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domingo, 19 de marzo de 2017

Bertrand Russell y el dogmatismo ciego

Hace poco (12/9/16) cité la opinión de Deleuze respecto de lo que él supone que sería la función principal de la filosofía: entristecimiento de las personas. No la comparto; prefiero la postura de Bertrand Russell: la principal función de la filosofía es la de disipar la certidumbre. Por eso el dogmatismo ciego, lo mismo que el escepticismo absoluto, son antifilosóficos, ya que “el uno está seguro de saber, el otro de no saber” (Ensayos impopulares, “Filosofía para legos”). En filosofía nunca se está seguro de nada, y es tan funesto creer que se sabe algo a ciencia cierta como creer que no sabemos absolutamente nada de ningún tema relevante.
René Descartes, el padre de la filosofía moderna, intentó basar su filosofía en postulados indubitables suministrados por la razón y no a partir de revelaciones bíblicas. El problema fue que no lo consiguió, y era por fuerza que no lo conseguiría, porque como ya dijimos, los dogmas son lo contrario de la filosofía, y da lo mismo si son dogmas engendrados por una revelación religiosa como por una persona que piensa, observa y experimenta. Su famosa máxima, “pienso, luego existo”, es, según Russell, de gran valor filosófico y muy probablemente verdadera, pero cuando quiso deducir de ella otros postulados un tanto más complejos, su pensamiento comenzó a teñirse de ortodoxia. Hasta el momento del “pienso, luego existo”, nos dice Russell,

todo iba bien. Pero desde ese instante su obra pierde toda su perspicacia crítica, y acepta un sinfín de máximas escolásticas a favor de las cuales no se puede alegar más que la tradición de las escuelas. Cree que existe, dice, porque eso lo ve muy clara y muy distintamente; saca en conclusión, pues, "que puedo tomar por regla general que las cosas que concebimos con suma claridad y muy distintamente son todas ciertas". Comienza entonces a concebir toda clase de cosas "con suma claridad y muy distintamente", tales como que un efecto no puede tener mayor perfección que su causa. Puesto que puede formarse una idea de Dios (es decir, de un ser más perfecto que él), esta idea debe de haber tenido otra causa más perfecta que él, causa que sólo puede ser Dios; por lo tanto, Dios existe. Puesto que Dios es bueno, Él no engañaría perpetuamente a Descartes; entonces, los objetos que Descartes ve cuando está despierto deben de existir realmente. Y así sucesivamente. Toda la cautela intelectual es arrojada por los aires (Ensayos impopulares, “Los motivos ulteriores de la filosofía”).

Russell piensa que lo que lleva a Descartes a desbarrancar y a suponer que ha encontrado verdades indubitables por doquier es el deseo de que tales postulados, en los que él creía por uno u otro motivo, sean verdaderos. El deseo de que algo sea cierto, en filosofía, es para Russell funesto, porque nos inclina sentimentalmente a buscar razones donde no las hay, a justificar lo injustificable solo porque a nosotros nos place. Y lo peor de todo es que el pensador realiza estas maniobras inconcientemente, pensando que razona recta y cabalmente. No es que quiera engañarnos, es que se engaña sí mismo, y los que lo leemos y aprobamos sus sofismas caemos también en la enredadera.

En un hombre cuyos poderes de razonamiento son buenos, los argumentos falaces son prueba de inclinación tendenciosa. Cuando Descartes se encuentra escéptico, todo lo que dice es agudo y convincente, y hasta su primer paso constructivo, la prueba de su propia existencia, tiene mucho en su favor. Pero todo lo que sigue es flojo, descuidado y apresurado, revelando de este modo la deformante influencia del deseo.


Concuerdo con Russell respecto de lo inconveniente que resulta que se inmiscuya el deseo dentro de nuestro sistema de pensamientos racio-empíricos, no intuitivos. Respecto de nuestras ideas intuitivas, es decir, de nuestras ideas metafísicas, no se puede decir lo mismo, porque aquí es el deseo el que lleva la voz cantante, como ya lo aclaré en mis anotaciones del 25/7/8. El error de Descartes no consistió en desear que Dios exista, sino en creer que había demostrado su existencia por medio de argumentos racionales.

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