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sábado, 17 de noviembre de 2018

El turista según Julio Camba


"El turista es un hombre impermeable. El espíritu de los países que recorre no le penetra jamás. Es un hombre que no se entera de nada, que no se mezcla nunca a la vida de los pueblos, que no influye en ellos ni se deja influir por ellos, que atraviesa las ciudades sin dejar rastro ninguno tras de sí. [...] recorren toda Europa en quince días. […] Lo ven todo en quince días, y si antes del viaje tenían una visión más o menos exacta de Europa, después no tienen ya visión alguna" (“El fracaso del turismo”, ensayo incluido en Playas, ciudades y montañas, p. 145).

lunes, 5 de noviembre de 2018

El espíritu de sistema en filosofía


“Yo desconfío de todos los sistemáticos y me aparto de su camino. La voluntad de sistema es una falta de honestidad”, escribe Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos, y Cioran lo secunda: “La peor forma de despotismo es el sistema, en filosofía y en todo” (Del inconveniente de haber nacido). Contra esta protesta, que es protesta de impotencia, opongo esta cita de Novalis: “El verdadero sistema filosófico tiene que unir libertad e infinitud; o, dicho de un modo sorprendente, tiene que poner en un sistema la falta de sistema. Solo un sistema de este tipo puede evitar los errores del sistema y no ser acusado de injusto o de anárquico” (Estudios sobre Fichte y otros escritos, § 648).

domingo, 4 de noviembre de 2018

El boom Pessoa


El boom Pessoa comenzó en 1985, cuando en ocasión del cincuentenario de su muerte, fue objeto de múltiples homenajes y su cuerpo fue situado en el Monasterio de los Jerónimos, junto a Luís de Camões y Vasco da Gama. Cincuenta años pasaron desde su fallecimiento hasta la consolidación de su fama. Franz Kafka necesitó solo la mitad de este tiempo para masificarse. ¿Cuántos años necesitarán mis letras para cobrar fama una vez que yo fenezca?

jueves, 18 de octubre de 2018

Pessoa eterno


Neófito, no hay muerte.
Fernando Pessoa, “Iniciación”

“¡Luz, más luz!”. Esas fueron, según la leyenda, las últimas palabras de Goethe. Fernando Pessoa, admirador del poeta alemán, no se quiso quedar atrás. Después de tres días de internación en el Hospital San Luis de los Franceses de Lisboa, y ya en plena agonía,

abrió los ojos, miró en torno, y viendo que no veía [...], pidió que le dieran sus lentes. “Denme los anteojos”, murmuró, semicerrando los ojos neblinosos. Fueron estas sus últimas palabras. Como Goethe, pero sin ostentación ni solemnidad, con la modestia de un “corresponsal extranjero de casas comerciales”, el poeta pedía la única cosa que, en verdad, le volvía el mundo más claro, en su ilusoria apariencia: los anteojos que el oftalmólogo le había recetado (JGS, p. 497).

Goethe pidió luz. Pessoa ya la tenía, solo necesitaba sus anteojos para poder aprovecharla. Hasta en sus últimos momentos quiso ver. Quizá, como Alberto Caeiro, quiso ver sin entender; quizá quiso las dos cosas. ¿Y qué vio y qué conoció en ese instante postrero? Lo que, como iniciado que era, anhelaba:

Avispero de contradicciones, polípero de imágenes, enjambre de personalidades, ventarrón de concepciones; de una verdad estaba seguro finalmente: de que muriendo comenzaba a vivir (ibíd., p. 499).

Si comenzó para él la vida eterna en ese instante, no lo sabemos. Sí sabemos que comenzó este mundo terrenal a conocerlo, a venerarlo e incluso a quererlo como en vida no lo quisieron. Fernando Pessoa, muriendo, se hizo eterno en nosotros, comenzó a vivir en nosotros. Su literatura consiguió ese milagro. El otro, el que realmente interesa, mejor que quede en el misterio.
No busques ni creas: todo es oculto.

miércoles, 17 de octubre de 2018

El hombre de genio no es de su tiempo


Decía Pessoa, parafraseando a Goethe, que el hombre de genio solo es de su tiempo por sus defectos, esto es, por las limitaciones de su genio. O lo que es lo mismo: el hombre de genio solo es de su tiempo en la medida en que no es un hombre de genio.
Supongamos, como a veces supongo, que yo soy un genio. ¿Por qué asunto seré admirado inmediatamente después de publicado este diario? Primeramente, por mis narraciones disolutas, por mis desbordes alcohólicos y sexuales. Es decir, por lo más alejado a la genialidad que tiene mi literatura. Luego las generaciones venideras terminarán admirando mi teoría ética. Se cumplirá así en mí la regla de Goethe-Pessoa.

9:28 a.m.
Pessoa –ya lo he dicho-- se sospechaba genial. “Se me puede imputar la creencia de que soy un genio. ¡Me resigno a ello sin objeciones!” (EGL, p. 48). Y Bernardo Soares lo confirma:

Proyectos, los he tenido todos. La Ilíada que compuse tuvo una lógica de estructura, una concatenación orgánica de epodos que Homero no podía conseguir. La perfección estudiada de mis versos por completar en palabras deja pobre la precisión de Virgilio y floja la fuerza de Milton. Las sátiras alegóricas que hice sobrepasaron todas a Swift en la precisión simbólica de los particulares exactamente ligados. ¡Cuántos Verlaines he sido! (LDD, § 329).

 Mi propia genialidad está más en duda que la de Pessoa[1], pero tal vez sea lo que explica mis proverbiales impericias para casi todo lo que no sea escribir:

El hombre de genio, en la medida en que es competente dentro de su oficio, es incompetente en otros. Y lo es en un grado superior a otros hombres, porque es esclavo de su oficio hasta un punto al que ningún trabajador llega. Asombra más y causa mayor pesar descubrir a un poeta capaz de dibujar, que encontrar un carpintero que sepa cuidar flores. En este último caso, la especialización solo abarca las facultades que cualquier obligación profesional exige; en el primero, abarca cualidades de sentimiento, de emoción, de meditación, que no solo no intervienen en otras actividades profesionales, sino que no deben participar, a fin de que no peligre la ejecución perfecta. [...] El hombre de genio, en la medida en que nace competente para su oficio creador, es inepto para un gran número de cosas de la vida social (EGL, pp. 52-3).

¿Y pretenden que además deje los vidrios de la casa inmaculados y conduzca como un as del volante? El hombre de genio apuesta todo a su obra y no se ocupa que nada que no se relacione, directa o indirectamente, con ella. Cita Pessoa el ejemplo de Oscar Wilde, quien era un literato a medias, pues “se dedicaba a la cultura de la conversación y de todas las complejas futilidades que la mera convivencia implica” (p. 53). Tenía pasta de genio, pero no llegó a serlo por haber permanecido largo tiempo imbuido en esas fruslerías de salón. Pero es que en realidad la materia prima de la genialidad no estaba presente en alto grado en este artista; de ser así habría sentido repulsión y no atracción por ese mundillo de tertulias y banquetes. El propio Wilde lo dijo: Puse todo mi genio en mi vida, y solo mi talento en mis obras”. Fue una lástima que así haya sido. Una lástima para la posteridad, una alegría para quienes lo trataron.
La marca del genio —al menos del genio filosófico o artístico— es la incomodidad ante lo social excesivo. Si después socializa, por obligación o por lo que fuere, es otro tema, el hecho esencial es que sienta desagrado ante esta socialización. Hay excepciones a esta regla: Sócrates es la más concluyente.

12:39 P.M.
Un joven Pessoa escribe, entusiasmado, esta declaración el día 21 de noviembre de 1914:

Hoy, al tomar la decisión de ser Yo, de vivir a la altura de mi tarea y por consecuencia despreciar la idea de atraer la atención y mi sociabilidad plebeya, he entrado en plena posesión de mi Genio y tengo la divina conciencia de mi Misión (AP 2003).

Tenía a la sazón veintiséis años.
¿Cuándo tomé conciencia de mi misión divina y comencé a sospechar una posible genialidad en mi escritura o en mis pensamientos? En 1995 (véanse las entradas del 25/7/95 y 17/10/95). Tenía a la sazón veintiséis años.
Creo que Pessoa, previo paso por algún otro cuerpo, reencarnó en mí.


[1] También Pessoa, en ciertos momentos de duro pesimismo, descreía de su genialidad: “¿Genio? En este momento / cien mil cerebros se consideran en sueños genios como yo, / y la historia no marcará, ¿quién sabe?, ni a uno de ellos, / ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras. / No, no creo en mí” (Álvaro de Campos, “Tabacaria”, AP 163).

martes, 16 de octubre de 2018

Genio y locura en Pessoa


Nunca hubo un gran ingenio sin alguna mezcla de locura.
Séneca, De la tranquilidad de ánimo, cap. XVII

Para ser un genio hay que estar un poco loco. Pero solo un poco, no demasiado. No existe una relación directa entre el grado de genialidad y el de locura. Más bien sucede al revés, que siendo necesaria la locura para que aparezca la genialidad, si la locura es excesiva, la genialidad no despega:

La afirmación [...] según la cual el tamaño del genio corresponde al de la neurosis, es absolutamente falsa. No es en los altos picos de la genialidad donde encontramos la locura; es, más bien, en los niveles inferiores de la capacidad de innovación humana. Un Dante, un Milton, Un Goethe, un Víctor Hugo no son patentemente neuróticos, solo lo son si los sometemos a una investigación paciente. Pero en los genios de segundo o tercer orden [...] la neurosis o la locura se manifiestan patentemente (Fernando Pessoa, EGL, pp. 136-7).

No exageremos nuestras locuras si no queremos pasar a la posteridad como genios menores. Y demos gracias al Cielo por esta bendición maldita. Bendición no hay duda de que lo es, porque la obra del genio hace más llevadera la vida de los que aprendieron a valorarla. Pero es una bendición flaca para el que la carga, porque según Pessoa lo vuelve nervioso, desamorado, triste y desasosegado:

El hombre de genio nace extremadamente nervioso [...], aunque también en condiciones y bien preparado para un tipo de trabajo que cada vez más socava su constitución nerviosa. Vemos así que el genio existe gracias a una característica —un temperamento extremadamente nervioso— que también lo tortura, que reacciona contra sí.

El artista fuerte mata en sí mismo no solo el amor y la piedad, sino las mismas semillas de la piedad y el amor. Se hace inhumano en virtud de su gran amor por la humanidad; de ese amor que lo impulsa a crear arte para el hombre.

El genio es la mayor maldición con la cual Dios puede bendecir a un hombre. Debe ser sobrellevado con las mínimas quejas y lamentos posibles, con la mayor conciencia que alguien pueda tener de su tristeza divina (ibíd., pp. 142 y 57).

11:48 p.m.
Existen, según Pessoa, tres tipos de genios: los genios artísticos o filosóficos, los genios políticos y los genios militares. Los primeros remodelan el psiquismo de las aristocracias; los segundos, el de las clases medias; los terceros, el de las clases bajas. Las ideas filosóficas

actúan primero sobre las élites. De esas élites salen los políticos que dominan al pueblo, y que, inevitablemente, de un modo u otro, se dejan influenciar por esas ideas rectoras (EGL, p. 45).

Yo no creo ser un genio, pero hay días en que abrigo alguna esperanza. Y si soy genial, mi genialidad filosófica no influirá, como dice Pessoa, en las aristocracias, sino que recalará directamente, sin intermediarios, sobre el psiquismo de las clases medias.

lunes, 15 de octubre de 2018

Pessoa el fracasado


Aunque siempre querido por sus familiares, “Fernando Pessoa fue considerado siempre un fracasado. Al fin y al cabo, no había rematado sus estudios universitarios, no disfrutaba de un empleo estable, no había hecho fortuna ni había ascendido en la escala social” (CT, p. 43). Yo también era considerado un fracasado por mis familiares… hasta que conocieron mi casa en Escobar. Literariamente, sin embargo, todavía siguen suponiendo que soy un fracaso.

12:20 a.m.
Pessoa y sus heterónimos —en especial Álvaro de Campos— utilizaban con cierta frecuencia la palabra mierda. En eso también nos parecemos: tan solo en mi libro primero la escribí cuarenta y cinco veces.

2:10 P.M.
Pessoa no era un ser colérico. “Siempre fue extremadamente delicado, fácil de contentar, no recuerdo verlo enfadado nunca”, dijo su medio hermana Henriqueta Madalena. Y Teca —otra de sus medio hermanas— lo confirma: “Nunca lo vi exaltado” (citadas en CT, pp. 61-2). Yo tampoco me exalto con nadie, excepto conmigo mismo. ¿Pessoa se exaltaba con él mismo? No hay registros. Creo que su ataraxia era mayor que la mía.

5:29 P.M.
Según Pessoa, “se crece mentalmente hasta los cuarenta y cinco años” (carta a João Gaspar Simões, AP 2987). Si entendemos esto en un sentido puramente intelectual y raciocinante, yo creo también que la mente, a una determinada edad, comienza su descenso, pero ubico este punto de inflexión —hablando en general, puesto que no es el mismo en todos los individuos— bastante más allá de donde lo pone Pessoa: en honor a Kant, lo supongo a los sesenta. ¿Se me fue la mano? Veremos. Veremos qué ideas concibo dentro de diez años.

8:30 p.m.
Habiendo sido criado en Durban, en donde las tormentas son singulares por lo intensas y ruidosas, quedole a Pessoa un pavor a estos meteoros que lo acompañó durante toda su vida. Almada Negreiros, en relación a esto, relató un incidente ocurrido en el café Martinho da Arcada, cómico para todos excepto para el propio Pessoa:

Exploto súbitamente una tremenda tormenta de truenos y una memorable tempestad. Lluvia y más lluvia, con ruido, viento, relámpagos, truenos, un no parar. Fui a la puerta y grité hacia fuera — ¡Vivan los rayos! ¡Vivan los truenos! ¡Viva el viento! ¡Viva la lluvia! Cuando volví a la mesa ya no estaba. Pero había un pie bajo la mesa. Era él completo. Tiré de él, pálido como un difunto transparente. Lo levanté inerte si no muerto (citado en CF, p. 75).

En carta a Gaspar Simões, Pessoa parece querer explicar ese comportamiento: “Solo la falta de dinero (en el momento mismo) o un tiempo de tormenta (mientras dura) son capaces de deprimirme” (AP 1072).  Pero ese pie que asomaba por debajo de la mesa no indicaba una depresión, sino un terror pánico.
Me alegro de que en Buenos Aires —la ciudad en donde nací, la ciudad que seguramente me verá morir— las tormentas no sean tan terroríficas como en Durban.

domingo, 14 de octubre de 2018

Pessoa y el olor de la gloria


Habla el Barón de Teive (semiheterónimo de Pessoa, igual que Bernardo Soares):

Para que un hombre pueda ser distintivamente y absolutamente moral, tiene que ser un poco estúpido. Para que un hombre pueda ser absolutamente intelectual, tiene que ser un poco inmoral. No sé qué juego o ironía de las cosas condena al hombre a la imposibilidad de esta dualidad en grande (La educación del estoico, p. 18).

Esto es algo parecido a lo que decía Jules Renard: "El amor mata la inteligencia. Como en el reloj de arena, el uno solo se llena si el otro se vacía". Ya refuté este aforismo en su momento (ver las entradas del 6/1/96 y 20/7/97), solo agrego ahora que según mis estudios plasmados en la entrada del 20/10/97, el individuo ideal, aquel que mantiene sus tres componentes temperamentales en perfecto equilibrio, posee a la vez un máximo de bondad unido a un máximo de inteligencia (trascendente).

9:22 A.M.
“Teive es el propio Pessoa. [...] Es aristócrata, como se imagina Pessoa, y adinerado, como Pessoa quería ser” (CF, p. 380). Sí, quería ser millonario, no tenía ningún prurito ético que se lo impidiera. La única condición era que sus millones no le impidiesen escribir. Tener dinero no para disfrutarlo, sino para comprar tiempo dedicado a la escritura. Pero nunca lo consiguió, nunca dispuso de demasiado dinero —excepto cuando recibió la herencia de su abuela Dionísia, que dilapidó rápidamente como ya hemos visto—.
Pessoa quería ser rico pero nunca lo fue; yo quiero ser pobre y soy rico. En estos asuntos no nos parecemos.

10:52 A.M.
El genio literario, ¿debe o no debe ocuparse de hacer lo necesario para que su legado perdure? Eso depende, dice Pessoa, del tipo de hombre que el genio sea:

El interés deliberado de un genio por sus obras, la publicación cuidadosa de ellas y su organización pensando en la posteridad dependen de si ese genio es un hombre de voluntad firme y de propósitos fijos, alguien que se preocupa mucho por sí mismo. Basta que sea un borracho empedernido para que toda la preocupación se vaya a la porra (EGL, p. 276).

Parece dar a entender que no se preocupará por estas cuestiones, que solo escribirá lo que tenga que escribir y que del ordenamiento y la publicación se preocupen los demás si es que quieren. Pero sabemos que no fue así.

En varias oportunidades se refirió Pessoa, en los últimos años de su vida, al propósito de cambiar de domicilio y buscar en algún lugar de los alrededores de Lisboa una vivienda más adecuada que le permitiese ordenar y rematar la obra. [...] Son varias las fuentes que señalan que en los últimos tiempos de su vida Pessoa asumió un esfuerzo, al parecer no compensado por el éxito, encaminado a ultimar de forma razonable su obra. (CT, p. 212 y 214).

El mismo Pessoa lo cuenta en una carta a Ofelia:

…Es la ocasión de realizar mi obra literaria, completando unas cosas, agrupando otras, escribiendo otras que están por escribir. Para realizar esa obra necesito tranquilidad y cierta soledad.  […] Toda mi vida futura depende de si consigo hacer esto pronto (carta del 29/9/29, citada en Cartas a Ophélia, p. 108).

Ciertamente fue grande su preocupación por darle un formato coherente a todo el material acumulado, aunque su ocupación no estuvo a la altura de su preocupación.
En una carta fechada el 28 de julio de 1932 dirigida a João Gaspar Simões, escribe Pessoa: “Estoy comenzando —lentamente, porque no es cosa que pueda hacerse con rapidez— a clasificar y revisar mis papeles” (AP 1087). Afirma Simões que Pessoa estaba convencido de que se iba a morir tempranamente y que por ello tenía que apurarse. “Había pues que encerrarse en casa, poner manos a la obra y aprovechar el tiempo de vida que le quedaba —los astros no le prometían longevidad— para organizar su obra y comenzar la publicación de sus libros” (JGS, p. 486). Tres años después lo sorprendió la muerte[1] sin haber concluido aquellas revisiones y clasificaciones. Yo tengo el deseo de publicar los primeros libros de este diario en el 2043, por lo cual, si no quiero quedar a medio camino de la revisión total como quedó Pessoa, deberé comenzar esta labor como muy tarde en el 2035.

1:10 p.m.
El único libro completo que Pessoa publicó en vida fue Mensaje, en 1934. Días antes de la publicación, escribió lo siguiente: “El hecho de que vaya a publicar un libro cambiará mi vida. Ya no estaré inédito —así pues, algo pierdo” (PDN, § 128). Eso que se pierde al publicar, o que se puede perder, es la humildad. Y suele suceder que junto con la humildad se vaya también el estilo. Por eso trataré de publicar mi diario lo más tarde posible, —aunque no tan tarde como para correr el riesgo de morirme antes, porque no estoy para nada persuadido de que la posteridad se tomará el trabajo de publicarlo por mí—.
“Tal vez la gloria —especula Pessoa— tenga un sabor a muerte y a inutilidad, y el triunfo un olor a podrido” (AP 3635). Publicar, y que los contemporáneos se interesen por esa publicación, es resignarse a vivir con un resabio en la boca y un broche en la nariz.


[1] Según Raúl Leal, en 1935 Pessoa creía, de acuerdo a lo que decía su carta astral, que le quedaban todavía dos años de vida (cf. CT, p. 214).

sábado, 13 de octubre de 2018

Pessoa como lector

Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
 Jorge Borges, “Un lector”

Los dos autores con mayor presencia en la biblioteca personal de Pessoa fueron ingleses. El más leído fue J.S. Fletcher, cuyas novelas policiales devoraba el portugués con fruición (tenía veintisiete de sus libros), y el segundo un tal John Mackinnon Robertson, negador de la figura de Jesús, crítico literario y político liberal; Pessoa contaba con veintitrés de sus libros, entre ellos Christianity and mythology (1900), Pagan christs (1903), The historical Jesus (1916) y Jesus and Judas (1927) (cf. CF, p. 478).
¿Qué primera reflexión me viene a la mente luego de anoticiarme de este sorprendente dato? Sencillamente que hay que ser muy genio, demasiado genio, para haber escrito como escribía Pessoa habiendo escogido este material de lectura.

2:26 a.m.
Pessoa “escribió en vida cerca de 30.000 papeles que tuvieron como tema, casi siempre, a él mismo o lo que le era próximo [...]. Algo equivalente a casi 60 libros de 500 páginas” (CF, p. 14). Y esta producción se aceleró conforme se acercaba el momento de su muerte. Pero ¿le conviene a un escritor ser tan prolífico? ¿No es mejor tomarse las cosas con un poco más de calma? Yo creo que sí. Dijo Santiago Ramón y Cajal: "Los más grandes laboriosos son los que han aprendido a administrar metódicamente su pereza. La actividad febril, paroxística, cae rápidamente en la fatiga y en la desilusión; deteriora la máquina antes de haber logrado refinar el producto" (Charlas de café, p. 161). No digo que la máquina-Pessoa —máquina de escribir, nunca mejor empleada la locución— se haya deteriorado a causa de la profusa escritura, porque se sabe que lo que lo mató fue el alcoholismo, pero tal vez este ímpetu haya acelerado el proceso. O tal vez lo que sucede es que el espíritu, presintiendo el derrumbe, se apura lo más que puede para concluir su tarea. Digo esto porque a Nietzsche y a Van Gogh les pasó lo mismo: aceleraron a fondo en el tramo final de la cordura y de la vida. Voy a tener esto en cuenta: si en el futuro me agarra una desesperación incontrolable por escribir, una diarrea literaria imposible de solidificar, será seguramente porque ya estoy cerca del cementerio o del manicomio.

9:41 A.M.
Repudiaba Pessoa los avances de la tecnología: “Dispenso y detesto vehículos, dispenso y detesto los productos de la ciencia —teléfonos, telégrafos— que vuelven la vida fácil, o los subproductos de la fantasía; gramófonos, receptores hertzianos. Nada de eso me interesa” (citado en CF, p. 119). Comenta Cavalcanti que más tarde “se acostumbró a escuchar los éxitos musicales de Londres, Madrid, Nueva York, París y Roma” desde un gramófono instalado en la sala de visitas de su domicilio de la calle Coelho da Rocha. Y además hay que ser muy cauto cuando uno realiza una declaración de este tipo, porque por ejemplo, ¿no es un simple par de anteojos un producto de la ciencia que vuelve la vida más fácil de lo que sería si no contáramos con él? Habría que hacer una distinción entre los productos de la ciencia que, a fin de cuentas, se nos han tornado imprescindibles —como los anteojos— y aquellos otros que, como los gramófonos o la radio, simplemente nos hacen la vida más llevadera. Tal vez Pessoa solo renegaba de estos últimos, pero así y todo me niego a creer que no disfrutaba de las canciones que aquel gramófono instalado en su casa reproducía.

11:49 A.M.
Dijo Álvaro de Campos:

Todos tenemos dos vidas: la verdadera, que es la que soñamos en la infancia, y que continuamos soñando cuando adultos, en un sustrato de niebla; la falsa, que es la que vivimos en la convivencia con los otros, que es la práctica, la útil, aquella en la que acaban por meternos en el ataúd (“Dactilografía”, AP 86).

Yo vivo hoy, en casi la totalidad de mi tiempo, en la vida falsa. Mi vida verdadera se da solamente en los momentos que utilizo para leer y escribir.

viernes, 12 de octubre de 2018

Pessoa el nómade


El marinero de corazón oscuro sabe
que hay hogares felices porque no son suyos.
Fernando Pessoa, “Desolation”

A pesar de que casi nunca salió de Lisboa, gustaba Pessoa del nomadismo:

Entre 1905 y 1920, el momento del asentamiento definitivo en la casa de la rua Coelho de Rocha, el poeta cambió de domicilio quince o veinte veces. En la larga lista de viviendas que habitó se contaban, por lo demás, casas enteras y cuartos alquilados. [...] No sabemos a ciencia cierta, por lo demás, por qué el poeta cambió de vivienda al ritmo de una vez por año. Zenith sugiere al respecto que en el fondo le debía complacer (CT, p. 85).

El lugar más incómodo que tuvo como vivienda fue el que ocupó entre enero de 1915 y finales de 1916. En ese entonces lo encontramos

instalado en el lúgubre sótano de una lechería, [...] durmiendo de prestado, gracias a la veneración de un hombre iletrado que acostumbraba asistir a la tertulia de la Brasileira devorando las palabras del poeta, con los ojos extasiados, como si estuviera oyendo a un dios del Olimpo. [...] El sótano [...] medía más de dos metros de ancho por dos y medio o tres de largo, y donde apenas cabía un catre, el catre donde el pobre poeta pasaba sus noches (JGS, pp. 238-9)[1].

Luego pasó por otros tres o cuatro lugares hasta que por fin, en 1920, su madre, viuda por segunda vez y muy enferma, regresó a Lisboa proveniente de Sudáfrica y Pessoa se mudó con ella, viviendo en la casa alquilada por Teca, una de sus medio hermanas, en un pequeño cuarto, hasta el final de su vida.
Ángel Crespo especula que tanto cambio de domicilio se debía, en parte, a que no quería ser molestado por los amigos y conocidos que ya sabían su dirección (cf. sus Estudios sobre Pessoa, p. 10). Más allá de la anhelada privacidad y de las razones económicas que en algunos momentos lo obligaron a mudarse, instalarse definitivamente no lo convencía. Tenía espíritu de bohemio y de gitano.

11:58 p.m.
El cuarto que ocupó Pessoa en su última casa, la de la rua Coelho da Rocha, era “pequeño, oscuro, caliente. Deprimente, según su testimonio. Y sin ninguna ventana” (CF, p. 313). Alberto Caeiro, premonitoriamente, escribe en 1914: “Mi cuarto es una cosa oscura con paredes vagamente blancas” (El guardador de rebaños, XLIV). En ese cuartucho escribió durante sus últimos quince años. La escritura, en los auténticos escritores, se abre paso ante cualquier adversidad. Una vida desértica que sin embargo, en ese desierto, engendra flores.


[1] Según Eduardo Freitas da Costa, no vivió en este sótano dos años, sino un mes y medio, y ese lugar no habría sido tan pequeño e incómodo como lo pinta Simões (cf. CT, p. 110). Cavalcanti Filho tampoco le cree al primer biógrafo (cf. CF, p. 481).