"El turista es un hombre impermeable. El espíritu de los
países que recorre no le penetra jamás. Es un hombre que no se entera de nada,
que no se mezcla nunca a la vida de los pueblos, que no influye en ellos ni se
deja influir por ellos, que atraviesa las ciudades sin dejar rastro ninguno
tras de sí. [...] recorren toda Europa en quince días. […] Lo ven todo en
quince días, y si antes del viaje tenían una visión más o menos exacta de
Europa, después no tienen ya visión alguna" (“El fracaso del turismo”, ensayo
incluido en Playas, ciudades y montañas,
p. 145).
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sábado, 17 de noviembre de 2018
lunes, 5 de noviembre de 2018
El espíritu de sistema en filosofía
“Yo desconfío de todos los sistemáticos y me
aparto de su camino. La voluntad de sistema es una falta de honestidad”,
escribe Nietzsche en El crepúsculo de los
ídolos, y Cioran lo secunda: “La
peor forma de despotismo es el sistema,
en filosofía y en todo” (Del
inconveniente de haber nacido). Contra esta protesta, que es protesta de impotencia, opongo esta
cita de Novalis: “El verdadero sistema filosófico tiene que unir
libertad e infinitud; o, dicho de un modo sorprendente, tiene que poner en un
sistema la falta de sistema. Solo un sistema de este tipo puede evitar los
errores del sistema y no ser acusado de injusto o de anárquico” (Estudios
sobre Fichte y otros escritos, § 648).
domingo, 4 de noviembre de 2018
El boom Pessoa
El boom Pessoa comenzó en 1985, cuando en
ocasión del cincuentenario de su muerte, fue objeto de múltiples homenajes y su
cuerpo fue situado en el Monasterio de los Jerónimos, junto a Luís de Camões y
Vasco da Gama. Cincuenta años pasaron desde su fallecimiento hasta la
consolidación de su fama. Franz Kafka necesitó solo la mitad de este tiempo
para masificarse. ¿Cuántos años necesitarán mis letras para cobrar fama una vez
que yo fenezca?
jueves, 18 de octubre de 2018
Pessoa eterno
Neófito, no hay muerte.
Fernando Pessoa, “Iniciación”
“¡Luz,
más luz!”. Esas fueron, según la leyenda, las últimas palabras de Goethe. Fernando Pessoa, admirador del
poeta alemán, no se quiso quedar atrás. Después de tres días de internación en
el Hospital San Luis de los Franceses de Lisboa, y ya en plena agonía,
abrió los ojos, miró en torno, y viendo que no veía [...], pidió que le dieran sus lentes. “Denme los anteojos”,
murmuró, semicerrando los ojos neblinosos. Fueron estas sus últimas palabras.
Como Goethe, pero sin ostentación ni solemnidad, con la modestia de un
“corresponsal extranjero de casas comerciales”, el poeta pedía la única cosa
que, en verdad, le volvía el mundo más claro, en su ilusoria apariencia: los
anteojos que el oftalmólogo le había recetado (JGS, p. 497).
Goethe pidió luz. Pessoa ya la tenía, solo necesitaba sus anteojos para
poder aprovecharla. Hasta en sus últimos momentos quiso ver. Quizá, como
Alberto Caeiro, quiso ver sin entender; quizá quiso las dos cosas. ¿Y qué vio y
qué conoció en ese instante postrero? Lo que, como iniciado que era, anhelaba:
Avispero
de contradicciones, polípero de imágenes, enjambre de personalidades, ventarrón
de concepciones; de una verdad estaba seguro finalmente: de que muriendo
comenzaba a vivir (ibíd., p. 499).
Si comenzó para él la vida
eterna en ese instante, no lo sabemos. Sí sabemos que comenzó este mundo
terrenal a conocerlo, a venerarlo e incluso a quererlo como en vida no lo
quisieron. Fernando Pessoa, muriendo, se hizo eterno en nosotros, comenzó a
vivir en nosotros. Su literatura consiguió ese milagro. El otro, el que
realmente interesa, mejor que quede en el misterio.
No busques ni creas: todo es
oculto.
miércoles, 17 de octubre de 2018
El hombre de genio no es de su tiempo
Decía Pessoa, parafraseando a Goethe, que el hombre de genio solo
es de su tiempo por sus defectos, esto es, por las limitaciones de su genio. O
lo que es lo mismo: el hombre de genio solo es de su tiempo en la medida en que
no es un hombre de genio.
Supongamos, como a veces supongo, que yo soy un genio. ¿Por qué
asunto seré admirado inmediatamente después de publicado este diario?
Primeramente, por mis narraciones disolutas, por mis desbordes alcohólicos y
sexuales. Es decir, por lo más alejado a la genialidad que tiene mi literatura.
Luego las generaciones venideras terminarán admirando mi teoría ética. Se
cumplirá así en mí la regla de Goethe-Pessoa.
9:28
a.m.
Pessoa –ya lo he dicho-- se sospechaba
genial. “Se me puede imputar la creencia de que soy un genio. ¡Me resigno a
ello sin objeciones!” (EGL, p. 48). Y Bernardo Soares lo
confirma:
Proyectos, los he tenido todos. La
Ilíada que compuse tuvo una lógica de estructura, una concatenación orgánica de
epodos que Homero no podía conseguir. La perfección estudiada de mis versos por
completar en palabras deja pobre la precisión de Virgilio y floja la fuerza de
Milton. Las sátiras alegóricas que hice sobrepasaron todas a Swift en la
precisión simbólica de los particulares exactamente ligados. ¡Cuántos Verlaines
he sido! (LDD, § 329).
Mi propia genialidad está más en duda que la
de Pessoa[1], pero tal vez sea lo que
explica mis proverbiales impericias para casi todo lo que no sea escribir:
El hombre de genio, en
la medida en que es competente dentro de su oficio, es incompetente en otros. Y
lo es en un grado superior a otros hombres, porque es esclavo de su oficio
hasta un punto al que ningún trabajador llega. Asombra más y causa mayor pesar
descubrir a un poeta capaz de dibujar, que encontrar un carpintero que sepa
cuidar flores. En este último caso, la especialización solo abarca las
facultades que cualquier obligación profesional exige; en el primero, abarca
cualidades de sentimiento, de emoción, de meditación, que no solo no
intervienen en otras actividades profesionales, sino que no deben participar, a
fin de que no peligre la ejecución perfecta. [...] El hombre de genio, en la
medida en que nace competente para su oficio creador, es inepto para un gran
número de cosas de la vida social (EGL, pp. 52-3).
¿Y
pretenden que además deje los vidrios de la casa inmaculados y conduzca como un
as del volante? El hombre de genio apuesta todo a su obra y no se ocupa que
nada que no se relacione, directa o indirectamente, con ella. Cita Pessoa el
ejemplo de Oscar Wilde, quien era un literato a medias, pues “se dedicaba a la
cultura de la conversación y de todas las complejas futilidades que la mera
convivencia implica” (p. 53). Tenía pasta de genio, pero no llegó a serlo por
haber permanecido largo tiempo imbuido en esas fruslerías de salón. Pero es que
en realidad la materia prima de la genialidad no estaba presente en alto grado
en este artista; de ser así habría sentido repulsión y no atracción por ese
mundillo de tertulias y banquetes. El propio Wilde lo dijo: “Puse todo mi genio en mi vida, y solo mi talento en
mis obras”. Fue una lástima que así haya sido.
Una lástima para la posteridad, una alegría para quienes lo trataron.
La marca del
genio —al menos del genio filosófico o artístico— es la
incomodidad ante lo social excesivo. Si después socializa, por obligación o por
lo que fuere, es otro tema, el hecho esencial es que sienta desagrado ante esta
socialización. Hay excepciones a esta regla: Sócrates es la más concluyente.
12:39 P.M.
Un joven Pessoa
escribe, entusiasmado, esta declaración el día 21 de noviembre de 1914:
Hoy,
al tomar la decisión de ser Yo, de vivir a la altura de mi tarea y por
consecuencia despreciar la idea de atraer la atención y mi sociabilidad
plebeya, he entrado en plena posesión de mi Genio y tengo la divina conciencia
de mi Misión (AP 2003).
Tenía a la sazón veintiséis
años.
¿Cuándo tomé
conciencia de mi misión divina y comencé a sospechar una posible genialidad en
mi escritura o en mis pensamientos? En 1995 (véanse las entradas del 25/7/95 y
17/10/95). Tenía a la sazón veintiséis años.
Creo que Pessoa,
previo paso por algún otro cuerpo, reencarnó en mí.
[1] También Pessoa, en
ciertos momentos de duro pesimismo, descreía de su genialidad: “¿Genio?
En este momento / cien mil cerebros se consideran en sueños genios como yo, / y
la historia no marcará, ¿quién sabe?, ni a uno de ellos, / ni habrá sino
estiércol de tantas conquistas futuras. / No, no creo en mí” (Álvaro de Campos,
“Tabacaria”, AP 163).
martes, 16 de octubre de 2018
Genio y locura en Pessoa
Nunca hubo un gran
ingenio sin alguna mezcla de locura.
Séneca, De la tranquilidad
de ánimo, cap. XVII
Para ser un genio
hay que estar un poco loco. Pero solo un poco, no demasiado. No existe una
relación directa entre el grado de genialidad y el de locura. Más bien sucede
al revés, que siendo necesaria la locura para que aparezca la genialidad, si la
locura es excesiva, la genialidad no despega:
La
afirmación [...] según la cual el tamaño del genio corresponde al de la
neurosis, es absolutamente falsa. No es en los altos picos de la genialidad
donde encontramos la locura; es, más bien, en los niveles inferiores de la
capacidad de innovación humana. Un Dante, un Milton, Un Goethe, un Víctor Hugo
no son patentemente neuróticos, solo lo son si los sometemos a una
investigación paciente. Pero en los genios de segundo o tercer orden [...] la
neurosis o la locura se manifiestan patentemente (Fernando Pessoa, EGL, pp. 136-7).
No exageremos nuestras
locuras si no queremos pasar a la posteridad como genios menores. Y demos
gracias al Cielo por esta bendición maldita. Bendición no hay duda de que lo
es, porque la obra del genio hace más llevadera la vida de los que aprendieron
a valorarla. Pero es una bendición flaca para el que la carga, porque según
Pessoa lo vuelve nervioso, desamorado, triste y desasosegado:
El
hombre de genio nace extremadamente nervioso [...], aunque también en
condiciones y bien preparado para un tipo de trabajo que cada vez más socava su
constitución nerviosa. Vemos así que el genio existe gracias a una
característica —un temperamento extremadamente nervioso— que también lo
tortura, que reacciona contra sí.
El
artista fuerte mata en sí mismo no solo el amor y la piedad, sino las mismas
semillas de la piedad y el amor. Se hace inhumano en virtud de su gran amor por
la humanidad; de ese amor que lo impulsa a crear arte para el hombre.
El
genio es la mayor maldición con la cual Dios puede bendecir a un hombre. Debe
ser sobrellevado con las mínimas quejas y lamentos posibles, con la mayor
conciencia que alguien pueda tener de su tristeza divina (ibíd., pp. 142 y 57).
11:48
p.m.
Existen,
según Pessoa, tres tipos de genios: los genios artísticos o filosóficos, los
genios políticos y los genios militares. Los primeros remodelan el psiquismo de
las aristocracias; los segundos, el de las clases medias; los terceros, el de
las clases bajas. Las ideas filosóficas
actúan primero sobre
las élites. De esas élites salen los políticos que dominan al pueblo, y que,
inevitablemente, de un modo u otro, se dejan influenciar por esas ideas
rectoras (EGL,
p. 45).
Yo no creo ser un genio, pero hay días
en que abrigo alguna esperanza. Y si soy genial, mi genialidad filosófica no
influirá, como dice Pessoa, en las aristocracias, sino que recalará
directamente, sin intermediarios, sobre el psiquismo de las clases medias.
lunes, 15 de octubre de 2018
Pessoa el fracasado
Aunque siempre querido por sus familiares, “Fernando Pessoa fue considerado
siempre un fracasado. Al fin y al cabo, no había rematado sus estudios
universitarios, no disfrutaba de un empleo estable, no había hecho fortuna ni
había ascendido en la escala social” (CT, p. 43). Yo también era considerado un
fracasado por mis familiares… hasta que conocieron mi casa en Escobar.
Literariamente, sin embargo, todavía siguen suponiendo que soy un fracaso.
12:20
a.m.
Pessoa y sus heterónimos —en
especial Álvaro de Campos— utilizaban con cierta frecuencia la palabra mierda. En eso también nos parecemos:
tan solo en mi libro primero la escribí cuarenta y cinco veces.
2:10
P.M.
Pessoa
no era un ser colérico. “Siempre fue extremadamente delicado, fácil de
contentar, no recuerdo verlo enfadado nunca”, dijo su medio hermana Henriqueta
Madalena. Y Teca —otra de sus medio
hermanas— lo confirma: “Nunca lo vi exaltado” (citadas en CT, pp. 61-2). Yo tampoco me
exalto con nadie, excepto conmigo mismo. ¿Pessoa se exaltaba con él mismo? No
hay registros. Creo que su ataraxia era mayor que la mía.
5:29
P.M.
Según Pessoa, “se crece
mentalmente hasta los cuarenta y cinco años” (carta a João Gaspar Simões,
AP 2987). Si entendemos esto en un
sentido puramente intelectual y raciocinante, yo creo también que la mente, a
una determinada edad, comienza su descenso, pero ubico este punto de inflexión
—hablando en general, puesto que no es el mismo en todos los individuos—
bastante más allá de donde lo pone Pessoa: en honor a Kant, lo supongo a los
sesenta. ¿Se me fue la mano? Veremos. Veremos qué ideas concibo dentro de diez
años.
8:30 p.m.
Habiendo sido
criado en Durban, en donde las tormentas son singulares por lo intensas y
ruidosas, quedole a Pessoa un pavor a estos meteoros que lo acompañó durante
toda su vida. Almada Negreiros, en relación a esto, relató un incidente
ocurrido en el café Martinho da Arcada, cómico para todos excepto para el
propio Pessoa:
Exploto
súbitamente una tremenda tormenta de truenos y una memorable tempestad. Lluvia
y más lluvia, con ruido, viento, relámpagos, truenos, un no parar. Fui a la
puerta y grité hacia fuera — ¡Vivan los rayos! ¡Vivan los truenos! ¡Viva el
viento! ¡Viva la lluvia! Cuando volví a la mesa ya no estaba. Pero había un pie
bajo la mesa. Era él completo. Tiré de él, pálido como un difunto transparente.
Lo levanté inerte si no muerto (citado en CF,
p. 75).
En carta a Gaspar Simões,
Pessoa parece querer explicar ese comportamiento: “Solo la falta de dinero (en
el momento mismo) o un tiempo de tormenta (mientras dura) son capaces de
deprimirme” (AP 1072). Pero ese
pie que asomaba por debajo de la mesa no indicaba una depresión, sino un terror
pánico.
Me alegro de que
en Buenos Aires —la ciudad en donde nací, la ciudad que seguramente me verá
morir— las tormentas no sean tan terroríficas como en Durban.
domingo, 14 de octubre de 2018
Pessoa y el olor de la gloria
Habla el
Barón de Teive (semiheterónimo de Pessoa, igual que Bernardo Soares):
Para
que un hombre pueda ser distintivamente y absolutamente moral, tiene que ser un
poco estúpido. Para que un hombre pueda ser absolutamente intelectual, tiene
que ser un poco inmoral. No sé qué juego o ironía de las cosas condena al
hombre a la imposibilidad de esta dualidad en grande (La educación del estoico, p. 18).
Esto es algo parecido
a lo que decía Jules Renard: "El
amor mata la inteligencia. Como en el reloj de arena, el uno solo se llena si
el otro se vacía". Ya refuté este aforismo en su momento (ver las entradas
del 6/1/96 y 20/7/97), solo agrego ahora que según mis estudios plasmados en la
entrada del 20/10/97, el individuo ideal, aquel que mantiene sus tres
componentes temperamentales en perfecto equilibrio, posee a la vez un máximo de
bondad unido a un máximo de inteligencia (trascendente).
9:22 A.M.
“Teive es el propio Pessoa. [...] Es aristócrata, como se imagina
Pessoa, y adinerado, como Pessoa quería ser” (CF, p. 380). Sí, quería ser millonario, no tenía ningún prurito
ético que se lo impidiera. La única condición era que sus millones no le
impidiesen escribir. Tener dinero no para disfrutarlo, sino para comprar tiempo
dedicado a la escritura. Pero nunca lo consiguió, nunca dispuso de demasiado
dinero —excepto cuando recibió la herencia de su abuela Dionísia, que dilapidó rápidamente
como ya hemos visto—.
Pessoa quería ser rico pero nunca lo fue; yo quiero ser pobre y
soy rico. En estos asuntos no nos parecemos.
10:52
A.M.
El genio literario, ¿debe o no debe ocuparse de hacer lo necesario
para que su legado perdure? Eso depende, dice Pessoa, del tipo de hombre que el
genio sea:
El interés
deliberado de un genio por sus obras, la publicación cuidadosa de ellas y su
organización pensando en la posteridad dependen de si ese genio es un hombre de
voluntad firme y de propósitos fijos, alguien que se preocupa mucho por sí
mismo. Basta que sea un borracho empedernido para que toda la preocupación se
vaya a la porra (EGL, p. 276).
Parece dar a entender que no se preocupará por estas cuestiones,
que solo escribirá lo que tenga que escribir y que del ordenamiento y la
publicación se preocupen los demás si es que quieren. Pero sabemos que no fue
así.
En varias oportunidades se refirió
Pessoa, en los últimos años de su vida, al propósito de cambiar de domicilio y
buscar en algún lugar de los alrededores de Lisboa una vivienda más adecuada
que le permitiese ordenar y rematar la obra. [...] Son varias las fuentes que
señalan que en los últimos tiempos de su vida Pessoa asumió un esfuerzo, al
parecer no compensado por el éxito, encaminado a ultimar de forma razonable su
obra. (CT, p. 212 y 214).
El
mismo Pessoa lo cuenta en una carta a Ofelia:
…Es la ocasión de realizar mi obra
literaria, completando unas cosas, agrupando otras, escribiendo otras que están
por escribir. Para realizar esa obra necesito tranquilidad y cierta soledad. […] Toda mi vida futura depende de si consigo
hacer esto pronto (carta del 29/9/29, citada en Cartas a Ophélia, p. 108).
Ciertamente
fue grande su preocupación por darle un formato coherente a todo el material
acumulado, aunque su ocupación no estuvo a la altura de su preocupación.
En una carta
fechada el 28 de julio de 1932 dirigida a João Gaspar
Simões, escribe Pessoa: “Estoy comenzando —lentamente,
porque no es cosa que pueda hacerse con rapidez— a clasificar y revisar mis
papeles” (AP 1087). Afirma Simões que
Pessoa estaba convencido de que se iba a morir tempranamente y que por ello
tenía que apurarse. “Había pues que encerrarse en casa, poner manos a la obra y
aprovechar el tiempo de vida que le quedaba —los astros no le prometían
longevidad— para organizar su obra y comenzar la publicación de sus libros” (JGS, p. 486). Tres años después lo sorprendió la muerte[1]
sin haber concluido aquellas revisiones y clasificaciones. Yo tengo el deseo de
publicar los primeros libros de este diario en el 2043, por lo cual, si no
quiero quedar a medio camino de la revisión total como quedó Pessoa, deberé
comenzar esta labor como muy tarde en el 2035.
1:10 p.m.
El único libro
completo que Pessoa publicó en vida fue Mensaje,
en 1934. Días antes de la publicación, escribió lo siguiente: “El hecho de que
vaya a publicar un libro cambiará mi vida. Ya no estaré inédito —así pues, algo
pierdo” (PDN, § 128). Eso que se
pierde al publicar, o que se puede perder, es la humildad. Y suele suceder que
junto con la humildad se vaya también el estilo. Por eso trataré de publicar mi
diario lo más tarde posible, —aunque no tan tarde como para correr el riesgo de
morirme antes, porque no estoy para nada persuadido de que la posteridad se
tomará el trabajo de publicarlo por mí—.
“Tal vez la gloria
—especula Pessoa— tenga un sabor a muerte y a inutilidad, y el triunfo un olor
a podrido” (AP 3635). Publicar, y que
los contemporáneos se interesen por esa publicación, es resignarse a vivir con
un resabio en la boca y un broche en la nariz.
[1] Según Raúl Leal, en
1935 Pessoa creía, de acuerdo a lo que decía su carta astral, que le quedaban
todavía dos años de vida (cf. CT, p. 214).
sábado, 13 de octubre de 2018
Pessoa como lector
Que otros se jacten de las páginas
que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he
leído.
Jorge Borges, “Un lector”
Los
dos autores con mayor presencia en la biblioteca personal de Pessoa fueron
ingleses. El más leído fue J.S. Fletcher, cuyas novelas policiales devoraba el
portugués con fruición (tenía veintisiete de sus libros), y el segundo un tal
John Mackinnon Robertson, negador de la figura de Jesús, crítico literario y
político liberal; Pessoa contaba con veintitrés de sus libros, entre ellos Christianity
and mythology (1900), Pagan christs (1903), The historical Jesus (1916) y Jesus and Judas (1927)
(cf. CF, p. 478).
¿Qué
primera reflexión me viene a la mente luego de anoticiarme de este sorprendente
dato? Sencillamente que hay que ser muy genio, demasiado genio, para haber
escrito como escribía Pessoa habiendo escogido este material de lectura.
2:26
a.m.
Pessoa “escribió
en vida cerca de 30.000 papeles que tuvieron como tema, casi siempre, a él
mismo o lo que le era próximo [...]. Algo equivalente a casi 60 libros de 500
páginas” (CF, p. 14). Y esta
producción se aceleró conforme se acercaba el momento de su muerte. Pero ¿le
conviene a un escritor ser tan prolífico? ¿No es mejor tomarse las cosas con un
poco más de calma? Yo creo que sí. Dijo Santiago Ramón y Cajal: "Los más grandes
laboriosos son los que han aprendido a administrar metódicamente su pereza. La
actividad febril, paroxística, cae rápidamente en la fatiga y en la desilusión;
deteriora la máquina antes de haber logrado refinar el producto" (Charlas
de café, p. 161). No digo que la máquina-Pessoa —máquina de escribir, nunca
mejor empleada la locución— se haya deteriorado a causa de la profusa escritura,
porque se sabe que lo que lo mató fue el alcoholismo, pero tal vez este ímpetu haya
acelerado el proceso. O tal vez lo que sucede es que el espíritu, presintiendo
el derrumbe, se apura lo más que puede para concluir su tarea. Digo esto porque
a Nietzsche y a Van Gogh les pasó lo mismo: aceleraron a fondo en el tramo
final de la cordura y de la vida. Voy a tener esto en cuenta: si en el futuro
me agarra una desesperación incontrolable por escribir, una diarrea literaria
imposible de solidificar, será seguramente porque ya estoy cerca del cementerio
o del manicomio.
9:41 A.M.
Repudiaba Pessoa
los avances de la tecnología: “Dispenso y detesto vehículos, dispenso y detesto
los productos de la ciencia —teléfonos, telégrafos— que vuelven la vida fácil,
o los subproductos de la fantasía; gramófonos, receptores hertzianos. Nada de
eso me interesa” (citado en CF, p.
119). Comenta Cavalcanti que más tarde “se acostumbró a escuchar los éxitos
musicales de Londres, Madrid, Nueva York, París y Roma” desde un gramófono
instalado en la sala de visitas de su domicilio de la calle Coelho da Rocha. Y
además hay que ser muy cauto cuando uno realiza una declaración de este tipo,
porque por ejemplo, ¿no es un simple par de anteojos un producto de la ciencia
que vuelve la vida más fácil de lo que sería si no contáramos con él? Habría
que hacer una distinción entre los productos de la ciencia que, a fin de
cuentas, se nos han tornado imprescindibles —como los anteojos— y aquellos
otros que, como los gramófonos o la radio, simplemente nos hacen la vida más
llevadera. Tal vez Pessoa solo renegaba de estos últimos, pero así y todo me
niego a creer que no disfrutaba de las canciones que aquel gramófono instalado
en su casa reproducía.
11:49 A.M.
Dijo Álvaro de Campos:
Todos tenemos dos vidas:
la verdadera, que es la que soñamos en la infancia, y que continuamos soñando
cuando adultos, en un sustrato de niebla; la falsa, que es la que vivimos en la
convivencia con los otros, que es la práctica, la útil, aquella en la que
acaban por meternos en el ataúd (“Dactilografía”, AP 86).
viernes, 12 de octubre de 2018
Pessoa el nómade
El marinero de corazón oscuro sabe
que hay hogares felices porque no son
suyos.
Fernando Pessoa,
“Desolation”
A pesar de que casi nunca salió de Lisboa, gustaba Pessoa del
nomadismo:
Entre 1905 y 1920,
el momento del asentamiento definitivo en la casa de la rua Coelho de Rocha, el
poeta cambió de domicilio quince o veinte veces. En la larga lista de viviendas que
habitó se contaban, por lo demás, casas enteras y cuartos alquilados. [...] No sabemos a ciencia cierta, por lo demás, por qué el poeta cambió de
vivienda al ritmo de una vez por año. Zenith sugiere al respecto que en el
fondo le debía complacer (CT, p. 85).
El lugar más incómodo que tuvo como vivienda fue el que ocupó
entre enero de 1915 y finales de 1916. En ese entonces lo encontramos
instalado en el
lúgubre sótano de una lechería, [...] durmiendo de prestado, gracias a la
veneración de un hombre iletrado que acostumbraba asistir a la tertulia de la
Brasileira devorando las palabras del poeta, con los ojos extasiados, como si
estuviera oyendo a un dios del Olimpo. [...] El sótano [...] medía más de dos
metros de ancho por dos y medio o tres de largo, y donde apenas cabía un catre,
el catre donde el pobre poeta pasaba sus noches (JGS, pp. 238-9)[1].
Luego pasó por otros tres o cuatro lugares hasta que por fin, en
1920, su madre, viuda por segunda vez y muy enferma, regresó a Lisboa
proveniente de Sudáfrica y Pessoa se mudó con ella, viviendo en la casa alquilada
por Teca, una de sus medio hermanas, en un pequeño cuarto, hasta el final de su
vida.
Ángel
Crespo especula que tanto cambio de domicilio se debía, en parte, a que no
quería ser molestado por los amigos y conocidos que ya sabían su dirección (cf.
sus Estudios sobre Pessoa, p. 10). Más
allá de la anhelada privacidad y de las razones económicas que en algunos momentos lo
obligaron a mudarse, instalarse definitivamente no lo convencía. Tenía espíritu
de bohemio y de gitano.
11:58 p.m.
El cuarto que ocupó Pessoa en su última casa, la de la rua Coelho
da Rocha, era “pequeño, oscuro, caliente. Deprimente, según su testimonio. Y
sin ninguna ventana” (CF, p. 313). Alberto
Caeiro, premonitoriamente, escribe en 1914: “Mi cuarto es una cosa oscura con
paredes vagamente blancas” (El guardador
de rebaños, XLIV). En ese cuartucho escribió durante sus últimos quince
años. La escritura, en los auténticos escritores, se abre paso ante cualquier
adversidad. Una vida desértica que sin embargo, en ese desierto, engendra
flores.
[1] Según Eduardo Freitas da Costa, no vivió en
este sótano dos años, sino un mes y medio, y ese lugar no habría sido tan
pequeño e incómodo como lo pinta Simões (cf. CT, p. 110). Cavalcanti Filho tampoco le
cree al primer biógrafo (cf. CF, p.
481).
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