bondad de los antiguos judíos! ¡Sería tan dulce hacer huir más lejos al jumento para que el patrón tuviera más trabajo en dar con él! [...]. Pero el corazón del viejo Hebreo no está empedernido hasta el extremo. En aquellos lugares y en aquellos tiempos el asno era un animal harto preciso. No se vivía sin tener al menos una burra en el establo. Y cada uno tenía una burra; el amigo y el enemigo; hoy escapó la tuya, mañana puede escapar la mía. No nos venguemos en las bestias, aun en el caso en que el patrón sea una bestia. [...]
Es demasiado poco. El viejo Hebreo ya ha hecho un tremendo esfuerzo sobre sí mismo cuidando de la bestia de su enemigo. Pero los Salmos, en compensación, resuenan a cada instante de improperios contra los enemigos y de invocaciones violentas al Señor para que los persiga y aniquile. [...] Sólo en los tardíos Proverbios encontramos alguna palabra precursora de las de Jesús: "No digas: Yo me vengaré; espera al Señor, y él te salvará" (Proverbios 20. 22). El enemigo debe recibir su castigo, pero de manos más poderosas que las tuyas. Sin embargo, el anónimo moralista llega hasta la caridad: "Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer pan, si tuviere sed, dale a beber agua" (Proverbios 25. 21). Hay un progreso, la misericordia no termina en el buey, sino que llega también al patrón. Pero de esas tímidas máximas, escondidas en un ángulo de las Escrituras, no podrán por cierto brotar las maravillas de amor del sermón de la montaña.

Sin embargo fue un judío, Hillel el Viejo, el inventor o descubridor de la famosa regla de oro cristiana:

... Este célebre fariseo vivió poco antes de Jesús y enseñaba, dicen, lo mismo que después enseñó Jesús. Era un judío liberal, un fariseo razonable, un rabino inteligente; pero no cristiano. ¿Por qué? Ha dicho, sí, estas palabras: "No hagas a los otros lo que a ti no te gusta: esta es toda la ley, y lo demás son comentarios". Son bellas palabras en boca de un maestro de la antigua ley, pero ¡cuán distantes todavía de las del subversor de la antigua ley! El precepto es negativo: no hagas. No dice: haz bien a quien te hace mal. Pero sí: no hagas a los otros (y estos otros son seguramente los compañeros, los conciudadanos, los familiares, los amigos) lo que tú estimarías como mal. Es una blanda prohibición de dañar --no un precepto absoluto de amar--.

Y a pocos años de la llegada de Jesús, un nuevo judío vio de cerca al amor... pero sólo con el intelecto:

También Filón, hebreo alejandrino, metafísico y platonizante, unos veinte años más viejo que Jesús, ha dejado un tratadito sobre el amor de los hombres. Pero Filón, con todo su talento y con todas sus especulaciones místicas y mesiánicas, es siempre, como Hillel, un teórico, un hombre de pluma, de tintero, de estudio, de libros, de sistemas, de conceptos, de abstracciones, de clasificaciones. [...] Ha hablado del amor más que Jesús, pero no ha sabido decir --y no lo habría sabido comprender-- lo que Cristo dijo a sus ignorantes amigos en la Montaña.

No existió, pues, ni en la China ni en la india ni en Judea ningún profeta del amor universalista que pueda parangonarse con Jesús. ¿Habrá existido en Grecia?

Uno más sabio que Ulises, el hijo de Sofronisco escultor, se planteó, entre otros muchos, también el problema de cómo contenerse en un justo medio con relación a los enemigos. [...] el Sócrates de Platón no acepta la opinión corriente. "No se debe --dice a Critón--, devolver a nadie injusticia por injusticia, mal por mal, cualquiera que sea la injuria que hayas recibido" [Critón, 49]. Y lo mismo afirma en la República, añadiendo en su apoyo que los malos no se hacen mejores por la venganza. Pero lo que domina en la cabeza de Sócrates es el pensamiento de la justicia, no el sentimiento del amor. En ningún caso el hombre justo debe hacer el mal; pero entendámonos; por respeto a sí mismo, no por afecto al enemigo. El malo debe castigarse a sí mismo; de lo contrario, después de muerto, lo castigarán los jueces infernales. El discípulo de Platón, Aristóteles, volverá tranquilamente a la vieja idea. "El no resentirse de las ofensas --dirá en la Ética nicomaquea-- es propio de hombre cobarde y esclavo".

No, no es tampoco Grecia la cuna del cristianismo bien entendido. ¿Será Roma?

Los que refutan a Cristo, para hacer creer que el cristianismo existía antes de Cristo le han encontrado a Jesús un rival también en Roma, en los propios palacios del César: Séneca. Séneca el director de conciencia de los jóvenes señores del mundo elegante en el estoicismo reformado, el aristocrático abstracto que nunca se conmueve en presencia de las penas de los humildes, el propietario que desprecia las riquezas pero las tiene bien agarradas, que afirma la igualdad entre los libres y los esclavos y se sirve de esclavos, el ingenioso anatomista de casos de escrúpulos, de males, de vicios efectivos y virtudes soñadas, [...] habría sido, sin saberlo, cristiano en los mismos años de la vida de Cristo. Porque huroneando en sus demasiadas obras [...] han hallado que "el sabio nunca se venga, sino que olvida las ofensas", y que "para imitar a los dioses es menester hacer bien hasta a los ingratos, porque el sol brilla también por encima de los malos y el mar soporta también a los corsarios"; y hasta que "es necesario socorrer a los enemigos con mano amiga". Pero "el olvido" del filósofo no es el perdón y el "socorro" puede ser beneficencia, pero no es amor. Un soberbio, el estoico, el fariseo, el filósofo orgulloso de su filosofía, el justo satisfecho de su justicia, pueden despreciar las ofensas de los pequeños, las dentelladas de los adversarios, y pueden también dignarse por ostentación de magnanimidad y para granjearse la admiración de los pueblos, brindar un pan al enemigo hambriento para humillarlo más duramente desde la elevación de su perfección. Pero ese pan fue cocido con la levadura de la vanidad y aquella mano amiga no habría sabido enjugar una lágrima ni limpiar una herida.

La conclusión de Papini, límpida y vivificante como muchas de sus conclusiones --mientras se mantiene sobrio de rencores, no así cuando concluye en estado de ebriedad--, la conclusión de Papini es que el Amor, amor con mayúscula, nace con Jesús y por Jesús se disipará por todo el orbe:

El mundo antiguo no conoce el Amor. Conoce la pasión por la mujer, la amistad por el amigo, la justicia para el ciudadano, la hospitalidad para el forastero. Pero no conoce el Amor. Zeus protege a los peregrinos, a los extranjeros; a quien golpee la puerta del griego no le será negado un trozo de carne, un jarro de vino y el lecho. Los pobres serán albergados, los enfermos serán asistidos, los que lloran serán consolados con bellas palabras. Pero los antiguos no conocerán el Amor, el amor que sufre y se abandona, el amor por todos aquellos que sufren y son abandonados, el amor por la gente baja, por la gente pobre, por los desechados, pisoteados, maldecidos, abandonados; el amor por todos que no distingue entre ciudadano y extranjero, entre hermoso y feo, entre delincuente y filósofo, entre hermano y enemigo. [...] en el mundo más noble y heroico de la antigüedad no hay sitio para el amor que destruye al odio y ocupa el lugar del odio; para el amor más fuerte que la fuerza del odio, más ardiente, más implacable, más fiel; para el amor que no es olvido del mal sino amor del mal --porque el mal es una desventura para el que lo hace más que para nosotros--, no hay sitio para el amor a los enemigos.
De este amor nadie habló antes de Jesús: ninguno de aquellos que hablaron del amor. No se conoció este amor hasta que no se hubo oído el sermón de la montaña.

Es la grandeza y la novedad de Jesús: su novedad más grande, su grandeza eternamente nueva, nueva también para nosotros, porque no comprendida, no imitada, no obedecida, inacabablemente eterna como la verdad (Giovanni Papini, Historia de Cristo, cap. 25).

martes, 26 de marzo de 2013

El nuevo papa y la política


 


Continuando con esta papamanía que se ha desatado en mi país y en menor medida en todo el orbe católico, me permito darle un consejo a Francisco: no te metas en política. Esperar de un papa el apolitismo absoluto sería condenarlo a la inacción, pero tampoco es cuestión de tentarse con esas menudencias que a nada conducen si de espiritualidad se trata. Si el Papa es el continuador del mensaje de Jesús, está claro que debería rehuir de la política tal como él lo hizo. El propio Jesús conminó a uno de los predecesores de Francisco, a Juan Pablo II, a que abandonara esa politiquería barata (barata o cara, da lo mismo) que tanto le atraía; al menos eso es lo que cuenta Fernando Sánchez dragó:

Quede [...] meridianamente clara la evidencia, para todo aquel que no tenga gafas de ciego en los ojos ni ruedas de molino en los oídos, de que la política no me interesó ni --por definición, por congruencia, por lógica de mi doctrina-- podía interesarme nunca y de que, por consiguiente, jamás intervine en ella. Creo haberte dicho [...] que la salvación es siempre individual, nunca gregaria, y no digamos la iluminación, que era, en definitiva, lo único que yo buscaba, proponía y me interesaba (Jesús de Nazaret, citado por Fernando Sánchez Dragó en Carta de Jesús al Papa, p. 139).


Es así: la política y la espiritualidad se repelen como dos imanes con el mismo polo. Entiéndase que hablo de política en tanto militancia, porque ya me veo venir a los que dirán que todo es política, que cualquier relación de un ser humano con otro ser humano viene atravesada, quiérase o no, por la política, lo cual no niego, pero esto nada tiene que ver con el activismo dentro de un comité o partido y con el dedicar nuestros mayores afanes a la tarea del proselitismo. El excesivo celo proselitista nos evade de nuestra obligación primera, que es la del automejoramiento[1].
              Pero si este desmadrado celo proselitista es nefasto aplicado a la política, ¿no será también nefasto aplicado a la filosofía o a la religión? Posiblemente, y entonces yo también corro peligro. No digo que esté mal intentar convencer a los otros de nuestros propios convencimientos, pero no debe ser ésa, ni por asomo, la tarea principal del pensador filosófico. Lo mejor sería que la gente se convenciese de que nuestras razones son valederas como de rebote, sin que nos lo propongamos deliberadamente. Y el Papa Francisco debería dedicarse (como presiento que en buena medida se dedicará) no tanto a dar sermones u homilías, sino a poner en práctica las enseñanzas de Jesús. De este modo, sin siquiera levantar la voz en público, me imagino que se granjearía una buena masa crítica de prosélitos.

[1] Dice Vaz Ferreira "El ciudadano a quien la política no interesa --en lo cual ven algunos, muy erróneamente, una especie de superioridad-- es culpable de una clase de inmoralidad que no es necesario que yo les demuestre. Interesarse por los asuntos públicos, vivir en su país y en su época, no elevarse tanto sobre su medio y sobre su momento histórico que se deje prestar todo servicio práctico y positivo, es un deber absolutamente elemental" (Moral para intelectuales, p. 128). Pero en esta inmoralidad no cae mi apolitismo, que de ningún modo niega las prestaciones de servicios prácticos y positivos; sólo niega la militancia y el encuadramiento partidista, nunca el servicio por sí mismo, que podría realizarse a través de una ONG, o a través de cualquier otra entidad sin fines de lucro que quiera servir a la comunidad, o incluso por propia iniciativa y sin aparato ninguno en que apoyarse.

viernes, 1 de febrero de 2013

SPONG, EL ANTIDOGMA




Desde mi punto de vista, afirmar que la Biblia constituye en todo su detalle literal la palabra de Dios, libre de todo error, no es más que una ignorancia bíblica.
John Shelby Spong, Jesús, hijo de mujer, p. 17

Bueno sería que mi amigo Bertrand Russell tomara en cuenta esta sentencia.

Conozco a miles de personas que permanecen en el seno de la Iglesia por costumbre o por esperanza, pero lo hacen a costa de desconectar sus mentes.
Ibíd., p. 18

Yo era una de ellas.

No creo que María fuera literalmente una virgen, en ningún sentido biológico. No creo que a los hombres y mujeres contemporáneos se les pueda presentar con credibilidad a alguien a quien se conoce como una madre virgen, calificándola como una mujer ideal. No creo que la historia de la virginidad de María haya realzado la imagen de la madre de Jesús. Antes al contrario, estoy convencido de que la historia ha desvirtuado la humanidad de María, y se ha convertido en un arma en manos de aquellos cuyos prejuicios patriarcales distorsionan la humanidad de todos, en general, y de las mujeres en particular.
Ibíd., pp. 24-5

Coincido; pero ese "no creo que la historia de la virginidad de María haya realzado la imagen de la madre de Jesús", ¿no podría extenderse hacia un "no creo que la historia de la divinidad de Jesús haya realzado la imagen de Jesús como filósofo"?

Nada menos que una persona como el Papa Juan Pablo II ha apoyado un documento y una actitud que proclama: "Las mujeres no serán nunca sacerdotes en la Iglesia Católica romana porque Jesús no eligió a ninguna mujer como discípulo". Presento esto como un abuso literal de las Sagradas Escrituras. En el orden y las costumbres sociales del siglo primero de nuestra era, resulta inconcebible tener a una mujer como miembro de un grupo de discípulos de un rabino o maestro itinerante. El papel de la mujer se hallaba circunscrito con demasiada claridad como para atreverse siquiera a imaginar algo así. Aquí, sin embargo, el literalismo bíblico es ecléctico antes que minucioso. Quizás al obispo de Roma todavía no se le ha ocurrido pensar que Jesús tampoco eligió a ningún discípulo polaco, a pesar de lo cual eso no excluyó del sacerdocio a un muchacho polaco llamado Karol Josef Wojtila, que más tarde se convertiría en Juan Pablo II.
Ibíd., p. 28

¡Brillante, Yon! ¡Péguele duro al machismo eclesiástico!

En las mitologías del mundo hay muchas historias que cuentan con partes paralelas y familiares de la tradición cristiana. Las figuras divinas nacen de madres vírgenes, los héroes míticos mueren, resucitan y regresan a los cielos en ascensiones cósmicas. Cuando leemos estas tradiciones en el contexto de los escritos egipcios sagrados, no se nos ocurre literalizar las historias de Isis y Osiris. Sabemos que, en este caso, nos encontramos ante mitos antiguos. Y, sin embargo, evitamos hacer lo mismo cuando se trata de nuestra propia fe.
Ibíd., p. 31

Ha llegado el momento de que la Iglesia reconozca la certidumbre como un vicio, que aprenda a desecharlo y abrace la incertidumbre como una virtud. Ha llegado el momento de que la Iglesia abandone su actitud neurótica de traficar con un débil sistema de seguridad religiosa tras otro, y permita a sus fieles sentir el viento vigorizador de la inseguridad, para que los cristianos puedan comprender realmente lo que significa caminar por la fe.
Ibíd., p. 34

¿Puede escapar la Iglesia del hábito de controlar el comportamiento, y pasar a convocar a la gente para que sean los seres santos y completos, tal como Dios los ha creado?
Ibíd., p. 34

No hubo nacimiento virginal biológicamente literal, ni superación milagrosa de la esterilidad en el nacimiento de Juan el Bautista, ni ángel Gabriel que se le apareciera a Zacarías o María, ni Zacarías se quedó sordomudo, ni coros angélicos que poblaran los cielos para anunciar el nacimiento de Jesús a los pastores de las montañas, ni viaje a Belén, ni presentación o purificación en Jerusalén, ni historia del templo durante la infancia de Jesús. De hecho, y con toda probabilidad, Jesús nació en Nazaret de una forma muy normal, como hijo de María y José, o bien fue un hijo ilegítimo que José justificó al reconocerlo como hijo propio.
Ibíd., pp. 166-7

¡Por fin alguien que estudia las Escrituras sin el corpiño del dogma en los ojos!

No, no estamos solos. No somos un simple accidente del proceso físico y estúpido de la evolución.
Ibíd., p. 167

No, no estamos solos. Dios existe. Y sin embargo, Dios no está con nosotros. Esta en nosotros, que no es lo mismo. Y el proceso de la evolución, de estúpido no tiene absolutamente nada.

Los verdaderos enemigos de un sistema de fe no son quienes hacen doblar la rodilla a la tradición, sino quienes la congelan, los cuales, al no ser capaces de cambiar y crecer, transforman los símbolos en momias y hacen imposible que quienes viven en un mundo cambiante permanezcan con integridad en el seno de ese hogar de fe.
Ibíd., p. 180

¡Clap, clap, clap, clap..!

Resulta a un tiempo divertido y triste observar cómo los líderes eclesiásticos actuales se mueven cautelosamente alrededor de la pregunta de cómo comprender la afirmación eclesiástica tradicional de que la Biblia es la palabra de Dios, pues en el fondo de sus corazones saben muy bien que esa afirmación ya no es sostenible de ninguna forma literal. La legitimidad de la esclavitud, el estatus de objeto de la mujer, el concepto de la Tierra plana, la comprensión de la epilepsia como posesión por el demonio, todo ello afirmado en la Biblia, son ideas que, simplemente, no se aceptan en el siglo XX. Lo que sucede es que la mayoría de los líderes religiosos no tienen la honestidad para decirlo públicamente. En consecuencia, lo que exponen no es más que retórica que utiliza las palabras tradicionales, pero sugieren que significan algo muy diferente a lo que significaron en el pasado. Es una estrategia comprensible, pero así nunca se conseguirá nada. Esas prácticas nos hacen pensar en batallas de retaguardia en las que se liberan escaramuzas dentro de un inevitable movimiento de retirada.
Ibíd., p. 181

El corazón no puede rendir culto a lo que ha rechazado la mente.
Ibíd., de. 182

La frase: "Sufrió bajo Poncio Pilatos, fue crucificado, murió y fue enterrado" es la única que ata el cristianismo a la historia. Todo lo demás que existe en los credos no constituye sino un intento por poner en palabras una experiencia de Dios que estaba más allá de la historia, y por explicar teológicamente quién fue el que sufrió y murió, por qué tuvo importancia y por qué tuvo su vida un significado que va mucho más allá de sus límites históricos y finitos.
Ibíd., p. 183

Y hasta existe gente, como yo por ejemplo, que admite que duda incluso de la existencia histórica de Jesús --aunque ciertamente, hay que aclararlo, mi duda es mínima[1].


[1]  Y las dudas de los siguientes historiadores y escritores parece que también eran mínimas:
·                                  Flavio Josefo, historiador judío:

Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y a muchos gentiles. Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo. Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos”. (Antigüedades Judías 18,3,3)
·                                  
Tácito 
Historiador y consul romano 

Por lo tanto, aboliendo los rumores, Nerón subyugó a los reos y los sometió a penas e investigaciones; por sus ofensas, el pueblo, que los odiaba, los llamaba “cristianos”, nombre que toman de un tal Cristo, que en época de Tiberio fue ajusticiado por Poncio Pilato; reprimida por el momento, la fatal superstición irrumpió de nuevo, no sólo en Judea, de donde proviene el mal, sino también en la metrópoli , donde todas las atrocidades y vergüenzas del mundo confluyen y se celebran”. (Anales, 15:44:2-3)
·                                  
 Suetonio 
Historiador romano 

A los judíos, instigados por Chrestus, los expulsó de Roma por sus hábitos escandalosos”. (De Vita Caésarum. Divus Claudius, 25.)
 Luciano de Samosata 
Escritor satírico romano, habla despectivamente de los cristianos en su obra La muerte del Peregrino: 

...lo utilizaban como legislador y le daban el título de jefe. Después, por cierto, de aquel a quien el hombre sigue adorando, que fue crucificado en Palestina por haber introducido esta nueva religión en la vida de los hombres.
 Julio Africano recoge la mención que un tal Talo, que parece ser un historiador romano o samaritano del s. 1 dC., hace de las tinieblas que sobrevinieron a la muerte de Jesús explicándolas como un fenómeno natural: "En su tercer libro de historias, Talo llama a estas tinieblas un eclipse de sol. Contra la sana razón, a mi juicio".

Justino Mártir hace referencia a los Hechos de Poncio Pilatos: “Y después que fue crucificado echaron suertes sobre su vestidura, y los que le crucificaron se repartía entre ellos. Y que estas cosas ocurrieron, podéis comprobarlo a partir de los Hechos de Poncio Pilatos”. (La Primera Apología, cap. 35)

jueves, 6 de diciembre de 2012

Bertrand Russell, o el anticristo



Para mí, hay un defecto muy serio en el carácter moral de Cristo, y es que creía en el infierno. Yo no creo que ninguna persona profundamente humana pueda creer en un castigo eterno.
Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano, p. 28

Yo tampoco, y precisamente por eso es que no creo que Jesús haya creído en el infierno. Lo que pasa, Bertrand, es que vos leés los escritos inciertos, como lo son los Evangelios, guiándote puramente por lo que perciben tus ojos, despreciando (tal vez por no poseerla) a la intuición, que es la que te indica, en el caso éste del Nuevo Testamento, en dónde la escritura coincide más o menos con los hechos reales y en dónde los judíos devenidos cristianos que lo redactaron incluyeron algunos de sus tontos dogmas. No te olvides nunca de que los primeros cristianos nacieron en el seno del judaísmo, y que les hubiera sido muy difícil cortar de raíz los dogmas hebreos y apegarse sin miramientos a lo que Jesús hacía y decía, que era generalmente lo contrario de lo expuesto en los libros sagrados judíos. Si Jesús había de ser popular entre los judíos --cosa que los incipientes cristianos querían--, era necesario hacerlo aparecer en las nuevas escrituras como alguien que odiaba la maldad y deseaba que los inmorales se pudriesen eternamente. Por eso se inventaron todas esas imprecaciones que se supone dijo, como la de "¡serpientes, raza de víboras! ¿Cómo será posible que evitéis el ser condenados al fuego del infierno? (Mateo 23. 33)". ¿Puede alguien que no sienta un odio implícito al cristianismo suponer que Jesús fuera capaz de expresarse en estos términos?

Cristo, tal como lo pintan los Evangelios, sí creía en el castigo eterno, y uno se topa repetidamente con una furia vengativa contra los que no escuchaban sus sermones, actitud común en los predicadores y que dista mucho de la excelencia superlativa. No se halla, por ejemplo, esa actitud en Sócrates. Es amable con la gente que no le escucha; y eso es, a mi entender, más digno de un sabio que la indignación. Probablemente todos recuerdan las cosas que dijo Sócrates al morir y lo que decía generalmente a la gente que no estaba de acuerdo con él.
Bertrand Russell, Por qué no soy cristiano, p. 28


Tomemos una posición coherente, Bertrand: o no creemos nada de lo que dicen los Evangelios, o creemos sólo lo que de sensato tienen. Porque creer en el Jesús que ofrecía su otra mejilla cuando le abofeteaban la primera y creer al mismo tiempo que este Jesús se indignaba con quienes no lo escuchaban es creer que el azúcar puede endulzar y salar a la vez. Si Jesús se indignaba con quienes no lo escuchaban, entonces ese mismo Jesús le rompía los dientes a quien lo abofeteaba. Si, en cambio, no se inmutaba ante las agresiones, entonces menos se inmutaba si alguien no quería escucharlo. En alguno de estos dos pasajes se nos está mintiendo, y es raro que vos, Bertrand, no percibas la mentira[1]. Por otra parte, ¡¿cómo podés contraponer a la figura de Jesús la de Sócrates, si cualquiera puede darse cuenta de que Sócrates fue uno de sus principales espejos?! ¿No te preguntaste nunca qué fue de su vida durante sus años de juventud de los que los Evangelios no hablan? Investigá un poco, e investigate un poco, y tal vez descubras que anduvo estudiando filosofía griega con grandes maestros, que a su vez lo llevaron a conocer el Oriente budista, taoísta, confuciano y mazdeísta, en donde pasó largos años. El filósofo Jesús no nació de un repollo, Bertrand. Tuvo padres, y Sócrates fue uno de ellos
 [2].

... Luego, Cristo dice: "enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y quitarán a su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran la maldad; y los arrojarán en el horno del fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes". Y continúa extendiéndose con los gemidos y el rechinar de dientes. Esto se repite en un versículo tras otro, y el lector se da cuenta de que hay un cierto placer en la contemplación de los gemidos y el rechinar de dientes, pues de lo contrario no se repetiría con tanta frecuencia.
Ibíd., p. 29

Pero ¿quién era el que se deleitaba repitiendo esa frase, Jesús, o el que escribió los Evangelios, que es el único del que ciertamente sabemos que la empleaba constantemente? Los judíos estaban acostumbrados a la hecatombe; sacrificaban bueyes y corderos en cuanta oportunidad les dieran. Creía esa raza bárbara que estos sacrificios agradaban a su Dios Jehová, y por lo tanto los gemidos que lanzaban los pobres animales eran como música para el alma de los sacrificadores, porque anunciaban la muerte que serviría, o bien de ofrenda, o bien como expiación de los propios pecados. No sería raro entonces que los judíos se sintieran bien al escuchar esos lamentos, y que les hicieran propaganda en cuanto lugar pudieran, incluidos los versículos del Nuevo Testamento.

Luego está la curiosa historia de la higuera, que siempre me ha intrigado. Recuerdan lo que ocurrió con la higuera. "Tuvo hambre. Y como viese a lo lejos una higuera con hojas, en camino se halla por ver si encontraba en ella alguna cosa: y llegando, nada encontró sino follaje; porque no era a un tiempo de higos; y hablando a la higuera le dijo: «nunca jamás, ya nadie tomará fruto de ti»... y Pedro... le dijo: «Maestro, mira cómo la higuera que maldijiste se ha secado». Esta es una historia muy curiosa, porque que ya no era la época de los higos, y en realidad no se puede culpar al árbol. Yo no puedo pensar que, ni en virtud ni en sabiduría, Cristo esté tan alto como otros personajes históricos. En estas cosas, pongo por encima de él a Buda y a Sócrates.
Ibíd., p. 30

En lo único en que Buda y Sócrates superaron a Jesús es en haberse sabido rodear de discípulos que supieran escribir y así poder retratar sus vidas más o menos verídicamente. Jesús no tuvo un Platón o un Ananda como aprendiz; su reputación histórica sería hoy mucho más admirable de haber tenido esa suerte. Y respecto a la historia de la higuera, quien crea que Jesús era capaz de putear a un árbol porque éste no tenía frutos en la época en que nunca los tiene...; quien crea que, además de putearlo, era capaz de secarlo mágicamente, sin tomarse la molestia de quitarles la humedad a sus raíces por algún medio que no entre en contradicción con las leyes de la naturaleza...; quien crea que esta historia es verdadera, cree también que los chinos viven cabeza abajo y agarrados a los árboles para no caer al vacío.

Uno halla, al considerar el mundo, que todo el progreso del sentimiento humano, que toda mejora de la ley penal, que todo paso hacia la disminución de la guerra, que todo paso hacia un mejor trato de las razas de color, que toda mitigación de la esclavitud, que todo progreso moral realizado en el mundo, ha sido obstaculizado constantemente por las iglesias organizadas del mundo. Digo deliberadamente que la religión cristiana, tal como está organizada en sus iglesias ha sido, y es aún, la principal enemiga del progreso moral del mundo.
Ibíd., p. 31

Hay una confusión en tu cráneo, Bertrand. La Iglesia como institución no sólo no es algo sinónimo a la verdadera religión, sino que además, como regla casi general, se le contrapone. Vos sos el típico ejemplo del que razona de la siguiente manera: "La Iglesia es corrupta e inmoral; luego, Dios no existe". Por supuesto que tu conciencia negará este infantilismo y lo cubrirá de racionalizaciones, pero ¿sabés una cosa?: no le creo a tu conciencia más que a tus impulsos de desprecio, que por otra parte son exagerados, porque de creer, como creo yo, que la iglesia fomenta ciertos vicios en el corazón de la gente, a creer que es "la principal enemiga del progreso moral del mundo", hay un abismo, un abismo de odio que no sé en dónde lo aprendiste, pero seguramente no te lo enseñó un cura.

A todos los muchachos les interesan los trenes. Supongamos que se les dice que el interés por los trenes es malo; supongamos que se les venden los ojos siempre que están en un tren o en una estación de ferrocarril; supongamos que nunca se permita que la palabra "tren" se mencione en presencia suya, y se mantenga un misterio impenetrable en cuanto a los medios por los cuales se les transporta de un lugar a otro. El resultado no sería hacer que cesase el interés por los trenes; por el contrario, los muchachos se interesarían más por ellos, pero tendrían una morbosa sensación de pecado, porque este interés se les ha presentado como indecente. Todo muchacho con inteligencia activa, puede, por este medio, convertirse en un neurasténico. Esto es precisamente lo que se hace en materia de sexo; pero, como el sexo es más interesante que los trenes, los resultados son aún peores. Casi todo adulto de la comunidad cristiana tiene una enfermedad nerviosa como resultado del tabú en el conocimiento del sexo cuando era muchacho. Y este sentimiento de pecado, implantado artificialmente, es una de las causas de la crueldad, timidez y estupidez en las etapas posteriores de la vida. No hay motivo racional de ninguna clase para impedir que el niño se entere de un asunto que le interesa, ya sea sexual o de otra clase. Y no tendremos jamás una población sana hasta que este hecho haya sido reconocido en la primera educación, cosa imposible mientras las iglesias dominen la política educacional.
Ibíd., p. 38

¡Bien, Bertrand! Ya ves que, de vez en cuando, coincidimos. Lo que sí, te faltó jugarte un poco más. Te faltó el grito final, el que todos nuestros jóvenes y no tan jóvenes esperan escuchar de parte de un pensador reconocido, y que dice más o menos así: ¡Adolescentes del mundo, masturbaos!

El énfasis cristiano acerca del alma individual ha tenido una profunda influencia sobre la ética de las comunidades cristianas. Es una doctrina fundamentalmente afín a la de los estoicos, nacida, como la de ellos, en comunidades que no podían tener ya esperanzas políticas.
Ibíd., p. 42

Y vos, Bertrand, ¿tenías esperanzas políticas? ¿Sí? ¡Iluso! Después de observar los acontecimientos políticos que signaron desde siempre a la humanidad, ¿quién es más ingenuo, el que cree en la inmortalidad del alma o el que hace votos por una sociedad ideal constitucionalmente regida?[3]

Cuando un hombre actúa de forma que nos molesta, queremos pensar que es malo, y nos negamos a hacer frente al hecho de que su conducta molesta es un resultado de causas antecedentes que, si se las sigue lo bastante, le llevan a uno más allá del nacimiento de dicho individuo, y por lo tanto a cosas de las cuales no es responsable en forma alguna.
Ibíd., p. 48

¡Hasta que dijiste algo trascendente!

No podemos suponer que el pensamiento del individuo sobreviva a la muerte corporal, ya que ésta destruye la organización del cerebro y disipa la energía que utilizaban los conductos cerebrales.
Ibíd., p. 56

Y ¿quién te dijo que la inmortalidad del alma de un individuo equivale a la inmortalidad de su pensamiento? No sé qué sea lo que me sobrevivirá cuando yo muera, ni tengo la certeza de que algo va a sobrevivirme; pero me parece que si hay algo que queda, ese algo no es mi conciencia ordinaria.

No puedo probar que mi concepto de la vida buena sea acertado; sólo puedo exponer mi punto de vista, esperando que lo acepte la mayor cantidad de gente posible.
Ibíd., p. 62

Lo mismo digo.

La educación ética consiste en fortalecer ciertos deseos y debilitar otros.
Ibíd., p. 67

Brillante definición. De paso, digamos que la educación ética es el asunto más noble de todos cuantos ha de encargarse la sociedad.

Pensamos mal de la gente que es derrochadora o temeraria, aun cuando sólo se hagan daño a sí mismos.
Ibíd., p. 68

Los derrochadores se hacen daño a sí mismos pero también a otros, ya que el dinero que emplean en la compra de artículos innecesarios podría muy fácilmente transformarse en comida o abrigo destinados a los niños que diariamente sufren hambre y frío y hasta mueren por eso.

Las guerras […] son el producto de la pasión, no de la razón.
Ibíd., pp. 68-9

No todas las guerras son el producto de las bajas pasiones; hay también guerras producidas por las bajas razones e incluso por los bajos instintos. Generalmente la guerra es el efecto causado por una ingesta colectiva de un cóctel que tiene todos estos ingredientes, aunque en proporciones diversas según el caso.

Un cierto porcentaje de niños tiene el hábito de pensar; uno de los fines de la educación es curarlos de dicho hábito.
Ibíd., p. 72

Lamentablemente es así en algunos casos. Y lo mismo para los jóvenes en las universidades.

Todos los que se han molestado en estudiar la psicología morbosa saben que la virginidad prolongada es, en general, extraordinariamente dañina para las mujeres.
Ibíd., p. 72

Y también, en general, para los hombres.

El fin del moralista es mejorar la conducta del hombre.
Ibíd., p. 80

El verdadero moralista no aspira a mejorar la conducta del hombre sino al hombre completo, que es mucho más que su mera conducta.

La ciencia tiene que aprender con el tiempo a moldear nuestros deseos de modo que no choquen con los de otra gente hasta el punto en que lo hacen ahora; entonces podremos satisfacer una mayor proporción de nuestros deseos. En ese sentido, pero sólo en ese sentido, nuestros deseos se habrán hecho "mejores".
Ibíd., p. 88

Esa es la misión de la ciencia moral.

El mundo en que vivimos puede ser entendido como resultado de la confusión y el accidente; pero, si es el resultado de un propósito deliberado, el propósito tiene que haber sido el de un demonio.
Ibíd., p. 94

Nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira. Quienes son más infelices que felices ven el mundo a través de un cristal opaco que les sugiere un gobierno azaroso o demoníaco; quiénes son más felices que infelices ven el mundo a través de un cristal de brillantes colores que les sugiere que detrás de la máquina está la fuerza del Amor. Pero para llegar a ver la Verdad, es necesario prescindir de todo cristal, de los opacos y de los brillosos, y ver el mundo tal cual es, sin intermediaciones. Mejor así, porque ¿para qué queremos ver a un tipo disfrazado de Rey Momo cuando el tipo disfrazado es el Rey Momo en persona?

Cuando un niño sube los estantes de la cocina y rompe toda la porcelana, los padres suelen enfadarse. Sin embargo, su actividad es esencial para su desarrollo físico. En un medio hecho para los niños, tales impulsos sanos y naturales no necesitan ser contenidos.
Ibíd., de. 142

Viene al caso una frase de Gordon Shumway, el célebre filósofo melmaciano: "Las tradiciones son como los platos: se hicieron para romperse".

El Estado de Nueva York sostiene oficialmente aún [1930] que la masturbación produce locura.
Ibíd., de. 144

Sí, produce locura... a quien la desea y la reprime.

La mayoría de los moralistas han tenido tal obsesión del sexo que han descuidado otras clases de proceder éticamente laudables y mucho más útiles socialmente.
Ibíd. , p. 157

La riqueza material, por ejemplo, es mil veces más nefasta social e individualmente que la promiscuidad sexual.


[1] (Nota añadida el 8/11/12.) "Dice Voltaire, ¿estamos seguros de que Jesús dijese realmente todo lo que los Evangelios ponen en boca suya? ¿Y sabemos, además, qué sentido atribuiría a sus palabras, las cuales, por lo demás, no han llegado a nosotros en su propia lengua y que, siendo como son metafóricas muchas de ellas, admiten las más diversas interpretaciones? [...]. A su juicio, las supuestas sentencias de Cristo cuyo sentido deja menos margen a la duda y a la discusión son aquellas en que se predica el amor de Dios y el amor del prójimo, es decir, la moral común" (David Friedrich Strauss, Voltaire, p. 200).
[2] (Nota añadida el 10/3/6.) Yo no soy el único, ni mucho menos, que compara y equipara la figura del genio judío con la del genio griego; ahí está, por ejemplo, David Friedrich Strauss afirmando que "este Sócrates, que no fue un filósofo encerrado y limitado a un auditorio de escuela, sino un maestro popular y familiar, cuya vida es la expresión acabada de la virtud y de la verdad por el enseñada, que murió mártir de sus convicciones, de sus esfuerzos y la ceguera de sus conciudadanos; este Sócrates ofrece relaciones con Jesucristo, que siempre han admirado los espíritus reflexivos. En efecto, a pesar de la profunda diferencia proveniente del contraste de los dos pueblos y las dos religiones, toda la antigüedad anterior al cristianismo, sin exceptuar la antigüedad hebraica, no presenta figura alguna que tenga más analogía que Sócrates con Jesucristo" (Nueva vida de Jesús, secc. XXIX).
[3] (Nota añadida el 9/11/12.) La palabra "ideal" tal vez esté aquí mal empleada. Russell, me parece, nunca fue partidario de los idealismos sociales ni de las utopías.