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domingo, 2 de diciembre de 2012

Voltaire, genio con la pluma y genio con la lengua


Yo suponía, siguiendo en esta idea al conde Tolstoi, que los buenos escritores eran por fuerza malos oradores, que había una especie de antinomia entre la facilidad para escribir y la facilidad para mover la lengua; pero hete aquí que David Strauss, hablando de Voltaire, nos comenta que

era un verdadero virtuoso en todos los aspectos de la conversación. Sabía dar una vida extraordinaria a sus relatos, y sus respuestas eran siempre ingeniosas y certeras. Si se debatía en sociedad algún problema importante, se estaba largo rato escuchando a los demás y dejando que agotasen sus argumentos; luego, levantaba la cabeza como si despertase de un sueño, resumía maravillosamente todas las respuestas apuntadas y acababa exponiendo la suya propia. Iba animándose y exaltándose poco a poco, al final parecía otro hombre y la fuerza de su fogosa elocuencia arrebataba a cuantos le oían (David Strauss, Voltaire, p. 236).

Y como necio sería negar las virtudes estilísticas de Voltaire, tengo que rectificar o restringir la hipótesis antedicha: algunos, o quizá la mayoría, de los buenos escritores son pésimos oradores.

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