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lunes, 4 de abril de 2016

Las alegrías de los ingleses

Los gitanillos tenemos todos
la cara alegre y el cuerpo loco.
Y no comemos, y no dormimos,
pero bebemos y nos reímos.
Canción popular española que solía cantar mi abuela

Siempre se supuso que los ingleses --hablando en forma general y admitiendo puntuales excepciones-- son personas aburridísimas, personas que no saben divertirse. Pues no, dice Camba, el pueblo inglés es tan o más alegre que cualquier otro pueblo de la tierra:

Poco a poco, en fuerza de vivir entre ingleses, he llegado a hacer un descubrimiento que no vacilo en calificar de trascendental. Helo aquí: los ingleses son los hombres más alegres del mundo. Nosotros vemos a un inglés en medio de una juerga andaluza o montmartresa, y cuando todo el mundo hace más ruido y dice más tonterías, a la hora de alzar las piernas y rodar por el suelo, el inglés está como en el primer momento, con una cara muy seria y una actitud muy digna. Entonces nosotros pensamos que ese inglés es un hombre muy aburrido. Pues no, señores. Ese inglés se está divirtiendo de una manera loca.
Los ingleses se divierten por dentro [...]. Un inglés se sienta al lado de una chimenea y permanece inmóvil y silencioso durante dos, tres, cuatro horas.
--¡Qué tíos más tristes!-- decía yo al principio.
Pero a lo mejor se me acerca uno de estos tíos tan tristes y me confiesa que al lado de la chimenea ha pasado una tarde deliciosa. ¿Es que no se necesita humor para eso? Así es que muchas veces yo bajo al salón de mi casa, me encuentro a todo el mundo dormido en las butacas y me digo:
--¡Qué juerga se están corriendo estas gentes! (Julio Camba, Londres, pp. 29-30).


Los ingleses no tendrán, como los gitanillos españoles, la cara alegre y el cuerpo loco, pero eso no es prueba suficiente de que sean unas personas de lo más aburridas. No sabemos, decía Unamuno, si los cangrejos, en su fuero interno, no resuelven ecuaciones de segundo grado, y por lo tanto no podemos demostrar que los cangrejos sean completamente irracionales. Sospechamos que lo son, pero no lo sabemos a ciencia cierta. Y lo mismo también sospechamos que los ingleses son aburridos, pero puede que nos estén engañando.

domingo, 3 de abril de 2016

El canibalismo de los ingleses

Además de falta de personalidad, los ingleses presentan un notorio déficit imaginativo, que se traduce, por ejemplo, en sus hábitos alimenticios:

Yo creía que a los ingleses les gustaba mucho el roast-beef, las patatas y las coles. Pues no hay nada de eso. Lo mismo comerían cartón, si el cartón alimentara. Si estos ingleses no tienen imaginación en la cabeza, ¿cómo van a tenerla en el estómago? Desde tiempo inmemorial los ingleses vienen comiendo roast-beef porque todavía no se les ha ocurrido comer otra cosa. El roast-beef inglés representa una falta de capacidad imaginativa.
En el argot de París, a los ingleses se les llama roast-beef.
[...] Yo no había llegado a comprender toda la profundidad de esta expresión hasta que vine a Londres. En fuerza de comer roast-beef todos los días unas generaciones y otras en Inglaterra, los ingleses parece que, en efecto, han llegado a convertirse ellos mismos en roast-beef. Son como enormes trozos de roast-beef vivientes. Tienen el mismo color, la misma salud y la misma sensibilidad del roast-beef. Un inglés que se come un trozo de roast-beef me hace pensar en un antropófago que devora a un semejante (Julio Camba, Londres, p. 40).


El síndrome de la vaca loca (encefalopatía espongiforme bovina) comenzó en Inglaterra, y comenzó, parece ser, debido a que los ingleses les daban de comer a sus vacas, junto con los granos y la alfalfa, restos procesados de otras vacas que ya habían pasado a mejor vida. Atención entonces, porque si a las vacas se les agujerea el cerebro cuando practican el canibalismo, no sería extraño que los ingleses, siendo ellos unos roast-beef gigantes, de tanto comer chuletas comiencen a tener dificultades neurológicas, si es que ya no las están teniendo.

sábado, 2 de abril de 2016

La personalidad de los ingleses

En un nuevo aniversario del comienzo de la Guerra de Malvinas, me vengo de los vencedores con esta crónica que Julio Camba escribió respecto de la personalidad, o mejor dicho de la carencia de personalidad que presentan casi todos los habitantes de Inglaterra:

Desde que he llegado a Londres, Inglaterra no deja de hacer esfuerzos para conquistarme. Por lo pronto, ya ha conseguido que yo me acueste y me levante temprano; que no coma pan y que me meta toda la cabeza hasta el pescuezo dentro de un sombrero hongo; pero esto no basta. Es preciso que yo sea un inglés. En Francia, España, en todas partes, uno es una persona cuando tiene personalidad. Aquí no se es persona mientras no se pierde la personalidad por entero. Inglaterra no consiente que haya en ella un hombre diferente de los otros, y en cuanto llega a Londres un extranjero, todo el mundo cae sobre él hasta reducirlo a la más mínima expresión. [...] Poco a poco este extranjero va conformándose al molde inglés y al cabo de algunos meses, ni trasnocha, ni ríe, ni se entusiasma, ni se indigna (Londres, p. 35).


Nosotros los argentinos trasnochamos mucho, reímos mucho, nos entusiasmamos mucho y (¡qué pecado!) nos indignamos mucho también. Y tal vez por eso perdimos la guerra.

domingo, 10 de junio de 2012

Los vegetarianos, los perros y la tiranía del sentido del gusto

Cada vez hay más hombres que renuncian al consumo de la carne en Alemania, en Inglaterra y en América [...]. Este movimiento debe alegrar a los hombres que tratan de realizar el reinado de Dios en la tierra, no porque al vegetarianismo sea por sí mismo un paso hacia ese reino, sino porque es el indicio de que la tendencia hacia la perfección moral del hombre es seria y sincera, ya que esta tendencia implica un orden invariable que le es propio y que empieza por la primera etapa.
Hay que regocijarse por ello, y esta alegría es comparable a la que deben experimentar los hombres que, queriendo alcanzar el piso más alto de un edificio, hubieran pensado primeramente en escalar la pared y advirtieran, por fin, que el medio más sencillo es empezar por el primer peldaño de la escalera.
Tolstoi, Placeres crueles, cap. X





Sí, cada día son más los adeptos al vegetarianismo, pero nunca pasan de ser, aquí en Occidente, más que un grupo enfervorizado por esa idea pero reducido en número en comparación con la masa del pueblo. Y esto es así porque la fuerza de las papilas gustativas es inmensamente superior, en el hombre de hoy, a la fuerza que pudiera ejercer sobre su voluntad una ideología o incluso un sentimiento.
Y esta sujeción, esta tiranía del sentido más innoble, menos espiritual como lo es el sentido del gusto, no se limita solamente al ámbito humano: han caído bajo su influjo también los perros. Al menos esa es la opinión de Julio Camba. ¿Creen ustedes --nos pregunta este amante del buen comer--,

creen ustedes que los perros sean tan amigos del hombre como se dice por ahí? Yo opino que son amigos de la cocina, y nada más. Los alimentos no condimentados les repugnan tanto como a nosotros, pero como ellos son incapaces de condimentarlos, hacen toda suerte de bajezas para que nosotros se los condimentemos. Andan en dos pies, saltan por un aro, lamen las manos, mueven la cola... Algunos hasta tiran de unos carritos, o guardan las propiedades, o se meten a policías. No hay duda alguna de que el hombre ha conquistado al perro sacándolo del estado salvaje y reduciéndolo a una condición de domesticidad, pero esta conquista se la debe única y exclusivamente a la cocina. La sumisión del perro es un triunfo del arte culinario (La casa de Lúculo o el arte de comer, p. 21).