Vistas de página en total

jueves, 31 de octubre de 2019

Robert Gallo, el principal acusado


Robert Gallo se defendía de quienes lo consideran un embaucador emparentando a quienes apoyan la hipótesis no vírica con los actuales simpatizantes del nazismo:

Análogo al negacionismo del holocausto, el negacionismo del SIDA es un insulto a la memoria de quienes han muerto de SIDA, así como a la dignidad de sus familias, amigos y sobrevivientes. Al igual que con el negacionismo del Holocausto, el negacionismo del SIDA es pseudocientífico y contradice un inmenso cuerpo de investigación (Robert Gallo y otros, “Errores en el artículo de Celia Farber de marzo de 2006 en la revista Harper”, artículo disponible en internet[1]).

Mayor insulto a la memoria de quienes han muerto de sida es, por ejemplo, el AZT, que ha matado a innumerables personas que sin él habrían vivido normalmente. Personas como Gallo, que han aprobado, de manera apresurada y sin la correcta constatación de sus efectos adversos, la utilización de estos compuestos como medicamentos contra el sida, son quienes insultan constantemente a quienes han muerto por causa de esta enfermedad.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Más detalles sobre la oscura historia del AZT


La historia de la aprobación del AZT como medicamento regular contra el sida, lo mismo que la historia del HIV, es un cuento de hadas al revés, porque el final feliz muta en tragedia, muerte y desesperación.

En un frío día de enero en 1987, dentro de una de las más potentemente iluminadas salas de reunión del monstruoso edificio de la FDA, un grupo de 11 de los más importantes doctores del SIDA calibraban una muy difícil decisión.
Habían sido requeridos por la FDA para considerar el dar la aprobación a toda velocidad a un fármaco altamente tóxico sobre el cual había muy poca información.
Llamado clínicamente Zidovudina, pero apodado AZT por sus componentes, se decía que el fármaco había mostrado un efecto portentoso en la supervivencia de los pacientes de SIDA. El estudio que había reunido al grupo, había causado un gran revuelo en la comunidad médica. Era la primera llama de esperanza —la gente se moría antes en el grupo de placebo que en el del fármaco—... según este estudio.
Pero existía una gran preocupación con respecto al nuevo fármaco. En realidad, había sido creado tres décadas antes para la quimioterapia del cáncer, pero se había arrinconado y olvidado por ser excesivamente tóxico, de fabricación muy costosa y totalmente ineficaz contra el cáncer. Poderoso, pero indiscriminado, el fármaco no era selectivo en su destrucción de las células.
[...]
En la reunión, había mucha incertidumbre y descontento con respecto al AZT. Los doctores que estaban siendo consultados sabían que el estudio era defectuoso y que los efectos a largo plazo eran desconocidos. Sin embargo, el público estaba casi literalmente «aporreando la puerta». Comprensiblemente, se estaba ejerciendo una tremenda presión sobre la FDA para que aprobara el AZT [...].
Ya a punto de aprobar el fármaco, uno de los doctores del grupo, Calvin Kunin, recapituló el dilema existente entre ellos. «Por un lado —dijo—, privar de un fármaco que disminuye la mortalidad en una población como ésta sería impropio. Por otro lado, utilizar este fármaco de forma generalizada, en áreas en las que no ha sido demostrada su eficacia, con un agente potencialmente tóxico, podría resultar desastroso».
«No sabemos que pasará de aquí a un año», dijo el presidente del grupo, el Doctor Itzhak Brook. «Los datos son todavía prematuros y las estadísticas no están muy bien hechas, en verdad. El fármaco podría ser, de hecho, perjudicial». [...]
El voto de Brook fue el único en contra de la aprobación del fármaco. «No había los suficientes datos. No había seguimiento suficiente —recuerda—. Muchas de las preguntas que hacíamos a la compañía eran respondidas con un “no hemos analizado todavía los datos”, o un, “no lo sabemos”. Pensé que algunos datos eran prometedores, pero estaba preocupado por el precio que habría que pagar por ellos. Los efectos secundarios eran tan severos... Era quimioterapia. Los pacientes necesitarían transfusiones de sangre. Eso es cosa seria».
«El comité se sentía inclinado a darme la razón —dice Brook—, en que debíamos esperar un poco, ser más cautelosos. Pero, en cuanto la FDA se dio cuenta de que queríamos rechazarlo, pasaron a la presión política. Sobre las 4 p.m., el jefe del centro del FDA de biología y farmacología, pidió premiso para hablar, lo cual es francamente inusual. Normalmente nos dejan solos, pero él nos dijo: “Mirad, si aprobáis el fármaco, os aseguramos que trabajaremos en conjunto con Burroughs Wellcome [la fundación biomédica que lo produciría] y nos encargaremos que se suministre a la gente adecuada”. Era como si estuviese diciendo “Por favor, decid que sí”».
[...]
La reunión finalizó. El AZT, sobre el cual algunos miembros del consejo se sentían aún inquietos y temerosos de que se convirtiese en una bomba de relojería, fue aprobado.
[...]
Cuando la aprobación del AZT se dio a conocer las acciones de Burroughs Wellcome se dispararon. A un precio de 8.000 dólares por paciente y por año (sin incluir transfusiones de sangre), el AZT se convierte en el fármaco más caro en la historia del mercado (Celia Farber, “El nacimiento escandaloso del AZT”, artículo disponible en internet[1]).

Esto fue en enero de 1987. Dos años después, el 3 de diciembre de 1988, la revista The Lancet publicó un artículo titulado “Efectos de la zidovudina en 365 pacientes consecutivos con sida o complejos relacionados con el sida”. La publicación estaba basada en un estudio realizado en el Hospital Claude Bernard de París. Los biólogos franceses habían descubierto lo que muchos médicos norteamericanos ya habían comprobado en sus propios pacientes: el AZT era demasiado tóxico para ser tolerado en la mayoría de los casos, no tenía efectos duraderos sobre los niveles de VIH en la sangre y dejaba a los pacientes con menos células T-4 que al principio. A pesar de que al inicio se había constatado una notable mejoría en la producción de células T-4, la opinión final era que “al cabo de seis meses, estos valores retornaban a los niveles anteriores al tratamiento y tenían lugar diversas infecciones oportunistas, enfermedades y muertes”. El informe del equipo francés terminaba diciendo: “Los beneficios del AZT se limitan a unos pocos meses en los pacientes de SIDA y ARC”. Tras unos meses, el AZT era completamente ineficaz[2].
Luego de este lapidario artículo, la prescripción de AZT fue disminuyendo paulatinamente, primero en Europa y luego en América, hasta que llegaron los nuevos cócteles y desapareció por completo. En el camino quedaron miles de seropositivos, que no murieron de sida, sino de AZT. Muertos asesinados por un virus, pero no por el HIV, sino por el virus de la codicia, del prestigio político y del renombre. No sé si estos virus son tan contagiosos como el HIV, pero son muchísimo más insalubres.

martes, 29 de octubre de 2019

La trampa del AZT


La azidothimidina (AZT) sigue siendo el medicamento preferido [...]. Recientemente se ha reducido a la mitad la posología media aconsejada, cosa que evidentemente reduce el precio del tratamiento y al parecer disminuye los efectos tóxicos sin alterar los efectos terapéuticos. [...] Se espera que la toma regular de ese medicamento ejerza una influencia benéfica sobre la evolución de la infección en los seropositivos.
Mirko Grmek, Historia del sida (1990), prefacio

Un médico que no quiso identificarse le escribió estas palabras a Luis Campos en el 2009:

Soy médico y me gustaría aportar la siguiente evidencia. Hace aproximadamente 10 años atendí profesionalmente a 12 pacientes diagnosticados de sida. Independientemente de si realmente existe el virus o no, de si realmente tiene capacidad infectiva o no, de si cumple los postulados de la virología o no, de si se trata de una mutación de retrovirus inofensivos o no, de si es un arma biológica con intención “genocida” o no, de si está relacionado con los experimentos de la vacuna de la polio cultivada en riñón de mono contaminado llevados a cabo en África o no, etc, etc…. de lo que sí puedo dar fe, (y esta es la evidencia que deseo aportar) es que los pacientes que tomaron AZT (porque no aceptaron nuestro consejo) están todos muertos, y los que no lo tomaron están todos vivos y “sanos” (citado por Luis Campos en La macroestafa del sida, p 33-4).

Diez años pasaron, y hoy existe consenso respecto de que el AZT era más dañino que benéfico para la salud de los enfermos de sida[1]. ¿Se repetirá la misma historia en el 2029 con los antirretrovirales que se recetan hoy en día?


[1] El consenso no es general. Robert Gallo, en el 2006, lo seguía defendiendo: “Los investigadores y clínicos del SIDA no afirman que el AZT es un medicamento perfecto; indudablemente puede y causa efectos secundarios. Como con la mayoría de los medicamentos utilizados para tratar, por ejemplo, el cáncer, el índice terapéutico para el AZT es menos que ideal, pero los peligros de no tratar la infección por VIH superan con creces los riesgos de hacerlo. AZT, por lo tanto, sigue siendo un fármaco muy útil para la terapia del VIH” (Robert Gallo y otros, “Errores en el artículo de Celia Farber de marzo de 2006 en la revista Harper”, artículo disponible en internet).

lunes, 28 de octubre de 2019

La política entrometiéndose en el debate científico


Su marido, John Heckler, se divorció de ella […] porque decía que se le había subido la vanidad y la política a la cabeza.  […] El columnista Jack Anderson la definió como: “La que caminaría una milla por una cámara”.
Luis Campos, La macroestafa del sida

La impostura del VIH como causante del sida fue, más que científica, una impostura política:

La causa “probable del sida” (sic) fue presentada en una multitudinaria rueda de prensa antes que en una publicación científica en el fatídico día de gracia del 23 de abril de 1984. “Hoy añadimos otro milagro al gran libro de honor de la medicina y la ciencia americana –anunció una pletórica Margaret Heckler, Secretaria de Salud de los EE.UU. en la presentación mundial del hallazgo del Dr. Gallo–. El descubrimiento de hoy representa el triunfo de la ciencia sobre una tremenda enfermedad.” [...] “La PROBABLE causa del sida ha sido encontrada. Se trata de una variante de un conocido virus [...]. Tenemos un nuevo test de sangre que estará disponible en seis meses. Hemos presentado la patente hoy mismo... Con el test de sangre podemos identificar a las víctimas del sida esencialmente en un 100% de certidumbre”.
[...] Una burócrata republicana y ultraconservadora [...], abogada y no científica, fue la primera en aceptar y difundir la “probable” hipótesis oficial del sida. Sin haber sido previamente reconocidas en publicaciones científicas, dio cobertura a todas las ideas del Dr. Gallo, presentándolo como un triunfo político del presidente Reagan y de la sanidad estadounidense (Luis Campos, La macroestafa del sida, pp. 64, 65, 70 y 71).

Así como se había presentado, quince años antes, la llegada del hombre a la luna como un triunfo norteamericano por sobre los rusos, también se presentó el hallazgo del virus HIV como un triunfo de la ciencia norteamericana por sobre la europea (había que apurarse porque el francés Luc Montagnier aseguraba haber descubierto este virus con anterioridad). Y todo sin ninguna prueba fehaciente que corrobore, al menos parcialmente, la hipótesis. Así juegan los estados con la salud de la gente. Y si bien no me consta que, como algunos afirman, sea cierto eso de que en realidad ningún astronauta pisó jamás la luna, sí estoy persuadido de que el virus HIV, si es que existe, no es el causante del sida ni de ninguna enfermedad complicada. Todo el asunto me huele a mentira gubernamental pergeñada para aumentar reputaciones en materia de adelantos tecnológicos y, de pasada, hacerse con algunos dólares gracias a las patentes.

domingo, 27 de octubre de 2019

Buscando las pruebas sobre la conexión VIH/SIDA


La teoría del sida fue promovida por el Gobierno republicano de Reagan [...]. Ideológicamente, la teoría era ideal para su visión conservadora, homófoba, racista y que promovía la castidad y los principios religiosos.
Luis Campos, La macroestafa del sida

El más reputado defensor de la hipótesis no vírica del desarrollo del sida es el estadounidense Kary Mullis. Estas son sus palabras en apoyo de la cruzada “negacionista” que iniciara Peter Duesberg hace ya más de treinta años[1]:

En 1988 trabajaba como consultor en Specialty Labs, en Santa Mónica, realizando análisis del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Sabía bastante de análisis de cualquier cosa con ácido nucleico, porque había inventado la Reacción en Cadena de la Poliomerasa [...]. Por eso me contrataron. Por otra parte, el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) era algo de lo que no sabía demasiado. De este modo, cuando me encontré escribiendo un informe sobre nuestros progresos y objetivos para el proyecto patrocinado por los National Institutes of Health, me dí cuenta de que no conocía la referencia científica para apoyar la declaración que acaba de escribir: «El VIH es la probable causa del SIDA». Así que me volví al virólogo de la mesa de al lado, un tipo serio y competente, y le pregunté por esa referencia. Dijo que no necesitaba ninguna. Yo no estuve de acuerdo. Pese a que es verdad que ciertos descubrimientos o técnicas científicas están tan bien establecidas que sus fuentes ya no se aluden en la literatura contemporánea, ése no parecía ser el caso de la conexión VIH/SIDA. Para mí, era muy notable que el individuo que había descubierto la causa de una enfermedad mortal y hasta ahora incurable, no fuese continuamente aludido en las publicaciones científicas hasta que la enfermedad estuviese curada y olvidada. Pero, como pronto aprendería, el nombre del individuo --que sería seguro materia de Premio Nobel-- no estaba en boca de nadie. Por supuesto, esta simple referencia debía estar en alguna parte ahí fuera. De lo contrario, decenas de miles de funcionarios y reconocidos científicos de diversas procedencias, que intentan aclarar las trágicas muertes de un considerable número de homosexuales y/o consumidores de drogas intravenosas de edades comprendidas entre los 25 y los 40 años, no habrían permitido que su investigación se limitase a una estrecha vía de estudio. No todo el mundo pescaría en la misma charca a menos que estuviese completamente verificado que el resto de charcas estaban vacías. Tenía que haber un informe publicado, o quizás varios, que juntos indicasen que el VIH es la posible causa del SIDA. Tenía que haberlo.
Hice indagaciones con el ordenador, pero no encontré nada. Por supuesto, puedes perderte información importante con las búsquedas por ordenador sólo con no introducir las palabras clave concretas. Para estar seguro de una conclusión científica, lo mejor es preguntar a otros científicos directamente. Esa es una de las cosas para las que sirven esos congresos en lugares lejanos con bonitas playas.
Como parte de mi trabajo, iba a muchos encuentros y congresos, adquirí el hábito de acercarme a cualquiera que diese una charla sobre SIDA y preguntarle qué referencias debía citar para esa cada vez más polémica declaración: «el VIH es la probable causa del SIDA». Después de 10 ó 15 encuentros en un par de años, empecé a preocuparme cuando vi que nadie podía citarme la referencia. No me gustaba la fea conclusión que se estaba formando en mi mente: la campaña entera contra la enfermedad considerada con creces como la peste negra del siglo XX, estaba basada en una hipótesis cuyos orígenes nadie podía recordar. Eso desafiaba tanto al sentido científico como al común.
Finalmente, tuve la oportunidad de interrogar a uno de los gigantes de la investigación del VIH y del SIDA, el doctor Luc Montagnier, del Instituto Pasteur, cuando dio una charla en San Diego. Esta sería la última vez en que sería capaz de realizar mi pregunta sin mostrar cólera. Me figuré que Montagnier conocería la respuesta. Así que se la planteé. Con una mirada de perplejidad condescendiente, Montagnier dijo: «¿Por qué no cita el informe de los Centers for Disease Control (CDC, Centros para el Control de Enfermedades)?». Yo contesté: «No se refiere realmente al tema de si el VIH es o no la probable causa del SIDA, ¿O sí?». «No», admitió, sin duda preguntándose cuánto tardaría en marcharme. Buscó ayuda en el pequeño círculo de personas a su alrededor, pero todos estaban, como yo, esperando una respuesta más concluyente. «¿Por qué no cita el trabajo sobre el VIS (Virus de la Inmunodeficiencia Simia)?», ofreció el buen doctor. «También he leído eso, doctor Montagnier», contesté. «Lo que les pasó a esos monos no me recuerda al SIDA. Además, ese informe fue publicado sólo hace un par de meses. Estoy buscando el informe original con el que alguien demostró que el VIH causa el SIDA». Esta vez, como respuesta, el doctor Montagnier se dirigió hacia el otro lado de la habitación para saludar a un conocido.
No hemos podido encontrar ninguna buena razón por la cual la mayoría de la gente sobre la tierra cree que el SIDA es una enfermedad causada por un virus llamado VIH. Simplemente no hay evidencia científica alguna que demuestre que eso es cierto. [...] Ni Duesberg ni yo podemos entender cómo ha surgido esta locura, y habiendo vivido ambos en Berkeley hemos visto algunas cosas muy extrañas. Sabemos que errar es humano, pero la hipótesis VIH/SIDA es un error diabólico. Digo esto bastante alto como advertencia. Duesberg lo ha estado diciendo durante mucho tiempo.
 (Kary Mullis, prefacio al libro del Dr. Peter H. Duesberg Inventing the AIDS virus).


[1] El primer artículo que publicó Duesberg advirtiendo del error que podría significar el considerar al HIV como causante del sida, data de 1987: "Retroviruses as carcinogens and pathogens: Expectations and reality". Revista Cancer Research, 1987; 47: 1199-1220.

sábado, 26 de octubre de 2019

Los agentes estresantes del sistema inmune como causantes del sida


Existen otros factores, además de la adicción a las drogas, que han llevado al sida al lugar en donde se encuentra. Los responsables de esta enfermedad no son los virus sino los agentes estresantes del sistema inmune. Estos agentes pueden ser biológicos, químicos, físicos, nutricionales y mentales. Entre los estresantes biológicos, el que mayores estragos viene causando, sobre todo en la comunidad homosexual, es el semen, que puede actuar como un poderoso inmunosupresor, como ya se apuntó. Otro fluido corporal que puede actuar de similar manera es la sangre (de ahí el permanente debilitamiento del sistema inmunológico de los hemofílicos[1]). La lista de estresantes químicos es enorme; citaré solo algunos: antibióticos, antivirales, antimicóticos, antiparasitarios, tranquilizantes, antipsicóticos, antiepilécticos, antiparkisonianos y anestésiscos, antihiertensivos, antiaginosos y antiarrítmicos, gastrointestinales, antitiroideos, hormonas sexuales, anticonceptivos orales, antialérgicos, broncodilatadores, anticoagulantes, expansores del plasma, factores de coagulación e inhibidores de la agregación plaquetarias, antinflamatorios no esteroideos, corticosteroides, antiartríticos y medicinas para la gota, antitumorales. Esto en cuanto a los medicamentos legales. En cuanto a la contaminación ambiental, se han encontrado propiedades inmunotóxicas prácticamente en todas las sustancias químicas testadas de los siguientes grupos: metales pesados, pesticidas, hidrocarburos, alifáticos y aromáticos, alcoholes, fenoles y derivados, contaminantes del aire, gases producidos por diferentes motores, dióxido de nitrógeno, ozono, ácido sulfúrico y conservantes de alimentos. Drogas como el alcohol, tabaco, marihuana, cocaína, heroína, nitritos de amilo y de butilo (poppers), anfetaminas, e incluso la metadona utilizada como tratamiento de las drogodependencias, son potentes inmunosupresores. Los estresantes físicos más perjudiciales son las radiaciones ionizantes. Aquí se cuentan los campos electromagnéticos, las radiofrecuencias, las microondas y los láseres. La exposición a la radiación ultravioleta, si es excesiva, puede producir una disminución de linfocitos. Los estresantes nutricionales actúan cuando se hace presente la desnutrición por falta de proteínas y calorías suficientes. También la carencia de determinadas vitaminas y minerales altera el proceso de inmunidad. Entre otros están fundamentados los casos de carencia de vitamina A, zinc y cobre. Asimismo, la desnutrición intrauterina causa inmunosupresión prolongada o permanente. Otros poderosos inmunosupresores son los llamados radicales libres, que son combatidos mediante una dieta de alimentos antioxidantes. Por último, los estresantes mentales. Se ha encontrado inmunodepresión en personas expuestas a estrés psicosocial: la ansiedad y la depresión disminuye el recuento y funciones de los linfocitos. El estrés académico disminuye la producción de interferón y el estrés mental altera la posibilidad de reparación del ADN llevada a cabo por los linfocitos.
La teoría de los agentes estresantes como causantes del sida es del colombiano Roberto Giraldo y la expone con detalles en su libro SIDA y agentes estresantes.


[1] “Las alteraciones inmunológicas de los pacientes con hemofilia son directamente proporcionales a la cantidad de terapia recibida durante la vida. También es importante anotar que se ha descrito muchas veces un estado de inmunodeficiencia en individuos con hemofilia que son VIH negativos. De otro lado, no se ha encontrado inmunodeficiencia en pacientes con hemofilia tratados con factor VIII purificado” (Roberto Giraldo, “Papel de los estresantes inmunológicos en la inmunodeficiencia”).


viernes, 25 de octubre de 2019

Sida y riqueza


Si excluimos a los países africanos (en donde, como ya hemos visto, se tergiversan las estadísticas afirmando que las personas mueren de sida cuando en realidad están muriendo por carencias nutricionales y sanitarias), “el porcentaje relativo de muertes por sida es mayor en los países económicamente más ricos” (Silvia Giménez, Sida, un debate silenciado, p. 251). Este dato juega a favor de la hipótesis no vírica: en los países ricos las drogas recreativas proliferan mucho más que en los países pobres.

jueves, 24 de octubre de 2019

El semen como agente causal del sida


Debe recordarse que las relaciones anales pasivas, conocidas también como inseminaciones rectales, han sido reconocidas como un factor de alto riesgo para el sida, aun en individuos VIH negativos.
Roberto Giraldo, “Papel de los estresantes inmunológicos en la inmunodeficiencia”

Según Silvia Giménez,

el VIH no se está comportando como una enfermedad de transmisión sexual, por lo que la promiscuidad sexual por sí misma no parece aumentar el riesgo de contagio. [...] Tan solo dos o tres contactos sexuales son necesarios para transmitir la sífilis o la gonorrea, sin embargo, la transmisión de VIH requiere una media de 500 a 1000 (Sida, un debate silenciado, pp. 124 y 212).

Esto en relación a los heterosexuales; los homosexuales aparecen como más proclives a contraer el virus, sobre todo los que adoptan el rol pasivo y no utilizan preservativos:

El semen humano posee propiedades inmunogénicas que pueden inducir a un estímulo crónico del sistema inmunológico y degenerar en inmunosupresión, tal y como se ha demostrado también en experimentación animal. Las relaciones de sexo anal pasivo son una práctica de riesgo comprobada en la literatura médica especializada (op. cit., p. 160).

Es decir que el semen, liberado en el intestino y seguramente en contacto con la sangre de alguna herida provocada por la fricción, es un inmunosupresor de primer orden, lo que indica que además de contraer HIV, el homosexual pasivo que no utiliza preservativos, si es demasiado promiscuo, podría contraer el sida incluso llevando una vida en otros aspectos bastante saludable. Y lo mismo para los que practican el sexo oral y no tienen una higiene bucal de primer orden.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Los chimpancés y el sida


Harvey Bialy, biólogo molecular e investigador y editor científico de la revista BioTechnology, puso el ejemplo de los chimpancés en apoyo de la hipótesis de la inocuidad del HIV. Estos primates, dijo, son bastante susceptibles a la infección por HIV, pero hasta el momento no se han tenido noticias de chimpancés afectados por el sida (cf. Silvia Giménez, Sida, un debate silenciado, p. 221). Se contagian fácilmente el HIV, pero no desarrollan el sida. Y no lo desarrollan porque no presentan comportamientos de riesgo (drogas, malnutrición, contaminaciones de todo tipo), que son los auténticos auspiciantes de la aparición de los cuadros de inmunodeficiencia.

martes, 22 de octubre de 2019

El sida en África


Si las drogas psicoactivas son la causa principal del auge del sida, queda sin explicación lo que ocurre en África, el continente supuestamente más perjudicado por esta enfermedad, porque allí las drogas recreativas prácticamente no se utilizan. Para develar el enigma necesitamos entender que cuando las estadísticas nos dicen que en África hay tantos o cuantos pacientes enfermos de sida, no nos están diciendo en realidad que hay tantos o cuantos pacientes con HIV que enfermaron de sida, como se estila en el resto del mundo. Debido a que los africanos no pueden costear masivamente los test de HIV, los investigadores se creyeron con derecho a considerar como enfermos de sida a los pacientes que presentaban determinados síntomas, pese a no saber si tenían o no HIV. “El SIDA es el nuevo nombre que se ha dado a 30 enfermedades cuando se dan junto con un test positivo a los anticuerpos del HIV. Pero en África no es obligatorio realizar este test” (Silvia Giménez, Sida, un debate silenciado, p 168). Se necesitaba una definición de diagnóstico de sida para los países que no disponían del equipamiento necesario para realizar los análisis de sangre[1], y la Organización Mundial de la Salud accedió.

Al observar a la gente enferma en Zaire, los estadounidenses antes de pasar ningún test identificaron la epidemia de SIDA en este país, y se estableció la definición Bangui[2]. [...] Lo que significa que si tienes diarrea, 10% de pérdida de peso y fiebre eres caso SIDA, si tienes diarrea, tos y fiebre durante un mes, también eres caso SIDA. De esta manera se constata cómo se están renombrando algunas de las enfermedades de la pobreza (op. cit, p. 168).

Los africanos no están muriendo de sida, o en todo caso, no está muriendo debido al virus HIV: están muriendo de hambre y de pobreza, igual que se morían desde mucho antes de la aparición del sida[3].


[1] Y aunque los africanos contasen con los recursos necesarios, las pruebas de laboratorio serían problemáticas: los test ELISA y Western Blot son casi inútiles en la región, porque producen reacciones cruzadas con otros anticuerpos de enfermedades endémicas en la zona.
[2] Esta definición establece que se considera diagnóstico sida, sin pruebas de laboratorio del VIH, si se manifiestan al menos dos síntomas o signos principales y al menos un síntoma o signo menor en adultos o dos signos menores para los niños. Los síntomas o signos principales son: pérdida de peso mayor al 10%, fiebre durante un mes, diarrea durante un mes. Los signos menores son (entre otros): tos durante un mes y Dermatitis pruriginosa generalizada.
[3] El descargo del mayor defensor de la hipótesis vírica del sida es el siguiente: “El VIH, no la pobreza, predice la progresión al SIDA en África. Por supuesto, vivir en la pobreza aumenta el riesgo de contraer la infección por el VIH, porque las personas pobres tienen menos acceso a la información sobre cómo se transmite el VIH y cómo evitar contraer esta infección. Además, las personas pobres, especialmente las mujeres pobres, con frecuencia tienen menos poder para negociar el uso de condones. Las personas infectadas por el VIH que viven en entornos de escasos recursos pueden progresar más rápidamente al SIDA y la muerte debido a su acceso reducido a la atención médica y su estado de salud general disminuido en comparación con las personas que residen en entornos más ricos. […] las enfermedades que se han asociado con el SIDA en África, como el síndrome de desgaste, las enfermedades diarreicas y la tuberculosis, han sido durante mucho tiempo cargas severas allí. Sin embargo, las altas tasas de mortalidad por estas enfermedades, anteriormente confinadas para las personas mayores y desnutridas, ahora son comunes entre las personas jóvenes y de mediana edad infectadas por el VIH, incluidos los miembros bien educados de la clase media” (Robert Gallo y otros, “Errores en el artículo de Celia Farber de marzo de 2006 en la revista Harper”, artículo disponible en internet).

lunes, 21 de octubre de 2019

El sida y las drogas recreativas


Pero si el HIV es inofensivo, ¿por qué se enferma la gente de sida? La respuesta la tiene Silvia Giménez: “Los agentes patógenos asociados a estilos de vida irregulares son los que están produciendo el SIDA. Solo el 3% de los casos de SIDA en Estados Unidos provienen de personas con conductas libres de riesgo para la salud” (Sida, un debate silenciado, p. 119). Es curioso que el auge del sida en Europa y América coincidiera con el auge del consumo de drogas en esas regiones. “Si en 1974 eran 5,4 millones de estadounidenses los que habían tomado drogas alguna vez en su vida, en 1985 hablamos de 22,2 millones” (op. cit., p. 149). En 10 años se cuadruplicó el consumo de estupefacientes en los Estados Unidos, y es probable que en el resto de Occidente sucediera lo mismo. Las drogas psicoactivas —entre las que se cuenta mi favorita, el popper— parecen configurar la principal causa del auge del sida en los países desarrollados.

domingo, 20 de octubre de 2019

El sida y los suicidas


Hay mucha gente que muere por causa del sida, pero la mayoría no muere por la enfermedad misma sino por la idea que se hicieron de ella: “Los suicidios del sida sobrepasan a las muertes en más de 100.000, según datos del CDC (Centro de Control y Prevención de Enfermedades) en EE.UU de 1981 a 1998. Algo insólito en la historia de las enfermedades humanas” (Luis Campos, La macroestafa del sida, p. 24). Y entre estos suicidas, gran cantidad no son enfermos de sida, sino simples portadores de HIV, por lo que resulta improbable que pudiesen desarrollar en el futuro la enfermedad. De estos crímenes tendrá que dar cuenta alguna vez el aparato científico, que magnificó una patología rara de tal manera que creó una vorágine de desesperación en los seropositivos, desesperación injustificada la mayoría de las veces[1].


[1] A la lista de los que mueren por causa del (miedo al) sida, hay que agregar a los medicados. Según afirma una especialista en modelos matemáticos de infección por HIV, “la causa principal de muerte de los VIH-positivos durante los últimos años ha sido el fallo hepático, que de ninguna manera es una enfermedad incluida en la definición de SIDA sino un conocido efecto colateral de los inhibidores de la proteasa, que personas asintomáticas toman en dosis masivas diarias durante años” (Rebecca Culshaw, “¿Por qué abandoné la teoría del VIH como causa del SIDA?”, Artículo disponible en internet). De ser correcto este dato, se puede afirmar con bastante certeza que los antirretrovirales constituyen una mayor amenaza que la enfermedad misma.


sábado, 19 de octubre de 2019

El sida, enfermedad rara


La sociedad capitalista destruye al individuo, a la nación y a la civilización; debilita la economía, la salud y la vida de los seres humanos. El poder socioeconómico es la mayor causa del sufrimiento humano.
Norberto Keppe

Y parece que detrás de la mentira no están solamente los laboratorios, sino también la Organización Mundial de la Salud. Un negocio mayúsculo es vender antirretrovirales (miles de billones de dólares están en juego, calcula Silvia Giménez), pero para que el negocio fructifique es menester causarles pánico los portadores de HIV, y esto se logra falsificando las estadísticas, exagerando la cantidad de casos reales de sida, para que el infectado no dude en tomar religiosamente su medicina. Y digo que la OMS va entongada con esto por lo que afirma Gerardo Clavero, en su momento secretario general del Plan Nacional del Sida en España:

España facilita las cifras resultantes de sumar todos los casos acumulados desde que se conoce el sida porque hay un compromiso en ese sentido con la OMS. Pero las cosas no se suman de esa manera, y tanto a mí como a otros sanitarios nos molesta esa forma de contar, y recogemos también las cifras reales de la enfermedad. Es decir, los casos nuevos diagnosticados y registrados cada año. [...] Para el resto de patologías —hepatitis B o tuberculosis, por ejemplo— la OMS ofrece solo los casos aparecidos el último año. [...] Esa cuantificación amplifica la incidencia e incita a la confusión, por eso digo muchas veces que el sida se transmite por los periódicos. Cuando te preguntan, por ejemplo, ¿cuántos zapatos tienes?, tú dices los que tienes en ese momento, no todos los que has tenido a lo largo de tu vida (Gerardo Clavero, entrevista publicada en el diario El País de Madrid el 1º de diciembre de 1991, disponible en internet[1]).

Debido a los casos reales detectados, la OMS tendría que estar a un paso de catalogar al sida como una enfermedad rara (cf. Sida, un debate silenciado, p. 192). Sin embargo, hace todo lo que está a su alcance para que sea considerado como una pandemia. Todo para infundir terror en la población y sobre todo en los ya infectados con HIV. La gente vive con el corazón en la boca, con miedo de infectarse o con miedo de morir, sin ningún fundamento que avale estos miedos, o con fundamentos extremadamente flacos. Así es el mundo del capitalismo médico.

jueves, 17 de octubre de 2019

El virus hiv como causante del sida


La teoría del sida fue promovida por el Gobierno republicano de Reagan para apuntarse un tanto en la lucha de la peste del siglo y obtener pingües beneficios comercializando los tests y promoviendo el negocio de la farmafia.
Luis Campos, La macroestafa del sida

El 75% de los hemofílicos tienen en su sangre el virus HIV. Este virus, supuestamente, data de principios de los años 80, por lo que son cada vez más los hemofílicos portadores del virus. Sin embargo, la edad media de vida de los hemofílicos ha aumentado desde 11 años en 1972, a 20 años en 1982 y más de 25 años en 1986. Así las cosas, parecería deducirse de todo esto que el virus HIV, en lugar de disminuir la esperanza de vida de los hemofílicos, la aumentaría (cf. Silvia Giménez Rodríguez, Sida, un debate silenciado, pp. 119-20).
Esta información viene a cuento de la hipótesis que sostiene Silvia Giménez, que es la misma que viene sosteniendo desde hace muchos, demasiados años, el científico Peter Duesberg, la que dice que el virus HIV no es el causante del sida[1]. Yo me sumé a esta cruzada inmediatamente después de que cayera en mis manos, por obra del azar (lo encontré tirado junto a un árbol) el libro La conjura del sida, de Álvaro Martínez Arcaya. No necesité más que aquel inmenso libro para convencerme de que el sida no es causado por un virus sino por otros factores; y el hecho de que después de tantos años no se haya podido eliminar, o al menos poner en duda, la hipótesis vírica, me refuerza más en la idea que siempre he tenido respecto de que los laboratorios médicos no buscan la verdad, o, si esto parece demasiado idealista, la curación de las enfermedades, sino simplemente el lucro a cualquier costo[2].


[1] Los tres puntos principales que defiende Duesberg, en contra de la hipótesis vírica, son los siguientes: 1) El VIH no tiene ningún papel causal en el sida y podría ser un oportunista, un marcador de inmunodeficiencia o un indicador del abuso de drogas. 2) El sida no es una enfermedad viral ni infectocontagiosa ni se transmite sexualmente. 3) El sida es un síndrome tóxico-degenerativo causado por factores de riesgo no contagiosos y asociados a las condiciones de vida.

[2]Habida cuenta de la magnitud de los beneficios económicos que se dirimen tras la disputa que se mantiene en torno a la cuestión de las patentes y los precios de los fármacos en el caso del tratamiento antirretroviral para el sida, sería inimaginable que la investigación de este síndrome diera un giro a favor de las teorías no víricas del sida. Ello terminaría con este tratamiento vigente, al no ser considerado eficiente por esta hipótesis, que lo considera perjudicial y iatrogénico. Los miles de billones que se darían por perdidos por la industria farmacéutica en este caso hipotético, ayudan a entender el boicot a la controversia científica, motivado sin duda en buena parte por intereses económicos y subsidiariamente políticos” (Silvia Giménez Rodríguez, Sida, un debate silenciado, p. 323).

domingo, 13 de octubre de 2019

PHP (pensadores homosexuales y promiscuos)


Voy a sincerarme. Lo que me movió a escribir sobre Wittgenstein y a interesarme por sus ideas no fue mi curiosidad intelectual, mi hambre de saberes filosóficos, sino el dato de su supuesta promiscuidad. Siendo yo un pensador homosexual y promiscuo, deseaba estudiar a otro que también lo fuera. Pero hay dudas. No estamos seguros de que haya sido Wittgenstein tal como lo pinta Bartley. Tendré entonces, mal que me pese, que estudiar en algún momento a Foucault, porque nadie podría dudar razonablemente de que el francés haya sido, entre los pensadores famosos, el homosexual más promiscuo de la historia.
Foucault murió de sida en 1984. Según uno de sus más íntimos allegados, el propio Foucault estaba convencido

de haber contraído el sida durante una fellatio en un sauna de San Francisco, pues aprovechaba las invitaciones a los Estados Unidos para frecuentar allí estos establecimientos, manteniendo un anonimato que los volvía más agradables que en Francia, donde su fama hacía fácil que se lo identificara (Mathieu Lindon, Lo que significa amar, pp. 214-5).

Intentaré corregir a Lindon. Lo que posiblemente haya contraído Foucault en un sauna de San Francisco no fue el sida, sino el virus HIV. Tener HIV en la sangre no es lo mismo que tener sida. Y es probable que Foucault haya muerto de sida no por ser portador de HIV, sino por su adicción a la heroína, al ácido lisérgico y a váyase a saber a qué otra droga recreativa. Los malos hábitos son más deletéreos que los malos virus.

sábado, 12 de octubre de 2019

Wittgenstein y la vida de ultratumba


Deja a otros que se dediquen a estudiar cosas del derecho, a la poesía o a hacer silogismos, tú dedícate a aprender a morir.
Epicteto, Diálogos, II, 1, 36

Si como suponía Unamuno, y como sostuvieron Cicerón y los estoicos, la filosofía es fundamentalmente una reflexión sobre la muerte, Wittgenstein no se enteró.

Unos días antes de su muerte, Drury visitó a Wittgenstein en Cambridge, y este le comentó: «Es curioso que, aunque sé que ya no voy a vivir mucho más, nunca se me ocurre pensar en una “vida futura”. Todo mi interés está todavía en esta vida y en lo que todavía soy capaz de escribir.» (RM, p. 522).

Hasta el día anterior a perder la conciencia, el 27 de abril de 1951, siguió Wittgenstein escribiendo parágrafos de su ensayo Sobre la certeza. La muerte, se podría decir, lo sorprendió con un bolígrafo entre sus manos. No fue un escritor “de pura cepa”, como Pessoa o como Kafka, que no concebían la vida sin la escritura, pero creo que al final de sus días comprendió lo que tendría que haber comprendido mucho antes, que la filosofía se enseña mejor a través de la palabra escrita que no a través de las cátedras, de las cofradías o de las mudas acciones.
Im Anfang war die Tat, dice Goethe en el Fausto: en el principio fue la acción. Wittgenstein solía citar con aprobación este verso, pero la realidad que nunca vio, o que no quiso ver, afirmaba con estruendo que no era Goethe sino San Juan quien llevaba la razón: en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
0-----0-----0

viernes, 11 de octubre de 2019

Los deseos mortuorios del último Wittgenstein


La actitud que adoptó Wittgenstein al enterarse de que sus días estaban contados fue bastante curiosa. En diciembre de 1949 le escribió a Norman Malcolm:

Tengo un cáncer en la próstata. Pero, en cierto modo, esto suena mucho peor de lo que es, ya que existe una droga (de hecho, algunas hormonas) que pueden, según me han dicho, aliviar los síntomas de la enfermedad, de modo que puedo vivir aún varios años. [...] No me alteré ni poco ni mucho al saber que tenía cáncer, pero sí cuando me enteré que se podía hacer algo para remediarlo, pues no tenía ningún deseo de seguir viviendo” (carta citada en Recuerdo de Ludwig Wittgenstein, ensayo de Malcolm incluido en una compilación a cargo de Ricardo Jordana titulada Las filosofías de Ludwig Wittgenstein, p. 92).

¿Es lógico que un lógico se comporte así frente a una enfermedad terminal? No lo creo. Si no tiene deseos de seguir viviendo, lo racional es el suicidio, solución adoptada por tres de sus hermanos y por su admirado Weininger; y si quiere vivir, como creo que era el caso, hay que luchar con denuedo para salir adelante y vencer la enfermedad, o por lo menos ganar un poco de tiempo extra.

jueves, 10 de octubre de 2019

El embotamiento intelectual del último Wittgenstein


«Ahora voy a trabajar como nunca lo he hecho en mi vida», le dijo a la señora Bevan al saber que el cáncer había ganado definitivamente la batalla a los rayos X y al estrógeno, dos meses antes de morir.
Isidoro Reguera, Ludwig Wittgenstein

1950 sorprendió a Wittgenstein con escaso dinero en los bolsillos y el deseo de seguir escribiendo sin ser importunado con trabajos asalariados. A tal efecto, su amigo Norman Malcolm se dirigió a la Fundación Rockefeller con el objetivo de tramitarle una beca de investigación, pero Wittgenstein sentía que, si se la otorgaban, estaba siendo partícipe de una estafa. Le escribió al director de la Fundación una especie de confesión sobre su estado actual, físico y mental, para que evaluara si era pertinente, aun así, otorgarle la beca:

No he podido hacer ningún trabajo bueno y sistemático desde principios de marzo de 1949. [...] Con la edad, mis pensamientos pierden fuerza notablemente, cristalizan más raramente y me canso con mucha más facilidad. Mi salud es algo débil debido a una ligera y persistente anemia que me hace propenso a las infecciones. Esto, a su vez, disminuye las posibilidades de hacer un trabajo realmente bueno. Aunque me es imposible hacer predicciones definitivas, me parece probable que mi mente nunca vuelva a funcionar tan vigorosamente como, pongamos, hace catorce meses. No puedo prometer publicar nada durante lo que me resta de vida (citado en RM, p 510).

Atribuía Wittgenstein su cansancio y su abulia, su “embotamiento intelectual”, en parte a los estrógenos que le estaban suministrando para detener el cáncer de próstata, que ya estaba muy avanzado. Mientras los tomaba —comenta Monk— “le parecía muy difícil alcanzar la intensa concentración necesaria para escribir filosofía. «Trabajo algo», le dijo a Malcolm el 17 de abril, «pero me quedo atascado en cosas simples y casi todo lo que escribo es flojo»”. Al año siguiente murió, de manera que los estrógenos que le impedían pensar con prontitud y claridad poco hicieron para evitar el curso corriente de la enfermedad.
Pero hay más. Pocos días antes de su fallecimiento, los doctores llegaron a la conclusión de que ya no tenía sentido el suministro de hormonas y se las quitaron, y a partir de ahí recuperó Wittgenstein su lucidez intelectual:

Durante los dos meses que le quedaban de vida Wittgenstein escribió más de la mitad (los párrafos numerados del 300 al 676) de las observaciones que ahora constituyen Sobre la certeza, y al hacerlo produjo lo que muchas personas consideran el texto más lúcido de toda su obra (RM, p. 520).

Tomo nota: si estoy camino a la tumba y me recetan algún medicamento que embota mis entendederas con el fin de retrasar mi muerte, mejor lo dejo de lado y sigo forzando mi cabeza hasta las últimas consecuencias.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Wittgenstein y el elitismo cultural


Uno de los escritores favoritos de Wittgenstein era Charles Dickens. En Dickens, “Wittgenstein hallaba a un escritor inglés al que podía respetar por su «buen arte universal», en el sentido tolstoiano de que su arte es inteligible para cualquiera, y que se adhiere a las virtudes cristianas” (RM, p. 513). Tolstoi había recomendado, en su ensayo ¿Qué es el arte?, la simplicidad máxima como regla fundamental de expresión con el objetivo de que el arte se masifique y pueda conmover tanto a los cultos como a los escasamente letrados. Wittgenstein estaba de acuerdo con su admirado Tolstoi en lo referente a las producciones literarias, pero en el terreno filosófico sus opiniones se le oponían antitéticamente. Sus escritos, y en especial su Tractatus, resultan incomprensibles para la gran mayoría de la gente y solo pueden disfrutarlos aquellos que poseen extensos y profundos conocimientos de lógica y lógica matemática (incluso muchos avezados lógicos no los entendían plenamente, como era el caso de Russell y Frege, según ya hemos visto).
La lucha de Tolstoi contra el elitismo cultural es lucha sagrada, y yo soy su soldado incondicional. Wittgenstein, tal como le sucedió al estallar la Segunda Guerra Mundial, tenía sus simpatías divididas.

martes, 8 de octubre de 2019

Wittgenstein, a un paso del suicidio


Cuando Wittgenstein regresó de la Primera Guerra,

se enteró de la muerte de su amigo David Pinsent y pensó en suicidarse. Su tío lo encontró en la estación de tren en un estado muy alterado y con una versión muy cercana a lo que sería el Tractatus entre sus manos. Finalmente no se suicidó; quizá le salvó la vida su deseo de publicarlo, y sin duda no fue la última vez que su trabajo filosófico dio sentido a su vida. Porque si su trabajo filosófico [...] adquiere la capacidad de dar sentido a su vida es porque está envuelto en religiosidad, y es en este sentido —me parece— que habría que entender aquello que dijo a Drury: “No soy un hombre religioso, pero no puedo evitar ver cualquier problema desde un punto de vista religioso” (Isabel Cabrera, “La religiosidad de Wittgenstein” artículo disponible en internet).

La filosofía rescata. No sé si recata a quien la lee, pero sí a quien la piensa y la practica. Y si esa filosofía está envuelta en religiosidad, su poder rescatista es más efectivo.