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domingo, 23 de febrero de 2014

Darwinismo y teleología en Eduard von Hartmann (primera parte)

Goldar se acerca más que Russell a la conciliación entre teleología (o teleonomía) y mecanicismo; pero ninguno de estos doctores parece desvelarse por esta cuestión, y esto se explica por el hecho de que son científicos y no pensadores filosóficos[1]. Busquemos entonces la opinión de un pensador filosófico hecho y derecho que se haya ocupado del asunto y lo haya resuelto --hasta donde puede resolverse-- de un modo plausible. Este señor es el alemán Eduard von Hartmann, a quién citaré desde el capítulo VIII ("Mecanismo y teleología") de su libro El darwinismo (1875), comenzando con un párrafo inscrito en las pp. 199-200 en donde atribuye al carácter teleológico de toda ley el hecho de que el universo sea explicable:

Si el mecanismo de las leyes de la naturaleza no fuese teleológico, no habría leyes que obraran de acuerdo, sino un monstruoso caos de poderes independientes chocando entre sí como toros. En tanto que la causalidad de las leyes inorgánicas borra el dictado de leyes muertas que se les había dado, y se presenta como «la matriz universal de la vida y del orden que se manifiesta en todas partes», merece el nombre de ley mecánica, así como un conjunto de ruedas y de órganos mecánicos hecho por el arte humano, que se mueven a un tiempo cada uno a su manera, merece el nombre de mecanismo o de máquina, desde que se manifiesta en ella la teleología inmanente del conjunto y de las diferentes partes.

Están así equivocados los pensadores mecanicistas que, como Haeckel, pretenden explicar la evolución de los órganos y de los organismos eludiendo la teleología:

Haeckel exagera tanto, que el mecanismo de una locomotora, cuyos movimientos asombran al salvaje que la cree animada por un espíritu poderoso, le parece un ejemplo adecuado para probar la posibilidad de concebir un aparato tan complicado como la locomotora o el ojo humano, puramente mecánico por su esencia, y disipar la ilusión teleológica. Pero el ejemplo prueba precisamente lo contrario; prueba a todas luces que, hablando con propiedad, no puede aplicarse el nombre de mecanismo sino a los conjuntos en que la teleología es inmanente en el mismo sentido que lo es en la locomotora, cuya existencia considera con razón el salvaje como prueba de una inteligencia superior a la suya, y cuya admirable conformidad a un fin no disminuye cuando se llega al conocimiento completo del organismo considerado como tal. Por la misma razón admiramos nosotros en el gran mecanismo, mucho más sorprendente aún, de la naturaleza, la manifestación de una inteligencia muy superior a la nuestra, y la admiración crece, en vez de disminuir, al paso y medida que nuestro entendimiento penetra en el conjunto de ese mecanismo (pp. 200-1).

Y esta unión o correlación entre las causas finales y eficientes, ¿cómo se explica? Se explica, contesta Hartmann, subordinándolas a un primer principio:

Contra semejante concepto de la subordinación de la naturaleza a las leyes, concepto que implica la teleología en vez de excluirla, nada puede objetarse; pero con esto, el problema filosófico, que consiste en discernir cómo la causalidad y la teleología se unen y confunden en las leyes de la naturaleza, queda estacionario sin adelantar un paso. Hemos visto, sí, que en todo mecanismo se implica una teleología; pero la manera de formarse este mecanismo teleológico, la razón que mueve a la causalidad según leyes tales que de su cumplimiento resulte un mecanismo verdadero, esto es, teleológico, todo esto queda tan oscuro como antes. Llegamos, pues, a esta disyuntiva: o se admite el milagro de una armonía preestablecida, o hay que recurrir a un principio superior de unidad del que la causalidad y la teleología sean aspectos distintos (p. 201).

Citaré ahora el extenso párrafo que figura en las pp. 202-3, y lo citaré completo porque la verdad y la belleza no deben ser mutiladas, sobre todo cuando es la misma verdad la que produce, la que secreta la belleza:

La teleología es la teoría de los fines; prueba la existencia de fines en la realidad, y averigua cómo la naturaleza realiza los que no son todavía reales, los ideales. ¿Pero cómo el fin ideal puede realizarse sin una materia en la que y por la que se realice? Y siendo esto así, ¿cómo puede el fin realizarse sin el concurso de esta materia que le sirve de medio de realización? ¿Existe el fin sin el medio correspondiente? ¿Es posible la teleología sin mediación natural de alguna clase, sin un sistema de medios naturales, esto es, un mecanismo? la materia en la que se realiza el fin y los medios mecánicos por lo que se realiza, no podemos concebirlos sino como un mecanismo, esto es, como una suma de fuerzas que provienen de la actividad de las leyes naturales. En otros términos, la teleología supone el mecanismo, es imposible sin él como, inversamente, el mecanismo es imposible sin la teleología. Si suponemos que existe un mecanismo absoluto, la teleología absoluta se realiza de suyo; si suponemos la teleología realizada de modo absolutamente teleológico, esta realización será absolutamente mecánica. Si los materialistas pudiesen probar que el mundo es el mecanismo absoluto, los teleólogos les quedarían agradecidos, porque probarían al mismo tiempo que la teleología se realiza en el mundo de manera absolutamente teleológica, de la manera más conforme a la finalidad que es posible concebir. Recíprocamente, si los teleólogos pudiesen probar que su Dios, absolutamente sabio y poderoso, no encuentra en la esencia ni en la forma de las cosas obstáculos que le impidan realizar sus fines de manera absolutamente teleológica, probarían por ende que el mundo es un mecanismo absoluto, esto es, que nada puede producirse en él fuera del dominio de las leyes mecánicas.

Hay en las pp. 204-5 otro grueso párrafo que aclara cuál es ese principio rector o primer principio mencionado hace instantes:

La teleología y el mecanismo se presentan exactamente como las ideas de fin y de medio: el uno no puede estar sin el otro; son recíprocos. Pero en el caso de tener que decidir sobre la preeminencia entre los dos, deberíamos concederla a la teleología; porque el medio es por el fin, no el fin por el medio. En el fondo, ambos son los momentos de un proceso lógico. La necesidad lógica es el principio de unidad que se presenta, por un lado, en la apariencia muerta de la causalidad de las leyes naturales mecánicas; por otro, en forma de teleología. Lo que se llama en el primero acción regular de una causa, se denomina aquí congruencia prevista del medio empleado: la finalidad vista por uno de sus lados aparece como causalidad, y ésta, en cuanto obra de acuerdo con aquélla para llegar a conclusión cierta, (en este intervalo) se muestra también como finalidad: no importa que nada de esto se haya observado en el proceso mecánico. Así, por una parte, la organización aparece como el producto (no exclusivo) del mecanismo de la naturaleza inorgánica; por otra parte, este mecanismo es un sistema de medios para la producción de la organización y de su finalidad. Estas dos proposiciones son igualmente verdaderas, y la una lo es precisamente porque lo es la otra.

Todo esto, empero, no significa que la naturaleza inorgánica sea análoga a la orgánica:

La naturaleza inorgánica se distingue de la orgánica, en que todo se realiza en ella, inclusas las acciones finales, sin el concurso de un principio organizador; y siendo esto así, ¡cómo es posible establecer entre ellas analogías, que sólo prueban la ignorancia de la diferencia específica que las distingue! (p. 208).

Claro está que los mecanicistas no tienen por qué alarmarse con la introducción de este principio organizador, que aun siendo de carácter metafísico no quiebra en ningún momento ninguna cadena causal:

Al protestar contra la hipótesis de un principio de organización, bajo el punto de vista estrictamente científico, se da por supuesto precisamente lo que es necesario probar, esto es, la no existencia de otras causas concurriendo con las fuerzas atómicas inorgánicas en los procesos naturales. Sólo admitiendo explícita o implícitamente esta hipótesis no probada, arbitraria, la convicción de que no hay más ley que la causal puede motivar la duda sobre la existencia de un principio metafísico, como generador de la ley de evolución orgánica; porque sólo entonces parecería que con la introducción de este principio se usurpaba a la ley causal parte de su dominio. Pero salta a la vista que esta objeción es insostenible; porque si existe tal principio metafísico, su colaboración en el proceso de evolución es también causal, esto es, obra conforme a la ley de causalidad, y no hay motivo, por tanto, para esas protestas fundadas en que se quebranta la rigidez del lazo causal natural (pp. 212-3).

Por mi parte, no alcanzo a discernir cuál sea la necesidad de esta hipótesis de un principio metafísico de organización que opera en la materia orgánica y no en la inorgánica. Si este principio es el que confiere finalidad a los procesos y sucesos, ¿por qué no ampliarlo hacia el mundo inorgánico, siendo que Hartmann admite la existencia de la teleología en este ámbito? Y ¿por qué catalogarlo como metafísico? ¿No sería mejor postularlo como una ley física, que opera en y desde el mundo material, tanto en los microcorpúsculos inorgánicos (que gracias a este principio tienden a organizarse) como en las macromoléculas orgánicas? Me parece que así, y sólo así, los mecanicistas no verán en la teleología una amenaza contra su tan preciado determinismo.
Es ésta la única objeción que tengo para con mi amigo Eduardo. En todo lo demás coincido, sobre todo en su lucha por liberar al concepto de evolución del mote mecánico-azaroso con el que lo han etiquetado los darwinistas y que aún perdura en los biólogos actuales:

Cierta composición química de la atmósfera es, sin duda, una condición para que el aire sea respirable y puedan vivir los pájaros y los mamíferos; pero la producción de esta composición de la atmósfera nunca será causa eficiente de que los pájaros y los mamíferos nazcan de peces de respiración branquial. La selección natural, aun siendo un principio puramente mecánico en el sentido darwinista, podría a lo sumo explicar la perfección de la adaptación fisiológica de un tipo de organización ya creado; pero precisamente se trata de este tipo al hablar de la evolución ascendente de la organización. Evidentemente, por tanto, este tipo de organización está fuera del dominio de los principios de explicación mecánica obrando por medio de adaptación externa, etcétera; y el concepto de la evolución teleológica interna no podrá ser destruido, o simplemente menoscabado, por tales expedientes mecánicos de evolución (pp. 222-3).



[1] (Nota añadida el 21/10/12.) Este desdén por la teleología por parte de los intelectuales de orientación científica parece que se remonta a Francis Bacon, quien, según Kuno Fischer (Historia de los orígenes de la filosofía crítica, II, I, 4), fue el primer pensador de renombre que intentó relegar las causas finales a un segundo plano del discurso filosófico al afirmar, con gran ingenio y diplomacia, que dichas causas finales aristotélicas eran santas y estériles como las monjas.

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