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viernes, 13 de julio de 2018

La plegaria de Pessoa


En 1912, contando con veintitrés o veinticuatro años, Fernando Pessoa se siente sucio ante Dios y le pide ayuda para remediarlo:

Dame un alma para servirte y un alma para amarte [...]. Hazme puro como el agua y alto como el cielo. Que no haya lodo en las carreteras de mis pensamientos ni hojas muertas en las lagunas de mis propósitos. Haz que sepa amar a los demás como hermanos y servirte como a un padre. [...] Que mi vida sea digna de tu presencia, que mi cuerpo sea digno de la tierra, que es tu lecho [...]. Señor, protégeme y ayúdame. Haz que me sienta tuyo. Señor, líbrame de mí (AP 4479).

Yo le pedí lo mismo, o casi lo mismo, no a Dios directamente sino a uno de sus colaboradores, al Secretario General del Ministerio de Lujuria y Promiscuidad, a San Benito (ver la entrada del 26/1/10). Contaba en ese entonces con cuarenta y un años. Sin duda, visto y considerando mi presente, se lo pedí demasiado tarde.
Señor, ¡líbrame de mí!

sábado, 24 de junio de 2017

El respeto y el amor en la ética de Guyau

Los dos elementos principales y estables de la moral religiosa —dice Guyau— son el respeto y el amor. Y estos dos elementos también están presentes en las morales seculares. Kant, por ejemplo, los incluye en su sistema, aunque para él lo principal es el respeto. La ley moral, dice Kant, es una ley de respeto y no de amor. “Si dicha ley fuera de amor, no se podría imponer a todos los seres razonables. Yo puedo exigir que me respetéis, pero no que me améis” (La irreligión del porvenir, p. 158). Pero es justamente por eso, porque no se puede exigir, porque no es obligatorio, justamente por eso el amor es el fruto primero y mejor de toda moral saludable, sea secular o religiosa. “Ama, y haz lo que quieras” (San Agustín), porque amando, todo lo que hagas será bueno. Si dijésemos, en cambio, “respeta, y haz lo que quieras”, no estamos tan convencidos de que quien se guíe por este precepto actúe siempre buenamente.


El respeto no es más que el comienzo de la moral ideal. En el respeto, el alma se siente restringida, comprimida, incómoda. [...] Hay otro sentimiento [...] más puro todavía que el respeto, y es el amor [...]. El amor es superior al respeto, no porque lo suprima, sino porque lo completa. El amor verdadero no puede dejar de darse a sí mismo la forma de respeto [...] El respeto es una especie de represión, el amor es un arrebato. [...] No reprocharemos, pues, al cristianismo el haber visto en el amor el principio mismo de toda relación entre los seres razonables (Guyau, ibíd., p. 158-9).

miércoles, 10 de agosto de 2011

El amor en Nietzsche y en Tolstoi

Transmutación de valores en Nietzsche: la humildad se transmuta en orgullo, la mansedumbre en belicosidad, la satisfacción en riesgo, la compasión en crueldad y el amor al prójimo en amor a lo lejano (cf. José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía, artículo “Nietzsche”). He aquí la palabra de Nietzsche con relación a la última transmutación aquí mencionada:

¿Acaso les aconsejo yo el amor al prójimo? ¡Prefiero aconsejarles mejor la huida del prójimo y el amor al lejano! Más elevado que el amor al prójimo es el amor al lejano y al futuro; más elevado que el amor a los hombres es el amor a las cosas y a los fantasmas. […] No aciertas en soportarte a ti mismo y no te amas lo bastante; por eso procuras seducir al prójimo para que ame y asociarlo a tu error. Yo quisiera que no se tolerara a ninguna clase de prójimo ni a los vecinos; así se verían obligados a crear, extrayéndolo de ustedes mismos, su propio amigo y su corazón derramado (Así habló Zaratustra, I, 16 [p. 59])

“No te amas lo bastante”, dice Nietzsche. La autoidolatría (muy distinta del amor a uno mismo) por sobre todas las cosas. La teología patas arriba, y patas arriba la ética. Pero no desesperéis, hombres de poca fe, que aquí llega el conde Tolstoi en nuestro auxilio:

El más grande pecado de hoy, el amor abstracto de los hombres, el amor impersonal hacia quienes existen en alguna parte, lejos. […] ¡Amar a los hombres a quienes no se conoce, a quienes no se verá nunca, es bien fácil! No impone necesidad de ningún sacrificio; y, al mismo tiempo, ¡se siente uno tan contento de ello! La conciencia es burlada. No; es necesario amar al prójimo, aquel a quien vemos y que nos molesta (León Tolstoi, “Conversaciones con Teneromo”, citado por Romain Rolland en Tolstoi, p. 133).


Pero ya me imagino a Nietzsche leyendo esto y sonriendo por lo bajo. ¿Y qué otra reacción cabría esperar de un individuo que no ha podido, a lo largo de su vida, amar a nadie concretamente?