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martes, 11 de febrero de 2014

Los compuestos inorgánicos y su efecto en la salud

Hay en el libro del profesor Ehret Sistema curativo por dieta amucosa un par de ideas interesantes por lo chocantes que resultan para la ortodoxia biológica. Por ejemplo, lo que se pregunta desde las pp. 71-2:

¿Son los glóbulos blancos células vivientes de tal importancia para la protección y mantenimiento de la vida, para destruir gérmenes y para inmunizar al organismo contra la fiebre, infección, etc., como lo aseguran las doctrinas clásicas de la fisiología de la patología? ¿O son justamente lo opuesto, escoria, sustancias putrefactas e indigestas, mucus o elementos patógenos, [...] indigeribles por el cuerpo humano, antinaturales y por lo tanto completamente inasimilables? ¿Son ellos, en efecto, la escoria proveniente de las proteínas superiores y alimentos amiláceos, que con la dieta occidental son arrojados tres veces por día en el estómago? ¿Es lo que yo llamo mucus, la causa fundamental de toda enfermedad?

Y se responde en la p. 72:

Puesto que todo el mundo los tiene, la «ciencia médica» juzga la presencia de glóbulos blancos como una condición normal de la salud. No hay un hombre en la civilización occidental cuyo cuerpo no hay sido continuamente emporcado desde la niñez con leche de vaca, huevos, carne, papas y cereales. ¡No hay hoy en día, un hombre sin mucus! En el primer artículo que publiqué expuse la gigantesca idea de que la raza blanca es antinatural y enferma. Primeramente, le falta el pigmento colorante, por la ausencia de sales y minerales coloreadas; en segundo lugar, está continuamente sobresaturada de glóbulos blancos (mucus, escorias, de color blanco), a eso se debe el color blanco de todo el cuerpo.

Puesto que lo anterior fue publicado hace unos ochenta años, supongo que la ciencia médica ya se habrá encargado de refutar bien refutada esta heterodoxa teoría; pero hay otra teoría ehretiana tan o más heterodoxa que no es posible refutar con tanta facilidad. Me refiero al concepto de que tal vez, en ciertas condiciones, el ser humano sea capaz de asimilar minerales no sólo a través del alimento que ingiere, sino también del aire que respira:

Si la parte esencial de la proteína, el nitrógeno, es un factor importante para mantener la máquina humana; si de él depende enteramente la vitalidad, me parece entonces que bajo esas condiciones ideales [alimentándose sólo de frutas], el nitrógeno es asimilable del aire (p. 68).

Sin embargo, esta nutrición gaseosa parece contradecirse con otro postulado al que el autor suscribe once páginas adelante:

Hoy en día cada sustancia del cuerpo humano es analizada químicamente, y los médicos sueñan con los alimentos perfectos del futuro, químicamente concentrados, haciéndole posible llevar sus comidas en el bolsillo del chaleco. Eso no ocurrirá nunca, porque el cuerpo humano no asimila un átomo de ninguna sustancia alimenticia que no derive del reino vegetal.

(El subrayado es mío. Ver también, del mismo autor, el libro Ayuno racional, p. 35: "El organismo no asimila ni un solo átomo de sustancia mineral que no proceda de una planta, es decir, que no haya pasado por el estado orgánico"). Yo también creía dogmáticamente en este aserto, pero algo me dice que no es así como funcionan las cosas. Empecé a sospechar que los minerales podían nutrir sin necesidad de moléculas orgánicas intermediarias al ver en varios documentales de vida animal aciertos herbívoros comiendo tierras arcillosas. Hay una posible explicación no alimentaria para ese comportamiento: estos animales suelen comer plantas venenosas, y algunos componentes de la arcilla neutralizarían la ponzoña, facilitando la digestión. Esta contrarrefutación me conformó, pero ya la duda estaba instalada en mi cerebro; cualquier mínimo argumento la desataría nuevamente. Y el argumento apareció de la mano de un viejo libro: La finalidad de las actividades orgánicas, escrito por el doctor Edward Stuart Russell. Russell afirma en las pp. 121-2 que está demostrado

que las ratas suprarrenalectomizadas sienten que su necesidad de compensar la escasez de sal aumenta extraordinariamente, la cual se acompaña por un gran deseo de cloruro de sodio; por otra parte, ingieren alrededor de seis veces más que las ratas normales, cuyo menor consumo de sal responde estrictamente a sus necesidades. También demuestran un mayor deseo por el lactato de sodio y el fosfato de sodio; las ratas a las que se les permite elegir libremente entre un conjunto de soluciones minerales, seleccionan estas substancias (conjuntamente con el cloruro de calcio) y sobreviven a los resultados, comúnmente fatales, de la suprarrenalectomía.

Si las ratas son capaces de compensar deficiencias anatómicas o fisiológicas valiéndose de la ingestión de productos inorgánicos, ¿no equivale esto a decir que dicho productos inorgánicos tienen la propiedad de reparar deficiencias en los organismos? Sí. Y reparar deficiencias orgánicas, o evitar que estas deficiencias aparezcan, ¿no es la característica básica del alimento que comemos? No puedo dar una respuesta contundente a esta última pregunta. Si me respondo que sí, entonces los compuestos inorgánicos tienen la propiedad de alimentarlos; si me respondo que no, lo inorgánico tal vez no alimente, aunque queda claro que si no alimenta, por lo menos cura, lo que ya es decir mucho.
Si estos experimentos con ratas no han sido falseados o mal interpretados por el señor C. P. Richter que los ejecutara, entonces tengo que admitir mi error y afirmar, en concordancia con la farmacología moderna, que algunos compuestos inorgánicos son asimilables y beneficiosos para los seres vivos animales aunque no estén insertos en molécula orgánica ninguna. Que pueden ser asimilables para mal era cosa por todos conocida (como lo atestiguan las diferentes contaminaciones ambientales); lo nuevo, al menos para mí, estriba en su poder sanador, que yo creía exclusivo de los alimentos vegetales, de las radiaciones solares, del aire puro, del ayuno y de un estado de ánimo jovial y optimista.
Los frasquitos con píldoras y las pociones de trabalengüescos nombres me han ganado, al parecer, una gran batalla, pero lejos están de ganarme la guerra. No es en la superficie de razonamientos como el anterior, de razonamientos superficiales, en donde me conviene que se desarrollan los enfrentamientos. Yo soy como los guerrilleros vietnamitas: vivo en lo profundo, debajo del suelo firme del sentido común. Y si quieren ganarme los señores farmacéuticos esta guerra de guerrillas deberán descubrir mis catacumbas, abismarse por ellas y en ellas ametrallarme. Pero nunca lo harán. En mi guarida reina la oscuridad. No se puede avanzar siguiendo el dictado de los sentidos. Hay que mirar con otros órganos. Con esos órganos que los boticarios, igual que los cientificistas en general, tienen atrofiados desde mucho antes de la invención de la vacuna

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