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jueves, 19 de julio de 2018

Pessoa esclavista, segunda parte


Esto escribió Friedrich Nietzsche en un libro que Pessoa leyó:

Todos somos iguales. Hombres superiores —así guiña los ojos el populacho—, no hay hombres superiores: todos somos iguales; un hombre vale lo que otro. ¡Ante Dios todos somos iguales! ¡Ante Dios…! ¡Pero ahora ese Dios ha muerto! Sin embargo, ante el populacho no queremos ser iguales. ¡Hombres superiores, alejaos de la plaza pública! (Así habló Zaratustra, “Del hombre superior”, 1).

Pessoa se muestra de acuerdo con Nietzsche en este asunto y concluye que si algunos hombres son superiores a otros, los primeros tienen derecho a esclavizar a los segundos; pero el silogismo no es válido. Yo también sospecho que hay hombres superiores a otros, superiores en diversos campos, pero nunca diría que por ser superiores tienen derecho a esclavizar a los inferiores. Incluso todo lo contrario: Epicteto, abismalmente superior al despiadado Epafrodito, era su esclavo.


miércoles, 18 de julio de 2018

Pessoa y Gandhi


Y para completar el cuadro ayer descrito, tenemos lo que opinaba Pessoa del Mahatma Gandhi: “Única figura verdaderamente grande que hay hoy en el mundo” (citado por Pablo Javier Pérez López en Poesía, ontología y tragedia en Fernando Pessoa, prólogo[1]). El gran hindú que luchó contra la esclavitud de sus coterráneos en Sudáfrica y luego en la propia India, catalogado como un grande por quien proporcionaba a la esclavitud el escalafón de ley natural y la consideraba lógica y necesaria en pleno siglo XX. ¡Me mareo!



[1] De aquí en adelante, este libro electrónico será citado como POT.

martes, 17 de julio de 2018

Pessoa, ¿un literato fingidor?


El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que realmente siente.
Fernando Pessoa, “Autopsicografía”

“La sinceridad —dice Pessoa— es el gran obstáculo que el artista debe vencer” (Plural de nadie, § 224[1]). Es decir que para Pessoa, lo último que debe interesarle al artista es la verdad o la realidad de la emoción, del juicio o del suceso que utiliza como fondo de su obra. Y no solo no decir la verdad, sino la mentira, descarada y obligatoria, como un imperativo categórico de cualquier obra lírica:

La más vil de todas las necesidades: la de la confidencia, la de la confesión. Es la necesidad del alma de ser exterior.
Confiesa, sí; pero confiesa lo que no sientes. Libera tu alma, sí, del peso de tus secretos, publicándolos; pero siempre que los secretos que publiques no los hayas tenido nunca. Miéntete a ti mismo antes de decir esa verdad. Expresarse equivale siempre a equivocarse. Sé consciente de que expresarte sea, para ti, mentir (LDD, § 408)

Yo pienso exactamente lo contrario del portugués, pero no voy a explicar aquí mi punto de vista en relación a la verdad en el arte literario porque ya lo hice en otro lugar con cierta extensión (véase mi Cita a ciegas, pp. 287 ss.). Lo único que agregaré, por el momento, será el dato de que Pessoa no ha sido sincero, en su producción artística, con esta apología de la insinceridad, y por eso, por haber sido en general verídico, su nombre puede competir mano a mano con cualesquier otro escritor del siglo XX y superarlo en la mayoría de los casos[2].




[2] “¿Habría alguna cosa enteramente sincera en este simulador nato?”, Se pregunta João Gaspar Simões (Vida y obra de Fernando Pessoa, p. 506). Yo creo que sí, que había muchísimas. Y cuando se ponía en la piel de Bernardo Soares, casi todas.


Pessoa esclavista


Tenía Pessoa una idea muy curiosa, la de que la sociología, por muy concienzudos que fueran su aprendizaje y su enseñanza, no puede influir en la gente y por lo tanto es inútil. Resumo su punto de vista:

El público no quiere la verdad, sino la mentira que más le agrade. Agreguemos que la verdad —en todo, y mayormente en cosas sociales— es siempre compleja. Ahora, el público no comprende ideas complejas. Es necesario darle sólo ideas simples, generalidades vagas, esto es, mentiras, aunque partiendo de verdades [...].
 El público movido íntimamente por sentimientos y no por ideas, es orgánicamente parcial. [...] Entre nosotros por ejemplo, y en la mayoría de los pueblos del sur de Europa, o se es católico, o se es anticatólico, o se es indiferente al catolicismo. Si yo, por tanto, hiciere un estudio sobre el catolicismo, donde forzosamente tendría que hablar mal y bien, y apuntar las ventajas mezcladas con las desventajas, que indicar defectos aliviados por virtudes, ¿qué me sucedería? No me escucharían los católicos, que no aceptarían que yo dijese alguna cosa mala del catolicismo. No me escucharían los anticatólicos, que no aceptarían que yo les dijese lo bueno. No me escucharían los indiferentes, para quienes todo el asunto no pasaría de ser una lata ilegible. Así resultaría inútil ese mi estudio, por cuidado y escrupuloso que fuese [...]. Sería cuando mucho apreciado por uno u otro individuo de índole semejante a la mía, racionalista sin tradiciones ni ideales, analizador sin preconceptos, liberal porque liberto y no siervo de la idea inaplicada de la libertad. A ése, sin embargo, ¿qué habría de enseñarle? Cuando mucho, ciertas cosas particulares del catolicismo en la hipótesis que me sirvió de ejemplo, y en el caso de que le sea ajeno el asunto. Y si a él, escrutador cultural como yo, el asunto le resulta ajeno, es que nunca le interesó; si nunca le interesó ¿para qué va a leer lo que escribí sobre eso?
De aquí parece que debe concluirse que un estudio razonado, imparcial, científicamente conducido, de cualquier asunto es un trabajo socialmente inútil. Así de hecho lo es. Es, cuando mucho, una obra de arte, y nada más.
[...]
Si la obra de investigación, en materia social, es por tanto socialmente inútil, salvo como arte y en lo que contuviera de arte, más vale emplear lo que en nosotros haya de esfuerzo en hacer arte, que en hacer medio-arte (EEAA, pp. 99-100).

¿Es esta reflexión parte de una ironía, de un juego de palabras a los que Pessoa solía entregarse, o es algo serio y pensado detenidamente? No lo sabemos.
Ahora veamos algunas de sus opiniones respecto de la esclavitud, un tema, desde luego, sociológico y que no admite ironías.
En un artículo suyo de 1916, titulado “La opinión pública”, compara la democracia griega y la moderna y se queda con la griega por constituir un sistema “vacunado” contra gran número de enfermedades sociales debido a “la doble base de la esclavitud y de la aristocracia” (AP 2900). Diez años después, en un artículo publicado en la Revista de Comercio y Contabilidad de Lisboa, ratifica su pensamiento y lo profundiza:

La vieja afirmación de Aristóteles [...] de que la esclavitud es uno de los fundamentos de la vida social, puede decirse que todavía está vigente. Y aún está vigente porque no hay con qué tumbarla. [...]
Es evidente que cuanto más interviene el Estado en la vida espontánea de la sociedad, más riesgo hay de que la esté perjudicando; más riesgo hay [...] de estar entrando en conflicto con leyes naturales, con leyes fundamentales de la vida, que, como nadie las conoce, nadie tiene la certeza de no estar violando. Y la violación de las leyes naturales tiene sanciones automáticas a las que nadie tiene el poder de esquivar. Pretendiendo corregir la Naturaleza, pretendemos realmente sustituirla, lo que es imposible y acarrea nuestro propio aniquilamiento y en el de nuestro esfuerzo (AP 2397).

También desde una “Introducción al problema nacional”, insiste en que

la esclavitud es lógica y legítima; un zulú o un landim no representan nada útil en este mundo. Civilizarlo, ya sea religiosamente, o de otra forma cualquiera, es querer darle aquello que no puede tener. Lo legítimo es obligarlo, visto que no es gente, a servir a los fines de la civilización. Esclavizarlo es lo más lógico. El degenerado concepto igualitario, con el que el cristianismo envenenó nuestros conceptos sociales, perjudicó, sin embargo, esta actitud lógica (AP 1013).

Por último, la opinión de Bernardo Soares, el heterónimo más ortónimo:

La esclavitud es la ley de la vida, y no hay otra ley, porque esta tiene que cumplirse, sin insurrección posible ni refugio que encontrar. Unos nacen esclavos, otros se vuelven esclavos, y a otros les es dada la esclavitud (LDD, § 64, 20/6/1931).

Tenemos entonces a un pensador —porque aquí estamos hablando del pensador Pessoa, no del Pessoa poeta— que alega que la sociología no sirve para fines persuasivos, lo cual no le impide afirmar a diestra y siniestra que la esclavitud es lógica y legítima. Y tal vez no sean contradictorias estas dos posturas, porque podemos imaginar que sus dichos en favor de la esclavitud moderna son simples juicios de valor o constataciones de hechos, sin fines propagandísticos. Acepto esto para salvar la incoherencia, pero al mismo tiempo afirmo que me alegra sobremanera que Pessoa, seguramente por designio de los dioses paganos que a veces adoraba, dedicara sus mayores esfuerzos al arte y no a la sociología.

lunes, 16 de julio de 2018

Pessoa y su antipatía por la figura de Jesús


Evidentemente no sentía Pessoa simpatía por la figura de Jesús. Lo consideraba “un degenerado [...] asexual” que “era incapaz de una reflexión sana” (Escritos sobre genio y locura[1], p. 15). Pero ¿a qué se referirá Pessoa cuando habla de una reflexión sana? ¿Son documentos suficientes los Evangelios como para descubrir a través de ellos la capacidad reflexiva de Jesús? A la primera pregunta respondo que no sé; a la segunda, respondo que probablemente sí. Yo creo que los Evangelios, y muy en especial el sermón de la montaña, son suficientes para entrever la capacidad reflexiva de Jesús, la cual me parece —y es un término que juzgo particularmente preciso para caracterizar esa capacidad y esa filosofía— de una sanidad palmaria.
Se pregunta también Pessoa si Jesús fue dios u hombre, y se responde lo segundo. “Si fue un hombre —continúa—, fue un hombre anormal”. Los hombres anormales pueden ser de tres clases: genios, locos o criminales. “No fue un genio ni un criminal”, ergo, Jesús fue un loco. “¡Hombres de Occidente, por veinte siglos habéis adorado a un loco!” (ibíd., pp. 201 a 203). Yo coincido con Pessoa en que Jesús fue un hombre y solo un hombre, y también coincido en que fue un hombre anormal, pero no fue un loco sino un genio. Y lo que Pessoa considera la patentización cabal y certera de su desvarío, su ética (“su sistema de valores es igualmente anormal, muy anormal”, p. 205), es la patentización de su genialidad. La ética de Jesús es anormal, ciertamente, pero anormal por genial, no por insensata.


[1] De aquí en adelante, este libro será citado como EGL.

Pessoa y la carencia de principios


¡Qué sé yo! ¡Qué sé yo! ¡Hay tanta gente en mí!
Tanto ímpetu perdido y contradicho.
Soy a mi propio ser tan poco afín
que quizá la mayor tortura fuese
aceptarme y verme atado afligido,
incapaz del último acto.
Fernando Pessoa, sin título, 1919

Fernando Pessoa el sofista: “No tengo principios. Hoy defiendo una cosa, mañana otra. Pero no creo en lo que defiendo hoy, ni mañana tendré fe en lo que defenderé” (EEAA, p. 77). Se le perdona el exabrupto por ser poeta[1]. Una cosa es dudar de todo y otra muy distinta carecer de principios. Un pensador que carece de principios y que defiende ideas al mejor postor, más que pensador, es abogado.
Pero claro, ¡ahora caigo! Esto lo dijo un día. Al otro día, seguramente dijo que sus principios eran inquebrantables. “Jugar con las ideas y con los sentimientos me parece siempre el destino supremamente bello”. Yo también juego con las ideas, pero hay formas y formas de jugar. Las ideas son como las olas del mar para el veraneante: podemos refrescarnos con ellas, y hasta entretenernos, pero siempre hay que respetarlas y nunca desafiarlas. Jugando así, Pessoa bien pudo terminar ahogado[2].


[1] “Soy un poeta animado por la filosofía, no un filósofo con facultades poéticas” (AP 2207).
[2] En otra parte agrega un nuevo dato que explica un poco mejor esta inconstancia en sus opiniones: “Excepto en los temas intelectuales, en los cuales he llegado a conclusiones que considero seguras, cambio de parecer diez veces al día; solo tengo el espíritu asentado para las cosas que no producen emoción” (Escritos sobre genio y locura, p. 371).

domingo, 15 de julio de 2018

Pessoa y la responsabilidad moral


“Cuando era cristiano”, dice Pessoa,

pensaba que los hombres eran responsables por el mal que hacían; odiaba a los tiranos, maldecía a los reyes y a los curas. Cuando me liberé de la influencia inmoral, falsa, de la filosofía de Cristo, odié la tiranía, la realeza, el sacerdocio; el mal en sí mismo. De los reyes y curas tuve piedad, porque eran hombres (EEAA, p. 30).

Identifica la figura de Cristo con el libre albedrío y por eso la juzga inmoral, pero yo no creo que Jesús se haya puesto nunca a pensar en el problema del libre albedrío del modo en que lo pensamos nosotros, ni mucho menos creo que odiase a los tiranos, a los reyes y a los sacerdotes. De todos modos el razonamiento de Pessoa, si excluimos esta alusión a la “filosofía de Cristo”, creo que es acertado.

sábado, 14 de julio de 2018

Pessoa y el desprecio por lo sensual


Yo nunca tuve novia real… nunca supe cómo se amaba… Apenas supe cómo se soñaba amar.
Fernando Pessoa, EEAA [p. 74]

 “La sensualidad real carece para mí de cualquier interés —ni siquiera mental u onírico”, afirma Bernardo Soares (LDD, § 259). A mí me sucede todo lo contrario. Tenía la esperanza —a veces el temor— de que tales intereses fuesen decayendo conforme me acerco a la vejez, pero hete aquí que ya estoy a las puertas de los cincuenta y nada se calma. Mis inclinaciones libertinas me emparientan no con Soares sino con un contemporáneo suyo, talentoso escritor también, aunque más talentoso como pensador que como escritor, Max Scheler. Scheler es la prueba de que una sensualidad desbordante no es obstáculo infranqueable a la hora de pensar con altura y de escribir lo que pensamos. Pero la condición ideal siempre será, para el escritor, la frigidez, el rechazo hacia lo voluptuoso. En ese sentido, Bernardo Soares corría con ventaja[1].



[1] Sin embargo no era tan verdadera la ausencia de fuego amoroso en Bernardo Soares. En el § 212 de su libro se lee: “Me ha perseguido, como un ente maligno, el destino de no poder desear sin saber que tendré que no tener. Si un momento veo en la calle un rostro núbil de muchacha y, aunque sea indiferentemente, disfruto de un momento de suponer lo que pasaría si fuese mío, es siempre cierto que, a diez pasos de mi sueño, esa muchacha encuentra a un hombre que veo que es su marido o su amante”. Desear una muchacha núbil sin que nuestro espíritu destile deseo sexual es prácticamente imposible. Soares no era de piedra.

viernes, 13 de julio de 2018

La plegaria de Pessoa


En 1912, contando con veintitrés o veinticuatro años, Fernando Pessoa se siente sucio ante Dios y le pide ayuda para remediarlo:

Dame un alma para servirte y un alma para amarte [...]. Hazme puro como el agua y alto como el cielo. Que no haya lodo en las carreteras de mis pensamientos ni hojas muertas en las lagunas de mis propósitos. Haz que sepa amar a los demás como hermanos y servirte como a un padre. [...] Que mi vida sea digna de tu presencia, que mi cuerpo sea digno de la tierra, que es tu lecho [...]. Señor, protégeme y ayúdame. Haz que me sienta tuyo. Señor, líbrame de mí (AP 4479).

Yo le pedí lo mismo, o casi lo mismo, no a Dios directamente sino a uno de sus colaboradores, al Secretario General del Ministerio de Lujuria y Promiscuidad, a San Benito (ver la entrada del 26/1/10). Contaba en ese entonces con cuarenta y un años. Sin duda, visto y considerando mi presente, se lo pedí demasiado tarde.
Señor, ¡líbrame de mí!

jueves, 12 de julio de 2018

Por qué Pessoa no fue (ni podría haber sido) conferencista


Los escritores podrían dividirse en dos grupos, antagónicos entre sí: los que pronuncian conferencias y los que jamás las pronunciarían, aunque tuviesen la oportunidad. Pessoa estaba entre estos últimos:

No descender nunca a dar conferencias para que no se crea que [...] descendemos hasta el público para hablar con él. Si quiere, que nos lea.
Y es que además el conferenciante parece un actor —una criatura que el buen artista desprecia, un mozo de cuerda del Arte (LDD, § 400).

No digo que los buenos escritores no puedan dar conferencias —Borges las pronunciaba todo el tiempo—, digo que hay dos tipos de buenos escritores, los instalados en la opinión de sus contemporáneos y los que no se instalarán jamás en ese nicho, porque si se instalasen desaparecerían como tales. Fernando Pessoa, frente a un auditorio ansioso de escucharlo, ya no sería el Fernando Pessoa que admiramos. Es muy difícil, como dice Carlos Taibo, “imaginarlo impartiendo conferencias, firmando ejemplares o acudiendo a los estudios de televisión para promocionar la última entrega del Livro do desassossego” (CT, p. 217). No sabemos si tuvo en verdad la oportunidad de dar una conferencia o de firmar un autógrafo; sí sabemos que no lo hizo, sea por voluntad propia o impuesta. Y también sabemos que si hubiese impartido una conferencia (o una lección en una cátedra, da lo mismo), habría traicionado su leyenda de poète maudit, y nosotros, sus discípulos tardíos, le habríamos perdido un poco el respeto. Eso no sucedió, no cometió esa traición. “Murió —concluye Taibo con sabiduría— como muchos le agradecemos que muriera: siendo, inequívocamente, él mismo”.