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domingo, 1 de diciembre de 2013

¿Es posible el estudio de la ética bajo la sombra del postulado determinista? (extracto de una carta al Dr. Ricardo Maliandi)

[...] Y ahora paso al otro asunto, al que más me interesa: el de comentador --y crítico-- de sus escritos. Empezaré por un aserto que me perturba sobremanera, porque toca a la médula misma de mi pensamiento y de mi vocación propagandística, y es el tema de la contradicción performativa en relación a la hipótesis determinista. Dice usted en Transformación y síntesis, p. 13: "Todo «acto de habla» presenta una «estructura doble»; una parte «performativa» y otra «proposicional» (enunciativa). La contradicción pragmática o performativa tiene lugar entre esas dos partes, y no entre dos proposiciones. Así, por ejemplo, si alguien dice «yo no hablo», incurrirá en una clara autocontradicción pragmática, que es, en definitiva, la incompatibilidad lógica entre lo que se dice y el hecho de decirlo". Esto está perfectamente claro: digo "yo no hablo", pero mientras lo digo hablo, y entonces me contradigo; perfecto. Pero después encuentro, en la página 114 de la primera edición de su Ética: conceptos y problemas, las siguientes palabras:

Se puede demostrar que cualquier argumentación que pretenda negar la libertad incurre en una "autocontradicción performativa" (contradicción entre el contenido de lo que se dice y lo que se hace en el acto de decirlo), pues el recurso mismo a la argumentación ya presupone el reconocimiento de la libertad del que habla y de sus interlocutores.

Pero a mí no me parece que al negar el libre albedrío, esté yo incurriendo en ese tipo de contradicción, porque yo no diría que no soy libre para hacer lo que quiero (en este caso, hablar), sino que, al modo como lo planteaba Einstein --que seguía en esto a Schopenhauer--, diría que no soy libre para querer lo que quiero. "Yo puedo hacer lo que quiero, decía Alberto; puedo, si quiero, encender mi pipa, y efectivamente la enciendo. Pero desde el preciso momento en que yo quiero encender mi pipa, inevitablemente la encenderé y no podré negarme a ello (a menos que un inconveniente de orden externo me lo impida)". No es, pues, la libertad de acción la que se niega, sino la libertad del querer, la libertad del deseo. Y como la contradicción performativa habla de una incompatibilidad entre lo que se dice y lo que se hace a través del acto de decirlo, y no de una incompatibilidad entre lo que se dice y lo que se desea, no creo que pueda ser aplicada correctamente en este caso puntual de la negación de la libertad del querer. Una proposición determinista que intentara escapar de la contradicción performativa diría más o menos así: "Yo no soy libre para no desear lo que deseo, pero esto no significa que no sea libre para decir lo que quiero (en este caso, para decir que «no soy libre para no desear lo que deseo»)"[1].

Parece que Husserl pretendió haber refutado este "determinismo de la querencia" propugnado por Schopenhauer, y Hans Reiner se doctoró, precisamente ante Husserl, con un trabajo que también pretende negar este tipo de determinismo y abrirle las puertas al libre albedrío o, como la llama él, a la libre decisión (cf. "La libertad del querer humano", ensayo incluido en su libro Vieja y nueva ética). Sin embargo, no viene al caso adoptar ahora  una postura en favor de las duplas Einstein-Schopenhauer o Reiner-Husserl, sino decidir si algún tipo de contradicción performativa puede o no desbaratar la tarea que un determinista como yo realiza en favor de la adopción, por parte de la intelectualidad primero y de la generalidad de la gente después, de una hipótesis de trabajo estrictamente (aunque no dogmáticamente) determinista.

El determinismo, estimado Ricardo, no me parece a mí "el cuco de la ética" como a veces se cree, sino todo lo contrario. Estoy plenamente convencido de que es posible el estudio de la ética partiendo desde la hipótesis determinista, y estoy también convencido de que una buena vida, una vida feliz y altruista, también puede construirse teniendo al determinismo en el horizonte. Y en apoyo de estos bastante heterodoxos postulados cito, ya sin parafrasearlo, a mi amigo Einstein:

No creo en absoluto en la libertad del hombre en un sentido filosófico. Actuamos bajo presiones externas y por necesidades internas. La frase de Schopenhauer: «Un hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede no querer lo que quiere», me bastó desde la juventud. Me ha servido de consuelo, tanto al ver como al sufrir la dureza de la vida, y ha sido para mí una fuente inagotable de tolerancia. Ha aliviado ese sentido de responsabilidad que tantas veces puede volverse una traba, y me ayudó a no tomarme demasiado en serio, ni a mí mismo ni a los demás. Así pues, veo la vida con humor (Mi visión del mundo, p. 15).

Le mando un abrazo y espero disponer de algún tiempo como para continuar la lectura de su obra, que es interesantísima y que me va llenando de sugerencias con las que complementar mis propios pensamientos relacionados con la ética. ¡Hasta pronto!



[1] Cito en mi apoyo al astrofísico español Martín López Corredoira con un extracto de su ensayo Determinismo en la física clásica (http://www.iac.es/galeria/martinlc/basilisco/basilisco.html): "Fue Epicuro quien dijo que un determinista no puede criticar la doctrina del libre albedrío porque admite que su crítica está determinada [...]; afirmar que todo está determinado equivale a afirmar que la afirmación está asimismo determinada y, por lo tanto, quitarle todo valor de afirmación. Y, como Epicuro, muchos otros autores fundamentaron su crítica en esto mismo [...]. Me parece una crítica sin fundamento. ¿Por qué ha de perder valor un razonamiento al que se está destinado a llegar? ¿Acaso tienen más valor los razonamientos indeterminados? ¿Por qué? Ante la falta de respuestas a estas preguntas, ante una falta de fundamento en la crítica, no cabe considerarla como tal. No supone ninguna contradicción estar determinados y, arrastrados por el destino, darse cuenta de que estamos determinados. Es totalmente consistente. Uno no puede "elegir" las buenas ideas, pero el destino puede "elegir" a los individuos que han de tener la verdad en sus manos. Unos pocos "elegidos por el destino" tienen la razón y los demás se equivocan. En analogía a la doctrina de Calvino [...], podríamos decir que el camino de nuestra vida consiste en saber si nosotros estamos entre los elegidos, pero no podemos hacer nada para cambiarnos de bando. Suponiendo que el mundo obedece a un determinismo, unos pocos elegidos verían la verdad: que el mundo es determinista, y los demás estarían condenados a las tinieblas de la ignorancia". Estoy cierto de que Maliandi coincidiría con Juan Arana en que "sólo hombres libres pueden llegar a teorizar la no-libertad"; yo le respondería, de la mano de López Corredoira, que no lo creo así, que no veo contradicción en que alguien sea llevado por su destino a convertirse en un filósofo que teorice la no-libertad.

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