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miércoles, 26 de noviembre de 2025

El VAR

 

Si hacía falta algo que me alejara un poco más del fútbol después de la derrota en Madrid, ese algo apareció: el var. Lo más hermoso del fútbol, el gol, ya no se puede gritar como Dios manda, porque hay que esperar pacientemente dos o tres minutos hasta que un señor, sentado frente a un televisor, nos indique si la acción fue lícita o ilícita.

El cuadro se repite una y otra vez: el delantero marca el gol, pero la gente lo grita a medias, mirando con un ojo el festejo y con el otro al árbitro que va corriendo hacia la pantalla para ver si hubo mano, si hubo fuera de juego, si hubo pisotón, en fin, si hubo algo que pueda ahogar bien ahogado el grito de la gente. Puede suceder que el árbitro diga “muy bien, no encontré nada ilícito, ¡convalido el gol!”, con lo cual autoriza al público a que lo grite, esta vez de manera inapelable. Es decir, el dueño del espectáculo, quien dirige la orquesta, es el árbitro, no el jugador que hizo el gol. Y es lógico que el héroe sea el árbitro, puesto que es el árbitro quien imparte justicia, y el Var apareció, ganó terreno y se quedó porque parece que a la gente le interesa más la justicia que la alegría, y está dispuesta a sacrificar la alegría que los goles proporcionaban por un fallo que, tecnología mediante, nos aseguran que será “justo”. A mí, con la justicia a otra parte. Prefiero gritar goles que se cobran ilícitamente, incluso prefiero sufrirlos, a que me anden corriendo con esta manía justiciera que ha destruido casi todo en este planeta y ahora se la está tomando con el fútbol.

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miércoles, 15 de octubre de 2025

¡Y dale con el dólar barato!

 

Un buen día para escribir algunos comentarios críticos relacionados con las medidas económicas que viene llevando a cabo el actual gobierno argentino, encabezado por Javier Milei. En resumidas cuentas, es más de lo mismo, o como decimos en el barrio, es la misma mierda con distinto olor. Es verdad que le están dando mucha más importancia al déficit fiscal que los anteriores gobiernos, que despilfarraban el peso argentino para subvencionar cualquier cosa y afirmaban —la señora Marcó del Pont lo dijo textualmente— que la inflación no está relacionada con la emisión descontrolada de dinero; pero esta idea del ajuste y del cuidado de las arcas públicas no sirve de nada si aplicamos una política de dólar barato, la misma que aplicaran Cristina Kirchner, Mauricio Macri y Alberto Fernández, con los resultados por todos conocidos. El dólar barato impide que la gente que tiene ahorros en dólares por fuera del sistema los vuelque al mismo, generando empleo, producción y consumo. Antes no se conocía la cifra exacta de dólares que los argentinos guardan por fuera del sistema, pero ahora es el propio Indec (el instituto de estadísticas nacionales) quien nos la suministra:

 

Pese a los cambios políticos y económicos de los últimos años, el comportamiento de los argentinos en relación con el ahorro en moneda extranjera sigue exhibiendo una notable resistencia al cambio. Según datos oficiales del Indec, al cierre del primer trimestre de 2025, los argentinos conservaban USD 245.687 millones en billetes fuera del sistema financiero o, como suele mencionarse popularmente, “debajo del colchón” (https://www.infobae.com/economia/2025/06/26/cuantos-dolares-tienen-los-argentinos-debajo-del-colchon-por-fuera-del-sistema-financiero/).

 

La única manera de que esta gente vuelque los dólares hacia dentro de la economía oficial argentina, es devaluando, y devaluando estrepitosamente. ¿Que esto generaría un caos económico y un fuerte incremento de la inflación? Posiblemente, pero estas anomalías se darían en el corto plazo, para luego estabilizarse la situación y comenzar el crecimiento. Cuando el presidente Duhalde, en el 2002, devaluó el dólar y lo llevó de $ 1 a $ 4,50 de un saque, hubo recesión, inflación y caos financiero en un principio, pero después vinieron varios años de crecimiento ininterrumpido. Es, perdóneseme la vulgar analogía, como cuando uno, estando en la parada del colectivo, intenta contener una diarrea que pugna por ganar el exterior. La diarrea es el dólar que intenta escaparse, mientras que el malestar que sentimos al contenerla es equivalente a la brutal recesión económica que padecen hoy los argentinos. Si el esfínter al fin claudica y la marea líquida termina en los pantalones, se desatará una crisis sicológica en el desdichado, cubierto hasta el copete de vergüenza y siendo señalado por quienes se percataron del incidente; pero luego, finalizado este ingrato proceso, sentirá un gran alivio por no tener que tolerar ya los embates de la sustancia. La crisis sicológica del hombre cagado, en esta analogía, representa los instantes posteriores a la devaluación, pletóricos de crisis e incertidumbres, que pueden durar meses e incluso un año completo, y el gran alivio que se siente luego de la evacuación es equiparable al alivio que sentirá la economía argentina luego de que la megadevaluación, y la crisis que conllevará, se concreten.

Si se les pregunta a los argentinos que ya cuentan con algunos años por la mejor época económica que transitó el país, casi todos responderán mencionando los años que van desde el 2003 al 2008, y esta bonanza se dio porque el dólar estaba por las nubes y las inversiones nos llovían por todas partes. Ahora dicen que las inversiones no llegan porque hay que hacer una reforma laboral, una reforma impositiva, una reforma jubilatoria… ¡Patrañas! Las inversiones no llegan porque el dólar está regalado y todos están esperando que aumente para que su plata rinda. En cuestión de economía, el patriotismo queda de lado y nadie regala nada.

Pero si yo, que soy un completo ignaro en el asunto, percibo la raíz del problema y comprendo la manera de solucionarlo, ¿cómo puede ser que los actuales gobernantes, que dicen ser expertos en economía, no la vean? Tengo para mí que no es que sean tarados, sino codiciosos. Estas gentes ganan fabulosas sumas de dinero, pero las ganan en pesos, y esas millonadas les rinden mucho más si cuando las cambian a dólares, la moneda estadounidense continúa con el precio pisado. Se enriquecen ellos y el país se empobrece: esa es la verdadera razón de por qué no aceptan devaluar nuestra moneda.

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