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martes, 2 de junio de 2015

Los fragmentos de Novalis

Soñamos viajes a través del Universo, pero ¿no está el Universo dentro de nosotros? No conocemos las profundidades de nuestro espíritu. Hacia dentro va el camino misterioso. En ninguna parte sino dentro de nosotros, está la eternidad con sus mundos, el pasado y el porvenir.
Friedrich von Hardenberg (Novalis), Fragmentos, p. 29

Primero, conocernos a nosotros mismos; después, conocer a los demás seres vivos; por último, conocer el universo. He ahí mi orden de prioridades.

Los dolores deben ser soportables por el solo hecho de ser nosotros mismos los que los originamos, pues no sufrimos más que en la medida en que somos activos en el sufrir.
Ibíd., p. 30

El dolor es una de las dos características que distinguen a los seres superiores de los inferiores: el gusano sufre, la piedra no. Del mismo modo, cuanto mayor grado de perfección alcance un ser, más agudos serán sus dolores: el hombre sufre mucho más agudamente que el gusano. Según esta progresión, cuanto más agudamente sufra un hombre, más evolucionado será. Claro que a los dolores agudos inexorablemente los sucede la otra característica inherente a los seres superiores: la capacidad de experimentar agudos placeres. Es posible que el síndrome maniacodepresivo, que la psiquiatría contemporánea considera una enfermedad, sea el estado espiritual más elevado de todos cuantos el hombre pueda registrar.

A la humanidad le toca desempeñar un papel humorístico.
Ibíd., p. 31

El amor y el humor: si no somos capaces de percibirlos y ofrecerlos, no somos personas.

La propiedad, según nuestro concepto jurídico, es sólo una noción positiva, es decir, una noción que cesará tan pronto como cese el estado de barbarie. El derecho positivo tiene que tener fundamentos positivos a priori. Propiedad es aquello que nos da la posibilidad de exteriorizar nuestra libertad en el mundo de los sentidos.
Novalis, Fragmentos, pp. 34-5
Quien percibe la vida más allá de lo que le dictan los sentidos no necesita de la propiedad para sentirse libre.

El poeta comprende la naturaleza mejor que el sabio.
Ibíd., p. 40

Aquí mi amigo Novalis, según me parece, se confunde, y esta confusión asoma mucho más al leer otro fragmento de la misma página:

El poeta ordena, reúne, escoge, inventa --y a él mismo se le escapa por qué lo hace, exactamente, de esta y no de otra manera.

Si el poeta comprende la naturaleza mejor que el sabio, ¿por qué se le escapa ese "por qué" que al sabio nunca se le escaparía?[1] La confusión viene de unificar en el concepto de "poeta" a dos entidades distintas. En el primer fragmento Novalis se refiere a lo que yo llamo "poeta centrípeto", mientras que en el segundo hace alusión al "poeta centrífugo". Poeta centrípeto es todo ser capaz de percibir la poesía que hay detrás de cualquier forma física o mental; estos seres sí es posible que comprendan la naturaleza mejor que el sabio. El poeta centrífugo, en cambio, se caracteriza no por saber percibir la poesía sino por tener el don de facilitarles esta percepción a otros mediante la contemplación de su arte. Poeta centrípeto es el místico, poeta centrífugo es el artista. El poeta centrípeto lo es si y sólo si además es asceta; el poeta centrífugo lo es por motivos que se desconocen, y es indiferente a su poder artístico el hecho de que sea un asceta o un canalla. Puede haber poetas que sean capaces de desarrollar estas dos facultades a la vez --San Juan de la Cruz, William Blake o Xul Solar serían quizás algunos ejemplos-- , pero lo más frecuente es que los místicos no tengan la habilidad de canalizar hacia el exterior sus visiones, y que los artistas no tengan la capacidad moral necesaria como para ser, además de transmisores, receptores[2].

La poesía es una parte de la técnica filosófica.
ibíd., p. 41

Es la famosa retórica, la misma que tantos pensadores (Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Spinoza) desdeñaron por convicción o por incapacidad --más frecuentemente por ésta que por aquélla-- y que tan indispensable se hace a la hora de que la gente se interese por la filosofía. Pero guarda el hilo, que la retórica es una parte de la filosofía, y por lo tanto debe estar subordinada a las ideas. Un ejemplo hermosísimo de dicha subordinación se nota en los diálogos de Platón; un ejemplo pantanoso de retóricas que se independizan de la razón --que ya no son retóricas sino sofismas-- lo sufrimos en Nietzsche.

La medicina tiene que llegar a ser algo muy distinto de lo que hoy es: ciencia del arte de vivir y ciencia natural de la vida.
Ibíd., p. 43

Lo será cuando los médicos sean, además de médicos, y antes que médicos, filósofos, tal como lo era Hipócrates.

Nuestras enfermedades son todas fenómenos de una sensibilidad más elevada, que quisieran transformarse en fuerzas superiores.
Ibíd., p. 46

Y lo logran, cuando atacan a la gente moralmente sana.

El sueño es un estado mixto del cuerpo y del alma. En él están ambos químicamente ligados; esparcida el alma homogéneamente por el cuerpo todo, el hombre se haya neutralizado. La vigilia es un estado de escisión, un estado extremo, en el que el alma se halla cercada, localizada.
Ibíd., p. 49

En los sueños, mientras nuestra conciencia delira, nuestro inconsciente se nutre con la Realidad misma. Según creo, las verdaderas visiones interiores se dan mientras dormimos.

Hay que separar a Dios de la Naturaleza. Dios no tiene nada que ver con ella. Él es la meta de la naturaleza, aquello con lo cual tendrá un día ésta que armonizarse.
Ibíd., p. 52

Dios es la naturaleza en sí, la naturaleza sublimada.

Todo lo que llamamos azar proviene de Dios.
Ibíd., p. 52

Azar, al revés, se lee "raza". Las razas que piensan al revés creen en el azar.

¿Por qué no tenemos un sentido eléctrico o magnético?
Ibíd., de. 58

Lo tenemos, sólo que no acertamos a descubrir su funcionamiento.

Un instinto absoluto de perfección e integridad es una enfermedad tan pronto como se muestre destructor y nocivo para lo que es imperfecto e incompleto.
Ibíd., p. 59

Un ser superior que se muestra intolerante con los inferiores, es un ser inferior.

La verdad es un error total como la salud una enfermedad también total.
Ibíd., p. 59

Las paralelas se juntan en el punto impropio del plano. Hay otras tantas definiciones de este genio de las letras que acabo de descubrir llamado Novalis que me gustaría transcribir, pero esta vez lo haré sin comentario posterior ninguno que arruine la belleza de la frase:

Hay que estar orgulloso del dolor; cada dolor es un recuerdo de nuestro alto rango (p. 30).

No sólo la facultad de reflexión funda la teoría. Pensar, sentir y contemplar hacen una sola cosa (p. 38).

La separación entre el poeta y el pensador es sólo aparente y desventajosa para ambos. Es indicio de enfermedad y de constitución enfermiza (p. 39).

El pensador sabe hacer, de cada cosa, el todo. El filósofo se vuelve poeta. El poeta representa sólo el grado más sublime del pensador o de aquel que en vez de pensar, siente. (p. 44).

Las enfermedades son un objeto sumamente importante para la humanidad, pues es su número tan inmenso y tan grande la lucha que cada hombre tiene que sostener con ellas. Todavía conocemos de una manera muy incompleta el arte de ponerlas a nuestro servicio. Es probable que sean el estímulo y el objeto más interesante de nuestra reflexión y de nuestra actividad. De seguro se podrán obtener en este terreno frutos infinitos, especialmente, a lo que me parece, en el intelectual, en el moral, en el religioso y en no sé qué campo maravilloso más. ¿Llegaré a ser el profeta de esta arte? (pp. 45-6).

Dormir es digerir las impresiones sensitivas. Los sueños son excreciones; se originan por el movimiento peristáltico del cerebro (p. 49).

La fe es la sensación del saber; la idea es el saber de la sensación; el pensamiento, el pensar, predominan en el saber, como el sentir en la fe (p. 51).

Nos imaginamos a Dios de una manera personal, como también nos figuramos nosotros mismos de esta manera. Dios es tan absolutamente personal e individual como nosotros --pues lo que llamamos nuestro yo no es verdaderamente nuestro, sino su reflejo (p. 52).

Dios quiere dioses (p. 52).

Hay que buscar a Dios entre los mortales. El espíritu del cielo se revela del modo más nítido en los sucesos humanos, en nuestros pensamientos y en nuestros sentires (p. 53).

Amor absoluto, independientemente del corazón, fundado en la fe, esto es religión (p. 55).

Generalmente se comprende mejor lo artificial que lo natural. Hace falta más genio, pero menos talento para lo sencillo que para lo complicado (p. 60).

Fragmentos de esta clase son semillas literarias. Bien puede ser que se encuentre entre ellas algún grano vacío, ¿pero qué importa si una nos prende? (P19).
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[1] (Nota añadida el 21/8/14.) Ya platón había comprendido tempranamente que los poetas son poetas a pesar suyo: "Respecto a los poetas me di cuenta, en poco tiempo, de que no hacían por sabiduría lo que hacían, sino por ciertas dotes naturales y en estado de inspiración como los adivinos y los que recitan los oráculos. En efecto, también éstos dicen muchas cosas hermosas, pero no saben nada de lo que dicen (Apología de Sócrates, 22b-c).
[2] (Nota añadida el 24/5/4.) Ensayista escocés Thomas Carlyle fue uno de los tantos que negó esta teoría: "En un poeta digno de ese nombre, las facultades del intelecto están entretejidas de modo indisoluble con los sentimientos morales, y el ejercicio de su arte no depende más de la perfección del uno que de los otros. El poeta que no sienta de un modo tan noble como apasionado, no logrará nunca de modo duradero hacer sentir a los demás. [...] por fortuna, el deleite en los productos de la razón y de la imaginación apenas puede separarse de, cuando menos, el amor a la virtud y a la auténtica grandeza" (Vida de Schiller, pp. 153-4). Puede que el poeta centrífugo ame la virtud tan apasionadamente como el poeta centrípeto; lo que sucede es que, a diferencia del centrípeto, el poeta centrífugo suele tener una idea muy peregrina de lo que la virtud sea. Un poeta puede amar hasta el delirio a la virtud, pero si este hombre --poeta, pero no pensador-- supone que la virtud no está reñida con la opulencia, tendremos como resultado un poeta rico, o sea un poeta inmoral. ¿Y alguien sería capaz de restar méritos a la poesía de un Shakespeare o un Goethe, dos de los más grandes poetas que hayan existido jamás (a mí no me consta, pero lo dicen "los que saben") y que han sido, a la vez, dos grandes bellacos, "amantes" de la virtud en teoría y amantes de las riquezas en la práctica? Y la historia del arte confirma que muy pocos poetas tuvieron más escrúpulos que ellos a la hora de repartir sus ganancias.

lunes, 1 de junio de 2015

LOS AFORISMOS DE LICHTENBERG



Jamás se es más feliz que cuando nos sentimos impulsados por un fuerte sentimiento a vivir sólo en este mundo. Mi desgracia está en que no vivo nunca en este mundo, sino en múltiples encadenamientos de posibles combinaciones, creadas por mi imaginación con ayuda de mi conciencia.
Georg Christopher Lichtenberg, Aforismos, p. 14.

¡Pero soñar también es vivir!...

... miro la época en que pude ser casado y no lo fui, como un estado medio salvaje.
Ibíd., p. 17.

Ningún hombre se halla completo hasta que se une con la mujer amada, y viceversa.

Los ricos no valen gran cosa en ninguna parte del mundo.
Ibíd., p. 10.

Ni en ninguna parte de la historia.

A continuación transcribiré algunos de los aforismos de Lichtenberg sin interrumpirlos, anteponiendo a cada uno la numeración que se le da en el libro por mí leído (que a su vez es una recopilación). En los casos en que aparezcan tres puntos entre paréntesis (...), sucedió que ahí fue mutilada una parte del aforismo, sea que la mutilación haya corrido por mi cuenta o por cuenta de Guillermo Thiele (¿Guillermo Tell?), quien es el traductor del libro:

9: Un pensador atento encontrará en los "escritos-juguetes" de grandes hombres a menudo más enseñanzas y finezas que en sus obras serias. Lo formal, lo convencional, lo ceremonial desaparece en aquellos generalmente; y es asombroso cuántas miserables cosas convencionales hay aún en nuestra manera de narrar para la forma impresa. La mayoría de los escritores ponen una cara como alguna gente cuando hace retratarse.

16: Aquel libro tuvo el efecto que los buenos libros tienen comúnmente. Hizo más ingenuos a los ingenuos, más inteligentes a los inteligentes, y los otros miles permanecieron inmutables.

17: Hay sermones que uno no puede escuchar sin llorar de emoción, y leer, sin llorar de risa.

21: Desde la invención del arte de escribir, los ruegos han perdido mucho de su fuerza, las órdenes en cambio han ganado. Es un triste balance. Ruegos escritos son más fáciles de rechazar y órdenes escritas más fáciles de dar que las orales. Para ambas cosas es menester cierto valor que a menudo falta cuando la boca es la que lleva la palabra.

22: He hecho encuadernar los diarios del año pasado. Es indescriptible qué clase de lectura es ésta: cincuenta partes de esperanza vana, cuarenta y siete partes de profecías falsas y tres partes de verdad. Esta lectura ha desvalorizado para mí muchos de los diarios del presente año, pues pienso: "Lo que son éstos, lo fueron aquellos también".

42: Es casi imposible llevar la antorcha de la verdad por entre un gentío sin chamuscar a alguien la barba.

44: La pregunta: "¿Debe filosofar uno mismo?" Ha de ser contestada, paréceme, en la misma forma que otra semejante: "¿Debe uno afeitarse solo?" Si alguien me preguntara, contestaría así: "Si uno sabe hacerlo bien, es una gran cosa". Está bien, creo, que alguien intente aprender a hacerlo solo, pero que por nada haga los primeros ensayos en su propia garganta. ¡Actúa como ya antes de ti han actuado los más sabios, y no hagas el comienzo de tus prácticas filosóficas en lugares donde un error puede ponerte en manos del verdugo!

46: Como el hombre no reside dentro del globo que habita, sino en la superficie si se descuenta el aire, así el interior de las cosas tampoco es para el hombre, sino sólo la superficie, si se descuenta la escasa profundidad donde aún puede vivir el buzo filosófico.

48: "Dios crió al hombre a su imagen", quiere decir probablemente, que el hombre crío a Dios a la suya.

50: Más que nada me duele, en todo cuanto hago y no hago, el que mi modo de ver el mundo debe ser igual al del hombre común, y eso que yo científicamente sé que éste lo ve mal.

53: (...) No encontramos ninguna causa en las cosas sino que notamos sólo aquello que entra en nosotros porque algo en nosotros lo llama. Adonde quiera que miremos, no vemos más que a nosotros.


58: En todos los idiomas se dice: "Yo pienso, yo siento, yo respiro, yo he recibido una paliza, y yo comparo, yo me acuerdo del color, yo me acuerdo de la frase". Lo que en nosotros se acuerda del color y lo que se acuerda de la frase, quizá no sea una y la misma cosa, como tampoco lo que recibe la paliza y lo que compara. Todo movimiento en el mundo tiene su causa en algo que no es movimiento. ¿Por qué la fuerza universal no ha de ser también la causa de mis pensamientos, así como es la causa de la fermentación?

64: Nuestros filósofos escuchan demasiado poco la voz del sentimiento o, mejor, tienen raras veces el sentido bastante refinado, de modo que ante cualquier acaecimiento en el mundo indican más bien lo que ellos saben y no cómo y qué sienten frente a él. Esto no tiene valor, ya que así no nos acercamos ni un paso más a la filosofía propiamente dicha. Pues lo que el hombre puede saber, ¿es acaso precisamente aquello que debe saber?


67: Los pequeños experimentos que hacemos y nuestros esfuerzos particulares por más insignificantes que sean, a menudo contribuyen, sin embargo, a formar el gran río que desemboca en el mar de la infinidad, si bien ese río, imponiendo su nombre, devora todos los arroyitos. ¿Qué le quedaría al Rin si a los arroyitos se les ocurriese sustraerle lo suyo?

68: ¡Cuantas ideas no flotan en mi cabeza, dispersas, de las que muchos pares, si se uniesen, pudieran causar el mayor descubrimiento! Pero yacen tan separadas como el azufre de Goslar del salitre de las Indias orientales y del polvo en las carboneras del Eischsfeld, los que combinados darían pólvora. ¡Cuánto tiempo antes han existido los ingredientes de la pólvora, que la pólvora misma! Una aqua regis natural no existe. Si nosotros al reflexionar nos abandonamos al natural encaje de las formas intelectuales y de la razón, unos conceptos a menudo se adhieren a otros de modo que no pueden unirse a los que en realidad les son afines. ¡Si en esto hubiese algo como el  desleimiento en química, donde las distintas partes nadan, levemente suspensas, y por ende pueden seguir cualquier corriente! Pero como esto no puede ser, debemos agrupar las cosas a propósito. Se debe experimentar con ideas.

69: ¿quién sabe si un perro, un rato antes de dormirse, un elefante borracho no tienen ideas que no serían indignas de un maestro de filosofía? Pero éstas les son inútiles y vuelven a esfumarse por obra de sus órganos sensoriales demasiado irritables.

70: Podría concebirse un ser que razona, al que resultara más fácil ver lo futuro que lo pasado. En los impulsos de los insectos hay ya mucho que nos debe hacer creer que ellos son guiados más por lo futuro que por lo pasado. Si los animales recordasen tanto lo pasado como presienten lo futuro, muchos insectos nos superarían; pero así la fuerza del presentimiento parece estar siempre en proporción inversa al recuerdo de lo pasado.

71: Hay una gran diferencia entre creer todavía algo y creerlo de nuevo. Creer todavía que la luna acciona sobre las plantas, revela estupidez y superstición, pero creerlo de nuevo, atestigua filosofía y reflexión.

73: ¿Hará la música crecer a las plantas o habrá entre las plantas algunas que son musicales?

74: Ayer llovió todo el día, y hoy brillaba el sol todo el día. ¿Cuántos acaecimientos de mi vida hubieran tomado otro rumbo si hubiese llovido hoy y el sol hubiese brillado ayer? (...)

75: La duda no debe ser otra cosa que vigilancia, si no puede llegar a ser peligrosa.

77: Nosotros, la cola del mundo, no sabemos qué propósitos tiene la cabeza.

81: El hombre es una obra maestra de la creación ya por el mero hecho de que, con todo determinismo, cree actuar como ser libre.

100: Hombres diestros en observarse a sí mismos e íntimamente conscientes de tal superioridad, se alegran a menudo al descubrir la propia flaqueza, cuando el descubrimiento debiera entristecerles. Tanto más vale en muchos el profesor que el hombre .

101: ¡Cómo sé mentirme! Una mitad de mí puede poner cara de ingenuo para engañar a la otra. ¿Hay algo más raro que el ser humano? (...)

109: Cuando se es joven apenas se sabe que se vive. La sensación de salud sólo se adquiere por la enfermedad. Cuando damos un salto, sentimos que la tierra nos atrae, por el choque al caer. Cuando se presenta la vejez, el estado de enfermedad se torna una especie de salud, y uno ya no se apercibe de que está enfermo. Si no se conservase el recuerdo de lo pasado, poco se advertiría el cambio. Por ello creo también que los animales no envejecen sino a nuestro modo de ver. Una ardilla que en el día supremo lleva la vida solitaria de una ostra, no es más desgraciada que la ostra. Pero el hombre que vive en tres ámbitos, en el pasado, en el presente y en el porvenir, puede ser desgraciado por el fracaso de uno de los tres. La religión añadió hasta un cuarto: la eternidad.

113: La naturaleza ha creado las mujeres de modo que no actúen según principios sino por sentimiento.

116: Los reyes creen a menudo que lo que hacen sus generales y almirantes, es patriotismo y afán de honor personal. Pero más a menudo el móvil de grandes actos es sólo una muchacha que lee el diario.

118: Estoy convencido de que uno no sólo se ama en otros sino se odia también en otros.

119: Cada cual es un genio al menos una vez por año. Sólo que los genios propiamente dichos tienen las buenas ocurrencias más seguidas. (...)

120: Muy a menudo he meditado en qué, mirándolo bien, el gran genio se distingue del vulgo. He aquí algunas observaciones. El intelecto común va siempre conforme a la opinión predominante y a la última moda, considera el estado en que todo actualmente se halla, como el único posible y permanece pasivo ante todo. No se le ocurre que cada cosa, desde la forma de los muebles hasta la hipótesis más útil, fue resuelta en el gran consejo de los hombres de que él es partícipe. Lleva suelas delgadas en sus zapatos aunque las piedras puntiagudas le magullen los pies; permite que, por la moda, le pongan las hebillas de los zapatos muy cerca de los dedos, aunque se le escurra el zapato constantemente. No para mientes en la idea de que la forma de los zapatos depende tanto de él como de aquel compadrito que fue el primero en usarlos finitos sobre el mísero adoquinado. Al gran genio se le ocurre por doquier: ¿Esto acaso no podría ser también falso? No da nunca su voto sin reflexionar. Conocí un hombre de gran talento cuyo sistema de opiniones como también su ropaje se distinguía por el orden y la utilidad particulares; no aceptaba nada en su casa sin percatarse antes de su ventaja. Le era imposible adquirir algo sólo porque otra gente lo tenía así. Pensaba así: "Conque han decidido si mí que esto deba ser así; quizá lo hubieran resuelto de otro modo si yo hubiese intervenido". Hay que agradecer a tales hombres que al menos sacudan de vez en cuando lo que quiere asentarse, pues para ellos es aún demasiado joven nuestro mundo. Todavía no debemos llegar a ser chinos. Si las distintas naciones estuviesen totalmente separadas la una de la otra, quizá todas, si bien en distintos grados de perfección, hubieran llegado a aquella inacción china.

122: Parte de gloria de los hombres más famosos se debe siempre a la miopía de sus admiradores. (...)

123: En el carácter de todo hombre hay algo que no se puede quebrar: el esqueleto del carácter; y el querer modificarlo es siempre adiestrar una oveja para perro colaborador[1].

128: Nada se juzga más superficialmente que el carácter de los hombres, y sin embargo en nada deberíamos ser más circunspectos. En ninguna cosa se aguarda menos hasta ver el conjunto básico que hace el carácter, que en esto. Siempre me pareció que la llamada mala gente gana si se la conoce más de cerca, y la buena pierde.

141: A veces, cuando había tomado mucho café y por ello me asustaba de todo, podía percibir bien exactamente que me asustaba antes de que oyera el ruido. Luego oímos --por así decir-- aun con otros órganos que con los oídos.

142: Aún no he encontrado a nadie que no afirme que cortar papel de estaño con una tijera, causa sensación agradable.

156: La mosca que no quiere ser muerta, para mayor seguridad se posa sobre el mismo matamoscas.

166: Creo que en los estudios sucede lo mismo que en la horticultura: no importa quién planta, ni quién riega, sino Dios que da la prosperidad. Me voy a explicar. Seguramente hacemos gran cantidad de cosas creyendo hacerlas a sabiendas y, en realidad, las hacemos sin saberlo. Hay en nuestro ánimo algo como el brillo del sol y los cambios de tiempo, que no depende de nosotros. Si yo escribo sobre un tema, lo mejor se me ocurre siempre sin que yo pueda indicar dónde.

167: La plebe se arruina por la carne que con demasiada apetencia va contra el espíritu, y el sabio por el espíritu que con demasiada apetencia va contra la carne.

171: (...) El que entiende sólo de química, no entiende bien ni siquiera de ella.

173: (...) Cuando escribe para sí mismo, el hombre escribe siempre bien, sin excepción.

174: Las anticipaciones del genio son atrevidas y grandes, y a menudo penetran en lo hondo, pero la fuerza para ello merma temprano. La razón sistemática no se anticipa tan audazmente, pero aguanta más tiempo. Raras veces se es un impulsivo anticipador después de llegar a los sesenta años, pero siempre se puede ser todavía un pensador muy bueno, metódico e ingenioso. Uno que ha llegado a esa edad, raras veces engendra hijos, pero se torna tanto más hábil para educar a los engendrados, y la educación es otra especie de engendramiento.

182: Es una mala recompensa que un muchacho en cuya educación se ha invertido algo, acabe por ser poeta. Apenas un cuarto de hora de serenatas en pago de un servicio de años. Padres que advierten que su hijo quiere ser poeta profesional, deberían azotarlo hasta que desista de hacer versos o hasta que se torne gran poeta.

186: Disminuir las necesidades sería, creo, lo que debería inculcarse absolutamente a la juventud y tratar de fortalecerla para ello. Cuantas menos necesidades, tanto más felicidad: es ésta una verdad antigua, pero muy mal conocida.

188: Hacer un voto es un pecado mayor que el de no cumplirlo.

194: ¿Cómo, no han mejorado los vinos dejándolos reposar? ¿Por qué no mejoramos aún otras cosas mediante el tiempo? (...)

201: Sin íntima convicción, ni el honor, ni la dicha, ni el aplauso del mundo lograrían ponerme contento, y si lo estoy por propia convicción, el juicio de un mundo entero no me puede turbar este placer. (...) Yo al menos, cuando enfermo, guardando cama en mi habitáculo, he tenido momentos que sin reparo cuento entre los más dichosos de mi vida; tristes también, como va de suyo, pero igualmente tristes con plena salud, y fuera de la cama.

204: Es una sensación muy desagradable para mí el que alguien me tenga compasión en el sentido que comúnmente se da al término. Por ello la gente cuando anda muy mal reñida con alguien, usa la frase: "Éste me da lástima". Esta especie de compasión es una limosna, y limosnas suponen indigencia por un lado y abundancia por otro, por más pequeña que sea. (...) Pero existe una compasión mucho menos egoísta que verdaderamente toma parte y que procede rápidamente a la acción y salvación y raras veces es acompañada por un sentimentalismo melancolizante (perdóneseme la palabra). Se podría denominar a aquélla la compasión limosnera y a ésta de la alianza ofensiva y defensiva. (...)

214: Los ojos de una mujer son para mí una parte tan esencial, los miro tantas veces, me imagino tantas cosas por ellos que --si yo no fuese más que cabeza-- por mí las muchachas podrían ser nada más que ojo.

215: Su enagua era roja y azul, con rayas muy anchas y parecía hecha del telón de un teatro. Mucho habría yo dado por tener una butaca en primera fila; pero no hubo función.

219: A veces cuando leo en uno de mis viejos cuadernos de notas un buen pensamiento mío, me maravilla cómo ha podido volverse tan ajeno a mí y a mi sistema, y luego me alegro tanto de él como del pensamiento de uno de mis antepasados.

195: Estoy decidido a no contarle ni una mentira a este libro; quiero que sea un cristal donde en tiempos venideros yo me pueda ver reflejado aún. (...)

Ya somos dos, Jorge.


[1] Es lo que yo llamo la componente predominante del temperamento, que se puede regular, mas no modificar de raíz (ver anotaciones del 20/10/97).



sábado, 16 de mayo de 2015

Amor y odio metafísicos

Existe otro tipo de amor que debe anexarse a la lista: el amor físico o elemental, que es el amor que sienten las partículas materiales entre sí y que las incita a unirse con sus semejantes. La ley de atracción gravitatoria, lo mismo que la energía nuclear y el magnetismo, son las formas "científicas" en que se manifiesta este amor, el más primigenio y el que todos poseemos, aunque permanezca eclipsado en las personas por los otros amores anteriormente descritos, mucho más vivenciables y poderosos.
Y existe también su contracara: el odio físico o elemental, que es el que sienten las partículas materiales cuando son incitadas a escapar de la compañía de sus semejantes. Este odio es causado por la fuerza de expansión que opera en el universo y que lo mueve a disgregarse, alejándose las galaxias unas de otras, y también por la fuerza electromagnética en su sentido repulsivo.
Tenemos conformado entonces el siguiente cuadro amatorio:

Amor físico o elemental (operando sobre la materia "inanimada")
Amor corporal (operando sobre los valores vitales y estéticos del ser)
Amor espiritual (operando sobre los valores intelectuales, culturales y éticos del ser)
Amor metafísico (operando sobre el valor ontológico del ser)

Y lo mismo para el odio, con la salvedad, me parece a mí, de que el odio no se manifiesta metafísicamente. Y digo "me parece a mí" porque Scheler opinaba de muy otro modo. Dejando de lado el amor y el odio físicos o elementales, que Scheler no considera por no suscribir a la hipótesis pampsiquista a la que yo adhiero, este pensador entiende que tanto el amor corporal como el espiritual y el metafísico (que él denomina, respectivamente, amor vital, amor psíquico y amor espiritual) tienen su contracara odiosa, y que por ende existen tres tipos de odio, correspondientes a los tres tipos de maldad: el odio que experimentan las personas viles, que es el más suave, el odio de las personas malvadas, que es el intermedio, y el odio de las personas demoníacas. Hablando sobre lo que yo llamo amor metafísico, y para destacar su carácter netamente desinteresado, Scheler comenta lo siguiente:

Siempre que se nos dan individuos, se nos da algo último, que en modo alguno puede componerse con notas, cualidades, actividades. [...] Ahora bien, acaece con la persona individual que sólo nos es dada por y en el acto del amor, es decir, que también su valor como individuo nos es dado sólo en el curso de este acto. [...] es también un "racionalismo" totalmente erróneo querer fundar todavía y como quiera que sea el amor a una persona individual, por ejemplo, en sus cualidades, hechos, obras, maneras de comportarse. Precisamente en el intento de aducir estos fenómenos se nos presenta con toda nitidez el fenómeno del amor a la persona individual. Pues entonces advertimos siempre que podemos concebirlo cambiando y desapareciendo cada uno estos hechos, sin que por ello podamos dejar en modo alguno de amar a esta persona; percatándonos, además, de que la suma de los valores que sus cualidades y actividades tiene para nosotros [...] no logran alcanzar ni con mucho nuestro amor a la persona. [...] También el enorme cambio en los fundamentos que solemos darnos a nosotros mismos de "por qué" amamos a alguien muestra que todas estas razones se buscan sólo posteriormente y que ninguna es la verdadera "razón" del amor (Esencia y formas de la simpatía, secc. B, cap. III).

Y en una nota al pie de estos comentarios agrega que "lo mismo es válido naturalmente también para el «odio»". Mas yo no lo creo así. Ciertamente que el amor metafísico, el amor hacia las personas en tanto que personas y no en tanto que conjuntos de cualidades, no se fija en razones, y que cuando amamos a alguien "por esto que hace" o "por esta cualidad que posee", no la estamos amando en profundidad, sino sólo a través de la superficie de su espíritu. Pero ¿podemos odiar "demoníacamente" a una persona? ¿Podemos odiarla sin tener razones (fundamentadas o racionalizadas) que actúen como germen y abono de este odio? Según Scheler, existe un odio demoníaco que no cesa por mucho que se modifiquen las cualidades del ser odiado o su comportamiento; mi pesimismo no llega hasta ese punto. Y hasta me parece que adoptando esta postura se acerca Scheler peligrosamente a un cierto maniqueísmo ético que no es dable suponer en su axiología. El amor más puro existente sobre la tierra, exceptuando el amor del humilde creyente para con Dios, es el amor de una madre para con su hijo. No hay nada que su hijo "haga" ni "sea" que opaque tal sentimiento cuando está fundado en consideraciones metafísicas y no meramente psíquicas o espirituales. Y ahora nos dice Scheler que tenemos un equivalente de este amor incondicional en el odio demoníaco, que hay gente que odia "porque sí", ya que su odio no apunta a los valores sino al núcleo de la persona odiada. Pero yo afirmo que si no tenemos una razón, tonta o justificada, meditada o infantiloide, que nos incite a odiar, en ausencia de esta razón el odio no puede darse. El odio pasa necesariamente por el razonamiento; de ahí que los animales irracionales sean incapaces de odiar más allá del instante puntual subsiguiente a una agresión. Y el odio más nauseabundo, el odio que no decrece sino que se expande con el tiempo, el odio del resentido, lo mismo se basa en razones. El resentimiento del judío para con el palestino no es demoníaco, no subsiste porque sí, porque tenga el judío alma de demonio. Dejen los palestinos de atacar a los judíos, de ametrallarlos y de volarlos por los aires, y resígnense a vivir en el yermo infértil que les han asignado, agradeciéndole a la ONU su infinita generosidad, es decir, vuélvanse los palestinos más mansos, más pacientes y más austeros, y se verá de inmediato, ni bien acaben de sumar estos valores y eliminar el disvalor belicosidad de sus espíritus, cómo el resentimiento de los judíos se desvanece.
El afán de simetría es lo que llevó a Scheler a postular la existencia de este odio supranormal. Existiendo la beatitud, el éxtasis supremo que no es el premio sino la condición del hombre bueno, debía existir también la desesperación como condición del hombre malo. Yo no digo que no exista el hombre malo, el hombre desesperado de maldad, como contracara del beato, sólo digo que la maldad no es metafísica como sí lo es la bondad. Creo yo que hay contradicción en postular un tipo de maldad metafísica en connivencia con un dios de pura bondad. Negar la maldad a secas es un desatino, porque todo el mundo la conoce y sabe de su existencia, pero esta maldad, circunscrita como yo la circunscribo al mundo físico, corporal y espiritual, juega un papel fundamental dentro de los engranajes eudemónicos del mundo (ver anotaciones del 17/5/7). Si en cambio vamos más allá y, tal como hacemos con el amor, le otorgamos a la maldad un alcance metafísico y, por ende, absoluto, ahí sí que se nos hace cuesta arriba el mantener nuestro panenteísmo optimista, porque si lo malo se hace ontológico el universo todo queda maldito, y maldito queda Dios. No soy yo el más a propósito para renegar de la belleza inherente a la simetría y a las argumentaciones que cumplen esa condición, pero a veces hay simetrías más profundas que las que a primera vista parecen observarse, y éste puede ser el caso.

El hombre desesperado es aquel que permanece ciego a los valores que las personas tienen, o que los ve al revés, como si fuesen disvalores; y es también, y fundamentalmente, un hombre que desconoce los valores ontológicos, que no cree que las personas sean personas ni que Dios sea Dios. Eso, y mucho más, es un hombre desesperado; pero de ningún modo es un hombre irracional. Su desesperación le viene de su razón práctica, vale decir de su (pésimamente calculado) egoísmo. Tiene sus razones para estar desesperado. El día que no las tenga, cesará su desesperación y enloquecerá --si es que nadie lo ha sabido convertir, apuntándole con su amor-- o despertará para su nueva vida en el mundo de los cuerdos si es que tiene la dicha de que lo amen lo suficiente. De que lo amen con beatitud y "porque sí", que es la única forma en que nos es dado amar a las personas disvaliosas y desesperadas.

domingo, 26 de abril de 2015

El amor al bien

Dos aclaraciones respecto de lo dicho ayer.
Para que aparezca el amor metafísico en un ser humano y, merced a él, pueda este ser amar a otra persona o supuesta persona, es necesario también, además de amar a Dios por sobre todas las cosas, es necesario que el ser al que "apuntamos" con nuestro amor metafísico posea ya un determinado grupo de valores que sean compatibles con nuestra constitución y temperamento. Sólo la persona temperamentalmente equilibrada en sumo grado puede "amar a cualquiera", porque su temperamento, perfectamente triangulado, se compatibiliza con cualquier otro, por desequilibrado que esté. No estoy diciendo aquí que el amante observe primero este tipo de cualidades en determinada persona y esta percepción sea la que motive su amor: este sería el caso del amor espiritual o del amor corporal, pero nunca del amor metafísico; lo que digo es que si el ser al que se "apunta" no es en absoluto compatible, temperamentalmente hablando, con el amante, el amor metafísico no puede darse, por más deseos conscientes que el amante tuviere de que tal amor aparezca. No es cosa de decir "¡quiero amar metafísicamente a ese hombre o a esa mujer!" y luego sentarse a esperar; para el ser imperfecto --el ser temperamentalmente desequilibrado--, el amor metafísico no es fácil de encontrar[1].
Y después está el tema de los tres grandes amores que no apuntan a nada personal o supuestamente personal: el amor al bien, el amor a la verdad y el amor a la belleza. Tratar a Dios, a las ratas o a las piedras como si fuesen entes personales no sé si es correcto en sentido gnoseológico, pero no es ilógico en absoluto; sí es ilógico, en cambio, pensar esto del bien, de la verdad o de la belleza, porque aquí estamos tratando de valores y no de bienes como en los casos anteriores. El Dios al que me dirijo con mi oración no es un valor, sino un portador de valores, es decir, un bien. Si tomo a Dios pura y exclusivamente como un valor, entonces ya no puedo hablarle ni amarlo. El bien (o la cualidad de la bondad) no es un bien, sino un valor, un ente impersonal, y los entes impersonales no pueden ser amados en sentido estricto; lo mismo para la verdad y la belleza. Lo que hay aquí, pues, no es amor, sino pasión. La pasión por la verdad nos lleva a conocer, y si para conocer utilizamos la virtud de la inteligencia trascendente, accediendo así a trascendentes verdades, estamos ejecutando una acción de las más virtuosas que se conocen, pero no estamos amando. La pasión por la belleza nos mueve a crear arte --a través de la virtud del esteticismo centrífugo-- o a contemplarlo. El primer caso es virtuoso absolutamente, el segundo lo es en modo relativo; pero en ninguno de los dos casos estamos amando nada, es sólo pasión y nada más --¡y nada menos!-- que pasión.
El caso del "amor al bien" es el más interesante. ¿Qué queremos significar cuando decimos que amamos el bien? Cuando decimos que amamos la verdad, o que sentimos pasión por la verdad, lo que damos a entender es que buscamos la verdad en bienes (en un libro, en la naturaleza, en nuestra mente) y que a través de esos bienes nos la incorporamos. Y lo mismo para la belleza: la buscamos en un cuadro, en un paisaje, en un poema; nos apropiamos de la belleza a través de "cosas" bellas. Si nos atenemos a este modo de discurrir, el bien debería incorporársenos fundamentalmente a través de la contemplación de bienes que posean en sí valores éticos, es decir, a través de la contemplación de personas buenas. ¿Es cierto esto? Creo que sí, pero no en el sentido de que al contemplar a las buenas personas nos hagamos de hecho más buenos, sino en el sentido de que la mejor manera de aprender lo que es el bien es percibirlo a través de las acciones del hombre bueno. Una cosa es conocer lo que es bueno y otra es ser bueno. Y sin embargo, conocer discursivamente lo que es la bondad puede, eventualmente, llevarnos a mejorar nuestro carácter (ver anotaciones del 6/8/7), lo que me mueve a pensar que tal relación de causalidad podría continuar en los otros dos grupos; entonces el conocimiento de determinadas verdades trascendentes sería una de las llaves que nos abriría la puerta del valor veracidad, y la percepción de la belleza nos convertiría, eventualmente, en artistas y poetas.
Lo fundamental sería entonces definir la pasión por el bien del siguiente modo: es aquello que nos impulsa a contemplar acciones buenas, no tanto a ejecutarlas. Pero contemplándolas muy a menudo, "corremos el riesgo" de contagiarnos y empezar a ejecutar nosotros mismos estas acciones. Es decir, la pasión por el bien puede llevarnos a experimentar en carne propia la bondad, que es muy superior, como valor, a la pasión por el bien, lo mismo que el valor veracidad es superior a la pasión por la verdad y el esteticismo centrífugo a la pasión por la belleza.
¿Y qué es el amor metafísico? Es el sentimiento que las personas buenas experimentan cuando "apuntan" con su bondad a otra persona. Y difiere de la pasión por el bien en que ésta se detiene únicamente en la contemplación de los buenos, mientras que el amor metafísico prefiere, cuanto más puro es, recalar en la contemplación de los impuros, de los malvados, de los enfermos, de los deformes, de los trastornados... porque sólo así, contemplándolos y amándolos, podrán estos sujetos deshacerse de sus disvalores. Sólo el amor salva[2].



[1] Scheler lo explica del siguiente modo: “El sistema de impulsos [lo que yo llamaría la inclinación temperamental] es decisivo, 1) para la forma real de suscitarse el acto de amor, 2) para la elección y orden de la elección de los valores, pero no para el acto de amor y su contenido (cualidades de valor), ni para la altura del valor y su puesto en el orden jerárquico de los valores. Dicho con una imagen: los movimientos impulsivos son, por decirlo así, las antorchas que arrojan su resplandor sobre los contenidos de valor objetivamente existentes que pueden resultar determinantes de los objetos del amor. Por eso la relación que en principio tiene el "amor" con el "impulso" no es en general una relación de producción positiva, como si el impulso produjera amor o éste "saliese de aquél", sino una relación de limitación y de selección; [...] no es una relación causal, sino una relación de relatividad de la existencia: seres vivos empíricos reales de una determinada constitución sólo son capaces de amar lo que es al mismo tiempo relativamente a su particular sistema de impulsos llamativo e importante para ellos" (ibíd., secc. B, cap. VI, 1).
[2] Esto es fundamentalmente --aunque no exclusivamente-- verdadero en el caso de los disvalores éticos. "La existencia de un malo --dice Scheler-- está siempre fundada [...] en la culpable falta de amor de todos al portador del mal. Pues como el amor determina un amor recíproco en cuanto es visto [...], toda existencia de un malo está necesariamente condicionada también por la falta del amor recíproco, pero ésta lo está por una falta de amor primitivo" (Esencia y formas de la simpatía, secc. B, cap. II).

sábado, 25 de abril de 2015

El amor metafísico

¿Es posible amar al modo de Jesús y al modo de Francisco, amar con el alma, no tan sólo con el cuerpo ni tan sólo con el espíritu? Por supuesto que es posible; Jesús y Francisco lo han demostrado.
Existen tres tipos de amores: el amor corporal, el amor espiritual y el amor metafísico. El amor corporal es aquel que se da en un individuo que percibe en otro individuo determinados valores estéticos y vitales que le son afines. Es éste el llamado "amor pasión", que no es otra cosa que amor concupiscible. Y cuando el amante carga en sus espaldas el peso del disvalor lujuria en un grado superlativo, ya ni siquiera es necesario que estos valores estéticos y vitales existan verdaderamente, ni en el individuo depositario de ellos --los que en este caso serían llamados valores objetivos-- ni en la imaginación del individuo que lo contempla --falsa estimación, valor subjetivo--.
El amor espiritual aparece cuando el amante percibe en el amado determinados valores intelectuales, culturales y éticos que le son afines (sea que los perciba objetivamente --que existan verdaderamente en el amado-- o subjetivamente --que los suponga por algún motivo sin existir en realidad o magnifique los que existen débilmente--). El amor espiritual puede o no estar acompañado de amor corporal: se puede amar el espíritu de un ser sin necesidad de considerarlo bello o saludable.
Pero el término "amor" no adquiere su real y completa significación sino cuando hablamos de amor metafísico, que es el que aparece cuando nos es dado percibir el valor de una persona en tanto que persona. No son los valores vitales, ni los estéticos, ni los intelectuales, ni los culturales ni los éticos que una persona posea los que nos posibilitan experimentar amor metafísico hacia ella. Todos estos son valores cualitativos, y lo que aquí se percibe no es una cualidad o una virtud del ser sino el ser completo en su más íntima esencia: su valor ontológico como persona. Scheler llama "amor moral" a este tipo de conexión suprema:

El amor al valor de la persona, es decir, a la persona en cuanto realidad a través del valor de la persona, es el amor moral en sentido estricto. [...] el amor moralmente valioso es aquel que no fija sus ojos amorosos en la persona porque ésta tenga tales o cuales cualidades y ejercite tales o cuales actividades, porque tenga estas o aquellas "dotes", sea "bella", tenga virtudes, sino aquel amor que hace entrar estas cualidades, actividades, dotes, en su objeto, porque pertenecen a esta persona individual. El solo es también amor "absoluto", por lo mismo que no es dependiente del posible cambio de estas cualidades y actividades (Esencia y formas de la simpatía, secc. B, cap. III).

No es que amamos a una persona porque percibimos en ella determinadas virtudes o cualidades: la amamos por su condición de persona, y luego, merced a este amor, nos es dado percibir en todo su contenido sus cualidades más nobles y espirituales.
El amor más puro que existe sobre la tierra, pues, se dirige sólo hacia personas o hacia seres considerados como personas. Hago esta salvedad porque de otro modo no se podría incluir dentro del amor metafísico a lo que San Francisco sentía por el sol, por la luna, por el viento, por el agua, por los animales y por la creación toda. Francisco le cantaba al Sol y le daba sermones a los pájaros, y sólo puede cantársele y sermonear amorosamente a quienes suponemos podrán escucharnos y entendernos: a las personas. Todo estaba vivo para Francisco, y todo destilaba personalidad. He ahí el secreto del amor multiexpansivo: ver personas en donde la mayoría ve cualidades, y tratar a los animales, a las plantas y a las "cosas" como si también fueran entes personales.
Sólo nos es dado amar a quienes consideramos personas, y amarlas individualmente, no en masa ni conformando un ente generalizante como podría ser "la humanidad". Cuanto más se ensancha nuestro horizonte amatorio, en el sentido de apuntar no a individuos en particular sino a grupos de individuos en general, más se tiende a amar las cualidades percibidas en estos grupos y no a las personas que los conforman, es decir, se tiende a descender del amor metafísico hacia el amor espiritual. Y dentro de la espiritualidad, los valores que tienden a percibirse en el grupo van descendiendo de jerarquía conforme se va despersonalizando, es decir, ensanchando, este grupo destinatario de nuestros amores. Amar mucho y a muchos, sí, pero a cada uno por separado[1].
Finalmente, una consideración que se cae de madura: Si pretendemos verdaderamente amar a Dios, no como portador de de una bondad infinita, o de una infinita sapiencia, o de una voluntad todopoderosa; si pretendemos amarlo no con el espíritu, sino con el alma, es preciso que lo consideremos como un ser personal. Dejemos a la intuición gnoseológica la tarea de averiguar si es Dios una persona o alguna otra cosa; para nosotros, en tanto seres amantes y deseosos de amor, y no en tanto pensadores, Dios debe aparecérsenos ante nuestra conciencia como cualquier hijo de vecino. Hasta tanto no podamos contemplarlo así, no podremos amarlo. Y si no podemos amarlo a Él, muy difícil, prácticamente imposible, se nos hará la tarea de amar metafísicamente a nuestros semejantes.



[1] Cf. ibíd., secc. B, cap. VI, 2.

domingo, 19 de abril de 2015

San Francisco de Asís, por encima de Jesús

La visión judaica considera que el animal es un producto fabricado para uso del hombre. Pero, por desgracia, las consecuencias de ello se hacen sentir hasta el día de hoy, ya que se han trasladado al cristianismo, al que por esa razón deberíamos dejar de elogiar diciendo que su moral es la más perfecta de todas. Esa moral tiene verdaderamente una grande y esencial imperfección: que limita sus preceptos a los hombres y deja el mundo animal sin derechos.
Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipómena, II, 394

¡Fíjese en la compasión de Gautama! No se limitaba al género humano, sino a todos los seres vivientes. ¿No se inunda de amor nuestro corazón al pensar en el cordero alegremente instalado sobre sus hombros? En la vida de Jesús no se advierte ese mismo amor por todos los seres vivos.
Mohandas Gandhi, Autobiografía, 2, XXII [p. 165]

No, no hubo nadie anterior a Jesús que predicara una ética tan pura y trascendente como la que irradia el sermón de la montaña; pero ¿y después? Jesús predicó una ética casi perfecta, y en ese casi pueden integrarse una serie de innumerables consideraciones menores... y una consideración mayor: el amor hacia todos los seres de la creación, humanos y no humanos. El amor hacia todo lo creado, incluso hacia esas cosas que, en nuestra ignorancia, sospechamos que carecen de vida. Más de mil años tuvieron que pasar para que llegase aquel que ampliaría el concepto del amor cristiano hacia esos límites que a Jesús no le interesaron. Me refiero, claro está, a San Francisco de Asís. Y aquí le cedo la posta a un especialista en el tema, al axiólogo por antonomasia, al maestro de maestros en el arte de discurrir sobre la ética: mi admirado Max Scheler. Él sabrá sugerirnos mejor que yo --pese a su estilo un tanto ingrato-- si lo que Francisco propuso es una herejía dentro del cristianismo, o una profundización y evolución del mismo, o un retroceso.

Lo que, aún tratándose sólo de un superficial ocuparse con Francisco de Asís [...], nos sorprende enseguida, es que llama "hermanos" y "hermanas" suyos también al Sol y a la Luna, al agua y al fuego, y también a los animales y plantas de toda especie --es que lleva a cabo una expansión de la emoción específicamente cristiana del amor a Dios como Padre y al hermano y prójimo "en" Dios, a la entera naturaleza infrahumana; y al mismo tiempo lleva a cabo o parece llevar a cabo una elevación de la naturaleza hasta la luz y el brillo de lo sobrenatural. ¿No era esto una grave herejía, visto desde la doctrina cristiana tradicional y practicada en la historia entera del cristianismo, doctrina que había puesto a una tan enorme distancia de la naturaleza al hombre, ya como "ser racional", pero todavía más como vaso de la gracia sobrenatural y como una familia elevada muy por encima de toda razón y naturaleza por obra del acto redentor de Cristo, El Hijo del Hombre y de Dios? ¿Y si no una herejía del intelecto --en este santo poco inclinado al mero "intelecto", ciencia y escolástica-- al menos una grave herejía del corazón? Tiene que haber muy profundas razones para que no fuese sentida así la actitud espiritual del santo, fundamentalmente nueva frente a todos los tiempos anteriores. Aunque seguramente no faltó en el contorno del santo la conciencia de la gran rareza, de la novedad y lo insólito de su actitud. Tomás de Celano llega a denunciar la frase, digna de atención palabra por palabra: "llamaba sus hermanos a todas las criaturas, y de un modo y manera desusados, para los demás totalmente herméticos, penetraba con la aguda mirada del corazón hasta lo más hondo de cualquier criatura, como si ya hubiese entrado en la libertad y la gloria de los hijos de Dios". De hecho me parece San Francisco no tener en esto ningún precursor dentro de la historia entera del cristianismo en occidente. [...] en el Evangelio se encuentran cosas y procesos naturales infrahumanos --hasta donde yo sé-- también en aquellos pasajes que denuncian el novísimo y profundísimo amor a la naturaleza y purísima comprensión de ella que tenía el Salvador, pero sólo citados como parábolas --como parábolas de relaciones y lazos que existen propiamente entre el hombre y Dios u hombre y hombre. Ni con mi propia busca, ni consultando insistentemente a conocedores científicos de la Biblia he logrado encontrar un solo pasaje que se remonte por encima de esta naturaleza parabólica y que se refiera a una unificación afectiva cósmica con una cosa natural, ni siquiera a una emoción de amor, ni menos a un deber de amor, a la naturaleza como tal, sustantivo, autóctono, independiente de la acción sobre el hombre o de la consideración del hombre [...]. Pero lo decisivo es que en San Francisco no se puede seguir hablando de mera parábola o símbolo en este sentido. [...] Esto más bien es lo nuevo, lo "desusado", en la relación emocional de San Francisco con la naturaleza: que las cosas y los procesos naturales cobran un sentido expresivo propio sin relación parabólica al hombre ni en general a las cosas humanas; que también el Sol, la Luna, el viento, etc., que en rigor no necesitan para nada de un amor solícito o misericordioso, son vividos y saludados por el alma como hermanos y hermanas; que las criaturas están referidas en metafísica solidaridad [...] de un modo inmediato a su Creador y "Padre", como seres existentes por sí y de un valor enteramente propio (en relación al hombre): esto es lo nuevo, lo sorprendente, lo raro, lo antijudío de su actitud (Max Scheler, Esencia y formas de la simpatía, secc. A, cap. V).

Para los judíos, los animales sólo eran "cosas", instrumentos de los cuales la gente podía servirse. Era ridículo que alguien pudiese o quisiese brindarles su amor a esos "objetos". Y Jesús, cuya mentalidad tornóse antijudía en muchos aspectos, no pudo librarse aquí de sus raíces. Francisco se hizo uno con los animales, uno con la naturaleza, uno con el universo entero; pero sería incorrecto suponer que todas estas unificaciones avalan la sospecha de que el santo abrazara el panteísmo.

En él estamos tan lejos de la unificación afectiva índica, o unificación en el dolor, y de la unificación afectiva griega, o unificación en la alegría, como de la unificación afectiva del panteísmo naturalista y dinámico del subsiguiente Renacimiento.

No, no es Francisco panteísta. Y sin embargo

se ha llevado a cabo en San Francisco una interpretación afectiva e intuitiva de la relación entre la naturaleza, el hombre y Dios, no sólo gradual, sino esencial y cualitativamente distinta --no comparable con nada de lo que encontramos en occidente desde los tiempos más antiguos del cristianismo, y que está en la más rigurosa oposición a todo el anterior sentimiento de la naturaleza en el cristianismo primitivo, en la patrística e incluso en la Edad Media posterior. Esto "nuevo" es difícil de traducir en conceptos --y sin embargo fácil de ver y de sentir hasta para un niño. [...] La naturaleza no es concebida al modo de la escolástica, como un reino de cosas y fuerzas formales rigurosamente separadas unas de otras [...], sino como una totalidad viviente que se halla en los fenómenos visibles de la naturaleza en una relación análoga aproximadamente a la del todo de la faz humana con sus distintos movimientos expresivos: es una vida divina la que toma cuerpo en sus cosas, la que se "expresa" en sus fenómenos y procesos. [...] Dios no es sólo vivido y pensado como señor y creador de la naturaleza infrahumana y "padre" sólo para el hombre (a través de Cristo), sino también como padre bondadoso y directo de las cosas naturales, [...] de este modo fue plenamente quebrantada en su núcleo mismo por San Francisco la exclusivista idea de la dominación del hombre sobre la naturaleza, propia de judíos y romanos, que en el Evangelio no está superada, sino sólo mitigada. Más aún: cuando en cierta medida justifica, fundamenta y vivifica su interpretación y amor de la naturaleza frecuentemente con palabras de la Sagrada Escritura, me parece que lo que hace es mucho más infundir en estas palabras del evangelista un sentido más que parabólico y atribuir con frecuencia falsamente su genuina unificación afectiva a los escritores evangélicos.

Infunde nuevos sentidos a la vieja doctrina; ¿no es lo mismo que hizo Jesús con la ley hebrea, mientras afirmaba a diestra y siniestra que no la estaba derogando sino complementando? Pero la derogó, por cierto que la derogó. Los judíos, rechazando a este nuevo profeta, dieron cuenta de que los cambios implementados no eran sentidos como complementos sino como redondas refutaciones. Francisco de Asís, teológicamente hablando, estuvo también a un paso de salirse de la ortodoxia que lo cobijaba. Pero no se salió; al menos así lo piensa Scheler:

Este es el gran misterio de San Francisco: que a pesar de esta resurrección, preñada de consecuencias, de una genuina unificación afectiva con una vida divina intuida en su unidad y que se limita a tomar cuerpo en las cosas naturales, ni la idea cristiana de Dios, ni el amor de Jesús y la "imitación de Cristo", exaltada literalmente en San Francisco --como se ha dicho con razón-- hasta la "embriaguez de Jesús" (y hasta las llagas visibles), han resultado menoscabados en lo más mínimo en su ser-personal espiritual y acosmístico, sino que justamente sobre la base de esta nueva unificación afectiva con la vida de la naturaleza, para su tiempo de todo punto original y "desusada", se alzan en todo su rigor, aspereza y sequedad ascética, con perfecta continuidad orgánica.

Aquí coincido con Scheler: San Francisco no se salió del cristianismo. Su doctrina es netamente, fundamentalmente cristiana. Francisco complementó el mensaje de Jesús, pero lo complementó de tal manera que ya no nos queda la opción de volver atrás. Siempre hablando sobre la ética, no sobre la metafísica, si me dan a elegir entre Jesús y Francisco, me quedo con Francisco. Y es que Jesús --y ahora sí entrometo a la metafísica-- era demasiado teísta, y ese teísmo rígido perjudicaba la correcta lubricación que ha de haber entre los diferentes engranajes de la creación. San Francisco, sin caer en el panteísmo, alargó su teísmo en la medida justa y necesaria para lograr esa fluida comunicación con el entorno, al que no hay que dominar (¡la tierra grita cuando la dominan!), sino amar:

Si San Francisco hubiera sido teólogo y filósofo, lo que no ha sido --felizmente para él y todavía más felizmente para nosotros--, si hubiera intentado reducir a conceptos rigurosos su visión de Dios y del mundo, que se limitó a ver, vivir y poner por obra, es seguro que jamás hubiera resultado "panteísta"; pero sí que habría tenido que aceptar en sus conceptos un tanto de "panenteísmo".

Sólo el panenteísmo nos aleja de los fundamentalismos religiosos y a la vez nos acerca a la ecología. Siendo el teísmo duro un casi sinónimo de la palabra dominio, y no dominio interior sino externo, de personas y de objetos, ya me parece ver a estos dos demonios modernos, hijos de la ideología de la dominación: el terrorismo y el consumismo, me parece verlos, digo, alejarse de la mano --porque son hermanos, pese a su distanciamiento geográfico-- conforme la idea panenteística franciscana comience a calar las almas de aquellos hombres que hoy se dedican a "trabajar", a modificar entornos, y que una vez iluminados se ocuparán solamente de trabajarse por dentro, de dominarse a sí mismos. Y el medio ambiente, y los edificios en torre, agradecerán por fin el poder bajar la guardia.
Esto sucederá cuando la venida de nuestro glorioso salvador San Francisco. Un revolucionario mayor que aquel gran subversor que fue Jesucristo, con una mente tan poderosa y enigmática que resulta inclasificable. ¿Inclasificable? Scheler hará por nosotros el intento:


¿Como concebirlo psicológicamente? Se trata de un singular encuentro de "eros" y "agape" [...] en un alma prístinamente santa y genial; finalmente, de una forma de compenetración tan total de ambos, que representa el mayor y más sublime ejemplo de simultáneas "espiritualización de la vida" y "vivificación del espíritu" que ha llegado a mi conocimiento. Nunca más ha vuelto a alcanzarse en la historia de occidente una forma de las potencias simpáticas del alma como la que existió en San Francisco. Nunca más tampoco la unidad y rotundidad de su simultánea repercusión en la religión, la erótica, la acción social, el arte y el conocimiento.